jueves, 15 de octubre de 2026

LA QUINTA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICA: «Y PERDÓNANOS, SEÑOR». MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


 

 Viernes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA QUINTA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICA: «Y PERDÓNANOS, SEÑOR».

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA QUINTA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICA: «Y PERDÓNANOS, SEÑOR».

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que sobre esta petición meditó san Juan Crisóstomo: lo primero, que habiéndonos instruido el Salvador en que pidiésemos el pan cotidiano, nos manda luego que diligenciemos la vida eterna y los medios que conducen para ella, que son el perdón de los pecados y vencer las tentaciones. Este cuidado de lo eterno es el que ha de ocupar tu corazón, y en lo que has de poner el último esfuerzo; y como es imposible alcanzar la vida eterna sino mediante el perdón de los pecados, por eso nos manda Cristo pedirle a su Eterno Padre. Piensa, pues, ahora cuál cuidado es el que ocupa tu corazón, y si es el de los deleites y comodidades del cuerpo, y el de los bienes temporales, o el de los eternos; y procura sacudir aquellos de ti y tomar estos, de manera que este sea tu principal intento y el blanco de tus acciones, y en lo que pongas el mayor esfuerzo. Cuida de alcanzar para este fin el perdón de tus pecados, y no hagas caso de lo vano y perecedero de este siglo.

 

PUNTO II. Considera la segunda razón por qué Cristo nos mandó pedir a su Eterno Padre el perdón de los pecados; conviene a saber, como dice el mismo san Juan Crisóstomo, para que supiésemos que nos ha de venir de su mano, y que usa de misericordia con los que se la piden, arrepentidos de sus culpas, y solo espera que se la pidamos para dárnosla. ¡Oh piadosísimo Señor, tan inclinado a clemencia y a perdonar las ofensas, que Él mismo solicita a los ofensores para que le pidan perdón y usar con ellos de misericordia! Saca de aquí un grande gozo de tener un Dios y un Señor tan piadoso, tan liberal, tan clemente y misericordioso, que ruega con la misericordia y el perdón. Alaba y engrandece su bondad cuanto tus fuerzas alcanzaren, y cobra juntamente una grande confianza en su piedad de alcanzar perdón de tus pecados, por muchos y grandes que sean.

 

PUNTO III. Considera la tercera razón por qué nos manda pedir cada día perdón de nuestros pecados: porque nos humillemos y vivamos con cautela, viendo nuestra flaqueza y malicia, que todos los días caemos y pecamos muchas veces, y necesitamos del perdón. El justo, dice Salomón, cae siete veces al día (Prov. 24), esto es, muchas veces; ¿qué hará el pecador? Todos lo somos y todos caemos; y por esto nos exhorta Cristo a todos que diligenciemos con oraciones y plegarias todos los días el perdón de la mano de Dios, que solo puede perdonar los pecados. Mira qué fuera de ti si Dios no te perdonara, y si se juntaran todos los pecados que has cometido en toda tu vida, ¿qué mar formarían tan profundo de tantos arroyos como corren cada día? Humíllate en la presencia de Dios, reconociéndote por pecador e indigno de que te sustente la tierra ni te cubra el cielo, y de levantar los ojos a Él; antes admírate de cómo te han sufrido las criaturas y no se han levantado todas contra ti, habiendo ofendido continuamente con tan gran número de ofensas a tu Criador; y pídele que se acuerde de tu flaqueza y detenga su ira para que no te aniquile o eche en los abismos del infierno, como lo merecen tus pecados.

 

PUNTO IV. Considera la cuarta razón por que nos manda Cristo pedir cada día perdón de nuestros pecados; conviene a saber, porque los traigamos cada día a la memoria, y los lloremos con verdadera contrición, y hagamos penitencia por ellos. Este es un grande fruto de esta petición y una lección utilísima. Vuelve los ojos a la vida pasada, y mira también la presente, y acuérdate cuántas veces y cuán gravemente has ofendido a Dios. Mira quién ha ofendido a quién: la criatura al Criador, y el que recibió merced al que se la hizo; y tú, a tu bienhechor, a quien por tantos títulos debías servir; y esto no una vez en la vida, o en el año, o en el mes, sino muchas veces cada día, y aun cada hora, sin cesar de ofenderle. Mira, otrosí, qué penas mereces por tantos y tan continuos pecados, y cuánta es la bondad de Dios que te ha sufrido. Gime y llora, y resuélvete en lágrimas de pura contrición por haber ofendido a un tan grande Dios y a un Padre tan piadoso y liberal que merece ser servido. Pídele perdón con todo el afecto de tu alma, y gracia en adelante para morir millares de muertes antes que cometer la más mínima ofensa contra su Divina Majestad.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

16. CELO QUE POR LOS INTERESES DE DIOS TUVO SANTA TERESA. MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A NUESTRA SERÁFICA MADRE SANTA TERESA DE JESÚS

 


DÍA DÉCIMO SEXTO

CELO QUE POR LOS INTERESES DE DIOS

TUVO SANTA TERESA

MES DE OCTUBRE

CONSAGRADO A NUESTRA SERÁFICA MADRE

SANTA TERESA DE JESÚS

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA DÉCIMO SEXTO

CELO QUE POR LOS INTERESES DE DIOS

TUVO SANTA TERESA

Amaba tanto Santa Teresa de Jesús todo lo que podía servir para dar mayor gloria a Dios y hacer bien por las almas, que pareciéndola poco lo que ella, por estos santos fines, hacía desde el claustro por medio de su continuada oración, pedía constantemente al Señor la inspirase alguna obra que ella pudiera practicar para su mayor gloria.

Correspondiendo Jesús al amor que su Esposa con esto la manifestaba, oyó sus ruegos; y así, un día, después de comulgar, cuando estaba haciendo su acostumbrada petición, se dignó Nuestro Señor inspirarle una obra de gran gloria para Él como de inmenso bien para las almas: la Reforma de la Orden carmelitana, que, algo mitigada y rebajada con el transcurso de los tiempos, deseaba Dios que volviese al primitivo fervor que la imprimieron sus gloriosos fundadores los santos profetas Elías y Eliseo.

Jesucristo, al inspirarle la idea, dióla también las fuerzas suficientes para vencer tantas contrariedades como se habían de presentar en su ejecución; y ya con este divino auxilio vemos a Teresa, llena de celo por la gloria de su Amado, emprender animosa la reforma, venciendo dificultades, ganando pleitos, buscando recursos y haciendo fundaciones de monasterios tanto de hombres como de mujeres.

Mucho trabajo padeció Teresa para llevar a cabo la divina misión; caminaba de día y de noche por ásperos senderos y escabrosas montañas, ya con el frío y la lluvia como con el calor abrasador, y muchas veces cargaba ella misma sobre sus hombros las piedras que habían de servir para las obras de sus monasterios, pues todo su afán era que Nuestro Señor tuviese una casa más en que fuese adorado.

Ayudada en no poco de su compañero en la Reforma, el glorioso San Juan de la Cruz, pudo ver coronados sus esfuerzos con la fundación de diez y seis conventos de religiosas y otros tantos de religiosos.

Empezó nuestra Santa por el de San José de Ávila, y siguió consecutivamente con los de Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Veas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y Burgos, más los de Madrid y Granada que mandó fundar porque el mal estado de su salud la impidió hacerlo por sí misma, como hizo con los demás.

El celo de Santa Teresa fue singularísimo; en todas ocasiones dio pruebas inequívocas de ello, pues todos sus pensamientos, palabras y obras se dirigían siempre a la gloria de su amado Esposo y al bien de las almas, especialmente de aquellas que tenía a su cuidado, dándolas máximas y consejos saludables sobre la vida religiosa y regla que profesaban, y, sobre todo, ejemplos dignos de imitar en las muchas virtudes que en grado heroico practicó.

 

OBSEQUIO

Hagamos en este día cualquier obra de celo en favor de algún alma y a mayor gloria de Dios.

 

MÁXIMA

Despegue el corazón de todas las cosas, y busque y hallará a Dios.

 

ORACIÓN

Gloriosa Virgen Santa Teresa de Jesús: por aquel celo tan grande que tuvisteis siempre por los intereses divinos, del que disteis gran prueba con la Reforma de la Orden Carmelitana y fundación de tantos monasterios, os suplico me alcancéis del Señor este santo celo por los intereses de su gloria, para que pueda algún día ser recompensado por Dios como Vos lo fuisteis. Amén.

 

***

Pídase la gracia particular que se quiere alcanzar en este mes por intercesión de santa Teresa de Jesús.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

 

ORACIÓN PARA TERMINAR

Santa Teresa de Jesús, Santa amadísima nuestra, oíd las fervientes súplicas que os dirigimos en el transcurso de este mes, consagrado a celebrar vuestras glorias y a ensalzar vuestras virtudes. Sed siempre para nosotros poderosísima Abogada; libradnos de las asechanzas del maligno espíritu, guiadnos por el sendero de la divina Ley, preservadnos del pecado, y, sobre todo, en nuestra última hora, cuando el Infierno haga el último esfuerzo para perdernos, salvadnos Vos, gloriosa Virgen, de la diabólica astucia, y conducid nuestras almas hacia aquella vida de arriba que es la vida verdadera. Amen.

 

Santa Teresa de Jesús, ruega por nosotros. (3)

Ave María Purísima, sin pecado concebida.