martes, 16 de junio de 2026

San Avito, abad de Micy. — 17 de junio

 


San Avito, abad de Micy. — 17 de junio

(+ 530)

El religiosísimo abad de Micy san Avito fue hijo de un pobre labrador del territorio de Orleans. Habiendo visto algunos monjes de la abadía de Micy, se echó a los pies del abad san Mesmino y le suplicó con los ojos llenos de lágrimas se dignase darle el sagrado hábito o por lo menos recibirle como criado de su monasterio, añadiendo que antes se dejaría morir allí que volverse al mundo. Viendo el abad aquella humildad y resolución del fervoroso mancebo, le admitió y contó entre sus hijos. Nombróle procurador del monasterio; y él sustentaba con mucha caridad a los pobres que se llegaban a la puerta, con lo cual merecía que el Señor lloviese sus bendiciones sobre aquella sagrada comunidad. Mas al poco tiempo movido de Dios se retiró con licencia de su santo abad, a un bosque muy solitario que estaba no lejos de allí y se llamaba el desierto de Soloña. Por este tiempo pasó de esta vida mortal a la eterna son Mesmino; y por voz común de todos los monjes y del obispo de Orleans, el glorioso san Avito fue nombrado superior de aquellos religiosos; mas como el santo se juzgase indigno de aquel el cargo, dejó su renuncia por escrito, y llevando consigo a uno de sus monjes se retiró secretamente a otro desierto llamado de la Percha. Allí dio habla a un mudo de nacimiento, y corriendo de boca en boca la noticia de este prodigio, concurrían de todas partes las gentes a visitarle y porque muchos querían acompañarle en aquella soledad, labró un monasterio que se llamó después el monasterio de san Avito, donde se vieron los admirables ejemplos que habían dado los discípulos de san Antonio en Oriente. Dejó algún tiempo el santo abad un retiro para ir a Orleans donde le llamaba el bien de las almas, y habiendo alumbrado allí a un ciego de nacimiento, el gobernador de la ciudad para celebrar este y otros prodigios del varón de Dios mandó abrir las cárceles y dar libertad a los presos. Volviendo Avito a su convenio, halló en el féretro a su discípulo que había traído consigo del monasterio de san Mesmino, e hincándose de rodillas dijo al cadáver: «Yo te mando en nombre de Dios todopoderoso que te levantes. Y alzándose el difunto, arrojóse a los pies del santo y fue con él a dar gracias a Dios. El glorioso san Lubin, obispo de Chartres, asegura que oyó este prodigio de boca del mismo monje resucitado, el cual sobrevivió muchos años a nuestro santo. Finalmente lleno de méritos y virtudes, a la edad de sesenta años entregó su purísima alma al Señor.

Reflexión: De varios santos leemos que han alcanzado con su autoridad y sus prodigios la libertad de los presos, y desde los días de san Pablo que libró de la servidumbre el esclavo Onésimo y le llamó con el dulce nombre de hermano, hasta la obra de la Redención de Cautivos y actual rescate de los esclavos de África, siempre se ha mostrado la Religión cristiana amiga y favorecedora de la libertad. ¿Sabes por qué? Porque para obligar a los hombres al cumplimiento de sus deberes, tiene medios más eficaces que los recursos de la fuerza y de la violencia de que ha de echar mano la justicia humana: pues ésta sólo puede atar los brazos del cuerpo; mas la religión ata hasta los malos deseos del alma. Por esta causa vemos que los que temen solamente a la justicia de los hombres se ríen de ella muchas veces, mas el que teme a Dios, tiembla de sus amenazas, porque sabe que es imposible escaparse de las manos divinas,

Oración: Suplicámoste, Señor, que nos recomiende delante de ti la intercesión del bienaventurado san Avito para que alcancemos por su patrocinio lo que no podemos conseguir por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.

lunes, 15 de junio de 2026

De la dracma perdida.


 

Martes de la III semana después de Pentecostés.

De la dracma perdida.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Martes de la III semana después de Pentecostés.

De la dracma perdida.

 

PUNTO PRIMERO. ¿Qué mujer hay (dice Cristo) que si tiene diez joyas y pierde una, no la busque hasta hallarla? A donde has de ponderar la estima que Dios tiene de las almas y de la tuya propia, pues la compara a la joya preciosa, que es lo que más estiman los hombres; y el Salvador la estimó en tanto, que la compró a precio de su sangre: mira cuán poco has estimado tú la tuya, pues la has vendido al demonio por precio bajísimo de un  vil interés y de un deleite o una honra vana, que se pasa como el viento: llora tus yerros en el acatamiento de Dios, y propón firmísimamente de morir mil muertes antes que perder la joya de tu alma.

 

PUNTO II. Atiende a las diligencias que hizo esta mujer para hallar la joya perdida; conviene a saber, encendió luz, barrió su casa, buscó con diligencia y perseverancia hasta hallarla; estas medidas has de hacer para hallar la gracia perdida y con ella tu alma, encender la luz de la consideración y escudriñar todos los rincones de tu conciencia, examinando tu vida pasada, reconociendo y llorando tus pecados; lo segundo, barriéndolos con la escoba de la confesión, sin dejar alguno que pueda amancillar tu alma: lo tercero darte diligencia a obrar bien en satisfacción de los pecados cometidos, para obligar a Dios con la penitencia, y echar el sello a todo con la perseverancia, no cansándote ni desmayando hasta hallar la joya que perdiste y enriquecer con ella tu alma: considera todo esto en la presencia del Señor, y pídele gracia para cumplirlo y servirle con perseverancia hasta el fin.

 

PUNTO III. Considera el gozo de esta mujer cuando halló la joya perdida; fue tal que no cabiéndole en el pecho dio parte de él a todas sus vecinas y parientas: pondera el que tiene un alma que sale de pecado y de la condenación eterna, y halla la margarita preciosísima de la gracia y con ella la herencia del cielo; mira el gozo que recibe un condenado a muerte, cuando le revocan la sentencia y alcanza la vida que tenía perdida, y entra la mano en tu pecho, y considera que por el pecado perdiste la gracia de Dios, y estás condenado al infierno y a padecer muerte eterna, y que todo esto recuperas por la penitencia y juntamente la herencia de la gloria, de que debe recibir grandísimo gozo tu alma: saca de aquí sumo aprecio de la gracia, y firmísimo propósito de buscarla y conservarla a costa de cualesquiera trabajos y fatigas, que a cualquiera precio la comprarás barata.

 

PUNTO IV. Considera cuán ajenos están de envidia los ángeles, pues se gozan y hacen fiestas en el cielo por el bien de los hombres, no por el temporal, que este no le estiman, sino por el espiritual de sus almas, al cual ayudan con todas sus fuerzas, asistiéndonos, guardándonos, ayudándonos, aconsejándonos y orando a Dios por nosotros, y últimamente celebrando con fiestas nuestras dichas; toma su ejemplo y no envidies los bienes de tus prójimos, antes con verdadera caridad procura con todas tus fuerzas ayudarlos, en especial para salir de pecado, y gózate de sus dichas dando a Dios gracias por ellas.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones


DÍA 16. SENCILLEZ DEL CORAZÓN DE JESÚS

 


DÍA DIECISÉIS

SENCILLEZ DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA DIECISÉIS

(Año dieciséis.)

SENCILLEZ DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

Primer preludio. Representarse a Jesús que dice: Una sola cosa es necesaria.

Segundo. Pedir al Señor nos ayude a buscar el reino de Dios.

Punto primero. Sencillez en los pensamientos. — Segundo. En los afectos. — Tercero. En la intención.

 

PUNTO PRIMERO

 

Sencillez en los pensamientos. Consiste esta virtud en saberse sobreponer el hombre a sí mismo y a las demás criaturas para contemplar puramente al Creador. Muchos obstáculos se oponen a esta vista clara y pacífica del alma que quiere unirse con Dios, por lo cual deseaba el Profeta tener alas para volar fuera de este mundo y descansar en aquel supremo Bien. Por fuera nos impiden este reposo de la contemplación los negocios y la agitación del mundo; por dentro, el bullicio de las pasiones, los cuidados de la vida doméstica, las aberraciones de la fantasía, las tempestades del corazón. ¿Dónde hallaremos un corazón tranquilo? En el pecho de Jesús lo hallaremos tan solamente.

Unida su alma al Verbo divino, se ve sublimada a una altísima contemplación, que no puede ser perturbada por criatura alguna de la tierra. No tiene, como nosotros, variedad de pensamientos, en lucha unos con otros y en perpetua agitación. Nada de eso. Uno es su pensamiento, y lo tiene fijo en Dios. En Él ve todas las cosas y en todas las cosas a Él. A El refiere todas las cosas como a su primer principio y último fin, y a Él en todas ellas ama y glorifica.

Nosotros, mientras estemos vestidos de carne mortal, no podremos alcanzar este grado de perfección; mas no hemos de desistir de la empresa, pretendiendo acercarnos a él cuanto posible fuere, con las fuerzas que nos da la gracia. Como para llegar a la perfecta unión con Dios es menester desprenderse del apego a lo visible, no es extraño que haya pocos contemplativos, siendo tan pocos los que se conforman con esa condición.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Sencillez en los afectos. Esta no es sino el amor puro con que el alma se une a Dios, amándole en las criaturas y amando a las criaturas en Él. De suerte que la sencillez del pensamiento está en no ver sino a Dios, y la sencillez del corazón o de los afectos está en no amar sino a Dios. En tan dichoso estado, ya no siente el alma aquellos deseos y temores que suelen perturbar el espíritu de los imperfectos, porque la domina entonces un amor supremo que absorbe todos los demás. Entonces reina Dios solo en el corazón, y todo calla en su presencia, como al salir el Sol no huyen sólo las tinieblas de la noche, sino también las estrellas, cuyo débil resplandor no puede competir con el suyo.

“Quién ama a Dios con todo su corazón, dice el Kempis, no teme ni la muerte ni los suplicios, ni el infierno, porque el amor perfecto nos asegura la posesión de Dios”: que es lo que había dicho San Juan, que la perfecta caridad echa fuera el temor.

¿Quién no desea llegar a tan venturoso estado? Pero pocos son los que a él llegan, y aun los que llegan, difícilmente perseveran.

La perfección de este amor se halla en el Corazón de Jesús. Si podemos concebir un acto simplicísimo de amor el más perfecto, puro y noble que pueda darse, nunca interrumpido y siempre subsistente y en ejercicio continuo, ahí tenemos el amor de Jesucristo.

Compadécete de tu pobre corazón, angustiado con mil deseos y temores, afectos carnales y pasiones malas que no dejan lugar al amor: y ten presente que sólo es digno de tu corazón el Señor, que lo crio para sí.

 

PUNTO TERCERO.

 

Sencillez en la intención. Si sólo Dios es digno de tu amor, a Dios sólo debe dirigirse cuanto haces y piensas como a tu último fin. Una sola cosa es necesaria, dijo el Señor. Busquemos, pues, la unidad en pensamientos, afectos e intenciones, como lo hizo el Corazón de Jesús. Esta es la sencillez de que habla Cristo cuando dice: “Si tu ojo fuere sencillo, estará alumbrado todo tu cuerpo.” (Mat., VI.) Sencillez nos falta en la vista, que es la intención, pues en vez de una sencillísima mirada al Bien sumo, ojeamos en torno nuestro mil cosas que nos llevan tras sí, y vemos multiplicados objetos como quien tiene la vista mala. ¡Que confusa mezcla de amor de Dios y de amor propio! ¿Dónde encontrar un alma que, olvidada de sí misma, deje en manos de Dios sus intereses? ¿Dónde, un alma que no busque su gusto y placer, su voluntad y conveniencias, sino sólo el agrado de Dios?

Piensa bien esto, alma mía, y muda de rumbo. No pienses más en tu salud, ni en tu honra, ni en tu porvenir. Estoy por decir que no debes pensar ni aun en los intereses de tu espíritu, que nunca estarán más seguros que cuando, olvidándote de ti, pongas tu pensamiento en Dios. Pon en sus manos todo lo que te atañe y gozarás paz inalterable, dulce libertad y segura confianza, que resulta del amor desinteresado y puro de la abnegación completa. Déjalo todo, y lo hallarás todo. Así imitarás al Corazón de Jesús. Dichoso tú sí lo imitas.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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