domingo, 10 de mayo de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO: En verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará

 

V DOMINGO DE PASCUA

Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según San Juan 16, 23-30

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre». Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».


TEXTOS DE LA MISA V domingo de Pascua

COMENTARIOS AL EVANGELIO 

sábado, 9 de mayo de 2026

Enseñanza sobre la oración.

 


V domingo de Pascua.

Enseñanza sobre la oración.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

MEDITACION

V domingo de Pascua.

Enseñanza sobre la oración. (Joan. 16.)

 

En el Evangelio persuade Cristo a sus discípulos que oren a su Eterno Padre y le pidan en su nombre, asegurándoles que no le pedirán cosa que no les conceda, etc.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la liberalidad y misericordia de Dios para con los hombres, que está tan deseoso de hacernos mercedes, que nos persuade y exhorta a que se las pidamos, con voluntad antecedente de concedernos lo que le pidiéremos. Pondera que los hombres se ofenden de que les pidan, y Dios tiene por linaje de ofensa que no le pidamos, y espera con los dones en las manos para dárnoslos. Bendito sea tan buen Dios, tan liberal y misericordioso. Aprende a serlo tú con tus hermanos, y cobra una grande confianza en la misericordia divina de alcanzar lo que pidieres.

 

PUNTO II. Considera cómo Dios sabe muy bien nuestras necesidades y conoce los deseos de nuestros corazones, y aunque nos tiene infinito amor, no envía sus dones, esperando a que oremos y se los pidamos, porque ha determinado de darlos a precio de oraciones. Pondera cuántas mercedes pierdes de su liberalísima mano por no orar y pedírselas, y cuántas tiene prevenidas para ti y para su Iglesia esperando que las pidas; dale muchas gracias por ello y resuélvete a orar continuamente, y a pedirles mercedes para ti y para su Iglesia, y a no perderlas por falta de oración.

 

PUNTO III. Considera lo que dice Cristo a sus discípulos, que hasta entonces no habían pedido nada en su nombre; lo cual declara san Agustin diciendo que se entiende de los bienes espirituales; porque pedir los temporales y terrenos, que no se ordenan al servicio de Dios, es pedirle nada; a donde debes aprender lo que has de pedir a Dios, si quieres ver logradas tus peticiones, conviene a saber, los bienes espirituales y los que se ordenan al servicio de Dios; porque pedir los demás es pedir nada, y como tales son estimados en el acatamiento divino, y tú también los debes despreciar.

 

PUNTO IV. Entra ahora en cuentas contigo y escudriña con la luz de la gracia los secretos de tu casa, y mira despacio las necesidades que padeces y las faltas que tienes, discurre por todas tus potencias y mira las muchas que has contraído por los pecados y las faltas de virtud y sobra de amor propio y libertad en los apetitos; y pues Dios te franquea los tesoros de sus gracias y te convida a que le pidas, no seas corto, sino pídele cuanto necesitares y deseares para tu salvación y gloria suya.

 

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DIA 10. CONSAGRADO A HONRAR EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA

 


DIA 10

CONSAGRADO A HONRAR

EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

Por la señal de la santa cruz…

 

DIA 10

COCONSAGRADO A HONRAR

EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA

 

Consideración

La ley de Moisés obligaba a las madres a presentar a sus hijos al templo cuarenta días después de su nacimiento y a purificarse ofreciendo a Dios una ofrenda. Por ningún título estaba obligada María a sujetarse a esta prescripción; porque ella era la pureza misma y porque el Hijo que iba a presentar no pertenecía al número de los pecadores, para los cuales había sido dictada la ley. Pero el Hijo y la madre quisieron ocultar la grandeza de sus destinos y de su dignidad para dar ejemplo de obediencia a las prescripciones religiosas que reglan para los hijos y las madres de Israel. Como todas las mujeres del pueblo, ella se presenta al templo de Jerusalén acompañada de su esposo y llevando en sus brazos al hijo que había dado a luz por operación del Espíritu Santo. Y como pertenecía a la clase de los pobres, fue modesta su ofrenda y pequeña su oblación.

Pero un fin más alto la conducía al santuario del Señor. Iba a dar gracias a Dios por el incomparable beneficio de su fecundidad gloriosa. Si toda paternidad viene de Dios, la maternidad de María era la obra primorosa de su amor y de su misericordia, el principio de la felicidad del mundo y el testimonio más elocuente de la predilección que tenía por la que eligió por Madre del Verbo encarnado. Por lo mismo, ella debía a Dios beneficios más excelsos que todas las madres juntas y acciones más ardientes de gracias que las que le han enviado en todos los siglos todas las que han sido favorecidas con el don de la fecundidad.

¡Ah!, ¡cuáles serían en ese momento los ardores de la gratitud de María, que conocía en toda su magnitud la gracia de que había sido depositaria! Su corazón, abrasado en las llamas del amor y del reconocimiento, levantaría hasta el cielo, a manera de purísimo incienso, los más encendidos afectos que jamás se escaparan del corazón humano. Ella, que amó a Dios desde el primer momento de su existencia, ¿cuál estaría su corazón cuando, no sólo amaba a Dios como simple criatura y lo bendecía no solamente por los dones comunes que le había otorgado, sino que lo amaba como madre y lo bendecía por las excepcionales prerrogativas de que la acababa de colmar? No es la inteligencia humana capaz de comprender la intensidad de los afectos de amor y gratitud que brotarían en ese momento del pecho amante y agradecido de María. Ellos excederían sin duda, a los de los más ardientes serafines.

He aquí lo que nos enseña María en el misterio que meditamos. Cumple a todos los hombres el deber ineludible de dar a Dios acciones incesantes de gracias por todos los beneficios, así generales como particulares, con que han sido favorecidos. Quien se muestre ingrato y olvidadizo con el Bienhechor soberano se hace indigno de sus favores. El primero de los deberes del beneficiado es el de la gratitud para con su benefactor. La naturaleza misma impone esta obligación y quien rehúse cumplirla contraría los sentimientos más naturales que abriga el corazón. La gratitud, como todos los sentimientos del alma, se manifiesta por medio de repetidos actos; y así como el amor se deja conocer por actos de amor, el agradecimiento debe mostrarse con acciones de gracias.

¡Ah!, ¿quién será aquel que en cada uno de los días de su vida no tenga un nuevo beneficio que agradecer a Dios? La conservación de la vida, el alimento que nos mantiene, el vestido que nos cubre, el techo que nos guarece, el sol que nos calienta, el aire que respiramos… todo es obra de su mano generosa. Las inspiraciones secretas, las mociones de la voluntad, los pensamientos saludables, los propósitos santos en orden a la reforma y perfeccionamiento de la vida, las advertencias caritativas, los buenos consejos y hasta lo que llamamos desgracias y contratiempos, son otros tantos beneficios que recibimos de su infinita liberalidad. Y si sus favores no cesan, ¿cómo podrán cesar nuestras acciones de gracias? ¿Cómo podremos, sin ser desagradecidos, pasar un día solo sin que levantemos a Dios un acento de ardiente gratitud? ¡Ah!, y si consideramos los beneficios generales que ha dispensado Dios al mundo, en la creación, conservación, redención, institución de la Iglesia y llamamiento a la fe, el deber de la gratitud aparece todavía más estricto e imprescindible. Imitemos a María, cuya vida fue una continuada acción de gracias y cuyo corazón fue un incensario vivo que estuvo siempre perfumando el trono de Dios con los aromas del amor más puro y de la gratitud más ardiente.

 


Ejemplo
María, Vaso insigne de devoción

San Bernardino de Siena, uno de los astros más resplandecientes de la Orden de san Francisco, y de los más bellos ornamentos de su siglo, se distinguió desde la más tierna infancia por su acendrado amor a la Madre de Dios. Nacido el 8 de septiembre de 1380, día de la Natividad de la Santísima Virgen, todos los grandes actos de su vida se verificaron en este mismo día: su toma de hábito, su profesión religiosa y su primera misa, augurio cierto de la predilección de esta bondadosa Madre.

Conociendo sus superiores los grandes talentos de este insigne hijo de María, no quisieron que esta antorcha quedara oculta entre las sombras del claustro, y lo enviaron a predicar a Milán y demás estados de Italia en un tiempo en que la corrupción de las costumbres se extendía como una lepra gangrenosa en el cuerpo social. La Santísima Virgen le concedió la gracia de que su lengua, que era tarda por defecto natural, adquiriera una expedición tan admirable que no hubo en su época quién lo aventajase en elocuencia. Innumerables fueron las conversiones que hacía su predicación: los pueblos cambiaban de faz, personas inveteradas en el vicio se volvían a Dios, y multitudes incontables eran arrastradas por la irresistible unción de su palabra. La devoción a María palpitaba en sus discursos y se comunicaba a sus oyentes como el calor de una llama. Decía que no predicaba con gusto cuando no le era posible hablar de María en sus sermones. Admirables son los que se conservan sobre la santísima Virgen y en especial sobre su inmaculada concepción, pues no podía tolerar que se pusiese en duda que la Madre de Dios había sido concebida en gracia y exenta de toda mancha.

María pagó con retribución generosa el encendido amor de su fidelísimo hijo, pues ella sabe corresponder a los obsequios de que es objeto con inagotable generosidad.
Un día quiso dar un testimonio público de su amor por Bernardino, haciendo aparecer una estrella brillantísima sobre su cabeza en el momento en que predicaba en Aquila sobre las doce estrellas que coronan la frente de la gloriosa Reina de los Ángeles. Este prodigio, que fue presenciado por un gran número de personas, aumentó la veneración que a todos inspiraba la santidad de Bernardino. En la hora de su muerte tuvo la dicha de ver a María junto a su lecho mortuorio y espirar entre los brazos maternales de aquella por cuya gloria había trabajado con tanto afán. Ella recibió en su regazo el espíritu de su siervo y remontose con él al cielo para que recibiera el premio que había merecido por su amor a Jesús y María.

Así es como la santísima Virgen recompensa el amor de sus fieles hijos, y el celo de los que se consagran a extender su gloria y dilatar su culto.

 

Jaculatoria

¡Astro esplendente del día!,
Pues que eres de gracia llena,
No me olvides, Madre mía.

 

Oración

Al contemplaros, ¡oh, María!, de rodillas y con el corazón inflamado de amor al pie de los altares de la casa del Señor, dando gracias por todos los beneficios que Dios ha otorgado al mundo por la mediación de Jesús, nosotros no podemos menos de avergonzarnos de ser tan desagradecidos e ingratos para con Dios. Caen sobre nosotros lluvias de bendiciones y no se arranca de nuestro corazón ni un suspiro de amor y gratitud para con el soberano Bienhechor. Transcurren unos tras otros los días de nuestra vida llenos de favores divinos; pero parece que nosotros lo ignoramos, porque la frialdad y la indiferencia son la respuesta que damos a la liberalidad inagotable de la Providencia. Enseñadnos, ¡oh, María!, a ser gratos a los favores celestiales, vos que no hicisteis en la tierra otra cosa que enviar al cielo los perfumes de vuestros amorosos y agradecidos afectos. Dad vos por nosotros rendidas gracias a la Bondad divina y suplid con vuestros homenajes de gratitud lo que no puede hacer nuestra indolencia. Recibid vos también la expresión de nuestro agradecimiento en los filiales obsequios que venimos diariamente a deponer a vuestras plantas. Que esas flores y esas guirnaldas con que decoramos vuestra imagen querida lleven en sus aromas el perfume de nuestra gratitud. Recibid con nuestros homenajes el afecto con que los traemos a vuestros pies y sirvan ellos de emblema de amor y prenda de nuestra correspondencia a vuestras maternales finezas. Haced que todos los que nos reunimos aquí para cantar vuestras alabanzas, merezcamos los favores que Dios concede a las almas amantes y reconocidas, para que, comenzando en la tierra el himno de nuestra gratitud, podamos en el cielo unir nuestra voz a la de los coros angélicos que repiten sin cesar: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad! Amén.

3 avemarías

 

Prácticas espirituales

1. Rezar el Trisagio en homenaje de agradecimiento por los beneficios que hemos recibido de Dios.

2. Ofrecer una Comunión, o si esto no fuere posible, oír una Misa en sufragio del alma más devota de María.

3. Hacer una visita al Santísimo Sacramento para desagraviarlo de todas las injurias, desprecios y olvidos de que es víctima en el adorable Sacramento del altar.