jueves, 9 de julio de 2026

De los beneficios de Dios en común

 


Viernes de la VI semana después de Pentecostés.

De los beneficios de Dios en común

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Viernes de la VI semana después de Pentecostés.

De los beneficios de Dios en común.

 

PUNTO PRIMERO. Considera quién es Dios, de cuya mano te vienen los beneficios y mercedes que recibes; conviene a saber, un Señor infinitamente bueno, sabio y poderoso, principio y fin de todas las cosas; que tiene ser por sí mismo sin depender de otro, ni de ti, y de quien tú y todas las cosas dependen en su ser y conservación. Contempla aquella Majestad inaccesible y aquella bondad, sobre todo inmensa e incomprensible, y aquel poder infinito: admírate de su grandeza, soberanía y majestad; venérale con sumo, rendimiento y agradecimiento a las mercedes que te hace.

 

PUNTO II. Considera quién eres tú a quien hace estas mercedes, pues no hay muladar tan hediondo a que te puedas comparar; menos eres que el estiércol de la calle y que el polvo de la tierra, y que la nada en su comparación; mira qué es un átomo respecto del sol, y un grano de arena respecto de todo el mar y de toda la tierra, un punto respecto de los cielos, y menos eres tú respecto de Dios. Con razón, pues, se admiraba el santo Job, que un ser tan grande se acordase de cosa tan vil, y pusiese los ojos en cosa tan miserable y asquerosa como el hombre, y mucho más te debes tú maravillar de que ponga los ojos en ti, el más vil, flaco y despreciable de todas las criaturas; considera cuán poco vales por el ser natural y por el espiritual; por el primero no tienes de tu cosecha fuerzas para nada, y por el segundo no tienes sino pecados y ofensas de Dios: humíllate en su presencia más que todos los abismos, y pásmate de ver qué se acuerda de ti, y que no solo se acuerde, sino que te ame, estime y haga merced.

 

PUNTO III. Considera la multitud de mercedes y beneficios que recibes de tan alto Señor; él te crio, él te redimió, él te conserva la vida y el ser que tienes, él te da el alimento, el aire que respiras, y hasta el agua que bebes es beneficio de su mano: levanta el vuelo y considera los beneficios espirituales que te ha hecho y hace, y hallarás que son sin comparación más y mayores que los naturales; porque fuera de haberte redimido, como está dicho, te trajo a su Iglesia, dejando a tantos fuera de ella, y te dio sus Sacramentos, el estado en que estás, la fe y el conocimiento que tienes, sus gracias y auxilios para salvarte, el perdón de los pecados, la mano para salir de ellos, la gracia para no volver a pecar, y defenderte de las tentaciones del demonio, y otros innumerables beneficios comunes y particulares, por todos los cuales le debes sume agradecimiento y perpetuo servicio.

 

PUNTO IV. Considera el motivo que ha tenido Dios en hacerte estas mercedes, que no ha sido otro más que su infinita bondad, amor y caridad; porque se ha movido a hacerte bien, sin tener necesidad de ti, antes (como está dicho) teniéndola tú en todo y por todo de él. Contempla despacio esta caridad infinita del Señor, y los empeños en que te ha puesto de reverenciarle, amarle y servirle con todas tus fuerzas eternamente, y luego vuelve los ojos a ti mismo y considera cuán mal has correspondido a tantas mercedes y beneficios, pues no solamente no le has servido como tienes obligación, sino antes ofendiéndole con innumerables pecados: pártase tu corazón de dolor por tan execrable ingratitud, con vivos deseos y propósitos de la enmienda: pídele perdón de las ofensas pasadas, y gracia para servirle como debes en adelante.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones

10 de julio. LA SANGRE PRECIOSA FORTALECE LA ESPERANZA. MES A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

 


 

10 de julio.

LA SANGRE PRECIOSA

FORTALECE LA ESPERANZA

 

MES

A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE

DE JESÚS

 

ORACIÓN PARA COMENZAR TODOS LOS DÍAS

 

Por la señal…

 

ORACIÓN INCIAL

Amabilísimo Jesús, bien infinito de las almas, Dios eterno e Hijo de Dios vivo des de la eternidad, salvador del hombre e hijo de María para redimirnos con el precio super abundante de vuestra vida y vuestra Sangre: mi alma se conmueve en la contemplación de vuestras inefables bondades, a la par que se abisma a la vista de su nada y de su cómo infinita ingratitud. Disteis vuestra vida temporal y vertisteis toda vuestra Sangre para redimir a esa mísera criatura, al paso que conocíais malograría yo ingrato esa misma Sangre, de la cual una sola gota infinitamente vale más que los cielos y mil mundos. Pero una misericordia tal indica lo que me amáis, y que sentís dulce complacencia en perdonar mis pecados. Ya no puedo resistir más a vuestras inspiraciones. Y en esta convicción, y sintiendo romperse de dolor mis entrañas, os digo de verdad que me pesa de haber pecado: pésame, amor mío, de haberos ofendido. Vivid y reinad en mí: purifíqueme más y más vuestra preciosísima Sangre, y el candor que me comunique, se eternice en la gloria. Amen.

 

10 de julio.

LA SANGRE PRECIOSA

FORTALECE LA ESPERANZA

 

«Mientras vivimos en este exilio, dice San Bernardo, nuestra alma es como un mar embravecido».

El recuerdo de los pecados pasados, el temor al severo juicio de Dios y nuestra propia debilidad nos atormentan y pueden llevarnos al desaliento.

Pero si pensamos a menudo y con gran amor en la divina Sangre que el Cordero Inmaculado ofrece a su Padre para obtener nuestra salvación, entonces sentiremos serenidad y consuelo. Por lo tanto, ofrezcamos esta Sangre al Padre eterno, recibámosla con frecuencia en los sacramentos, invoquémosla en los momentos difíciles, usémosla como escudo inexpugnable contra toda tentación y corramos velozmente por las sendas del Señor, fervientemente confiados en que Aquel que nos dio su Sangre también nos dará la fuerza para no caer y toda la ayuda necesaria para remediar nuestras faltas.

Entonces, aun reconociendo nuestras imperfecciones y aborreciendo el pecado, tendremos paz en nuestros corazones, viviremos con humildad y, gracias a la Sangre de Jesús, venceremos toda tentación y salvaremos nuestras almas.

 

PROPÓSITO

Recita el «Acto de Esperanza» con devoción: Dios mío, espero de tu bondad, de tus promesas y de los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador, la vida eterna y las gracias necesarias para merecerla mediante las buenas obras que debo y quiero hacer. Señor, que pueda gozar de tu presencia para siempre.

 

EJEMPLO

En el siglo XIII, un anciano monje llamado Santiago, hombre de gran humildad, vivía en el convento de Bevagna (Umbría). Sinceramente se consideraba el más desdichado de los hombres y a menudo caía en una gran angustia por el temor al infierno. Pasaba días y noches al pie de un gran crucifijo, el único adorno en su celda, temblando al pensar en sus pecados. Ese crucifijo era muy querido para él porque había sido un regalo de su madre. Un día, mientras yacía postrado en el suelo, agobiado por la angustia habitual de sus pecados, vio brotar un torrente de sangre del pecho traspasado de Jesús, cubriendo su rostro y sus manos, y oyó una voz que decía: «Santiago, que esta sangre sea para ti prenda segura de la vida eterna». En un instante, su angustia se desvaneció y una gran paz inundó su alma. Cuando murió, tras los numerosos milagros ocurridos en su tumba, su cuerpo fue colocado en un lugar más honorable. Fue hallado intacto, con las huellas dejadas por la sangre milagrosa aún visibles.

Como el beato Santiago de Bevagna, trabajamos por nuestra salvación con temor y temblor, pero también con gran confianza en el poder infinito de la sangre de Jesús.

 

PARA FINALIZAR TODOS LOS DÍAS

Pídase la gracia que sea desea alcanzar por este ejercicio en honor a la Preciosa Sangre de Cristo. (Se expresa la petición).

Oremos también por las intenciones del Romano Pontífice y de la Iglesia, que son principalmente: la exaltación de la Iglesia Católica, el fin de las herejías, la propagación de la fe, la conversión de los pecadores, la verdadera concordia y paz entre las naciones y los demás bienes del pueblo cristiano. Con este fin, recemos:

LETANÍAS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO