miércoles, 15 de abril de 2026

DÍA 16. San José pierde a Jesús y le encuentra en el templo

 

PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 16

San José pierde a Jesús

y le encuentra en el templo

 

Cuando Jesús está presente, todo es dulce y nada parece difícil; cuando Jesús se aleja, todo es duro y penoso.

Imitación de Cristo XI, 8

 

Fieles observadores de la Ley, José y María se llegaban cada año a Jerusalén a celebrar la Pascua. Cuando Jesús llegó a los doce años, sus padres le llevaron también, para obedecer a la ley que establecía que los niños llegados a esa edad debían asistir a la inmolación de la Pascua. Terminadas las fiestas, partieron; y Jesús se quedó en Jerusalén sin que se dieran cuenta. Los hombres iban juntos, separados de las mujeres, y los niños podían ir indistintamente con el padre o con la madre, por lo que ni María ni José se percataron de la desaparición de Jesús. María creyó que estuviera con José, y José pensó que María tendría consigo al Niño.

Después de un día de camino, cuando se reunían las familias para pasar la noche, ¡cuál no fue la sorpresa y el dolor de José, al ver que su amado Jesús no estaba con su Madre!... De inmediato recorrió todos los grupos, entró en todas las tiendas, preguntó a todos por su Hijo, sin que nadie pudiera darle la menor información. Preso de la más grande inquietud volvió a Jerusalén con María, reprochándose mil veces el poco cuidado que había tenido con el tesoro que Dios le confiara. Llegados a la ciudad, visitaron todas las plazas y todos los barrios, y a todos los que encontraban les preguntaban por Jesús: «Num quem diligit anima mea vidistis? ¿No habéis visto vosotros al amado de mi corazón?…»

En cualquier lugar se puede perder a Jesús: el ángel le perdió en el cielo; Adán y Eva en el paraíso terrenal; José, en el templo; pero esta pérdida no era culpable, ni duró mucho tiempo, y después de tres días tuvo la suerte de hallarle. Se puede perder a Dios de varias maneras, perdiendo la gracia con el pecado mortal, y así lo perdió el ángel por su soberbia, Eva por la curiosidad, Adán por la culpable condescendencia que tuvo con su mujer.

Se pierde a Jesús perdiendo las dulzuras y los consuelos de la verdadera y sólida piedad, por una demasiada libertad de los sentidos, por las disipaciones voluntarias del espíritu o por un secreto apego a las criaturas. «Si somos privados de los consuelos divinos o los sentimos muy rara vez, la culpa es nuestra —dice el piadoso autor de la Imitación—; porque no buscamos la compunción del corazón y no rechazamos enteramente las vanas consolaciones exteriores». Si las arideces son efecto de nuestra negligencia, hay que aceptarlas con espíritu de penitencia, y humillarse delante de Dios, sin dejarse abatir por eso, ni afligirse demasiado.

Finalmente, se pierde a Dios perdiendo la devoción sensible y el gusto de los consuelos celestiales, sin haber merecido tales privaciones, y así le pierden las almas generosas, a quienes Dios se oculta de vez en cuando, para poner a prueba su amor, aumentar sus méritos, hacerse buscar con mayor fervor, para darse luego con mayores dulzuras. Y es en esta forma como José perdió a Jesús: se ocultó por tres días a su padre, sin que por su culpa hubiera merecido José tal castigo.

Luego, cuando os encontréis en un estado semejante, debéis humillaros, y desde el abismo de vuestra nada elevar a Dios vuestra oración, esperando su vuelta con paciencia, sin turbaros ni inquietaros. Dios quiere esta demostración de vuestra entera dependencia, la obtiene y está satisfecho, y no tardará en volver a vosotros con sus gracias con más abundancia que antes. «Cuando creéis estar lejos de Mí —dice Jesús—, es cuando más cerca estoy de vosotros; cuando creéis que todo está perdido, las más de las veces es sólo la ocasión de adquirir un mérito mayor. Yo conozco los secretos de vuestro corazón, y sé qué es útil para vuestra salvación el que a veces os encontréis en la aridez, pues un favor continuo podría llevaros a la presunción o a una vana complacencia de vosotros mismos, imaginándoos ser lo que no sois en realidad. No debéis juzgar por el sentir presente, ni creer que os haya abandonado, cuando por un tiempo os aflijo o retiro de vosotros mis consuelos, porque este es el camino que conduce al reino de los cielos» (Imitación).

Jesús estaba presente viendo cuanto pasaba en el corazón de José; se complacía grandemente contemplando su ternura para con El, su afecto y su dolor por haberle perdido; y El advierte también vuestra pena: cuanto mayor es esta, tanto mayor es su gozo, siempre que sea tranquila y aceptada como la de San José, y que su causa no sea el haber perdido a Jesús, sino sus dulzuras.

A Jesús le gusta ser deseado. Y ¿cuáles no fueron las inquietudes, el celo y la preocupación de José? ¿A quién no habrá preguntado por su Jesús?... Un alma que así le busca, no le ha perdido; antes bien, nunca le amó tanto como en esos momentos de desolación, en que se dirige a todos para saber de Él. Entonces redobla sus oraciones, su recogimiento y su fidelidad; no se ocupa más que de Él; todo lo demás la cansa y le causa tedio. «Vos sois Aquel a quien amo —dice esa alma, y Aquel por quien suspira mi corazón».

¡Ay de mí! Dulce Jesús mío, no es así siempre porque yo os pierdo; es más bien porque me he expuesto al peligro, porque pensé únicamente en mi cuidado, cuando era mi deber vigilar con Vos; os he perdido porque me fie de mi propia virtud, y no desconfié lo suficiente de las falaces atracciones de las criaturas. Pude perderos por mi culpa, pero no puedo encontraros sin vuestra gracia. Merecí ser abandonado, ¡pero no os alejéis de mí para siempre! Castigadme con las humillaciones, con las arideces, con los disgustos y desolaciones interiores, con la privación de las dulzuras; el ejemplo de San José me hará soportar estas penas con una resignación constante a vuestra santa voluntad.

Oh dulcísimo Jesús, si la amargura de que estuvo llena el alma de José sobrepasó la de las aguas del mar, porque estuvo tres días sin veros, ¡cuál no será la de un alma creada a vuestra imagen, destinada a gozar de la misma felicidad de que Vos gozáis, y condenada a no veros jamás!...

A veces se busca a Jesús después de haberle perdido, y no se le encuentra, porque no se le busca como se debe. Dios quiere ser buscado, y no se da sino a quien le busca con la misma fidelidad y perseverancia que José.

El divino Salvador, que vio cuanto pasaba en el alma de San José, pudo El solo revelar el grado de tristeza en que estuvo sumergido hasta tanto volvió a encontrar a aquel Hijo a quien amaba más que a sí mismo. ¡Cuántos suspiros, cuántas lágrimas fueron las que brotaron de su corazón afligido!… Y yo, después de haberos perdido a Vos, que sois el Salvador de mi alma, el tesoro más precioso de mi corazón, cuya posesión forma la eterna felicidad de los santos, permanezco tranquilo, no me preocupo, ni muestro ninguna solicitud por hallaros. Si se busca a Dios después de haberle perdido y no se le encuentra, es porque no se le busca cuando se le puede hallar. Dios quiere que aprovechemos el momento en que se presenta, y amenaza alejarse eternamente de aquellos que rehúsan abrirle su corazón.

Si apenas nos damos cuenta de que no estamos con Dios, volvemos atrás, nos es más fácil hallarle, porque entonces somos guiados por el arrepentimiento sincero; pero si dejamos pasar el momento de la gracia sin aprovecharla, nos exponemos a la separación eterna: Quaesivi, et non inveni illum.

Finalmente, si se busca a Dios después de haberle perdido, y no se le encuentra, es porque se le busca donde no se le debe buscar. Fue en el santuario donde Samuel mereció oír la voz de Dios; en el templo, donde Ana tuvo la dichosa suerte de ver al Mesías; al pie de los altares, donde el santo anciano Simeón recibió entre sus brazos al Salvador, y vio colmados sus deseos.

El mismo José encontró a Jesús en el templo, después de haberle buscado inútilmente entre sus parientes y por las calles de Jerusalén. ¡Dios mío! Hace mucho que os busco y no os encuentro, porque no voy adonde Vos estáis. ¿Cómo podría hallaros jamás? Vos estáis en el anonadamiento, y yo huyo de los desprecios y busco la vanagloria. Vos estáis en mi corazón, y yo estoy siempre fuera de mí mismo. Si José no os encontró entre vuestros parientes, ¿cómo podré hallaros yo entre los míos, en medio de los obstáculos y en la confusión que reina en el mundo, Vos que hacéis oír vuestra voz en la soledad y en la calma? Ducam eam in solitudinem, et loquar ad cor eius. Non in commotione Dominus.

¿Queremos de veras hallar a Jesús?... Busquémosle al pie de los altares; en el recogimiento del santuario nos dará lecciones admirables, y nos enseñará la ciencia de los santos, El que es el Maestro de todos los doctores.

José busca a Jesús con María, y lo mismo hagamos nosotros: por la mediación de esta divina Madre podremos tener la esperanza de hallarle cuando tengamos la desgracia de perderle. Ella, como una dulce estrella, alumbrará nuestras tinieblas y nos llevará a Jesús.

La pérdida de este santo Niño, y de la que José no se dio cuenta sino por la noche, podría ser la imagen del extravío de un alma que se aleja de Dios por las imperfecciones diarias, y cuyo daño no valora sino al fin del día, después de un diligente examen de conciencia. Por lo que, antes de acostarse, debe detestar de todo corazón las faltas que la han alejado de su Dios.

Finalmente, después de haber encontrado a Jesús, María, que estaba conmovida hasta las lágrimas por el dolor y la angustia de José, dijo a Jesús: «Pater tuus et ego dolentes quaerebamus te. Hijo mío, ¿por qué nos dejaste? Tu padre y yo te buscábamos, muy afligidos por tu ausencia. No temo llamar a José tu padre, y no creo manchar la inmaculada pureza de tu nacimiento. Por su solicitud y por sus inquietudes, puedo decir que es tu padre, puesto que te ha mostrado un amor verdaderamente paternal. Ego et pater tuus, unido a mí en el mismo dolor».

En nuestras pruebas y aflicciones debemos pedir prestada a María su voz, y pedirle también que presente Ella misma nuestros gemidos y nuestros deseos: pasando por su Corazón, serán escuchados por el respeto y por el amor que a Ella son debidos.

 

MAXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

Sé humilde y pacífico, y Jesús lo será contigo. Que tu vida sea piadosa y tranquila, y Jesús vivirá junto a ti (Imitación).

El fuego de la tribulación quema las pajas y purifica el oro (Santa Teresa de Jesús).

Una onza de oración hecha durante la tribulación, pesa delante de Dios más que cien libras hechas en las alegrías (San Francisco de Sales).

 

AFECTOS

Oh Jesús, divino Salvador, adoro vuestros designios en la prueba a que quisisteis someter a vuestra Madre Santísima y a San José, separándoos de ellos; os suplico que no me abandonéis, y me inspiréis un vivo horror al pecado, que os obligaría a alejaros de mí.

Oh María, oh bienaventurado José, con frecuencia tengo la desgracia de perder a Jesús por mi culpa; haced que le busque con el mismo fervor y con la misma perseverancia con que vosotros le habéis buscado; que me reconcilie con Él por medio de una sincera penitencia, y que después de haber tenido la suerte de hallarle, le conserve para siempre, a fin de que me sea dado poseerle eternamente con vosotros en el cielo. Así sea.

 

PRÁCTICA

Invocar a San José en las tentaciones y en las penas interiores.

 

Santa Engracia y sus dieciocho compañeros, mártires. — 16 de abril

 

Santa Engracia y sus dieciocho compañeros, mártires. — 16 de abril

(+ 303)

La gloriosa virgen y fortísima mártir de Cristo santa Engracia era hija de un gran caballero y señor muy principal de Portugal, y habiendo concertado de casarla con un duque del Rosellón, o capitán de aquella frontera de Francia, la enviaba para celebrar las bodas muy bien acompañada de diez y ocho caballeros, parientes y familiares suyos, cuyos nombres eran Lupercio, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturio, Casiano, Fausto y Jenaro: y estos cuatro últimos tenían por sobrenombre Saturninos. Hallábase esta ilustre comitiva en Zaragoza, cuando Daciano como tigre fiero y cruel se relamía en la sangre de los cristianos de aquella ciudad principalísima y les afligía con los más horribles tormentos. Entonces armada de Dios, la virgen santa Engracia se presentó con sus diez y ocho compañeros cristianos, ante el tribunal del inicuo juez, y le reprendió severamente por haberse despojado de la razón de hombre y vestídose de la crueldad de fiera, vertiendo tanta sangre de hombres inocentes, que no tenían otra culpa sino adorar al solo Dios verdadero. Quedó Daciano pasmado, y pensativo sobre lo que había de hacer con aquella nobilísima y hermosísima doncella que así le hablaba; pero al fin pudo en él más su cruel naturaleza, que la humanidad, ni otro algún buen respeto; y mandó prender y azotar rigurosamente a la santa virgen y a aquellos diez y ocho caballeros; y para escarmiento de los demás cristianos de Zaragoza, hizo arrastrar a Engracia atada a la cola de un caballo por toda la ciudad. Despedazáronle después sus virginales carnes con uñas de hierro, dislocáronle los miembros, cortáronle el pecho izquierdo, y cuando todo su santo cuerpo estuvo hecho una llaga, la cubrieron con una larga vestidura, y la dejaron así para que con los dolores de sus heridas se prolongase su martirio y se dilatase la muerte. Y como ella perseverase en la confesión de Jesucristo, Daciano, irritado por aquella invencible constancia, mandó que le hincasen un clavo en la frente. Todavía se muestra en la cabeza de la santa el agujero de aquel clavo, en cuyo tormentó la fidelísima esposa del Señor acabó de recibir la corona del martirio. Finalmente a los diez y ocho caballeros mandó el procónsul degollar fuera de la ciudad, y en el mismo día recibieron con santa Engracia la palma de gloriosos mártires de Jesucristo. Consérvanse con gran veneración las preciosas reliquias de la santa en la cripta del templo de su nombre, magníficamente restaurado en nuestros días en la capital de Aragón. En un depósito del mismo sepulcro están las de san Lupercio, y en otro sepulcro de mármol las de los otros santos compañeros cuyos huesos son de color de rosa y despiden fragante olor.

Reflexión: Pues ¿quién no ve en el martirio de la gloriosa virgen Engracia y de los otros mártires, la omnipotencia y fortaleza de Dios, la desventura del hombre y la vana astucia y crueldad de Satanás? El cual inflamó a Daciano para que atormentase con exquisitas penas a una tierna doncella, y procurase extinguir el culto del verdadero Dios; mas el demonio quedó burlado, Daciano confuso, la virgen triunfando, Dios glorificado, propagada su santa religión, y la ciudad de Zaragoza ilustrada con los trofeos de tantos y tan gloriosos mártires con los cuales están ennoblecida y amparada de los encuentros de sus enemigos.

Oración: Vuelve, Señor, tus ojos benignos sobre la familia de tus fieles siervos, y concede, que amparada por la intercesión de la bienaventurada Engracia y sus compañeros mártires, sea defendida de toda culpa. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

San Toribio de Liébana — 16 de abril.

 

San Toribio de Liébana — 16 de abril.

(+ 456)

El bienaventurado y celosísimo santo Toribio de Liébana, obispo de Astorga, fue natural de la provincia de Galicia, y a lo que se puede entender, hijo de una de las familias principales de la ciudad de Astorga. Habiendo aprendido y aprovechado mucho en las letras humanas, distribuyó su patrimonio a los pobres y navegó a Jerusalén, donde el obispo de aquella iglesia hizo tal estimación de su santidad, que le confió el riquísimo tesoro de las cosas sagradas y reliquias de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, de las cuales trajo después muchas a España. Volviendo de los Santos Lugares a su patria, curó milagrosamente a una hija del rey de los Suevos, y a otros muchos enfermos, y con las crecidas limosnas que le dieron, edificó un templo al Salvador, y puso en él las reliquias que había traído. Murió en esta sazón el obispo de Astorga; y todos pusieron los ojos en santo Toribio, el cual, aunque mucho se resistió, hubo de rendirse a la voluntad divina. Entonces fue cuando le acusó de un crimen de adulterio, un ambicioso diácono de Astorga, que pretendía aquella cátedra, y el santo obispo, inspirado de Dios se justificó plenamente. Porque habiendo ido a su catedral, un día de grande concurso, dijo al pueblo la necesidad que tenía de volver por su honra y con muchas lágrimas pido al Señor que deshiciese aquella calumnia. Luego mandó traer al altar un brasero, y tomando en sus sagradas manos las ascuas encendidas, las envolvió en la sobrepelliz que traía puesto, y en tonando el salmo de David, que comienza: «Levántese Dios, y sean disipados sus enemigos», rodeó toda la iglesia llevando las ascuas en el roquete; y todo el pueblo vio por sus ojos como ni el roquete ni las manos del santo padecieron ninguna lesión de fuego, pues no quedó de él ni la más leve señal. Asombráronse todos de semejante maravilla, y el calumniador confesó a voces su pecado, y cayó muerto en la iglesia. Pero la obra más excelente que hizo santo Toribio, fue el acabar con la herejía de los Priscilianos en España, para lo cual se armó de una carta en que refutaba victoriosamente aquellos errores, y la envió a algunos obispos españoles. Y con las Letras Apotólicas del papa, que era san León el Magno, y la autoridad de un concilio nacional que se juntó en Toledo, y otro provincial que se celebró en Gálica, cortó la cabeza de aquella herejía que inficionaba muchos pueblos de España. Finalmente después de haber cumplido santo Toribio las obligaciones de un buen pastor, y defendido su rebaño de los lobos infernales, descansó en paz; y en el siglo VIII, por causa de la invasión de los moros fueron trasladadas sus reliquias, y las que trajo de Jesucristo, al monasterio de san Martín de Liébana que se llamó después santo Toribio de Liébana.

Reflexión: Entre las otras cosas que santo Toribio dice en aquella epístola que escribó a los obispos para extirpar los errores de Prisciliano, encarece mucho el daño de los libros apócrifos, los cuales los herejes publicaban por divinos, y les exhortaba mucho a desterrarlos y condenarlos como cosa tan perjudicial y dañosa; y cierto que entre los cuidados que deben tener todos los gobernantes, y más los eclesiásticos, a quienes más toca, debe ser muy principal el procurar que haya abundancia de libros católicos, doctos, graves y provechosos, y que se destierren y no se lean los herejes, falsos y reprobados, ni los torpes, livianos e inútiles.

Oración: Rogámoste, Señor, que oigas las oraciones que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice santo Toribio, y que por los méritos e intercesión de aquel que tan dignamente te sirvió, nos absuelvas de todos nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.