lunes, 2 de noviembre de 2026

DÍA 3. LOS SUFRIMIENTOS DEL PURGATORIO: LA PENA DE DAÑO. DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA 3

LOS SUFRIMIENTOS DEL PURGATORIO:

LA PENA DE DAÑO

 

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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DÍA 3

LOS SUFRIMIENTOS DEL PURGATORIO:

LA PENA DE DAÑO

 

«Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» Salmo 41, 3

 

Las principales penas que se padecen en el purgatorio son: 1.º la pena de daño, es decir, la privación de la visión de Dios; 2.º el recuerdo de los pecados que se han cometido o se ha hecho cometer a otros, así como de las gracias de las que se ha abusado; 3.º la pena del fuego.

De todas estas penas, la del daño es, sin duda, la más terrible.

En este mundo tenemos un conocimiento muy imperfecto de las perfecciones divinas, porque nuestro entendimiento, además de detenerse pocas veces a considerar a Dios, no conoce las cosas sino por medio de los sentidos y bajo imágenes groseras.

Nuestra voluntad, por su parte, está dividida entre numerosos afectos y ocupada en tantos deseos, la mayoría de ellos frívolos o incluso culpables, que no puede elevarse hasta Dios. Lo ama fríamente, como se ama un bien que apenas se conoce.

Pero, cuando el alma deja de estar prisionera en el cuerpo, nada le impide comprender perfectamente todos los motivos que tiene para amar a Dios con todas sus fuerzas.

Así pues, al verse en un estado en el que es capaz de poseerlo y descubrir, sin embargo, que está separada de Él, aunque no para siempre, es imposible que, amándolo como lo ama, esta cruel separación no le resulte no solo un purgatorio, sino una especie de infierno.

«El instinto que la impulsaba hacia Dios —dice santa Catalina de Génova— actúa sobre ella con una impetuosidad aterradora, y el fuego de la caridad que la abrasa le imprime un impulso tan irresistible hacia su fin último que considera un suplicio intolerable sentir dentro de sí un obstáculo que detiene su impulso hacia Dios.

»El purgatorio, en cuanto purgatorio, es decir, en cuanto sufrimiento, no es nada para ella; pero sentir dentro de sí un impulso ardiente hacia Dios y no poder satisfacerlo: he aquí para ella el sufrimiento de los sufrimientos, el verdadero purgatorio.

»¡Ah! —exclama sin cesar esta alma en las angustias de su martirio—, mi alma tiene sed del Dios vivo; ¿cuándo podré entrar a contemplar el rostro de Dios?».

Por otra parte, el motivo por el cual los justos quedan excluidos del cielo durante cierto tiempo contribuye no poco a su dolor.

Saben que la única causa de su castigo es haber ofendido injustamente a un Dios infinitamente bueno. Piensan en las innumerables gracias de las que han abusado, gracias que habrían bastado para hacer de ellos grandes santos.

Repasan, en la amargura de su alma, las faltas que han cometido.

¡Ay! Si una gran santa, después de haber recibido de Dios una visión clara de las pequeñas imperfecciones de su alma, estuvo a punto de morir de dolor, ¿cuál no será la pena de los justos del purgatorio, que conocen, a la luz de la santidad divina, todas las manchas de su alma?

¡Y cuánto mayor será, sobre todo, el arrepentimiento de aquellos que han dado ocasión a su prójimo para ofender a Dios; que, mediante sus escándalos, son causa de los sufrimientos que padecen ahora otras almas; que quizá incluso hayan precipitado a alguna en el abismo del infierno!

¡Ah!, con lágrimas de sangre lloran estos justos su ceguera pasada y piden perdón a ese Dios tan digno de amor, de quien han recibido tantos bienes y que ahora, justamente indignado contra ellos, castiga su ingratitud ocultándoles su rostro y manteniéndolos lejos de su presencia, en una horrible prisión donde arden con un fuego semejante al que atormenta a sus enemigos en el infierno.

Si queremos evitar un día un dolor tan amargo, amemos a Dios durante esta vida y procuremos suscitar en nosotros un vivo arrepentimiento por haberlo ofendido.

Nuestra contrición tiene ahora un valor expiatorio; después de la muerte, ya no sería más que un dolor sin consuelo y sin mérito.

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«Imaginad todos los tormentos que queráis: no concebiréis ninguno que iguale la privación de la visión beatífica de Dios». San Juan Crisóstomo

 

EJEMPLO

EL HERMANO ANTONIO CORSO

Y LA SANTA POBREZA

En los anales de los Padres capuchinos ha quedado célebre el nombre del hermano Antonio Corso, por las austeridades que le inspiraba su santo deseo de expiación.

No es que este santo religioso tuviera que expiar antiguos extravíos, pues había entrado en el claustro conservando su inocencia y había practicado constantemente la más admirable perfección.

Sin embargo, después de su muerte, Antonio se apareció al enfermero del convento, llamado Juan, y le hizo saber que estaba destinado a purificarse mediante las penas del purgatorio.

—¿Cómo es posible? —replicó el enfermero—. ¿Vos, que hicisteis una penitencia tan ejemplar durante toda vuestra vida?

—Mi falta —respondió el alma— consistió en una transgresión de la santa pobreza. No creía estar haciendo mal, pero debería haberme instruido mejor acerca de mis obligaciones.

El enfermero quiso saber si la expiación que se le había impuesto era muy dura.

El difunto respondió que la pena de daño, es decir, la privación de la visión de Dios, le parecía insoportable, pues, inmediatamente después de la muerte, el alma tiende irresistiblemente hacia su Creador, y todo aquello que la mantiene alejada de Él la sumerge en un suplicio inefable.

Añadió que pronto entraría en posesión del divino objeto de todos sus deseos.

Una nueva lección sobre la importancia que debemos conceder hasta a la más pequeña infidelidad.

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.