DÍA 17
LOS VIGILANTES CUIDADOS DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA DE NAZARET
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA 17
LOS VIGILANTES CUIDADOS DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA DE NAZARET
Después de regresar Jesús a Nazaret con su Madre y con san José, «les estaba sujeto». Esto es todo lo que el Evangelio nos dice.
Cuando se pierde una cosa preciosa y luego se la vuelve a encontrar, se la aprecia mucho más y se la guarda con un cuidado mayor que antes.
Considera, pues, cuánto más querido debió de ser Jesús para María después de haberlo encontrado. Y puesto que le fue confiado hasta la edad de treinta años, ¿quién puede imaginar los cuidados con que lo atendió durante todo ese tiempo?
Pero, al verlo constantemente sumiso y obediente hasta a la menor de sus indicaciones, ¡cuánto debió sufrir su profunda humildad! ¡Y qué violencia debió hacerse su Corazón al verse obligada a dar órdenes a Aquel de quien se consideraba totalmente indigna de recibirlas!
Estos son misterios incomprensibles en esta vida, cuya plena inteligencia solo tendremos en el cielo.
¡Cuán querido nos resulta Jesús cuando, reconciliado con nosotros por nuestro arrepentimiento, vuelve a tomar posesión de nuestro corazón, del que nuestros pecados lo habían expulsado!
¿Con cuánto cuidado hemos conservado entonces su gracia, esa perla de valor incomparable? ¿Y cuánto nos hemos humillado ante su divina Majestad al contemplar que Jesús se abaja hasta venir a nosotros para hacerse nuestro alimento en la Sagrada Comunión?
¡Oh dulce Jesús mío!, ¿no soy yo un verdadero monstruo de ingratitud? ¿No debería estar ya en el infierno a causa de mis pecados? Habéis usado conmigo una misericordia tan grande que me habéis concedido nuevamente vuestra gracia y, además, os habéis dignado venir a habitar en mí por medio de la Santa Comunión. Y, sin embargo, vivo olvidado de tantos beneficios y de tantos favores.
¡Ah, no! Que ya no sea así en adelante.
¡Oh dulce Luz de mi alma! ¡Oh mi consuelo! ¡Oh Padre mío!
ORACIÓN
¡Oh María! ¡Qué profundos sentimientos de humildad tenías al ver a Jesús, siempre obediente al menor signo de tu voluntad! ¡Con cuánto respeto, con cuánta ternura y con cuánto amor le prodigabas tus cuidados! ¿No gozamos también nosotros de una dicha semejante cuando recibimos en nuestro interior a nuestro divino Salvador en la santa Comunión, cuando nos unimos a Él y, por así decirlo, lo tenemos tan cerca que podemos pedirle todas las gracias que necesitamos, seguros de que nos las concederá si buscamos únicamente la gloria de Dios y la salvación de nuestra alma? ¡Oh buena Madre nuestra!, alcánzanos los mismos sentimientos que animaban tu corazón, para que sepamos aprovechar dignamente nuestras comuniones. Amén.
FLOR. Rezar el Te Deum en acción de gracias por los beneficios recibidos, y tres Avemarías a la Santísima Virgen, por cuya intercesión nos han sido concedidos.
FRUTO. Penetrarse de la excelencia de la gracia divina; prepararse bien para recibir la Santa Comunión; y manifestar a Dios una sincera gratitud por todos sus beneficios.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.