martes, 22 de septiembre de 2026

DEL BENEFICIO DE LA PERSEVERANCIA EN EL SERVICIO DE DIOS. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Miércoles de la XVII semana después de Pentecostés

DEL BENEFICIO DE LA PERSEVERANCIA EN EL SERVICIO DE DIOS

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Miércoles de la XVII semana después de Pentecostés

DEL BENEFICIO DE LA PERSEVERANCIA EN EL SERVICIO DE DIOS.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la importancia de este beneficio, y por ella rastrearás la grandeza de él; porque, como dice el Salvador (3), de él depende toda nuestra dicha y nuestra salvación; por cuanto el que no perseverare no alcanzará la salvación. Considera que, como dice san Gerónimo, no está el punto en empezar bien, sino acabar bien y con felicidad la jornada. ¿Qué importa salir con buen viento y navegar al principio con bonanza, si no llega a tomar el puerto la nave ni los que van en ella? Pondera esto mucho, y cuánta merced ha hecho Dios a los que ha dado perseverancia en su servicio hasta conducirlos al puerto de la bienaventuranza, pues pueden decir con David (1): «Tuvísteme de tu mano, y enderezásteme según tu voluntad, y recibísteme en tu gloria.»

 

PUNTO II. Considera las mercedes que Dios te ha hecho para darte perseverancia hasta aquí; las ocasiones de perderte de que te ha librado; las tentaciones del demonio de que te ha sacado vencedor; las inspiraciones santas que te ha dado; los maestros y padres espirituales que te enseñan a conseguir lo que te importa; los buenos amigos que te acompañan y te libran de los malos; los ejemplos de los buenos con que te ha movido; los Sacramentos con que te ha alimentado, y la gracia con que te ha conservado. Mira cuánto debes a Dios, y cómo le has de agradecer la merced que te ha hecho hasta aquí, y esta gracia de la perseverancia, en que están encerradas tantas gracias; y pídele que la continúe y te tenga de su mano por toda la vida en adelante.

 

PUNTO III. Considera cuántos han empezado bien y han acabado mal. Vuelve los ojos a los que empezaron contigo el camino del cielo, y a muchos de que tienes noticia que empezaron con mucha virtud, y al mejor tiempo se despeñaron en vicios y acabaron su vida en ellos, y perdieron la corona que les tenía Dios preparada en el cielo, y ya otros la poseen y ellos están en el infierno. Y mira qué fuera de ti si Dios te hubiera dejado como ellos, pues no es menor tu flaqueza y es mayor tu malicia que la suya, y hubieras sido peor que ellos. Reconoce este favor por singularísimo beneficio de su divina mano, y dale muchas gracias por él, humillándote en su presencia y reconociéndote todo por hechura suya y efecto de su divina gracia; y pídele juntamente que te ampare para que no caigas en inmensos pecados.

 

PUNTO IV. Considera cómo aun te puedes perder en el camino comenzado y faltar en la perseverancia, de la cual pende tu salvación, y condenarte, como muchos que en un tiempo sirvieron más a Dios que tú le has servido, y últimamente se condenaron, porque no perseveraron en el camino comenzado. Carga la consideración en lo que debes hacer en adelante para perseverar. Mira los bajíos que hay en que te puedes perder; los mares de ocasiones y tentaciones en que te puedes anegar; los medios que debes usar para no descaecer en la virtud; y ármate de paciencia, constancia, oración y meditación, con mucha humildad, para llevar tu cruz hasta morir en compañía del Señor. Ofrécete de corazón a su servicio, y pídele con grande afecto su gracia para acompañarle siempre y no dejarle jamás.

(1) Psalm. 72.

(3) Matth. 24.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 23. EL HUMILDE SE SABE NADA Y QUE DIOS ES TODO. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 23

EL HUMILDE SE SABE NADA

 Y QUE DIOS ES TODO

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 23

EL HUMILDE SE SABE NADA

 Y QUE DIOS ES TODO

El humilde solo tiene ojos para contemplar y meditar la grandeza de Dios, de cuya presencia los saca encandilados para no ver en sí algo que sea de consideración.

El humilde ni tenía palabras para volver por sí, ni ojos para mirar cosa buena que en él estuviese; sin embargo, tiene una y muchas lenguas llenas de palabras para hablar de Dios. Por otro lado, tiene gran amistad con el mismo Dios, que Dios le hace señor de grandes bienes y tesoros, porque con su humildad y conocimiento, sabe muy bien ganarse a Dios.

El humilde tiene cortedad de vista para sí y para ver en sí cosa de la que sus ojos se enamoren. San Francisco gastaba días y noches en llamar a Dios “suyo y todas las cosas”. Porque, si Dios es todas las cosas, argumento lógico es que san Francisco será nada, que lo será todo en Dios, porque Dios es san Francisco, y san Francisco Dios.

Dime glorioso san Francisco, ¿quién eres? Este nos dirá que nada. ¿Por qué o cómo que eres nada? Responderá con verdad que Dios es todas las cosas, y si Dios es la vida, el ser y la perfección de todo cuanto hay, nada hay que sea, valga o tenga ser y perfección que no sea Dios, y las mismas cosas por sí sean nada.

¡Oh, qué casamiento tan alto y espiritual el de san Francisco con Dios! ¡Oh, qué conocimiento de san Francisco sobre quién es Dios!, pues dice que Dios es todas las cosas, y siendo él tan humilde en su consideración y considerándose por nada, esa misma nada la halla en Dios hecha algo y tan algo que dice que Dios es de san Francisco: suyo y todas las cosas.

Quien miraba un abismo de tan infinito ser ¿qué había de hallar cuando se mirase a sí, sino un abismo de no ser? Natural es que del conocimiento de tanta grandeza había de nacer el desprecio de tanta humildad.

Esto es un retrato de lo que san Pablo dice considerando a Cristo en él: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”, porque en tal presencia no hay yo porque todo es Cristo. Un hombre apartado de Dios es tinieblas, pero cuando Cristo llega a nosotros, todo lo que era nuestro o tinieblas se deshace o desaparece y solo queda lo que es Dios.

Estando la vista en aquel abismo del infinito ser, en aquella luz inaccesible de la majestad eterna de Dios, quedó de tal manera deslumbrado y encandilado que, cuando volvió los ojos a mirarse a sí mismo, no se halló ni pudo verse y no pudo determinar si llevaba consigo su cuerpo o no.

Esto nos da a entender que, en la presencia de Dios, no hay majestad ni grandeza, no hay coronas ni reinos, no hay lenguas que se atrevan a hablar, ni manos que toquen instrumentos; todo es silencio, todo sumisión y confusión de verse ante tan grande majestad.

 

JACULATORIA: Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré limpio e inocente del gran pecado. (Salmo 19, 14)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.