martes, 7 de abril de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: ES EL SEÑOR


MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Rito Romano 1962

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Jn 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

 
Textos de la Misa  MIÉRCOLES DE PASCUA

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EVANGELIO DEL DÍA: SOY YO, NO TEMÁIS


MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas

Lc 24, 36-47

En aquel tiempo, Jesús se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

 
Textos de la Misa  MARTES DE PASCUA
 
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lunes, 6 de abril de 2026

De la aparición de Cristo a los Apóstoles juntos. (Luc. 24.)

 


Martes de la octava de Pascua.

De la aparición de Cristo a los Apóstoles juntos. (Luc. 24.)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Martes de la octava de Pascua.

De la aparición de Cristo a los Apóstoles juntos. (Luc. 24.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo estando todos los Apóstoles y discípulos de Cristo juntos el día de su resurrección, les apareció Cristo glorioso y los consoló hablándoles con aquellas dulces palabras. La paz sea con vosotros: yo soy, no queráis temer; porque adonde Dios está siempre hay paz, y la paz engendra seguridad y destierra todo temor. Pondera el cuidado de Cristo en recoger sus ovejas, visitarlas y consolarlas; pídele que no se olvide de ti, sino que te visite y asista, y te dé paz, quietud y tranquilidad de corazón, desterrando de él toda congoja y temor,  porque teniendo a Dios no hay que temer aunque todo el mundo se arme contra ti.

 

PUNTO II. Considera cómo no acabando de persuadirse los discípulos que era el Señor quien les hablaba por la grandeza de su gozo, les mostró sus llagas diciéndoles: Miradlas y tocadlas, que yo mismo soy, y no solo el espíritu,  porque el espíritu no tiene carne ni hueso como veis que tengo yo. Pondera que de santa María Magdalena no se dejó tocar el mismo día, y a los Apóstoles les mandó que le tocasen; porque santa María Magdalena no necesitó de aquella experiencia para su fe, creyendo firmísimamente que había resucitado; los Apóstoles y discípulos la necesitaron, y así les dio a tocar sus llagas; en que conocerás que muchas veces, flacas mujeres vencen en fe y devoción a los varones sabios, y juntamente la benignidad del Salvador que con tanta humildad se entregó a que le tocasen y palpasen para desterrar su incredulidad; mira con cuanta devoción llegaría toda aquella santa compañía a tocar las llagas de Cristo, el gozo que sentirían en sus almas; y llega tú también con suma reverencia a adorarlas y venerarlas como instrumentos de tu redención y puerto seguro de tu navegación.

 

PUNTO III. Considera cómo para asegurarles más en su fe, les pidió que le diesen alguna cosa si tenían de comer, y ofreciéndole un pedazo de pez y otro de pan, comió delante de todos, para que se desengañasen que no era espíritu como imaginaban, sino hombre verdadero ¡Oh grande amor y fineza del Salvador! que siendo bienaventurado, de cuyo estado es ajeno el comer y beber, salió de su curso y se humilló,  haciendo acciones de viador y de estado tan inferior al suyo, por ganar a los hombres y rescatarlos de la infidelidad y establecer la fe de su resurrección: dale muchas gracias por ello, y mira tú qué debes hacer por el bien, así de tu alma como de las de los tuyos, y cuando convenga no dudes de humillarte a acciones humildes, bajando del porte de tu estado a imitación de Cristo Señor nuestro; aquí comió lo que le dieron sus discípulos, y a ti te da de comer a sí mismo en la mesa del altar. Considera las gracias que le debes dar por ello, y el amor y voluntad con que le debes servir por tan señalada merced.

 

PUNTO IV. Considera las palabras con que remató su visita, diciéndoles que así convenía que padeciese Cristo y resucitase de los muertos para entrar en su gloria, y predicar en todo el mundo la penitencia y el perdón de los pecados. Pondera para tu provecho, que si Cristo hubo de pasar por la cruz y muerte afrentosa para entrar en su gloria, cuánto más conviene que pases tú por ella, para entrar en la gloria que no es tuya; y que manda predicar penitencia y perdón de pecados, porque están encadenados y no se halla lo uno sin Io otro; si quieres alcanzar el perdón, es necesario que hagas penitencia de tus pecados; resuélvete a ello, y pídele a Dios gracia para cumplirlo.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DÍA 7 San José, elegido por el Señor para vicario suyo junto a su Único Hijo. Humildad en los favores celestiales.

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 7

San José, elegido por el Señor

para vicario suyo junto a su Único Hijo.

Humildad en los favores celestiales.

 

La humildad precede a la gloria.

Provervbios 15, 33

 

Después de haber sido elegido por Dios para ser el casto esposo de María, San José es, en consecuencia, ensalzado a la dignidad de padre de Jesús. Esta segunda prerrogativa, tan grande y maravillosa, no es sino un efecto y continuación de la primera. José es el padre del Salvador de los hombres, porque es el dueño de la divina Madre que lo dio al mundo; del mismo modo que las flores y los frutos que el sol produjera de por sí en una tierra virgen, pertenecerían al propietario de la tierra, así el divino Infante, concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo, pertenece a José, quien es el dueño de ese huerto cerrado, Hortus conclusum, en el que germinaron la flor de los campos y el lirio de los valles: Ego flos campi et lilium convallium.

Jesús -dice San Fulgencio- es el fruto, el ornamento, el precio y la recompensa de la virginidad que le atrajo del cielo a la tierra. Por su pureza María agrado al Padre Eterno, y por su pureza también la hizo fecunda el Espíritu Santo. ¿Y no puede decirse -exclama Bossuet- que José es parte de ese gran milagro? Por cuanto si la pureza angélica es el tesoro de María, esta, a su vez, es el depósito del justo José; le pertenece, por su unión con la Santísima Virgen y por los amorosos cuidados con que la conserva. Oh sublime virginidad, si tú eres el tesoro de María, eres también el tesoro de José. María la consagro, José la conserva, y ambos la presentaron al Padre Eterno coma un bien custodiado por comunes afanes.

Por lo tanto, si él tiene tan grande parte en la virginidad de María, tiene parte también en el fruto de su seno, y he aquí que Jesús es su Hijo; por la alianza virginal que lo une con su Madre. San Agustín lo dice en pocas palabras: Propter quod fidele coniugium parentes Christi vocari ambo meruerunt. ¡Oh, misterio de pureza! ¡Oh, bienaventurada paternidad! ¡Oh, luz incorruptible que fulgura doquiera de aquella unión admirable! ...

Pero, ¿para que recurrir a razones y a la autoridad de los doctores, para establecer una verdad que hallamos claramente expresada en las Sagradas Escrituras?... En efecto, en ellas encontramos que los Evangelistas, al hacer la genealogía de Nuestro Señor Jesucristo, nos ofrecen la de San José, y los mismos ángeles lo reconocen coma a verdadero jefe de la Sagrada Familia, pues a él le trasmiten las ordenes de Dios.

El Espíritu Santo da a San José el título de Padre de Jesús, en el texto de San Lucas: «Su padre y su madre -es  decir, José y María- admiraban cuanto se decía de Él». Y María también, queriendo referirse a José, dice: «Tu padre y yo te andábamos buscando». Observemos coma tiene el cuidado de nombrarlo a él primero, cual si fuera realmente un padre común. Y no hay que creer -dice San Agustín- que Jesús le niegue este nombre, por lo mismo que no rehúsa darle el de Madre a María. Y si en algún momento parece desconocerlos, notemos que es cuando está en el templo, donde no llegan las vinculaciones humanas. En todas las demás circunstancias -dice San Bernardino de Siena-, Jesús, a ejemplo de María, no dejó nunca de dar a José el dulce nombre de padre: O quanta dulcedine audiebat Joseph babultiemtem parvulum se patrem vocare!...

¡Oh bienaventurado José, que gloria para vos la de ser el padre de un Hijo que es Hijo único de Dios mismo!... Vos sois su padre, porque el Padre Eterno os hizo participar de sus derechos; porque representáis al Espíritu Santo, por cuya obra tiene la vida; lo sois en calidad de casto esposo de María, su Madre divina; lo sois, finalmente, porque llenasteis todos los deberes de tal con amor inefable.

Dios -dice San Juan Damasceno- dio a José el amor, la vigilancia y la autoridad de padre sabre Jesús. Le dio afecto de padre, a fin de que le gobernara con amor; la solicitud de padre, para que le asistiera en todas sus necesidades; la autoridad de padre, a fin de que fuese obedecido en todo cuanto le ordenara a Jesús. Y José es reconocido coma jefe de la Sagrada Familia; tiene en sus manos el tesoro sagrado de la salvación y de la redención de los hombres; dirige todos los pasos de ese Niño que adora, y goza del privilegio insigne de sostener una vida tan preciosa con el trabajo de sus manos.

Confesemos, por lo tanto, que así como María, permaneciendo virgen, es Esposa de José y Madre de Jesús; José, por la misma razón, sin menoscabo de su pureza y sin ofender el honor de Jesús y de María, es el casto esposo de María y el padre de Jesús.

Pero si el título de esposo de María nos da tan alta idea de la santidad de José y de los dones excelentes que recibe de Dios, ¿quién podrá expresar las gracias especialísimas con que fue enriquecido, coma padre nutricio del Hijo de Dios? ¿Qué mayor honor podría hacer un rey a su favorito, que poner en sus manos, confiar a su custodia al heredero de todos sus estados, para nutrirlo, criarlo y acompañarlo por todas partes, con la misma autoridad que si fuera el rey? ... Y es así coma Dios obró con San José, al entregar en sus manos a su Hijo único y dilectísimo, el espejo inmaculado de su infinita majestad, el esplendor de su gloria, la imagen de su esencia, el heredero universal del cielo y de la tierra. ¡Ah, sí, toda grandeza humana se eclipsa y desaparece ante el título incomparable de padre de Jesús! Reyes, profetas, apóstoles, aun cuando seáis grandes a nuestros ojos, hallamos tanta diferencia entre vosotros y el padre del Hombre-Dios, cuanta hay entre el sol y esas débiles estrellas cuya pálida luz apenas llega hasta nosotros.

Gracias a la misericordia de Dios, los apóstoles, los vírgenes, los mártires, los confesores se multiplicaron en el seno del cristianismo con una maravillosa fecundidad. Dios los ha difundido por miríadas en el cielo de su Iglesia, coma a los astros en el firmamento; pero el título de padre de Jesús no puede dividirse ni con los ángeles, ni con los santos. El espíritu humano se confunde a la vista de tanta grandeza; José comparte la eminente condición de padre de Jesús con el mismo Dios. Sin dejar de ser virgen, tiene la gloria de ser padre de Aquel que es engendrado por el Padre celestial, desde toda la eternidad, en el esplendor de los santos.

¡Ah, sí, elevemos nuestro pensamiento y consideremos cuánta es la gloria de San José al ser llamado padre del mismo Hijo de Dios!... San Cirilo, patriarca de Jerusalén, prueba admirablemente que el nombre de Padre es más glorioso para la primera Persona de la Santísima Trinidad, que el nombre de Dios; porque -dice este gran doctor de la Iglesia- el nombre de Padre se refiere a su único Hijo, con el cual es consustancial y un mismo Dios con Él, mientras que el título de Dios es con respecto a las criaturas, que son infinitamente inferiores a Él; por lo que se desprende que es infinitamente más glorioso ser el Padre de ese Hijo único, que no ser Dios de todas las criaturas existentes y posibles.

Aun cuando Dios nos diga en la Sagrada Escritura no haber otro Dios más que Él, no es tan celoso de este nombre, pues permite a sus siervos servirse de él, y al adoptarlos por hijos, los llama Él mismo, dioses: Ego dixi, dii estis, et filii excelsi omnes. Pero el nombre de Padre de su único Hijo es el título de honor que se reserva para Él exclusivamente. Los más encumbrados serafines no tienen otro nombre más que el de siervos de Dios. San José es el único que tiene la gloria de compartir con Dios el nombre de Padre de Jesucristo. Nomine paternitatis neque angelus licet brevi temporis spatio nuncupari, hoc unus Joseph insignittur (San Basilio).

Cuando la Sagrada Escritura nos habla del Unigénito de Dios, dice: Unigenitus qui est in sinu Patris, el Hijo unigénito que está en el seno de su Padre. ¿De qué Padre habla? ¿Tal vez del Padre Eterno?... Es indudable, pues que Cristo reposa desde todos los siglos en el seno de ese Padre divino como en el centro de sus eternas complacencias. Pero ¿no pueden aplicarse también esas mismas palabras al padre adoptivo, San José?... El divino Salvador, que se apacienta entre lirios, halló sus delicias en el corazón tan puro del que llama padre suyo.

¡Cuántas veces, al invitar José a su Hijo divino a sentarse a la mesa, lo habrá hecho sirviéndose de las palabras que su antecesor David pone en boca del Eterno Padre en la gloria: Sede a dextris meis: Venid, Hijo mío, sentaos a mi derecha».

¡Oh, privilegio exclusivo de este gran santo!...

El título de padre de Jesucristo es un favor único, un privilegio incomparable, una distinción sin segundo, y que no habrá de repetirse en el curso de los siglos; pero este título importaba para José la mayor de las obligaciones, debía rendir a Dios en proporción de cuanto recibía, y en consecuencia, vivir consagrado a aspirar a la más sublime santidad y consagrado a la voluntad divina, absolutamente muerto a sí mismo, pronto a someterse a las más duras pruebas, y tomar parte en las que había de sufrir ese Hijo divino que el Padre Eterno confiaba a su solicitud.

Tal vez hasta el presente no hayamos visto en este carácter de padre de Jesús, nada más que una dignidad a la que José es elevado por sobre los ángeles y los santos, y bajo este aspecto parece que debiera sentirse bienaventurado por haber sido elegido para tan augusto ministerio; pero nos engañamos grandemente, porque esto es mirar las cosas sobrenaturales con los ojos del cuerpo.

Por sumisión, por obediencia, sin olvidar su nada, San José acepta un título que le dará autoridad sobre un Dios hecho Hombre. Ejerciendo sus derechos de padre, no puede olvidar José que es siervo de ese a quien gobierna. Cuanto más es ensalzado, más humilde se siente. Tal es el efecto de las grandezas que nos vienen de Dios, si las sabemos recibir y valorar come corresponde. Estas grandezas conducen a la práctica de las más altas virtudes, y en especial de la humildad. El desprecio de nosotros mismos debe aumentar en proporción al grade a que Dios quiere elevarnos. Debemos tener en cuenta que lo que más nos acerca a Él, no son, precisamente, las gracias que Él nos hace, sine nuestra constancia en el desprecio de nosotros mismos.

¡Oh pequeñez, oh humildad, quien pudiera llegar a conocer todo tu valor, y aprender a preferirte por sobre todas las cosas, para hacerse siempre más pequeño!... Afortunado quien sabe hacerlo así; ese es verdaderamente grande a las ojos de Dios. Fuera de esta, no existe otra grandeza sobrenatural; y después de Jesús y de María, San José nos da el más sublime ejemplo.

 

MÁXIMAS DE VIDA INTERIOR

 

El no atribuirse nunca nada y pensar bien de los demás, es grande ciencia y perfeccion (Imitación).

Piensa que no posees sino una sombra de humildad cuando te humillas, si no consientes de buen grado en ser humillado por los demás (P. Huby).

Es verdaderamente grande el que es pequeño a sus propios ojos, y para quien los honores del mundo son una verdadera nada (Imitación).

 

AFECTOS

Bienaventurado San José, apenas vislumbramos los primeros rayos de vuestra gloria, y ya nuestros ojos deslumbrados no pueden soportar el esplendor de tanta grandeza. Sois verdaderamente el padre de Jesús, pues Dios mismo os designo tal, y os dio todos los derechos que a tan grande título corresponden. El que forma a su gusto el corazón de los hombres, os ha dado un corazón de padre, y a Jesús un Corazón de hijo. Bienaventurado San José, sed también nuestro padre; tened entrañas de padre para todos aquellos a quienes Jesús amo hasta hacerse su hermano. Tened para nosotros el amor que habéis tenido para ese Hijo adorable. Vuestro corazón, el más santo y el más puro, después del de Jesús y de María, será nuestro asilo y el refugio en nuestras necesidades y en todas nuestras penas. Por vuestra mediación, oh corazón amable, alcanzaremos llegar al Corazón de Aquel que quiso ser llamado Hijo vuestro. Así sea.

 

PRÁCTICA

 

Agregar alguna vez a la salutación Angelica estas palabras: «Rogad por nosotros San José, para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo».