«Ciertamente
toda obra y milagro de Cristo es importantísimo, divino y maravilloso. Pero
entre todas, la más admirable es su preciosa cruz. Por ninguna otra obra sino
por la cruz de nuestro Señor Jesucristo la muerte fue aprisionada, el pecado
del primer padre fue perdonado, el infierno saqueado, la resurrección fue
donada, y nos fue dado el poder de desdeñar las cosas presentes incluso la
misma muerte.
Además,
por la cruz se dirige convenientemente el regreso a la antigua felicidad, las
puertas del paraíso son abiertas, nuestra naturaleza se sienta a la derecha de
Dios y nos hacemos hijos y herederos de Dios…
La
cruz se nos ha dado como signo sobre la frente, del mismo modo como la circuncisión
le fue dada a Israel, pues por esta señal los fieles somos separados y
distinguidos de los infieles. Ésta es escudo, arma y trofeo contra el diablo.
Es sello para que no nos toque el destructor, como dice la Escritura (Cf. Ex 12, 23; Ez 9, 4; Hb 11, 28). La Cruz
es la resurrección de los que yacen muertos, sostén de los que se hallan de
pie, bastón de los débiles, cayado de los que son pastoreados, guía de los que
se convierten, perfección de los que progresan, salvación del alma y del
cuerpo, tutela contra todos los males, protector de todos los bienes,
destrucción del pecado, planta de la resurrección y árbol de la vida eterna.
Pues
bien, este mismo venerado árbol, que es verdaderamente santo, en el que Cristo
se ofreció a sí mismo como víctima, debe ser venerado pues fue santificado por
el contacto con el santo Cuerpo y Sangre». (San Juan Damasceno, Exposición de la fe, IV, 11. Ed. Ciudad
Nueva, Madrid 2003, p. 251-252)
En
aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Ahora me voy al que me envió, y ninguno
de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza
os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me
vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy,
os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de
una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia,
porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este
mundo está condenado. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar
con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta
la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye
y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo
mío y os lo anunciará.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
IV
domingo de Pascua.
Jesús
promete el Espíritu Paráclito (Joann. 16.)
Refiere
san Juan que estando Cristo de partida a su Eterno Padre, consoló a sus
discípulos, diciéndoles que iba por su bien, para enviarles al Espíritu Santo,
el cual volvería por su honra y argüiría al mundo de sus maldades, y juntamente
les enseñaría lo que él no había hasta entonces podido enseñarles.
PUNTO
PRIMERO. Considera cómo Cristo vino por obediencia del Padre, y acabada la obra
de la redención, vuelve por la obediencia al mismo Padre suyo que le envió; en
que te enseña la que debes tener a tus mayores, y cómo cosas tan grandes y del
servicio de Dios y bien de las almas no conviene intentarlas, sino por la
obediencia del que está en lugar de Dios, y que todas se deben empezar por él,
y acabadas referirlas a él. Toma esta lección para todas tus acciones, y pídele
al Señor que te dé gracia para servirle con ellas, y referirlas todas a su
gloria y honra.
PUNTO
II. Considera cómo se entristecieron los discípulos, oyendo a Cristo que se partía
y ausentaba de ellos; porque como el árbol que está arraigado en la tierra
padece dificultad de arrancarle, así también el amor de Cristo, que había
arraigado en los corazones de los discípulos, causó gran sentimiento al
partirse en ellos. Entra la mano en tu pecho, y reconoce si sientes las
ausencias que hace de ti, y si te entristeces porque te deja seco y sin devoción,
y llora lo poco que le amas, y la tibieza de tu corazón en servirle, y mira
otro sí cuán arraigado estás en los bienes caducos de la tierra, pues tanto
sientes la pérdida de la hacienda, el menoscabo de la honra, de la salud y de
la comodidad; pues por un pequeño interés revuelves el mundo, y te aíras y
alteras; limpia tu corazón de estos afectos terrenos, y ponle en solo Dios y en
las cosas del cielo.
PUNTO
III. Considera la benignidad con que el Salvador consoló a sus discípulos,
diciéndoles cómo iba a su Padre para enviarles al Espíritu Santo, y que todo había
de redundar en bien suyo; robe tu corazón tan grande bondad, y gózate de tener
tal Maestro, tan santo, tan benigno, tan piadoso, tan amoroso y tan bienhechor
de los suyos; pídele que no te deje desconsolado con su ausencia, sino que te
consuele y esfuerce, enviándote al Espíritu Santo, consolador, como les ofreció
a sus apóstoles.
PUNTO
IV. Considera aquellas últimas palabras con que se despidió de ellos: muchas
cosas tengo que deciros; pero no podéis llevarlas ahora; cuando venga el Espíritu
Santo, os las dirá todas. Mira la prudencia y benignidad del Salvador, que no
quiso cargarlos de preceptos, sino atendiendo a su capacidad les dio los
convenientes para aquel tiempo, reservando los demás para después, cuando
hubiesen recibido la abundante gracia del Espíritu Santo, porque es su yugo
suave, y leve la carga de su ley y proporcionada con las fuerzas de los
hombres; no digas que es pesada, pues tan suavemente la mide con nuestra
posibilidad; el mundo carga a sus amadores sin piedad ni medida de cargas
intolerables con que los destruye, fatiga y rinde sus fuerzas y salud; pero
Dios nos carga siempre menos de lo que podemos llevar, y pone el hombro para
aliviarnos y suavizar nuestro trabajo. Dale muchas gracias por ello, y anímate a
llevar el suave yugo de su ley, y enséñate a no cargar a tus prójimos de leyes
y mandatos pesados desiguales a sus fuerzas.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
En una modesta
estancia de la ciudad de Nazaret vivían olvidados del mundo dos ancianos
esposos: Joaquín, descendiente de la familia de David y Ana, vástago ilustre de
la familia de Aarón. Ambos eran justos en la presencia de Dios y observaban su
ley con un corazón puro. Sin embargo, faltaba a su vida una gran bendición:
eran ancianos ya, y el cielo les había negado el consuelo de la paternidad.
Ningún hijo que endulzase las amarguras de la decrepitud crecía en su solitario
hogar. Esto turbaba la paz de sus tranquilos días y les arrancaba copiosas
lágrimas, porque la esterilidad era un oprobio en Israel. Para obtener la
gracia de la fecundidad, ellos se habían obligado en voto a consagrar a Dios el
primer fruto de su unión, si se dignaba bendecirla.
Después de veinte años de fervorosas plegarias, se presenta un ángel a Joaquín
y le dice: «Tus oblaciones han sido agradables al Señor y tus oraciones y las
de tu esposa han sido oídas. Ana dará a luz una hija, a la cual pondrás el
nombre de María ella pertenecerá al Señor desde su infancia, y será
perpetuamente virgen».
Eran los
primeros días del sexto mes del año 734 de la fundación de Roma. Mil
demostraciones de alegría se dejaban notar dentro de la antes desierta y
silenciosa casa de Joaquín. Ana acababa de dar a luz una hija más hermosa que
la azucena del valle y más pura que las primeras luces del alba.
Sólo algunos
parientes y amigos rodeaban su cuna uniéndose al gozo de los felices padres. En
torno suyo no se veía ni real magnificencia, ni se escuchaban alegres
sinfonías, ni se aderezaban suntuosos festines. El mundo no estaba allí, sólo
se ostenta el dulce gozo de la familia, que bendecía la mano bienhechora que
hacía nacer la felicidad en un hogar tanto tiempo habitado por el dolor.
Pero si este
acontecimiento se realiza ignorado del mundo, en cambio los ángeles lo celebran
en el cielo con cánticos de júbilo, y el infierno se estremece, presintiendo su
próxima derrota. Acababa de nacer la Reina de los ángeles y la mujer destinada
a quebrantar la cabeza de la serpiente. Se levantaba sobre el oscuro horizonte
del mundo la bella aurora que anunciaba la venida del Sol de Justicia. Pero,
aquella que en el teatro mismo de la muerte y del pecado, se levantó como una
promesa de vida y de salvación, apareció en el mundo cercada de pobres y
humildes apariencias. El techo de una modesta estancia cobija su cuna. Unos
cuantos vecinos y parientes, pobres como ella, forman su corte.
María se
regocijaba de este olvido y se gozaba en su oscuridad. Nacida para Dios, nada
le importaba la estimación del mundo. Deseosa sólo de dar gloria a Dios
despreciaba la efímera gloria y los vanos honores de los hombres.
¡Qué elocuente
lección para nosotros, que tan prendados vivimos de los falsos honores y
pasajera gloria del mundo! Riquezas, honores, renombre, estimación, he aquí lo
que ansiosamente buscamos, sin parar un momento la atención en la nada y
vanidad que envuelven. Las arcas repletas de oro, si nos prestan comodidades
temporales están muy lejos de darnos la verdadera felicidad, que consiste en la
paz del alma y en la tranquilidad de la conciencia; antes bien su posesión no
nos satisface, el cuidado de conservarlas nos turba, su adquisición nos impone
duros sacrificios y su pérdida nos desespera. Muchas veces el rico que
sobrenada en riquezas es más desgraciado que el pobre labriego que vive bajo un
techo de paja, que come un pan escaso y reposa de sus fatigas en desabrigado
lecho. Si Dios se digna concedernos las riquezas, no encerremos nuestro corazón
en las arcas que las guardan, y no busquemos en su posesión el bien supremo de
la vida. Si no somos pobres en el efecto, seámoslo en el afecto.
Los honores y
la gloria son el barniz de la vida, inestables como el carmín de las flores,
vanos como el perfume que el viento desvanece y erizados de espinas como el
tallo de las rosas. Sin embargo, tras de esos bienes vanos e inestables corre
el mundo desalado. El nacimiento de María nos enseña a no fundar en esas
frivolidades un título de orgullo, despreciando a los que están colocados en
esfera inferior a la nuestra. ¿Qué son esos bienes comparados con los de la
eternidad? Polvo y paja. ¿De qué sirven al rico sus tesoros y al grande sus
honores, si su eterna morada es el infierno? ¿Y qué puede importar al pobre su
miseria, al humilde sus abatimientos, si al fin encuentra en el cielo riquezas
que no se agotan y honores que no desvanecen jamás? Busquemos ante todo el
reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura.
Ejemplo María, consoladora de los afligidos
Uno de los más
insignes devotos de María, de los que en el seno de la Iglesia se han
distinguido más por su fervor en honrarla, ha sido san Francisco de Sales,
honra y lumbrera del episcopado católico. Cuando este ilustre santo era todavía
estudiante en París, quiso Dios aquilatar su virtud, permitiendo que fuera
tentado en orden a su predestinación. El espíritu de las tinieblas le sugirió
la idea de que era inútil cuanto hacía por adelantar en los caminos de la
santificación, porque estaba irremisiblemente condenado.
Compréndese
fácilmente cuán horribles serían las angustias del santo joven, estando en la
persuasión de que él, que tanto amaba a Dios, se hallaría en la necesidad de
odiarlo, maldecirlo y blasfemarlo, por toda una eternidad en el infierno. Esta
consideración, que para cualquier alma que tiene fe, bastaría para convertir la
vida en un infierno anticipado, era para Francisco un martirio más cruel que
las torturas de los mártires. Aquella idea, clavada día y noche en su mente,
alejaba el sueño de sus ojos y le hacía olvidar el alimento y el reposo no
permitiéndole hacer otra cosa que llorar. Pálido, triste, agitado, se
arrastraba como un espectro por las calles de París sin rumbo fijo y abismado
en profunda meditación.
Agobiado bajo
el peso de esta enorme montaña y buscando en todas partes un consuelo que no
hallaba en ninguna, penetró un día en el templo de san Esteban para ir a
postrarse a los pies de la Santísima Virgen, su protectora, su refugio y su
madre. Allí, deshecho en un río de lágrimas, levantó hacia ella sus ojos
cansados de llorar, y, con todo el amor que ardía en su corazón, le dijo: «Si
es tanta mi desdicha que he de condenarme y estar eternamente en la desgracia
de Dios después de mi muerte, a lo menos, concédeme el consuelo de poderlo amar
durante toda mi vida». Y tomando en su mano una tablilla que estaba colgada al
lado del altar y en la cual se hallaba escrita la bella oración de san
Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María, la rezó con un fervor
que conmovió, sin duda, las entrañas maternales de la que con tanta razón es
llamada Consoladora de los afligidos. Y a fin de interesar más y más su
protección hizo allí voto de perpetua virginidad y la promesa de rezarle todos
los días de su vida una tercera parte del rosario.
Tan tierno,
tan puro y tan probado amor merecía ciertamente una recompensa digna de tanta
fidelidad, tornando en dulcísima paz los tormentos que martirizaban aquel
corazón tan desinteresado en amar como constante en sufrir. Como el navegante
que, tras de larga y tormentosa noche, ve amanecer un día sereno en un mar en
calma, así sintió Francisco que tras de dos meses de crueles padecimientos,
renacía el sosiego del alma y se disipaban al soplo del cielo aquellos negros
temores que, a no estar sostenido por la gracia, lo habrían precipitado en el
abismo de la desesperación. El que momentos antes creía que su destino habría
de ser odiar a Dios eternamente en el infierno, tuvo la dulce certidumbre de
que la amaría y bendeciría eternamente en el cielo. Cierto que esta gracia le
había sido alcanzada por la intercesión de María, a quien acababa de invocar en
el extremo de su aflicción, redobló su amor y su confianza hacia tan bondadosa
madre: y fiel a sus promesas, la amó y honró toda su vida con la ternura del
hijo más amante.
En medio de
las aflicciones y adversidades que siembran el camino de la vida, busquemos en
el regazo de María, siempre abierto para los desgraciados, consuelo y amparo.
Jaculatoria
¡Oh, amable
Reina del cielo!,
Sé en la desgracia mi aliento
Y en la aflicción mi consuelo.
Oración
Llenos
nuestros corazones del más puro regocijo, venimos, ¡oh, tierna y hermosa Niña!,
a presentarte nuestros homenajes de amor al pie de la pobre cuna en que
dulcemente te dormías durante las bellas horas de tu infancia. Si el mundo te
desconoció y si los hombres no vieron en ti sino a una pobre hija de Adán,
porque no eran de púrpura tus pañales ni fue tu cuna recamada de oro, nosotros
te saludamos como a la aurora de bendición que anuncia la salida del sol de
justicia. Entre las modestas apariencias que te cercan, vemos en ti a la
corredentora del linaje humano y a la Madre del Salvador del mundo. Tú viniste
a la tierra para ser la consoladora de los afligidos, el amparo de los débiles
y el sagrado asilo de los desventurados. Tú naciste para ser un puerto de
salvación para los infelices náufragos de la vida, un escudo de protección
contra las asechanzas del infierno y una estrella cuya luz apacible guía los
pasos de los peregrinos de este valle oscuro y desolado; por eso tu nacimiento
es para nosotros un motivo del más ardiente júbilo. Él ha glorificado a la
Trinidad, ha regocijado a los ángeles y ha hecho temblar al infierno. Dígnate,
¡oh, María!, nacer nuevamente en nuestros corazones por el amor y hacer brotar
en nuestras almas los sentimientos que abrigaba la tuya cuando naciste al
mundo. Inspíranos un santo desprecio por los honores y riquezas y vanos
placeres de la tierra para que ardiendo sólo en las llamas del amor divino, no
busquemos ni amemos otros bienes ni otros tesoros que los del cielo. Amén.
3 avemarías
Prácticas
espirituales
1.—Desprenderse
de algún objeto que sea ocasión de vanidad, o a lo menos dejar de usarlo en
este día.
2.—Rezar
devotamente las letanías de la Virgen para honrarla en su gloriosa Natividad.