domingo, 16 de agosto de 2026

DE LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

 


Lunes de la XII semana después de Pentecostés

DE LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Lunes de la XII semana después de Pentecostés

DE LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice el Salvador: que muchos profetas y reyes desearon verle y oírle, y no le vieron ni oyeron.

Pondera con san Juan Crisóstomo que le desearon, porque le conocieron por fe, la cual siempre fue necesaria para la salvación; pero no le alcanzaron ni les cumplió Dios sus deseos, aunque se lo pidieron y rogaron con afectuosos gemidos y continuas plegarias.

Y a ti te ha hecho Dios esta merced sin merecerla, y te ha dado lo que no dio a tantos santos profetas y a tan poderosos reyes, por el amor que te tuvo y por los méritos y oraciones de tantos buenos como se lo rogaron y pidieron.

Reconoce la obligación en que estás de servirle, y saca de aquí propósito firme de perseverar en tus buenos deseos, los cuales o te los cumplirá a ti, o hará mercedes y gracias a los tuyos por ellos.

 

PUNTO II. Considera cómo Cristo da el primer lugar a los profetas y el segundo a los reyes, no sin misterio, para enseñarnos que, en su acatamiento, son preferidos los profetas y sacerdotes a los reyes de la tierra, y las personas espirituales y religiosas a los seculares, por nobles que sean.

Y aprende a hacer aprecio de las cosas y personas, anteponiendo siempre en tu estimación las que Dios más aprecia; y mira que, en su acatamiento, vale más un hombre santo, por vil que parezca a los ojos de los hombres, que todos los reyes y monarcas de la tierra.

 

PUNTO III. Considera cómo le preguntó el doctor de la ley por el camino del cielo, porque el más docto en las ciencias del mundo suele ser más ignorante en las del cielo, y porque a todos conviene hacerse discípulos para aprender la sabiduría espiritual y el camino de la vida eterna.

Saca de aquí deseos de aprenderla y resolución de hacerte discípulo de los que te pudieren enseñar, aunque ellos sean menos que tú, venciendo el empacho de aprender de otros, por muy docto que seas.

 

PUNTO IV. Considera cómo Cristo le conoció la intención con que le preguntaba, que no era tanto por aprender como por tentarle y cogerle en alguna palabra contra la ley, de que poder acusarle.

De lo cual has de sacar dos cosas.

La primera, conocer cómo Dios conoce las intenciones y te lee el corazón en todo cuanto intentas, y que atiende más a la intención que a la obra; y, por tanto, procura tenerla sana y recta en todas tus obras y palabras, si quieres agradar a Dios con ellas.

La segunda es mucha cautela en tus acciones y con las personas que tratares, en especial si no son declaradamente del bando de Cristo, porque no te engañen y perviertan con sus sofisterías y palabras.

Atiende a la cautela y prudencia con que respondió Cristo a este doctor, repreguntándole a él y convenciéndole con sus propias palabras; y pídele a Dios gracia para no caer en el lazo de tus enemigos, y luz y prudencia para salir con victoria de sus lides.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 17. LOS VIGILANTES CUIDADOS DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA DE NAZARET. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 17

LOS VIGILANTES CUIDADOS DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA DE NAZARET

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 17

LOS VIGILANTES CUIDADOS DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA DE NAZARET

 

Después de regresar Jesús a Nazaret con su Madre y con san José, «les estaba sujeto». Esto es todo lo que el Evangelio nos dice.

Cuando se pierde una cosa preciosa y luego se la vuelve a encontrar, se la aprecia mucho más y se la guarda con un cuidado mayor que antes.

Considera, pues, cuánto más querido debió de ser Jesús para María después de haberlo encontrado. Y puesto que le fue confiado hasta la edad de treinta años, ¿quién puede imaginar los cuidados con que lo atendió durante todo ese tiempo?

Pero, al verlo constantemente sumiso y obediente hasta a la menor de sus indicaciones, ¡cuánto debió sufrir su profunda humildad! ¡Y qué violencia debió hacerse su Corazón al verse obligada a dar órdenes a Aquel de quien se consideraba totalmente indigna de recibirlas!

Estos son misterios incomprensibles en esta vida, cuya plena inteligencia solo tendremos en el cielo.

¡Cuán querido nos resulta Jesús cuando, reconciliado con nosotros por nuestro arrepentimiento, vuelve a tomar posesión de nuestro corazón, del que nuestros pecados lo habían expulsado!

¿Con cuánto cuidado hemos conservado entonces su gracia, esa perla de valor incomparable? ¿Y cuánto nos hemos humillado ante su divina Majestad al contemplar que Jesús se abaja hasta venir a nosotros para hacerse nuestro alimento en la Sagrada Comunión?

¡Oh dulce Jesús mío!, ¿no soy yo un verdadero monstruo de ingratitud? ¿No debería estar ya en el infierno a causa de mis pecados? Habéis usado conmigo una misericordia tan grande que me habéis concedido nuevamente vuestra gracia y, además, os habéis dignado venir a habitar en mí por medio de la Santa Comunión. Y, sin embargo, vivo olvidado de tantos beneficios y de tantos favores.

¡Ah, no! Que ya no sea así en adelante.

¡Oh dulce Luz de mi alma! ¡Oh mi consuelo! ¡Oh Padre mío!

ORACIÓN

¡Oh María! ¡Qué profundos sentimientos de humildad tenías al ver a Jesús, siempre obediente al menor signo de tu voluntad! ¡Con cuánto respeto, con cuánta ternura y con cuánto amor le prodigabas tus cuidados! ¿No gozamos también nosotros de una dicha semejante cuando recibimos en nuestro interior a nuestro divino Salvador en la santa Comunión, cuando nos unimos a Él y, por así decirlo, lo tenemos tan cerca que podemos pedirle todas las gracias que necesitamos, seguros de que nos las concederá si buscamos únicamente la gloria de Dios y la salvación de nuestra alma? ¡Oh buena Madre nuestra!, alcánzanos los mismos sentimientos que animaban tu corazón, para que sepamos aprovechar dignamente nuestras comuniones. Amén.

 

FLOR. Rezar el Te Deum en acción de gracias por los beneficios recibidos, y tres Avemarías a la Santísima Virgen, por cuya intercesión nos han sido concedidos.

 

FRUTO. Penetrarse de la excelencia de la gracia divina; prepararse bien para recibir la Santa Comunión; y manifestar a Dios una sincera gratitud por todos sus beneficios.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.