domingo, 14 de junio de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: HABRÁ GRAN ALBOROZO ENTRE LOS ÁNGELES DE DIOS POR UN PECADOR QUE HAGA PENITENCIA

III DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Rito Romano 1962
 

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas. 

Lucas 15,1-10

En aquel tiempo: Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

TEXTOS DE LA MISA  III domingo después de Pentecostés

COMENTARIOS AL EVANGELIO

sábado, 13 de junio de 2026

El trato de Cristo hacia los pecadores

 


III domingo después de Pentecostés

El trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

III domingo después de Pentecostés

El trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)

 

El Evangelio refiere cómo llegándose los publicanos y pecadores a oír la doctrina de Cristo, murmuraron los escribas y fariseos; y Cristo los convenció con la semejanza del Pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el desierto por buscar una que se le ha perdido; y con la de la mujer que tiene muchas joyas y busca y halla con gusto una que perdió: así hay, dice, gran gozo en el cielo por un pecador que se convierte, más que por noventa y nueve justos que no necesitan de hacer penitencia.

 

PUNTO PRIMERO. Medita con san Ambrosio el fervor de los publicanos y pecadores en oír la palabra de Dios, y cómo dejaron sus ganancias y los negocios seculares que traían entre manos por venir a Cristo, anteponiendo los celestiales a los terrenos y los del alma a los del cuerpo; saca de esta meditación hacer tú lo mismo y no dejarte vencer de las ocupaciones del siglo para no llegarte a Cristo, y vacar a las ganancias espirituales y del aprovechamiento de tu alma, anteponiendo siempre lo celestial a lo terreno, y lo eterno a lo caduco y perecedero.

 

PUNTO II. Considera la benignidad con que recibió el Salvador a los pecadores; pues no solo los enseñaba y oía sus dudas y los encaminaba para el cielo, sino que entraba en sus casas y se sentaba a su mesa y comía con ellos, que es el extremo de benignidad y agasajo, y las mayores muestras que pudo darles de amor; alaba y ensalza la bondad y misericordia del Salvador y la humildad con que recibe a los pecadores; no desprecies a alguno, porque los busca el Redentor y los estima, como ves, cuando se llegan a él y se convierten;  y cobra grande confianza de la divina misericordia de que te recibirá a ti si te llegares a él con corazón contrito, como recibió a los de aquel tiempo; exclama y pídele que te reciba en su escuela y que te perdone tus pecados y que te encamine para el cielo.

 

PUNTO III. Considera cómo murmuraron los escribas y fariseos del Señor, que recibía los pecadores y comía con ellos, y también de ellos, porque se llegaban a él. Pondera cuán errados son los juicios de los hombres, y qué poco caso hay que hacer de ellos, pues condenan por mala la misericordia de Dios y el hacer penitencia de sus pecados. Alza los ojos al cielo y atiende a lo que juzga Dios, que es el nivel verdadero, que aprecia cada cosa como es; y pídele a Dios gracia para no despeñarte en tus juicios, y freno para tu lengua para no murmurar de alguno, y mucho menos de los que se llegan a Dios.

 

PUNTO IV. Considera cómo se puso Cristo en defensa de los pecadores contra los que los murmuraban, defendiéndolos con vivas razones y volviendo por la honra de Dios; de lo cual has de sacar dos cosas. La primera, una grande confianza en el Señor para resolverte a las cosas de su servicio, fiado en que te defenderá de todos los enemigos, como defendió a los publicanos que se llegaban a él. La segunda, es un grande valor para defender cuando convenga el partido del Señor y volver por su rebaño, haciendo rostro a los que le quisieren ofender. Cobra esfuerzo y ánimo en su bondad; pídele su gracia para acertar en su servicio, que él te la dará y sentirás su divino favor.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones

 

DÍA 14. OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS

 


DÍA CATORCE.

OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA CATORCE.

(Año catorce)

OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

Primer preludio. Ver a Jesús esperando las órdenes de su Madre.

Segundo. Pedir a Dios esta virtud en toda su perfección.

Punto primero. Obediencia entera. — Segunda. Obediencia continua. — Tercero. Obediencia perfecta.

 

 

PUNTO PRIMERO.

 

Obediencia entera. Quitad la voluntad propia, dice San Bernardo, y no habrá infierno. Ningún obediente verdadero se ha condenado, dice San Francisco de Sales. Perdida estaba yo, dice Santa Teresa, si no hubiera obedecido.

Gran lección nos ha dado Jesús de obediencia, viviendo sujeto a sus padres. Estudia hoy en la escuela de su Corazón esta lección, que vale por muchas.

La obediencia de Jesús fue entera. No en vano tomó la forma de esclavo, pues no tuvo cosa que no sacrificase a la voluntad de su Padre, diciendo que su alimento era hacerla y cumplirla en todo. Y no se contentó con obedecer directamente al Padre, sino que por su amor se hizo súbdito de María y de José. Súbdito del todo, sin más iniciativa en sus actos que la voluntad de sus padres, haciendo y dejando de hacer las cosas, según se las mandaban o dejaban de mandar.

Considera bien y despacio el mérito de esta obediencia y el ejemplo que aquí te da el Salvador. Entiende bien que el esclavo no es suyo, sino de su amo, y que tus talentos y fuerzas, tu vida y el tiempo que vivas, todo es de Dios, y no puedes hacer uso de nada tuyo sino según su voluntad. Esta voluntad te es conocida por los mandamientos de Dios y de la Iglesia, por los preceptos de tus mayores, y, si vives en el claustro, por la regla y constituciones de tu instituto.

Tal vez se te hace pesado ese yugo; mas ten entendido que para el hombre espiritual no hay mayor descanso que vivir bajo obediencia. Esta virtud rige la voluntad y evita sus extravíos, de suerte que el súbdito vive seguro de que va por buen camino y obra sin temor. Bendice al Señor que ha dado a tu flaqueza tan poderoso auxilio.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Obediencia continua. “Yo hago siempre lo que es agradable al Padre", decía Jesucristo. Y, en efecto, al venir al mundo, sabemos por San Pablo que dijo al Padre celestial que venía a hacer lo que le mandase; y lo cumplió tan bien, que, según se explica el mismo Salvador, no hizo más que ejecutar lo que veía hacer al Padre, a la manera del que escribe lo que le dicta el maestro, ¿Puede imaginarse mayor dependencia que ésta? Y estando para morir, una de sus postreras palabras fue decir que había hecho cuanto le había mandado el mismo Eterno Padre que hiciese en este mundo.

¡Qué dicha la tuya si, al morir, puedes decir otro tanto! Examina tus obras diarias, y ve si es constante tu obediencia a los mayores en todo tiempo y lugar, y si estás indiferente para hacer o dejar de hacer las cosas, atendiendo sólo a la voluntad del que le rige en nombre de Dios.

 

PUNTO TERCERO.

 

Obediencia perfecta. Tal fue la de Jesús, porque obedeció por amor, y se sujetó a la voluntad de las criaturas en vista de que lo quería así el Padre celestial. Si se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, no se propuso con tan gran sacrificio sino complacer a Dios y salvar a sus hermanos. No hubo nada de forzado ni violento en una obediencia cuyo principio y fin era el amor, y aquel holocausto suyo se consumió en las llamas de la caridad.

Los que viven bajo la obediencia en este mundo y están sujetos a voluntad ajena, son por lo general, más bien esclavos que otra cosa. La mayor parte, si ejecutan lo que les es mandado, es más por necesidad que por gusto, y si exteriormente se sujetan a las órdenes de los superiores, se reservan el derecho de condenar en sus adentros los que les mandan hacer. El juicio y la voluntad, en la mayor parte de los hombres, está en contradicción con lo que Dios siente y quiere, pues no obedecen a la autoridad de la tierra como quien obedece a Dios, de quien toda autoridad desciende, sino como a puros hombres que la suerte ha puesto sobre sus cabezas.

Muy baja y rastrera es semejante obediencia, que no merece el nombre de tal, pues Ie falta la esencia y el mérito de la virtud que lleva su nombre, y no tiene derecho al galardón a ella prometido. No es más que un velo de malicia, como dice San Bernardo.

Considera esta verdad, alma cristiana, y haz la aplicación a ti misma. Tal vez te halles retratada en ese cuadro. Tal vez has obedecido a la autoridad de Dios, o de la Iglesia o de tu instituto por respeto humano, por temor de penas o esperanza de premios aquí en la tierra, o por otros motivos naturales. En ese caso, no has obedecido a Dios, y nada tienes que esperar del Señor, pero tienes que temer el castigo de tu infidelidad.

No permitáis, Señor, que pierda el mérito de la exacta observancia de vuestra ley y de los preceptos de mis mayores, a quienes debo mirar como representantes vuestros. A vos miraré en ellos, y en mi sumisión a vuestra voluntad hallaré mi verdadera libertad.

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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