miércoles, 5 de agosto de 2026

DE LA ORACIÓN DEL FARISEO Y DEL PUBLICANO.

 


Jueves de la X semana después de Pentecostés.

DE LA ORACIÓN DEL FARISEO

Y DEL PUBLICANO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la X semana después de Pentecostés.

DE LA ORACIÓN DEL FARISEO

Y DEL PUBLICANO.

 

PUNTO PRIMERO. San Gregorio, sobre este Evangelio, dice que Cristo nuestro Señor enseñó en esta parábola cómo hemos de enderezar nuestras peticiones a Dios para que tengan buen despacho en su tribunal. Conforme a lo cual conviene que medites las calidades que tuvieron las de estos dos, para que aprendas en la del fariseo a excusar las faltas, y en la del publicano a imitar las virtudes para alcanzar lo que pidieres.

Lo primero, dice Cristo, que ambos vinieron al templo a orar, porque el templo es casa de oración; de donde has de sacar el lugar que pide la oración, conviene a saber, el templo y los lugares diputados para el culto divino, retirados del tráfago y bullicio del siglo; porque en ellos especialmente oye y despacha Dios las peticiones de los hombres.

Saca de aquí el respeto que has de tener a los templos y a las casas de oración, y procura retirarte a ellos para orar, dando de mano a todos los negocios exteriores, por buenos que sean.

 

PUNTO II. Considera la compostura exterior del fariseo y la del publicano, ambas nacidas del interior de sus almas; porque el fariseo se puso junto al altar, en pie y muy engreído y ufano; el publicano, al contrario, lejos del altar, humillado en lo interior y exterior, y en tanto grado, que ni los ojos se atrevió a levantar a lo alto; y de esta manera fue oída su oración.

De lo cual has de sacar la modestia y humildad con que debes orar, así en lo interior del alma como en la compostura exterior del cuerpo, para que sea oída tu oración.

 

PUNTO III. El publicano acompañó su oración con penitencia, hiriendo sus pechos y macerando su carne, y el fariseo no; y así fue agradable la de aquel y desagradable la de este.

¡Oh, si acertases a pedir a Dios con la boca, y obligarle con la penitencia a que te conceda lo que pides en la oración!

Persuádete que son hermanas la oración y la mortificación, y que son como las dos alas con que vuela el espíritu a Dios, y que no podrás volar con una sola. Ora y mortifícate; pide y haz penitencia, y lograrás tu petición.

 

PUNTO IV. Lo último y lo más principal fueron las calidades de la una y otra oración; porque el fariseo, como advirtió san Agustín, no pidió cosa alguna a Dios: todo el tiempo gastó en referir sus alabanzas, so color de alabar a Dios, diciendo lo que no hacía malo y lo que hacía bueno, si es que dijo verdad; y como si ya fuera perfecto, que no le faltara nada de perfección, no pidió gracia alguna al Señor, que es sumo engaño y raíz de toda perdición.

Pero el publicano, humilde y compungido, pedía al Señor perdón de sus muchos pecados y gracia para salir de ellos, teniéndose por indigno de ser alistado entre los suyos; y con esta humildad y contrición tuvo buen logro su petición.

Medita esto despacio, y mira cuáles son las tuyas que pides y con qué reconocimiento. Enséñate a orar y a pedir con rendimiento y humildad a Dios, y tendrá buen logro tu oración.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 6. EL SACRIFICIO DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE OFRECIDA A DIOS POR SUS PADRES EN EL TEMPLO. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 6

EL SACRIFICIO DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE OFRECIDA A DIOS POR SUS PADRES EN EL TEMPLO

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 6

EL SACRIFICIO DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE OFRECIDA A DIOS POR SUS PADRES EN EL TEMPLO

 

Considera cuáles fueron los sentimientos y los afectos del tierno Corazón de María cuando fue ofrecida a Dios en el Templo por su bienaventurada madre, santa Ana, acompañada de san Joaquín.

Sin duda, los corazones de sus padres ardían de amor y estaban llenos de un vivo agradecimiento al Señor, que les había concedido aquella hija tan deseada.

Pero ¿cuál no sería la piedad y la devoción de aquella santa Niña, cuya santidad superaba ya con mucho la de todos los santos?

Podemos creer con fundamento que dijo a Dios con todas las fuerzas de su alma: «Dios mío, Vos me habéis sacado de la nada y me habéis dado el ser, sin que yo hubiera merecido en modo alguno una gracia tan grande. Me habéis colmado de vuestras bendiciones. Ya no me pertenezco a mí misma: soy toda vuestra. Aquí me tenéis; disponed de mí según vuestro beneplácito. Al entregarme irrevocablemente toda a Vos, Dios mío, dignaos aceptar esta humilde ofrenda. Una pobre y pequeña criatura como yo no tiene otra cosa que ofreceros.»

Ante estas palabras, el Corazón del Altísimo se llena de gozo; los ángeles más excelsos quedan maravillados y los hombres más soberbios son confundidos.

¿Y cuáles han sido hasta ahora los sentimientos de nuestro propio corazón?

¿Qué agradecimiento hemos mostrado por los beneficios de la creación, de la redención, del bautismo y por tantas otras gracias que hemos recibido?

¡Ah!, un corazón ingrato es un monstruo abominable ante los ojos de Dios. En las Sagradas Escrituras, un corazón así es objeto de las quejas más conmovedoras y de los reproches más severos del Señor.

¡Oh Dios mío, mi Bien y mi Todo!, arrancad de mi corazón un vicio tan detestable, por amor de Aquella que fue, entre todas las criaturas, la más agradecida hacia Vos.

 

ORACIÓN

¡Oh Dios mío! ¡Cuánta gracia, cuánta santidad y cuánta devoción había en el corazón de María en el momento de su consagración! ¡Qué desprecio del mundo y de sus riquezas, y qué amor tan grande por ti, oh Señor, Dios de bondad! Que yo siga tu ejemplo, santa Virgen, modelo incomparable de las almas consagradas a Dios. Haz que entre en tu espíritu y participe de tus disposiciones; preséntame y entrégame a tu divino Hijo, para que Él me ofrezca y me entregue a su Padre, y para que yo mismo me entregue y me consagre a Él con todo mi corazón. Amén.

 

FLOR. Privarse hoy de alguna cosa que se aprecie y darla a los pobres.

 

FRUTO. Ofrecerse enteramente a Dios cada mañana y unir el propio corazón al de Jesús y al de María.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.