domingo, 2 de agosto de 2026

DEL DESPRECIO DE SÍ Y APRECIO DE LOS OTROS.

 


Lunes de la X semana después de Pentecostés.

DEL DESPRECIO DE SÍ

Y APRECIO DE LOS OTROS.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Lunes de la X semana después de Pentecostés.

DEL DESPRECIO DE SÍ

Y APRECIO DE LOS OTROS.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que predicó Cristo esta parábola a los que confiaban en sí y despreciaban a los otros; porque, así como la raíz de todos los males es la soberbia, así, por el contrario, la raíz de toda sólida virtud es la humildad, que consiste en el conocimiento propio y desprecio de sí mismo.

Considera cuán poco puedes por ti, pues de tu cosecha no tienes fuerzas para cosa alguna de virtud, sino solamente para pecar; y que, si Dios te deja de su mano, no hay linaje de maldad que no cometas, ni género de pecado en que no caigas.

Ahonda en esta mina y cava en tu propio conocimiento; y no confíes en tus fuerzas, sino reconoce tu miseria y humíllate delante de Dios, pidiéndole su gracia, sin la cual no puedes nada, y pon tu confianza en su bondad.

 

PUNTO II. Considera cómo los fariseos, mirando a sus buenas obras y a las malas de los otros, se envanecían, estimando a sí mismos y despreciando a los demás; cayendo en soberbia, de donde habían de sacar más humildad, reconociendo que todas sus buenas obras eran de Dios. Y por esta soberbia los reprende Cristo, porque, como ciegos, no reconocían la verdad ni que toda su virtud era de Dios.

Vuelve los ojos a ti mismo, y mira si caes en este linaje de soberbia, cobrando vanidad y aprecio de ti mismo por tus obras y despreciando a los otros, cuando habías de ser más humilde por las mercedes que Dios te hace, las cuales, si hiciera a otros, le sirvieran mucho más.

Mira tus caídas y los pecados que cometes cada día, y reconoce por divina misericordia no caer en infinitos más; y no desprecies a alguno, pues mereces tú ser más despreciado que todos.

 

PUNTO III. Considera cuán diferente es el juicio de Dios que el de los hombres; pues el fariseo, que era tenido por santo en los ojos de los hombres, fue juzgado por malo y pecador en los de Dios; y el publicano, que era tenido por pecador, fue juzgado en su tribunal por santo; porque el hombre juzga por lo que parece de fuera, pero Dios por lo interior del corazón.

¡Oh, qué diferente juicio hace Dios de ti que los hombres! Mira cómo te mira al corazón y lo que juzga de ti, que es el verdadero Juez que aprecia todas las cosas con su propio valor. No hagas caso del juicio de los hombres, cuyas balanzas son engañosas y cuyos juicios son errados; y hallarás descanso y humildad, y no despreciarás a nadie, pues no sabes en qué aprecio le tiene Dios.

 

PUNTO IV. Considera que el fariseo se perdió porque puso los ojos en sus buenas obras, jactándose de ellas; y el publicano se salvó porque puso los ojos en sus pecados, de los cuales sacó tal desprecio de sí mismo, que no se tuvo por digno de levantar los ojos al cielo.

Saca de aquí esta lección: no mires a tus buenas obras, porque no cobres soberbia de ellas, como el fariseo, y te pierdas; sino pon los ojos en tus pecados, confundiéndote por ellos, y alcanzarás humildad con que ganes el cielo, aunque hayas sido pecador.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 3. EL CORAZÓN DE MARÍA, SIN MANCHA DE PECADO ORIGINAL. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 3

EL CORAZÓN DE MARÍA,

SIN MANCHA DE PECADO ORIGINAL

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 3

EL CORAZÓN DE MARÍA,

SIN MANCHA DE PECADO ORIGINAL

 

Considera la pureza del Corazón de María en el primer instante de su formación. La serpiente infernal no tuvo tiempo de morderlo ni de infectarlo con su veneno mortal; ni siquiera pudo acercarse a él. En un mismo instante, aquel Corazón fue creado y poseído por Dios.

Por eso María pudo decir con toda verdad: «El Señor me poseyó desde el principio de sus caminos.»

El enemigo infernal no tuvo ocasión de atacarla. Ni siquiera pudo aproximarse a ella, porque ese Corazón, apenas formado, quedó inmediatamente unido a su Creador.

Desde ese mismo momento María pudo decir, mejor que ninguna otra criatura: «Mi Amado es para mí y yo soy para Él; ambos somos una sola cosa.»

¡Qué privilegio tan singular! ¡Qué pureza incomparable!

Su pureza fue la fuente de todas las gracias y privilegios con que la Virgen fue adornada, siendo el nuevo Paraíso donde el Señor, que apacienta entre los lirios, debía descender para hallar en Él su descanso.

¡Cuán diferente fue nuestro propio origen!

Todos nacimos manchados por el pecado original.

¡Cuánto motivo tenemos para humillarnos por ello!

Pero aún mayor debe ser nuestra humillación al recordar todos los pecados que hemos cometido a lo largo de nuestra vida.

¡Ay!, ¿cuántas veces nos hemos acercado a las fauces del antiguo dragón, hemos recibido sus mordeduras y nos hemos convertido en sus esclavos?

¿Y ahora, en qué estado se encuentra nuestro corazón? ¿Está sano o cubierto de heridas?

Dios mío, ¿qué veo? ¡Qué estado tan miserable!

Vos, que habéis venido a sanar los corazones contritos y sinceramente arrepentidos, dignaos también sanar el mío.

 

ORACIÓN

Heme aquí a tus pies, Virgen Inmaculada. Me alegro profundamente contigo porque, desde toda la eternidad, fuiste elegida para ser la Madre del Verbo divino y porque fuiste preservada del pecado original. Doy gracias y bendigo a la Santísima Trinidad, que te concedió este privilegio desde tu concepción, y te suplico humildemente que me alcances la gracia de triunfar sobre los tristes efectos que el pecado original ha producido en mí. Haz que los venza y que nunca deje de amar a mi Dios. Amén.

 

FLOR. Repetir con frecuencia durante el día esta jaculatoria: «Bendita sea la santa e inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María.»

 

FRUTO. Resistir las tentaciones del demonio e invocar constantemente a María durante el combate espiritual.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.