jueves, 11 de junio de 2026

San Juan de Sahagún, confesor. — 12 de junio

 


San Juan de Sahagún, confesor. — 12 de junio

(+ 1479)

El apostólico varón san Juan de Sahagún, decoroso ornamento de la sagrada orden de Ermitaños de san Agustín, nació de nobles padres en la población de Sahagún, que está en la provincia de León en España. Siendo todavía de tierna edad solía juntar a los otros muchachos, y subido a lo alto de una piedra les predicaba con tanto celo y discreción, que todos decían que aquel admirable niño había de ser un apostólico orador. Pasó su mocedad entre los pajes del arzobispo de Burgos, renunció una canongía, y otros beneficios eclesiásticos; y después de una peligrosísima enfermedad, por cumplir con un voto que había hecho, tomó el hábito de los ermitaños de san Agustín, y fue tan admirable el ejemplo de sus virtudes, que le confiaron los superiores el cargo de maestro de novicios. Todos los días purificaba su alma con el sacramento de la penitencia, diciendo que ignorando en qué día había de morir, debía estar siempre prevenido para la hora de su muerte. Celebraba diariamente la misa con grande ternura y devoción, y antes de comulgar le oyeron decir algunas veces: «¡Señor! yo no te puedo recibir si no te vuelves a la primera especie eucarística.» Y era, como manifestó humildemente al superior, que se le aparecía Jesucristo en carne humana, unas veces con las señales de la pasión, y otras glorioso. Ardiendo la ciudad de Salamanca en una guerra civil, causada por la enemistad de dos familias que habían atraído a sus bandos a la mayor parte de los vecinos, cuando todos respiraban ira y venganza, el santo predicó con tanto espíritu de Dios, que compuso las paces, y ablandó los ánimos que habían resistido a la autoridad de tres reyes. En cierta ocasión se imaginó un caballero muy principal que el santo le había injuriado en sus sermones, y buscó asesinos para que le vengasen; mas cuando éstos iban a poner sus manos sacrílegas en el santo, que salía de la iglesia, quedaron inmobles y pasmados, hasta que reconociendo su culpa se echaron a sus pies para que les perdonase. Pasando por una calle le dijeron que se había caído un muchacho dentro de un pozo, y movido el santo por las lágrimas de la madre, echó la bendición a las aguas del pozo, y subieron casi hasta el brocal. Entonces el santo alargó su correa al niño, el cual asido de ella salió del pozo sin haber recibido daño alguno. Finalmente, después de haber convertido a penitencia a innumerables pecadores, quiso el Señor que muriese este santo por haber predicado contra, la deshonestidad, como el Bautista: porque se tiene por cosa cierta que una dama muy principal, de cuyos lazos había el santo librado a un caballero, le dio un veneno que le causó la muerte. Estuvo su santo cadáver en el féretro algunos días para satisfacer la devoción de innumerables gentes que acudieron a venerarle, y el Señor acreditó su santidad, con repetidos y grandes prodigios.

Reflexión: No hay duda que arden a veces los odios y enemistades con tan grandes llamas, que no bastan a apagar las ni la manifiesta sinrazón de tomarse el hombre la venganza por sus propias manos, ni aun el temor de la muerte y del patíbulo. Pero el glorioso san Juan extinguía el fuego de los odios con la sangre de Cristo: porque en efecto, quien considera al divino Redentor perdonando en la cruz a los que le estaban crucificando, o no es cristiano, o debe perdonar también de corazón a sus enemigos.

Oración: Oh Dios, autor de la paz y amante de la caridad, que condecoraste al bienaventurado Juan, tu confesor, con la admirable gracia de componer a los enemistados: concédenos por sus méritos e intercesión, que afirmados en tu caridad, no nos separemos de ti por ningún motivo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Práctica, fruto y motivos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

 


Práctica, fruto y motivos de la devoción

al Sagrado Corazón de Jesús.

Del

MES DEL  SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

ARTICULO III.

Práctica y fruto de esta devoción.

 

La perfección cristiana está bien definida en aquel texto de los Cantares que dice: “Ordenó Dios en mí la Caridad", porque la perfección ordena al hombre en sí mismo, y en sus relaciones con Dios y con el prójimo. Fácil es de conocer cuánto ayuda a este fin la devoción presente, pues ordena al hombre, uniéndole con Jesucristo, y en virtud de esta unión le hace capaz de dar a Dios el debido   culto, y de amar al prójimo como debe.

Cuanto a lo primero, ordena al hombre uniéndole con Cristo, porque su principal fin es enseñarnos a conocer, amar e imitar al Salvador, y a conformar nuestros pensamientos, obras y palabras con las suyas, y así formar a Cristo en nosotros, como dice San Pablo.

Escuchemos a Santa Margarita, que dice así: “Conformad vuestra vida con el dechado de mansedumbre y humildad del Corazón divino, y unid vuestras        intenciones a las suyas, ofreciendo la pureza de ellas por la que a vosotros os falta." Y en otro lugar: “Todo lo hará por mí, si yo le dejo obrar; por mí querrá y por mí y en mí deseará y amará y cubrirá mis faltas”. “Uniréis — dice — vuestra oración a la de Cristo en el Sacramento, vuestro rezo del Oficio divino a las alabanzas que da el Padre en el Sacramento, y la Misa que oís a las intenciones con que se inmola en ella.”

Cuanto a lo segundo, obligación tenemos de adorar y amar a Dios. Dejados a nosotros mismos, nada podemos hacer que sea digno de su Majestad; pero en unión de Cristo, todo lo podemos, pues nos hace ricos su riqueza, y fuertes su poder; y ennoblecido nuestro amor con el de Cristo, adquiere proporciones que le hacen digno de Dios. Esto enseña Margarita María cuando dice: “Unid vuestras adoraciones a las que rinde Jesús al Padre en el Sacramento, amad a Dios con su amor, adoradle con sus adoraciones, alabadle con sus alabanzas, obrad con sus obras, y quered con su voluntad.” “¡Oh Padre eterno!, tened a bien que yo os ofrezca el Corazón de vuestro Hijo, como se ofrece Él a vos en sacrificio. Recibid esta ofrenda con los deseos, afectos y obras suyas, como otros tantos actos de amor, adoración y alabanza que eleve al trono vuestro, pues sólo por El sois dignamente glorificado.”

Viniendo al tercer efecto de esta devoción, que es ordenarnos en   relación con el prójimo, bien sabemos que nada predica tanto el Corazón de Jesús como la mansedumbre, humildad, obediencia y misericordia. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón.”

Tales virtudes ha de tener quien trate con los prójimos; y como todas nacen del amor, veamos cómo amaba Jesús. Pocas lecciones dio de palabra, muchas por obra en una vida que fue un perpetuo ejercicio de caridad. Y no sólo nos da ejemplo, sino también gracia, sacando de lo íntimo de su Corazón rayos de amor que encienden los corazones de sus fieles hijos. Como cabeza de la Iglesia, ¿qué ha de hacer sino unir entre sí los miembros suyos con el lazo de la caridad? De esta unión nace el celo por la salud del prójimo,: “¡Oh Salvador mío, decía Margarita, descargad sobre mí toda vuestra ira, y no perdáis las almas que tan   caras os han costado!"

 

ARTICULO IV.

Motivos de practicar esta devoción.

 

El primero es su excelencia y dignidad, que se deduce de todo lo dicho hasta aquí de su naturaleza, fin y objeto, y nos dispensa de entrar en más explicaciones para que se entienda lo justa, razonable, sólida y grata a Dios que es esta devoción.

El segundo motivo es lo mucho que desea Jesucristo grabarla en nuestras almas. Para esto, tantas apariciones y revelaciones con que se ha dignado honrar a quien escogió para establecerla. ¿Podemos hacernos sordos a tan repetidas invitaciones? Una vez dijo a su sierva: “No puedes darme mayor prueba de amor que la que te pido ahora haciendo lo que te he pedido tantas veces: que el viernes después de la octava del Corpus sea consagrado con una fiesta especial al culto de mi Corazón, haciendo un acto de desagravios, y comulgando en reparación de las ofensas que ha recibido mientras ha estado expuesto en los altares."

“Me ha asegurado el Señor, dice la misma, que se complacía sobremanera viendo honrar los afectos interiores de su alma bajo la forma de este Corazón de carne que me había mostrado, y cuya imagen quería se expusiese al público para mover los corazones insensibles de los hombres."

En otra parte: “Infinito deseo tiene este Corazón amable de ser conocido y amado de sus criaturas, en las que quiero establecer su dominación, como fuente de todo bien para satisfacer a todas sus necesidades. Por esto quiere que se acuda a Él con la mayor confianza.”

El tercer motivo es su amor a los hombres. Bien lo muestra en estas palabras que dijo a su sierva: “Mira este Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no ha perdonado medio alguno, hasta agotarse y consumirse por mostrarles su amor. “ “Mira mi Corazón tan apasionado por los hombres, y por ti en especial, que, no pudiendo contener en sí mismo las llamas de su caridad, se ve obligado a difundirlas por tu medio."

“Digo con seguridad, escribía Santa Margarita, que si se supiera lo grata que es al Señor esta devoción, no hay cristiano tan tibio que no la pusiese en práctica.”

El cuarto motivo es la ingratitud de los hombres. “En pago de mis bondades, dijo el Señor a su sierva, no recibo sino ultrajes, desprecios, irreverencias, sacrilegios y tibieza en el Sacramento; y lo más sensible es que recibo estas injurias de las almas que me están especialmente consagradas.”

Descubriéndole un día su Corazón herido y traspasado, le dijo: “Estos golpes recibo de mi pueblo querido. Los demás se contentan con herir mi cuerpo; éstos hieren mi corazón, que nunca ha cesado de amarlos.”

“Lo que me es más sensible de cuanto sufrí en mi Pasión es la ingratitud de los hombres; tanto, que, si correspondieran a mi ternura, tendría en nada cuanto por ellos hice, y querría hacer más... Dame el consuelo de compensar su tibieza.”

El quinto motivo son las mercedes prometidas.

“Infinitos son los tesoros de gracia encerrados en ese Corazón”, dice Margarita. “Te prometo, le dijo el Señor, que se ensanchará mí Corazón para derramar copiosamente raudales de amor sobre los que le honren y lo hagan honrar con este obsequio." Hablaba el Señor de la comunión y desagravio el día de su fiesta.

“Si temes por tu salvación, dice un siervo de Dios, en este Corazón hallarás armas con que defenderte, remedio con que curarte, ayuda en la tentación, consuelo en las penas y delicias en este valle de lágrimas.”

 “Si estás afligido y te turba la memoria de los pecados, échate en los brazos de Jesús, cuyo Corazón es asilo y salud de los cristianos.”

“¡Qué dulce cosa es vivir en el Corazón de Jesús!, dice San Bernardo. “Fuente de amor, dice San Francisco de Sales, ¿quién podrá volverte amor por amor?” “Yo le hablaré al Corazón, y lograré cuanto quiera”, dice San               Buenaventura.

Dejemos hablar a nuestra Margarita: “Si te hallas en un abismo de caídas y recaídas, de miseria y de flaqueza, en Él hallarás un abismo de misericordia y fortaleza. Si te domina el orgullo, arrójate y piérdete en el abismo de sus abatimientos. Si estás inquieto y agitado, échate en Él, que es un abismo de paz. Si quieres evitar el peligro de morir mal, y asegurar la perseverancia final, en Él está el lugar de refugio en vida y muerte.”

Usaba a menudo Margarita la devoción de comulgar nueve viernes primeros de mes, porque le había prometido el Señor la penitencia final y la gracia de morir con todos los sacramentos para los que hiciesen esta novena de           comuniones.

“Si temes el juicio de Dios, sabe que es muy dulce la muerte al que ha sido devoto del Corazón de su Juez,” dice la misma.

Vengamos a las promesas particulares que ha hecho el Señor a diferentes clases de personas.

A los que viven en el mundo. “Las personas seglares hallarán los auxilios que necesitan en su estado, paz en las familias, alivio en los trabajos, bendición del cielo en sus empresas, consuelo en sus males."

A los que viven en el claustro. “Sacarán tanto fruto de esta devoción, que no se necesitará más para restablecer el fervor y la observancia en las comunidades decaídas, y levantar a gran perfección las que viven en regular     observancia.”

A los que aspiran a la perfección. “No sé que haya en la vida espiritual ejercicio más a propósito para levantar las almas a la unión con Dios y hacerles gustar cuan suave es el Señor.”

A los que trabajan en bien de las almas. “Me ha dado a entender el Señor que los que se dedican a salvar a sus prójimos recibirán un don especial de ganar las voluntades y de mover los corazones por muy reacios que sean.”

“Si queréis atraer a vuestro ministerio mayores gracias, no os habéis de contentar con el culto que dais por vos mismo al Sagrado Corazón, sino que habéis de propagar ese culto cuanto posible os fuere.”

“Me ha descubierto el Señor tesoros de amor y gracia que tiene reservados para los que se consagran a dar a su Corazón toda la gloria posible. Tan grandes son los tesoros, que no los puedo explicar con palabras."

“¡Qué dicha la nuestra, de poder hacer cosa tan grata al Señor, que se digna echar mano de nosotros para llevarla a cabo!”

El sexto motivo es que ha querido Dios por este medio remediar los males que afligen a la Iglesia en estos tiempos, reformar el mundo y reanimar la fe de los cristianos, que se va apagando.

“Me reveló el Señor, dice Margarita, que, por el gran deseo que tenía de ser amado de los hombres, había querido manifestarles su Corazón, y darles en los últimos tiempos esta prueba de su amor... Y que con esto les abría todos los tesoros de gracia, misericordia y santificación que encierra en su pecho: de suerte que cuantos le honrasen y amasen, y le procurasen toda la honra posible, se enriqueciesen con ellos abundantemente.”

Una revelación semejante a esta se había hecho a Santa Gertrudis. Apareciósele San Juan Evangelista, y ella le preguntó por qué no había escrito las cosas interiores del Corazón de Jesús, habiendo estado recostado en su pecho, y le respondió el Santo: “Mi misión fue escribir para la Iglesia naciente la palabra del Verbo increado; pero esos sentimientos interiores los reservó el Señor para darlos a conocer en la vejez del mundo, con el fin de avivar la caridad, que se hallará muy apagada."

Muy consoladoras son estas promesas en nuestros aciagos días, cuando parece desencadenado el infierno todo para sembrar errores y vicios por toda la tierra. Por grandes que fuesen los males de la Iglesia cuando empezó esta devoción, no habían llegado al punto que ahora: señal de que no ha tomado el incremento necesario este sagrado culto, y de que nos queda todavía mucho por hacer. Pero nos consuela ver cuánto gana de día en día el Corazón Sagrado, a pesar de los esfuerzos contrarios de la impiedad. Tantas diócesis que le han sido consagradas, tantos seminarios, colegios, parroquias y comunidades, cuyos     nombres registra en sus libros el Apostolado, nos dan lugar a esperar que llegará un día en que, postrado el mundo a los pies de Jesucristo, reconozca su imperio, y bajo su imperio recobre la paz.