NOVENA AL ESPÍIRTU SANTO. Santa Elena Guerra by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)
Vigilia de la Ascensión.
Padre, glorifica a tu Hijo
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Vigilia de la Ascensión.
Padre, glorifica a tu Hijo (Joan. 13.)
El Evangelio refiere cómo estando Cristo la noche de su pasión de partida para su Padre levantó los ojos al cielo en presenciade sus discípulos, y le pidió que pues se había llegado la hora, clarificase a su Hijo, para que su Hijo le clarificase a él, pues había perfeccionado la obra que le había en comendado.
PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Agustín, Cristo pudo orar en esta ocasión con el alma interiormente a su Padre, y no quiso sino orar exteriormente también, levantando los ojos y la voz al cielo, para enseñar a sus discípulos, y en ellos a todos los hombres, a orar y pedir a Dios con el alma y con el cuerpo y pedirle mercedes, reconociendo que todo lo bueno nos viene de su mano; de lo cual has de sacar grande recurso a Dios en todas las cosas, orando y pidiendo a su Divina Majestad, de quien todo bien procede, a ejemplo de Cristo nuestro Señor, orando no solamente con el alma, sino también con el cuerpo, con suma reverencia y devoción. Medita las palabras con que empieza Cristo su oración: Padre, ya se ha llegado la hora. Pondera que no hay hora que no se llegue, ni plazo que no se cumpla: vino Cristo al mundo, corrió su carrera y llegó presto al fin; también se llegará tu hora y el fin de tu vida, y el remate de tus trabajos, y el tiempo de alcanzar el premio de ellos, y llegará más presto de lo que piensas; mira y atiende qué sentirás entonces, cómo has gastado tus días, y cómo los quisieras haber gastado en aquella hora; Cristo los gastó en glorificar a su Padre, y tú por ventura los has gastado en ofenderle: llora tus pecados y pídele a Dios gracia para emplearte todo en su servicio y allegar riquezas inmortales, para tener alguna seguridad en aquel trance.
PUNTO III. Considera que Cristo no pide la gloria tanto por sí, cuanto por glorificar a su Padre; en que nos enseña a buscar en todas las cosas aunque sea la bienaventuranza, la gloria de Dios y su honra, y no la nuestra; aspira con el ejemplo del Salvador a esta perfección; endereza todas tus acciones a la gloria y honra de Dios, pidiendo y rogando que sea alabado en todas.
PUNTO IV. Considera el título que Cristo alega a su Padre para que le dé la gloria; conviene a saber, que ha consumado la obra que le encargó, que fue glorificarle en la tierra, manifestando su nombre al mundo y trayendo a los hombres a su conocimiento y servicio; de lo cual debes sacar lo primero, que si quisieres conseguir la bienaventuranza, debes llevar hasta el cabo la obra que Dios te ha encomendado; no te canses, ni descaezcas en el camino, porque a los que perseveran está prometida la corona; sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo. Lo segundo, que Dios glorifica en el cielo a los que le honran en la tierra. Y lo tercero, que Dios es glorificado y honrado en la conversión de los pecadores; por lo cual debes animarte a aprovechar a tus hermanos y atraerlos al conocimiento de Dios, glorificándole en ellos; si quieres que su Divina Majestad te glorifique en el cielo.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.
DÍA 13
DEDICADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA POR LA PÉRDIDA DE JESUS
MES DE MAYO
DE
MARÍA INMACULADA
POR EL PRESBÍTERO
Don Rodolfo Vergara Antúnez
Por la señal de la santa cruz…
DÍA 13
DEDICADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA POR LA PÉRDIDA DE JESUS
Consideración
Un incidente doloroso acibaró el corazón de María después de la feliz cesación de su destierro y de la vuelta a su patria y a su hogar. Fieles observadores de la ley, los dos santos Esposos se dirigieron un día a Jerusalén en la época del tiempo pascual. Confundidos entre la multitud de piadosos peregrinos que iban a visitar el templo, partieron de Nazaret llevando a Jesús en su compañía cuando frisaba en los doce años de edad. Después de cumplir los deberes religiosos, dejaron la Ciudad santa, formando parte de grupos diferentes, según era costumbre: José en el grupo de los hombres y María en el grupo de las mujeres; pero los niños podían indiferentemente agregarse a cualquiera de los grupos.
Las sombras de
la noche habían caído ya sobre la tierra cuando José y María se reunieron en el
lugar de la primera jornada. Al reunirse, la primera pregunta de uno y otro fue
la misma: «¿Dónde está Jesús?» Ni uno ni otro pudieron contestarla. Jesús había
desaparecido, y la más amarga desolación se apoderó del corazón de los
afligidos Esposos. Si la tierra hubiera temblado anunciando su completo
desquiciamiento, y si las trompetas del juicio hubieran señalado el momento de
la última hora, el corazón de María no habría sufrido la conmoción que
experimentó al notar la pérdida de su Hijo. Interrogaron a sus parientes y
amigos, penetraron desolados entre la multitud con la esperanza de que el niño
los hubiera perdido de vista. ¡Vanos esfuerzos! De todos los labios se
desprendían respuestas negativas; nadie daba razón de Jesús. La noche era
tenebrosa como la pena que embargaba a los dos despedazados corazones. Muchos
dolores se ocultarían bajo las sombras de esa noche; pero no habría ninguno
como el de María.
Tomaron entonces solos y silenciosos el camino de Jerusalén sin que los
arredrase ni el cansancio ni los peligros. Las lágrimas de la afligida madre
iban señalando la solitaria ruta, y de trecho en trecho se dejaba oír su voz
dolorida que llamaba a Jesús con la esperanza de que respondiese a sus
clamores. Así llegaron a la Ciudad, y desde las primeras luces de la aurora
recorrieron diligentemente sus calles, preguntando a los transeúntes si por
acaso habían visto al amado de su corazón; pero, ilusorias esperanzas, vagas
probabilidades era todo el resultado de sus investigaciones.
Cada momento que pasaba hacía más agudo el dolor de María; había perdido su tesoro, la luz de su vida, el solo embeleso de su corazón; en una palabra, era una madre que había perdido al único hijo de sus entrañas. Todo le era soportable con Jesús, todo le era amargo sin Él. ¿Dónde estaría? ¿Habría caído en manos de sus enemigos? ¿Se habría hecho indigna de su amor y de su compañía? Mil dolorosos pensamientos cruzaban por su mente, despedazando su alma. Por tres veces vio venir la noche y nacer el día; y el día y la noche transcurrían dejándola sumergida en su dolor; hasta que dirigiéndose otra vez al templo para derramar allí sus dolorosas lágrimas, vio a Jesús que, rodeado de los doctores de la ley, los maravillaba con la sabiduría que a raudales brotaba de sus labios.
—¿Quién es este prodigioso niño? exclamaban algunos a pocos pasos de la Madre.
—Es Jesús, mi hijo, dijo María, en los transportes de su inmenso gozo; y acercándose al Mesías, le dice con una dulzura que revelaba aún los últimos dejos de su pesar: «Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de aflicción…»
¡Ah! ¡Y con cuánta facilidad perdemos nosotros a Jesús por medio del pecado! Por un placer momentáneo, por la satisfacción de alguna pasión mezquina, por seguir las máximas del mundo, por el respeto humano, por un interés sórdido, perdemos su gracia y su amistad bienhechora, sin pensar por un momento que perdiendo a Jesús, todo lo perdemos. ¿Qué importan entonces todos los bienes de la tierra, todos los honores del mundo, todos los goces de la vida? «¿Qué importa al hombre ganar un mundo si pierde su alma?» Pero lo que es más triste, es ver la indiferencia con que se mira la pérdida de Dios. Si se pierde la fortuna, cuántas lágrimas y sacrificios para recuperarla; si se pierde la salud, cuántos afanes por recobrarla; si se pierde la estimación de los hombres, cuánta solicitud por encontrarla de nuevo. Pero si se pierde a Dios, que es el sumo bien, se ríe y duerme sin cuidado, sin que se derrame una lágrima y sin que se haga diligencia alguna por volver a su amistad. Veamos en este dolor de María cuánto debe ser nuestro empeño por encontrar a Jesús cuando tengamos la desgracia de perderlo por el pecado.
Ejemplo
Desgraciado del que olvida a María
Hubo en una ciudad de Francia un joven, como tantos otros, que olvidando los principios de la religión, se entregó con avidez febril a la lectura de libros impíos y licenciosos.
Como siempre acontece, la fe y la inocencia naufragaron en ese mar de errores y máximas funestas que llenan las páginas de esas infames producciones del infierno.
Perdida la fe, comenzó a resbalar por la pendiente del vicio y acabó por precipitarse en el abismo del crimen, cometiendo uno que comprometió gravemente su honor.
Devorado por los remordimientos y asustado de su propia obra, se echó en los brazos de la desesperación, en vez de buscar los del arrepentimiento, y llegó a concebir la realización de un crimen mucho mayor que el que causaba su desesperación: el suicidio. En el paroxismo de su desesperación, no comprendía que el suicidio en vez de salvar su honor, lo enlodaba más y más añadiendo un crimen a otro crimen.
Agitado por este sombrío pensamiento, y sin dar lugar a la reflexión, se precipitó un día desde lo más alto de la ribera al fondo de un caudaloso río, creyendo que su mala acción permanecería secreta. Pero, por un prodigio inexplicable, su cuerpo flotaba sano y salvo sobre las corrientes del río, a pesar de los esfuerzos que hacía para sumergirse. Un pescador que arreglaba sus redes en la ribera, al ver que un hombre era conducido por la corriente se apresuró a prestarle socorro, creyendo que habría sido víctima de algún accidente involuntario. Mas, cuando el generoso pescador estaba a punto de salvarlo, el demonio, sin duda, sugirió al infeliz la idea de que la causa que le impedía sumergirse era un Escapulario que llevaba al cuello, último y único resto de las santas creencias de su infancia. Acto continuo, el desgraciado joven se lo arranca del cuello y lo arroja a la corriente, y en el mismo instante se sumerge en el fondo de las aguas sin que el pescador pudiera impedirlo.
Este hecho nos manifiesta que la Santísima Virgen no olvida ni a sus hijos más ingratos, si se visten con la sagrada insignia de su Escapulario y que está dispuesta a procurarles hasta el último momento medios de salvación.
Jaculatoria
Sálvanos,
Madre piadosa,
De una vida disipada
Y una muerte desastrosa.
Oración
¡Oh María! por la dolorosa angustia que experimentó tu corazón de madre al verte separada por tres días de tu idolatrado Hijo, dígnate alcanzarnos la gracia de llorar siempre con amargas lágrimas nuestros pecados, que han sido la causa de haber tantas veces perdido la amistad divina. ¡Oh mil veces desventurados los que pierden a Jesús sin deplorar su ausencia y sin echar de menos su dulce y amable compañía! No permitas jamás ¡oh madre nuestra! que insensibles a tan dolorosa pérdida, disfrutemos tranquilos de los pérfidos goces del mundo, sin pensar que lejos de Dios existe abierto a nuestros pies un profundísimo abismo. ¡Ah! perdiendo a Jesús, te perdemos también a Ti que eres nuestra más dulce esperanza, nuestro consuelo más puro y nuestra más segura tabla de salvación. ¡Qué haríamos sin Ti, oh estrella de los mares, en medio de las tormentas que agitan la vida llenándola de peligros! ¡Qué haríamos sin Ti, oh consoladora de los afligidos, en medio de las desgracias y contratiempos que siembran de pesares el camino de la vida! ¡Qué haríamos sin Ti, ¡oh inexpugnable fortaleza! en medio de las tentaciones que suscitan para perdernos los enemigos de nuestra salvación! ¡Oh María! somos tus hijos no nos desampares; somos tus siervos, no nos olvides; somos tus vasallos, no nos desconozcas. Llena de piedad y de misericordia alárganos tu mano protectora en la hora del peligro; y si por desgracia sucumbiéramos, no tardes en venir en nuestro auxilio y en ponernos a salvo hasta dejarnos en posesión de la tierra feliz donde disfrutaremos eternamente de tu amabilísima compañía. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer un acto de contrición detestando de corazón todo pecado.
2. Practicar la virtud de la humildad ejecutando algún acto humillante o hablando bajamente de nosotros mismos.
3. Hacer una confesión con todo esmero para recobrar la amistad divina, si la hubiésemos perdido por el pecado, o para afianzarla con el aumento de gracias que se nos comunica por medio de los Sacramentos.