DÍA TERCERO
MEDITACIÓN
EL FUEGO DEL PURGATORIO
NOVENA
EN SUFRAGIO DE
LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
Tomada del devocionario Áncora de Salvación,
compilado y publicado por el Padre José Mach, SJ, en 1860.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita. Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.
DÍA TERCERO
EL FUEGO DEL PURGATORIO
PUNTO PRIMERO. Considera, amado cristiano, el tormento que causa a las almas el fuego abrasador del Purgatorio.
Si el fuego de este mundo, creado para servicio del hombre y efecto de la bondad divina, es ya el más terrible de todos los elementos; si es tal su virtud que consume bosques, abrasa edificios, calcina mármoles durísimos, hace saltar piedras y murallas espantosas, derrite metales y ocasiona horrendos terremotos, ¿qué será el fuego del Purgatorio, encendido por un Dios santísimo y justísimo para demostrar con él el odio infinito que tiene al pecado?
«Es tal —dice San Agustín— que el fuego de este mundo, comparado con él, no es más que pintado». Tanquam ignis depíctus. ¡Dios mío, qué expresión!
Las llamas que vomitan los Vesubios, las que devoraron a Roma y tantas otras ciudades, el fuego de Babilonia, el que Elías hizo bajar del Cielo, y hasta el diluvio de llamas que en tiempo de Lot llovió sobre las nefandas ciudades de Sodoma y Gomorra: todo es fuego pintado en comparación con el que atormenta a las Ánimas del Purgatorio. Tanquam ignis depíctus.
Ahora bien: si tener el dedo en la llama de una vela sería para nosotros un dolor insoportable, ¿qué tormento será para aquellas almas estar sepultadas en un fuego que es, dicen Santo Tomás y San Gregorio, «igual en todo, menos en la duración, al del Infierno»?
Sí, escuchadlo, almas tibias, y estremeceos. Con el mismo fuego se purifica el elegido y arde el condenado, con la única diferencia de que aquel saldrá cuando haya satisfecho por sus culpas, mientras que este arderá allí eternamente.
¿Y quieres tú, por tu tibieza, caer en esas abrasadoras llamas? ¡Oh ceguera! ¡Oh locura sin igual!
Medita un poco sobre lo dicho.
PUNTO SEGUNDO. Considera cuáles son las faltas por las que Dios infinitamente bueno y misericordioso castiga a sus amadísimas esposas con tanto rigor, y verás que son faltas leves y, a veces, un solo pecado venial.
¡Oh! ¡Y qué mal tan grave debe de ser este delante de Dios, cuando es tan severamente castigado en el Purgatorio!
En efecto, el pecado venial es leve si se le compara con el mortal; pero, en sí mismo, es mayor mal que la ruina de todos los imperios y que la destrucción del universo. Es un mal tan espantoso que excede en malicia a todas las desgracias y calamidades del mundo; un mal tan grande que, si cometiéndolo pudieses convertir a todos los pecadores, sacar a todos los condenados del Infierno y librar a todas las almas del Purgatorio, aun entonces no debieras cometerlo, pues todos estos bienes no igualarían la malicia del pecado más leve: aquellos son males de la criatura, y este es un mal y una ofensa hecha al mismo Creador.
¿Puedes oír esto sin horrorizarte y sin mudar de conducta?
Pero ¡ay! ¿Qué es tu vida sino una serie ininterrumpida de pecados? ¡Pecados cometidos con los ojos, con los oídos, con la lengua, con las manos, con todos los sentidos! ¡Cuántas culpas por la ignorancia crasa y el olvido voluntario de tus obligaciones! ¡Cuántas indiscreciones por la distracción de tu espíritu, por la violencia de tu genio, por la temeridad de tus juicios y por la malicia de tus sospechas!
¡Cuántas faltas por no querer mortificarte ni sujetarte a otro, por tu ligereza en el hablar!
¡Ay! Llora, cristiano, tu ceguedad; y, a la claridad del fuego espantoso del Purgatorio, comprende por fin cuán grande mal es cometer un pecado venial. Pero ¡ay!, es un mal tan grande y tú, lejos de llorarlo, lo cometes sin escrúpulo, a manera de juego, pasatiempo y diversión.
Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.
EJEMPLO
Nada hace tan sensible la malicia del pecado venial como las muchas almas que, según consta por varias y auténticas apariciones, han expiado en el Purgatorio faltas que, según nuestro modo de hablar, parecen muy ligeras.
Unas fueron condenadas a él por haber hablado en la iglesia sin necesidad, como una niña de siete años, según refiere Cesáreo de Heisterbach; otras, como la hermana de San Pedro Damián, por haber escuchado con gusto una canción profana cuando se levantó a Maitines.
Murió Vitalina, noble doncella romana, tenida en tan buena opinión por Santa Mónica que esta encomendaba a su hijo Agustín en sus oraciones. A pesar de esto, Vitalina se apareció muy triste a San Martín, obispo, diciéndole:
—Estoy ardiendo por haberme lavado dos o tres veces la cara con demasiada vanidad.
Un religioso fue al Purgatorio por no haber hecho una inclinación de cabeza al decir el Gloria Patri al final de los salmos; otros, por quedarse junto al fuego más de lo ordinario en tiempo de invierno. Allá fue a parar San Severino, obispo coloniense, por ciertas negligencias en el rezo divino; un niño de nueve años, por no haber pagado o devuelto algunas frioleras que había tomado; y un padre de familia permaneció muchos años en aquel fuego por haber descuidado la buena educación de sus hijos.
San Valero fue allí por haber favorecido demasiado a un sobrino suyo, y así otros muchos.
ORACIÓN A JESÚS CONDUCIDO
DE TRIBUNAL EN TRIBUNAL
¡Oh Padre amantísimo! Cuando considero las innumerables ofensas que cada día cometí contra vuestra soberana Majestad, cuando me veo siempre iracundo, soberbio y vengativo, falto de virtudes y lleno de defectos y vicios, no puedo menos que temblar al postrarme a vuestros pies.
¿Y cómo me atreveré yo a interceder por las afligidas almas del Purgatorio, siendo merecedor de penas más graves que las suyas?
No obstante, me anima vuestro benignísimo y pacientísimo Hijo. ¡Ah! Si le veis cargado de cadenas y conducido de tribunal en tribunal, es por mi amor. Sí, a pesar de ser Juez de vivos y muertos, oye las más inicuas acusaciones y los falsos testimonios; si le veis insultado, escupido, abofeteado y pisoteado, es por mi amor.
Aceptad, pues, ¡oh Padre amantísimo!, la paciencia inalterable de mi dulce Redentor; aceptad su silencio, humildad y mansedumbre asombrosos. Estas virtudes confunden y condenan, es verdad, mi altivez, mis impaciencias y mis ímpetus de ira y venganza; mas, por tan sublime santidad, perdonaréis a las pobres Ánimas del Purgatorio y, purificándome de mis defectos y manchas, me transformaréis todo en Vos.
¡Oh! Concededme estas gracias, Jesús mío benignísimo. Amén.
OBSEQUIO: Mañana procuraremos sufrir con paciencia tanto los trabajos que Dios nos envíe como las molestias del prójimo, en sufragio de las benditas almas del Purgatorio.
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.
R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.
R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
V. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.
R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se recita en silencio)
V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)
R. De las penas del infierno.
V. Descanse (-n) en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por su nombre propio), para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
V. Dales, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para ellos luz perpetua.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos descansen en paz.
R. Amén.