En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Sin duda me diréis
aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que
hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún
profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas
en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo
una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías
sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había
en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado
sino Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y,
levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del
monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero
Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Lunes
de la III semana de Cuaresma
Ningún
profeta es bien recibido en su patria
Lc
4, 23-30
Estando
Cristo en su patria entró en la sinagoga, y leyó un capítulo de Isaías profeta,
que hablaba de su venida, y les declaró a los presentes los cuales indignados
de oírle, le echaron con violencia de ella, y sacándole fuera de la ciudad, le
quisieron despeñar de un monte abajo: más pasando por en medio de ellos salió
libre de sus manos,
PUNTO
PRIMERO.
Considera cuánta verdad es lo que dice Cristo, que en todas partes es oído y
hace provecho el profeta, sino es en su patria, pues el mismo Cristo que le
hizo tan grande en todas no le hizo entre los suyos: no te ciegue el amor de
los parientes, ni el celo de los amigos, sino retírate de ellos y cree que en ninguna
parte aprovechará menos que entre ellos; y que para tu aprovechamiento y el de
tus prójimos te conviene el retiro de todo lo que es carne y sangre como lo
enseña Cristo.
PUNTO
II.
Considera aquella sentencia del Salvador, que dice: médico, cúrate a ti mismo
¡Oh qué grande engaño es curar a los otros y no a ti mismo! echar agua en la
casa ajena estándose que mando la propia. Toma el consejo del Salvador y mete la
mano en tu pecho y mira tus llagas y cuida de curarlas y deja las ajenas, pues
tu salud es la primera y la que debes procurar ante todas cosas.
PUNTO
III.
Considera la ira que engendró la doctrina de Cristo Señor nuestro en los
corazones de los fariseos, porque en los de los buenos engendra devoción y
santos deseos , y en los de los malos ira, envidia y obstinación por su
malicia; atiende a lo que pasa por ti y considera qué efectos causa en tu corazón
la palabra del Señor, y cuántas has oído y qué frutos has sacado de ellas, y
llora las pérdidas pasadas, y pídele con instancia y humildad, que tenga en ti su
divina palabra los efectos que pretende el que la dice y los que tiene en los
corazones de los buenos.
PUNTO
IV.
Considera el poder infinito de Cristo Redentor y Señor nuestro junto con su
paciencia y mansedumbre; pues por una parte se dejó atropellar y maltratar,
echándole a empellones de la sinagoga, y llevándole a la cumbre del monte para
despeñarle; y por otra se libró de sus manos solo con su voluntad, pasando por
en medio de ellos: aprende mansedumbre y paciencia en las contradicciones que
padecieres de tus enemigos, y grande confianza en el poder infinito de Dios que
te librará de todos con suma facilidad, como libró en esta ocasión a su
Santísimo hijo, reservándole de la muerte que pretendieron darle sus enemigos.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
"Mírame,
oh, bueno y dulcísimo Jesús:
en
tu presencia me postro de rodillas,
y
con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón,
dulcísimo Jesús,
vivos
sentimientos de fe, esperanza y caridad,
verdadero
dolor de mis pecados
y
propósito firmísimo de enmendarme;
mientras
con gran afecto y dolor
considero
y contemplo en mi alma tus cinco llagas,
teniendo
ante mis ojos aquello
que
ya el profeta David ponía en tus labios
acerca
de ti:
'Me
taladran las manos y los pies,
puedo
contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".
Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece
después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos
términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las
condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.
Lunes
de la III semana de Cuaresma.
DE LA PRISIÓN DE CRISTO NUESTRO SEÑOR.
PUNTO
PRIMERO.
Considera cómo en dándoles permisión el Salvador, llegó toda aquella turba de
los soldados atrevidamente y le echó mano y prendió como a malhechor:
levantarían el grito y correría la voz con gran júbilo de todos que apellidaron
victoria, y se darían el parabién del suceso unos a otros, y luego a porfía le
asirían y maltratarían, diciéndole muchos baldones y haciéndole cuantas
injurias pudiesen, así le cargarían de golpes y bofetadas y le atarían
fuertemente, porque no se les fuese como les había advertido Judas. ¡O alma
mía! ya es tiempo que des lugar a la compasión y a las lágrimas viendo lo que
el Salvador pasa por tí: tú hiciste el delito, y él es puesto en cadenas y
grillos por amor de tí. ¡Oh Señor y qué gracias os daré por tan grande merced!
dadme gracia para que siquiera os acompañe con la compasión que debo y con el
dolor de haberos ofendido.
PUNTO
II.
Considera cómo san Pedro viendo el atrevimiento de los soldados se puso en
defensa al lado del Salvador, y del primer golpe cortó la oreja a un soldado, y
Cristo le fue a la mano y le mandó que envainase y no impidiese el cáliz de su
pasión, y juntamente se bajó y tomó la oreja del suelo y con suma piedad la
puso en su lugar y sanó milagrosamente al soldado de la herida que había
recibido. Bendito seáis, Señor, que aunque estáis preso, tenéis siempre libres
las manos para hacer bien a todos y más a los que más os ofenden. Contempla
aquella paz del Salvador del mundo en medio de aquella guerra y la compostura
que guarda en medio de tan grande turbación; y la piedad y benignidad con que
sana al herido, y como no quiere ser defendido de nadie, sino dejado a la
voluntad de su padre, y aprende a no vengarte y a dejar tus agravios en las
manos del Señor. Alza los ojos al cielo y mira los ejércitos celestiales que
tiene este Señor en su servicio todos armados y detenidos por la voluntad, para
no defenderle, alabando y engrandeciendo su paciencia: acompáñalos tú y no
ceses de alabarle y engrandecerle con ellos.
PUNTO
III.
Considera cómo huyeron todos los que le seguían y los que habían blasonado de
morir a su lado: pondera qué poco hay que fiar en ofertas de hombres, ni en
amigos ni parientes, y pon toda tu confianza en Dios y no imites a los que le
dejaron en sus trabajos, dejándole tú en el tiempo de padecer, porque si
entonces le vuelves las espaldas y rompes en impaciencias y despechos,
desamparas a Cristo Señor nuestro en su pasión.
PUNTO
IV.
Ahora has de hacer dos caminos, uno con los discípulos que huyeron, y otro con
Cristo que va preso en medio de sus enemigos: mira a los discípulos
descarriados, cada uno por su parte, sin saber qué consejo tomar, tristes,
afligidos y avergonzados por haber dejado a su santo maestro en poder de los
homicidas, que así se halla quien deja la compañía de Cristo por temores y
respetos humanos; y si quieres camina con san Juan al retrete de la Beatísima Virgen,
a donde sin duda iría a darle la nueva de lo que pasaba; entra con él, oye lo
que dice y atiende el sentimiento que tendrían la Virgen y aquellas santas
mujeres que la acompañaban, el dolor de su corazón y las lágrimas que correrían
de sus ojos, y cómo procurarían consolarla, y mira lo que pasaron toda aquella
triste noche, y luego vuelve con Cristo y acompáñale en su prisión. Mira cómo
le llevan atadas las manos con lazos a la cintura y a los pies, dándole
empellones, medio corriendo y a veces arrastrándole, el rostro encendido y
acardenalado de los golpes, adelantándose unos y corriendo otros por ganar las
albricias con los pontífices: y contempla en este mar de afrentas y dolores, la
serenidad del Salvador del mundo y la paz de su alma, como cordero en medio de
los lobos, sufriendo sus injurias sin despegar su boca, y muévete a compasión
de tantas penas como pasa, y a imitación de tantas virtudes como ostenta.
Al
finalizar
INVOCACIONES
A JESÚS EN SU PASIÓN
San
Buenaventura
Dulcísimo
Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el
amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación:
¡Ten misericordia de mí!
Benignísimo
Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios,
irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de
mí!
Pacientísimo
Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios,
afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia
de mí!
Mansísimo
Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes;
por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de
la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Piadosísimo
Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde
la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser
crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia
de mí, ten misericordia de mí! Amén.