DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS
LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».
MEDITACIONES
DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA
FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la XXIII semana después de
Pentecostés
DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS
LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».
PUNTO PRIMERO. Considera
que, como dice san Jerónimo, no se contenta Dios con que tengamos deseos de
servirle, sino también nos pide hambre y sed de la virtud; esto es, un apetito
encendido de la santidad, y unas vivas ansias de conseguirla, al modo que la
hambre y la sed afligen a los que la tienen hasta alcanzar lo que apetecen.
Pondera aquí lo que dice san Bernardo: que la
hambre y la sed no dan treguas ni plazos para en adelante, sino que son unos
acreedores que ejecutan sin dilación, por cuanto el estómago y el fuego que
padecen no pueden esperar.
Este fuego y esta ansia quiere Dios que
padezcamos de la virtud, y a los que la tienen escribe en el catálogo de los
bienaventurados.
Examina, pues, tu corazón, y mira si padeces
esta hambre y sed de la virtud y santidad, y si te duele la dilación de
alcanzarla, y qué diligencias haces para ello.
Acusa tu tibieza y flojedad, y pídele a Dios que
te la dé, y que encienda este fuego sagrado en tu alma, para que merezcas
entrar en el número de los bienaventurados.
PUNTO II. Considera
que los deseos son las flores que brotan del corazón, y que de ellos proceden
las obras, como los frutos de las flores; por lo cual siempre preceden los
deseos a las obras, y el que no los tiene no las tendrá tampoco.
Y a quien Dios quiere hacer mercedes, primero le
da los deseos de ellas, para que las pida, espere y diligencie por todos los
caminos; como le dio vivos deseos al santo Simeón de ver al Mesías, y antes de
morir se los cumplió.
De lo cual has de sacar:
Lo primero, avivar tus deseos por la oración y
meditación, para merecer por ellos las misericordias de Dios.
Lo segundo, estimar lo que Dios te diere, y
procurar con todas tus fuerzas verlos cumplidos; porque el Señor ha prometido
satisfacer la hambre y sed de los que desean la virtud hasta que se vean
hartos; esto es, satisfechos con el cumplimiento de sus deseos.
PUNTO III. Considera,
con san Jerónimo, que llama Cristo bienaventurados a los que tienen hambre y
sed de las virtudes; esto es, los que nunca se ven hartos de ellas, sino que
siempre aspiran a más y desean más y más.
Esto quiere Dios de ti: que no te contentes con
lo adquirido, sino que siempre desees más virtud y aspires a más perfección,
caminando adelante y adelantándote siempre sin volver atrás.
Mira, pues, si mereces entrar en el catálogo de
los escogidos, y si vas siempre adelante en la mortificación, humildad,
desprecio de ti mismo y aprecio del cielo; y en el amor de Dios y caridad del
prójimo, en la paciencia, mansedumbre y piedad, y en el resto de las otras
virtudes.
Considera cómo estabas al principio de tu
conversión, y en qué grado te hallas ahora; y clama al cielo, pide a Dios
perdón de tu negligencia, fervor para empezar a subir al monte alto de la
santidad, hasta llegar, sin detenerte, a la cumbre de la perfección.
PUNTO IV. Considera
que no solo son bienaventurados los que tienen hambre y sed de la santidad
propia, sino también los que la tienen de la ajena, la cual procede de la
verdadera caridad y amor de Dios, como el calor y sed de la lengua nace del
fuego interior del hígado.
Por esto, como dijo san Crisóstomo (1), llamó
Cristo sol a la santidad, porque da sed.
¡Oh alma mía!, mira si la tienes de la salvación
de tus prójimos, y si te duele su pérdida; si duermes y comes con sabor viendo
tantos como se condenan por vivir mal; y si el celo de la gloria de Dios y del
bien espiritual de las almas está continuamente solicitando tu corazón y
royendo tus entrañas, sin dejarte reposar; y si con esta sed y esta hambre
clamas a Dios por su bien y te martirizas por sus pecados, pidiéndole que ponga
término en ellos y les dé luz para servirle y gracia para salvarse.
Si esto haces, y estas ansias te quitan el sueño
y te traen crucificado, entiende que te va bien; y si no cuidas de tus prójimos
ni te duele su perdición, no tienes sed de sus almas ni mereces entrar en el
número de los bienaventurados, a quien Dios promete hartura y satisfacción de
sus deseos.
Levanta el vuelo y considera la hambre y sed que
padeció Cristo de la salvación de tu alma y de todas las demás, y cuánto hizo
por ellas; y aprende a tener sed de las almas de tus prójimos y hacer cuanto
pudieres por ellas.
(1) Chrys., in cap. 1 Matth.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén.
***
DÍA 6
MOTIVOS DE LA DURACIÓN
DE LAS PENAS DEL PURGATORIO
«No saldrás de
allí hasta que hayas pagado el último céntimo». San Mateo 5, 26.
La duración de las
penas del purgatorio ya no nos parecerá tan sorprendente si consideramos por un
momento cómo vive la mayoría de los cristianos.
Hablemos, en
primer lugar, de quienes se encuentran en estado de gracia y que, aunque no
sean santos, viven sin cometer pecados mortales, pero están sujetos a muchas
imperfecciones.
¿Quién podría
contar las faltas que incluso las almas fieles cometen cada día? ¡Cuánto bien
se omite! ¡Cuánto bien se hace mal! ¡Cuántas gracias se vuelven inútiles!
¡Cuántas intenciones imperfectas! ¡Cuántas imperfecciones y manchas!
Aquí es donde
podemos decir con san Agustín: «Si tenéis poca consideración por vuestros
pecados cuando los pesáis, horrorizaos al contarlos».
Ahora bien, entre
tantos miles de pecados, ¿de cuáles nos hemos arrepentido sinceramente y cuáles
hemos expiado de verdad? ¡Cuántos quedan todavía para alimentar las llamas del
purgatorio!
Como hemos perdido
de vista todos esos pecados, nos imaginamos que también Dios los ha olvidado.
Pero nos equivocamos: cada pecado, por leve que sea, debe recibir su expiación
en aquella prisión donde habrá que pagarlo todo, hasta el último céntimo.
Pero ¿por qué
suponer un estado imaginario? ¿Acaso no es verdad que la mayoría de los
cristianos cometen pecados veniales sin escrúpulo y, por consiguiente,
innumerables veces, y que, además, desgraciadamente cometen muchos pecados
mortales?
¿No hay demasiados
que viven en el desorden y alejados de las prácticas religiosas hasta la vejez,
quizá incluso hasta el momento de la muerte?
¿Puede creerse que
un instante de penitencia baste para expiar faltas a veces tan numerosas y
graves?
Conviene observar
aquí una cosa: un solo pecado mortal, antes de ser perdonado, merece una pena
eterna y, por consiguiente, una pena incomparablemente mayor que la que merecen
multitud de pecados veniales. De ello se sigue que un solo pecado mortal, aunque
haya sido perdonado mediante la absolución, debe recibir un castigo más severo
que muchos pecados veniales perdonados de la misma manera.
¿Qué idea debemos
hacernos, a partir de estos principios, de la duración de las penas del
purgatorio para la mayoría de los hombres, que cometen pecados mortales con
tanta frecuencia, envejecen en ese estado y, al no hacer ni poder hacer una
satisfacción conveniente mientras no están en gracia de Dios, deben pagarlo
todo en la otra vida?
Sin duda, para
tranquilizarse, alguien podría decir que una contrición perfectísima puede
repararlo todo en un instante y que, además, es fácil satisfacer por los
pecados mediante el ayuno, la oración, la limosna y, sobre todo, las
indulgencias.
Pero ¿dónde están
quienes poseen una contrición tan perfecta que basta para borrarlo todo?
¿Quiénes son aquellos a quienes Dios concede una gracia tan grande?
Y, en cuanto a las
obras satisfactorias, ¿quiénes son, ante todo, los que las realizan en estado
de gracia? Sin esta condición, tales obras quizá puedan obtener gracias para la
conversión, pero permanecerán privadas de su valor satisfactorio.
Incluso entre
quienes viven en estado de gracia, ¿cuántos practican la ley del ayuno en toda
su extensión y conforme al espíritu de la Iglesia? ¿Cuántos rezan con atención
y devoción? ¿Cuántos cumplen generosamente el precepto de la limosna?
Quedan las
indulgencias, que con razón pueden contarse entre los beneficios más insignes
de Dios. Pero hay tan poca fe en el mundo y tanta negligencia que apenas se
encuentran personas que se dispongan a ganar realmente una indulgencia
plenaria, y son muy pocas las que cumplen exactamente las condiciones
prescritas para ganar indulgencias parciales.
Por eso puede
decirse que el desprecio de un don tan precioso como el de las indulgencias no
es la menor de las causas de la insoportable duración de las penas del
purgatorio.
No nos hagamos,
pues, más ilusiones acerca de la duración de los sufrimientos de la otra vida y
esforcémonos por abreviarlos para las pobres almas condenadas a padecerlos
dolorosamente.
RAMILLETE ESPIRITUAL
«Mis faltas pasadas exigen que en adelante
produzca dignos frutos de penitencia. El número de mis pecados supera al de los
granos de arena del mar. ¿Cómo pagaré, pues, mis deudas, estando obligado a
satisfacer hasta el último céntimo?». San Bernardo
EJEMPLO
EL ALMA QUE PIDIÓ ORACIONES
EN LA ABADÍA DE SAN VICENTE
En 1846, el padre
Bonifacio Wimmer había fundado en América, en el pueblo de Latrobe, el
monasterio de San Vicente.
A comienzos de
1859 se difundió el rumor de que un alma se había aparecido a uno de los
religiosos del monasterio para reclamar sus oraciones. Inmediatamente, los
periódicos anticlericales comenzaron, según su costumbre, a prodigarse en
burlas y groseras impiedades.
El padre Wimmer,
afligido por aquellos escándalos, consideró que debía publicar, el 26 de
febrero de 1860, la siguiente declaración:
«En nuestra abadía
de San Vicente, cerca de Latrobe, el 18 de septiembre de 1859, un novicio vio
aparecer a un monje benedictino vestido con el hábito coral completo.
»La aparición se
repitió diariamente desde el 18 de septiembre hasta el 19 de noviembre, ya
fuera entre las once de la mañana y el mediodía, ya entre la medianoche y las
dos de la madrugada.
»Solo el 19 de
noviembre el novicio interrogó al espíritu, en presencia de otro miembro de la
comunidad, acerca de lo que solicitaba.
»El espíritu
respondió que llevaba setenta y siete años sufriendo por no haber celebrado
siete misas de obligación. Añadió que ya se había aparecido, en diversas
ocasiones, a otros siete benedictinos, pero que no había sido escuchado, y que
tendría que aparecerse de nuevo dentro de once años si el novicio no acudía en
su ayuda.
»El espíritu pedía
que se celebrasen siete misas por él. Además, el novicio debía permanecer
retirado durante siete días y guardar un profundo silencio. Asimismo, durante
treinta y tres días, tenía que recitar tres veces al día el salmo 50 —Miserere
mei, Deus—, con los pies descalzos y los brazos levantados hacia el cielo.
»Todas estas
condiciones se cumplieron desde el 21 de noviembre hasta el 25 de diciembre.
Ese mismo día, después de la celebración de la última misa, el espíritu
desapareció.
»Durante este período, el espíritu se
había manifestado varias veces más, exhortando al novicio, con las palabras más
conmovedoras, a orar por las almas del purgatorio. Le decía que sufrían
terriblemente y que estaban profundamente agradecidas a quienes contribuían a
su liberación».
RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Padre nuestro… (se recita en silencio)
V. Libra, Señor, sus almas.
R. De las penas del infierno.
V. Descansen en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha nuestra oración.
R. Y llegue a ti nuestro clamor.
V. El Señor esté con vosotros
R. Y con tu espíritu.
Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de
todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la
remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas
oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en
unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Oh María, Madre de misericordia: acuérdate
de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y
tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de
aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista
dulcísima y de la de tu Hijo bendito.
Oh glorioso Patriarca San José, intercede
juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.