Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo
de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró
a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares
engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab
engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a
Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a
David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón
engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf
engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías
engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,
Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a
Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de
Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel,
Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a
Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a
Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a
Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María,
de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Martes de la XV semana después de Pentecostés
DE LA MUERTE DEL ALMA.
PUNTO PRIMERO.
Considera en este mozo difunto que llevaban a enterrar fuera de la ciudad la
persona de un pecador en él representada, el cual en un cuerpo vivo trae un
alma difunta a la gracia del Señor; y, como dice san Juan en su Apocalipsis
(1), tiene nombre de vivo y está difunto. El cuerpo es el ataúd en que lleva el
alma muerta, arrastrado de sus apetitos que le llevan a enterrar a la sepultura
del infierno. Pondera la fealdad de un difunto, sin operación de vida: ni tiene
ojos para ver, ni manos para obrar, ni oídos para oír, ni pies para dar un
paso. Así el alma del pecador es fea y abominable a los ojos de Dios y de sus
ángeles; y el pecador tan sin vida, que ni tiene ojos para ver su daño, ni
manos para obra buena, ni oídos para oír a Dios, ni pies para buscar y
diligenciar su salvación; y es llevado como muerto de la fuerza de sus
apetitos. ¡Oh miserable estado y digno de ser llorado con lágrimas de sangre!
Contempla su ceguedad y desventura, y el fin y sepultura tan horrible adonde le
llevan; y pide a Dios que te tenga de su mano para que no caigas en la muerte
del alma, y que despierte y dé vida a todos los caídos en ella.
(1) Apoc. 3.
PUNTO II. Considera
cómo el cuerpo difunto, fuera de no tener acción de vida, se corrompe y hierve
de gusanos en faltándole esta, y causa tan mal olor que le sacan y entierran
porque no inficione la ciudad. Todo lo cual sucede al pecador en el alma cuando
queda muerta por el pecado, que luego hierve de gusanos de vicios, y con la
corrupción de las costumbres da tan mal olor de mal ejemplo y escándalo con su
vida, que ordena Dios le saquen de este mundo porque no inficione a los demás
con el contagio de sus vicios. Carga la consideración en los que has conocido,
y contempla sus desordenadas vidas, los escándalos que causaron y los fines
desastrados que tuvieron; y saca de esta meditación grande aborrecimiento del
pecado, y deseos de evitarle en ti y en todos los que pudieres, porque no
vengan a tan miserable estado. Llora los escándalos que has dado con tu mala
vida, y dale gracias a Dios porque te ha sufrido y dado tiempo de penitencia; y
pídele fervorosamente gracia para corregirla en adelante.
PUNTO III.
Considera la amargura con que esta madre lloraba la muerte de su hijo por el
mucho amor que le tenía, en quien estaba representada la Iglesia, que como
madre piadosa llora a sus hijos difuntos en el alma, porque han perdido la vida
de la gracia. Considera su ceguedad, pues llorándolos la Iglesia, solo ellos no
se lloran a sí mismos; antes, como sordos y ciegos, ríen cuando habían de
llorar, y se despeñan en nuevos vicios cuando habían de hacer penitencia de los
cometidos. ¡Oh locos, y qué burlados os hallaréis al fin de la jornada; y cómo
entonces lloraréis amarguísimamente las risas que ahora tomáis, sin fruto ni
remedio, porque no le tendréis! Vuelve los ojos a ti mismo y considera cuántas
veces te ha llorado la Iglesia como a hijo difunto cuando tú reías descuidado
en tus vicios. Vuelve sobre ti y llora tu ceguedad, y pide a Dios que te
perdone y que te dé gracia para nunca más pecar y tener amor a tus prójimos.
Acompaña al llanto de tu madre la Iglesia, gimiendo, llorando y clamando al
Señor por ellos, y ten confianza, que así como se apiadó de este por las
lágrimas de su madre, se apiadará de los pecadores por las lágrimas de los que
intercedieren por ellos.
PUNTO IV. Considera
últimamente la sepultura adonde llevan a los difuntos en el alma, que es el
infierno; y pondera que, si es horrible cosa sepultar a un hombre vivo con los
muertos, adonde con su hedor y podredumbre se consuma y acabe la vida, ¿cuánto
más horrible cosa es sepultarle vivo en el infierno, en horribles llamas, entre
víboras y serpientes, en fuego que siempre atormenta y nunca consume, juntando
en uno la vida con la muerte? Acuérdate de aquel rico del Evangelio que vestía
púrpura y comía espléndidamente, y al remate de la vida dice Cristo (1): que
murió el rico y fue sepultado en el infierno; que tal sepulcro está dispuesto
para los muertos en el alma. A él los llevan sus deleites y sus desordenados
apetitos. Medita en este paradero, en sus tormentos, atormentadores y
compañeros, y en la duración, que es eterna, sin remisión ni alivio; y vive con
temor de ir a tal sepultura y de rematar tu vida en tan horribles tormentos. Y
pues el remedio es volver a la vida de la gracia, pídele a Cristo que te
restituya a ella, como restituyó al hijo de esta viuda a la del cuerpo.
(1) Luc. 16. 1
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
La
humildad es una virtud muy delicada, pues pocas veces sale libre y entera con
los premios y pagas que ofrece el mundo. No hay nieve tan fácil de derretir ni
licor que tan pronto se corrompa como la humildad, particularmente cuando no
tomó posada en un corazón muy bien pulido. Por eso es necesario que esté bien
guardada y que no salga fuera, donde todo es carne, codicia o soberbia.
El
verdadero humilde tiene mucho cuidado de conservarla. Como las abejas, que
guardan su fruto dentro de la colmena, el humilde labra en su corazón fruto
para Dios y procura poner tierra en todas las partes de su persona donde el
conocimiento pone los ojos. Pero, con todas estas cautelas, puede caer y
perderse, porque dentro de nosotros hay un principio de perdición heredado de
nuestros primeros padres, un pensamiento altivo que, como zángano, come,
desbarata y desperdicia lo que el alma humilde ha labrado en mucho tiempo.
También el demonio, mundo y carne saben dar una humareda con que echan fuera
los pensamientos humildes.
Según
esto, la humildad es para uno y no para jugar al descubierto con ella ni para
salir fuera. Como animalillo pequeño y delicado, no puede resistir las
inclemencias del cielo. Así también el corazón humilde, conociendo su flaqueza,
vuelve los ojos al cielo de donde le ha de venir socorro y tiende sus alas en
la tierra para que no se las lleve el viento de la presunción y soberbia.
Por
eso mal hace quien pide muestras de humildad, puesto que la humildad está
escondida y tapada, retirada en los rincones más desechados y ocultos de la
casa. Es como la buena sierva y esclava que sirve a todos los de la casa; y
cuando quiere salir de paseo, ya no es esclava ni sierva, sino señora. La
Virgen, siendo la más humilde de todas las criaturas, dijo: «He aquí la esclava
del Señor». Aunque fue escogida por Reina y Madre de Dios, se llamó sierva y
esclava para no perder la humildad.
La
humildad no busca premios, honras ni grandezas en la tierra. Cristo mismo,
cuando le quisieron hacer rey y lo alababan como gran profeta, se escondió y
huyó. La humildad en la tierra no quiere ser coronada con rosas y flores, sino
con espinas y abrojos; tiene y quiere por premios las afrentas y las injurias.
Como la rosa entre espinas, que aunque las espinas la punzan y hieren, son las
que la guardan y defienden, así las injurias y afrentas conservan y aumentan la
humildad.
El
que de veras desea ser humilde no se aflige por la injuria ni considera que no
es merecedor de aquel trato. Estimarse por encima de los demás es soberbia. La
verdadera humildad consiste en una verdadera desestimación y desprecio de uno
mismo. Por eso el justo está enfrentado con que lo alaben, honren y pongan en
lugares privilegiados, pues sabe lo poco que vale para ello y estima los
últimos lugares, considerando que a cada cosa se le da el lugar que merece.
JACULATORIA:
Te
busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos.
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús manso y
humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de
ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean
más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros
crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que otros sean
alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean
empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que otros sean
preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás
sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame
la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que,
siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo
perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de
aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a
nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar
eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca
san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles
custodios, rogad por nosotros.
San Juan
Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.