miércoles, 8 de julio de 2026

9 de julio. RECUPERA LOS SENTIDOS. MES DE JULIO EN HONOR A LA VIRGEN DEL CARMEN

 


9 de julio

RECUPERA LOS SENTIDOS

MES DE JULIO

EN HONOR

A LA VIRGEN DEL CARMEN

 

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Oración inicial

Oh Virgen María, Madre de Dios y Madre también de los pecadores, y especial Protectora de los que visten tu sagrado Escapulario; por lo que su divina Majestad te engrandeció, escogiéndote para verdadera Madre suya, te suplico me alcances de tu querido Hijo el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades, el consuelo de mis aflicciones y la gracia especial que pido en este ejercicio consagrado a vuestra devoción (pídase la gracia), si conviene para su mayor honra y gloria, y bien de mi alma: que yo, Señora, para conseguirlo me valgo de vuestra intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos a fin de poder alabarte dignamente; y uniendo mis voces con sus afectos, te saludo una y mil veces, diciendo:

3 Avemarías

 

9 de julio

RECUPERA LOS SENTIDOS

De la obra “Prodigios del Escapulario” del P. Rafael María López-Melús.

Por los años 1912 sucedió en el Hospital de Alegrete, Estado del Río Grande del Sur, en el Brasil, el siguiente caso:

Del Hospital llamaron a un Padre Carmelita para asistir a una moribunda. Fue el que suscribe estas líneas, y, cuando llegué, estaba la enferma sin sentido.

Sospechando que no habría en ella ninguna disposición para que los sacramentos administrados en aquel estado produjeran fruto en su alma, pedí un Escapulario del Carmen y se lo impuse, rogando al mismo tiempo con mucho fervor a la Virgen que se apiadase de la infeliz.

Apenas la enferma recibió el Escapulario, recuperó perfectamente el uso de la razón y de los sentidos; fue instruida en las verdades de la religión, pues era ignorantísima, se confesó y recibió la Unción de enfermos, y cuando estaba terminando de serle administrado este Sacramento, murió.

El que recuperase la razón y los sentidos y recibiese los sacramentos, los que tuvieron noticia detallada del caso lo tuvieron por extraordinario favor de la Virgen del Carmen, por medio de su Santo Escapulario. (Fr. Patricio, O.C.D.)

 

Oración final para todos los días

Infinitas gracias os damos, soberana Princesa, por los favores que todos los días recibimos de vuestra benéfica mano; dignaos, Señora, tenernos ahora y siempre bajo vuestra protección y amparo; y para más obligaros, os saludamos con una Salve:

 

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

***

Querido hermano comparte este ejercicio con tus familiares y amigos para que muchos conozcan y amen a la Virgen.

***

Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

SALVE MARINERA

¡Salve!, Estrella de los mares,

de los mares iris,

de eterna ventura.

¡Salve!, ¡oh, Fénix de hermosura!

Madre del Divino Amor.

 

De tu pueblo, a los pesares

tu clemencia dé consuelo.

Fervoroso llegue al cielo

y hasta Ti, y hasta Ti,

nuestro clamor.

 

¡Salve!, ¡salve!,

Estrella de los mares.

¡Salve!, Estrella de los mares.

Sí, fervoroso llegue al cielo,

y hasta Ti, y hasta Ti,

nuestro clamor.

 

¡Salve!, ¡salve!,

Estrella de los mares,

Estrella de los mares,

¡Salve!

¡Salve!

San Efrén, diácono y confesor. — 9 de julio

 


San Efrén, diácono y confesor. — 9 de julio

(+ 379)

Uno de los más esclarecidos doctores de la Iglesia de Siria fue san Efrén, el cual nació en la ciudad de Nisibe y fue hijo de padres labradores, pero ilustres por la confesión de la fe y por la sangre de los santos mártires, que honraron su cristiana familia. Crióse con tan grande inocencia, que en el libro de su Confesión no se acusa más que de dos culpas de su niñez: fue la una haber echado a correr por los montes tras una vaca de un vecino suyo, la cual se perdió y fue devorada por las fieras; la otra, haber puesto una vez en duda que todas las cosas anduviesen ordenadas por la Providencia divina. Retiróse al yermo; mas habiéndole mostrado el Señor que quería servirse de él para bien de muchos, pasó a la ciudad de Edesa, donde fue ordenado de diácono, y aunque más tarde quería el glorioso san Basilio hacerle sacerdote, nunca pudo acabar con él que aceptase aquella dignidad. Supo otra vez que venían para hacerle obispo y comenzó él a fingirse loco y hacer visajes en la plaza, andando aprisa y corriendo por las calles, y rasgando sus vestiduras, y comiendo delante de todos, para que le dejasen y menospreciasen los que querían encomendarle el gobierno de la Iglesia. Era elocuentísimo predicador de Jesucristo, y convirtió a la fe gran número de idólatras y herejes: y de una disputa que tuvo con Apolinar, salió aquel famoso hereje tan atajado y corrido, que no supo decir palabras, y con tan gran tristeza y angustia de corazón, que le dio una enfermedad de que llegó a las puertas de la muerte. Tenía también el glorioso san Efrén unas entrañas muy blandas con los pobres, y en una grande hambre que en su tiempo afligió mucho a la ciudad de Edesa, viendo que perecían muchos pobres y que los ricos apretaban la mano y los dejaban morir, los reprendió gravemente, y con las limosnas que recogió armó trescientas camas para los enfermos, vistió a los desnudos y dio de comer a los hambrientos. Y para que no faltase el alimento espiritual de las almas, escribió muchos libros en lengua siriaca, los cuales eran tan estimados que, como dice san Jerónimo, se leían públicamente en algunas iglesias después de la Sagrada Escritura. Son todas las obras de esta santo Padre muy espirituales, y en ellas resplandece su grande ingenio y su elocuencia singular, y sobre todo un espíritu celestial y soberano, suave, eficaz, blando y fervoroso de que Dios le había dotado. Finalmente estando ya para morir escribió aquella admirable exhortación llena de santísimos documentos, llamada el Testamento de san Efrén, y encomendó encarecidamente que no le enterrasen con vestidura preciosa, ni en sepulcro, ni en templo, sino en el cementerio de los pobres y peregrinos: mas el Señor tomó por su cuenta el honrarle y hacer su nombre inmortal y glorioso en toda la universal Iglesia.

Reflexión: Poseemos en la Iglesia católica tal abundancia de libros escritos por autores doctísimos y santísimos, que es para alabar a Dios. Su profunda sabiduría asombra al ingenio humano y el olor de santidad que se percibe en su lectura, reanima al lector más aletargado por el frío de la duda, o la ponzoña del error y de los vicios. Pues ¿por qué no se han de leer tan buenos libros que dan luz y calor, y sanidad perfecta al espíritu? ¿Por qué se han de leer libros malos que le llenan de tinieblas y de frío glacial, y lo sumen en un letargo de muerte?

Oración: ¡Oh Dios! que nos alegras en la anual solemnidad de tu bienaventurado confesor san Efrén, concédenos propicio, que imitemos las buenas acciones de aquel santo cuyo nacimiento para el cielo celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Los aristócratas del Reino de Dios. Fray Justo Pérez de Urbel

 


TERCER DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Los aristócratas del Reino de Dios

Fray Justo Pérez de Urbel

Jesús no habla en el Templo, ni en la sinagoga, ni en el triclinio. Aparece en la calle, en la plaza, rodeado de amigos y enemigos, de censores y de discípulos; pero habla con la misma seguridad de siempre y, como siempre, sigue realizando su gran renovación, porque Él es el renovador radical, el que va a transformarlo todo en el campo de la idea y en el de la vida.

¿Puede haber mayor renovación, paradoja más ridícula para un sanedrita, que la extraña noticia de que el mendigo de los zocos de Jerusalén y de Cafarnaúm, el pobre desarrapado de los caminos de Samaría y Jericó, y hasta el bandido de las montañas de Judea, podrían sentarse en el banquete del Reino de Dios?

Esto es poco todavía. En aquel mundo que tuvo la dicha de oír la voz de Dios, hay publicanos, parias, ilotas, esclavos, cortesanos, gentes que tienen que vivir del vicio porque no pueden matar el hambre de otra manera; débiles del cuerpo y enfermos del alma; rechazados, fracasados, abandonados; corazones que tiemblan de miedo y cuerpos que tiemblan de frío; mendigos hambrientos que se sientan a la puerta del epulón, oyendo el chisporroteo del vino, las melodías de las arpas, las risas, el jolgorio y la fiesta.

Hay que huir de esos pobres seres que llevan el vestido harapiento, el alma sucia —si es que alma tienen— y la carne desgarrada. Simón el Fariseo pasa junto a ellos desdeñoso; el sanedrita los desprecia hasta cuando habla con Jehová; el cónsul los trata a puntapiés; el filósofo los considera en la misma escala que a los seres inferiores de la creación; el senador los amontona en el ergástulo y los echa a sus murenas; el pueblo pide su sangre en el circo; y el emperador, si llega a tropezar con ellos en el foro, para descongestionar el ambiente llena sus naves de aquellas piltrafas de carne humana y las arroja al mar.

Y, de repente, suena la voz de Jesús, que les dice:

«También vosotros sois hijos de mi Padre celestial y siervos del mismo Señor; podéis sentaros en la misma mesa que vuestros amos, aspirar a la misma gloria y gozar de la misma felicidad. Parias y brahmanes, ilotas y ciudadanos, publicanos y fariseos, siervos y señores, todos formáis parte del gran rebaño cuya custodia me ha encomendado mi Padre celestial. El que mejor sepa golpearse el pecho, el que llore lágrimas de fuego por sus pecados, el que encienda llamas de caridad purificadora dentro de su alma, ese es el aristócrata de mi Reino.»

Era la revelación conmovedora del Corazón misericordioso del Padre. La mirada indulgente de Dios para todos, sin distinción de clases, ni de castas, ni de pueblos, ni de razas. Si alguna preferencia hay, se diría que es para el que más sufre.

Aquí está el sentido universalista del cristianismo, que encontró su apóstol más ardiente en san Pablo y su evangelista más explícito en san Lucas, discípulo de san Pablo.

Leed el capítulo XV del Evangelio de san Lucas, ese capítulo que ha hecho llorar a tantos hombres, que ha conmovido a tantas almas y que ha devuelto a Dios a tantos extraviados.

Tres parábolas lo llenan; tres parábolas que tienen un mismo sentido. Una es la del hijo pródigo; las otras son las que nos presenta el Evangelio de este domingo: la oveja perdida y la dracma extraviada.

Los publicanos y los pecadores iban a Jesús «para escucharle». Dóciles a la voz del Maestro, confesaban sus faltas y se estrechaban en torno suyo buscando una mirada piadosa o una palabra de perdón.

El escándalo era grande entre el grupo de los fariseos. Se decían al oído palabras misteriosas; criticaban públicamente aquella conducta y, a veces, su cólera estallaba en injurias.

En un momento de silencio, Jesús se dirige a ellos y les dice:

«¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deja las noventa y nueve y corre en busca de la extraviada hasta encontrarla?»

Es la famosa parábola de la oveja perdida. Mil veces la representaron los pintores de las catacumbas, los escultores de los sarcófagos y los artistas que decoraron las primeras basílicas.

Los paganos veían a aquel joven pastor que llevaba sobre sus hombros la oveja querida, sin comprender el misterio; pero los cristianos encontraban allí secretas dulzuras.

Ellos, paganos de la víspera, eran la oveja perdida que había errado incierta, manchando el vellón en los fangos del camino, dejando en las espinas jirones de su carne y manchando con su sangre las rocas resbaladizas.

Pero un día, sin saber cómo, oyeron un silbido misterioso. El Buen Pastor los recogió en sus brazos, los calentó sobre su pecho, los llevó a su Iglesia, los lavó, les curó las heridas, los fortaleció, los consoló y los iluminó.

Y san Pablo podía decirles:

«Erais adoradores de los ídolos; esclavos de vicios vergonzosos, avaros, ladrones, calumniadores; pero habéis sido purificados, justificados y santificados en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor.»

Una oveja, entre ciento, es poca cosa. Además, si se ha perdido, ¿no es de ella la culpa?

Pero no razona de este modo el Pastor. Imprudente o presuntuosa, la pobre va a perecer entre las garras de los lobos, mientras las noventa y nueve permanecen seguras en el redil.

Y el Buen Pastor marcha solícito. Recorre las montañas y los valles; examina los precipicios; mira entre los bosques y en el interior de las cavernas; camina bajo la lluvia o bajo el fuego del sol; no le detiene el cansancio, hasta que al fin la descubre allá, en el fondo del barranco.

Es también la historia de la mujer que tiene diez dracmas y ha perdido una.

Su casa es pobre y apenas tiene ventanas; por eso lo primero que hace es encender la lámpara. Después examina cuidadosamente los rincones, desplaza los muebles, barre toda la casa, y he aquí que la moneda aparece.

La mujer la toma, la contempla una y otra vez, le quita el polvo, le devuelve su brillo primitivo y, loca de alegría, llama a sus vecinas para comunicarles el feliz hallazgo.

Esto es lo que sucede entre Dios y el alma.

Esta es la revelación consoladora del Corazón de Cristo.

En la página siguiente, el divino Parabolista descubrirá, en la figura del hijo pródigo, el rasgo esencial de esa solicitud con que Dios persigue al pecador: el amor.

Aquí nos deja ver, sangrante y palpitante, su Corazón compasivo y, podríamos decir, hasta interesado.

El Buen Pastor obra por compasión; la mujer de las dracmas obra por interés.

Ya sabemos que el Buen Pastor es Cristo, porque Él mismo nos lo dijo; «y el que está significado por el pastor —dice san Gregorio— está también figurado por la mujer; porque Cristo es Dios y es la Sabiduría de Dios».

La Sabiduría de Dios —añade san Agustín— había perdido su dracma: el alma del hombre, en la que se veía grabada la imagen del Creador.

¿Y qué hizo la mujer prudente?

Encendió su lámpara.

Quien dice lámpara, dice una luz en un vaso de arcilla.

La luz en la arcilla es la divinidad en la carne.

Todo eso vale un alma, aunque sea el alma de un esclavo.

Aunque los fariseos se escandalicen.

Dios la busca, se entristece cuando se pierde y se alegra cuando se encuentra; y en el cielo los ángeles hacen fiesta por el hallazgo.

Y el hombre, anonadado, se pregunta con el poeta:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mis puertas, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?