Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Martes
de la IV semana de Pascua.
De
la promesa del Espíritu Santo y su venida.
PUNTO
PRIMERO. Promete Cristo el Espíritu Santo a sus apóstoles, para que le deseen y
le pidan; y díceles que cuando venga ha de argüir al mundo de pecado; porque
viene a desarraigar las espinas de los vicios, y a purificar el mundo de los
pecados, y a plantar las olorosas flores de las virtudes: entra con la consideración
en lo íntimo de tu alma, y mira las espinas de los vicios que han brotado por
tu malicia y flojedad; y pide a Cristo que te envíe el Espíritu Santo, y al
mismo Espíritu Santo que venga y te purifique, y limpie de las malezas de los
vicios, y trueque tu alma en un paraíso de flores de virtudes; reconoce tu
pobreza, y dile con humildad de corazón: yo, Señor, no tengo de mi cosecha sino
cardos y espinas de vicios y pecados, estos brota mi alma y estos produce mi
carne mal inclinada: venga vuestra divina mano y labre esta inculta tierra, y trueque
este vil y espinoso campo en tierra fértil de virtudes.
PUNTO
II. Considera de qué pecados ha de argüir el Espíritu Santo al mundo; el primero
dice Cristo que ha de ser de incredulidad y poca fe, porque después de tantos
milagros y maravillas, y de tanta y tan santa doctrina, no creyeron en él: mete
la mano en tu pecho, y mira con atención si: te puede argüir a ti de este
pecado; mira cuántas maravillas ha obrado contigo: y cómo no acabas de creerle
y rendirte a su servicio, y que aunque le confiesas con la boca, le niegas con
las obras, haciéndolas tales que no parece que crees sus palabras, pues no las
pones por ejecución; llora tus pecados,
y pide a Dios gracia para enmendarte de ellos y servirle con perfección en
adelante.
PUNTO
III. Considera el segundo pecado de que ha de argüir el Espíritu Santo al mundo
cuando venga; conviene a saber, de justicia, esto es, de la de Cristo y de su
santidad, volviendo por su inocencia y mostrando que fue santo, justo, inocente
e injustamente culpado y condenado, y que no hay virtud verdadera sino la que
procede de él, y últimamente cómo fue recibido y honrado de su Eterno Padre en
el cielo. De este argüirá y con vencerá a todo el mundo, sin que haya quien
pueda responderle, de donde sacarás dos cosas: la primera que es obra del
Espíritu Santo volver por la honra de Cristo. La segunda, que el Espíritu Santo
vuelve por la honra de los que la ponen en sus manos, y los hace gloriosos en
el mundo. Pon tu honra en las suyas y confía en su bondad, que volverá por
ella, como volvió por la del Redentor del mundo.
PUNTO
IV. Argüirá últimamente al mundo de juicio, porque se dejó vencer del demonio, a
quien venció Cristo y le ató en las mazmorras del infierno; si no le hubiera
vencido y atado, parece que tenían los hombres algún linaje de escusa en
rendirse a sus armas y caer en los lazos de los vicios; pero habiéndole rendido
y teniéndole atado, que dan inexcusables, y los convencerá de que caen y son
cautivos por su malicia; mira tú también si te puede convencer de este pecado,
y si te dejas vencer por tu negligencia de tan flaco enemigo; acuérdate que le
venció Cristo, le desarmó y quitó las fuerzas ; y si te acometiere, cóbralas
contra él y no te rindas; alza los ojos a Cristo vencedor, y pídele su favor,
que él te le dará, y pon tus enemigos a tus pies vencidos.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Tres años habían pasado desde el día del
nacimiento de María, cuando el prematuro desarrollo de su razón advirtió a sus
ancianos padres que había llegado la hora de la separación, dando cumplimiento
al voto que habían hecho de consagrar a Dios el primer fruto de su matrimonio.
Con el corazón partido de dolor, los dos ancianos esposos toman el camino de
Jerusalén para depositar en el templo el tesoro más caro de sus corazones, el
consuelo de su senectud y el único embeleso de su hogar tanto tiempo solitario.
Entre tanto, María deja alegre y contenta aquel hogar querido, porque si amaba
tiernamente a sus padres, suspiraba por vivir en la amable soledad del
santuario para consagrarse enteramente a Dios. Largos parecíanle los caminos
que veía serpentear al través de las montañas y llanuras; y cuando, desde el
fondo del valle, vio levantarse las altas cúpulas que protegían la santa casa
del Señor, su tierno corazón se derretía en santos afectos y palpitaba de la
más dulce alegría.
¿A dónde vas, tierna niña, cuando apenas
despunta en ti la alborada de la vida? ¿Por qué tan presto abandonas el techo
de tu hogar y el regazo y las caricias de tu madre? ¿Por qué te desprendes de
sus brazos amorosos para entregarte en manos de personas desconocidas, en las
cuales no hallarás la ternura maternal? «El pájaro encuentra abrigo, responde,
y la tórtola su nido: y yo, tímida paloma, voy a buscar mi nido en los altares
del Señor». Oigo una voz que me habla al corazón y me dice: «Hija mía, olvídate
de tu pueblo y de la casa de tu padre, y el Rey se complacerá en tu belleza».
«Yo voy en seguimiento de mi Amado, porque Él es todo para mí y yo soy toda
para Él».
Colocada la hermosa niña a la sombra del
santuario del Dios de Israel, sólo se ocupó en prepararse para desempeñar la
más augusta misión que se haya jamás confiado a humana criatura. Puesta en
manos del Sumo Sacerdote, subió en compañía de los ángeles los escalones del
santuario y se incorporó entre las vírgenes de Sión. Tierna planta que crecerá
al abrigo del mundo, fecundada por el calor de la caridad divina y regada por
mano de los ángeles.
Así es como en la edad más tierna, María consuma su sacrificio, buscando en el
santuario un asilo para su inocencia. Allí, desprendida de todos los afectos
del mundo y profundamente recogida dentro de sí misma, se absorbe en la
contemplación de las verdades eternas y se embriaga en los purísimos goces del
amor divino. Desde el principio del mundo, jamás se había hecho al cielo una
oblación más pura, dice san Andrés de Creta; ninguna criatura había ejecutado
hasta entonces un acto de religión más agradable a Dios. El Sumo Sacerdote
acepta, en nombre de Yahvé, esa oblación de inestimable valor, coloca a la
sombra del tabernáculo ese precioso depósito y concluye bendiciendo a los dos
ancianos y felices esposos.
Hay en el mundo ciertas almas
privilegiadas a quienes Dios llama al retiro y a la amable soledad del
claustro. Con mano amorosa las escoge entre la multitud, las segrega del mundo
y las conduce al silencio de su templo y de su casa para hacerlas sus esposas.
Esas almas comienzan a sentir entonces un
vacío que no pueden llenar los más dulces placeres y los más agradables
pasatiempos de la vida. Atraídas por un encanto irresistible, suspiran por la
soledad y buscan en su seno la paz y el gozo que les niega el mundo, y como
tímidas palomas, atraídas por el perfume del incienso, forman su nido en las
grietas del santuario. Allí, Dios les habla al corazón, y al escuchar esa voz
dulcísima, cortan todos los lazos que las ligan al mundo y se entregan
enteramente a su servicio.
¡Almas afortunadas! Vosotras sois
verdaderamente las hijas predilectas del mejor de los padres. Si Él os llama,
es porque quiere regalaros con todos los tesoros de su bondad, porque quiere
vivir con vosotras en toda la dulce intimidad en que viven los esposos.
Considerad que esta gracia de inestimable precio no la otorga a todas, y ya que
vosotras habéis tenido la suerte de fijar la elección divina sin merecimiento
alguno de vuestra parte, no tardéis un instante en acudir a su llamado. ¡Qué
ingratas seríais si, despreciando la vocación de Dios, rehusaseis enrolaros
entre las santas vírgenes que viven a la sombra del santuario! A ejemplo de
María, id presto a donde os llama el esposo de las almas. María no tarda, no
delibera, no deja para después su resolución; oye y marcha.
Dios quiere víctimas sin mancha, y no los
restos despreciables, sino las primicias del corazón. No querer pertenecer a
Dios desde temprano, es exponerse a no pertenecerle nunca, porque esa dilación
voluntaria y culpable lo aleja de las almas y acaso para no volver a tocar la
puerta que no se abrió a sus primeros toques.
Ejemplo María, Virgen Clemente
Santa María Egipcíaca, célebre penitente
que hace recordar en sus extravíos y penitencia a la pecadora del Evangelio,
debió a María su maravillosa conversión. Diecisiete años hacía que esta joven
disoluta llevaba en Alejandría una vida de escándalos, cuando se embarcó un día
para Jerusalén entre muchos cristianos que iban a celebrar la fiesta de la
Exaltación de la Santa Cruz. Allí continuó en sus desórdenes sin tener
consideración que se hallaba en el teatro mismo en que se operó la redención
del mundo. Pero un día en que los fieles penetraban en el templo para adorar la
Santa Cruz, quiso ella seguirlos, pero sin intención de ejecutar un acto de
cristiana piedad. Era allí donde la divina misericordia la aguardaba para
torcer el rumbo de esta barca rota, que fluctuaba en medio de la tempestad
mundana. Cuando intentó penetrar en la iglesia, sintió que una mano invisible
la detenía; y cuanto mayores eran sus esfuerzos, tanto más poderosa era la
fuerza que la repelía.
Este prodigio abrió los ojos de la pecadora, y comprendió que sus enormes
delitos la hacían indigna de ver y adorar el sagrado madero en que Jesucristo
obró nuestra redención. Una luz interior iluminó todo su pasado y presentáronse
a su mente todas sus culpas como un escuadrón de espectros infernales. Confusa,
avergonzada de sí misma y deshecha en lágrimas, alzó la vista al cielo, y vio
una imagen de María que coronaba la fachada del templo. Se acordó entonces de
que en los años de su inocencia había oído decir que María era Madre de
misericordia, y exclamó en medio de sus sollozos: «¡Tened compasión de esta
infeliz criatura, oh, vos, que sois refugio de pecadores! pues siendo yo la
mayor de todas, tengo particular derecho a vuestra protección. No merezco que
Dios derrame sobre mí las gracias que derrama hoy sobre tantas almas fieles que
se aprovechan de la sangre de Jesucristo; pero, a lo menos, no me niegues el
consuelo de ver y adorar en este día el sacrosanto madero en que mi dulce
Redentor obró la salvación de mi alma. ¡Yo os prometo, Señora, que después de
este favor, me iré a un desierto a llorar mis pecados por el resto de mi vida,
y a perder en la soledad hasta la infeliz memoria del mundo a quien he
servido!».
Animada entonces de una dulce confianza,
entra en la iglesia sin resistencia; y postrada de nuevo a los pies de la
Santísima Virgen, le pide que sea su conductora en el camino de la salvación.
No bien había terminado su oración, cuando oye como de lejos una voz que le
dice: «Pasa el Jordán, y hallarás descanso».
Salió entonces de la ciudad, llevando tres
panes por toda provisión. Llegó al anochecer a las orillas del Jordán, y pasó
toda la noche orando en una iglesia dedicada a San Juan Bautista. A la mañana
siguiente purificó su alma en las aguas de la penitencia, recibió la sagrada
Eucaristía y pasó el río en una embarcación que halló en la ribera. El desierto
la recibió en sus impenetrables soledades y la ocultó durante cuarenta y siete
años a las miradas del mundo. Allí no tuvo más sustento que raíces silvestres,
ni más compañía que las aves del cielo. La oración y la penitencia eran sus
ocupaciones y su delicia, las lágrimas su pan de cada día y los recuerdos del
mundo y las sugestiones de la concupiscencia sus implacables enemigos.
Dios permitió que al morir recibiese la
visita de San Zósimo, primera y única persona a quién vio durante los años que
vivió en el desierto. De su mano recibió el viático de los moribundos, después
de haberle revelado los secretos de su conversión y de su vida penitente para
edificación del mundo y eterno testimonio de la misericordia de María.
Jaculatoria
Ven a mi amparo, Señora,
Que un pecador os implora.
Oración
¡Oh María!, al considerar vuestra pronta,
entera e irrevocable consagración a Dios en los más tiernos años de vuestra
vida, al veros, como la paloma, ir a construir vuestro nido en el silencio de
la casa del Señor y lejos de la Babilonia del mundo, venimos a suplicaros, os
dignéis despertar en nosotros el deseo de imitaros en vuestra entera
consagración al servicio de Dios, esposo y padre de nuestras almas. Los años de
nuestra vida han transcurrido, Señora nuestra, en la disipación y en la
tibieza, dividiendo nuestro corazón entre Dios y el mundo y acaso dando a este
la mejor parte. ¡Cuántas veces hemos desoído los llamamientos divinos y seguido
las inspiraciones de nuestro amor propio y las sugestiones del demonio!
¡Cuántas veces Jesús ha venido a tocar a la puerta de nuestro corazón en
solicitud de un recibimiento amoroso, y lo ha encontrado sordo a sus clamores y
ocupado en afectos terrenos y miserables! ¡Ah, Señora nuestra!, vos que sois
nuestra guía y maestra, nuestro modelo y protectora, dignaos inspirarnos un
amor ardiente a Dios para consagrarnos desde hoy a su servicio, ahogando todo
afecto que no lo tenga a Él por principal objeto. No más afecciones puramente
terrenas, no más horas perdidas en vanos intereses, no más pensamientos
pecaminosos, no más entretenimientos inútiles, no más amor por las riquezas,
honores y deleznables placeres del mundo. Yo quiero seguiros, dulce Madre, y
penetrar con vos en el santuario del Dios de las virtudes y buscar allí mi
reposo y mi morada para no pensar ya en otros intereses que en los de mi
santificación. Y ya que no me es dable morar con vos en la soledad y
apartamiento del mundo, permitidme al menos hacer de mi corazón un santuario de
virtudes y de mi alma una morada del Dios vivo, para disfrutar allí de las dulzuras
que están reservadas a los felices moradores de la soledad y a los fieles
servidores del Señor. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer una fervorosa comunión espiritual,
pidiendo a Jesús, por la intercesión de María, que nos conceda un intenso amor
a Dios.
2. Abstenerse, por amor a María, de toda
palabra de murmuración o de crítica.