martes, 19 de mayo de 2026

De la última aparición de Cristo a los apóstoles el día de su gloriosa Ascensión

 


Miércoles después del domingo de la Ascensión.

De la última aparición de Cristo a los apóstoles el día de su gloriosa Ascensión

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Miércoles después del domingo de la Ascensión.

De la última aparición de Cristo a los apóstoles el día de su gloriosa Ascensión. (Marc. 16.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo estando descuidados los apóstoles y recostados, descansando y comiendo, les apareció Cristo y se puso en medio de ellos, velando como solícito pastor sobre su ganado: de lo cual debes sacar dos cosas; la primera cuidar de los que Dios te ha encargado, sin perdonar desvelo ni trabajo por el bien de aquellos que estuvieren a tu cargo, acordándote de la cuenta que has de dar de ellos a Dios; la segunda no descuidarte jamás, porque no sabes la hora en que vendrá el Señor, pues como él mismo dice, vendrá en la hora que no se piensa y cuando me nos le esperan, como lo suele hacer el ladrón, y por tanto conviene estar siempre apercibido y en vela esperando su venida, porque no nos halle descuidados y perdamos su gracia.

 

PUNTO II. Considera la reprensión tan aceda que les dio, porque no se acababan de persuadir y creer su resurrección; porque Dios reprende y castiga a los que ama, labrándolos para el cielo con el martillo y el fuego de la reprensión: aprende, si eres prelado, a reprender con valor las faltas de tus súbditos, y no dejarlos en sus yerros por cobardía de no darles luz, y purificarlos para caminar al cielo; y si eres súbdito, pondera la paciencia con que llevaron los discípulos la reprensión de su Maestro, y la que debes tener tú en las que te dieren los tuyos para bien de tu alma. Mira cuánta escoria tienes de faltas, y cuánto desagradas a Dios por ellas, y cuánto te importa purificar tu alma; pídele a Dios que te purifique por medio de la reprensión, y cuando te viniere, recíbela con agradecimiento como don de la mano del Señor.

 

PUNTO III. Considera cómo volvió Cristo la hoja, y habiendo reprendido a los suyos, luego los hizo predicadores del mundo, mandándoles que fuesen por todo él a llevar la doctrina de su Evangelio; en que nos enseña a tener como buenos pastores del pan y del palo, de la blandura y el rigor, del premio y el castigo. Toma esta lección, y pide al Señor prudencia para saber gobernar y usar con los hombres de ambos medios; refrenando a los osados con el freno del rigor, y alentando a los caídos con el premio y el favor.

 

PUNTO. IV. Toma por dichas a ti aquellas palabras: Id a todo el mundo universo, y predicad el Evangelio a toda criatura. Considera el ardiente fuego que tenía Cristo de la salvación del mundo, y no perdones trabajo por el bien de tus prójimos; camina a solicitar su salvación por todo el mundo, y si no puedes con el cuerpo, ve con el espíritu, y pide a Dios con lágrimas que envíe obreros de grande santidad que los conviertan, y que dé su espíritu a los que trabajan en su viña, para que cumplan su mandato y traigan a su conocimiento todo el mundo.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DÍA 20. MARIA EN LA ASCENSIÓN DE JESÚS

 


DÍA 20

MARIA EN LA ASCENSIÓN DE JESÚS

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

DIA 20

MARIA EN LA ASCENSIÓN DE JESÚS

 

Consideración

Jesús había terminado ya su misión sobre la tierra, había llegado la hora en que los decretos eternos lo llamaban al cielo a recibir las coronas y palmas del glorioso triunfador. Cuarenta días habían transcurrido desde su resurrección cuando, en compañía de su Madre y de sus apóstoles y discípulos se encaminó Jesús al monte Olivete. El teatro primero de sus padecimientos debía ser también el último testigo de su gloria y la tierra que recibió las primeras gotas de sangre, conservó la última huella marcada por sus pies durante su peregrinación terrestre.

Allí, después de haber fijado sus amorosas miradas en María, como si le dijera: ¡hasta luego! y de haber bendecido a sus discípulos, se levanta majestuosamente en los aires y vuela por los espacios llevado en las plumas de los vientos, entre los acordes ecos de las arpas angélicas y mientras las nubes, abriéndose a su paso, iban agrupándose a sus pies para formar digna peana al libertador del linaje humano. Esas mismas diáfanas y blanquísimas nubes agrupadas en torno suyo lo arrebataron a las miradas absortas de los discípulos, hasta que un ángel, desprendido de la celeste turba, vino a sacarlos de su arrobamiento para decirles: «Varones de Galilea, ¿por qué os entretenéis mirando al cielo? el mismo a quién habéis visto subir volverá un día rodeado de gloria y majestad».

Los discípulos bajaron los ojos asombrados a la vista de tan estupendo prodigio; pero María vería sin duda penetrar a su Hijo en la mansión del gozo eterno cuyas puertas acababa de abrir con su muerte para dar entrada en ella a los desventurados hijos de Adán. Ella lo vería tomar posesión del trono que le estaba aparejado como vencedor de la muerte y del pecado, vería la corona inmortal con que fue ceñida su frente por mano del Eterno Padre. La que había bebido en toda su amargura el cáliz de la pasión, era conveniente que bebiese también en el cáliz de eterno gozo que Jesús acercaba en ese momento a sus labios. La que iba a quedar todavía en la tierra, como una enredadera privada de su arrimo, era justo, que para consolarse en su orfandad contemplase anticipadamente la gloria que coronaba a su Hijo.

Penetremos también nosotros como María en esa morada feliz, término dichoso de nuestra amarga peregrinación. Fijemos en ella nuestra vista para avivar nuestros deseos de alcanzarla por el mérito de nuestras buenas obras, y no separemos jamás de allí nuestro pensamiento. ¡Patria querida! ¡Quién pudiera respirar tus brisas perfumadas, descansar a la sombra de tus árboles de vida y beber en tus fuentes de dicha inmortal! ¡Ah! qué necios somos al poner nuestro corazón en la tierra, al cifrar nuestra felicidad en los vanos gozos del mundo y al fijar nuestros ojos en este valle de miserias, donde la desgracia es nuestra herencia, el llanto nuestro pan de cada día y la vaciedad el resultado de nuestros locos afanes. En el cielo todo es bienaventuranza: allí no hay hambres que atormenten, ni fríos que entumezcan, ni ardores que abrasen, ni dolencias que martiricen. Allí no hay más que una sola edad, la juventud; una sola estación, la primavera; un día sin noche, un cielo sin nubes… Allí el alma siente saciados todos sus deseos; la inteligencia, contemplando a Dios, conoce toda verdad; el corazón amando a Dios, se embriaga en océano de amor. Y todos esos goces serán eternos como el mismo Dios, allí no habrá jamás ni cambios, ni mudanzas, ni temores; lo que se poseyó desde el principio, será eternamente poseído.



Ejemplo
Nuestra Señora de la Saleta

Una de las últimas apariciones con que la Santísima Virgen ha demostrado su inagotable amor por los hombres es la que tuvo lugar el 19 de septiembre de 1846 en la montaña de la Saleta en Francia. Los favorecidos con esta maravillosa aparición fueron dos pastorcitos de aquellos contornos, llamados Melania Matthieu y Maximino Girant, hallados dignos por su angelical candor de ser ecos de la voz misericordiosa de María que llama al mundo a penitencia.
Cuando el sol había disipado las brumas que en la mañana coronan las alturas de la montaña, los dos pastores treparon por sus laderas guiando las ovejas confiadas a su cuidado. Cuando llegó la hora de hacer sestear el ganado, los dos niños bajaron a una hondonada donde brotaba un manantial de purísimas corrientes. Hallábanse en aquel sitio agreste y silencioso, cuando vieron cerca de ellos, sentada junto al barranco, a una esbelta y hermosísima Señora cercada de una luz suave como la de la luna, que tenía los codos apoyados en las rodillas y el rostro oculto entre las manos en la actitud del que padece un gran dolor. Sorprendidos los inocentes niños con esta aparición en aquellos parajes solitarios y absortos, tuvieron miedo y se preparaban a huir cuando la Señora, poniéndose en pie, les dice con una voz dulcísima que serenó sus corazones: «No temáis, hijos míos, acercaos, que quiero anunciaros una importante nueva».

Estas dulces palabras infundieron valor en el pecho de los tímidos pastores, y acercáronse a la Señora y se colocaron el uno a su diestra y el otro a su siniestra. En esta disposición, con el acento de una persona oprimida de dolor les habló más o menos en estos términos: «Hijos míos, vengo a deciros que mi divino Hijo está irritado con los que, por su culpa, no observan la ley, y va a castigarlos pronto. Si no lo ha hecho antes, es porque yo detengo su brazo vengador; pero pesa ya tanto que no bastan mis fuerzas a contenerlo, si mi pueblo no se enmienda. Nadie en el mundo es capaz de comprender las penas que sufro por los hombres, cuyos crímenes provocan la justa indignación de mi Hijo. Sólo a mi intercesión debéis la dilación del castigo; porque las súplicas de cualquier otro mediador no son ya bastantes, y por esto las mías son continuas…»

«Mi Hijo, dio a los hombres seis días para trabajar, y se reservó el séptimo; pero los hombres se lo niegan, no absteniéndose de trabajar los domingos… Las blasfemias son otro crimen con que irritan a Dios en gran manera; viendo que se profana indignamente su santo nombre, mezclándolo con palabras obscenas o injuriosas, por el más leve motivo… Innumerables cristianos desprecian la observancia del ayuno y de la abstinencia, y se arrojan, como perros voraces a la comida, sin hacer distinción de días ni de manjares prohibidos».

Después de estas quejas y amenazas, la celestial Señora comunicó separadamente a los dos pastores ciertos secretos que debían reservar por algún tiempo: pero que al fin, fueron comunicados al Papa Pío IX, de inmortal memoria, el año de 1851. Súpose entonces que los secretos confiados a Melania consistían en el anuncio de grandes castigos, si los hombres y los pueblos continuaban en el mal camino, de los cuales más de uno ha tenido ya cabal cumplimiento; y los secretos de Maximino anunciaban la misericordia y rehabilitación de todos.

Terminada la entrevista con los pastorcillos, la Reina del cielo les añadió:—«Os encargo que participéis a mi pueblo todo lo que os he dicho…» Luego comenzó a alejarse y a elevarse en los aires llena de majestad, hasta que vuelto el peregrino rostro hacia el Oriente fue desapareciendo como una visión fantástica ante los ojos atónitos de los pastores que la seguían con ávidas miradas, quedando iluminado el espacio con una claridad deslumbradora.

Hoy corona aquellos agrestes y memorables sitios una suntuosa basílica en honra de la bienaventurada Virgen María, para eterna memoria de esta dulce aparición, cuya verdad ha sido confirmada por la voz de los milagros y la aprobación de la Iglesia.

Acudamos a María para que continúe siendo nuestra abogada e intercesora delante de la Divina Justicia, justamente irritada por nuestras culpas.

 

Jaculatoria

Jamás perece ¡oh María!
Quien a tu seno se acoge
Y en tu protección confía.

 

Oración

¡Oh amorosísima María! ¡Qué dulce es para los desgraciados levantar hacia Ti sus miradas suplicantes e invocar tu protección en medio de las aflicciones de la vida! Hay en tu seno de madre consuelos que en vano se buscan en la tierra y bálsamo tan celestial que cura por completo las llagas más hondas que el pesar abre en el alma. No en vano todos los que padecen te invocan como a la soberana consoladora de todos los males, como el remedio de todas las dolencias, como el refugio en todas las necesidades públicas y privadas. Felices los que en Ti confían, felices los que te llaman y más felices aun los que te aman como madre y te veneran como reina. Por el gozo que experimentaste al ver subir al Cielo a tu Hijo para recibir las coronas del triunfo, te ruego que no me dejes jamás desamparado en medio de las tinieblas, de los peligros y de las desgracias que siembran el camino de la vida. No me desampares, Señora, hasta dejarme en posesión de la patria celestial; templa con tu mano cariñosa las amarguras de mi vida, y si fuere del agrado de Dios que yo padezca, dígnate sostenerme en las horas de la prueba para que no desfallezca antes de tocar el término de mi jornada, a fin de que sufriendo con Jesús, merezca gozar también de las eternas recompensas. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la felicidad del cielo, a fin de avivar en nuestro corazón el deseo de alcanzarla con nuestras buenas obras.

2. Oír una misa en sufragio del alma más devota de María.

3. Sufrir con paciencia las contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos y tratamos.