martes, 3 de noviembre de 2026

DE LA MUJER QUE PADECIÓ EL FLUJO DE SANGRE Y SANÓ TOCANDO LA ORLA DE LA VESTIDURA DE CRISTO. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Miércoles de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA MUJER QUE PADECIÓ EL FLUJO DE SANGRE Y SANÓ TOCANDO LA ORLA DE LA VESTIDURA DE CRISTO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Miércoles de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA MUJER QUE PADECIÓ EL FLUJO DE SANGRE Y SANÓ TOCANDO LA ORLA DE LA VESTIDURA DE CRISTO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Lucas: que esta mujer había gastado su hacienda en médicos y medicinas, y padecido mucho por espacio de doce años, y no le habían dado salud; y con solo tocar la orla de Cristo la cobró.

En esto has de aprender lo poco que valen todos los medios del mundo para darnos, así la salud del cuerpo como la del alma, si Dios no pone su mano; y que la seña de su voluntad puede y vale más que todo lo criado.

Saca de aquí acudir a Dios y no al mundo en tus necesidades; y que muchas veces ordena que los medios ordinarios no tengan fuerza, ni surtan efecto, porque la misma necesidad nos traiga a sus pies y a buscarle para nuestro remedio.

¡Oh buen Dios! ¡Oh infinita caridad! ¡Oh amor inefable que nos tenéis tan crecido, que no necesitáis venir a nuestra casa para hacernos bien; y cuando todo el mundo nos falta, Vos no nos faltáis, sino que nos ayudáis y nos hacéis mayor merced!

Bendito seáis para siempre.

Ninguno, Señor, tiene mayor necesidad que yo de que me presente a vuestros pies.

Tened misericordia de mí; dadme salud en el alma, como la disteis a esta mujer en el cuerpo.

 

PUNTO II. Considera que el principio de su bien estuvo en el conocimiento que tuvo de su enfermedad esta mujer, y el sentimiento de lo que padecía; y el tuyo está en el conocimiento de tu pecado, y en el sentimiento y dolor que tuvieres de él.

¡Oh pecador, si conocieses los muchos pecados que agravan tu conciencia! ¡Oh cuán grave mal es perder a Dios!

Y si te dolieses de haberle ofendido de todo tu corazón, ¡cómo buscarías el remedio de tu alma, y te vinieras desalado a Dios!

Abre los ojos de la consideración, y mira cuán malo y amargo es haber ofendido a tal Señor, y trocado su amistad por la de Satanás; y dejado al Criador por la criatura, la vida por la muerte, y el cielo por el infierno, y el gozar para siempre por penar eternamente.

Carga el peso de la consideración en esta verdad; desmenuza esta píldora hasta que te amargue el pecado y conozcas tu necesidad, y ella misma te traiga a los pies de tu Redentor, que es el médico de tu alma.

 

PUNTO III. Considera el linaje de enfermedad que padecía esta en el cuerpo, y la que tú padeces en el alma, que es un flujo continuo de pecados, añadiendo cada día culpas a culpas sin cesar.

Discurre por todos los sentidos y mira los pecados que cometes con ellos cada día, y luego los de pensamiento y voluntad.

Considera también cuánto con ellos irritas la ira de Dios; y pídele con lágrimas perdón de tus culpas, con dolor de haberle ofendido, y gracia para no pecar más.

 

PUNTO IV. Considera lo que dice de esta mujer san Lucas que hizo para alcanzar salud.

Lo primero, habló consigo, diciendo: «Si tocare a sola su vestidura, sanaré».

Lo segundo, que llegó con fe.

Lo tercero, que le tocó, y luego quedó sana.

En esto nos enseña que nuestra salud espiritual consiste en tres cosas, que son la palabra, la fe y las obras: la palabra, oyéndola de Dios y obedeciéndola; la fe, creyendo sus verdades y teniendo confianza en Él; y las obras, cumpliendo sus mandamientos.

Contempla la enfermedad de tu alma, y el remedio y medicina que le has de aplicar para cobrar salud; y resuélvete a procurarlos, usando de estos medios y suplicando a Dios que sea servido de sanarla.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.