DÍA 1
FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA
SOBRE EL PURGATORIO
DEVOCIÓN
A LAS ALMAS DEL PURGATORIO
Mes de noviembre santificado
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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DÍA 1
FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA
SOBRE EL PURGATORIO
«Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa a través del fuego».
I Corintios 3, 15.
El purgatorio es un lugar de sufrimientos donde las almas que salen de este mundo en estado de gracia expían, ya sea los pecados veniales no perdonados, ya los pecados veniales o mortales perdonados, pero por los cuales no han satisfecho suficientemente.
Que existe este lugar de sufrimientos lo demuestran la Sagrada Escritura, la Tradición y la misma razón.
1.º La Sagrada Escritura. Leemos en el segundo libro de los Macabeos que Judas Macabeo hizo ofrecer sacrificios al Señor en expiación por los pecados de quienes habían muerto en el combate. Después, el escritor sagrado añade que «es un pensamiento santo y saludable orar por los difuntos, para que sean liberados de sus pecados» (II Macabeos 12, 46).
Jesucristo nos habla en el santo Evangelio «de una prisión de la que no saldremos hasta haber pagado hasta el último céntimo» (Mateo 5, 26); es decir, según san Jerónimo, hasta haber satisfecho enteramente por las faltas más pequeñas.
En otro lugar, Jesucristo nos dice que «el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro» (Mateo 12, 32). Esto supone evidentemente que hay pecados que pueden ser perdonados en la otra vida: no en el cielo, donde «nada impuro puede entrar» (Apocalipsis 21, 27), ni en el infierno, donde la sangre del Salvador no encuentra aplicación, sino en un lugar de expiación que llamamos purgatorio.
San Pablo declara que aquel cuyas buenas obras estén mezcladas con imperfecciones «se salvará, pero como quien pasa a través del fuego» (I Corintios 3, 12-15). Estas palabras han sido aplicadas a la existencia del purgatorio por los doctores de la Iglesia y por la misma Iglesia en el Concilio de Florencia.
2.º La Tradición. Numerosos Padres de la Iglesia y concilios establecen claramente la fe en el purgatorio. Las Constituciones apostólicas, las liturgias y las oraciones por los difuntos también la confirman.
Este es uno de los dogmas que mejor se han conservado en las tradiciones y en el culto de todos los pueblos.
«Es una práctica —dice san Agustín— que ha llegado hasta nosotros transmitida por nuestros padres, y que toda la Iglesia observa: orar por aquellos que han muerto en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo».
Estas son las palabras del Concilio de Trento:
«Si alguno dijere que, después de haber recibido la justificación y obtenido la remisión de la pena eterna, no queda ninguna pena temporal que satisfacer en este mundo o en el purgatorio antes de entrar en el reino de los cielos, sea anatema» (sesión VI, canon 30).
3.º La razón. No se puede creer que el Padre de las misericordias condene al fuego eterno por faltas leves o por pecados ya perdonados, pero no suficientemente expiados.
Por otra parte, el Salvador ha dicho: «En el día del juicio, los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado» (Mateo 12, 36); es decir, incluso de las faltas más leves.
Es necesario, por tanto, que esas faltas sean expiadas. Pero, puesto que no puede ser en el infierno, lo serán en las llamas del purgatorio.
Así, la herejía, al negar el purgatorio, se rebela no solamente contra la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, sino también contra las nociones más elementales de la recta razón. Al mismo tiempo, hiere una necesidad invencible del corazón humano al negarse a orar por aquellos que ya no están entre nosotros.
Demos gracias al Señor por habernos hecho nacer hijos de la Iglesia. Creamos firmemente lo que ella nos enseña acerca del purgatorio.
Siendo consecuentes con nuestra fe, esforcémonos por evitar aquel lugar de tormentos y, sobre todo, acudamos en ayuda de las almas que allí padecen.
RAMILLETE ESPIRITUAL
«Es necesario que quien haya aplazado hasta la otra vida la producción de frutos de penitencia sea purificado por el fuego antes de ir al cielo». San Agustín
UN TESTIMONIO SOBRE LA FE
EN EL PURGATORIO
«Conocí —dice un autor piadoso— a un hereje a quien nuestra creencia en el purgatorio hizo católico.
Había perdido a su querido hermano en medio de una fiesta, y recordaba sin cesar aquel tránsito tan brusco de un banquete al ataúd. Su alma necesitaba ser consolada. Conocía la pureza que se requiere para entrar en el cielo y, en su religión, no encontraba ningún lugar intermedio entre los atrios celestiales y las profundidades del abismo.
Para distraerlo, le aconsejaron viajar, y el joven escocés vino al continente. Yo me encontraba en el mismo barco que él; pronto entablamos conversación y descubrimos muchas cosas que nos acercaban. Cuando desembarcamos, nos alojamos en el mismo hotel.
Al cabo de unos días, me reveló lo que había llenado de tristeza sus primeros años: la muerte de su hermano y la inquietud por el destino eterno de un ser a quien había amado tanto.
—¡Ah! —me dijo un día de los Difuntos—. Por amor a mi hermano, voy a abrazar vuestra fe. Vuestro culto permite que podamos seguir ayudándonos después de la muerte; vuestras oraciones arrancan al sepulcro su terrible silencio. Vosotros seguís conversando con quienes han abandonado esta vida. Entre los límites del cielo y de la tierra, Dios os ha revelado un lugar de expiación. ¡Quizá mi hermano esté allí!
Me hago católico para librarlo de allí, para encontrar consuelo en esta vida y aliviarme de este peso que me oprime. Ya no lo llevaré cuando pueda orar por él.
Y llevó a cabo su propósito».
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se recita en silencio)
V. Libra, Señor, sus almas.
R. De las penas del infierno.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
V. El Señor esté con vosotros
R. Y con tu espíritu.
Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.
Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.
V. Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para ellos luz perpetua.
V. Descansen en paz.
R. Amén.