lunes, 30 de marzo de 2026

DE LA TERCERA PALABRA QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ A SU SANTÍSIMA MADRE. MUJER, VES AHÍ A TU HIJO, Y AL DISCÍPULO: VES AHÍ A TU MADRE

 


Martes Santo.

DE LA TERCERA PALABRA QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ A SU SANTÍSIMA MADRE. MUJER, VES AHÍ A TU HIJO, Y AL DISCÍPULO: VES AHÍ A TU MADRE

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Martes Santo.

DE LA TERCERA PALABRA QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ A SU SANTÍSIMA MADRE. MUJER, VES AHÍ A TU HIJO, Y AL DISCÍPULO: VES AHÍ A TU MADRE. (Joann. 19.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera el valor de la Reina de los ángeles que nunca desamparó a su benditísimo Hijo y acompañándole en el Calvario, no estaba desmayada ni cortada con la grandeza del sentimiento, sino en pie, firme y constante al lado de su Hijo para ayudarle y servirle; y como dice Zenón, ofreciéndole en sacrificio al Eterno Padre por el mundo con más valor que Abraham ofreció a su hijo Isaac. Gózate de su gran constancia y pídele gracia al Señor para imitarla, y ofrécele en sacrificio tu corazón y cuanto amares en este mundo como ella ofreció a su amantísimo Hijo por el mundo.

PUNTO II. Considera el sentimiento de Cristo viendo en tan acervos dolores a su Santísima Madre, y el de la Madre viendo padecer tales tormentos a su benditísimo Hijo: su alma estaba crucificada con él y pendiente en la cruz con una compasión tiernísima; los clavos atravesaban su corazón, y todos los tormentos que Cristo padece en el cuerpo sentía la beatísima Virgen en el alma: por el amor que le tenía. ¡Oh Virgen purísima! ¿por qué vinisteis al monte Calvario a gustar la mirra amarga de su pasión? ¿quién os trajo entre ladrones y homicidas, sino el amor que tuvisteis a vuestro santísimo y precioso Hijo con ansias y deseos de morir con él? Agar no tuvo ánimo para ver morir a su hijo Ismael, y por eso se apartó de él y le dejó en las gargantas de la muerte; pero vos, Señora, vencéis a todos en valor y con él quisisteis estar al pie de la cruz, a la cabecera de esa dura cama, para verle y morir en los deseos con él; llevadme con vos para que yo aprenda también a morir por su amor.

PUNTO III. Considera las palabras que dijo Cristo a su Beatísima Madre: Mujer, ves ahí a tu hijo. Llámala mujer y no madre por no aumentar su dolor, y para declarar que se había desnudado de afecto de Madre en aquel trance, para sacrificar a Dios su Hijo; y mira por su honra y por su consuelo dejándola un vicario y sustituto suyo que la sirva en su lugar y le tenga en lugar de hijo, y en él le encomendó a todos los hijos de la Iglesia, y a ti también, a quien tuvo en su memoria. ¡Oh Señor! muchas gracias os doy por la merced que me hicisteis dándome tal Madre y acordándoos de mí en la hora de vuestro tránsito, y juntamente me enseñasteis en esa cátedra de vuestra cruz a honrar a mis padres hasta la muerte como vos honrásteis a los vuestros: dadme gracia para que cumpla el precepto que me dísteis, no solo con la palabra sino también con la obra, poniéndolo en ejecución.

PUNTO IV. Considera las últimas palabras que dijo a san Juan: Ves ahí a tu Madre. ¡Oh qué consuelo sentiría en medio de tantos dolores el discípulo amado oyendo tal razón de la boca del Señor! ¡Oh qué joya os ha dado al partirse de este mundo, divino Juan, que vale más que todo cuanto el mundo estima! Siempre os amó; pero en el fin dio muestras de la fineza de su amor. ¡Oh alma! no te apartes del pie de la cruz; oye las palabras que te dice el Salvador en nombre de este discípulo amado: ves ahí a tu Madre. Esta es y ha de ser siempre, recíbela por tal, ámala, sírvela y reverénciala, que si eres verdadero hijo la experimentarás verdaderísima Madre para contigo.

(1) Rodulf. de vit. Christi in princ.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.

 

El beato Amadeo, duque de Saboya. — 31 de marzo.

 

El beato Amadeo, duque de Saboya. — 31 de marzo.

(+ 1472.)

El glorioso y caritativo príncipe beato Amadeo fue hijo de Luis II y de Ana, hija del rey de Chipre. En medio del fausto de la corte conservó siempre su corazón sin mancilla, y era de condición tan apacible, que se hacía dueño de todos los corazones. A los diecisiete años casó con Violante, hija de Carlos VII de Francia, y habiendo sucedido a su padre en el trono, las virtudes que como a príncipe le adornaban, tomaron nuevo brillo con la diadema. Derrotó a los turcos, y no se mostró menos valeroso en las batallas que generoso en las victorias y piadoso con los vencidos. Tuvo gran cuidado de que los príncipes sus hijos se criasen en toda virtud y como convenía a su nobilísima sangre; y no había a la sazón en Europa corte más brillante ni mejor ordenada que la suya, ni reino en que más floreciese la paz, la justicia, la virtud y la prosperidad; de manera que su reinado se llamaba el siglo de oro. No pasó el santo rey un solo día en que no hiciese algún particular beneficio, y mereciese las bendiciones del cielo y el reconocimiento y amor de sus vasallos. Empleó todo su tesoro en fundar asilos de beneficencia, y en aliviar por su mano las miserias de los que padecían. Llamábanle el padre de los menesterosos, y a su palacio el jardín de los pobres. Habiéndole dicho un día que las excesivas limosnas que repartía agotaban todas sus rentas, respondió muy alegre el magnífico príncipe: «Huélgome mucho de lo que me decís: aquí tenéis el precioso collar de mi orden, vendedle y socorred también con el precio de él a mis queridos pobres.» Cuando el santo rey se vio vecino a la muerte, llamó a sus hijos y a los principales señores de la corte, y les declaró su última voluntad en estos términos: «Mucho os recomiendo la misericordia y caridad con los pobres: derramad generosamente en su alivio vuestras limosnas, y el Señor derramará copiosamente sobre vosotros sus bendiciones. Haced justicia sin acepción de personas, y poned todo vuestro estudio en hacer que florezca la religión católica y sea Dios servido en todo el reino.» Finalmente, habiendo recibido con singular edificación y lágrimas de todos, los santos Sacramentos, trocó la diadema terrenal por la corona eterna de los cielos, y el Señor acreditó su santidad con tantos prodigios, que el obispo de Vercelli donde murió el santo, refiere ciento treinta y ocho, todos muy ilustres, especialmente en los que adolecían de accidentes epilépticos; y san Francisco de Sales aseguró al papa Paulo V que todos los días obraba Dios nuevos milagros en el sepulcro del santo duque.

Reflexión:  Como es tan poderoso y eficaz el ejemplo de los príncipes, el del beato Amadeo imprimía en su corte y en sus vasallos un sello tal de virtud, que por mucho tiempo se vio el vicio desterrado de sus estados, y la piedad cristiana, siguió floreciendo en todas partes con religioso esplendor. Apenas hallaba la justicia crímenes que castigar en ninguna de sus provincias; y en las poblaciones de aquel estado se veían los más admirables ejemplos de todas las virtudes. ¡Oh! ¡qué fácilmente se lleva a cabo la dificultosa empresa de reformar las costumbres, cuando resplandece por toda la nación la virtud y cristiana vida de sus gobernantes! Pero si éstos son la piedra de público y universal escándalo, ¡qué ha de ser todo el reino, sino un lago de vicios y maldades!

Oración: Señor Dios, que trasladaste a tu confesor, el bienaventurado Amadeo, del principado de la tierra al celestial reino de la gloria, suplicámoste nos concedas, que por sus merecimientos y su ejemplo, usemos de los bienes temporales, de suerte que no perdamos los eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO DEL DÍA: Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura. Pues en cuanto a los pobres, los tenéis siempre con vosotros; pero a mí no me tenéis siempre.


LUNES SANTO: UNCIÓN EN BETANIA
Rito Romano 1962
 
Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura.
Pues en cuanto a los pobres, los tenéis siempre con vosotros; pero a mí no me tenéis siempre.
 

EVANGELIO


Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Jn 12, 1-9

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

TEXTOS DE LA MISA  LUNES SANTO
 
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