sábado, 22 de agosto de 2026

LA CURACIÓN DE LOS DIEZ LEPROSOS.

 

 


XIII domingo después de Pentecostés

LA CURACIÓN DE LOS DIEZ LEPROSOS.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

XIII domingo después de Pentecostés

LA CURACIÓN DE LOS DIEZ LEPROSOS.

(Luc. 17.)

En el Evangelio refiere san Lucas un milagro que hizo Cristo nuestro Señor, dando salud a diez leprosos, de los cuales uno solo, y extranjero, le dio gracias por el beneficio recibido.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo andaba Cristo por el mundo, no solamente alumbrándole con la luz de su doctrina, sino sanando a los enfermos y haciendo bien a todos, así en el alma como en el cuerpo. Gózate de tener tal Redentor y tal Maestro, que en todos tiempos y lugares no cesa de hacer bien a los hombres; y ponte a vista de los rayos de este divino Sol de justicia, y pídele que te bañe con ellos y te dé luz en el alma, salud y fuerzas en el cuerpo para servirle.

 

PUNTO II. Considera cómo, viéndose estos leprosos llagados, buscaron al Médico celestial y pusieron toda diligencia para que los curase; y avergüénzate tú de ver que son los hombres más diligentes en buscar la salud para sus cuerpos que tú en buscar la tuya para tu alma. Vuelve los ojos a ti mismo y reconoce la lepra que padeces y la necesidad que tienes de Médico que te cure; y busca con diligencia al Señor, que es el verdadero Médico de quien nos viene la salud espiritual y corporal, y pídele que te cure de tus dolencias y que te dé su gracia para no tornar a ellas.

 

PUNTO III. Considera la benignidad con que recibió el Salvador a estos diez leprosos. Pondera la respuesta que les dio, que, aunque no parecía de salud, lo fue, y la alcanzaron por ella. Saca de aquí firmes propósitos de recibir con benignidad a los pobres y curar los leprosos y enfermos con amor, a ejemplo de Cristo. Mira cuántos hay en el pueblo que padecen por no haber quien los cure, y dedícate a curarlos, así los que padecen la lepra en el cuerpo, como los que la padecen en el alma, que es mayor enfermedad.

 

PUNTO IV. Considera cómo de diez que alcanzaron salud, uno solo vino a dar gracias a Cristo, y los nueve se olvidaron luego del beneficio recibido. Llora la ingratitud de los hombres, pues, estando recibiendo el beneficio, se están olvidando de él; y son sin cuenta más los ingratos que los agradecidos. Llora su perdición y engrandece la piedad de Dios, que nunca cesa de hacer bien a todos, y hace que salga el sol sobre los ingratos como sobre los agradecidos, y llueve igualmente sobre los malos y los buenos, y sustenta a los injustos como a los justos. Propón desde luego no ser tú de los injustos y desagradecidos; pídele a Dios gracia para ser de los pocos e imitar a este uno que vino con gran voz a darle gracias a Cristo por el beneficio recibido.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 23. EL CORAZÓN DE MARÍA CRUCIFICADO EN LA CRUCIFIXIÓN DE SU HIJO. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 23

EL CORAZÓN DE MARÍA CRUCIFICADO

EN LA CRUCIFIXIÓN DE SU HIJO

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 23

EL CORAZÓN DE MARÍA CRUCIFICADO

EN LA CRUCIFIXIÓN DE SU HIJO

 

Considera cuán dolorosos fueron para el Corazón de María los repetidos golpes de los martillos que hundían los clavos en los pies y en las manos de su Hijo.

Considera las profundas heridas que recibió aquel Corazón materno al ver atravesados esos pies que siempre habían corrido en busca de las ovejas perdidas, y esas manos que nunca habían dejado de derramar beneficios.

«¡Oh maravilla! —exclama san Buenaventura—. Todo Jesús está crucificado en el interior del Corazón de María.»

«Todos los dolores del mundo reunidos no igualarían este dolor de María», dice san Bernardino de Siena.

«El amor de esta Madre —dice san Agustín— supera el amor reunido de todos los padres y de todas las madres hacia sus hijos.»

Su dolor, por tanto, sobrepasó todos los demás dolores, porque fue proporcionado a su amor. Pues, como dice san Lorenzo Justiniano: «Fue herida tanto más profundamente cuanto más tiernamente amó.»

¿Por qué nosotros no experimentamos ningún dolor al contemplar los sufrimientos de tal Hijo y de tal Madre? Porque nos falta amor.

De otro modo, ¿sería posible contemplar a un Dios hecho hombre por amor a nosotros, crucificado por amor a nosotros y muriendo en una cruz por amor a nosotros, en presencia de su Madre —que también es nuestra Madre—, completamente desolada y crucificada en su Corazón; verlos sufrir así por nosotros y no sentir compasión, no quedar profundamente conmovidos ni derramar torrentes de lágrimas?

«Si vierais —dice san Buenaventura— a una bestia, a un animal tratado de ese modo, por simple sensibilidad humana sentiríais compasión.»

¡Cuánto mayor debería ser, entonces, nuestra compasión y nuestro dolor ante los sufrimientos del Señor, nuestro Dios!

Señor mío y Dios mío, crucificado por nuestro amor, contemplad, os lo suplico, las llagas de vuestras manos. En ellas habéis escrito y firmado con vuestra propia Sangre el acta de mi redención. Leed esos caracteres y salvadme.

Comprendo muy bien que, para realizar la salvación de un monstruo de ingratitud como yo, no basta menos que la fuerza todopoderosa de vuestras llagas.

Grabad, pues, esas llagas en mi corazón; que vuestro amor quede también impreso en él, y haced que sienta un profundo dolor por mis pecados, causa de vuestros sufrimientos.

A Vos me dirijo, Santa Madre: grabad profundamente en mi corazón las llagas de Jesús crucificado.

 

 

ORACIÓN

¡Oh María, oh Madre de los Dolores! Todo cuanto la imaginación más viva pudiera concebir de desgarramientos y angustias, de tormentos morales y de sufrimientos interiores, nada, absolutamente nada, podría compararse con lo que experimentaste en el Calvario cuando viste a tu Hijo amadísimo ser levantado brutalmente de la tierra, clavado en una cruz y privado de todo consuelo y de toda ayuda. Sin duda fue necesario un auxilio especial del cielo para que, en presencia de tan inmensos dolores, tu alma pudiera permanecer unida a tu cuerpo.

¡Oh María! Antes morir que tener la crueldad de renovar el recuerdo de tus dolores con mis infidelidades y mis pecados. Todo mi deseo y todo mi empeño serán consolarte y alegrarte con una vida pura e intachable, procurando meditar sin cesar tus dolores. Amén.

 

FLOR. Repetir con frecuencia esta jaculatoria: «A Vos me dirijo, Santa Madre: grabad profundamente en mi corazón las llagas de Jesús crucificado.»

 

FRUTO. Amemos a Jesús y al Corazón de María, crucificados por nuestro amor.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.