Las Pruebas Espirituales (I... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...
LAS PRUEBAS ESPIRITUALES
Entre
los sufrimientos de que está sembrada la vida presente para que la consideremos
tan sólo como un camino que debe llevarnos al cielo, hay algunos singularmente
dolorosos: son las pruebas espirituales. Amarguras en el corazón, en la
conciencia y en la devoción: éste es el pan cotidiano de las almas que a una
con Jesucristo quieren ser únicamente de Dios.
Quien
desea llevar una vida muy interior mediante la oración y una vida más recogida
en Dios debe esperarse a mayores sufrimientos interiores, porque el alma se
torna más delicada y siente más vivamente la ausencia sensible de Dios; y
porque Dios, que es tan interior y tan amigo, hace sentir inmediatamente al
alma sus infidelidades para que vuelva al instante al camino del deber.
Las delicadezas de la amistad
Además,
Dios utiliza frecuentemente este procedimiento para mantener al alma en el
misterio de la obediencia y en la inmolación completa de la razón, y en este
estado crucificante el alma se purifica de cuanto puede haber de imperfecto en
ella.
En
este estado no puede uno fundar su paz interior en las propias acciones, ni en
el testimonio interno de la conciencia, sino tan sólo en el acto de fe hecho
con una ciega obediencia. Asimismo conviene que el camino de la tierra
prometida no sea demasiado florido y amable; cobraríamos afición al desierto y
al camino.
Nuestro
Señor nos ama demasiado para hacernos felices sin Él y fuera de Él. Nuestra
vida sería muy natural si tuviéramos simpatías por ella. Dejad obrar a nuestro
Señor y seguidle en todo con amor y agradecimiento.
Un
soldado da a conocer lo que es en el campo de batalla, un genio en su obra y
una piedad verdadera en la prueba. Si os amara con amor natural pediría con
todas mis fuerzas a Dios que os privara de vuestras cruces y tristezas y que os
despojara de vosotros mismos; pero no puede causarme enfado ese favorable
viento que lleva la navecilla al puerto feliz de Dios: la barca va más
rápidamente, aunque más agitada.
Calma y paciencia
En
los momentos de prueba, de sufrimiento, de tentaciones, de rebelión, de irritación,
entregad vuestra alma a la santísima Virgen y Jesús nuestro Salvador para que
os la guarden. No procedáis de otra forma; repetid con el profeta: “Señor, me
siento violentado: responded por mí”. Por todo consuelo humano procurad guardar
silencio de vosotros mismos y mostraos exteriormente dulces para poder triunfar
sobre vuestros enemigos y caminar siempre adelante.
El
fuego no se analiza, se huye de él. Tened vuestro corazón entre las dos manos
para poder conservarlo siempre en la paz de nuestro Señor; pero que vuestra paz
sea el precio de vuestra guerra, de vuestra pobreza y vuestra paciencia en
sobrellevar la aridez espiritual.
Id
más lejos: agradeced a Dios con todo el amor el que haya querido purificar
vuestra fe, acrisolar vuestra caridad, perfeccionar vuestra confianza y
obligaros a ser totalmente suyos en vez de permanecer en los medios que os
conducen a Él.
Amad
los sufrimientos que de Dios os vienen; pero no os detengáis en el sufrimiento,
sino más bien ejercitaos en la paciencia, en la sumisión, en el ofrecimiento,
en el abandono, que son las virtudes del estado de sufrimiento.
Sin interés propio
Si
nuestro Señor os deja fríos, áridos, sin consuelos, decíos: En verdad, bien
merecido lo tengo; quizá los consuelos no me acarrearían ningún bien, y me
creería más interior, más virtuoso de lo que soy.
Quiere
el divino maestro probar mi fe y mi generosidad, y experimentar si le amaría y
trabajaría por puro amor, sin interés propio. Mas si yo le amo fielmente, cuán
contento se sentirá su corazón al haber hallado un alma que vela con Él en el
huerto de los olivos, en el huerto del puro amor.
Lo
que os apena sobre todo son las meditaciones en que os acompañan la aridez y el
sueño; es la frialdad que sentís en vuestras comuniones. Seguid practicándolas,
a pesar de todo. Llegará un hermoso día en que nuestro Señor, contento de
vuestra paciencia en esperar, convertirá esas nubes en beneficiosa lluvia.
Cuando
os halléis en ese estado de impotencia, en lugar de querer reflexionar y
considerar verdades, ejercitaos en actos de fe, de confianza, de humildad y de
amor, como si os sintierais del todo felices. Cuanto más fríos y áridos sean
vuestros actos, tanto más perfectos serán, porque, al menos, no estarán
viciados por el amor propio. En estos estados de sequedad espiritual haríais
bien en escoger un capítulo de la Imitación de Cristo en consonancia con
vuestra disposición de momento y en leerlo con pausa, para que se empape
dulcemente vuestra alma; ensayadlo en vuestras meditaciones.
En
cuanto a la sagrada Comunión, continuad recibiéndola, aun cuando no
experimentéis ternura; nunca forcéis vuestro espíritu ni violentéis vuestro
corazón: todo ello no serviría más que para turbar y para cansar vuestra alma y
apartarla de ese estado de paz y recogimiento que vale más que todo.
Servir a Dios, sólo para Dios
Seguid
sirviendo a Dios, sólo a Dios, con la fidelidad del amor generoso.
Si
no gozáis de consuelos, poseéis algo más precioso: la fuerza y la paz de la
confianza en Dios. Guardad estos dos bienes con el mayor cuidado, porque están
muy por encima de las olas del mar y de los nubarrones de este mundo.
El
servicio de Dios ha de prevalecer sobre todos vuestros gustos: la fidelidad en
cumplir su voluntad santísima ha de ser la primera de vuestras virtudes y el
primer acto de vuestro amor divino.
No
olvidéis nunca que el amor del huerto de Getsemaní y el del calvario es mucho
más hermoso que la gloria del Tabor; que ser fiel a Jesús triste, solitario,
abandonado es propio de las almas perfectas, de la santísima Virgen, de san
Juan y de santa María Magdalena.
No
os extrañéis de vuestras sequedades y arideces espirituales: son el desierto de
la tierra prometida, la hornaza de la purificación, el medio de la separación
del mundo, el combate y el grito del alma que dice: “Jesús mío, Tú sólo eres
bueno, Tú eres el bien de mi alma y la vida de mi vida”.
Gusta
Dios de sumergir al alma en un misterioso abismo para que se purifique de sí
misma y se una con más pureza a Él.
Cierto
que bajo tal prueba agoniza el alma, pero es para revestirse de una nueva vida.
Dios
la hastía y la desprende de sí misma para unirse a ella con mayor pureza. Le
hace el vacío de todo lo que no sea Él. La naturaleza, decían antaño, tiene
horror al vacío; mas Dios ama este vacío del corazón, y cuando no lo halla en
nosotros se lo procura.
Inmenso
en su amor, quiere serlo en su reino, en nuestra alma, quiere rodearla de su
inmensidad y saturarla de su amor divino; por ello hace el vacío en nosotros,
con lo cual nos da una lección a la par que nos confiere una gracia.
Pero
precaved la tristeza y la turbación interiores que acompañan y siguen a esta
purificación del alma, ya que os expondríais a las más penosas y perniciosas
tentaciones. Para que obre Dios son necesarias algunas tentaciones; pero
vosotros no debéis procurarlas, ni fomentarlas, ni formar de ellas vuestro
estado de vida.
Preservaos
de ellas como de la muerte; mejor dicho, sufridlas como se sufre el dolor de
una operación.
No
fomentéis la fiebre del temor y de la tristeza; dejadla extinguirse de inanición
y todo andará perfectamente.
Dios mío y todas mis cosas
En
esos momentos de profundos dolores ofreceos de buen grado a nuestro Señor y
decidle: “Yo sufro, yo muero; no importa; mi corazón y mi vida vuestros son; os
amaré a pesar de mis penas y tristezas”, y veréis cómo un nuevo horizonte de
esperanza y de amor se abre ante vuestros ojos.
Es
de todo punto necesario que el cielo del espíritu esté siempre sereno para ver
y contemplar los deberes de nuestra vida, la verdad y la bondad de Dios.
¿No
es cierto que cuando se posee a Dios no necesitamos de nada? Él suple
divinamente a todo: es padre, madre, amigo, protector, consolador.
“Dios
mío y todas mis cosas”, decía con frecuencia san Francisco de Asís. Sí;
consolidaos en la confianza y en la santa entrega; esta es la cadena que no se
quiebra, el sol que no sufre eclipses, la verdadera vida del corazón.