Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Martes
de la III semana de Pascua.
Del
amor y promesas de Cristo en el Evangelio. (Joan. 16.)
PUNTO
PRIMERO. Considera lo que dice san Juan Crisostomo; conviene a saber, que el
poco tiempo de que aquí habla Cristo, en que dice que no le han de ver, es el
de su pasión, y llámale pосо у corto una hora, como lo dijo también por san
Juan, conociendo Jesús que llegaba su hora. Esto es, la de su pasión; porque
aunque fueron tantas y tan acerbas, la grandeza de su amor era tal que todo se
le hacía poco para padecer por el hombre. Carga el peso de la consideración
sobre este punto y alaba y engrandece la caridad inmensa del Salvador que tanto
te amó y estimó, y tanto padeció por ti. Dale muchas gracias por ello y
avergüénzate en su presencia, viendo tu tibieza y pusilanimidad, pues no tienes
ánimo para padecer por él, y cualquiera trabajo se te hace mucho e insoportable
para llevarle por su amor. Córrete de las quejas que das y el poco sufrimiento
que tienes, y pídele una centella del fuego de amor que arde en su pecho, para
padecer mucho con alegría por él.
PUNTO
II. Medita aquellas palabras de David en el Psalm. 126. Iban caminando y
llorando cuando sembraban su semilla; pero después volvían con alegría cargados
de las gavillas de la mies que habían cogido. Pondera con san Gerónimo que se
siembra poco y con llanto, y se recoge mucho y con gozo; porque cuando se coge a
manos llenas el fruto colmado de lo que sembraron, se da por bien empleado el
trabajo y el gasto de la siembra. Este es el tiempo de sembrar, y en la muerle
el de coger los frutos de las obras que se han sembrado en la vida: cada uno
cogerá lo que sembró; si espinas de malas obras, cogerá penas y tormentos; si
grano de santas y buenas, cogerá frutos de vida eterna, con tan grandes creces
que corresponderá a ciento por cada una; poco trabajarás y mucho cogerás;
piensa en esto y determínate a trabajar con fervor lo poco que te restare de
vida en la viña del Señor, y cogerás en tu muerte abundantes frutos de gloria.
PUNTO
III. Considera lo que dice Cristo en el Evangelio, que la mujer cuando pare
tiene dolor y tristeza y da muestras de pesarle de haber concebido por el dolor
que padece; pero en pasando aquella hora olvida los propósitos pasados y vuelve
a tener otros hijos. Piensa con esta ocasión cuántos propósitos has hecho en
las enfermedades y trabajos de servir al Señor y de corregir tu vida, y pasada
aquella hora los has olvidado y proseguido en tus antiguas costumbres como
antes. Llora tu inconstancia y pide favor a Dios para empezarle a servir con
fortaleza y perseverancia hasta el fin, que si fueres fiel en sus promesas, experimentarás
en ti su liberalísima misericordia.
PUNTO
IV. Considera las palabras con que remata Cristo su Evangelio: yo os veré otra
vez y se alegrará vuestro corazón con un gozo tal que ninguno os le quitará.
Aquí has de ponderar la seguridad del bien eterno y su perseverancia sin
menoscabo o diminución; porque cuanto tiene de grande tuviera de penoso, sino
estuviera seguro y sin recelo de perderle o acabarse. Cava en esta promesa y
coteja las delicias del cielo con las de la tierra, las que Dios da a sus
siervos con las que da el mundo a los suyos: mira cuán menguadas y breves son
estas, cuán grandes y eternas aquellas, y anímate con esta consideración a dar
de mano cuanto el mundo ofrece, y a no codiciar más de lo que Dios promete.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Nuestro
Señor Jesucristo confió el gobierno y la dirección de su Iglesia a San Pedro,
después de
haberle
exigido una pública y solemne declaración de su ardiente caridad. «Simón, hijo
de Juan, ¿me amas tú más que estos?… Sí, Señor; Tú lo sabes todo; Tú conoces
que yo te amo…» Y sólo después de repetida tres veces esta protesta de amor tan
grande, sincera y expresiva, lo estableció príncipe de los Apóstoles.
¿Podremos
creer que Dios haya querido de San José un amor menos fuerte y menos puro, para
darle el cuidado y la dirección, no ya del cuerpo místico de la Iglesia, sino
de su Cabeza adorable?...¡Ah!, si Dios
quiso dar a San José una tan admirable prerrogativa, no fue sino después de
haber encendido su corazón en las más vivas llamas de la caridad. José amaba a
Dios con toda su alma y con todas sus fuerzas, aun antes de haber recibido esas
gracias extraordinarias; su amor, más fiel y constante que el de San Pedro, no
experimentó jamás la menor alteración; su vida fue un acto perpetuo de ardiente
caridad, que se levantaba día tras día a la más alta perfección.
José
vivía como un serafín en carne humana; su corazón gozaba a raudales de las
delicias del santo amor, cuando Dios, queriendo hacerle el inestimable honor de
custodio y padre adoptivo de su Unigénito, le comunicó alguna de esas centellas
que tiene reservadas para alguno de sus escogidos, y que es el esplendor de su
gloria y la imagen viva de su esencia. Así nació el amor de José; se obró como
una efusión del Corazón de Dios en el suyo; de consiguiente, el amor que tiene
por Jesús nació de la misma fuente que el honor de ser Custodio de ese Hijo
divino.
Dios
quiere, oh bienaventurado José, que recibáis como a Hijo vuestro al Hijo
purísimo de María. No dividís con Ella el honor de haberle dado la vida, pero
compartís con Ella las inquietudes, las vigilias, las preocupaciones en medio
de las que María criará a ese Hijo queridísimo; ocuparéis el lugar de padre
para ese santo Niño.
¿Quién
podrá decir con qué alegría le recibió José, y cómo se ofreció de todo corazón
para hacerle de padre adoptivo?... Y desde entonces no vivió sino para Jesús:
todos sus cuidados y solicitudes
fueron
para Jesús, para quien tuvo corazón de padre. Si trabajaba, si sufría, si se
imponía privaciones o peregrinaba en el destierro, oculto en la más profunda
oscuridad, todo lo hizo por Jesús y únicamente por Él: Probatio amoris
exhibitio est operis.
Vuestro
amor, oh José, recibe un nuevo acrecentamiento. Ya no es el Dios invisible, el
Dios espíritu el que vos amáis, ahora sentís un amor más tierno y más sensible;
un amor natural y sobrenatural os hace gozar de delicias y ardores hasta ahora
desconocidos al corazón del hombre, y que los ángeles mismos envidiarían, si
pudieran. Vos amáis a vuestro Dios hecho semejante a vos, a vuestro Dios
convertido en Hijo vuestro, el más hermoso de los hijos de los hombres, el
Omnipotente revestido de los atractivos de la infancia, el Deseado de todas las
naciones, el Rey y Salvador del mundo, confiado a vuestros cuidados, a vuestro
gobierno. Y vos pudisteis amarle con una ternura tanto más viva y fuerte,
cuanto que la gracia y la naturaleza no señalan límites a vuestro amor.
Podemos
repetir con el Salmista: «Un abismo llama a otro abismo»; y esto, porque para
formar el amor de San José fue necesario fundir cuanto la naturaleza tiene de
más tierno y la gracia de más eficaz; la naturaleza tenía su parte, porque el
amor se refería a un hijo, y al mismo tiempo no podía faltar la gracia, porque
el amor se refería a un Dios. Pero lo que sobrepasa a la imaginación humana, es
que la naturaleza y la gracia ordinarias no bastan para explicar tanto
misterio; porque no es propio de la naturaleza dar el Hijo de un Dios, ni lo es
de la gracia —ordinaria, por lo menos— el poder amar a un Dios en un hijo.
Padre
afortunado, que pudo amar excesivamente a su Hijo, si así puede decirse, sin
amarle demasiado; que pudo dar todo a Dios, sin quitar nada a su Hijo; que no
tuvo que temer ese oráculo de Jesucristo: «Aquel que ama a su hijo más que a
Mí, no es digno de Mí». El objeto del amor de José era infinitamente amable, y
él, por lo tanto, debía amarle infinitamente: que si hubiera podido hacerse
algún reproche, habría sido de no amarle lo suficiente. Pero José le amaba con
todas sus fuerzas, y según la exacta y sobreabundante medida de gracia que
había recibido.
Si
amar a Jesús y ser amado por Jesús son dos cosas que atraen las divinas
bendiciones en las almas, ¿qué torrente de gracia no debía inundar el corazón
de José?... Jesús no se saciaba de verse amado por su padre, y este augusto
padre no creía tener nunca amor suficiente para aquel único dilecto Hijo; por
lo que incesantemente pedía la gracia de amarle, y este pedido le merecía
siempre nuevas y mayores gracias.
Si los
discípulos de Emaús, por haber conversado breves momentos con el Salvador,
sintieron su corazón todo encendido en amor; si Jesús, con la dulzura de su
palabra atraía de tal manera a las gentes, que se olvidaban hasta del alimento,
¿qué habrá sido para José, que tuvo la suerte de conversar durante treinta años
del modo más familiar con el Verbo encarnado? ¿Cómo habría podido recibir por
tan largo tiempo las afectuosas atenciones del divino Salvador, sentir sobre sí
sus tiernas miradas llenas de gracia y de favor, ser amado, y amar otra cosa
fuera de Él?…
El
Salvador mismo dice en el Evangelio que vino a traer a la tierra el fuego
sagrado de ese amor divino que le une en el cielo a su Padre celestial: lógico
es, entonces, que en cuanto lo permiten los límites de la criatura, inflamara
en la misma caridad a José, que ocupaba el lugar de padre suyo en este mundo.
Ah, si
un soldado pagano se sintió iluminado por la verdadera fe y se hizo santo
viendo la caridad de los primeros cristianos, ¿qué profundas impresiones debían
de hacer en el alma de Josélas
conversaciones, los ejemplos de María, la cual amó a Jesús como no le
alcanzaron a amar todos los santos y serafines juntos? ¿Qué acrecentamiento de
caridad no debían de obtener a José las oraciones de esa Virgen divina, Madre
del Salvador, Esposa del Espíritu Santo?…
Y no
temamos decir que ningún santo, después de María, amó a Jesús como le amó José,
por cuanto
ningún
santo tampoco recibió favores tan insignes; nadie como él prestó a Jesús tantos
servicios personales; ninguno tuvo la suerte de vivir tan largo tiempo en la
compañía del divino Maestro. Nadie, en una palabra, pudo ver tan de cerca los
tesoros de gracia y de amor encerrados en su adorable persona.
Hubo
santos que llevaron la caridad a un grado por demás heroico: por ejemplo, un
San Pablo, que llegó a desafiar a todos los poderes del cielo y de la tierra a
que lo separaran del amor de Jesucristo; un San Francisco de Asís, que mil
veces al día suplicaba a Dios que lo hiciera morir por Él; un San Agustín, que
con indecible nostalgia repetía estas sublimes palabras: «Belleza siempre
antigua y siempre nueva, muy tarde os conocí y muy tarde os amé»; y con santo
ardor, este doctor de la gracia —es decir, del amor— agregaba estas palabras,
las más hermosas que labio humano haya jamás pronunciado: «¿Por qué no soy yo
Dios y Vos Agustín?. . . Entonces querría volver a ser Agustín, para haceros a
Vos mi Dios…»
Finalmente,
el amor divino que reinaba sin obstáculos en el corazón de José y ocupaba todos
sus pensamientos, aumentaba día a día con su empeño, se perfeccionaba con el
deseo, se multiplicaba en sí mismo hasta alcanzar tal perfección, que la tierra
no hubiera podido contenerlo. «Un Santo que tanto había amado durante su vida,
no podía sino morir de amor —dice San Francisco de Sales—; muerte nobilísima,
que debía ser la consecuencia de la vida más noble que jamás haya vivido
criatura alguna, y de cuya muerte desearían morir los mismos ángeles, si fueran
capaces de muerte».
¡Oh
almas interiores, almas privilegiadas, a quienes Dios ha colmado de gracias
especialísimas! Vosotras debéis imitar a San José; como él, debéis consagraros
a amar a Dios con un amor superior al que podáis tener a cualquier otro objeto.
Dios es soberanamente celoso, y no admite corazones divididos: los quiere
enteros, porque lo merece; quiere que le pertenezcan a Él solo, ya que Él solo
los merece, porque los ha creado para sí. Por poco que desviéis vuestro corazón
hacia las criaturas, es un hurto que le hacéis a Dios; le quitáis un bien que
le pertenece, y que no puede ceder a los demás. Debéis amarle a Él solo
absolutamente, y amar todo lo que a Él se refiera. Por lo tanto, los afectos de
vuestro corazón deben dirigirse a Dios como a su fin, y reunirse en Él como en
su centro. «No es amaros suficientemente —dice San Agustín— el amar con Vos
alguna cosa que no se ama por Vos». «El perfecto amor de Jesús no desea otra
cosa —dice San Jerónimo— más que agradar a Jesús. Si tiene alguna otra
pretensión, señal es de que no ama sin imperfección al divino Salvador».
«La
verdadera señal de que amamos a Dios en todas las cosas —dice San Francisco de
Sales—, es cuando le amamos igualmente en todas; pues que siendo igual a sí
mismo, la falta de igualdad en nuestro amor hacia Él, no puede tener otro
origen que el habernos detenido en alguna cosa que no es Él».
El
alma piensa en lo que el corazón ama, y si amáis a Dios con todo el corazón, toto
corde. «¿Queréis saber lo que amáis? —dice San Lorenzo Justiniano—.
Examinad hacia qué cosa se encaminan vuestros pensamientos, y por ellos
conoceréis el objeto de vuestro amor». Es así como los pensamientos de San José
estaban todos en Dios y eran todos para Dios; nada se le importaba de las
criaturas, sino en cuanto podían llevarlo a Dios. En todos los seres admiraba
el poder, la sabiduría y la grandeza de Dios como en un espejo; y de aquí
provenía la felicidad que tenía de mantenerse unido con Dios, de pasar tan
fácilmente de la acción a la oración. Su mente, de acuerdo con su corazón, no
perdía jamás de vista al que amaba con todas sus fuerzas.
Y
finalmente, para penetrar bien en las santas disposiciones de este augusto
modelo, no os saciéis jamás de amar a Dios con un amor afectivo, sino con un
amor efectivo.
«Con
el primero —dice San Francisco de Sales— amamos a Dios y todo lo que El ama, y
con el segundo servimos a Dios y hacemos cuanto Él nos ordena. El primero nos
une a la voluntad de Dios, y el segundo nos hace seguir su santa voluntad. Uno
nos llena de complacencia, de deseos, aspiraciones y ardores espirituales,
haciéndonos practicar la unión y la fusión de nuestra alma con Dios; el otro
nos inspira firmes resoluciones, valor decidido, y la inquebrantable obediencia
necesaria para cumplir la voluntad de Dios y para sufrir, amar, aprobar y
abrazar cuanto viene de su beneplácito. El uno hace que nos alegremos en Dios,
y el otro, que agrademos a Dios; con el primero ponemos a Dios sobre nuestro
corazón como una señal de amor bajo la cual se unen nuestros afectos, y con el
segundo le ponemos sobre nuestro brazo como una espada de amor, con la cual
realizamos actos heroicos de todas las virtudes: Pone me ut signaculum super
cor tuum, ut signaculum super brachium tuum (Cant. VIII, 6)».
MAXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
Sueño
del alma es olvidar a Dios: todo el tiempo que el alma vive olvidada de Dios,
ha estado dormida (San Agustín).
La
vida del amor propio es la muerte del amor puro, y la vida del amor puro es la
muerte del amor propio. Es necesario perder todo otro amor, para obtener el más
puro (P. Huby).
Nada
mío, ni para mí, sino todo de Dios y para Dios.
AFECTOS
Padre
dilecto del Salvador, digno esposo de su Madre divina: por ese inestimable
favor que habéis tenido de estar tan estrechamente unido a los corazones de
Jesús y de María, y de participar abundantemente de sus gracias y de sus
virtudes, dignaos obtenerme de amarles como vos, con un amor puro y generoso,
con un amor fiel e invariable, a fin de que después de haber imitado vuestros
ejemplos, tenga la suerte de morir entre sus brazos y de contemplarles para
siempre con vos en la bienaventuranza eterna. Así sea.
PRACTICA
Después
de la visita al Santísimo Sacramento y a la Virgen, saludar a San José con una
breve y fervorosa oración.