sábado, 7 de marzo de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: Iré a mi padre y le diré: Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti.

  
SÁBADO DE LA II DE CUARESMA
Rito Romano 1962

Iré a mi padre y le diré:
Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti.

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas

Lc 15, 11-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos y a los escribas esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».


  
TEXTOS DE LA MISA -Sábado de la II semana


COMENTARIOS:

EL QUE SE SEPARA DE JESUCRISTO TAMBIÉN SE SEPARA DE SÍ. San Ambrosio

BUSQUEMOS EL ABRAZO DEL DIOS MISERICORDIOSO. Homilía

CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA, REFUGIO DE PECADORES. Homilía

EL MISTERIO INSONDABLE DE LA MISERICORDIA DIVINA. Homilía

DÓNDE ABUNDÓ EL PECADO, SOBREABUNDÓ LA GRACIA. Homilía

viernes, 6 de marzo de 2026

El hijo pródigo

 


Sábado de la II semana de Cuaresma

El hijo pródigo

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Sábado de la II semana de Cuaresma

El hijo pródigo

Lc 15, 11-32

Hablando Cristo con sus discípulos, les dijo esta parábola. Un hombre tuvo dos hijos; el más mozo le pidió la parte de su patrimonio, diósela, fuese, y consumióla viviendo lascivamente; reducido a suma necesidad y miseria cayó en la cuenta y volvió a su padre, pidiéndole perdón, el cual le recibió con grande regocijo, por haber recuperado el hijo que había perdido.

PUNTO PRIMERO. Considera en este mozo. que siguiendo sus apetitos dejó la casa de su padre, y vino a tanta miseria, que se halló forzado a ganar la comida, apacentando animales inmundos: lo qué es un hombre apartado de Dios y dejado a su consejo; en qué desdichas no cae ¡y qué miserias no padece! Mira a este mozo, de rico pobre, y de honrado deshonrado, de estimado despreciado, al que era servido sirviendo, hecho de señor esclavo, desamparado, desnudo, hambriento, y sin tener remedio ni de donde haberle, olvidado y dejado de todos los que le seguían, todo lo cual le vino por salir de la casa de su padre y seguir su mal consejo; y mucho más padece en el alma el pecador que deja a Dios y sigue el consejo de sus apetitos, que en un instante se halla pobre de toda virtud, desnudo de la vestidura de la gracia, desamparado de Dios y de sus santos, esclavo de Satanás y reducido a suma miseria; conoce en este espejo lo que es el mundo y sus amigos, y los efectos del pecado, y no sigas tu consejo sino el de Dios, que es tu verdadero Padre, y propón firmísimamente de morir mil muertes antes que perderle de vista, ni apartarte de su lado.

PUNTO II. Considera lo que dice el Salvador de este mozo, que fue dechado del pecador que deja a Dios, que volviendo en sí porque había salido de sí, consideró el miserable estado a que le había traído su mal consejo, y determinó buscar el remedio, que fue volverá casa de su padre: en esto está todo tu bien, en volver los ojos a ti mismo, y considerar el estado en que te ha puesto la culpa y la miseria de tu alma y el riesgo de caer en el infierno ¡Oh si abrieses los ojos y los volvieses a mirarte! Vuélvelos una y muchas veces a ti, y mira por ti, y vuélvete a Dios, y considéralo que dice san Pedro Crisólogo, que la abundancia sacó a este mozo de la casa de su padre, y la necesidad le volvió a ella; y reconoce los bienes que hay en la pobreza y los riesgos que hay en la riqueza, y propón firmemente de abrazar la pobreza de Cristo y huir de las riquezas y abundancia, porque no sean ocasión de que dejes a Dios y te pierdas para siempre.

PUNTO III. Considera la confusión con que este mozo volvió a la presencia de su padre, confesando su pecado y diciendo públicamente: padre, pequé contra Dios y contra ti; y no soy digno de llamarme hijo tuyo. Contempla el quebrantamiento de su corazón, la contrición de su alma, los golpes de pechos, las lágrimas que corrían de sus ojos, con que lavó las manchas de sus culpas, y acompáñale en su contrición, hiriendo tu pecho y llorando tus pecados, postrado en el acatamiento de Dios, pidiéndole perdón con propósito firme de la enmienda, y confianza de alcanzar la misericordia de su poderosa mano.

PUNTO IV. Contempla el gusto y alegría con que el piadoso padre recibió al hijo, y las muestras de regocijo que hubo en su casa, y las mercedes que le hizo en lugar de castigos, saliendo desalado a recibirle al camino, abrazándole, besándole, vistiéndole el mejor vestido que tenía, dándole su propio anillo, y haciendo convite y mesa franca a todos sus amigos y conocidos: dechado y representación de la misericordia infinita de Dios, y del gusto con que recibe aun pecador convertido, las mercedes que le hace, vistiéndole de su gracia y enriqueciéndole de sus dones, y la fiesta que por su contrición y conversión hacen los ángeles en el cielo ¡Oh bendito sea tan buen Dios tan piadoso y misericordioso, que tales mercedes hace a los que le han ofendido, si de veras se duelen de sus pecados, y se vuelven a su servicio! gózate de tener tal Dios, tal Padre y tal Señor, que tan piadosamente procede con los suyos, y cobra gran confianza en su piedad de alcanzar perdón de tus pecados, y aprende a perdonar las ofensas de tus prójimos, cuando te pidieren perdón por haberte ofendido.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DE LA AGONÍA QUE CRISTO PADECIÓ ORANDO EN EL HUERTO

 


Sábado de la II semana de Cuaresma.

DE LA AGONÍA QUE CRISTO PADECIÓ ORANDO EN EL HUERTO.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Sábado de la II semana de Cuaresma.

DE LA AGONÍA QUE CRISTO PADECIÓ ORANDO EN EL HUERTO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera a Cristo nuestro Señor orando en el huerto a su Eterno Padre con grande agonía y suma tristeza de su corazón, que padeció en cuanto hombre, encendido en llamas de ardentísimos deseos y fervorosísima caridad, destemplando su cuerpo y sudando arroyos de sangre por su rostro, regando con ellos la tierra, clamando a Dios, y orando con indecible fervor; llega a recoger el sudor que derrama por tí y no le dejes caer en la tierra, sino recíbele en lo íntimo de tu corazón; ofrécele las telas de tus entrañas para enjugar el sudor, y contempla lo que Cristo pasa en esta oración y no te apartes de su lado, asistiéndole y sirviéndole con toda devoción.

PUNTO II. Considera cómo bajó el ángel san Miguel, según dice san Buenaventura (1), a confortar al Señor, o ya como dice el Santo con santas palabras, significándole cómo había ofrecido su oración a Dios, y el sudor de sangre, y la agonía de su corazón, y que se confortase porque era la divina voluntad que padeciese por los hombres; o ya, como dicen otros (2), acompañándole en su oración con el mismo hábito, forma y muestra de agonía y sudor, porque es un gran consuelo para los que padecen tener compañeros en su misma pasión. Atiende cómo puedes dar algún alivio a las tristezas de Cristo Redentor nuestro, imitándole y acompañándole en sus agonías y pasión. ¡Oh Redentor mío! desde luego me ofrezco a ser vuestro compañero en todas vuestras estaciones, dadme licencia para que os acompañe, y gracia para que no os deje hasta morir en una cruz con vos. Advierte cómo los ángeles bajan del cielo y acompañan a los que oran y ofrecen sus oraciones y peticiones a Dios, como ofreció san Miguel las de Cristo, y antiguamente las de Daniel; y san Rafael las de Tobias, y así ofrecerán las tuyas, si orares como debes.

PUNTO III. Considera cuán grave es la carga de nuestros pecados, pues a Dios, que con un dedo sustenta y mueve todo el orbe, le hizo sudar hasta la misma sangre. Pondera que a tí no te pesa, porque no la consideras, pídele a Cristo luz y gracia para conocer tus culpas, y el sentimiento que debes tener de ellas, y mira cómo debes agonizar por tu alma, cuando Cristo así agonizó por las ajenas, y más especialmente por la tuya.

PUNTO IV. Considera las angustias que Cristo padeció como hombre, viendo acercarse ya el tiempo de su pasión y de su muerte acerbísima, que fue tal, que sola su memoria le hizo sudar arroyos de sangre; y piensa qué angustias padecerán los pecadores en el trance de la muerte cuando se les representen las penas eternas que merecen por sus pecados; acuérdate del fuego del purgatorio y de los tormentos eternos y de las angustias de la muerte, y ora al Eterno Padre suplicándole, que no seas tú tan desdichado que bebas cáliz tan amargo, y a Cristo, que pues por nuestro amor ha tomado estas agonías y congojas, te libre de las eternas y te dé una tierna compasión para compadecerte de sus penas.

(1) S. Bonav. med. 75. (2) P. Pineda.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.