En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus
discípulos: Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me
volveréis a ver». Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso
de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a
ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese
“poco”? No entendemos lo que dice». Comprendió Jesús que querían preguntarle y
les dijo: «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me
veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”? En verdad, en verdad os digo:
vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros
estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer,
cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en
cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al
mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero
volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra
alegría.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
III
domingo de Pascua.
Jesús
anuncia su partida. (Joann. 16.)
El
Evangelio contiene una breve plática que hizo Cristo a sus discípulos antes de
ir a padecer, en que les dijo que dentro de poco no le verían, y dentro de poco
le volverían a ver; y conociendo que le querían preguntar lo que decía, se
declaró con ellos, y les dijo que hablaba de su partida al cielo, por la cual
se entristecerían; pero que dentro de poco les volvería a ver, y llenaría su corazón
de un gozo, que ninguno les podría quitar.
PUNTO
PRIMERO. Considera el sentimiento que tenía Cristo de hallarse obligado a dejar
a sus discípulos, y las palabras con que los consuela, diciendo que les volvería
a ver dentro de poco tiempo, y con su vista bañaría sus corazones de gozo:
entra con la consideración en aquel amoroso pecho. Contempla las llamas de
caridad que en él arden, y gózate de tener tan dulce y amoroso Padre; mira cómo
has de corresponder a tan grande amor, y pídele una centella de su fuego que
abrase tu corazón.
PUNTO
II. Considera cuán breves son las ausencias de Dios, y cuán ciertas son sus
consolaciones; pues si se retira es por poco tiempo, y luego viene con presteza
con doblada consolación; no descaezcas si alguna vez se retirare, o se
escondiere de tu alma; más espera en su piedad que presto te visitará como
visitó a sus apóstoles, y bañará tu alma de un gozo inefable y una consolación
celestial.
PUNTO
III. Considera cómo los discípulos no entendieron al principio las palabras de
Cristo, porque tal vez aunque nos habla, no alcanzamos lo que nos enseña; más
el Señor se declaró luego con ellos, respondiendo prevenidamente a su duda
antes que le preguntasen ¡Oh Señor! y qué prevenido sois en vuestras mercedes,
pues antes las concedéis que os las pidan: bendito seáis mil veces por vuestra
grande misericordia y liberalidad; dadme una grande confianza en vos, y que yo
sea tan liberal con mis hermanos en hacerles bien, como lo sois vos conmigo en
hacerme merced.
PUNTO
IV. Considera lo que dice Cristo, que los apóstoles se habían de entristecer
por su partida, aunque era por poco tiempo, y alegrarse por su vuelta; porque
no hay cosa más triste que la ausencia de Dios, ni más alegre que su visitación:
así como la ausencia del sol causa tristes tinieblas al mundo, y su presencia
alegre luz, de la misma manera la ausencia de Dios causa nublados de tristezas
al alma , y su presencia luz de sumo gozo y alegría ¡Oh alma mía! no pierdas a
tu Dios; porque aunque tengas todo el mundo, quedarás en tristísimas tinieblas,
y si le posees y visita tu casa, sola su presencia la bañará de alegría ¡Oh
Señor! no me castiguéis tan rigurosamente, que os apartéis de mí por solo un
instante; pierda yo todo el mundo antes que perderos a vos; estad vos conmigo y
déjenme todas las criaturas, que mejor es un día en vuestra casa que millares
de millares en la del mundo.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
No me he preciado
de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y este crucificado.
1 Corintios 11, 2.
Desconocer
a Jesucristo es ignorar toda la religión, que está fundada en la relación
íntima y esencial que todo cristiano debe tener con Él, pues que, recibiendo el
bautismo —dice San Pablo—somos revestidos al mismo tiempo de Jesucristo.
El
Salvador mismo dice que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sin el
Camino no se puede andar bien, sin la Verdad no puede haber conocimiento, y sin
la Vida no se puede vivir. Jesucristo es el Camino seguro, la Verdad que no
engaña y la Vida que no tendrá fin. Por Él vamos al Padre y llegamos a la vida
eterna: Haec est vita eterna, ut cognoscant te Deum verum, et quem misisti
Jesum Christum (Juan, XVII, 3).
No
podemos progresar en el amor de Dios sino en proporción al conocimiento y amor
que tengamos a Jesucristo, pues que El mismo nos lo dice: el Padre mide el amor
que le tenemos por la medida del que nosotros tenemos por Él: Qui diligit
me, diligetur a Patre. San Ambrosio nos asegura que trabaja inútilmente por
conquistar la virtud el que olvida que no puede adquirirse si no es estudiando
a Jesucristo. Llegar a conocer a Jesucristo —dice el Espíritu Santo— es la
perfección más alta y la más eximia: Scire et nosse te, consummata iustitia
est (Sabiduría XV, 3).
El
conocimiento de Jesucristo es tan excelente, que Dios mismo no sabría en su
mente infinita poseer uno más digno. San José llegó a una perfección tan
sublime, porque pasó la mayor parte de su vida ocupado en estudiar y conocer a
Jesucristo. Desde el momento que lo vio nacer en Belén, hasta el último suspiro
de su vida, ese padre ternísimo no perdió de vista un solo momento a aquel que
quería pasar por hijo suyo delante de los hombres. Su espíritu y su corazón
estaban de continuo ocupados en esto. Sabía que el Salvador se había hecho
Hombre para ser nuestro modelo, y se consideraba muy afortunado de tener
constantemente ante sus ojos sus divinos ejemplos, de conversar con Él
frecuente y familiarmente, de ser testigo de su conducta y objeto de su cariño.
Su espíritu vivía en una ininterrumpida contemplación aun durante el trabajo, y
su corazón estaba inflamado del más puro amor.
José
prestaba atención a todos los movimientos y a todas las palabras de Jesús, y
las conservaba y las meditaba secretamente en su corazón. El mismo interés
tenía por cuanto María le decía de su divino Hijo, objeto habitual de sus
conversaciones más íntimas; escuchaba con el mayor recogimiento cuanto decían
de Él las personas inspiradas por el Espíritu Santo, como Isabel, el anciano
Simeón y otras, y esculpía profundamente en su alma todo cuanto tenía relación
con Jesús.
Para
imitar a San José, nuestro principal empeño ha de ser el de estudiar y conocer
a Jesucristo, no superficialmente y al vuelo, sino con toda la atención de que
somos capaces con la gracia. Nunca meditaremos suficientemente sobre tan
excelso argumento. Adentrándonos en él, descubriremos siempre algo nuevo, y
cuanta más luz consigamos, encontraremos nuevos tesoros. Todo otro estudio,
toda otra ocupación que nos alejen de estos, son inútiles y peligrosos. Los
demás estudios de nada nos servirán para la eternidad, si no son mandados,
dirigidos y santificados hacia este fin. «Todo me parece pérdida —dice San
Pablo— fuera del conocimiento de Jesucristo».
Pero
no nos debemos contentar con estudiar a Cristo exteriormente. Aun cuando
conociéramos las más íntimas particularidades de su vida, todo lo que dijo e
hizo en el curso de los años que pasó en la casa de Nazaret con María y con
José, si no conocemos el espíritu que animó sus palabras, todos y cada uno de
sus padecimientos y todas y cada una de sus acciones, no tendremos la ciencia
de Jesucristo. Pocos son los cristianos que saben lo que Jesucristo hizo por
nosotros y lo que es por sí mismo: la mayor parte se contentan con lo que
alcanzan a ver exteriormente en ese Hombre-Dios, sin preocuparse de estudiar a
fondo su alma y el principio interior de sus maravillosas virtudes: Unus
Dominus Jesus Christus, per quem omnia, et nos per ipsum, sed non in ómnibus
est scientia. ¿Cuántas son las personas que, al meditar o contemplar el
nacimiento del Salvador, no van más allá de lo que se ofrece ante sus ojos: el
estado humilde y penoso en que nació, el pesebre, los pobres lienzos en que fue
envuelto, y se conmueven ante las lágrimas y vagidos de aquel pequeño Niño?
San
José no se detenía en la parte exterior de este misterio: penetraba en lo más
hondo del mismo, y pensaba que este Niño que así había querido nacer, era el
Unigénito de Dios, el Rey del cielo y de la tierra, a quien se debe todo honor,
toda gloria y toda riqueza; que así había venido al mundo por su propia
voluntad, a fin de honrar a su Padre celestial con su propio abajamiento, y
darnos la paz con el entero don de sí mismo, y que mientras lloraba y gemía
como un niño común, era la sabiduría eterna, la fuerza, la omnipotencia, y se
ofrecía al eterno Padre pronto a cualquier sacrificio.
Y más
aún, pues estas consideraciones no son suficientes, sino que aplicándose este
misterio de amor, se decía: «Es por mí que Jesús quiso nacer así, para
enseñarme a despreciar las riquezas; a estimar la pobreza, las penas y las
humillaciones, que son su secuela; para iniciarme en la escuela del
anonadamiento de mí mismo, en esa vida interior de la que me ofrece desde su
nacimiento tan perfecto modelo. ¿Qué semejanza hallo entre mis disposiciones
actuales y las de este Niño; entre mis penas, mis pensamientos, mis afectos y
los suyos? ¿Qué debo hacer para volverme semejante a Él?...»
Así
estudiaba San José los misterios de la vida de Jesús, meditaba sus divinas
palabras y sus menores acciones; y así también debemos hacer nosotros, si
queremos ser almas verdaderamente interiores, aplicándolo a nosotros mismos y
sintiendo en nosotros —como nos exhorta San Pablo— los sentimientos que tenía
Jesucristo; revistiéndonos de Jesucristo; pensando y obrando como Él, con los
mismos principios y por el mismo fin, para asemejarnos a Él en todo. ¿Y no es
este, acaso, el objeto del Evangelio, de las Epístolas de los Apóstoles, y
particularmente de las de San Pablo? ¿Puede haber piedad verdadera más grata a
Dios, más útil a nuestra alma, pues que la vida interior no tiene otro fin que
la contemplación afectuosa y la imitación de Jesucristo?. . . «¿A quién iremos
nosotros, Señor? —debemos decir con San Pedro—. Tú solo tienes palabras de vida
eterna».
¿No
nos ha dicho Nuestro Señor Jesucristo: Ninguno va al Padre sino por Mí?…
Ahora bien; si no se conoce a Dios Padre sino por cuanto se conoce a
Jesucristo, así también no puede ser conocido para ser amado sino en cuanto se
conoce su Corazón, es decir, cuánto hay en Él de más interior. ¿No es, pues,
evidente que el conocimiento del Corazón de Jesús supera el conocimiento y la
práctica de la vida interior y la encierra toda entera?...
Si
queréis, oh almas piadosas, penetrar como San José en aquel santuario augusto,
entregad vuestro corazón a Jesús; abandonadlo a su inspiración y a su gracia, y
Él os descubrirá todos sus secretos, os comunicará el amor de que está
inflamado, y con el amor os dará todas las virtudes que forman su cortejo. Con
la entrega del propio corazón se conquista el corazón de un amigo: Jesús os ha
dado el suyo, y por lo tanto tiene derecho al vuestro. Si se lo rehusáis,
perderéis el derecho que tenéis sobre el suyo, y ya no tendréis libre acceso a
Él.
Esta
feliz disposición de estudiar las virtudes de Cristo, de conocer sus
perfecciones, de meditar todas sus acciones y palabras, es una de las señales
de predestinación más ciertas que podamos tener en este mundo. El Espíritu
Santo, después de haber dicho que el conocimiento de Jesucristo es la justicia
más perfecta, agrega estas notables palabras: «Este conocimiento es una señal
de inmortalidad». Radix immortalitatis; es decir, señal de
predestinación; y esto es lo que hacía decir a San Pablo que «no tienen que
temer la condenación los que están en Cristo: Nihil damnationis est us qui
sunt in Chisto Jesu» (Romanos8, 8).
En la
meditación de las epístolas de San Pablo podremos beber las más sublimes ideas
que puedan tenerse de Jesucristo. Puede decirse que cada página de ese santo
libro está dedicada a la continua repetición del adorable nombre del Salvador;
y es verdad que ese grande Apóstol se gloriaba con razón de haber recibido del
cielo el don admirable de anunciar a todos los pueblos las incomprensibles
riquezas encerradas en la persona de Jesucristo: Mihi data est gratia
evangelizare in gentibus investigabiles divitias Christi (Efes. III, 8).
Si
queremos ser interiores, debemos crecer cada día —según la recomendación de San
Pedro— en el amor y el conocimiento de Jesucristo: Crescite in gratia et in
cognitione Domini nostri et Salvatoris Jesu Christi. Es un estudio
consolador, que derrama una unción divina en nuestras almas, y le inspira
insensiblemente un amor tan tierno y reverente hacia este amable Salvador, que
cualquier cosa que aleje de nuestro espíritu el recuerdo de su adorable
Persona, nos resultará insípida e importuna. «No he hecho profesión —dice San
Pablo— de saber otra cosa fuera de Jesús, y Jesús Crucificado». Y por eso desea
vivamente «que Jesucristo permanezca en nosotros y esté siempre presente por
una fe viva y afectuosa».
MAXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
Que nuestra
principal preocupación sea estudiar y meditar a Jesucristo (Imitación de
Cristo).
En
Jesucristo tenemos todas las cosas, y Jesucristo es todo para nosotros (San
Ambrosio).
El
desear sufrir y ser crucificado es muy fácil; pero la práctica es difícil y
amarga (De Berniéres).
AFECTOS
¡Oh,
bienaventurado José, qué felicidad sería la mía, si como vos, supiera dejar de
lado tantas curiosidades frívolas e inútiles, para, a vuestro ejemplo, ocuparme
únicamente en estudiar a Jesús, y este crucificado!…
¡Oh,
serafín de amor, glorioso Patriarca! Vos sois admirable en todas las virtudes,
pero me place especialmente admirar vuestra íntima unión con Jesús.
¡Afortunadas vuestras manos, que cargaron al Dios de majestad y que no
trabajaron sino por El! ¡Felices vuestros ojos, que no cesaron de contemplarle!
¡Pero todavía más bienaventurado vuestro corazón virginal, que le amó siempre,
y no amó jamás a nadie más que a Él!...
PRÁCTICA
Tener
en el cuarto una estatua o imagen de San José con el Niño en brazos.