En aquel tiempo: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre,
la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver
a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí
tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella
hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Sábado de la XII semana después de Pentecostés
DEL BENEFICIO DE LA JUSTIFICACIÓN.
PUNTO PRIMERO.
Considera la grandeza de este beneficio; y para conocer su valor, imagina
delante de tus ojos dos almas: una en gracia de Dios, y otra en pecado y en
desgracia suya. La primera, más hermosa y agraciada que el sol, la luna y todos
los astros del cielo, y más resplandeciente que la misma luz, enriquecida de
todos los dones y gracias imaginables: entendimiento, voluntad, memoria,
sabiduría, ciencia, prudencia, fortaleza y todo el resto de las virtudes, sin
átomo de pecado ni mancha de imperfección, amada de Dios y heredera de su
gloria; y, al contrario, la que está en pecado mortal, más fea y espantable que
los demonios, negra, tenebrosa, asquerosa, llagada y leprosa de pies a cabeza,
poseída de los demonios, desnuda de todas las virtudes y gracias, llena de
innumerables vicios, desheredada del cielo y condenada para siempre al
infierno.
Pues el beneficio que Dios te hizo cuando te
justificó fue sacarte del estado de la culpa y ponerte en el estado de la
gracia. Mira la distancia que hay del uno al otro, y qué dieras si te hallaras
en el estado del pecado por pasar al de la gracia, pues no hay cosa en este
mundo a que se pueda comparar. Reconoce tan soberana merced y piensa, en el
acatamiento de Dios, el empeño en que te ha puesto, y cómo has de salir de él.
PUNTO II. Considera
cómo todos los hombres están en la mano de Dios, como el barro en las de su
artífice, para hacer de él un vaso de honor o un vaso de contumelia, conforme a
su voluntad; y que, dejando infinitas almas en pecado, determinó sacarte a ti
de él y ponerte en el estado de su gracia por su mera voluntad, y hacerte
heredero de su gloria. Mira la infinidad de almas que Dios ha dejado en la
ceguedad de la idolatría, y las que han caído en los errores de las herejías,
que nunca se arrepentirán; y los cristianos a quienes ha dejado de su mano, y
corren desenfrenadamente a los vicios, añadiendo pecados a pecados; a los
cuales, si diera Dios la gracia que a ti, salieran de ellos. Y esta merced, que
no les hizo a ellos, te la ha hecho a ti, llamándote y levantándote del cieno
de tus vicios al estado de la gracia. Reconoce tu flaqueza y lo que debes a
Dios, y humíllate en su presencia, dándole gracias y pidiéndole que te tenga de
su mano para que no caigas del feliz estado de la gracia en el infeliz y miserable
de la culpa, y pierdas tantos bienes por un pecado.
PUNTO III.
Considera cuántas veces ha multiplicado Dios en ti este beneficio; pues no
solamente te sacó de la culpa que contrajiste de Adán, reduciéndote al estado
de su gracia, sino que, después de haber recibido este beneficio, caíste por tu
alevosía en nuevos pecados; y, mereciendo por ellos que te dejase de su mano,
alargó la de su misericordia para levantarte de ellos; y te sacó muchas veces
del estado de la culpa, y te hizo heredero del cielo.
Pondera cuántos beneficios hay en este
beneficio; cuántas inspiraciones y auxilios te ha dado Dios; de cuántas
ocasiones te ha librado; cuántas ingratitudes te ha sufrido; cuántos pecados te
ha perdonado; en qué abismo de males hubieras caído si Dios te hubiera dejado
de su mano. Confúndete en su presencia, y conoce que no puedes servir ni
agradecer dignamente lo que debes a tan grande Señor; y pídele que te perdone,
y que reciba en recompensa la sangre y méritos de Jesucristo, el cual los dio
por precio de tu rescate y para suplir tus menguas. Pide juntamente a la
Beatísima Virgen y a todos los santos que den millares de alabanzas a Dios, y
suplan tu imposibilidad, y te alcancen gracia del Señor para no perder en
adelante el estado felicísimo de su gracia.
PUNTO IV. Considera
cómo, fuera de todo lo dicho, Dios te ha llamado para más alta perfección,
dándote inspiraciones para que le sirvas en cosas más altas y perfectas, y
acrecientes tu caudal, así de gracia en esta vida, como de gloria en la otra.
Pondera la benignidad de Dios con que recibe a
los pecadores que se convierten; la piedad con que los perdona; la misericordia
con que se compadece de ellos, y olvida sus pecados, y les hace mercedes como
si nunca le hubieran ofendido. Pon los ojos en las que te ha hecho a ti,
cuando, si usara de su justicia, te había de lanzar en el infierno; y alaba y
engrandece su infinita bondad y el piélago inmenso de su misericordia, y
humíllate en su acatamiento, reconociendo tu indignidad y lo infinito que le debes.
Piensa una y muchas veces cómo le has de pagar, y propón firmísimamente no
ofenderle por todas las cosas del mundo, y cooperar con su gracia para serle
agradecido y emplearte todo en su servicio.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
EL
CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ
EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA
22
EL
CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ
¡Qué
golpe tan terrible recibió el Corazón de María al ver a su Hijo Jesús, recién
condenado a muerte, llevando sobre sus hombros la Cruz, el madero en el que
había de ser suspendido!
«María
encontró a Jesús fuera de la puerta de la ciudad —refiere san Buenaventura— y,
al verlo cargado con un leño tan pesado, estuvo a punto de morir de dolor.»
«Pero
—continúa el santo Doctor dirigiéndose a María—, ¿por qué, gran Reina, no os
detuvisteis ante la vista de aquella multitud de gente y de tantos soldados? No
reparasteis en ellos, porque la inmensidad de vuestro dolor os había arrancado,
por decirlo así, el corazón.»
María
se abre paso entre la multitud y corre tras las huellas de su Hijo, derramando
las lágrimas más amargas sobre las manchas de sangre que Él iba dejando
impresas en el suelo.
Lo
que colmó su martirio fue no poder dirigirle una sola palabra ni poder oír una
palabra de su Hijo.
«No
pudieron decirse una sola palabra, porque los que llevaban a Jesús al suplicio
lo apremiaban y lo empujaban para que avanzara más deprisa.»
Pero
María le hablaba en lo íntimo de su corazón, en medio de la más desgarradora
angustia: «¿Cómo podéis llevar esa Cruz? ¿Cómo soportáis esos escupitajos, esos
insultos? ¡Oh, amado mío! ¡Si al menos me fuera permitido daros un último
beso!»
Y,
por su parte, el Hijo repetía en el fondo de su Corazón: «Paloma mía, toda
hermosa, toda admirable, has herido mi corazón con una sola de tus miradas.»
¡Oh
cielo! ¡Qué martirio para estos dos Corazones!
¿Y
nuestro corazón qué hace? ¿Es verdaderamente un corazón de hijo? ¿No será capaz
de conmoverse de compasión al contemplar en tan grande desolación el Corazón de
Jesús, nuestro hermano, y el Corazón de María, nuestra Madre? ¿No podrá dejar
de abandonarse a sus inclinaciones viciosas y a sus hábitos culpables?
¡Oh
Jesús mío!, quitad de mi corazón todo amor que no sea el vuestro y concededme
entrañas de compasión para meditar los sufrimientos de vuestro Corazón y los
del Corazón de vuestra Madre.
Madre
amadísima, fuente de amor, haced que sienta el aguijón de vuestro dolor, que lo
comparta con vos y que mezcle mis lágrimas con las vuestras.
ORACIÓN
Compadezco
sinceramente, ¡oh María, verdadera Madre de los Dolores!, la profunda
consternación que experimentó tu Corazón maternal cuando encontraste a Jesús
llevando su pesada cruz, horriblemente desfigurado y agotado. Madre
amabilísima, por tu Corazón lleno de amor, tan duramente probado, alcánzame la
virtud de la paciencia y el don de fortaleza, para que, sostenido por tu
protección, lleve con valentía todas las cruces que la divina Providencia
disponga para mí, las una a la cruz de tu divino Hijo y llegue a ser su
verdadero discípulo. Amén.
FLOR.
Repetir
con frecuencia durante este día la siguiente jaculatoria:«Haced, oh
Madre de amor, que sienta vuestro vivo dolor y que llore con vos.»
FRUTO.
Que
nuestro corazón, vacío de todo afecto terreno, no tenga más que santos deseos y
aspire únicamente a los bienes del cielo.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL
SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh
Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de
las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del
amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús,
del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo
con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros
corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino
Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego
celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh
divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún,
recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y
fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus
enemigos.
Sed
nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las
gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed
nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones,
nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y
nuestro socorro en todos los peligros.
Pero,
sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de
nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene
contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En
ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad,
¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos
experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande
es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos,
en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos
llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA
A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que
el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos,
alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo
lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la
alabanza anteriores
A
petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su
Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807,
concedió las siguientes indulgencias:
Una indulgencia de sesenta
días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza
precedentes.
Una indulgencia plenaria a
quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las
fiestas de:
la Natividad de la Santísima
Virgen María,
la Asunción de la Santísima
Virgen,
y la fiesta del Santísimo
Corazón de María,
con tal
de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental,
comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten
una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las
intenciones del Romano Pontífice.
Una indulgencia plenaria en la
hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso
ejercicio todos los días de su vida.
Todas estas indulgencias
pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.
El ilustre mancebo y mártir de Cristo san Sinforiano
nació en Autún, ciudad de la provincia de Borgoña en el reino de Francia. Su
padre que se llamaba Fausto y era caballero rico y muy cristiano, le crió en
nobles costumbres y temor santo del Señor. Siendo ya mancebo, Sinforiano era
estimado por los mismos gentiles, por su mucha gracia y buen ingenio, y
celebrando un día los paganos en aquella ciudad una fiesta muy solemne a
Berecintia o Cibeles, cuyo ídolo llevaban en unas andas con gran pompa y majestad,
a pesar de que todo el pueblo se postraba a adorarle, el valeroso joven
Sinforiano no quiso inclinar se ante aquella estatua y monstruo infernal: sino
que con gran desprecio le volvió las espaldas e hizo burla de él, de manera que
fue notado y acusado al juez Heraclio. Presentado ante el tribunal, y
preguntado cómo se llamaba y quién era, respondió que se llamaba Sinforiano y
que profesaba la ley de Cristo. Deseando el juez librarle de la muerte, por
respeto a su nobleza y a su edad, le persuadía con muchas palabras, que
obedeciese a los mandatos del emperador y adorase a los dioses. Mas el
magnánimo mancebo no hizo caso ni de sus promesas ni de sus amenazas. «Yo
adoro, le dijo, a mi Señor Jesucristo, a quién reverencian todos los hombres
más virtuosos y santos del imperio; y me duelo de vuestra ceguedad, viendo que
adoráis unos dioses tan criminales, que, si vivieran, merecieran por toda
justicia la pena de muerte». Enojóse sobremanera el impío juez oyendo
semejantes razones, mandó azotar bárbaramente al animoso mancebo, y echarle
después a la cárcel, y dio sentencia que sin probarle con otros tormentos,
fuese degollado. Cuando le llevaban al suplicio, viéndole su santa madre,
comenzó con grande espíritu y esfuerzo a exhortarle que muriese con alegría, y
a decirle estas palabras: «Hijo mío Sinforiano, hijo de mis entrañas, acuérdate
de Dios vivo, ármate de su fortaleza y constancia; no hay que temer la muerte
que nos lleva a la vida. Alza, hijo mío, tu corazón, y mira a Aquél que reina
en los cielos. No temas los tormentos, por que durarán poco, y piensa que con
ellos no se te quita la vida, sino que se trueca por otra mejor. Por ellos
alcanzarás hoy mismo la gloria de los santos, y la corona inmortal con que te
convida Jesucristo». Todo esto dijo la santa madre a su amado hijo, el cual
animado con sus palabras y con el espíritu del cielo, tendió el cuello al
cuchillo, y fue descabezado fuera de los muros de la ciudad. Los cristianos
tomaron de noche su cuerpo y lo enterraron cerca de una fuente, en la cual obró
nuestro Señor por él muchos milagros.
Reflexión: Anímense los jóvenes con el ejemplo de
este valeroso mancebo, mártir de Cristo, a hacer loables y heroicas acciones
que redunden en honra de Dios, y sean de común edificación. En ellas estará
bien empleada su magnanimidad y ardor juvenil. Porque, ¿qué valor es menester
para dejarse arrastrar de la corriente del mal, de las pasiones desenfrenadas y
de los perversos ejemplos? Para esto no hace falta el valor, el joven más
cobarde y vil puede ser el más esclavo de sus liviandades y más falto de toda
honradez y virtud. La gloria de los jóvenes está en que, a pesar de las malas
inclinaciones de la naturaleza, de los malos ejemplos y de la corriente del
mal, obren ellos el bien: y entonces son admirables y de grande ejemplo sus
virtudes.
Oración: Rogámoste, oh Dios omnipotente, que
cuantos celebramos el nacimiento para el cielo de tu bienaventurado mártir
Sinforiano, seamos por su intercesión fortalecidos en el amor de tu san to
nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.