domingo, 17 de mayo de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: CUANDO VENGA EL PARÁCLITO…

DOMINGO DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN
Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

 Juan 15, 26-27: 16, 1-4

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.


TEXTOS DE LA MISA Domingo después de la Ascensión


COMENTARIOS AL EVANGELIO 

sábado, 16 de mayo de 2026

El Espíritu de la Verdad

 


Domingo después de la Ascensión.

El Espíritu de la Verdad

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Domingo después de la Ascensión.

El Espíritu de la Verdad. (Joan. 15.)

 

Dice Cristo a sus discípulos en el Evangelio, que cuando venga el Espíritu Santo que les enviará de su Padre, dará testimonio de él, y ellos también le darán a costa de muchos trabajos y persecuciones que padecerán por su amor, para las cuales los previene, porque no los cojan descuidados, y se acuerden que se las profetizó primero.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la seguridad con que habla Cristo de la venida del Espíritu Santo que les había prometido, sabiendo que vendría muy presto, y que daría testimonio de él; porque sepas que no es la palabra de Dios falsa y engañosa como las de los hombres, sino que sus promesas son infalibles y ciertas, y que todas se cumplirán puntualmente; de lo cual has de sacar una fe grande en sus palabras y una confianza firmísima en sus promesas, sabiendo que todas se han de cumplir puntualísimamente; y si se tardare, no desconfíes, sino alienta tu esperanza, que sin duda. Vendrá y cumplirá su palabra, y dará colmo a tus deseos.

 

PUNTO II. Considera que no dice que les ha de enviar al Espíritu Santo absolutamente , sino que se les enviará del Padre, por no atribuir a sí solo la gloria de esta acción sino antes atribuirla a su Eterno Padre, para que le diesen a él las gracias reconociendo este beneficio por mano de ambos: mete la mano en tu pecho y mira cuán al contrario obras tú atribuyéndote a ti, no solamente las obras que salen de tus manos, sino muchas veces las ajenas, y haciendo que te den a ti la gloria de ellas; y considera cómo es verdad que de tu cosecha no tienes virtud ni fuerzas para hacer una obra buena, más todas proceden de la gracia de Dios; y pues así es, humíllate en su presencia, aprende de la humildad de Cristo y no te atribuyas a ti cosa buena, sino a la gracia del Señor, a quien sea la gloria y la honra de todo.

 

PUNTO III. Dice Cristo que el Espíritu Santo dará testimonio de él, y que los Apóstoles le darán también; porque sepas, como dice san Agustin, que es uno el testimonio de los Apóstoles y del Espíritu Santo, sin que haya diferencia; por que el Espíritu Santo habla por su boca. ¡Oh Señor, si me persuadiese de esta verdad que las palabras que me dicen vuestros ministros que han sucedido a los Apóstoles, son palabras del Espíritu Santo; que él me exhorta, amonesta , aconseja y reprende por su boca, y las oyese y recibiese como tales! Dadme esta gracia de que oiga a todos los superiores, predicadores y confesores mayores como a ministros vuestros y lenguas del Espíritu Santo, y obre y ejecute como mandatos suyos lo que me dicen y mandan.

 

PUNTO IV. Considera el modo cómo les dice que han de dar testimonio de él, no solo con la palabra, sino mucho más con la obra, padeciendo muchos y grandes trabajos por su amor con invencible paciencia; esta es la piedra de toque en que se descubre el verdadero y fiel amigo del Señor, y por la cual conocen los hombres la virtud del crucificado, que resplandece en los suyos por su gracia; por esto los expone a los golpes del eslabón, para que ostenten la fineza del fuego de caridad que está encerrado en sus pechos, y conozcan todos por su paciencia y constancia la de su maestro y capitán y crean en él y se hagan discípulos de su escuela: mete la mano en tu pecho y reconoce si tu vida da testimonio de Cristo, y si podrán conocer por ella su santidad y creer los infieles en él; y mira que te ha enviado para que des testimonio de él y prediques con tus obras su paciencia y humildad, su constancia y caridad y el resto de todas sus virtudes; mira si edificas o escandalizas el mundo con ellas, y acuérdate de la cuenta que te ha de pedir del testimonio que das ¡Oh Señor, y qué ciego y errado he vivido hasta aquí! reconozco que voy engañado y que no cumplo con mi obligación; yo os suplico que me perdonéis lo pasado y que me deis una centella del fuego de vuestro espíritu, para que viva en adelante de tal suerte que dé al mundo testimonio de vos.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 17. CONSAGRADO A HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARIA

 


DIA 17

CONSAGRADO A HONRAR

EL SEXTO DOLOR DE MARIA

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

DIA 17

CONSAGRADO A HONRAR

EL SEXTO DOLOR DE MARIA

 

Consideración

La muerte había puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber expirado, preséntase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer, sospechando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre.

–Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cadáver y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado sana.

María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que templaba su amargura con el amor que le demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cadáver yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino crueles verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nosotros fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida abierta en Él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las tempestades y un blando nido en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes inestables y de los falsos goces del mundo.

 


Ejemplo
María es inagotable en sus misericordias

No hace muchos años que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su infancia disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las prácticas religiosas y se dejó arrebatar por los tempestuosos halagos de las pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante veinte años. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo ni levantó hacia Dios un latido de su corazón. Esto no obstante, llevaba siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, más como recuerdo de su madre, que como objeto de piedad. Algunas veces tomándola en sus manos, había repetido la jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado, ¡rogad por nosotros!. A menudo la conversión de grandes pecadores es debida a algún resto de devoción a María.

Este caballero tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima Virgen por su conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las oraciones de la buena religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una noche que salía de la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y distinta, que le decía:

–«Augusto, Augusto, la misericordia de Dios te espera».

El caballero miró a su alrededor para ver quién le hablaba, y no vio a nadie… la calle estaba solitaria y el silencio era absoluto.

–«Esta voz, decía él narrando después lo que le había acontecido, esta voz era positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el platillo de la balanza divina y que no faltaba más que un grano de arena para colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo…»

Este nuevo Saulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó a su casa profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es natural, decíase para sí; aquí se oculta necesariamente un misterio». Por espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.

El domingo siguiente por la tarde salió de su casa, más que nunca agitado por los contrarios pensamientos que batallaban en su alma; Dios y el mundo le solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en estas ideas, cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario, ofreciendo cada decena por distintas clases de pecadores. El que llevaba el coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena por el pecador más próximo a su conversión».

El caballero, al oír esto, exclamó: –«Este pecador soy yo…» y cayendo de rodillas y derramando lágrimas de arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su amistad.

Al día siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del silencio y del retiro, una prolija y fervorosa confesión.

Después de ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la penitencia y santa morada de la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un momento.

–Dios me llama a la soledad, decía para sí… Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba las agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas de su corazón. Un mes después tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la penitencia, sino la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la vida de los ángeles y murió con la muerte de los predestinados.

Si anhelamos la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente dolorosos, pongamos su causa en manos de la que es fuente inagotable de misericordias y seguro refugio de pecadores.

 

Jaculatoria

¡Oh corazón sin mancilla!
Sé nuestro amparo en la muerte
Y nuestro asilo en la vida.

 

Oración

¡Oh María! ¡Oh madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que destilan del corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre la tierra. Pero no, Señora mía, deja que empapen esta tierra maldita, regada con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamará al cielo como la del inocente Abel; pero no para pedir venganza contra los delincuentes, sino para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh María! que el hierro aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa llaga preciosa será el refugio del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí irá el pobre en busca de la riqueza que jamás se agota; allí iremos todos a beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al ver lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que tanto sufrió por nosotros; que jamás olvidemos sus beneficios y paguemos con la ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro corazón, herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo hacen esclavo de las criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia él y construir en esa cavidad amorosa nuestro nido, donde descansaremos de las persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísima que comienza en la tierra por el amor y se consuma en el cielo por el eterno desposorio del alma con su Dios. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.

2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.

3. Hacer un acto de desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.