sábado, 7 de febrero de 2026

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

 

Domingo de Sexagésima.

La Parábola del Sembrador.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Domingo de Sexagésima.

La Parábola del Sembrador.

Lc 8, 4-15

El Evangelio es de san Lucas, y contiene la parábola del sembrador, de cuya semilla se malograron las tres partes, y la cuarta se logró y dio tal fruto, que recuperó en ella lo perdido, lo cual declaró Cristo en su parábola que en unos se malogra, y en otros se logra y da copioso fruto.

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dicen san Crisóstomo y Beda, el sembrador de quien se habla aquí es el Hijo de Dios, que bajó del cielo a la tierra, no a castigarla como cuando buscó a Adán, sino a sembrarla y enriquecerla con sus dones. Mira a la tierra seca, árida y sin fruto, y al Hijo de Dios que la trueca en paraíso con la semilla de su divina palabra; y dale muchas gracias porque se ha dignado de hacer al mundo esta merced, y pídele que no se olvide de ti, ni deje seco y sin fruto tu corazón, sino que le riegue con el agua de su gracia, y le siembre y haga fructífero con la semilla de su divina palabra.

PUNTO II. Considera lo que dice el Salvador, que la palabra de Dios es semilla, no solo por el fruto que da a las almas, sino porque la semilla se siembra en el otoño y da fruto en el verano; no te congojes si no sintieres luego el fruto de la palabra de Dios, más guárdala y abrígala en tu corazón, que a su tiempo le dará cuando Dios fuere servido; ni desesperes tampoco de tus prójimos, si no los vieres tan aprovechados con los sermones como debieran; más espera con paciencia en la bondad del Señor, y ruégale que envíe sobre todos el riego de su divina gracia, con el cual fructifique en ti y en todos la semilla de su palabra.

PUNTO III. Considera lo que dice Cristo, que la palabra de Dios es semilla propia suya, porque como dice san Gregorio, ahora se siembre por mano de los profetas, ahora por mano de los apóstoles o predicadores, confesores o superiores, siempre es suya, y se ha de oír y recibir como si saliera de su boca, en que aprenderás la estima que debes tener de la palabra de Dios y de los que la predican , y cómo la debes oír y obedecer. Considera y piensa despacio con qué atención y respeto oyeras a Cristo, y cómo le obedecieras en cuanto te mandara, y piensa que de la misma manera debes oír a los predicadores y padres espirituales, pues son suyas las palabras que te dicen, y el mismo Salvador te habla por su boca. Dale gracias por esta gracia, y pídesela de nuevo para lograr en tu alma su divina palabra

PUNTO IV. Pondera lo que advierte el sagrado Evangelista: conviene a saber, que predicando este sermón Cristo clamaba con vivo sentimiento, porque de cuatro partes de la semilla se malograban las tres, y solo una daba fruto. Entra dentro de ti mismo, y mira cuántas partes se han perdido de la semilla que Dios ha sembrado en tu alma; ya de sermones, ya de inspiraciones, ya de buenos consejos, ya de ejemplos santos de tus prójimos, y hallarás que de cien partes apenas se ha logrado una ¿Pues qué sentimiento será el del Señor viendo en ti pérdida tan grande parte de la semilla de su palabra? Mira qué cuenta darás a Dios de estas perlas preciosas, con que otros han granjeado en poco tiempo grandes colmos de merecimientos, y tú en tantos años te hayas más pobre que al principio. Clama al Señor y pídele que te perdone, y que pues él da la semilla, el logro y el fruto, que tenga piedad de ti, y te dé su santo espíritu para lograr su divina palabra, obrando con ella sin que se pierda en ti el fruto que su Divina Majestad desea.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

8 de febrero SAN JUAN DE MATA FUNDADOR #santoral #santos

 

San Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad, redención de cautivos. — 8 de febrero.
(+ 1213)

    No dudando ya San Juan y San Félix que Dios los tenía destinados para trabajar en la redención de los cautivos cristianos, que gemían oprimidos con el cautiverio de los moros, tomaron la resolución de ir juntos a Roma, para declarar al Sumo Pontífice sus intentos, y saber del Supremo Oráculo de la Iglesia lo que debían ejecutar. Admirado Inocencio III de su caridad y de su celo, alabó su generosa resolución; pero como se hallase dudoso e indeciso en orden a aprobar el nuevo Instituto que le proponían, acabó de determinarle una visión celestial: porque estando diciendo Misa en San Juan de Letrán el día 28 de enero, se le apareció un ángel vestido de blanco, con los mismos símbolos con que se le había aparecido a San Juan de Mata cuando dijo en París su primera Misa. Aprobó pues con elogio la nueva religión, queriendo que los que la profesasen vistiesen el hábito blanco, con una cruz roja y azul en el pecho; y que por alusión a esta misteriosa variedad de colores, se llamase el nuevo Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos.
Toda su ansia era pasar a África, y su mayor consuelo sería, como él mismo solía repetirlo, quedarse cautivo por la redención de algún cristiano. Pero deteniéndole en Roma el Sumo Pontífice, por aprovecharse de sus prudentes consejos en los negocios más importantes de la Santa Iglesia, envió dos de sus religiosos a Marruecos, que hicieron una redención de ciento ochenta y seis cristianos cautivos. Encendióse más su celo con un suceso tan pronto como feliz. Estábase disponiendo para partir a 
África cuando el Papa le envió por Legado de la Santa Sede al Rey de Dalmacia, con título de capellán suyo. 


SEGUNDO DOMINGO DE SAN JOSÉ EN HONOR DE SUS DOLORES Y GOZOS

SEGUNDO DOMINGO

Sobre los dolores y gozos de San José

en el nacimiento del Hijo de Dios en un establo.

 

EJERCICIOS DE LOS SIETE DOMINGOS

consagrados a honrar

los Dolores y Gozos de San José

 

Por la señal de la santa Cruz…

 

ACTO DE CONTRICION

Oración inicial para cada Domingo

Dios y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia, pero os lo pido por los méritos de vuestro Padre nutricio, San José.

Vos, glorioso San José, Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de mi alma. Amén.

 

A continuación, se lee la meditación propuesta para cada domingo.

 

SEGUNDO DOMINGO

La Santa Comunión de este día se ofrecerá para dar gracias a San José por los favores que nos ha alcanzado; la indulgencia plenaria se aplicará por las almas del Purgatorio que tuvieron devoción especial a la Sagrada Familia.

 

MEDITACIÓN SEGUNDO DOMINGO

Sobre los dolores y gozos de San José

en el nacimiento del Hijo de Dios en un establo.

1. El momento en que la Augusta Virgen María va a dar al mundo el Mesías prometido, desde tantos siglos, ha llegado. Es en vano que José pida para su angelical esposa un asilo a los habitantes de Belén; sólo recibe negativas y desdenes. Así es como se cumple a la letra el pasaje del Evangelio: “El Hijo de Dios ha venido en medio de los suyos, y éstos se han negado a recibirle.” José se ve precisado a guarecerse en un establo abandonado; allí es donde quiere nacer el Hijo del Eterno para morar entre los hombres ¡Qué dolor tan inmenso para el corazón de José viendo al Divino Niño asimilado a los animales, echado como ellos sobre un poco de paja húmeda y fría, en la estación más rigurosa del año! ¡Cómo resonaría hasta en lo más íntimo de sus entrañas de padre, el primer lamento del Salvador ocasionado por sus sufrimientos! ¡Cuán dulces y amargas fueron las lágrimas que mezcló a las que el Niño Dios derramaba ya por nuestras faltas!

2. José prosternado con la frente en el polvo, adora al recién nacido como a su Dios; le reconoce a pesar de su anonadamiento y su debilidad por el Creador del Cielo y de la tierra, por el Salvador y Redentor del mundo, le ofrece su corazón, sus fuerzas, su vida entera, y le da mil gracias por haberle escogido entre todos para servirle de padre. Y para colmo de su alegría, María le presenta a su Divino Niño que Dios confía a su ternura; José le recibe de rodillas, le estrecha con tanto respeto como amor sobre su corazón, le baña de lágrimas, le cubre de besos, le ofrece al Padre Eterno como rescate de su pueblo, esperanza y alegría de Israel, y le deposita de nuevo en los brazos de su querida Madre como el único altar bastante puro para recibirle. ¡Oh! ¡Cómo olvida las fatigas y las angustias de la víspera cuando oye a los ángeles celebrar con cánticos armoniosos el nacimiento de Aquél que él podría llamar su Hijo! Más rico que todos sus antepasados, en medio de sus privaciones, San José posee el más precioso tesoro del cielo; ante su gloria se eclipsa toda la de su regia estirpe. Él podía contemplar con sus ojos, estrechar contra su corazón al Emmanuel que David saludaba de lejos en sus proféticos aciertos como su Señor y su Dios; iba a pasar su vida con Aquel que sus antepasados habían deseado con tanto ardor ver su venida. ¿Qué gloria no queda eclipsada en presencia de esta gloria? ¿Qué dicha no desaparecerá ante esta felicidad? Así es como Dios forma en el corazón tan puro de José una inefable mezcla de alegría y de pena, de gozo y de dolor; pero el dolor no turba su gozo y la alegría nada quita a la amargura de su pena, porque la una y la otra proceden de un mismo principio y el amor que le hace gozar, le hace también padecer.

 

EJEMPLO

La priora de un convento de religiosas escribe el siguiente caso: Una de nuestras hermanas religiosas, de edad de 28 años, que había gozado siempre de cabal salud, fue atacada hace ocho meses de un mal a la garganta que le hizo perder enteramente la voz, extendiéndose muy largo hasta el estómago: una opresión continua y pesada, dolores violentos en el pecho y en las espaldas, una suma debilidad. Todo eso demostró ser una enfermedad de pecho el mal que padecía nuestra hermana, el cual declararon los médicos no tenía remedio. No desconfiamos por eso; acudimos a San José, y poniendo en él toda nuestra confianza le consagramos repetidas novenas, sin que se advirtiera ninguna mejoría en la pobre enferma. Como estaba tan débil que no podía andar, llevamos en procesión a la enfermería la venerable imagen de San José, acompañándola con cirios encendidos; y allí empezamos la devoción de los Siete Domingos, tan agradables al poderoso San José, para que nos obtuviese la curación que tanto deseábamos, durante la séptima semana, la enferma padecía mucho, estaba triste, y nosotras también porque fundadamente temíamos que bien pronto nos dejaría. No obstante, el domingo siguiente mostró deseos de ir al coro para asistir a la bendición del Santísimo, lo que efectuó con mucha pena sostenida por nosotras, y llegando allí sin poder respirar. En el acto de la bendición quiso seguir a las otras religiosas en el canto de un himno, lo que hizo con voz apagada. Este era el momento escogido por el Esposo de María para demostrarnos su poderosa intercesión. Encontré a la enferma que salía del coro y toda conmovida me dijo: “Puedo hablar con voz clara”, y volviendo al coro con nosotras se puso a rezar con fuerte acento unas letanías a San José. Todas estábamos a su alrededor, pasmadas, escuchando aquella voz que ocho meses hacía no habíamos oído, y dirigíamos mil preguntas a nuestra querida hermana, admirando en ella los dichosos efectos de la protección de nuestro amado Padre. Libre de toda opresión, no hallaba palabras para expresarnos lo que sentía y desde entonces, vuelta a su estado normal, practica todos los actos de comunidad.

 

Récense los dolores y gozos.

 

EJERCICIOS DE LOS 7 DOLORES Y GOZOS

DE SAN JOSÉ

Este ejercicio consiste en hacer memoria de los 7 dolores y gozos de san José, con su Padrenuestro, avemaría y gloria en cada uno de ellos. Se puede hacer cualquier día del año, pero tradicionalmente se rezan estos dolores y gozos durante 7 domingos consecutivos como preparación a la fiesta del Santo del 19 de marzo, comenzando 7 domingos antes de la fiesta.

La Iglesia ha concedido Indulgencias a esta devoción: 1ª.- 300 días de indulgencia cada domingo, rezando durante siete domingos consecutivos en el curso del año, a elección de los fieles, los siete gozos y siete dolores de san José, y el séptimo domingo se puede ganar además una indulgencia plenaria. (Gregorio XVI, 22 de enero de 1836).  2ª.- Indulgencia plenaria en cada domingo, aplicable a las almas del purgatorio. Los que no saben leer o no tienen la deprecación de los siete dolores y gozos, pueden ganar esta indulgencia rezando en los siete domingos siete Padrenuestros con Avemaría y Glorias. (Pio IX, 1 de febrero y 22 de marzo de 1847).  Otra fórmula más breve pág. 48.

 

PRIMER DOLOR Y GOZO

¡Oh castísimo Esposo de María!, me compadezco de las terribles angustias que padeciste cuando creíste deber separarte de tu Esposa Inmaculada, y te doy el parabién por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el misterio de la Encarnación. Por este dolor y alegría te pido consueles nuestras almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y morir santamente en los brazos de Jesús y de María. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

SEGUNDO DOLOR Y GOZO

¡Oh felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del Verbo encarnado!, te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando “Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo, te pido nos concedas oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la gloria. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

TERCER DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina!, te compadezco por el dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangre en la circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que podamos vencer nuestras pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

CUARTO DOLOR Y GOZO

¡Oh fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención!, te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo, nos alcances ser del número de los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su Madre. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

QUINTO DOLOR Y GOZO

¡Oh Custodio vigilante del Hijo de Dios humanado!, me compadezco de lo mucho que padeciste en la huida a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los ídolos de los afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro último suspiro. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria

 

SEXTO DOLOR Y GOZO

¡Oh glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo sujeto a tus disposiciones!, si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue alterado con el temor al Rey Arquélao, tranquilizado después por el Ángel, viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor y gozo, alcánzanos a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos teniéndolos a nuestro lado. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria  

 

SEPTIMO DOLOR Y GOZO

¡Oh modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo, te pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la penitencia, y podamos vivir unidos con Él hasta el último aliento de nuestra vida. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.

 

ANTIFONA. Tenía Jesús al empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le tenía por hijo de José.

 

V. ¡Oh San José!, Ruega por nosotros.

R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

 

ORACIÓN

Oh Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San José por esposo de tu Madre, te rogamos, nos concedas que merezcamos tener en los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

 

Por el santo Padre, por su persona e intenciones para ganar las indulgencias concedidas a esta devoción.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.