XXIII domingo después de Pentecostés
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
XXIII domingo después de Pentecostés
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO. (Marc. 9.)
En el Evangelio se refieren dos milagros de Cristo nuestro Señor: el uno, de la hija del archisinagogo, a quien, estando muerta, tomó de la mano y le dio la vida; el otro, de una mujer que padecía flujo de sangre doce años, y, tocando la orla de su vestidura, cobró salud.
PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Mateo: que, estando Cristo predicando, vino a buscarle un príncipe de la sinagoga a pedirle vida y salud para su hija.
Pondera con san Anselmo la dificultad con que los príncipes y poderosos vienen a Dios, traídos, y como de los cabellos, a fuerza de enfermedades y trabajos, y constreñidos de la necesidad.
Y no esperes tú a que te la envíe Dios para venir a su servicio, sino ofrécete a Él voluntariamente; no vengas forzado, sino libre de tu propia voluntad.
Ofrécete desde luego a la suya para servirle eternamente.
PUNTO II. Considera el respeto y adoración con que llegó este príncipe al Salvador; pues dice el Evangelista que le adoró —sería pecho por tierra— con suma humildad delante de toda la gente, pidiéndole la vida de su hija.
Y saca de aquí dos cosas:
La primera, el respeto y reverencia con que has de reverenciar a Cristo y a los sacerdotes y ministros que están en su lugar, a ejemplo de este príncipe.
La segunda, cómo sabe Dios humillar a los poderosos del mundo, y con la facilidad que los rinde a sus pies.
Y humíllate en su presencia, y no temas el poder de los príncipes, pues es tan flaco, que en un punto los humilla Dios y los pone tan rendidos como a este.
Válete de su Majestad y pídele que te ampare, y no temerás a los poderosos del mundo.
PUNTO III. Considera en esta hija del príncipe la condición de los hombres y la flaqueza e inconstancia de la naturaleza humana.
Contémplala joven, rica, noble, agraciada, estimada y servida, en la flor de su juventud, y difunta.
Tal es la condición de los hombres y la flaqueza nuestra.
Mira qué poco hay que fiar en años, ni en fuerzas, ni en riquezas, ni en nobleza; y cómo todo es una flor que al amanecer nace y a la tarde se marchita.
Y saca de esta meditación desengaños para tu vida, desprecio de todo lo caduco de la tierra y aprecio de lo eterno y celestial.
PUNTO IV. Considera cómo, en oyendo la petición, el Redentor del mundo luego al punto, sin más dilación, se levantó; y, dejando la predicación, se puso en camino, y siguió al príncipe, y fue a resucitar a su hija.
En esto tienes mucho que aprender.
Lo primero, la piedad y misericordia del Señor, que con tanta presteza se inclinó a los ruegos del que le pedía, y le concedió su petición.
De esto debes cobrar mucha confianza en la divina bondad, de que oirá tus ruegos y se inclinará a tus peticiones, y te concederá lo que pidieres.
Gózate de tener un Dios tan piadoso y exorable.
Pide y ruégale con toda confianza que dé vida espiritual a tu alma, y que te haga toda merced a ti y a todos los tuyos.
Aprende también a ser exorable y fácil en conceder lo que te pidieren, y especialmente en las materias de misericordia y piedad.
Y no dilates el hacer bien a tus prójimos, como no dilató Cristo hacerlo a este padre y a su hija, para que Dios no dilate el despacho de tus peticiones, pagándote en la misma moneda.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.