En aquel tiempo: Un día estaba él enseñando, y estaban sentados unos fariseos
y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén.
Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones. En esto, llegaron unos
hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo
y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío,
subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo
pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus
pecados están perdonados». Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos:
«¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?».
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo: «¿Qué estáis pensando
en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”,
o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre
tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo
digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”». Y, al punto, levantándose
a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su
casa dando gloria a Dios. El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios.
Y, llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto maravillas».
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Viernes
de la octava de Pentecostés.
De
los fines para que vino el Espíritu Santo.
PUNTO
PRIMERO. El primer fin que tuvo el Espíritu Santo para venir a los hombres, fue
para serles padre en lugar de Cristo, y consolarlos y abrigarlos, ampararlos y defenderlos
como a hijos, según la promesa de Cristo tantas veces repetida, en que les
ofreció, consolándolos por su partida, que les había de enviar el Divino
Espíritu, el cual supliese sus veces y les fuese padre, consuelo y amparo, como
él lo había sido viviendo en el mundo, de lo cual has de sacar afectos de mucho
gozo de tener tal padre, que no se ausente de ti, sino que esté siempre
contigo, y tal defensor y consolador como el Espíritu Santo. Contempla despacio
este don, y atiende a lo que le debes y a serle reconocido como a padre en
todas tus necesidades, y a que te consuele en todas tus tristezas, y a que te
defienda en todas tus contradicciones, y no recurras a las criaturas con ellas,
dejando al Criador, porque no te deje a ti si tú le dejas a él.
PUNTO
II. El segundo fin a que vino el Espíritu Santo, fue a enseñar a los hombres y
ser maestro suyo, conforme a lo que dijo Cristo antes de su partida: cuando
venga el Espíritu Santo, que os enviará el Padre en mi nombre, él os enseñará
todas las cosas, y refrescará la memoria de lo que habéis oído de mí. De donde
has de sacar la conformidad que hay entre Cristo y el Espíritu Santo en la
doctrina, pues no discrepa entre sí en una sola palabra: pídele esta gracia de
no contradecir a los otros, sino convenir en todo lo que digan y enseñaren, que
es virtud del Espíritu Santo, y reconoce el Maestro tan soberano que tienes, y
asienta plaza en su escuela: hazte su discípulo, consúltale tus dudas, no
aprendas de otro , pídele que te enseñe, oye su voz y sigue la luz que te diere,
y acertarás en todo.
PUNTO
III. Vino también el Espíritu Santo para desterrar los pecados del mundo, como
lo profetizó Cristo a su partida diciendo: cuando venga el Espíritu consolador,
argüirá al mundo de pecado y le convencerá, y con su luz desterrará las
tinieblas. ¡Oh Espíritu Santísimo! alumbra mi corazón y destierra de mi alma
todas las tinieblas de los pecados de mi vida pasada, y no me permitas caer
otra vez en ellos: por esta causa apareció en forma de paloma sobre Cristo en
el Jordán, porque la paloma no tiene hiel, ni el Espíritu Santo la permite de
pecado: pondera la pureza que pide en el alma a donde ha de morar, y purifica
la tuya de todo género de culpas, para que more en ella.
PUNTO
IV. Otro fin del Espíritu Santo fue confirmar en gracia a los apóstoles, para
el ministerio que los había escogido; y así dice san Lucas, que se sentó sobre
cada uno, porque vino de asiento, y no de paso como sobre otros; esta es una
gracia singularísima de Dios, y cuanto es de tu parte debes hacer diligencia
para merecerla y alcanzarla; dale gracias al Espíritu Santo por haberla
concedido a los apóstoles, y pídele con lágrimas que haga asiento en tu alma,
que no pase de paso, sino que la tenga por morada suya; y procura de tu parte
agradarle, detenerle y obligarle con pureza de conciencia, con oraciones
humildes, con gemidos y santas obras; mira despacio si hay algo en ti que le
desagrade, y quítalo con presteza, y adorna tu casa con todo lo que entendieres
que puede agradarle.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
El corazón de María es como un vaso lleno
de las más exquisitas esencias que por su mezcla forman el más delicioso de los
perfumes. Esos perfumes son la suave exhalación de las virtudes que brotaron en
él, como plantas aromáticas en un vergel cerrado, que crecen resguardadas de
los ardores del estío y de los hielos del invierno.
María fue pura como el lirio de los
valles: jamás mancha alguna empañó su inocencia. Y sin embargo, ¡cuántas
precauciones para conservar un tesoro que no podía perder! Desde sus más
tiernos años huye del aliento pestífero del mundo; va a colocar su inocencia al
abrigo de la soledad. Su pudor se turba aún a la vista de un ángel, y tanto
amaba la virginidad que no sólo la prefiere a los goces y grandezas de la
tierra, sino aun al insigne honor de ser la Madre de Dios, si para serlo
hubiera sido preciso perderla.
La humildad más profunda se unía con
amorosa lazada a la pureza más angelical. Ella contaba entre sus ascendientes
una falange de gloriosos monarcas, pero humilde y modesta, se condena a la más
triste oscuridad y da su mano de esposa, no al poderoso y al grande, sino a un
pobre artesano, para aceptar juntamente con su mano de esposo las humillaciones
inseparables de la pobreza. Favorecida con la plenitud de las gracias, jamás se
gloría de los favores de que es objeto.
María desprecia desde su infancia el
fausto y las riquezas para someterse a los rigores y privaciones de la
indigencia. Habita en una pobre aldea y en una morada estrecha y desmantelada,
aquella que había de sentarse un día sobre los coros de los ángeles. Groseros y
pobres vestidos cubren la desnudez de aquella que había de tener el sol por
manto y las estrellas por corona. Ella no tiene para su Dios y su Hijo otra
cuna que una roca, ni otro lecho que un puñado de tosca paja. ¡Digna madre del
Dios que no tuvo dónde reposar su cabeza, que vivió de su trabajo y que murió
desnudo! María comprendió cuántos tesoros se encerraban en aquella máxima
divina que lleva el consuelo al corazón del menesteroso: Bienaventurados los
pobres.
Y ¿quién no admira su paciencia invencible
en medio de los trabajos y sufrimientos, su inalterable dulzura aun en
presencia de los más implacables enemigos de su Hijo; su tranquilidad jamás
turbada aun en medio de los mayores peligros; su generosidad superior a todos
los sacrificios y, en fin, su obediencia ciega y muda que no investiga, ni
sufre tardanzas ni pone excusas?
Contemplemos, pues, llenos de admiración
ese digno objeto de nuestra religiosa veneración; pero no nos limitemos a
honores estériles y a una manifestación puramente exterior de nuestra
admiración. Lo que hay de más esencial en el culto que le debemos, es la
imitación de esas excelentes y preciosas virtudes que son su más rica corona.
Esta es la expresión más positiva y elocuente del verdadero amor: el que ama
con sinceridad es arrastrado por un impulso irresistible a copiar en sí mismo
la imagen del objeto amado, conformándose a él en todo lo que le permite su
condición. El pequeño niño que tiene todo su amor concentrado en su madre,
trata de imitarla hasta en sus defectos. Uno de los designios más altos que
Dios se propuso en la creación de este tipo maravilloso de perfección, fue el
de presentar a los hombres una criatura humana ataviada con todas las virtudes,
para que la tuviesen sin cesar a la vista y la imitasen a medida de las fuerzas
de cada uno. Dios quiere que imitemos a María, haciendo de cada uno de nosotros
otras tantas copias de ese divino original. Ella no aceptaría con gusto
nuestros obsequios si no fueran acompañados del deseo de imitarla. Nos abre su
corazón a fin de que dibujemos en el nuestro todos los preciosos delineamientos
del suyo.
Ejemplo
Un rasgo de amor a María
En un pueblo de Francia había una capilla
dedicada a Santa Bárbara, en que se veneraba una hermosa estatua de María
Inmaculada, que era objeto de tierna devoción para los habitantes de la ciudad
y de sus contornos. Sucedió que esta capilla fue destruida para sustituirla por
una iglesia de mayores dimensiones; pero los recursos de que se disponía para
la obra no alcanzaron sino para lo indispensable, por lo cual la venerada
estatua de María se encontraba como relegada a un rincón del nuevo templo en
tanto que fuese posible reunir los fondos necesarios para destinarle un
santuario especial.
A pesar del aparente abandono en que se la
tenía, el pueblo no cesaba de venerarla, pudiéndose ver cada día a muchas
personas de rodillas ante el pedestal en que estaba provisionalmente colocada.
Entre sus más asiduos adoradores se señalaba una pobre obrera que vivía
escasamente de su trabajo. Su corazón amante se sentía lastimado de ver que la
sagrada imagen no se hallara dignamente honrada, y no cesaba de discurrir la
manera de remediar este involuntario abandono ocasionado por la falta de
recursos.
Un día, después de una fervorosa oración,
se dirigió resueltamente a la portería del convento de Capuchinos, encargados
del servicio de la Iglesia, e hizo llamar al Guardián. Éste, creyendo que la
pobre obrera iba en solicitud de alguna limosna, comenzó a informarse con
benevolencia acerca de su posición. No fue pequeña su sorpresa al oír que la
obrera le preguntó con ademán humilde, pero resuelto, cuál sería la cantidad
que se necesitaba para construir un altar a la imagen de María Inmaculada.
—No se necesita menos de mil quinientos
francos, le respondió el Padre Guardián.
—¿Esta suma bastaría, replicó la obrera,
para hacer un altar elegante y hermoso?
—Eso sería suficiente, agregó el
religioso: pero, a pesar de nuestros buenos deseos, no hemos podido reunir esa
cantidad, y nos hemos resignado a esperar que la Providencia nos la
proporcione.
Seis meses después la misma obrera volvía
a tocar a la puerta del convento y a llamar al Padre Guardián. Al verle, le
dijo con aire de satisfacción: La Divina Providencia os envía por mi mano la
cantidad necesaria para construir el altar de María.
—¿Cómo, hija mía, le dijo el religioso,
sois vos la que erogáis esta suma?
—No os asombréis, padre mío, pues aunque
soy pobre, durante seis meses trabajando más y gastando menos, he podido
reunirla para el objeto indicado.
—Pero, vos tendréis familia, padres o
hermanos…
—Yo soy sola en el mundo: mis padres, mi
familia y mi todo es la Santísima Virgen María.
—Pero a lo menos, replicó el padre, este
dinero es vuestro porvenir, y puede ser vuestro recurso en las enfermedades o
en la vejez.
—Tengo buena salud respondió la obrera, y
aún puedo con mi trabajo formar algún pequeño peculio para más tarde. En cuanto
el dinero que pongo en vuestras manos, lo he reunido para María, y a ella sola
pertenece.
El buen religioso recibió, maravillado y
enternecido, aquella suma ganada con el sudor de un pobre a costa de penosas
privaciones, y se alejó de la obrera bendiciéndola por este acto de generosidad
que hallaría su recompensa en el cielo.
En poco tiempo la estatua de María
Inmaculada se levantaba en un hermosísimo altar, sin que nadie supiera cuál
había sido la mano que lo había costeado. Con esto la devoción a María se
acrecentó en el pueblo, y la generosa obrera, llena de contento, iba cada día a
recoger a los pies de su Madre bendiciones que la santificaron.
Jaculatoria
De virtudes relicario,
Dechado de perfección,
Haced de mi alma un santuario
Que sea digno de Dios.
Oración
¡Oh María! cuán grato me es contemplaros
ataviada de las más preciosas virtudes para ser el modelo y dechado de toda
santidad. La perfección de una madre es siempre un motivo de mayor ternura y de
más decidido amor para los hijos, que no sólo ven en ella a la autora de su
existencia, sino también un modelo que imitar. Al veros tan santa, tan perfecta
y tan favorecida de Dios, no puedo menos que amaros más y más, como el tipo que
Dios quiere que me proponga copiar en mí mismo para agradarlo y conseguir la eterna
salvación. Daos a conocer ¡oh María! para que yo, penetrando en el conocimiento
de vuestras sublimes perfecciones, pueda hacerme semejante a Vos. Abrid vuestro
corazón para que mis ojos puedan extasiarse en la contemplación de las heroicas
virtudes que lo adornan. Ayudadme ¡oh Madre de gracias! a practicar la virtud y
a adquirir los merecimientos que pueden asegurarme la posesión del reino
eterno. Que la humildad, la caridad, la angelical pureza, el desasimiento de
todos los bienes de la tierra, la obediencia, y la entera sumisión a la divina
voluntad, sean ¡oh María! las piedras preciosas de mi corona. Yo quiero que en
adelante el más valioso homenaje que deje a vuestros pies sea el propósito de
imitaros, porque ese es un obsequio que Vos estimáis en más que las coronas y
las flores con que vengo diariamente a embellecer vuestra imagen querida. La
mejor prueba del verdadero amor es el deseo de asemejarse al objeto amado; y
como yo os amo con todo el amor de un hijo, me propongo copiar en mí, en cuanto
me sea permitido, la bella imagen de vuestro corazón, a fin de que imitándoos
en la tierra, alcance en el cielo la bienaventuranza que está prometida a todos
los que os imiten. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Ejercitarse frecuentemente en la
humildad, aceptando en silencio las humillaciones y haciendo actos que nos
rebajen en concepto de los demás.
2. Adoptar desde hoy la saludable
resolución de honrar a María rezando todos los días el santo Rosario, por ser
la devoción que le es más grata.
3. Rogar a María por la persona o personas
que nos hubiesen ofendido o que nos inspiren más aversión y desprecio.