martes, 25 de agosto de 2026

DE LA VIRTUD DEL AGRADECIMIENTO.

 


Miércoles de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA VIRTUD DEL AGRADECIMIENTO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Miércoles de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA VIRTUD DEL AGRADECIMIENTO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, siendo diez los que alcanzaron la salud, solo uno la vino a agradecer al Señor, en el cual nos enseñó la virtud del agradecimiento. Pondera lo que dijo de él san Lucas; conviene a saber: que, viendo que estaba sano, uno volvió con grande voz glorificando a Dios. Este solo tuvo ojos para ver el beneficio recibido; este solo le miró y le consideró; y así solo él se movió a ser agradecido. Esta es la primera calidad del agradecimiento: conocer y reconocer el beneficio, y no olvidarse de él. ¡Oh alma mía! Si volvieses los ojos a ver y reconocer las mercedes que Dios te ha hecho, ¡cómo las agradecerías! Mas, porque no las ves ni las consideras, no las agradeces como debes. Saca de aquí una determinación firme de meditar a menudo en los beneficios de Dios y en contemplar las mercedes que te ha hecho y continuamente te hace, para agradecerlas y servir como debes a la Divina Majestad.

 

PUNTO II. Considera lo que dice san Lucas: que volvió con grande voz, glorificando a Dios y engrandeciendo su poder; porque, si alguna virtud le engrandece y glorifica, es la del agradecimiento; y así dijo Cristo que no se había hallado otro que viniese y diese gloria a Dios sino este. Reconoce la grandeza de esta virtud y cuánto la estima Dios, y no seas escaso en adelante en glorificar a Dios con tu agradecimiento, reconociendo y confesando a los ojos de todo el mundo las mercedes que recibes de su mano, y que, poco o mucho, si algún bien hay en ti, todo es de mano del Señor.

 

PUNTO III. Considera lo que nota el Evangelista y dijo Cristo: que, de diez, solo este, que era extraño y no del pueblo de Israel, vino a dar gracias a Dios, quedándose olvidados de darlas los que tenían mayor obligación; en que resplandeció más su virtud; pues, como dice san Gregorio (1), así como es mayor culpa ser malo entre los buenos, así, por los filos contrarios, es de mayor alabanza ser bueno entre los malos; y fue en este de mayor merecimiento y estimación ser agradecido en compañía de los nueve que no lo fueron, corriéndoles por israelitas mayor obligación de serlo. Saca de esta meditación una resolución firmísima de cumplir con tu obligación, aunque todos tus domésticos y compañeros no cumplan con la suya; atiende a lo que tú debes hacer y no a lo que toca a los otros; que, si ellos se descuidaren, será mayor tu merecimiento y galardón, como fue el de este samaritano, que fue solo agradecido al Señor.

(1) Gregor., in I, cap. 106.

 

PUNTO IV. Considera las palabras que le dijo Cristo cuando le vio arrodillado a sus pies dándole gracias por la salud recibida: «Levántate y camina; tu fe te ha hecho salvo». ¡Oh grande virtud la del agradecimiento, que tal bendición ha merecido de la misma boca del Salvador! Pondera cada palabra de por sí, como las pondera Beda: «Levántate», porque se levanta del estado de la culpa al estado de la gracia el que es a Dios agradecido, y reconoce y confiesa su flaqueza, y que todo su bien le viene de su mano. «Camina», en el camino de la perfección, en la cual se adelanta y crece el agradecido. «Tu fe te ha hecho salvo»; esto es, ha dado la salud en el cuerpo y en el alma; esta reciben los agradecidos, y continuos auxilios y gracias para no volver a pecar. ¡Oh alma mía! Arrójate con este publicano a los pies de tu Redentor; dale gracias en su compañía por las mercedes que te ha hecho; adórale con cuerpo y alma; no perdones a tu voz, levántala con este agradecido; alábale y engrandécele; publica a todos su virtud y santidad, su deidad y su poder infinito con su inmensa misericordia y piedad; y pídele que te perdone el desagradecimiento que has tenido hasta aquí, y que te ayude con su gracia, como a este, para no volver al contagio de la lepra del pecado, sino perseverar eternamente en su servicio.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DÍA 26 SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE MARÍA AL VER A JESÚS INCLINAR LA CABEZA Y EXPIRAR EN LA CRUZ

 


DÍA 26

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE MARÍA

AL VER A JESÚS INCLINAR LA CABEZA

Y EXPIRAR EN LA CRUZ

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

DÍA 26

SENTIMIENTOS DEL CORAZÓN DE MARÍA

AL VER A JESÚS INCLINAR LA CABEZA

Y EXPIRAR EN LA CRUZ

 

Considera cuáles fueron los sentimientos del Corazón de María, ya colmado de dolor, al ver el rostro de su amado Hijo cubrirse de una palidez mortal, sus párpados cerrarse y, finalmente, su cabeza inclinarse humildemente, en señal de respeto y de sumisión a su Padre, para exhalar el último suspiro.

¿Cómo el alma de esta bienaventurada Virgen no se separó de su cuerpo cuando el alma de su amado Hijo abandonó el suyo? «Fue por un grandísimo milagro que eso no sucediera», refiere santa Brígida.

Puesto que «las piedras se partieron» como señal de duelo, ¿cómo no se partió también su tierno y sensible Corazón? Fue el mismo amor el que lo conservó íntegro.

Así como María fue en todo semejante a Jesús durante la vida, también lo fue en la muerte. Ella también inclina la cabeza; encierra en su Corazón la inmensidad de sus penas y dolores y, completamente resignada, adora los designios del Padre eterno, ya cumplidos.

He aquí por qué aquella alma santísima no se separó entonces de su cuerpo: su alma permanecía, por decirlo así, unida a la de su amado Hijo por la fuerza del amor que las estrechaba y las mantenía inseparablemente unidas.

¡Pena, aflicción, dolor y tormentos jamás imaginados! Sólo María los experimentó todos.

Y, al mismo tiempo, ¡qué admirables ejemplos nos dio de obediencia, conformidad con la voluntad de Dios, fortaleza y resignación!

¿Existe una escuela más perfecta para aprender estas virtudes? Y, sin embargo, ¡qué motivo de profunda confusión! Apenas se encuentra en nosotros la sombra de esas virtudes.

Dios mío, reconozco que basta un ligero contratiempo, una simple contradicción a mi voluntad o a mi amor propio, para precipitarme en los abismos del error y del pecado; que una orden un poco severa basta para hacerme sacudir el yugo de la obediencia; que una pequeña aflicción puede apartarme del camino de vuestros divinos mandamientos.

¡Dios mío, Salvador mío, tened misericordia de mí!

Y Vos, María, Madre amadísima, alcanzadme esas virtudes que os sostuvieron y os hicieron invencible al pie de la Cruz.

 

ORACIÓN

Todo está cumplido, ¡oh María!, ¡oh Madre mía desde ahora! Todo está consumado: tu divino Hijo, el Redentor de los hombres, expira; el sacrificio se ha consumado, la redención se ha realizado. Y tú, Madre de los Dolores, has bebido el cáliz hasta las heces.

¡Ojalá que tus hijos adoptivos, aquellos que Jesús acaba de confiarte desde lo alto de la cruz, puedan consolarte con su celo, su fervor y su amor, mostrando en sí mismos los rasgos de semejanza con su divino Salvador! Que, llegada la hora de la muerte, puedan decir con confianza: «Todo está consumado; he cumplido la misión que la Providencia me había señalado; la obra de mi salvación está acabada.»

Por ti, Virgen santa, uniéndome a ti al pie de la cruz para compartir tus dolores, espero alcanzar esta gracia. Amén.

 

FLOR. Rezar siete Avemarías en honor de los siete dolores del Corazón de María.

 

FRUTO. Amar la cruz y, en todas las adversidades, resignarse a la voluntad de Dios.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.