En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos: Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el
Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; Os he
hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga;
más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da
culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he
hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo
había dicho.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Domingo
después de la Ascensión.
El
Espíritu de la Verdad. (Joan. 15.)
Dice
Cristo a sus discípulos en el Evangelio, que cuando venga el Espíritu Santo que
les enviará de su Padre, dará testimonio de él, y ellos también le darán a
costa de muchos trabajos y persecuciones que padecerán por su amor, para las
cuales los previene, porque no los cojan descuidados, y se acuerden que se las profetizó
primero.
PUNTO
PRIMERO. Considera la seguridad con que habla Cristo de la venida del Espíritu
Santo que les había prometido, sabiendo que vendría muy presto, y que daría
testimonio de él; porque sepas que no es la palabra de Dios falsa y engañosa
como las de los hombres, sino que sus promesas son infalibles y ciertas, y que
todas se cumplirán puntualmente; de lo cual has de sacar una fe grande en sus
palabras y una confianza firmísima en sus promesas, sabiendo que todas se han
de cumplir puntualísimamente; y si se tardare, no desconfíes, sino alienta tu
esperanza, que sin duda. Vendrá y cumplirá su palabra, y dará colmo a tus
deseos.
PUNTO
II. Considera que no dice que les ha de enviar al Espíritu Santo absolutamente
, sino que se les enviará del Padre, por no atribuir a sí solo la gloria de
esta acción sino antes atribuirla a su Eterno Padre, para que le diesen a él
las gracias reconociendo este beneficio por mano de ambos: mete la mano en tu pecho
y mira cuán al contrario obras tú atribuyéndote a ti, no solamente las obras
que salen de tus manos, sino muchas veces las ajenas, y haciendo que te den a ti
la gloria de ellas; y considera cómo es verdad que de tu cosecha no tienes
virtud ni fuerzas para hacer una obra buena, más todas proceden de la gracia de
Dios; y pues así es, humíllate en su presencia, aprende de la humildad de
Cristo y no te atribuyas a ti cosa buena, sino a la gracia del Señor, a quien
sea la gloria y la honra de todo.
PUNTO
III. Dice Cristo que el Espíritu Santo dará testimonio de él, y que los
Apóstoles le darán también; porque sepas, como dice san Agustin, que es uno el
testimonio de los Apóstoles y del Espíritu Santo, sin que haya diferencia; por
que el Espíritu Santo habla por su boca. ¡Oh Señor, si me persuadiese de esta
verdad que las palabras que me dicen vuestros ministros que han sucedido a los
Apóstoles, son palabras del Espíritu Santo; que él me exhorta, amonesta ,
aconseja y reprende por su boca, y las oyese y recibiese como tales! Dadme esta
gracia de que oiga a todos los superiores, predicadores y confesores mayores
como a ministros vuestros y lenguas del Espíritu Santo, y obre y ejecute como
mandatos suyos lo que me dicen y mandan.
PUNTO
IV. Considera el modo cómo les dice que han de dar testimonio de él, no solo
con la palabra, sino mucho más con la obra, padeciendo muchos y grandes
trabajos por su amor con invencible paciencia; esta es la piedra de toque en
que se descubre el verdadero y fiel amigo del Señor, y por la cual conocen los
hombres la virtud del crucificado, que resplandece en los suyos por su gracia;
por esto los expone a los golpes del eslabón, para que ostenten la fineza del
fuego de caridad que está encerrado en sus pechos, y conozcan todos por su
paciencia y constancia la de su maestro y capitán y crean en él y se hagan discípulos
de su escuela: mete la mano en tu pecho y reconoce si tu vida da testimonio de
Cristo, y si podrán conocer por ella su santidad y creer los infieles en él; y
mira que te ha enviado para que des testimonio de él y prediques con tus obras
su paciencia y humildad, su constancia y caridad y el resto de todas sus
virtudes; mira si edificas o escandalizas el mundo con ellas, y acuérdate de la
cuenta que te ha de pedir del testimonio que das ¡Oh Señor, y qué ciego y
errado he vivido hasta aquí! reconozco que voy engañado y que no cumplo con mi obligación;
yo os suplico que me perdonéis lo pasado y que me deis una centella del fuego
de vuestro espíritu, para que viva en adelante de tal suerte que dé al mundo
testimonio de vos.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
La muerte
había puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los
judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para
que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del
siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber
expirado, preséntase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A
la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus
ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer, sospechando la
ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos?
Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad
siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre.
–Esto les
diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la
enristra contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo
golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cadáver y gruesas gotas de
sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las
postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única
parte que había conservado sana.
María lanza un
grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón
divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la
espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás
dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que
templaba su amargura con el amor que le demostraba. Pero ahora no ve ya en su
presencia sino un cadáver yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella
sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino crueles verdugos
que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver
despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir
aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se
compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era
imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera
que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia
divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la
pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la
tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a
Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo
fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una
agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta
manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón
amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir.
No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de
muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah!
¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo
ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nosotros
fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros
fue también la honda herida abierta en Él después de muerto. Quiso dejarnos en
esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las
tempestades y un blando nido en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas
del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes inestables y de los
falsos goces del mundo.
Ejemplo María es inagotable en sus misericordias
No hace muchos
años que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su
infancia disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las
prácticas religiosas y se dejó arrebatar por los tempestuosos halagos de las
pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante
veinte años. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo
ni levantó hacia Dios un latido de su corazón. Esto no obstante, llevaba
siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, más como recuerdo de su
madre, que como objeto de piedad. Algunas veces tomándola en sus manos, había
repetido la jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado,
¡rogad por nosotros!. A menudo la conversión de grandes pecadores es debida
a algún resto de devoción a María.
Este caballero
tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima
Virgen por su conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del
arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las oraciones de la buena
religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una noche que
salía de la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y
distinta, que le decía:
–«Augusto,
Augusto, la misericordia de Dios te espera».
El caballero
miró a su alrededor para ver quién le hablaba, y no vio a nadie… la calle
estaba solitaria y el silencio era absoluto.
–«Esta voz,
decía él narrando después lo que le había acontecido, esta voz era
positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el
recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el
platillo de la balanza divina y que no faltaba más que un grano de arena para
colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo…»
Este nuevo
Saulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó
a su casa profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es
natural, decíase para sí; aquí se oculta necesariamente un misterio». Por
espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.
El domingo
siguiente por la tarde salió de su casa, más que nunca agitado por los
contrarios pensamientos que batallaban en su alma; Dios y el mundo le
solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en estas ideas,
cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario,
ofreciendo cada decena por distintas clases de pecadores. El que llevaba el
coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena por el pecador más
próximo a su conversión».
El caballero,
al oír esto, exclamó: –«Este pecador soy yo…» y cayendo de rodillas y
derramando lágrimas de arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su
amistad.
Al día
siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del
silencio y del retiro, una prolija y fervorosa confesión.
Después de
ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la
penitencia y santa morada de la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la
Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un momento.
–Dios me llama
a la soledad, decía para sí… Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba
las agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas
de su corazón. Un mes después tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero
esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la penitencia, sino
la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la
vida de los ángeles y murió con la muerte de los predestinados.
Si anhelamos
la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente
dolorosos, pongamos su causa en manos de la que es fuente inagotable de
misericordias y seguro refugio de pecadores.
Jaculatoria
¡Oh corazón
sin mancilla!
Sé nuestro amparo en la muerte
Y nuestro asilo en la vida.
Oración
¡Oh María! ¡Oh
madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que
destilan del corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre
la tierra. Pero no, Señora mía, deja que empapen esta tierra maldita, regada
con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los
crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamará al cielo como la
del inocente Abel; pero no para pedir venganza contra los delincuentes, sino
para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh María! que el hierro
aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa llaga preciosa será
el refugio del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí
irá el pobre en busca de la riqueza que jamás se agota; allí iremos todos a
beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al
ver lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que
tanto sufrió por nosotros; que jamás olvidemos sus beneficios y paguemos con la
ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro corazón,
herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo
hacen esclavo de las criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia
él y construir en esa cavidad amorosa nuestro nido, donde descansaremos de las
persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísima que
comienza en la tierra por el amor y se consuma en el cielo por el eterno
desposorio del alma con su Dios. Amén.
3
avemarías
Prácticas
espirituales
1. Ingresar en
alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón
de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una
comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado
Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un
acto de desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del
Altar.