Mostrando entradas con la etiqueta hora santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hora santa. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de noviembre de 2022

EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ DANDO EL MAYOR AMOR. San Manuel González


 

EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ DANDO EL MAYOR AMOR

 

Nadie tiene mayor amor que el que da su

vida por sus amigos (Jn 15,13)

 

Los tres puntos de vista

Los buenos cuadros, como los grandes espectáculos, para que puedan ser bien apreciados, deben mirarse desde su punto de vista.

El Cenáculo, cuando en él se instituye y se da de comer por vez primera la Sagrada Eucaristía, como el Sagrario en que se guarda la Eucaristía para ser comida unas veces, las menos, y despreciada otras, las más, tienen tres grandes puntos de vista: el huerto de Getsemaní, el corredor del patio de Caifás y la cima del Calvario.

¡Qué fatídicamente bien se ve desde esos tres puntos la suerte que espera en el mundo al mayor Amor de la Eucaristía!

Desde Getsemaní se le ve abandonado; desde el patio de Caifás, negado; desde el Calvario, crucificado y maldecido!

¡Triste suerte la del mayor Amor sobre la tierra de los hijos de los hombres!

 

¿Cuál es el mayor amor?

Jesús definió el mayor amor entre los hombres el de aquel que da su vida por sus amigos. La Eucaristía es un amor mucho mayor, infinitamente mayor que el mayor amor entre los hombres.

Eucaristía es dar la vida por los amigos y por los enemigos, no una vez sino innumerables veces.

Jesús, Maestro mío, ¿me permites alargar tu definición del mayor amor?

Tú dijiste: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos...», a no ser el que ha inventado la Eucaristía para darla todos los días y todas las horas por sus enemigos ¡hasta la consumación de los siglos!

¡Éste sí que es el mayor amor perpetuado en una locura!

 

¿Cómo se paga el mayor amor?

Los demonios y su gente pagan ese mayor amor de Jesús Sacramentado con su odio mayor. ¿Conocéis odio que se parezca al de los impíos a Jesús, a su Iglesia y a sus instituciones?

Es odio de marca propia y de estilo especial.

Ese odio, después de todo, desde el punto de vista del diablo, es muy justo.

Éste y su gente, en definitiva, no tienen más enemigo que Jesús. Ésa es su paga.

Pero, ¿será justo que los cristianos le paguen, no ya con odio, sino con indiferencia o con amor menor?

¿Verdad que, si amor con amor se paga, el amor mayor de Cristo debe pagarse con el amor mayor del cristiano?

Es decir, con amor hasta el sacrificio y por toda la vida. Si el amor que tiene mi Jesús es amor de Hostia, yo debo ser para Jesús hostia de amor.

Si Jesús es mi hostia de todos los días y de todas la horas, ¿no debo yo aspirar y prepararme a ser su hostia de todas las horas y de todos los días?

EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ D... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

jueves, 19 de mayo de 2022

Las Pruebas Espirituales (II) San Pedro Julián Eymard


Las Pruebas Espirituales (I... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

 

 

***

LAS PRUEBAS ESPIRITUALES (2)

 

En las tentaciones

En cuanto a vuestras tentaciones, ocultadlas en una de las llagas de nuestro Señor y bondadosísimo Salvador, y en lo más recio de la tempestad acogeos, cual piedras preciosas, a la concha protectora, es decir, a nuestro Señor crucificado.

No examinéis los efectos o las razones de las tentaciones; marchad siempre adelante; necesitáis ser mantenidos en la miseria de vuestra humillación y en la convicción de vuestra debilidad.

Dios queda con vosotros; he ahí vuestro consuelo y vuestra fuerza.

Haced un acto de resignación, no razonéis con vuestras penas, no examinéis vuestras turbaciones; contentaos con decir a Dios: “Oh Jesús mío, perdonadme cuanto haya podido desagradaros; antes morir que pecar”. Luego descansad con toda paz en el seno de la misericordia divina. Seréis más del agrado de Dios si no os volvéis para contemplar Sodoma y Gomorra en llamas, y si claváis vuestros ojos en la cruz y en el amor de Jesús y en el cielo, que constituye el término de la jornada.

Jesús, que no hizo quebrar la caña medio rota, sostenga la débil caña de nuestra alma, si permite que el viento la agite y la incline a tierra; pero que al instante hágala dirigirse al cielo.

También el demonio tentó al divino maestro; se le apareció revestido de diversas formas; y aún más: tuvo la osadía de llevarlo por los aires; pero Jesús le dejó obrar, hasta que, sin perder su serenidad y sin recurrir a milagros, lo rechazó tan sólo con algunas palabras.

Después de haber acompañado a Jesús en el Tabor, en Getsemaní, en el calvario, hay que compartir también con Él sus tentaciones; pero, ¡confiad!, Jesús está frente a los demonios, modera su furor, está presto a combatir con nosotros. Cierto que el demonio no está solo: la imaginación, el corazón y el cuerpo conjuran con él contra nuestra pobre alma. Pero no os desalentéis. Es cual una convulsión popular: es inútil razonar y gritar para apaciguar los ánimos; lo mejor es dejarlos gritar solos: pronto se calmarán y se llenarán de vergüenza. Es menos temible el demonio cuando nos tienta de un modo sensible.

¡Ánimo! Después del primer temor, cobrad alientos, poneos a salvo y acogeos al corazón del divino maestro, como los niños que, al sentirse con miedo, se acogen al regazo de su madre.

 

Paz en medio de la guerra

Si os fuera posible no prestar tanta atención a esta algarabía interior, a todas esas impresiones, y vivir en paz aun en medio de la guerra, ¡qué consolador sería! Pero con todo, no olvidéis que nuestro Señor os quiere en tal estado, que le dais más gloria que en otro cualquiera, y que aun vuestras miserias pueden ser una bella materia de confianza en su bondad.

La tempestad purifica la atmósfera, pero pasa, y el sol reaparece más bello y más resplandeciente.

¡Cuán dulces son, en la expansión recíproca del amor divino, los suspiros, los gemidos, las lágrimas de un corazón que no ama más que a Jesús!

Las humillaciones y los sufrimientos alivian la impotencia de nuestro pobre corazón; el martirio sería su mayor felicidad.

¿Creéis acaso que los gemidos y las lágrimas de la Magdalena en el sepulcro del Señor, y la agonía de María a los pies de Jesús moribundo en la cruz, no fueron efecto del más heroico amor? El amor del bondadoso y ternísimo Jesús, sufriendo a solas y abandonado de su Padre y de los hombres, ¿no llegó al último grado del amor sufrido y totalmente inmolada?

¡Ah; sí! ¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

Cierto que Jesús se quejó a su Padre: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”.

También vosotros podéis quejaros, pero con todo amor y después del combate: este es el grito del amor inmolado. Cuando el enemigo de Jesús y el de vuestra salvación os embista con toda su fuerza, haced tan sólo una cosa: humillaos con toda la esperanza de la confianza en Dios. Pero es poco todavía: dad un paso adelante; creeos más malvados que el diablo, diciendo a nuestro Señor: “Miserable de mí, a él no le hiciste tantas mercedes como a mí; él no tuvo un salvador que fuese padre como lo tengo yo; no os ofendió más que una vez y yo os he ofendido mil veces y he sido ingrato e infiel; bien merecido tengo que sea él un verdugo de vuestra justicia.

Padre mío, me abismo en mi nada; mas ya que sois mi padre, no me abandonéis, no me dejéis de la mano: vuestros son mi voluntad y mi corazón; lo demás sea de vuestra justicia”.

 

 

En el corazón de Jesús

Que el corazón de Jesús inflamado de amor sea vuestra fuerza, vuestra protección, vuestro centro, vuestro calvario, el sepulcro de todo vuestro ser y, finalmente, la resurrección, la vida y la gloria.

Dios no os abandonará; con todo, quiere que le honréis en el abandono y en los horrores que constituyen el suplicio del infierno; mas en esta vida la gloria de Dios y su misericordia son las que triunfan de los demonios.

Las desolaciones interiores agradan más al Corazón de vuestro esposo que todos los goces y resplandores del Tabor.

¡Ah, si vivierais sobre las nubes y tempestades, frente a un sol espléndido, cuán poco os preocuparíais de los vientos y tempestades que a vuestros pies se agitan!

Dejad obrar a nuestro Señor; seguidle con amor y agradecimiento en todo.

¡Valor! ¡Siempre con el corazón bien alto y tranquilo; siempre con el espíritu fácil en sobrellevar las penas; pero en continua alabanza del amor que Jesús os profesa en esta tierra y del que os reserva en la patria bienaventurada!

 

***

“Las tentaciones son muchas veces utilísimas al hombre, aunque sean graves y molestas, porque en ellas es uno humillado, purificado y enseñado” (Imitación, Lib. I cap. XII).

 

Las tentaciones mantienen nuestro corazón en:

 

·                   La humildad, porque no damos cuenta de que frágiles y pequeños somos y cuánto necesitamos del Señor;

·                   Vigilancia, nos hace estar prevenidos, alertas a los movimientos de nuestro corazón.

·                   Purificación, nos llevan a purificarnos de nuestros pecados.

·                   Compasión, porque nos permiten tratar benignamente a nuestros hermanos que también padecen tentaciones.

·                   Atención a Dios, acudiendo a Él con frecuencia cuando nos vemos asediados por las tentaciones.

·                   Sobriedad

·                   Dominio Propio

jueves, 12 de mayo de 2022

Las Pruebas Espirituales (I) San Pedro Julián Eymard

 

Las Pruebas Espirituales (I... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

 

LAS PRUEBAS ESPIRITUALES

Entre los sufrimientos de que está sembrada la vida presente para que la consideremos tan sólo como un camino que debe llevarnos al cielo, hay algunos singularmente dolorosos: son las pruebas espirituales. Amarguras en el corazón, en la conciencia y en la devoción: éste es el pan cotidiano de las almas que a una con Jesucristo quieren ser únicamente de Dios.

Quien desea llevar una vida muy interior mediante la oración y una vida más recogida en Dios debe esperarse a mayores sufrimientos interiores, porque el alma se torna más delicada y siente más vivamente la ausencia sensible de Dios; y porque Dios, que es tan interior y tan amigo, hace sentir inmediatamente al alma sus infidelidades para que vuelva al instante al camino del deber.

 

Las delicadezas de la amistad

Además, Dios utiliza frecuentemente este procedimiento para mantener al alma en el misterio de la obediencia y en la inmolación completa de la razón, y en este estado crucificante el alma se purifica de cuanto puede haber de imperfecto en ella.

En este estado no puede uno fundar su paz interior en las propias acciones, ni en el testimonio interno de la conciencia, sino tan sólo en el acto de fe hecho con una ciega obediencia. Asimismo conviene que el camino de la tierra prometida no sea demasiado florido y amable; cobraríamos afición al desierto y al camino.

Nuestro Señor nos ama demasiado para hacernos felices sin Él y fuera de Él. Nuestra vida sería muy natural si tuviéramos simpatías por ella. Dejad obrar a nuestro Señor y seguidle en todo con amor y agradecimiento.

Un soldado da a conocer lo que es en el campo de batalla, un genio en su obra y una piedad verdadera en la prueba. Si os amara con amor natural pediría con todas mis fuerzas a Dios que os privara de vuestras cruces y tristezas y que os despojara de vosotros mismos; pero no puede causarme enfado ese favorable viento que lleva la navecilla al puerto feliz de Dios: la barca va más rápidamente, aunque más agitada.

 

Calma y paciencia

En los momentos de prueba, de sufrimiento, de tentaciones, de rebelión, de irritación, entregad vuestra alma a la santísima Virgen y Jesús nuestro Salvador para que os la guarden. No procedáis de otra forma; repetid con el profeta: “Señor, me siento violentado: responded por mí”. Por todo consuelo humano procurad guardar silencio de vosotros mismos y mostraos exteriormente dulces para poder triunfar sobre vuestros enemigos y caminar siempre adelante.

El fuego no se analiza, se huye de él. Tened vuestro corazón entre las dos manos para poder conservarlo siempre en la paz de nuestro Señor; pero que vuestra paz sea el precio de vuestra guerra, de vuestra pobreza y vuestra paciencia en sobrellevar la aridez espiritual.

Id más lejos: agradeced a Dios con todo el amor el que haya querido purificar vuestra fe, acrisolar vuestra caridad, perfeccionar vuestra confianza y obligaros a ser totalmente suyos en vez de permanecer en los medios que os conducen a Él.

Amad los sufrimientos que de Dios os vienen; pero no os detengáis en el sufrimiento, sino más bien ejercitaos en la paciencia, en la sumisión, en el ofrecimiento, en el abandono, que son las virtudes del estado de sufrimiento.

 

Sin interés propio

Si nuestro Señor os deja fríos, áridos, sin consuelos, decíos: En verdad, bien merecido lo tengo; quizá los consuelos no me acarrearían ningún bien, y me creería más interior, más virtuoso de lo que soy.

Quiere el divino maestro probar mi fe y mi generosidad, y experimentar si le amaría y trabajaría por puro amor, sin interés propio. Mas si yo le amo fielmente, cuán contento se sentirá su corazón al haber hallado un alma que vela con Él en el huerto de los olivos, en el huerto del puro amor.

Lo que os apena sobre todo son las meditaciones en que os acompañan la aridez y el sueño; es la frialdad que sentís en vuestras comuniones. Seguid practicándolas, a pesar de todo. Llegará un hermoso día en que nuestro Señor, contento de vuestra paciencia en esperar, convertirá esas nubes en beneficiosa lluvia.

Cuando os halléis en ese estado de impotencia, en lugar de querer reflexionar y considerar verdades, ejercitaos en actos de fe, de confianza, de humildad y de amor, como si os sintierais del todo felices. Cuanto más fríos y áridos sean vuestros actos, tanto más perfectos serán, porque, al menos, no estarán viciados por el amor propio. En estos estados de sequedad espiritual haríais bien en escoger un capítulo de la Imitación de Cristo en consonancia con vuestra disposición de momento y en leerlo con pausa, para que se empape dulcemente vuestra alma; ensayadlo en vuestras meditaciones.

En cuanto a la sagrada Comunión, continuad recibiéndola, aun cuando no experimentéis ternura; nunca forcéis vuestro espíritu ni violentéis vuestro corazón: todo ello no serviría más que para turbar y para cansar vuestra alma y apartarla de ese estado de paz y recogimiento que vale más que todo.

 

Servir a Dios, sólo para Dios

Seguid sirviendo a Dios, sólo a Dios, con la fidelidad del amor generoso.

Si no gozáis de consuelos, poseéis algo más precioso: la fuerza y la paz de la confianza en Dios. Guardad estos dos bienes con el mayor cuidado, porque están muy por encima de las olas del mar y de los nubarrones de este mundo.

El servicio de Dios ha de prevalecer sobre todos vuestros gustos: la fidelidad en cumplir su voluntad santísima ha de ser la primera de vuestras virtudes y el primer acto de vuestro amor divino.

No olvidéis nunca que el amor del huerto de Getsemaní y el del calvario es mucho más hermoso que la gloria del Tabor; que ser fiel a Jesús triste, solitario, abandonado es propio de las almas perfectas, de la santísima Virgen, de san Juan y de santa María Magdalena.

No os extrañéis de vuestras sequedades y arideces espirituales: son el desierto de la tierra prometida, la hornaza de la purificación, el medio de la separación del mundo, el combate y el grito del alma que dice: “Jesús mío, Tú sólo eres bueno, Tú eres el bien de mi alma y la vida de mi vida”.

Gusta Dios de sumergir al alma en un misterioso abismo para que se purifique de sí misma y se una con más pureza a Él.

Cierto que bajo tal prueba agoniza el alma, pero es para revestirse de una nueva vida.

Dios la hastía y la desprende de sí misma para unirse a ella con mayor pureza. Le hace el vacío de todo lo que no sea Él. La naturaleza, decían antaño, tiene horror al vacío; mas Dios ama este vacío del corazón, y cuando no lo halla en nosotros se lo procura.

Inmenso en su amor, quiere serlo en su reino, en nuestra alma, quiere rodearla de su inmensidad y saturarla de su amor divino; por ello hace el vacío en nosotros, con lo cual nos da una lección a la par que nos confiere una gracia.

Pero precaved la tristeza y la turbación interiores que acompañan y siguen a esta purificación del alma, ya que os expondríais a las más penosas y perniciosas tentaciones. Para que obre Dios son necesarias algunas tentaciones; pero vosotros no debéis procurarlas, ni fomentarlas, ni formar de ellas vuestro estado de vida.

Preservaos de ellas como de la muerte; mejor dicho, sufridlas como se sufre el dolor de una operación.

No fomentéis la fiebre del temor y de la tristeza; dejadla extinguirse de inanición y todo andará perfectamente.

 

Dios mío y todas mis cosas

En esos momentos de profundos dolores ofreceos de buen grado a nuestro Señor y decidle: “Yo sufro, yo muero; no importa; mi corazón y mi vida vuestros son; os amaré a pesar de mis penas y tristezas”, y veréis cómo un nuevo horizonte de esperanza y de amor se abre ante vuestros ojos.

Es de todo punto necesario que el cielo del espíritu esté siempre sereno para ver y contemplar los deberes de nuestra vida, la verdad y la bondad de Dios.

¿No es cierto que cuando se posee a Dios no necesitamos de nada? Él suple divinamente a todo: es padre, madre, amigo, protector, consolador.

“Dios mío y todas mis cosas”, decía con frecuencia san Francisco de Asís. Sí; consolidaos en la confianza y en la santa entrega; esta es la cadena que no se quiebra, el sol que no sufre eclipses, la verdadera vida del corazón.