Sábado de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA MISMA PETICIÓN Y LOS DAÑOS QUE CAUSA LA PROPIA VOLUNTAD.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Sábado de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA MISMA PETICIÓN Y LOS DAÑOS QUE CAUSA LA PROPIA VOLUNTAD.
PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Agustín: que la propia voluntad tiene poblado el infierno y despoblado el cielo; y así dice el santo: «Quita la voluntad propia y no habrá infierno», porque ésta es la que le puebla. Discurre brevemente por todos los que han ido allá, y hallarás que los ha llevado su propia voluntad, que los apartó de la de Dios. Pon los ojos en los ángeles que cayeron, y hallarás que los derribó del cielo al infierno su propia voluntad. Mira cuántos hombres han ido a él, y a todos ha llevado su propia voluntad y no haber seguido la de Dios. Ésta condenó a Judas, y a Ananías y a Safira, y a uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia, y a todos cuantos están en el infierno; y, al contrario, la voluntad de Dios ha poblado el cielo, y todos han ido a él por haberla seguido y ejecutado.
Saca, pues, de esta meditación un vivo temor de apartarte de la voluntad divina, y una resolución firme de no seguir la tuya propia en cosa alguna; y pídele al Señor gracia para cumplirlo y alcanzar tu salvación.
PUNTO II. Considera que no nos manda Cristo pedir a Dios que haga su voluntad en nosotros; porque, si quisiera usar de toda su potencia, ninguno, como dice san Pablo (1), pudiera resistirle ni oponerse a su voluntad; mas lo que nos pide es que se haga en nosotros, obrando con su divina gracia y ejecutándola en todo lo que quiere, ordena y manda.
Dios te ayuda y pone el un hombro, y quiere que tú te ayudes y pongas el otro, y te des manos a la obra, y hagas su voluntad con su gracia. Adonde has de ponderar los auxilios que te da, las aldabadas al corazón, la luz para que conozcas su voluntad y la gracia para que la ejecutes; y que no podrás decir que no pudiste o no la supiste. «Ésta es su voluntad —dice san Pablo (2)—: vuestra santificación.» Esto es lo que Dios quiere: que seamos santos y justos; y aquel es más justo, que más se ajusta con su santa voluntad.
Entra, pues, en cuenta contigo y mira cómo la cumples; considera las gracias y auxilios que Dios te da para ello, y cómo los frustras por seguir tus antojos, y cuántas veces desprecias su voluntad por seguir la tuya, y cuántas le resistes y haces todo lo contrario de lo que te manda. Tiembla de la cuenta que le has de dar de esto, y del riesgo que corres de condenarte; y pídele perdón, con propósito firme de la enmienda.
PUNTO III. Considera que, si tú no haces la voluntad de Dios en lo que te ordena, tampoco Dios hará la tuya en lo que le pidieres; y, al contrario, si tú hicieres su voluntad, Él también hará la tuya y te concederá lo que le rogares, conforme te conviniere para tu bien. Ésta es correspondencia recíproca. Y si hasta ahora no has recibido las mercedes que has pedido de la mano de Dios, mira no sea la causa no haber hecho su santa voluntad en lo que te ha ordenado.
Pon los ojos en los santos, y en especial en la Reina de ellos, que es la Beatísima Virgen María; mira cómo cumplieron la voluntad de Dios en esta vida, y las mercedes que les hizo, siendo liberal con ellos al paso que ellos le sirvieron haciendo su voluntad. Ofrécete a sus pies para hacerla en todo y por todo, como fuere su santa ordenación.
PUNTO IV. Considera que Cristo nos manda pedir para todos en común como buenos hermanos. Mira cuán pocos son los que en el mundo hacen la voluntad de Dios, y cuántos la del demonio, siendo así que ésta los lleva a su perdición y aquélla a su salvación.
Acuérdate de lo que cuenta Sofronio en el Prado Espiritual, de un santo anciano que vio un solo demonio en una opulenta ciudad, sentado y ocioso, porque todos los de ella seguían su voluntad, sin resistirle ni darle en qué trabajar. Llora la perdición del mundo y el desprecio de Dios que hay en él, y la innumerable gente que cada día va al infierno, llevados de su propia voluntad; y pide con lágrimas a Dios que se apiade de los hombres, y ponga remedio en tan grande mal, y sea servido de darles predicadores, luz y fuerza para conocer y seguir su santa voluntad, y aborrecer la del demonio, pues los lleva a su condenación. Mira si tú eres de los muchos o de los pocos que siguen la voluntad de Dios, y empieza por ti la petición, rogando al Señor que te dé su gracia para hacer su voluntad en la tierra, como se hace en el cielo.
(1) Rom. 9.
(2) I. Thes. 4.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.