Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Martes
de la II semana de Pascua.
De
otras calidades del buen Pastor.
PUNTO
PRIMERO. Considera que el buen Pastor tiene del pan y del palo, y que rige su
ganado con el báculo y cayado y le da también el pasto; en figura de lo cual (como
dice san Gregorio) aquella Arca del Testamento encerraba el maná dulce del
cielo y la vara de Moises; porque en el pecho del buen Pastor ha de haber el maná
de la blandura y la vara del castigo cuando fuere menester: de ambas cosas usa
Dios con los suyos, como buen Pastor; dales la dulzura de la devoción y consolación
y de la prosperidad, y también cuando es necesario usa de la vara del rigor y
del castigo para avivarlos en su servicio; de lo cual has de sacar dos afectos;
el uno de enseñanza para regir a los tuyos y a ti mismo, usando cuando convenga
de la blandura, y otras veces del rigor; y el otro de humildad y resignación en
la voluntad de Dios, sujetándote a su obediencia y tomando con igualdad de
ánimo el castigo, la sequedad y el trabajo que te enviare, como la consolación
y prosperidad cuando te la diere.
PUNTO
II. El buen Pastor tiene mirra y medicamento para curar sus ovejas; así Cristo
proveyó a su Iglesia de las medicinas de los Santos Sacramentos para curar las
almas: pondera cuán fáciles son y cuán eficaces, pues lavándolas en el bautismo
con el agua, las cura de la lepra del pecado que contrajeron en Adan, mucho
mejor que se purificó Naaman de la suya en las aguas del Jordán: compara esta
medicina con el acero sangriento de la circuncisión, y reconoce la benignidad de
Cristo y la blandura y mansedumbre de este buen Pastor: discurre por los demás
Sacramentos, y dándole gracias al Señor por ellos, atiende cómo los debes usar
y aprovecharte de tan saludables medicinas; llora la negligencia que hasta
ahora has tenido en valerte de ellos, y propón con firmeza enmendarte en lo
porvenir.
PUNTO
III. Considera cuán grande merced fue esta que te hizo el Señor, la cual negó
al rebaño de los ángeles con ser de tan subido valor, a quien tocó la roña de
la soberbia; y no les concedió el Señor medicina para recuperar la gracia
perdida, sino que al instante que pecaron los lanzó al infierno. Considera qué
fuera de ti si Dios hubiera usado este rigor contigo, y qué dieran hoy los
demonios por esta medicina u otra mayor, por más penosa y trabajosa que fuera,
para curar su dolencia y recuperar la salud perdida y volver a la gracia de
Dios y a la herencia de la gloria; pues sin duda no hay cosa tan ardua ni tan
penosa que no abrazaran con aliento y con sumo agradecimiento por conseguir
este bien; procura con todas las veras posibles estimar la merced que Dios te
ha hecho, no seas ingrato a sus beneficios porque no te prive de ellos; logra
estas espirituales medicinas, que es lo que pretendió el Señor cuando las
instituyó para bien tuyo.
PUNTO
IV. Considera de qué se confeccionó la mirra de estas medicinas, no de las
yerbas o de la resina de los árboles, o de las raíces de la tierra, o zumo de
las flores, sino de la sangre preciosísima de Cristo, que como buen Pastor
abrió sus venas y la dio para curar tus llagas y sanar tus enfermedades: éste
fue el bálsamo (como dice san Bernardo) que dio el árbol de la vida para
restaurar la tuya; él quiso ser herido y llagado para sanar tus llagas y tusheridas con el bálsamo de su sangre ¡Oh
Señor! adonde llegó la fineza de vuestro amor para quien tanto os ha ofendido,
pues hicisteis más por mí que yo pude imaginar ni pediros a vos: pondera qué linaje
de caridad fuera el de un hombre que viendo a otro enfermo y sin remedio
abriese sus venas con la violencia del acero y derramase su sangre y quedase
llagado por curar a su amigo de sus llagas, y qué agradecimiento debiera a tal
fineza de amor quien así le recibiera; y saca de aquí lo que tú debes a Dios y
cuán poco es lo que haces y padeces por él: mira tus enfermedades y la roña de
tus malas costumbres; y pues tienes tal médico y tal pastor, arrójate a sus
pies y pídele con humildad que te cure y sane de tus enfermedades, y que purifique
tu alma de la lepra del pecado, para que le seas agradable y merezcas entrar en
el aprisco de su gloria en compañía de sus escogidos.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Jamás
podremos comprender los consuelos divinos y las inenarrables delicias que San
José gustó en sus íntimas vinculaciones con Jesús. ¿Quién podrá medir los
trasportes de amor, los éxtasis de este padre bienaventurado, la primera vez
que tuvo la suerte de estrechar sobre su corazón tan tierno y tan puro a Aquel
a quien adoran los ángeles en dulces deliquios de amor: Trementes adorant
angeli?…
¿Quién
podrá referir los sentimientos de esa alma tan amante, cuando con las suyas se
confundían las dulces miradas de Jesús, que respondía al amor de su dilecto
padre, no sólo con el reconocimiento, sino también con la efusión de sus
divinos favores?… Las caricias que Jesús hacía a José, no eran como las de los
niños comunes, de simple instinto: eran demostraciones razonadas de caridad,
emanaciones de su divinidad, pruebas infalibles de su predilección; eran
caricias inspiradas, que producían efectos deliciosos de santidad y perfección.
¿No podemos decir de José como de Simeón: El anciano llevaba al Niño, y el Niño
gobernaba al anciano; el anciano era la fuerza del Niño, y el Niño era la
ciencia del anciano; el anciano sostenía el cuerpo del Niño, y este sostenía el
alma del anciano?...
Tertuliano
admiraba la gloria y la suerte del trozo de tierra que fue tocado por las manos
de Dios, cuando quiso modelar el cuerpo de nuestro primer padre, pues que sus
manos adorables santifican y divinizan cuanto tocan: Ita toties honoratur,
quoties manus Dei patitur.
¡Oh,
San José, qué grande fue vuestra suerte al tener tantas veces el honor de acariciar
al Salvador!… Pero aun has sido más afortunado, porque aquellas manos
poderosas, que son fuente tan abundante de gracias, de bendiciones y de vida,
os hayan acariciado a Vos: Itaque toties honoratur, quoties manus Dei
patitur.
¡Ah,
no, el divino Salvador no os tocó jamás con sus sagradas manos sin dejar alguna
divina impresión, y cada vez mayor!… ¿Cómo podremos hacernos una idea exacta
de los indecibles favores y consuelos con los que Jesús inundaba el corazón de
su padre, en su continuo trato con él?…
Si
Juan, el discípulo amado, repitió doquiera que la suerte que tuvo de reposar
sobre el pecho adorable de su divino Maestro, fue un favor insigne, lo que
para San José era un derecho, y lo que fue concedido una sola vez al afortunado
Apóstol, era felicidad de todos los días para nuestro Santo Patriarca, en la infancia
de Jesús, cuando reposaba amorosamente sobre el corazón de José, y en la vejez
de este, cuando junto al divino Salvador saboreaba un dulce descanso: Sub
umbra illius, quem desideraveram sedi, et fructus eius dulcís gutturi suo.
María
Magdalena acercó sus labios y dejó su alma cautiva a los pies del Salvador, y
José recibió con María el primer beso, la primera caricia del Dios Niño.
Decídnoslo,
si podéis, bienaventurado José; ¿qué pasaba en vuestro corazón cuando ese Niño
divino sonreía a vuestro amor, estrechaba con sus divinas manos vuestra frente
virginal, y acercaba a vuestros labios su boca adorable?...
¡Qué
delicioso júbilo debió de ser el vuestro, cuando el divino Niño articuló las
primeras palabras, vuestro nombre y el de vuestra augusta y castísima esposa!… Vox
enim tua dulcis… ánima mea liquefacta est ut locutus est.
«¡Oh
gran San José —exclama el santo Obispo de Ginebra—, esposo amantísimo de la
Madre de Jesús, cuántas veces tuvisteis en vuestros brazos ese Amor del cielo y
de la tierra, mientras, inflamado por los besos y abrazos de aquel divino Niño,
vuestra alma se deshacía de gozo al oír repetir a vuestro oído (¡oh Dios mío,
qué suavidad!) que vos erais su gran amigo, su padre!…»
¡Con
qué lágrimas, con qué celestiales acentos le responderíais!… ¡En verdad que
vos habéis hallado al dilecto de vuestra alma: Inveni quem diligit anima
mea, tenui eum, nec dimittam! ...
Si el
seráfico San Francisco de Asís gustaba dulzuras indecibles en repetir durante
noches enteras estas conmovedoras palabras: Mi Dios y mi todo; José, más
bienaventurado, podía decir, no sólo como Santo Tomás: Dios mío y Señor mío,
sino: Mi hijo y mi todo.
Este
padre bienaventurado no vivía en la tierra sino con el cuerpo: su alma estaba
en el cielo, cuyas puras delicias gustaba a raudales. Lo afirma la Santa Madre
Iglesia cuando, dirigiéndose a San José, le dice: Maravilloso destino: desde
esta vida sois igual a los ángeles, participáis de su felicidad y gozáis de
Dios: Tu vivens superis par, frueris Deo, mira sorte beatior (Oficio de
San José).
¡Qué
satisfacción para ese padre bienaventurado, contemplar ese templo vivo que la
divinidad llenaba de su gloria, crecer entre sus manos; esa soberana razón
escondida bajo la debilidad de la humanidad, desarrollarse bajo sus cuidados, y
hacer resplandecer bajo el velo de la infancia los primeros destellos de esa
sabiduría infinita que debía confundir toda la prudencia del siglo: Puer
autem crescebat et confortabatur,in sapientia!
¡Oh,
gloria de Nazaret! ¡Qué felicidad estar solo con Él durante treinta años,
ignorado de toda la tierra; solo con Él, olvidado del mundo entero!…
¡Oh,
alegrías puras, alegrías desconocidas! ¡Oh felicidad, el verle crecer bajo
vuestros ojos! ¡Oh dulce imagen de las alegrías del cielo! ¡Qué torrentes de
delicias inundaban vuestro corazón, oh San José!...
Si San
Juan Bautista, que no vio al Salvador sino a través de un muro, al decir de un
Santo Padre, sintió tanta alegría, que saltó de júbilo; si el santo anciano
Simeón, por haberle tenido entre sus brazos un momento, creyó que sus ojos no
podrían hallar sobre la tierra nada que fuera digno de sus miradas, ¡qué
efectos debían de producir en el alma de José las caricias y la continua
familiaridad con Jesús!...
¡Cuántas
veces, oh bienaventurado padre, contemplando vuestra dulce imagen, envidié
vuestra venturosa intimidad con Jesús!… Y sin embargo, esa misma mañana me
había sido dado gozar de una felicidad me atrevería a decir aun mayor que la
vuestra. También yo, a pesar de mi miseria, he ordenado a Jesús, y El,
obedeciendo a mi palabra como a la vuestra, bajó del cielo al altar por mi
ministerio, y repitió en mi favor el adorable sacrificio del Calvario.
Pero
esto no bastó a su amor; no solamente Jesús me permitió reposar sobre su
Corazón, sino que descendió al mío, mezcló su Sangre con la mía, y unió mi alma
a su alma: Erant cor unum et anima una; nuestras dos vidas se
confundieron; nuestras dos existencias formaron una sola: Vivo ego, jam non
ego, vivit vero in me Christus; y esta felicidad se renueva para mí cada
día.
¡Cuántas veces, oh mi bienaventurado padre, tuve como vos la suerte
incomparable de llevar a Jesús escondido bajo los velos del Sacramento!… Como a
vos, me es dado habitar bajo el mismo techo que Jesús, entretenerme con El
familiarmente a cada momento; no hay hora que pueda llamar más propicia o
favorable, pues siempre está pronto con su santo amor, porque Él no se oculta
con el sol; su ojo está siempre abierto, y su oído siempre atento; siempre está
dispuesto a interrumpir la oración que por mí dirige a su Eterno Padre, para
escuchar mis penas y mis necesidades.
Jesús
os llamaba su padre, y su condescendencia y su amor llegan hasta darme los
dulces nombres de hermano y amigo: Vos autem dixi amicos... Vado ad
fratres. Permite que a su Padre celestial le llame Padre mío: Pater
noster qui es in caelis, y a María, su santísima Madre, Madre mía: Ecce
Mater tua.
Después
de haber vivido, como vos, en la intimidad de Jesús, tengo también la dulce
esperanza de dormirme entre sus brazos y entrar con El en la casa de mi
eternidad.
En
efecto, es propio de la Eucaristía el darnos todo un Dios a los hombres, no
sólo como un objeto de adoración, sino también como un objeto de piadoso,
tierno, religioso amor. Aquel que reina en los cielos, el Dueño, principio y
fin de todas las cosas, quiere ser amado, y como la debilidad humana no podía
elevarse hasta su infinita grandeza, Él, que es la misma fortaleza, se hizo,
como se dice, débil con los débiles, abajándose hasta nosotros despojado de su
infinita majestad, como un amigo que se da, no para ser tratado como monarca,
sino como esposo y amigo de nuestra alma.
La
comunión eucarística es un paso entre la unión con Dios concedida a los
antiguos justos en este lugar de destierro, y la de que gozan los santos en la
patria. Más felices nosotros que los primeros, no sólo participamos de la
gracia, sino de la sustancia misma del Hombre-Dios, que se une cada día a
nosotros para purificar nuestra alma y para alimentarnos con su Sangre. Es la
unión con Dios llevada, si así puede decirse, a la más alta potencia que pueda
alcanzarse en los límites del orden presente; más allá está el cielo. Y en
verdad, si cuando la sustancia divina se mezcla a nuestra sustancia, Dios
trasformara en la misma proporción nuestra inteligencia, nuestro amor en su
amor, le veríamos cara a cara, le amaríamos con un amor semejante a aquella
clara visión, y habríamos logrado la plenitud de la regeneración, seríamos tan
bienaventurados como los santos.
Hubieras
tenido por gran favor, oh alma mía, que José hubiese puesto a Jesús sobre tu
corazón y te hubiese permitido colmarle de besos y caricias. Reaviva tu fe, ya
que en la santa comunión tienes una felicidad mayor aún, pues posees
plenamente, bajo el velo del Sacramento, al mismo Dios que constituye la
felicidad de los elegidos en el esplendor de los santos.
Agradezcamos
a Dios, quien en las maravillosas invenciones de su amor halló el medio de
unirse a nosotros aún más estrechamente de lo que se unió con San José.
Lamentémonos en nuestras comuniones y en nuestras visitas al Santísimo
Sacramento, de no tener el espíritu de fe y el amor de que estaba animado el
casto esposo de María en sus tiernas comunicaciones con Jesús. Recibamos con
reconocimiento, pero sin apegarnos a ellos, los consuelos que alguna vez quiera
darnos, a fin de desprender nuestro corazón de todo lo que no es El, y hacernos
más animosos y más fieles en el tiempo de la prueba.
Pidamos
a San José que nos obtenga la gracia de amar como él lo hizo, no sólo los
consuelos de Dios, sino y por sobre todas las cosas, al Dios de los consuelos.
MÁXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
Cuando
poseas a Jesús, serás rico, y Él solo te bastará (Imitación).
Vale más
una aflicción bien recibida, que cien consuelos muy gustados (San Andrés).
El
verdadero amor de Dios no es el que se siente y se gusta, sino el que humilla y
nos despega (Fenelón).
AFECTOS
Oh
bienaventurado José, también a mí me es dado tener parte en vuestra felicidad;
pero ¡ay de mí, qué lejos estoy de participar de vuestro amor!… Haced que, como
vos, descanse más en Jesús que en las criaturas; más que en los placeres y que
en la alegría, en los consuelos y en las dulzuras, en las esperanzas y en las
promesas; más que en todos los méritos y en todos los deseos, y también más que
en sus mismos dones y recompensas, más que en todas las cosas visibles e
invisibles; en una palabra, más que en todo lo que no es mi Dios.
Vos
solo, oh Jesús, sois infinitamente bueno, Altísimo, Omnipotente; Vos solo
bastáis, porque Vos solo poseéis y lo dais todo. Vos solo sabéis consolar con
vuestras inenarrables dulzuras. Vos sois la verdadera paz del corazón y su
único reposo; fuera de Vos, todo es pesadez e inquietud. En esta paz, es decir,
sólo en Vos, Eterno y Soberano Dios, dormiré y descansaré. Así sea.
PRÁCTICA
Disponerse
con la fidelidad a la gracia a hacer cada miércoles, día consagrado a San José,
la santa comunión.