miércoles, 23 de septiembre de 2026

DE LA ORACIÓN DOMINICAL QUE NOS ENSEÑÓ CRISTO. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Jueves de la XVII semana después de Pentecostés. 

DE LA ORACIÓN DOMINICAL QUE NOS ENSEÑÓ CRISTO.

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XVII semana después de Pentecostés. DE LA ORACIÓN DOMINICAL QUE NOS ENSEÑÓ CRISTO.
(Matth. 6. Luc. 11.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera la benignidad de Cristo nuestro Salvador y Maestro, y que no solo nos persuadió a orar con sus razones y ejemplos, sino que Él mismo compuso esta oración y nos la dejó por fórmula de orar, y para enseñarnos a pedir al Eterno Padre lo que tuviésemos necesidad, así para nosotros como para nuestros hermanos. De lo cual has de sacar, lo primero, afectos de agradecimiento a este soberano Señor, pues siendo tú una vil criatura se dignó venir desde los cielos y hacerse tu Maestro; lo segundo, un deseo grande de aprender de su doctrina y mostrarte su verdadero y afectuoso discípulo; lo tercero, una grande estimación de esta oración para repetirla muchas veces con toda la devoción de tu alma, como parto de su boca y compuesta por Él mismo para tu bien y enseñanza.

Pondera la estimación que hacen los maestros de la tierra de sus papeles, libros y doctrina, y la que quieren hagan sus discípulos, y cuánto sienten que las desprecien; y mira cuánto más querrá que estimen su doctrina y enseñanza el Maestro del cielo, y cuánto sentirá que la desprecien sus discípulos o no hagan de ella la estimación que deben.

 

PUNTO II. Considera la primera palabra de esta oración, con que nos enseñó Cristo a llamar a Dios Padre, no solo porque lo es, en que nos hizo una señalada y altísima merced de querer ser nuestro Padre y nosotros sus hijos, sino también porque le pidamos con afecto y confianza de hijos. Pondera la confianza con que un hijo pide a su padre, de cuyo amor está certísimo, y cuán sin duda pide de alcanzar lo que pretende, y cómo persevera, aunque al principio no alcance, por la esperanza que tiene en su amor y benevolencia; y aprende a orar con firme esperanza en Dios de alcanzar lo que pidieres, y de perseverar en la oración, aunque no alcances luego lo que pides, confiando en el amor de Dios, el cual muchas veces dilata nuestras peticiones para probar nuestra confianza y perseverancia. Y si no recibes lo que pides, mira no lo cause tu poca fe y la desconfianza con que dejas la oración.

 

PUNTO III. Pondera más por qué nos mandó Cristo que llamásemos a Dios Padre; conviene a saber: porque le debemos el ser más que a nuestro propio padre, pues éste nos dio solo el cuerpo, pero Dios el cuerpo y el alma; y porque nos sustenta como verdadero Padre, y nos hizo por su gracia herederos de su gloria. Carga la consideración sobre estos beneficios y mira cuán grandes son, y especialmente esta herencia y derecho que nos dio a un reino tan rico, tan poderoso y magnífico como el cielo. Dale infinitas gracias por estos beneficios, y mira cómo vives, no sea que pierdas por tu culpa el reino que te viene por su gracia.

 

PUNTO IV. Considera que nos mandó llamarle nuestro, en plural, de todos y no solo tuyo, porque es Padre universal de todos, sin excluir a ninguno que merezca ser su hijo, y porque tuvieses a todos por hermanos, y los amases y ayudases como a hijos de tu propio Padre, y no pidieses para ti solo, sino para todos, con amor y caridad. Pondera todas estas cosas y cómo las debes cumplir, y carga el peso de la consideración en contemplar de quién eres hijo y cómo has de corresponder a tal Padre, y dar en todas tus acciones muestras de ser hijo suyo.

A Alejandro le fingieron sus lisonjeros hijo de Júpiter, y por ello se estimaba y trataba con suma veneración, como hijo de Dios. Mira tú cómo te debes tratar, siéndolo en la verdad por su gracia, sin abatirte a las vilezas de la tierra.

¡Oh Padre celestial!, muchas gracias te doy porque te dignaste de ser mi Padre, y de que yo me pudiese llamar tu hijo; y no solo llamarme, sino serlo por tu divina gracia e inmensa bondad. Suplicóte me des gracia para que muestre en mis obras que soy hijo tuyo, y siempre te ame y sirva como tengo obligación.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 24. EL CONOCIMIENTO DE DIOS, PRINCIPIO DE LA HUMILDAD. TREINTENA DE LA HUMILDAD



DÍA 24

EL CONOCIMIENTO DE DIOS, PRINCIPIO DE LA HUMILDAD.

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

 

 

DÍA 24

EL CONOCIMIENTO DE DIOS, PRINCIPIO DE LA HUMILDAD.

Contemplemos la visión de Isaías: aquellos serafines que tenían seis alas y estaban delante de Dios: ellos con dos alas se cubrían el rostro, con las otras dos se tapaban los pies y con las otras dos de en medio volaban. Como quien dice: ojos que están en presencia de Dios, tápense y nada vean, cúbranse y oculten los pies, porque delante y en presencia de tanta majestad no pueden parecer bajeza; solo el corazón palpite y se menee con unos pasos compasados, entregándole a Dios solo el deseo de alabarle y bendecirle.

¿Qué otra cosa pudo significar el caer en tierra los tres apóstoles en la transfiguración, cuando oyeron la voz del Padre que dijo: “Este es mi hijo muy amado”, sino arrojarse en tierra, como quien por tierra y nada se confiesa en presencia de tal testimonio y tal hijo?

La contemplación de Dios y su grandeza y majestad es la que humilla a un hombre y le hace reconocer su poquedad y bajeza; y que quien tiene corazón para amar y descubrir quién es Dios, no tiene ojos para mirarse a sí, y su poquedad la considera por tan grande que gusta de taparla, desaparecerla delante de un ser tan infinito.

¿Qué tienen que decir ante esto los soberbios y presuntuosos del mundo, aquellos a los que se les hace estrecho el mundo, aquellos para los que faltan títulos y ningún nombre satisface su soberbia y presunción? A éstos hay que decirles que están y viven lejos de Dios, tienen su ser y su asiento en las tinieblas, que para ellos no ha amanecido para que conozcan y escudriñen los misterios de Dios.

¡Oh, qué bien dijo el Espíritu Santo!: el principio y origen de la soberbia es no conocer a Dios, no escudriñar sus misterios, no penetrar sus secretos, no mirar a Dios sino mirarse a sí.

“Yo, que no soy más que polvo y ceniza, tengo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor”. Sí, que en presencia de tal Señor con quien hablo, todo eso y más se vuelve polvo y ceniza y se deshace entre las manos.

Lo mismo dice Job: “¿Quieres asustar a una hoja que se lleva el viento, perseguir una paja seca?”. Y en otro capítulo: “Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has de devolverme”. Con tener en aquel muladar tantos ojos como llagas, no los tiene para ver en sí más que un poco de lodo.

Lo propio significa cuando David dice: “¿A quién sino a ti tengo yo en el cielo? Si estoy contigo, no deseo nada en la tierra”. Que ni en la tierra hay nada ni en el cielo algo sino Dios a quien ama y quiere, en cuya comparación y presencia las grandezas del cielo dejan de ser; y las riquezas, reinos, mandos y señorío con todo lo demás que contiene la tierra, no lo estima ni quiere, sino solo a Dios.

 

JACULATORIA: «Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy». (Salmo 39,5)

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.