En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús
a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar
enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos,
diciéndoles: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero;
tampoco tengáis dos túnicas cada uno. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que
os vayáis de aquel sitio. Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos
el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos». Se pusieron en camino
y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.
De
lo que hicieron los Apóstoles en recibiendo el Espíritu Santo.
MEDITACIONES
DIARIAS
DE
LOS MISTERIOS
DE
NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO PASCUA
por
el P. Alonso de Andrade,
DE
LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Jueves
de la octava de Pascua.
De
lo que hicieron los Apóstoles en recibiendo el Espíritu Santo.
PUNTO
PRIMERO. Dice san Lucas que en recibiendo los Apóstoles el Espíritu Santo
empezaron a hablar varias lenguas, conforme el espíritu movía la de cada uno;
adonde has de ponderar lo primero, que los hombres y las mujeres recibieron el
Espíritu Santo, y los hombres solos predicaron y las mujeres callaron y se
estuvieron recogidas, porque a cada uno dio gracia para vivir santamente
conforme a su estado y profesión; y como dice san Pablo, aunque el espíritu es
el mismo en todos, pero no causa en todos el mismo efecto, sino que divide sus
dones y gracias según el estado de cada uno, y así obró recogimiento y silencio
en las mujeres, y predicación en los hombres: atiende a tu estado y profesión,
y pide al Espíritu Santo que te dé sus dones para cumplir con tu obligación, y
no te engañe el mal espíritu pensando que es del Espíritu Santo lo que no te
toca por tu profesión.
PUNTO
II. Considera la ciencia y sabiduría y el fervor de espíritu que infundió en
aquellos pobres pescadores, y cómo salieron luego con esfuerzo y resolución a
predicar al pueblo, y hablaban en varias lenguas con admiración del mundo.
Bendice al Señor que tales obras hace en un momento y cobra grande aliento en
el Dios que te conforta, en el cual todo lo puedes, reconociendo la facilidad
con que hace a los ignorantes sabios, y a los pecadores predicadores; y espera
en el Señor que te dará su espíritu y los alientos necesarios para lo que te
mandare y en un momento te enseñará y fortalecerá para cumplir cuanto te
ordenare, por arduo que sea, como enseñó y fortaleció a los Apóstoles para
cosas tan grandes y tan superiores a sus fuerzas,
PUNTO
III. Considera lo que dice san Lucas, que oyendo el pueblo la repentina predicación
de los Apóstoles, hicieron al principio burla de ellos y los motejaron de ebrios
y locos, y que obraba en ellos el vino que habían bebido (tal es el juicio de
los hombres) mas no por eso dejaron de proseguir en su predicación y ministerio.
De esta meditación has de sacar lo primero ánimo y resolución para sufrir los
oprobios de los hombres por amor de Dios, como los sufrieron los Apóstoles; y
lo segundo una persuasión cierta a que las obras de Dios traen consigo el
lustre de las contradicciones y murmuraciones de los hombres, y que no las
debes dejar por eso, sino perseverar en ellas como lo hicieron los santos
Apóstoles, fortalecidos y en señados con la virtud del Espíritu Santo el cual
no te faltará si tú no le faltas.
PUNTO
IV. Considera el fin y remate de esta acción, y fue que san Pedro, como
caudillo de aquella milicia del cielo, volvió por todos con la verdad, e hizo
un sermón al pueblo con tanto fervor de espíritu que convirtió cinco mil
personas a la fe de Jesucristo: tal fruto hacen los que predican con lengua del
Espíritu Santo: a donde debes aprender a callar y no defenderte cuando te
culparen otros, fiando en Dios, el cual te defenderá como defendió a los
Apóstoles por medio de san Pedro y los sacó de esta calumnia con mucha
ganancia, así espiritual de merecimiento para con Dios, come de honra temporal
para con los hombres: aprende también los frutos que se cogen de la predicación
con espíritu, y pide a Dios que te le dé, y al divino Espíritu que te enseñe
como enseñó a los discípulos del Señor.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
María es, entre las puras criaturas, la
que ha subido a más sublime altura en la escala de las perfecciones naturales y
sobrenaturales. Sin embargo, si se busca en ella algún signo exterior de su
incomparable grandeza, apenas será dado encontrarlo. Es una doncella modesta y
pobre que ha ligado su suerte a la de un humilde obrero que vive de su trabajo
y habita bajo un pobre techo. Es porque toda la gloria de la hija querida del
Rey del cielo está oculta en su corazón, en el cual se encierran perfecciones
más que humanas y más que angélicas. Preservado de la corrupción universal que
anegó a manera de impetuoso torrente a todos los hijos de Adán, el corazón de
María fue concebido en la inocencia, nacido en la santidad y enriquecido con
todos los dones del cielo. Dios ve reaparecer en él toda la belleza y toda la
pureza que el pecado desfiguró en el corazón del primer hombre, que halla en él
sin mancha alguna que lo desfigure, ni germen alguno de pasión que lo turbe, ni
la más ligera falta que lo haga menos digno de su amor.
Es un corazón cuyas inclinaciones son
enteramente santas y cuyos afectos todos son celestiales. En él se contempla la
divinidad como en un espejo donde descubre su propia imagen y se complace en
sus perfecciones como en la obra maestra de sus manos, más primorosas que la
creación de todos los mundos visibles. El Padre, adoptándola por hija
predilecta, preservó a María del pecado; la colmó de sus favores y la adornó
con sus más preciados dones. Desde que nace a la vida, Dios la recibe en sus
brazos y la separa del mundo para que no conozca ni ame a otro padre que a él.
Cautiva voluntaria del amor, apenas salida de la cuna, va a ofrecer su corazón
en holocausto al pie de los altares de su Dios. Jamás se extinguió en su
corazón el fuego sagrado del amor, que ardía como un leño seco sin consumirse
jamás.
En ese corazón virginal se celebraron las nupcias de una criatura humana con el
santo de los Santos, el Espíritu vivificador. La más rica variedad de las
virtudes forma los atavíos de la feliz esposa, y tanta era la belleza y la
excelencia de la divina desposada, que Dios la recibe en el seno íntimo de su
amistad y la regala con todas las delicias de su amor. Si ese mismo Espíritu,
descendiendo sobre los apóstoles, los transformó en hombres nuevos, ¿qué
maravillosos efectos no produciría en ese corazón al cual no descendió como
lengua de fuego, sino como un torrente de llamas divinas para consumir todo lo
que hubiera en él de humano y hacerlo digno tabernáculo de la divinidad? ¡Ah!
¡qué perfecciones no comunicaría a un corazón con el cual quería unirse con
nudos tan estrechos de amor!
–El entendimiento humano es demasiado
limitado para sondear tan hondos misterios y la lengua humana impotente para
narrar tan grandes maravillas.
Pero lo que da al corazón de María una
excelencia más augusta es su calidad de Madre de Dios. Es ésta una dignidad
incomparable que abisma y confunde. Si Dios, cuando está unido a una criatura
por la caridad, le comunica tantas perfecciones y gracias, ¿qué torrente de
gracias y qué cúmulo de perfecciones lo comunicaría a su Madre durante los
nueve meses que habitó en su seno? ¡Qué emociones tan duras y tan santas harían
latir el corazón de María cuando llevaba en sus brazos y estrechaba contra su
pecho al divino infante! ¡Qué santidad comunicaría a su Madre durante los
treinta años que vivió con ella bajo el techo de un mismo hogar, en un comercio
tan íntimo y en mutuas y diarias comunicaciones!
Honremos, pues, con un culto digno y
homenajes de amor y de alabanzas al corazón inmaculado de María, santuario de
la divinidad, relicario de virtudes y dechado de las más sublimes perfecciones.
Amemos con amor ardiente y agradecido a ese corazón que ardió por nosotros en
tan vivas llamas de amor: es el corazón de una madre que se sacrifica por sus
hijos; es el corazón de una Reina, lleno de piedad y de misericordia para con
sus pobres vasallos; es el corazón de la buena y amable Pastora que buscaba a la
oveja descarriada, que la carga amorosamente sobre sus hombros y la conduce al
abrigado aprisco.
Ejemplo María, Salud de los que la invocan
Uno de los muchos peregrinos a quienes el
amor a la Reina del cielo conduce a la gruta de Lourdes, escribía en 1873 lo
siguiente: «Llegado a Lourdes en la mañana del día de la Asunción, me dirigí
inmediatamente a la gruta milagrosa, y vi que un gran número de personas se
acercaban a la reja con un apresuramiento y emoción que me indicaron que algo
de extraordinario acababa de suceder. Pregunté la causa del movimiento, y se me
respondió: Es un milagro que acaba de verificarse, y el sacerdote a quien la
Santísima Virgen ha sanado milagrosamente esta firmando cédulas para todos
aquellos que deseen tener un atestado del milagro. Yo me acerqué y pude obtener
una cédula que llevaba al pie la firma del abate de Musy de la diócesis de
Autún».
«Todos deseábamos conocer los pormenores
del prodigio; entonces un sacerdote se acercó a la reja y lleno de emoción dijo
lo siguiente a la numerosa concurrencia de peregrinos que allí estaba: Deseáis
saber lo que acaba de pasar, y voy a complaceros para alentar vuestra confianza
en la protección de María. Un sacerdote padecía desde hace veinte años una
enfermedad dolorosa que la ciencia no ha podido aliviar. De once años a esta
parte no podía celebrar el santo sacrificio, y desde hace tres meses estaba enclavado
en una silla rodante sin poder hacer ni el más ligero movimiento… Esta mañana
fue llevado trabajosamente a la cripta para oír una misa que se iba a aplicar
por su salud. En el momento de la elevación ese sacerdote inválido se sintió
con fuerzas para ponerse en pie sin auxilio ajeno; poco después pudo ponerse de
rodillas y terminar la misa en esa posición. Terminada la misa, pudo bajar por
sí solo de la cripta a la gruta sin fatiga ni cansancio; y ya lo veis en pie
sin rastro de enfermedad como cualquiera de vosotros; porque sabed que ese
feliz sacerdote, tan bondadosamente curado por María es el mismo que os habla
en este instante».
«Ayudadme a dar gracias a mi celestial
bienhechora por el extraordinario prodigio de que acabo de ser objeto, a pesar
de mi indignidad; y pedidle conmigo que complete su obra, obteniéndome la
gracia de emplear lo que me queda de vida en ganar muchas almas al amor de su
divino Hijo».
Mientras esto decía, el sacerdote derramaba abundantes lágrimas, y lloraban con
él todos los presentes… «He aquí, decían unos, la tierra de los prodigios… Que
venga la incredulidad, decían otros, a explicar naturalmente las cosas que aquí
se ven… María, exclamaban los de más allá, es la gran bienhechora del mundo…»
Así es en verdad: ¿quién podrá reducir a
guarismo sus beneficios? ¿Quién podrá contar el número de los que han hallado a
sus pies el consuelo, la salud, la gracia y la vida? Más fácil sería contar las
estrellas del cielo y las arenas del mar.
Jaculatoria
Tu corazón ¡oh María!
Será mi asilo y refugio
En las penas de la vida.
Oración
¡Oh corazón amabilísimo de María! Santuario
augusto de la beatísima Trinidad, dechado perfectísimo de todas las virtudes,
yo os amo y bendigo con todas las efusiones del amor más ardiente que puede
caber en el corazón de un hijo amante. En vuestro corazón ¡oh María! Buscaré yo
un asilo en todas las desgracias de la vida; en vuestro corazón buscaré el
consuelo en medio de las penas que aflijan mi existencia, en vuestro corazón
buscaré la paz, la seguridad y el aliento en medio de los combates que debo
librar contra los enemigos de mi salvación. Vos seréis ¡oh corazón maternal! El
nido, donde, ave fugitiva del mundo, iré a buscar el reposo que tanto anhela mi
corazón. Ved cuan triste y despedazado lo tienen las aflicciones, las
contrariedades y las pasiones que lo turban; ved cómo gimo bajo el peso de mis
pasadas infidelidades y de mis numerosos delitos. ¡Oh corazón adorable de
María! Corazón traspasado por siete agudos puñales de dolor, corazón el más
puro, santo y perfecto, despréndanse de vuestras llagas raudales de bendiciones
que robustezcan mis postradas fuerzas, que alienten mi debilidad y me consuelen
en mis penas y sinsabores. A Vos acude un hijo lloroso que no tiene, después de
Dios, otra esperanza que Vos, ni otro amparo ni otra tabla de salvación en
medio de las tempestades de la vida. Pero ya siento ¡oh corazón querido! Que
renace en mi alma la paz turbada y la esperanza perdida, porque es imposible
que sea desoído quien, como yo, os llama y quien como este afligido y
desamparado hijo, os implora. Protegedme, y seré salvo por vuestra piedad nunca
desmentida. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Besar amorosamente alguna imagen de
María para avivar en nuestro corazón el amor hacia ella.
2. Rezar siete Salves en honra del Corazón
inmaculado de María, pidiéndole que nos conceda la pureza de alma y cuerpo.
3. Hacer el propósito de honrar de una
manera especial a la Santísima Virgen todos los sábados del año.