martes, 15 de septiembre de 2026

DEL EVANGELIO DE LA VIGILIA DE LAS TÉMPORAS: EXPULSIÓN DEL DEMONIO SORDO Y MUDO (Marc. 9). MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Miércoles de la XVI semana después de Pentecostés

DEL EVANGELIO DE LA VIGILIA DE LAS TÉMPORAS: EXPULSIÓN DEL DEMONIO SORDO Y MUDO (Marc. 9)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Miércoles de la XVI semana después de Pentecostés

DEL EVANGELIO DE LA VIGILIA DE LAS TÉMPORAS: EXPULSIÓN DEL DEMONIO SORDO Y MUDO (Marc. 9)

Refiere el Evangelio un milagro que hizo Cristo lanzando de un mozo un demonio sordo y mudo, a instancia de su padre, que no habían podido echar sus discípulos, y lo que les dijo acerca de esto.

 

PUNTO PRIMERO. Considera, en este mozo endemoniado, el estrago que hace el pecado cuando se apodera del alma, por el que el demonio hacía en el cuerpo de este, privándole de los oídos y de la lengua, arrastrándole, despedazándole y lanzándole con violencia, unas veces en el agua y otras en el fuego.

Tal es la tiranía del demonio y los efectos que causa en las almas de los que se apodera por el pecado, atormentándoles continuamente en el potro de su conciencia, y haciéndoles despeñar de unos vicios en otros, trayéndolos siempre arrastrados, tristes y afligidos, hasta dar con ellos en el profundo del infierno.

Ruega a Dios con el Apóstol que no reine en ti este tirano, ni te sujetes a él, ni le des entrada en tu alma; ármate con Dios, que Él te defenderá de su poder y tiranía, y te dará fuerzas con que le sujetes a tus pies.

 

PUNTO II. Considera cómo, trayéndole su padre a Cristo, le preguntó cuánto tiempo había que estaba endemoniado; y él respondió que desde la niñez.

Pondera que no le preguntó esto porque lo ignorase, sino porque lo supiésemos nosotros y advirtiésemos que son más difíciles de vencer los pecados cuanto ha más tiempo que reinan en el alma.

Saca de aquí propósitos de hacerles guerra desde luego, y no esperar a largos plazos; y de purificar tu alma, si cayeres en algún pecado, y arrancar con diligencia cualquiera maleza de imperfección o falta, por pequeña que sea, de tu conciencia, sin dejarla arraigar en ella, porque no crezca con el tiempo y sea más difícil de quitar.

 

PUNTO III. Considera cómo mandó Cristo al demonio con imperio que dejase a aquel mozo, diciendo: «Espíritu sordo y mudo, yo te mando que salgas de él y que no vuelvas más a entrar en él.»

Y luego el demonio obedeció a su voz, y le dejó y nunca más volvió a atormentarle.

Sobre lo cual has de ponderar dos cosas.

La primera, cómo el demonio obedeció a la voz de Cristo, y tú le resistes y eres rebelde a su obediencia.

Considera cuántas cosas te ha mandado, y cuán pocas has obedecido; cuántas veces te ha intimado, por boca de sus predicadores y confesores, que salgas del pecado, dejes las ocasiones y entres por el camino de la virtud, y no le has obedecido.

Llora tu inobediencia, que en esta parte parece mayor que la del demonio; pues él, a la primera voz, obedeció mal de su grado, y tú, a tantas voces, nunca acabas de obedecerle como debes ni de rendirte a la voluntad de Dios.

La segunda, cómo Cristo manda al demonio que salga y no vuelva más; porque levantarse y volver a caer es no hacer nada, como lavarse y volverse luego a manchar; salir del cautiverio del demonio y volver luego a sus cadenas.

¡Oh pecador!, vuelve sobre ti y mira por ti, y no vuelvas más al lazo que dejaste, ni a la ocasión de donde saliste. Deja los pecados; no vuelvas más a ellos. Cristo te lo manda; y pues el demonio le obedeció, obedece tú al Señor.

 

PUNTO IV. Considera cómo los discípulos del Señor no pudieron lanzar este demonio; y preguntándole la causa, respondió Cristo: «Porque este linaje de demonios no puede lanzarse sino con oración y ayuno.»

Esta es la triaca contra el veneno de esta ponzoñosa víbora. Con estas armas se vence este enemigo; y, por el contrario, los que duermen y se regalan le dan alas contra sí mismos.

Guerra traes con Satanás, y guerra tan prolija que dura toda la vida; y no te va menos en la victoria que la vida eterna.

Para vencerle y sujetarle es necesario armarte con la oración y el ayuno. Si los usares, vencerás; y si no, serás vencido.

Si los Apóstoles necesitaron de ellos, ¿cómo quieres tú vencerle dándote a regalos y pasatiempos?

Considera cuántos endemoniados y pecadores hubieras sacado de la cautividad del demonio si hubieras usado de la oración y el ayuno; y por no armarte con ellos no los has vencido.

Resuélvete, pues, en la presencia de tu Dios, a mortificarte con ayunos y penitencias, a macerar tu cuerpo y negar el gusto a tus apetitos, y a velar y orar largas horas en silencio; y Dios te dará victoria por los méritos de Cristo.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DÍA 16. EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 16

EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 16

EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS

El humilde es rico y poderoso con Dios, porque lo conoce, entiende su condición y sabe cómo tratarle y llevarle. Como quien «le tomó el pulso, le conoció su condición», el verdaderamente humilde sabe quién es Dios, y Dios sabe cuál es el corazón verdaderamente humilde. Por eso, conocimiento de Dios, rendimiento de corazón y tener a Dios a su mandado van juntos. Los ojos de Dios están de cerca mirando a los humildes y sus oídos escuchan su clamor; de modo que Dios se hace, en cierta manera, «siervo y criado del humilde» para hacer lo que quisiere. Así sucedió con Josué y Ezequías, cuando Dios atendió al justo y humilde y llegó incluso a detener la máquina de los cielos y volverlos atrás.

Esto es lo que significa que san Francisco diga: «Dios mío y todas las cosas». Aunque Dios sea todas las cosas y el humilde sea a sus ojos nada, puede decir a boca llena que Dios es suyo. El superior suele decir del inferior «es mío», pero el inferior no suele decir del superior que es suyo. Sin embargo, Dios, por su bondad, quiso en alguna manera hacerse superior del humilde y estarle sujeto. Cristo mismo, siendo Dios grande y poderoso, «vivía sujeto a ellos», sujeto a la Virgen y a José.

Más aún: siendo Dios tan grande y poderoso, un pensamiento de un corazón humilde puede prenderlo y echarle cordeles, haciendo que baje de esas alturas y quede preso y sujeto al corazón humilde. Esto se manifiesta especialmente en la Virgen María: siendo tan humilde y desechada en sus ojos, «volaste tan alto que hiciste punta y atrapaste al mismo Dios». Dios miró la humildad de su sierva, quedó de ella cautivo y prisionero, y ella lo hizo suyo, hasta tenerlo por hijo y dárnoslo como hermano. Por eso María dice: «porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora» y «el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas».

El humilde alcanza todo esto porque se entiende con Dios, lo conoce y sabe llevarle sujeto y rendido el corazón a su mandato y querer.

Muy lejos están de Dios los soberbios, porque no saben su trato y condición, no saben sufrir y llevar a Dios y siempre andan encontrados, pobres y menesterosos de lo que desean. Si Dios es todas las cosas y ellos, por su soberbia, no tienen a Dios, están pobres y carecen de todo bien.

 

JACULATORIA: Unidos a la Virgen digamos: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.” (Lucas 1, 38)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

San Cipriano, obispo y mártir. - 16 de septiembre

 


San Cipriano, obispo y mártir. -  16 de septiembre

(+ 258)

 

El santísimo obispo, sapientísimo doctor y fortísimo mártir de Jesucristo, san Cipriano, fue africano de nación y de ilustre sangre, pues su padre era hombre poderoso, senador nobilísimo, y tuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden. Dióse Cipriano desde su niñez a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grande loa y fama. Mas como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos. Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano y él lo hizo con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre le reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida. El mismo día que se bautizó, con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de menester para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres, y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina tan alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo. Porque en bautizándose comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque él mismo dice que procuraba cortar de raíz la elocuencia y ornato de palabras, sus escritos ponen admiración a los grandes maestros. Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y pueblo y poco después, habiendo muerto el obispo Donato, a una voz escogieron al santo por sucesor en aquella cátedra, sacándole del retiro en que se había ocultado. No se puede fácilmente decir cuan admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana. Hacíase amar, temer y reverenciar de todos, y en una terrible pestilencia, en que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran número de ellos a la fe de Jesucristo. Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la fe, y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes, y también una elocuentísima exhortación al martirio. Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la fe, no pudo alcanzarlo, porque como en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: «¡Cipriano a los leones!» y pensaban triunfar de los fieles con la muerte del santo obispo, le aconsejaron que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia. Renovóse más tarde la persecución y entonces el santo obispo llamado por el tirano Galerio Máximo se presentó a su tribunal y a todas las preguntas que le hizo contestó: «Soy cristiano, y me glorío de serlo.» Y juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que el mismo día le cortasen la cabeza.

 

Reflexión: A pesar de ser san Cipriano tan sabio y santo obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. «Permitió Dios, dice san Agustín, que Cipriano errase, para que conociésemos que el entendimiento humano es limitado, y que la infalibilidad no es privilegio de los doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia y de su cabeza visible, que es el vicario de Jesucristo.»

 

Oración: Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice san Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradables a tu divina majestad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.