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viernes, 7 de agosto de 2026

UN HOMBRE AGRADECIDO. Fray Justo Pérez de Urbel

 


UN HOMBRE AGRADECIDO

XIII Domingo de Pentecostés

Fray Justo Pérez de Urbel

 

Este milagro de los diez leprosos es uno de los últimos del Salvador. Se acercaba su hora, según la expresión evangélica; había conmovido a Jerusalén con el prodigio de la resurrección de Lázaro; y, sintiendo que el odio de sus enemigos se enconaba cada día, creyó prudente alejarse mientras llegaba la Pascua.

Se refugia en Efraín, ciudad tranquila y solitaria, lejos de las grandes rutas y poco amiga de disensiones mesiánicas. Es un alto antes de los combates supremos.

Pero la naturaleza empieza a renovarse con los encantos de la primavera; se acerca el mes de Nisán, y los peregrinos cubren ya las sendas que llevan a Jerusalén, donde deben estar el día catorce de la luna sagrada. Cristo deja también su retiro y se dirige hacia el sur; va despacio, rodeando, buscando corazones y evitando enemigos.

San Lucas recoge cuidadosamente los diversos episodios que esmaltan aquella peregrinación, llena de presagios, a través de Samaría y Galilea, aquel viaje que no iba a tener vuelta.

Al entrar en un pueblo, este grito detuvo al divino viajero:

—¡Jesús! ¡Maestro! Ten piedad de nosotros.

Diez hombres desgraciados se habían apostado cerca del camino en actitud de respeto y de dolor. Eran dignos de lástima. Unos harapos cubrían sus miembros asquerosos; llevaban la cabeza rapada; con manos temblorosas empuñaban el bordón que sostenía sus cuerpos desfallecidos; sus ojos, sus mejillas y sus brazos estaban roídos de úlceras repugnantes, invadidos en vida por la corrupción de la muerte.

Era el terrible mal de la lepra, «el dedo de Dios», como decían los judíos, que la miraban como el signo visible del alma infecta por el pecado. Excluido del trato de sus semejantes, el leproso vivía en grutas o improvisaba su choza a las puertas de las ciudades para recibir la limosna de los que entraban y salían.

Conmovido por aquella miseria, Jesús les dio la limosna de la salud.

—Id —les dijo— y mostraos a los sacerdotes.

Una sentencia de los sacerdotes les había separado de sus conciudadanos; un certificado de curación era lo único que podía reintegrarlos a la vida social. La orden de Jesús era, por tanto, una promesa de salud, condicionada a un acto de fe.

Obedecen ellos, y, conforme se alejan, empiezan a observar que una sangre más pura corre por sus venas; que van desapareciendo aquellas manchas blanquecinas de su cuerpo; que las pústulas lívidas y sanguinolentas son reemplazadas por el color rosado de la carne de un niño. Aquella situación humillante ha terminado; la curación es completa.

Entretanto, Jesús ha entrado en la población, ha reunido a la gente en la plaza y está exponiendo su doctrina, hablando de su reino, cuando un hombre se abre paso entre la multitud, llega hasta Él, se postra tocando el suelo con la frente y besa los pies de su Salvador, agradecido al beneficio que acababa de obtener.

Era uno de los diez, un samaritano, añade el Evangelio. Habitante de los confines de Judea, se había juntado a los leprosos de Israel, venciendo las repugnancias de raza y religión. La desgracia les había unido; había derribado el muro que existía entre ellos.

El dolor hace olvidar el amor propio, disipa las susceptibilidades, enfrena los instintos de venganza, despierta el sentido de humanidad que hay dentro de nosotros y nos hace mejores. La prosperidad ciega, ensoberbece, desune y torna duro el corazón.

Así sucedió ahora. Desde que se vieron curados, los nueve judíos ya no vieron en el samaritano más que al enemigo de su pueblo. Le separaron de ellos y siguieron su camino. Él, mientras, iba a dar las gracias a su bienhechor.

—¿Cómo? —exclamó Jesús—. ¿No han sido diez los curados? ¿No se ha hallado quien volviera para dar gracias a Dios fuera de este extranjero?

La ingratitud hería su corazón. Esa reflexión respira profunda tristeza, acentuada con la expresión «este extranjero». Un incidente tan doloroso era como el resumen de toda su misión: había prodigado a manos llenas sus beneficios a Israel, y su pueblo le rechazaba. Unos días después, aquellos nueve hombres en quienes acababa de obrar tan gran prodigio pedirían a gritos su muerte ante el pretorio de Jerusalén.

Le consuela el samaritano, símbolo de todos los pobres abandonados, de todos los extranjeros, de todos los hijos de la gentilidad que habían de recibir con fe y agradecimiento el beneficio de la Redención.

La gratitud conmueve el corazón de Dios y abre sus manos. Esta es la enseñanza que nos recuerda la liturgia al leernos este Evangelio de los diez leprosos.

Estamos en los últimos días del estío. Poco a poco, los árboles nos van dando el regalo de sus frutos, los racimos enrojecen en la vid, los campos quedan desnudos y el oro del trigo alegra las eras. Corta o larga, la cosecha de cada año viene de Dios. Él hace germinar la semilla, envía las lluvias y los soles y dirige la orquesta de los meses.

Es una deuda de honor reconocerlo y una necesidad en los corazones bien nacidos.

Desgraciadamente, la raza de los judíos es, en este aspecto, más numerosa que la de los samaritanos.

No hablemos del «hombre animal», de aquel que vive sin Dios en este mundo. Ese no tiene a quién pedir ni a quién agradecer. El mundo es para él una mesa más o menos copiosa, un prado deleitable o, mejor, un pesebre que se vacía y se vuelve a llenar como por ensalmo. Las fuerzas ciegas de la naturaleza ponen en juego sus mecanismos misteriosos y, con un ritmo eterno, trabajan a su servicio. ¿Cómo? Importa poco. Lo esencial es buscarse un puesto de honor en la rueda de los comensales privilegiados, por la astucia o por la fuerza, meneando la cola o enseñando los dientes.

Pero el que sabe que no cae al azar un solo cabello de nuestra cabeza; que hay un Padre celestial que viste a los lirios y da de comer a los gorriones voraces; el que reza diariamente las palabras sagradas: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy», no tiene excusa si, al ver los beneficios que Dios derrama en su camino, hace como aquellos judíos que gozan alegres del beneficio sin levantar la vista al Bienhechor.

Sin embargo, de los cristianos de hoy se puede repetir lo que decía san Bernardo de los de su tiempo:

«Solícitos para pedir, impacientes hasta que reciben, ingratos cuando han sido escuchados.»

 

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO? Fray Justo Pérez de Urbel

 


 

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?

XII Domingo después de Pentecostés

Fray Justo Pérez de Urbel

 

Los antiguos nos dijeron que san Lucas era pintor; y, ciertamente, su pluma es un pincel maravilloso. Al escuchar el pasaje de su Evangelio que la liturgia ofrece a nuestra consideración en este domingo, nos parece ver uno de esos cuadros, llenos de sano realismo, en que palpita la vida, la naturaleza se mueve y los personajes hablan y obran con toda verdad y naturalidad. Es una obra maestra de simplicidad y de verismo riguroso.

 

Jesús se dirige a Jerusalén para asistir a la fiesta de los Tabernáculos. De cuando en cuando se detiene, se sienta en la linde del camino y habla. Así hace ahora. Habla del reino del amor, del espíritu nuevo que quiere aclimatar en la tierra, de la más alta moral, de la doctrina más perfecta. Está contento con la noticia del fructuoso apostolado de los setenta y dos discípulos, invita a todos los cansados a buscar alivio en su corazón y exclama, en un momento de alegría incontenible: «¡Dichosos los ojos que vieron lo que veis vosotros!»

 

De pronto, una sombra: un escriba. Los escribas se cruzan constantemente en su camino. Salta la pregunta capciosa:

 

—Maestro, ¿qué haré para conseguir la vida eterna?

 

El legista pisaba terreno firme. ¿Hay cosa más digna de elogio que esta cuestión, que debiera brotar constantemente del fondo de nuestro ser? Pero el doctor esperaba enredar al Hijo del Carpintero, que dogmatizaba por los caminos sin haberse dignado escuchar al gran Hillel o a alguno de sus discípulos.

 

El interrogado pregunta a su vez. Así solía deshacer Jesús los lazos que le tendían.

 

—¿Qué es lo que dice la Ley?

 

El escriba no tuvo más que recoger los dos preceptos fundamentales que Moisés había revelado a los israelitas. Lo hizo como quien conoce su cartilla, y mereció las felicitaciones de Jesús. Pero se sentía humillado. Necesitaba justificar su actitud delante del público, haciendo ver que la intervención del Rabbí galileo dejaba la cuestión en el mismo estado que antes.

 

—Amar al prójimo, cierto; eso lo sabíamos todos. Pero ¿quién es mi prójimo?

 

Sin duda, el divino Maestro estaba entonces en el camino que conduce de Jericó a Jerusalén. Es una subida abrupta, montañosa, accidentada, bordeada de barrancos y precipicios. De cuando en cuando aparecen grandes rocas, cortantes como cuchillos; estrechas gargantas sobre las cuales vuelan los buitres; encrucijadas rocosas que encogen el corazón, y soledades arenosas, cubiertas de miedos y silencios.

 

Los mismos nombres tienen aquí ecos de tragedia. Hay una altura que se llama la Colina de la Sangre, y cerca de ella está la única vivienda que se halla en el camino: el Kan de los Ladrones, que un buen día se convirtió en posada del Buen Samaritano. Es un edificio destartalado, con un patio rodeado de bancos de piedra, donde se sientan los beduinos, frente a un vaso de un sucio licor, fumando el narguile con gesto de aburrimiento.

 

Después el camino desciende, retorciéndose entre montes cada vez más áridos. Ni árboles ni fuentes. Aquí y allá, unos cardos espinosos y achaparrados manchan las laderas. Hace un siglo, cuando el conde de Chateaubriand pasó por aquí, ninguna caravana se atrevía a cruzar este camino sin el salvoconducto del jefe de una tribu, que les daba una escolta de ladrones para protegerlos de los demás ladrones. Hoy, indudablemente, hay más seguridad; pero aún dicen que, antes de aventurarse por estos lugares, es bueno proveerse de un revólver.

 

Tal es el escenario en que Jesús coloca su apólogo.

 

—¿Quién es mi prójimo? —había preguntado el legista.

 

Y el Maestro, con maestría suprema, le va a hacer confesar algo que parecería un absurdo en boca de un escriba, de un fariseo o de un doctor de la Ley.

 

Hoy, cualquier niño de la escuela podría satisfacer nuestra curiosidad. Aunque el Evangelio ha entrado todavía en pocos corazones, su luz va iluminando muchas inteligencias. Los más humildes en la casa de Dios saben más acerca de estas cosas que los más sabios de Jerusalén o de Atenas antes que las enseñase Jesucristo.

 

Un brahmán no hubiera llamado prójimo suyo a un paria, ni un ciudadano de Esparta a un ilota, ni una dama de Roma al negro que llevaba su litera. Los mismos hebreos, que habían recibido una ley más pura, tenían también ideas muy mezquinas.

 

«Un israelita que mata a un pagano —dice el Talmud— no merece la muerte, porque el pagano no es prójimo; un israelita que ve a un pagano a punto de ahogarse no está obligado a sacarle del agua, porque el pagano no es prójimo.»

 

¿Y un samaritano? ¿Un descendiente de aquellos extranjeros que los reyes de Asiria colocaron en la tierra de Israel y que osaron aceptar la ley mosaica para contaminarla?

 

¡Ah! Eso era mucho peor. Para ellos, un odio cordial, un desprecio profundo. El mismo autor del Eclesiástico decía:

 

«Hay dos naciones que detesto, y la tercera no es ni siquiera nación. Aborrezco a los serranos de Seír, a los filisteos y al pueblo estúpido que habita en Siquem y Samaría.»

 

Cuando los doctores del Templo querían manifestar todo el odio que tenían al Rabbí, que les llamaba sepulcros blanqueados, decían que era un samaritano.

 

Pues bien: un hombre descendía de Jerusalén a Jericó. Era un descenso, porque Jericó está mil metros más bajo que Jerusalén. En una revuelta del camino, el viajero se halló rodeado de una partida de ladrones. Los beduinos no matan sino en caso de necesidad; pero despojan a la gente, la apalean y la dejan tendida, desnuda, medio muerta. Así le sucedió al hombre de la parábola.

 

Siendo Jericó ciudad levítica y sacerdotal, parecía natural que los primeros en ver al desgraciado fuesen algún sacerdote o algún levita de los que iban a la Ciudad Santa para cumplir sus funciones. Pasó, efectivamente, el sacerdote; vio al herido envuelto en su sangre y, haciendo un gesto de repulsión, siguió su camino.

 

El levita, que tenía las ínfulas más cortas, hizo algo más: vio y se acercó, y tal vez sintió un poco de piedad; pero no quiso escuchar la voz que le salía del fondo del alma.

 

«Si llego tarde —debió de pensar— me pierdo los honorarios de mi ministerio.»

 

Pero he aquí que llega un hombre montado en su jaca. Es un samaritano. Se le conoce hasta en la nariz. Ante aquel guiñapo humano tendido en el camino, se estremece lleno de compasión; llega hasta él, le habla, examina sus heridas.

 

Es la primera limosna, la limosna del corazón, que ninguna otra puede suplir. La moneda de oro que deja caer el rico en la mano del pobre humilla casi siempre, porque viene de muy alto. Pero el corazón se inclina, desciende, borra distancias, quita susceptibilidades.

 

El Buen Samaritano, el hijo de aquel pueblo maldito en Israel, dio una y otra: el oro de su bolsa y el oro de su caridad. Sin pensar en los ladrones, que podían matarle también a él, recoge al herido, le cura, le lleva al Kan y cumple con todos los deberes de la caridad más tierna, compasiva, solícita y abnegada.

 

La lección era intencionada; solo faltaba sacar la moraleja.

 

—¿Cuál de los tres —preguntó Jesús— es, a tu entender, el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?

 

No era posible dudar; pero el escriba se guardó muy bien de pronunciar el nombre del samaritano.

 

—El que se compadeció de él —dijo secamente.

 

—Pues haz tú otro tanto —añadió Jesús para terminar.

 

Como si dijese: Has de saber que no hay castas, ni fueros, ni privilegios de sangre. La práctica de la ley del amor debe extenderse a todos los pueblos y a todas las razas. Dos hombres son prójimos, amigos, hermanos, por el hecho mismo de ser hombres. Tú, que te precias de puritano, de guardador de la Ley, de descendiente de Abraham, y, en consecuencia, desprecias a ese samaritano, no podrás entrar en el reino de los cielos si no hicieres con el samaritano lo que el samaritano hizo con el judío.

 

La ley del amor es universal y su medida, como dice san Bernardo, es amar sin medida.