lunes, 24 de agosto de 2026

DE LA LEPRA DEL ALMA Y SU REMEDIO.

 


Martes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA LEPRA DEL ALMA Y SU REMEDIO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Martes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA LEPRA DEL ALMA Y SU REMEDIO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Agustín, no vedó Cristo la lepra del cuerpo, sino la del alma. La ley antigua mandaba que los leprosos no entrasen en los pueblos porque no inficionasen a los demás; pero la del Evangelio de Cristo no prohíbe esta, sino la del alma, aconsejando a los sanos que no se junten con los pecadores tocados de la lepra de los vicios y malas costumbres, porque no se les pegue su contagio.

Medita, pues, los males que acarrea al pecador este contagioso mal de la lepra del pecado; porque, lo primero, como dice santo Tomás, lo aleja de Dios y de sus santos; y para significar esto se detuvieron lejos los diez leprosos de Cristo, y mucho más lejos están los pecadores de Dios, aunque se arrimen a su altar; porque el pecado los aleja más que está el Oriente del Poniente. Hablando estaba Abrahán con el rico avariento, y tan cerca que se oían; y dijo que había una distancia insuperable entre los dos, no tanto corporal como espiritual; porque Abrahán estaba en gracia y el rico en pecado.

Considera el estrago que hace este espiritual contagio en el alma, y procura evitarle en la tuya con todas las fuerzas posibles. Pondera cuán grave daño es alejarse de Dios, y el que ha recibido tu alma por alejarte de Él, y cuántos bienes recibe el que se acerca a este Señor; y pídele con lágrimas que no se aleje de ti, porque, si pierdes de vista al Sol, quedarás helado y en tinieblas, y te despeñarás a cada paso.

 

PUNTO II. Considera que la lepra es mal contagioso, y todos huyen del leproso porque no les pegue su enfermedad. Así huyen los buenos de la lepra del pecado y del pecador que la padece, porque no les pegue su enfermedad; y por esto, como dice san Agustín, los católicos no han de comunicar con los herejes, porque no les pegue el contagio de su herejía. Saca de aquí propósitos de conversar con los buenos que te pueden aprovechar, y de huir de los malos que te pueden inficionar con el contagio de sus errores y pecados.

 

PUNTO III. Considera que, como dice san Agustín, la lepra es vicio de tal color que mancha el cuerpo, y consume las carnes, y quita las fuerzas, y poco a poco acaba con la vida y da la muerte. Así es la mala costumbre y el pecado, que mancha al alma y aparece leprosa a los ojos de Dios, consume la virtud, gasta las fuerzas y acarrea la muerte eterna a los que la padecen; o, por mejor decir, el mayor mal de los males: el pecado mortal.

Pide a Dios que te libre de él; y si para sanar de la lepra del cuerpo no dejan los hombres piedra por mover, ¿cuánto mayores diligencias deben hacer para sanar de la lepra espiritual de sus almas? Aquella causa la muerte temporal, y esta la eterna para siempre, que nunca se ha de acabar. Pídele a Dios que te dé gracia para buscar la salud de tu alma a cualquiera costa que sea.

 

PUNTO IV. Considera cuán difícil y costosa es la medicina de la lepra del cuerpo, pues estos en mucho tiempo no la pudieron alcanzar; y cuán fácil y a la mano, sin costa ni trabajo, se halla la cura de la lepra del alma, pues los diez leprosos la alcanzaron con una palabra.

Llora los muchos leprosos que hay en el mundo por negligencia de no buscar su salud, teniendo el Médico y la medicina tan fáciles y a la mano; y llora también la que has tenido tú en buscarla; y pide a Dios fervor y espíritu para diligenciar tu salud y la de tus prójimos en adelante.

Acuérdate de Naamán Sirio, el cual vino desde Siria a Palestina con cartas de su rey a buscar a Eliseo que le curase de la lepra; y tú has emperezado en llegar al sacerdote y lavarte en el Jordán de la confesión, que tienes tan a la mano para sanar de la tuya.

Pondera con Teofilato, citado por santo Tomás, que estos diez leprosos acudieron a Cristo, en quien está la salud, y se la pidieron llamándole Jesús, porque este nombre dulcísimo es aceite derramado que sana de todas las enfermedades. Acude a este Médico soberano, clama y pídele salud; manifiéstale tus llagas y dile con afecto de tu corazón:

 «Jesús y Maestro del mundo, tened misericordia de mí.»

Persevera clamando, que Él te sanará en el cuerpo y en el alma, como sanó a los leprosos que le llamaron.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 25. EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 25

EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 25

EL CORAZÓN DE MARÍA ES PARA NOSOTROS UN CORAZÓN DE MADRE

 

Hasta ahora María nos había amado como a hermanos y hermanas; ahora contemplemos su amor hecho verdaderamente maternal. Desde que Jesús nos confió a sus manos, Ella nos ama como a hijos predilectos. No se equivocó acerca del sentido de las palabras de su Hijo.

«Este discípulo escogido —dice Dionisio el Cartujo— representa a cada uno de los fieles. Así, cuando Jesucristo dijo a Juan: “He ahí a tu Madre”, dio a su Madre como Madre de cada cristiano.»

San Bernardino de Siena dice igualmente: «Vemos en la persona de Juan a todos los cristianos, de quienes la Santísima Virgen llegó a ser Madre por amor.»

Y san Bernardo lo confirma al afirmar: «En la Pasión de Jesucristo, todos los hijos de la gracia llegaron a ser hijos de María.»

Comprendió, pues, perfectamente el sentido de las palabras de Jesús al aceptarnos como hijos suyos. «Desde aquel momento —dice san Bernardino de Siena— nos llevó a todos en su seno, como una verdadera madre lleva en él a sus hijos.»

Y san Ambrosio enseña: «Ella es, según el espíritu, Madre de los miembros del Salvador, porque cooperó con su caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia.»

¿Quién podría expresar con cuánto amor nos llevó en sus entrañas espirituales y nos dio a luz para la vida de la gracia?

Semejante al Padre eterno, «amó al mundo hasta el punto de entregar por él a su Hijo único», dice san Buenaventura.

Examinemos ahora cuál ha sido nuestro amor hacia una Madre tan buena. A una madre que nos ama con amor maternal, debemos corresponder con un amor de hijos. Pero ¿tenemos realmente ese amor filial hacia tan excelsa Madre?

Si lo tuviéramos, ¿seguiríamos ofendiendo al mismo tiempo a su divino Hijo? ¿No seríamos capaces de hacer, por amor a Ella, el más pequeño sacrificio, después de que Ella hizo uno tan grande por amor a nosotros?

Confieso, oh Madre nuestra, que hasta ahora mi amor hacia Vos ha consistido más en palabras que en obras.  Que no sea así en adelante. Quiero corregirme; quiero convertirme; y para ello pongo toda mi confianza en Vos.

«¡Oh saludable confianza! La Madre de Dios es nuestra Madre.» Vos misma dijisteis a santa Brígida que erais «la Madre de todos los pecadores que desean convertirse».

A Vos, pues, recurro y a Vos me encomiendo.

 

ORACIÓN
Salve

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora y Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!

 

V/. Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen santa.

R/. Dame fortaleza contra tus enemigos.

Oh Dios, bendito seas en tus santos. Amén.

 

FLOR. Repetir con frecuencia la jaculatoria: «Mostrad que sois nuestra Madre.»

 

FRUTO. Demostrar con obras nuestro amor filial hacia María.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.