domingo, 26 de abril de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO: VUESTRA TRISTEZA SE CONVERTIRÁ EN ALEGRÍA

 

III DOMINGO DE PASCUA
Rito Romano 1962

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Juan 16, 16-22

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver». Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice». Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.

  TEXTOS DE LA MISA III domingo de Pascua  

 
COMENTARIOS AL EVANGELIO

sábado, 25 de abril de 2026

Jesús anuncia su partida.

 


III domingo de Pascua.

Jesús anuncia su partida. (Joann. 16.)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

III domingo de Pascua.

Jesús anuncia su partida. (Joann. 16.)

 

El Evangelio contiene una breve plática que hizo Cristo a sus discípulos antes de ir a padecer, en que les dijo que dentro de poco no le verían, y dentro de poco le volverían a ver; y conociendo que le querían preguntar lo que decía, se declaró con ellos, y les dijo que hablaba de su partida al cielo, por la cual se entristecerían; pero que dentro de poco les volvería a ver, y llenaría su corazón de un gozo, que ninguno les podría quitar.

 

PUNTO PRIMERO. Considera el sentimiento que tenía Cristo de hallarse obligado a dejar a sus discípulos, y las palabras con que los consuela, diciendo que les volvería a ver dentro de poco tiempo, y con su vista bañaría sus corazones de gozo: entra con la consideración en aquel amoroso pecho. Contempla las llamas de caridad que en él arden, y gózate de tener tan dulce y amoroso Padre; mira cómo has de corresponder a tan grande amor, y pídele una centella de su fuego que abrase tu corazón.

PUNTO II. Considera cuán breves son las ausencias de Dios, y cuán ciertas son sus consolaciones; pues si se retira es por poco tiempo, y luego viene con presteza con doblada consolación; no descaezcas si alguna vez se retirare, o se escondiere de tu alma; más espera en su piedad que presto te visitará como visitó a sus apóstoles, y bañará tu alma de un gozo inefable y una consolación celestial.

 

PUNTO III. Considera cómo los discípulos no entendieron al principio las palabras de Cristo, porque tal vez aunque nos habla, no alcanzamos lo que nos enseña; más el Señor se declaró luego con ellos, respondiendo prevenidamente a su duda antes que le preguntasen ¡Oh Señor! y qué prevenido sois en vuestras mercedes, pues antes las concedéis que os las pidan: bendito seáis mil veces por vuestra grande misericordia y liberalidad; dadme una grande confianza en vos, y que yo sea tan liberal con mis hermanos en hacerles bien, como lo sois vos conmigo en hacerme merced.

 

PUNTO IV. Considera lo que dice Cristo, que los apóstoles se habían de entristecer por su partida, aunque era por poco tiempo, y alegrarse por su vuelta; porque no hay cosa más triste que la ausencia de Dios, ni más alegre que su visitación: así como la ausencia del sol causa tristes tinieblas al mundo, y su presencia alegre luz, de la misma manera la ausencia de Dios causa nublados de tristezas al alma , y su presencia luz de sumo gozo y alegría ¡Oh alma mía! no pierdas a tu Dios; porque aunque tengas todo el mundo, quedarás en tristísimas tinieblas, y si le posees y visita tu casa, sola su presencia la bañará de alegría ¡Oh Señor! no me castiguéis tan rigurosamente, que os apartéis de mí por solo un instante; pierda yo todo el mundo antes que perderos a vos; estad vos conmigo y déjenme todas las criaturas, que mejor es un día en vuestra casa que millares de millares en la del mundo.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 26. Empeño de San José por conocer a Jesucristo.

 




PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

 

DÍA 26

Empeño de San José por conocer a Jesucristo.

 

No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y este crucificado.

1 Corintios 11, 2.

 

Desconocer a Jesucristo es ignorar toda la religión, que está fundada en la relación íntima y esencial que todo cristiano debe tener con Él, pues que, recibiendo el bautismo —dice San Pablo—somos revestidos al mismo tiempo de Jesucristo.

El Salvador mismo dice que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sin el Camino no se puede andar bien, sin la Verdad no puede haber conocimiento, y sin la Vida no se puede vivir. Jesucristo es el Camino seguro, la Verdad que no engaña y la Vida que no tendrá fin. Por Él vamos al Padre y llegamos a la vida eterna: Haec est vita eterna, ut cognoscant te Deum verum, et quem misisti Jesum Christum (Juan, XVII, 3).

No podemos progresar en el amor de Dios sino en proporción al conocimiento y amor que tengamos a Jesucristo, pues que El mismo nos lo dice: el Padre mide el amor que le tenemos por la medida del que nosotros tenemos por Él: Qui diligit me, diligetur a Patre. San Ambrosio nos asegura que trabaja inútilmente por conquistar la virtud el que olvida que no puede adquirirse si no es estudiando a Jesucristo. Llegar a conocer a Jesucristo —dice el Espíritu Santo— es la perfección más alta y la más eximia: Scire et nosse te, consummata iustitia est (Sabiduría XV, 3).

El conocimiento de Jesucristo es tan excelente, que Dios mismo no sabría en su mente infinita poseer uno más digno. San José llegó a una perfección tan sublime, porque pasó la mayor parte de su vida ocupado en estudiar y conocer a Jesucristo. Desde el momento que lo vio nacer en Belén, hasta el último suspiro de su vida, ese padre ternísimo no perdió de vista un solo momento a aquel que quería pasar por hijo suyo delante de los hombres. Su espíritu y su corazón estaban de continuo ocupados en esto. Sabía que el Salvador se había hecho Hombre para ser nuestro modelo, y se consideraba muy afortunado de tener constantemente ante sus ojos sus divinos ejemplos, de conversar con Él frecuente y familiarmente, de ser testigo de su conducta y objeto de su cariño. Su espíritu vivía en una ininterrumpida contemplación aun durante el trabajo, y su corazón estaba inflamado del más puro amor.

José prestaba atención a todos los movimientos y a todas las palabras de Jesús, y las conservaba y las meditaba secretamente en su corazón. El mismo interés tenía por cuanto María le decía de su divino Hijo, objeto habitual de sus conversaciones más íntimas; escuchaba con el mayor recogimiento cuanto decían de Él las personas inspiradas por el Espíritu Santo, como Isabel, el anciano Simeón y otras, y esculpía profundamente en su alma todo cuanto tenía relación con Jesús.

Para imitar a San José, nuestro principal empeño ha de ser el de estudiar y conocer a Jesucristo, no superficialmente y al vuelo, sino con toda la atención de que somos capaces con la gracia. Nunca meditaremos suficientemente sobre tan excelso argumento. Adentrándonos en él, descubriremos siempre algo nuevo, y cuanta más luz consigamos, encontraremos nuevos tesoros. Todo otro estudio, toda otra ocupación que nos alejen de estos, son inútiles y peligrosos. Los demás estudios de nada nos servirán para la eternidad, si no son mandados, dirigidos y santificados hacia este fin. «Todo me parece pérdida —dice San Pablo— fuera del conocimiento de Jesucristo».

Pero no nos debemos contentar con estudiar a Cristo exteriormente. Aun cuando conociéramos las más íntimas particularidades de su vida, todo lo que dijo e hizo en el curso de los años que pasó en la casa de Nazaret con María y con José, si no conocemos el espíritu que animó sus palabras, todos y cada uno de sus padecimientos y todas y cada una de sus acciones, no tendremos la ciencia de Jesucristo. Pocos son los cristianos que saben lo que Jesucristo hizo por nosotros y lo que es por sí mismo: la mayor parte se contentan con lo que alcanzan a ver exteriormente en ese Hombre-Dios, sin preocuparse de estudiar a fondo su alma y el principio interior de sus maravillosas virtudes: Unus Dominus Jesus Christus, per quem omnia, et nos per ipsum, sed non in ómnibus est scientia. ¿Cuántas son las personas que, al meditar o contemplar el nacimiento del Salvador, no van más allá de lo que se ofrece ante sus ojos: el estado humilde y penoso en que nació, el pesebre, los pobres lienzos en que fue envuelto, y se conmueven ante las lágrimas y vagidos de aquel pequeño Niño?

San José no se detenía en la parte exterior de este misterio: penetraba en lo más hondo del mismo, y pensaba que este Niño que así había querido nacer, era el Unigénito de Dios, el Rey del cielo y de la tierra, a quien se debe todo honor, toda gloria y toda riqueza; que así había venido al mundo por su propia voluntad, a fin de honrar a su Padre celestial con su propio abajamiento, y darnos la paz con el entero don de sí mismo, y que mientras lloraba y gemía como un niño común, era la sabiduría eterna, la fuerza, la omnipotencia, y se ofrecía al eterno Padre pronto a cualquier sacrificio.

Y más aún, pues estas consideraciones no son suficientes, sino que aplicándose este misterio de amor, se decía: «Es por mí que Jesús quiso nacer así, para enseñarme a despreciar las riquezas; a estimar la pobreza, las penas y las humillaciones, que son su secuela; para iniciarme en la escuela del anonadamiento de mí mismo, en esa vida interior de la que me ofrece desde su nacimiento tan perfecto modelo. ¿Qué semejanza hallo entre mis disposiciones actuales y las de este Niño; entre mis penas, mis pensamientos, mis afectos y los suyos? ¿Qué debo hacer para volverme semejante a Él?...»

Así estudiaba San José los misterios de la vida de Jesús, meditaba sus divinas palabras y sus menores acciones; y así también debemos hacer nosotros, si queremos ser almas verdaderamente interiores, aplicándolo a nosotros mismos y sintiendo en nosotros —como nos exhorta San Pablo— los sentimientos que tenía Jesucristo; revistiéndonos de Jesucristo; pensando y obrando como Él, con los mismos principios y por el mismo fin, para asemejarnos a Él en todo. ¿Y no es este, acaso, el objeto del Evangelio, de las Epístolas de los Apóstoles, y particularmente de las de San Pablo? ¿Puede haber piedad verdadera más grata a Dios, más útil a nuestra alma, pues que la vida interior no tiene otro fin que la contemplación afectuosa y la imitación de Jesucristo?. . . «¿A quién iremos nosotros, Señor? —debemos decir con San Pedro—. Tú solo tienes palabras de vida eterna».

¿No nos ha dicho Nuestro Señor Jesucristo: Ninguno va al Padre sino por Mí?… Ahora bien; si no se conoce a Dios Padre sino por cuanto se conoce a Jesucristo, así también no puede ser conocido para ser amado sino en cuanto se conoce su Corazón, es decir, cuánto hay en Él de más interior. ¿No es, pues, evidente que el conocimiento del Corazón de Jesús supera el conocimiento y la práctica de la vida interior y la encierra toda entera?...

Si queréis, oh almas piadosas, penetrar como San José en aquel santuario augusto, entregad vuestro corazón a Jesús; abandonadlo a su inspiración y a su gracia, y Él os descubrirá todos sus secretos, os comunicará el amor de que está inflamado, y con el amor os dará todas las virtudes que forman su cortejo. Con la entrega del propio corazón se conquista el corazón de un amigo: Jesús os ha dado el suyo, y por lo tanto tiene derecho al vuestro. Si se lo rehusáis, perderéis el derecho que tenéis sobre el suyo, y ya no tendréis libre acceso a Él.

Esta feliz disposición de estudiar las virtudes de Cristo, de conocer sus perfecciones, de meditar todas sus acciones y palabras, es una de las señales de predestinación más ciertas que podamos tener en este mundo. El Espíritu Santo, después de haber dicho que el conocimiento de Jesucristo es la justicia más perfecta, agrega estas notables palabras: «Este conocimiento es una señal de inmortalidad». Radix immortalitatis; es decir, señal de predestinación; y esto es lo que hacía decir a San Pablo que «no tienen que temer la condenación los que están en Cristo: Nihil damnationis est us qui sunt in Chisto Jesu» (Romanos8, 8).

En la meditación de las epístolas de San Pablo podremos beber las más sublimes ideas que puedan tenerse de Jesucristo. Puede decirse que cada página de ese santo libro está dedicada a la continua repetición del adorable nombre del Salvador; y es verdad que ese grande Apóstol se gloriaba con razón de haber recibido del cielo el don admirable de anunciar a todos los pueblos las incomprensibles riquezas encerradas en la persona de Jesucristo: Mihi data est gratia evangelizare in gentibus investigabiles divitias Christi (Efes. III, 8).

Si queremos ser interiores, debemos crecer cada día —según la recomendación de San Pedro— en el amor y el conocimiento de Jesucristo: Crescite in gratia et in cognitione Domini nostri et Salvatoris Jesu Christi. Es un estudio consolador, que derrama una unción divina en nuestras almas, y le inspira insensiblemente un amor tan tierno y reverente hacia este amable Salvador, que cualquier cosa que aleje de nuestro espíritu el recuerdo de su adorable Persona, nos resultará insípida e importuna. «No he hecho profesión —dice San Pablo— de saber otra cosa fuera de Jesús, y Jesús Crucificado». Y por eso desea vivamente «que Jesucristo permanezca en nosotros y esté siempre presente por una fe viva y afectuosa».

 

MAXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

Que nuestra principal preocupación sea estudiar y meditar a Jesucristo (Imitación de Cristo).

En Jesucristo tenemos todas las cosas, y Jesucristo es todo para nosotros (San Ambrosio).

El desear sufrir y ser crucificado es muy fácil; pero la práctica es difícil y amarga (De Berniéres).

 

AFECTOS

¡Oh, bienaventurado José, qué felicidad sería la mía, si como vos, supiera dejar de lado tantas curiosidades frívolas e inútiles, para, a vuestro ejemplo, ocuparme únicamente en estudiar a Jesús, y este crucificado!…

¡Oh, serafín de amor, glorioso Patriarca! Vos sois admirable en todas las virtudes, pero me place especialmente admirar vuestra íntima unión con Jesús. ¡Afortunadas vuestras manos, que cargaron al Dios de majestad y que no trabajaron sino por El! ¡Felices vuestros ojos, que no cesaron de contemplarle! ¡Pero todavía más bienaventurado vuestro corazón virginal, que le amó siempre, y no amó jamás a nadie más que a Él!...

 

PRÁCTICA

Tener en el cuarto una estatua o imagen de San José con el Niño en brazos.