viernes, 26 de junio de 2026

San Ladislao, rey de Hungría. — 27 de junio

 


San Ladislao, rey de Hungría. — 27 de junio

(+ 1096)

Modelo perfectísimo de príncipes cristianos fue el gloriosísimo rey de Hungría san Ladislao I. Nació en Polonia, donde se había refugiado su padre Bela, huyendo de la persecución del rey Pedro. Crióse en la corte de Polonia, y después en la de Hungría, y por muerte de Geiza su hermano, fue coronado por rey de Hungría, con general aplauso de todo el reino. Un antiguo rey llamado Salomón, que por sus exorbitantes excesos y crueldades había sido arrojado del trono levantó a los Hunos en armas contra Ladislao, mas fue vencido y derrotado por el ejército real, y sólo con la fuga pudo salvar la vida. Libre ya Ladislao de este cuidado, convocó una junta de los prelados, de la nobleza y del pueblo para restablecer el orden en todo su reino. Presidióle él mismo en persona: y las sabias ordenanzas que se dictaron en ella se recopilaron en tres libros, y son como la quinta esencia de la política cristiana. Envidiosos los príncipes vecinos de la felicidad de Ladislao, hicieron varias irrupciones en sus estados; mas el santo puesto a la cabeza del ejército, reprimió a los Bohemios, ahuyentó a los Hunos y les obligó a pedir la paz; tomó a Cracovia, domó a los Polacos y a los Rusos, quitó a los bárbaros la Dalmacia y la Cracovia, humilló a los Tártaros, y conquistó gran parte de la Bulgaria y de la Rusia. El número de sus batallas fue el de sus victorias. Con esta paz alcanzada de todos los enemigos, florecieron en el reino las artes, la industria, el comercio y la agricultura, y juntamente la religión y las buenas costumbres, que hicieron de aquel reino, el reino más feliz de toda la cristiandad. Y aunque era magnífica y espléndida la corte del santo rey, su vida era un dechado de todas las virtudes. Asistía cada día a los divinos oficios, ayunaba tres días cada semana, dormía sobre la dura tierra, maceraba su carne con rigurosas penitencias, y tuvo tan grande amor y estima de la castidad, que jamás pudieron persuadirle que se casase. Cuando comulgaba, se le encendía el rostro con un fuego de amor divino; y no era menor la devoción que tenía a la Madre de Dios, en cuya honra edificó la célebre basílica de nuestra señora de Waradín. Para los pobres levantó hospitales y casas de beneficencia: él mismo les hacía justicia, acomadaba sus diferencias, y socorría todas sus necesidades. Todos sus vasallos le amaban como a padre. Finalmente habiendo aceptado el mando general de un ejército de trescientos mil cruzados que le ofrecieron los príncipes de España, Francia e Inglaterra, movidos por el fervoroso celo del papa Urbano II, cuando hacía los aprestos de aquella guerra santa, el Señor le llamó para sí, a los cincuenta y cuatro años de su edad, y al décimo quinto de su reinado. Su muerte fue muy sentida en toda la cristiandad, y llenó de luto y de lágrimas todo su reino.

Reflexión: Tal es el acertado gobierno de un rey santo, y tal la felicidad nacional que resulta de un santo gobierno. Quéjanse muchos de que Dios tolere esos gobiernos actuales que en lugar de mirar por el bien de los pueblos, los tiranizan y explotan. Pero ¿qué culpa tiene Dios ni su providencia, si los mismos pueblos por universal sufragio les dan sus votos, sólo porque les prometen libertad y más libertad para el mal, y no piensan siquiera en elegir hombres cristianos que gobernarían conforme a la ley de Dios y de la conciencia?

Oración: Oye, Señor, agradablemente las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu confesor, el bienaventurado rey Ladislao, para que los que no confiamos en nuestros méritos, seamos ayudados por los ruegos del que tuvo la dicha de agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

jueves, 25 de junio de 2026

De la pureza de conciencia y perfección de la vida.

 


Viernes de la IV semana después de Pentecostés.

De la pureza de conciencia y perfección de la vida.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Viernes de la IV semana después de Pentecostés.

De la pureza de conciencia y perfección de la vida.

 

PUNTO PRIMERO. Ponte delante de los ojos del alma, una en pecado y otra en gracia: mira con atención y contempla la diferencia que hay de la una a la otra; la que está en gracia y amistad de Dios está hermosa y vistosa como los ángeles del cielo; la que está en pecado, fea y abominable como los demonios del infierno: la que está en gracia goza de mucha paz y tranquilidad interior, y la que está en pecado es combatida de todas partes de temores y sobresaltos, y padece continua guerra de sí misma; la que está en gracia es hija de Dios y heredera de su gloria, cuya esperanza la tiene gustosa y consolada en todos los sucesos que le acontecen; la que está en pecado está desheredada del cielo y condenada al infierno a donde teme caer a cada paso. La primera está en sumo descanso, y la segunda en sumo trabajo y continuos afanes; aquella logra sus buenas obras para el cielo, y esta las pierde todas. Contempla estos dos estados, y mira cuál de los dos quisieras tener para tú alma, y procúrale desde luego con la gracia del Señor.

PUNTO II. Considera en qué consiste la pureza del alma; conviene a saber, en la conciencia pura y limpia de toda mácula de pecado, sin admitir alguno por leve que sea, refrenando con la gracia divina todos los apetitos de la carne y las inclinaciones menos ordenadas, y sujetándolas a la razón y voluntad divina, procurando con todas las fuerzas del espíritu unirse con ella íntimamente, no deseando ni queriendo, sino lo que Dios gustare y quisiere, ajustándose en todo y por todo con su rectísima voluntad, y teniéndola por blanco de su intención en todo cuanto entiende, determina y obra. Piensa esto despacio, contempla este grado de perfección y vuelve los ojos á ti mismo y mira cuán lejos andas de llegar a ella, y cuán otra es tu vida de lo que debe ser, y pídele a Dios que te dé su santísima gracia para purificar tu conciencia de toda imperfección y aspirar a lo más alto hasta unirse íntimamente con la divina voluntad.

 

PUNTO III. Considera cuán grata es a Dios, a los ángeles y a los hombres esta perfección de vida, y la gloria que recibe el Señor de los que aspiran y llegan a este grado de perfección; pues dice que sus delicias son morar con ellos y deleitarse, como en un paraíso, en las almas adornadas con las flores de estas virtudes, como le fue revelado en nuestra edad a la gloriosa madre santa Teresa de Jesús; y esfuérzate con la gracia del Señor a darle este gusto y atraerle a tu casa con la fragancia de estas flores: acuérdate cuántas veces le has desterrado de ella con el mal olor de los vicios; limpia tu conciencia, adórnala de virtudes y serás un paraíso del Señor.

 

PUNTO IV. Contempla en la presencia de Dios con qué medios has de alcanzar, conservar y aumentar este grado de perfección, que son, como apuntamos, el aborrecimiento del pecado, el ardiente deseo de aprovechar, la mortificación del cuerpo, el silencio con los hombres y la oración con Dios, retirarse de lo terreno y acercarse a lo celestial, amar a Dios sobre todas las cosas con perfectísima caridad, y entregarse con fervor al estudio de todas las virtudes, empezando por el desprecio de sí mismo hasta llegar a la unión con Dios; por estos pasos se sube a la cumbre de la perfección; Dios está en la escala para dar la mano a los que suben por ella: pídele que la alargue y te la dé con firme confianza de alcanzarla, que a nadie la niega de los que se animan a subir; es fuérzate y sube, que él te ayudará.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones

 

DÍA 26. AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


DÍA VEINTISÉIS

AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

DÍA VEINTISÉIS

(Año veintiséis.)

AÑO DE COMBATE DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Jesús como capitán convidando al combate.

Segundo. Pedir la gracia de obedecer a su inspiración.

Punto primero. Triunfa del mundo. — Segundo. Triunfa del demonio. — Tercero. Triunfa en todas las pruebas de su constancia.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Jesús triunfa del mundo. La vida del hombre en la tierra es una milicia, dice Job, y para el combate nos arma el Corazón de Jesús. En un campo de batalla nos hallamos, y cada día de nuestra vida debe señalarse con nuevas luchas y nuevas victorias. El primer enemigo que nos sale al encuentro es el mundo con sus errores y engaños, empeñado en seducirnos y perdernos. Añade los terrores y amenazas para detenernos en el camino de la virtud, y por otra parte nos ofrece la copa dorada de las delicias y atractivos del vicio, exhortándonos a echar por el camino ancho por donde van casi todos. Con estas tres armas, según dice San Agustín, espera derrotarnos, con errores, terrores y amores.

El mundo, condenado tantas veces por Jesús, no podía menos de hacer guerra a este Señor, pero en vano. “Confiad, dice a sus discípulos; yo he vencido al mundo." El Salvador ha vencido al mundo. Pero nosotros, ¿cómo lo venceremos? ¿Cómo escaparemos de sus lazos? Esto es lo que nos enseña el divino Maestro. A los errores del mundo, opone su eterna verdad. A las amenazas, opone la vista de males infinitamente mayores, que están reservados al soldado infiel a su bandera, y de bienes sin tasa y gloria sin fin, prometida al vencedor. A los halagos del amor mundano, les ha quitado la máscara, mostrándonos la vanidad de todo lo de aquí abajo, e indicando al mismo tiempo dónde está la fuente de la verdadera felicidad. Si no sabes hacer uso de estas armas que el Salvador te pone en las manos, ve al santuario del amor, donde el divino Capitán te está animando a la pelea, y busca y pide las fuerzas necesarias, que allí seguramente las encontrarás.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Jesús triunfa, del demonio. Otro enemigo se presenta, que es el demonio. ¿Se atreverá a medir sus fuerzas con Jesucristo? ¿Le permitirá este Señor que se acerque a su sagrada Persona? ¿Se humillará hasta el punto de pasar por esta prueba? ¡Oh bondad infinita de mi Salvador! Para consolar a sus siervos, ha querido sufrir tentaciones humillantes, penosas e importunas, y al mismo tiempo nos ha dado sublimes lecciones de divina sabiduría, para que sepamos manejarnos con prudencia en semejantes lances. Con el fin de animar a sus discípulos, santificarlos en la tentación y merecerles gracia para salir victoriosos, se dejó conducir por el Espíritu al desierto donde había de ser tentado, y allí permitió al demonio que se apoderase de su Persona, y le llevase al pináculo del templo y a un alto monte. Combatióle aquel enemigo con tentación de gula, de presunción y ambición. Tales fueron las armas que puso en juego. Vencido y derrotado, se retiró por un poco de tiempo; pero luego volvió a la refriega una y muchas veces, pues nos dice San Pablo que Cristo fue tentado de todas maneras para saber por experiencia nuestros males y darnos ejemplo.

Óyelo bien, alma fiel, y consuélate. Óyelo, alma pusilánime, y anímate. No permitirá Dios que seas tentada sobre tus fuerzas. Alégrate, alma generosa, al oír a Santiago que “es feliz el que sufre la tentación, porque una vez probado con ella, recibirá la corona de vida”. Teneos por dichosos, dice el mismo, cuando seáis vejados con varias tentaciones, sabiendo que esa tribulación produce la paciencia, y la paciencia encierra la perfección.” (Jac., I.) El soldado valiente se alegra poder distinguirse en servicio de su príncipe. No te aflijas, pues, de lo que hace tu mérito, te conserva en la humildad y fervor, mantiene tu vigilancia y prepara tu corona.

 

PUNTO TERCERO.

 

Jesús triunfa en las pruebas de su constancia. Hay otro género de tentaciones, y éstas son las que vienen inmediatamente de Dios, las cuales son mucho más penosas y ponen más a prueba la fidelidad de sus siervos. Llenas están las vidas de los Santos de semejantes ejemplos, porque debían asemejarse a su divino Capitán Jesús, que fue grandemente probado en esta parte.

De cuantos tormentos sufrió el Corazón de Jesucristo, ninguno tan cruel como el desamparo de su Padre, que le arrancó aquella queja dolorosa en la agonía de la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

No hay pena más amarga para un alma justa y temerosa de Dios que al creerse dejada de la mano de Dios, privada de su amistad, objeto de su odio y desprecio. Por eso se compadece de ella el amable Jesús, y se le ofrece por modelo de resignación y constancia. Habiendo pedido al Padre en el Huerto que pasase de Él aquel cáliz, añadió al instante: “Hágase vuestra voluntad, y no la mía.” En el Corazón de Jesús hallarán el ánimo y valor que necesitan esas almas en tal aprieto, y con su devoción se les suavizará la pena, porque Él es un asilo seguro contra la justicia de Dios irritada.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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