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sábado, 5 de junio de 2021

Nuestra Consagración a Jesús por María

LA CONSAGRACIÓN ES “DARSE A JESÚS POR MARÍA”

 

Quinta Meditación para profundizar en nuestra consagración a la Virgen

tomada de libro

Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

por el  Padre Jose María Hupperts, de la Sociedad Mariana Montfortiana
en el año mariano de 1953-1954

            La base y el punto de partida de la vida mariana en el espíritu del Padre de Montfort consiste en la donación total y definitiva de sí mismo a la Santísima Virgen, y por Ella a Jesús. Debemos subrayar ahora este último punto.

            Se ha visto de todo. ¿No se ha dicho y escrito, después de la Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, que el movimiento mariano montfortano no tenía nada que ver con este acontecimiento, que la Consagración de San Luis María no se dirigía a la Santísima Virgen, sino a Jesús? No vamos a contestar extensamente a semejantes aserciones. Hay que estar voluntariamente ciego para no ver la evidencia misma. El solo texto de la Consagración del Padre de Montfort basta ampliamente para convencernos de ello.

            Más frecuentemente se presenta la siguiente objeción: «Quiero ser y soy de Cristo, de Dios. ¿Cómo y por qué darme a María? Esta Consagración a María, ¿no impide o daña acaso la orientación obligatoria de nuestra alma hacia Cristo, hacia Dios?».

            En el último volumen de esta serie trataremos ex profeso esta cuestión. Recordaremos entonces la doctrina y daremos indicaciones lo suficientemente detalladas para la práctica. En la presente explicación de la Consagración misma nos tenemos que limitar a explicaciones más breves; sin embargo, esperamos que ilustrarán suficientemente que tanto en la Consagración como en la vida de dependencia y de unión que es su consecuencia, siempre se concede fielmente a Dios y a Cristo el primer lugar, y que aplicamos aquí leal y plenamente la gran divisa cristiana, universalmente aceptada: A Jesús por María.

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            Notemos ante todo que nuestra Consagración se hace a Jesús, a Jesús y a María, a Jesús por María. Los testimonios de San Luis María de Montfort sobre este punto son tan formales como numerosos.

            En el «Tratado de la Verdadera Devoción» nos dice: «Cuando más un alma esté consagrada a María, tanto más lo estará a Jesucristo… Esta devoción consiste, pues, en darse por entero a la Santísima Virgen, para ser enteramente de Jesucristo por Ella… Se sigue de ello que uno se consagra al mismo tiempo a la Santísima Virgen y a Jesucristo; a la Santísima Virgen, como al medio perfecto que Jesucristo ha elegido para unirse a nosotros y unirnos a El; y a Nuestro Señor como a nuestro último fin, al cual debemos todo lo que somos, como a nuestro Redentor y a nuestro Dios».           

Y en «El Secreto de María» formula una afirmación tan clara como categórica: «[Esta devoción] consiste en darse enteramente, en calidad de esclavo, a María y a Jesús por Ella».

            No hace falta decir que el texto mismo de la Consagración es aquí el argumento decisivo. En él se lee: «Me doy por entero a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida. Y a fin de serle más fiel de lo que le he sido hasta aquí, os elijo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte celestial, por Madre y Dueña mía. Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras».

            Por lo tanto, nos damos a Jesús y a María, en orden principal a Cristo como a nuestro fin último, secundariamente a la Santísima Virgen, que es nuestro camino inmaculado y perfecto para ir a Cristo y a Dios. Y de este modo nos adaptamos totalmente al plan redentor de Dios, libremente decidido por El, que exige que en el orden sobrenatural lo tengamos todo, absolutamente todo, por Jesús y por María: por Jesús como causa principal de todo ser y de todo obrar en el orden de la gracia, y también de María, causa subordinada pero universal, de la Encarnación, de la Redención, de la Santificación y de la gracia.

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            A algunas personas les parece extraño, cuando no imposible, pertenecer a la vez a Jesús y a su santísima Madre. Se trata de una dificultad aparente, que no resiste a la reflexión seria. Los mismos objetos, los mismos muebles, el mismo dinero, la misma casa pertenecen al marido y a la esposa, al padre y a la madre en nuestros hogares cristianos, que se funden habitualmente en comunidad de bienes. Nada se opone a esta posesión en común, que no comporta ninguna dificultad cuando la armonía y la paz reinan en el matrimonio. De modo parecido, no hay el menor inconveniente ni la menor dificultad en que pertenezcamos simultáneamente a Jesús y a María, que viven en una unidad inmutable de alma, de amor y de voluntad.

            Así lo comprendieron y practicaron —y esto debe tranquilizar a las almas escrupulosas en la materia— los apóstoles y los privilegiados del divino Corazón de Jesús. El Padre Mateo, incomparable apóstol contemporáneo del Rey de Amor, es esclavo de Nuestra Señora. Y lo es, «porque sé que al pasar por María amo más a Jesús; le doy un gusto inmenso, me adapto a sus designios providenciales, y centuplico el pobre valor de mi ofrecimiento. Realzo el valor de mi holocausto ofrecido sin cesar en el altar del Corazón de María, mi Reina, mi Mediadora y mi Madre». Y Santa Margarita María misma, cuya vida puede presentarse verdaderamente como la personificación del «Per Mariam ad Jesum», declara en un magnífico Acto de Consagración: «Santísima, amabilísima y gloriosísima Virgen, Madre de Dios y nuestra querida Madre, Maestra y Abogada, a quien nos hemos dado y consagrado enteramente, gloriándonos de perteneceros en calidad de hijas, siervas y esclavas en el tiempo y para la eternidad: de común acuerdo nos echamos a vuestros pies para renovar los compromisos de nuestra fidelidad y esclavitud hacia Vos, y suplicaros que en calidad de cosas vuestras nos ofrezcáis, dediquéis, consagréis e inmoléis al Sagrado Corazón del adorable Jesús, con todo lo que hagamos o suframos, sin reservarnos nada» .

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            En nuestra consagración, pues, se respeta y se realiza plenamente nuestra pertenencia a Jesús. En la vida de unión, que tratamos de llevar como consecuencia de esta donación, el Maestro conserva plenamente el lugar único que le corresponde en nuestra vida. Hemos dicho que en una publicación ulterior volveremos más extensamente sobre el tema. Nos limitamos aquí a algunos pensamientos rápidos para tranquilizar a las personas temerosas de que la vida mariana perjudique su vida de intimidad con Cristo, con la Santísima Trinidad que vive y habita en su alma.

            Vivimos nuestra consagración por medio de las prácticas interiores: «Hacer todas las acciones por María, con María, en María y para María». Pero nuestro Padre nos hace observar que es «a fin de hacerlas más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo». 

El verdadero esclavo de María no vive solamente en dependencia y unión con la Santísima Virgen, sino sobre todo en dependencia y unión con Jesús. Por regla general —pueden haber excepciones por atractivos de gracia— el esclavo de amor de Nuestra Señora vive su vida explícitamente con Jesús y con su Madre, con Jesús por María.

            Recordemos además que no sólo la verdadera Devoción puede y debe ir acompañada de la vida de unión con Cristo, sino también que por los actos directos de amor y de veneración a la Santísima Virgen honramos, amamos y servimos al adorable Jesús, nuestro Salvador y Señor.

            En efecto, somos los esclavos de amor de Nuestra Señora, porque Jesús mismo nos ha dado el ejemplo acabado de esta vida de per­tenencia y dependencia.

            Somos también los esclavos de amor de la Reina, y queremos vivir como tales, porque creemos que así respetamos del mejor modo posible la voluntad de Cristo Dios, que ha querido que su Madre desempeñe un papel tan grande en todas sus obras de gracia.

            Somos los esclavos voluntarios de Nuestra Señora, porque estamos convencidos de que este es el camino más corto, más seguro y más perfecto para llegar a la unión divina: «Si, pues, establecemos nosotros la sólida devoción a la Santísima Virgen, no es sino para establecer más perfectamente la de Jesucristo, no es sino para dar un medio fácil y seguro para encontrar a Jesucristo… Esta devoción nos es necesaria para encontrar a Jesucristo perfectamente, amarlo tiernamente y servirlo fielmente».           

Finalmente, y sobre todo, todo acto de amor y de respeto para con la Santísima Virgen es forzosamente, para quien conoce la doctrina cristiana, un homenaje de amor y de veneración para con Jesucristo. Pues honramos y amamos a Nuestra Señora ante todo en cuanto que Ella es la Madre de Jesús, la Madre de Dios, y luego en cuanto que es llena de gracia, es decir, llena de la vida de Jesús, en quien Ella se encuentra transformada mucho más que San Pablo o que cualquier otro santo: ya no es Ella la que vive, sino que Cristo es quien vive en Ella.

            Por eso Montfort tiene razón de escribir: «Nunca se honra más a Jesucristo que cuando se honra más a la Santísima Virgen».

            Resumiendo, nuestra Consagración es una donación a Jesús por María; nuestra vida es una vida de unión con Jesús y con María. Lejos de ser un obstáculo para la intimidad con Cristo, la vida mariana es, al contrario, el mejor medio para llegar a ella.

            Dulce Madre de Cristo, revélanos a tu Jesús, haz que lo amemos y vivamos de El. Y con ello prueba a todos el valor inefable del secreto de gracia que nos has revelado.

            Adorabilísimo y amabilísimo Jesús, haznos participar de tu incomparable amor a tu Madre, de tu vida de dulcísima intimidad y dependencia para con Ella, a fin de que toda nuestra vida sea la realización de la gran y amada divisa: ¡A Jesús por María!

sábado, 29 de mayo de 2021

LA CONSAGRACIÓN ES DARSE POR AMOR. Profundizando en nuestra Consagración

Cuarta Meditación para profundizar en nuestra consagración a la Virgen

tomada de libro

Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

por el  Padre Jose María Hupperts, de la Sociedad Mariana Montfortiana
en el año mariano de 1953-1954

 

            Tres son las cualidades requeridas para la esencia misma de nuestra perfecta Consagración a Jesús por María: que sea total, que sea definitiva, y que sea hecha por amor puro y perfecto a Dios y a su santísima Madre.

            Ahora nos toca examinar esta última cualidad.

 

Desinterés de la esclavitud de amor  hacia Nuestra Señora

 

            Nuestro Padre nos señala ya el «desinterés» como una de las cualidades de la verdadera Devoción a la Santísima Virgen en general: «Un verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o de interés, ni para su bien temporal ni eterno, corporal ni espiritual, sino únicamente porque Ella merece ser servida, y Dios solo en Ella; no ama a María precisamente porque lo beneficia, o porque esto espera de Ella, sino porque Ella es amable».           

Y cuando Montfort expone en detalle el Acto de Consagración, se expresa del siguiente modo: [Hay que dar todo a Nuestra Señora] «sin pretender ni esperar ninguna otra recompensa por nuestra ofrenda y nuestro servicio, que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella, aunque esta amable Señora no fuese, como siem­pre lo es, la más liberal y la más agradecida de las criaturas».           

Y al hablar de la última de las prácticas interiores de la perfecta Devoción a María, que son en suma nuestra Consagración puesta en práctica, nos advierte: «No debe pretenderse de Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de estar por Ella unido a Jesús, su Hijo, con vínculo indisoluble, en el tiempo y en la eternidad».

            Para comprender todo esto debemos recordar algunos puntos de la doctrina católica sobre este tema, que no deja de ser difícil.

            Debemos amar a Dios con caridad perfecta, es decir, amarlo por Sí mismo y por encima de todos los seres. Este es el acto de la virtud teologal más elevada y preciosa.

            Con esta virtud teologal podemos y debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y en primer lugar a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de las almas.

            El amor a la Santísima Virgen es, pues, un acto de la más perfecta de las virtudes teologales, pues la amamos en Dios y por Dios.

            La caridad no es perfecta si se la practica directamente a causa de las ventajas o de los beneficios, incluso espirituales y sobrenaturales, que hemos recibido o esperamos recibir de Dios y de su divina Madre.

No es que sea condenable o no sea bueno desear o buscar nuestra perfección y nuestra felicidad personal, con todo lo que a ella se refiere y todo lo que a ella conduce. Al contrario, tenemos el deber de hacerlo.

            Pero no es eso precisamente la caridad: todo eso tiene que ver más bien con la virtud de esperanza.

            El deseo y la prosecución de nuestra esperanza y de nuestra felicidad no son plenamente perfectos sino cuando son asumidos, informados y sobreelevados por la caridad. Lo cual se hace, por ejemplo, del siguiente modo: «Deseo y espero la santidad y la felicidad, y todo lo que es necesario y útil para alcanzarla. Todo eso lo deseo, ante todo, porque en la perfección y en la bienaventuranza consiste precisamente la unión de mi alma con Dios y con María, a la que aspira esencialmente la divina caridad; porque de esta manera puedo glorificar más perfectamente a Dios y a su santísima Madre».

            De este modo cada acto de esperanza y cada aspiración a nuestra perfección personal, y todo lo que de cerca o de lejos nos conduzca a ella, se convierte en un acto de puro amor a Dios y a la Santísima Virgen.

            La Iglesia nos enseña que no nos es posible establecernos en un estado habitual de permanente caridad «pura», de modo que la consideración de la recompensa o del castigo no tenga ya parte alguna en la vida de un alma.

            Por otra parte, es perfectamente conforme al espíritu de la Iglesia que nos ejercitemos en producir actos de caridad perfecta y pura para con Dios y la Santísima Virgen; que nos ejerzamos en hacer las propias acciones por la gloria del Altísimo y de Nuestra Señora, sin pensar explícitamente en las ventajas, incluso sobrenaturales, que pueden resultarnos de estos actos; y cuando este pensamiento de los provechos personales se presente a nuestro espíritu, captarlo y arrastrarlo en la corriente más rica de la caridad perfecta: «Dios mío, mi buena Madre, deseo y acepto todos estos progresos y ventajas personales, sobre todo para poder servirte y glorificarte más perfectamente con ellos, y estarte unido más íntimamente».

 

Consagración perfecta y caridad perfecta

 

            No se puede dudar de que nuestra Consagración total es uno de los actos más ricos de caridad perfecta hacia Dios y Nuestra Señora.

            Santo Tomás observa muy justamente: «El motivo que nos empuja a dar gratuitamente es el amor; pues damos algo a alguien gratuitamente porque queremos un bien para él. — [Esta es justamente la definición del amor: «velle bonum», querer el bien]. — La primera cosa, pues, que le damos, es el amor: y así el amor es el primer don, gracias al cual se dan todos los demás dones gratuitos».           

La donación gratuita procede, pues, del amor, y no puede proceder sino de un amor verdadero y desinteresado.

            Ahora bien, por nuestra perfecta Consagración, hacemos la donación más completa y desinteresada de todo cuanto somos y de todo cuanto tenemos.

            Por lo tanto, es absolutamente evidente que esta donación es una de las manifestaciones más elevadas del amor perfecto a Dios y a su santísima Madre: «Amar perfectamente es darse, es entregarse… El amor, cuando es perfecto, entrega completamente el amante al amado. Es el acto distintivo y exclusivo del amor, ya que sólo él lo puede producir; es también su acto capital y decisivo: no puede producir otro mayor».

            Retengamos, pues, las conclusiones siguientes:

            1º Nuestra perfecta Consagración es un acto elevadísimo de caridad perfecta hacia Dios y nuestra divina Madre.

            2º Cada renovación de nuestra Consagración significa igualmente un acto de perfecto y puro amor a Ellos.

            3º Cada ejercicio de la vida mariana, realizado en este espíritu, reviste el valor de un acto de caridad perfecta.

            Este pensamiento contribuirá no poco a hacernos estimar en su justo valor nuestra magnífica Devoción, y a hacérnosla practicar y vivir fielmente.

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            Una pregunta se plantea ahora: ¿cómo conciliar esta doctrina con las promesas que San Luis María de Montfort vincula a la práctica fiel de la perfecta Devoción, promesas que él mismo asigna como motivos de esta práctica?

            En efecto, Montfort consagra decenas de páginas de su querido Tratado a describir los «efectos maravillosos que esta devoción produce en las almas fieles». Y los motivos por los cuales nos incita a esta práctica fiel pueden ser reducidos, en gran parte, a las ventajas espirituales que nos procura. Es particularmente conocida esta afirmación típica de nuestro Padre en el 8º motivo: «La divina María, siendo la más honrada y la más liberal de todas las criaturas, nunca se deja vencer en amor y en liberalidad; y por un huevo, dice un santo varón, da Ella un buey: es decir, por poco que se le dé, da Ella mucho de lo que ha recibido de Dios».  

Las relaciones entre el deseo, la búsqueda de la recompensa y el puro amor de Dios, son una cuestión sutil, sobre la cual raramente se encuentra, incluso en los escritores espirituales y en los teólogos, una exposición clara, completa y satisfactoria.

            No es este el lugar para extendernos en consideraciones teológicas profundas sobre este tema. Daremos solamente lo que nuestros lectores pueden comprender y deben saber sobre este punto.

            El más perfecto y puro amor de Dios no excluye de ningún modo el amor bien comprendido de sí mismo; al contrario, debemos amarnos a nosotros mismos con caridad sobrenatural, en Dios y por Dios, y por lo tanto, desear nuestra propia felicidad y apuntar a nues­tra perfección. Esta intención o tendencia a nuestro perfeccionamien­to personal, puede ser una manifestación de la más perfecta y pura caridad para con Dios. Igualmente, apuntar a la unión con Dios y a todo lo que esta unión supone o comporta, es una necesidad imperiosa, y por ende una manifestación auténtica, de nuestra caridad divina.

            Así, pues, de la práctica de la santa esclavitud podemos esperar muy legítimamente libertad interior, liberación de los escrúpulos, desarrollo magnífico de nuestra vida divina, adelantamiento hacia Dios por un camino corto, seguro y fácil: todo eso es unión con Dios y con María, o medio para llegar a ella; de donde resulta que esta espera, este deseo, esta esperanza, no es en resumen más que un acto de verdadera caridad para con Dios y para con su santísima Madre.

            Nuestra caridad perfecta para con Dios y su santísima Madre no excluye, por lo tanto, el deseo y la esperanza de la recompensa: este deseo, esta esperanza, son asumidos y arrastrados en la corriente más rica y preciosa de la caridad. Nuestra santidad y nuestra bienaventuranza, por otra parte, son la mejor glorificación de Dios y de su divina Madre.

            Todo esto se encuentra compendiado en la palabra de Montfort cuando escribe: [No hay que] «pretender ni esperar ninguna otra recompensa por nuestra ofrenda y nuestro servicio, que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella». Y en otra parte: «No debe pretenderse de Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de estar por Ella unido a Jesús, su Hijo, con vínculo indisoluble, en el tiempo y en la eternidad».

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            Por ahí mismo cae otra objeción, que a veces hemos oído plantear contra esta Devoción perfecta a María: «Este amor puro que pide la verdadera Devoción es muy difícil de practicar. Sólo las almas selectas son llamadas a esta práctica».

            Es tal vez muy frecuente exagerar en demasía la dificultad de practicar la pura caridad para con Dios. Y se olvida que el amor perfecto a Dios, el amor que Dios tiene por Sí mismo, al menos en su grado inferior, esto es, hasta excluir el pecado mortal, no es de consejo, sino estrictamente obligatorio para todos los hombres bajo pena de pecado grave. Por lo tanto, ha de ser posible y accesible a todos. Y si no estamos estrictamente obligados a practicar la caridad perfecta en sus grados superiores, no por eso dejamos todos de ser llamados e invitados a ellos.

            Por eso no hay que exagerar tampoco la dificultad del amor desinteresado y perfecto a María.

            La caridad que aquí se requiere no es un amor sensible o sentido, el amor de las facultades sensitivas en nosotros; sino que se trata del amor razonado o razonable, el amor de voluntad, que es el verdadero amor humano. Quienquiera reflexiona en las grandezas, en la belleza, en la santidad y en la bondad de la Santísima Virgen puede, con la ayuda de la gracia que nunca le falta, amar a María por Sí misma y en Sí misma, o más bien por Dios y en Dios, y no por su propio provecho, y consiguientemente darse a Ella y servirla por el mismo motivo elevado.

            Todos los hombres son llamados al amor puro de Dios y al servicio perfecto de María. Si muy pocos hombres contestan plenamente a este llamamiento, eso no cambia nada al llamamiento mismo. Eso muestra solamente nuestra falta de generosidad, nuestra cobardía para olvidarnos y renunciarnos a nosotros mismos; pues este olvido y renuncia son necesarios para llegar al servicio perfecto de Dios y de su dulcísima Madre.

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            Decíamos más arriba que saber que nuestra verdadera Devoción es la expresión elevadísima del más puro amor, debiera darnos una gran estima por nuestra vida mariana.

            La estima no basta.

            En la Edad Media se buscó con pasión la llamada «piedra filosofal», que debía permitir transformar en oro los metales más viles.

            El puro amor de Dios y de María, cuando nuestra vida queda impregnada de él, es esta verdadera piedra filosofal, que transforma nuestras acciones más ordinarias en el oro más precioso.

            Seamos dichosos de haber encontrado este tesoro, y usémoslo sin cesar.

            Introduzcamos frecuentemente en nuestra vida este pensamiento, de manera neta, formal y explícita: ¡Todo por amor a Dios y a su santísima Madre!

            Hagámoslo por medio de una breve fórmula verbal, o mejor aún, por un acto puramente espiritual e interior; pero digamos y repitamos en cada ocupación que comenzamos, en cada oración que elevamos, en cada cruz que recibimos:

            ¡Dios mío, te amo: por amor me entrego a Ti por María!

            ¡Mi dulce Madre, por puro amor quiero pertenecerte enteramente y para siempre!

            ¡Todo por amor a Ti, Jesús, y por amor a tu venerada Madre!

            ¡Todo por amor a Jesús y a María!