DÍA 12
EL CORAZÓN DE MARÍA
DURANTE EL PARTO VIRGINAL
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA 12
EL CORAZÓN DE MARÍA
DURANTE EL PARTO VIRGINAL
Considera los sentimientos del Corazón de María en el momento en que dio a luz, en un establo y en medio de las tinieblas de la noche, a su pequeño Niño Jesús; cuando oyó sus primeros llantos y gemidos, y vio sus ojos celestiales bañados en lágrimas.
El amor, la admiración, el dolor, la compasión y los más nobles sentimientos de su alma invadieron al mismo tiempo su Corazón y lo llenaron por completo.
Su fe vivísima le hacía reconocer en aquel Niño al Hijo de Dios hecho hombre por amor a los hombres.
Al contemplar aquel inmenso amor manifestado en toda la Persona de su divino Hijo, su propio corazón quedó abrasado por el mismo fuego.
¡Qué ardor, qué incendio de amor debió encenderse entonces en aquel tierno Corazón maternal!
Las comadronas, temiendo que un exceso de ternura y de alegría pueda perjudicar a la madre que acaba de dar a luz, suelen no decirle inmediatamente si el recién nacido es un hijo varón.
Tomando esta débil comparación, imagina la ternura, la alegría y el amor del Corazón de María cuando se vio con su Hijo recién nacido entre los brazos: su Hijo y, al mismo tiempo, su Dios.
¡Qué inmensa debió de ser entonces su admiración!
Pero también, ¡qué grande fue su dolor al verlo nacer en medio de tanta pobreza, en un establo, desnudo, expuesto al rigor del invierno, temblando de frío, con los labios entreabiertos por el llanto y los gemidos, y con los ojos llenos de lágrimas a causa de nuestros pecados!
Su Corazón de Madre quedó al mismo tiempo desgarrado por el dolor y traspasado por la compasión.
¿Qué no hizo ella para cubrirlo, calentarlo, protegerlo y defenderlo del intenso frío de aquella noche de invierno?
Como pudo, lo envolvió en los pobres pañales que había llevado consigo; lo acostó en el pesebre, donde el frío era menos intenso gracias al aliento de los animales que allí se encontraban.
Y ella, junto con su esposo José, permanecía de rodillas adorándolo, contemplándolo y dando gracias a Dios.
Al contemplar esta escena, ¿qué siente nuestro corazón? ¿No merecemos acaso el amargo reproche que el Señor dirigió por medio de su profeta al pueblo endurecido de Israel: «El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no me ha conocido»?
¡Oh Jesús mío, Dios mío, Señor y Maestro mío!, que por amor a mí quisisteis haceros Niño y nacer en un humilde establo, en medio de la pobreza, durante la noche y en el rigor del invierno: Perdonadme por haberos desconocido durante tanto tiempo.
Vengo ahora a calentaros uniendo mi corazón al Corazón de María, vuestra Madre, y al corazón de san José, a quien honráis como vuestro padre en la tierra.
Pero ¿cómo podré hacerlo si Vos mismo no encendéis en mi corazón ese fuego que habéis venido a traer del cielo? Os lo suplico: abrasadme con ese fuego divino.
ORACIÓN
¡Oh María, la más tierna de las madres! En memoria del inmenso gozo que llenó tu corazón cuando, en el momento del nacimiento de tu Hijo, los coros celestiales hicieron resonar en los cielos el Gloria in excelsis, te suplico que me alcances el amor de tu divino Hijo, para que lo adore con los mismos sentimientos que animaban tu Corazón en aquel momento sublime, y para que no tenga otro deseo en la tierra que conocer, amar y servir a Jesús, como tú lo conociste, lo amaste y lo serviste. Amén.
FLOR: Repetir con frecuencia esta jaculatoria: «Corazón de Jesús, abrasado de amor por nosotros, haced que todos los corazones ardan de amor por Vos.»
FRUTO: Digamos con san Francisco de Asís: «Amemos al Niño de Belén.»
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.