San
Germán, obispo de París, confesor. — 28 de mayo.
(+ 576)
San Germán, obispo de París, varón por su excelencia,
santidad y grandes prodigios admirado, fue hijo de padres pobres y nació en
Borgoña en territorio de Autún. Aborrecida su madre por haberle concebido en
breve, tiempo después de otro hijo, tomó medios para matarle antes de que
naciese, y no pudo porque Dios guardaba aquel niño y le había escogido para
gran ministro de su gloria. Habiendo, pues, pasado los años de la primera edad
en estudios de letras, se ordenó de diácono y de presbítero, y fue elegido por
abad del monasterio de san Sinforiano. Florecía allí con rara virtud, cuando
por voluntad del rey Childeberto fue consagrado obispo de París. Era muy largo
en las limosnas que hacía, y con frecuencia comía con los pobres. Dios le
ayudaba por mano del mismo rey, el cual le daba hasta sus vasos de oro y plata,
rogándole que lo diese todo porque no le faltaría qué dar. No fue tan
favorecido del rey Clotario su hermano, a quien Dios castigó con una enfermedad
de la cual el mismo santo le sanó. Después, habiendo venido la corona de
Francia al rey Cariberto, que estaba amancebado con la hermana de su mujer, san
Germán, le excomulgó a él y a la amiga, y como aun todo esto no bastase, tomó
Dios la mano quitando la vida primero a la amiga del rey y después al mismo
rey. Celebró también san Germán un concilio en París, en el cual reprimió la
codicia de los grandes que usurpaban los bienes de la Iglesia, y las limosnas
de los fieles. Haciendo el santo una peregrinación a Jerusalén, el emperador
Justiniano le ofreció grandes dones de oro y plata; mas el santo varón no quiso
aceptarlos, antes le suplicó que le diese algunas reliquias, y el emperador le
dio entre otras la corona de espina de nuestro Señor Jesucristo. Los milagros
que hizo fueron innumerables, y no parecía sino que el Señor le había dado
señorío e imperio sobre las criaturas. Finalmente, a los ochenta años de su
edad llamó a un notario suyo y le mandó que escribiese sobre su cama «A los 28
de mayo.» Y aunque entonces no se entendió lo que quería decir, se adivinó
después cuando en este día entregó su preciosa alma al Señor. Fue sepultado con
gran llanto y solemnidad de toda la ciudad de París, en la capilla de san
Sinforiano que él mismo había mandado fabricar, y luego confirmó el Señor con
nuevos milagros la santidad de su siervo: y más tarde Lanfrido abad trasladó el
sagrado cuerpo a la iglesia de san Vicente, con asistencia del rey Pipino y de
Carlos su hijo, que fueron, testigos de muchas maravillas.
Reflexión:
Dice el rey Childeberto en unas letras patentes: «Nuestro padre y señor Germán,
obispo de París y hombre apostólico, nos ha enseñado en sus sermones que
mientras estemos en esta vida hemos de pensar mucho en la otra y hacer muchas
limosnas. Habiendo sabido que estábamos enfermos en el Castillo de Celles, y
que no nos habían aprovechado todos los medios humanos, vino a visitarnos y
pasó toda la noche en oración. Por la mañana puso sobre nosotros sus santas
manos y apenas nos tocó cuando nos hallamos con plena salud. Por lo cual
donamos a la iglesia de París y al obispo Germán la tierra de Celles donde
recibimos esta misericordia de Dios». Mira tú cuan poderosos son los santos, y
cuan provechosos a los reyes y a los reinos y a todos sus devotos.
Oración:
Rogámote, Señor, que oigas benignamente las súplicas que te hacemos en la
solemne fiesta de tu bienaventurado confesor y pontífice Germán, y que por sus
méritos nos libres de todos nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
En aquel tiempo: Dijo Jesús a los judíos: Nadie puede venir a mí si no lo
atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito
en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre
y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está
junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene
vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el
maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él
y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan
vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban
los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Si la bondad
maternal de María no fuera bastante motivo para decidirnos a amarla, la
consideración de sus perfecciones no podrá menos de hacer brotar en nuestros
corazones el más ardiente y generoso amor por la que reúne en sí todo lo que
hay de grande y perfecto en el orden de la naturaleza y de la gracia.
La belleza
física y la belleza moral, la hermosura del cuerpo y del alma arrebatan
espontáneamente el amor a nuestros corazones, porque, como dice un sabio de la
antigüedad, cualquiera que tenga ojos para verla, no puede menos que tener
corazón para amarla.
Ahora bien,
ninguna criatura, después de Jesucristo, ha poseído en grado más excelso la
hermosura del cuerpo y del alma. María fue la obra predilecta del poder del
Altísimo y en ella tuvo sus complacencias desde la eternidad. Su cuerpo
destinado a ser el santuario de la divinidad, debió de poseer toda la
perfección de que es capaz la naturaleza y toda la hermosura que convenía a la
que debía ser el tabernáculo vivo y animado de la belleza infinita. Por eso los
Libros Santos, profetizando esa belleza incomparable, han podido exclamar:
«Toda hermosa eres, amiga mía, toda hermosa eres»; lo que vale tanto como decir
que en su persona se encierra una belleza sin medida.
La belleza por
excelencia es Dios; y esa hermosura se comunica a las criaturas en el mismo
grado en que se unen a Dios, como la pureza de las aguas es tanto mayor, cuanto
más cerca están a la fuente. Y ¿con cuál criatura se ha unido más estrechamente
la infinita belleza que con María? ¿No la amó y la prefirió a todas eligiéndola
por madre del Verbo encarnado? Esta consideración hacía exclamar a San
Epifanio: «Sois, ¡oh, María! La primera belleza después de Dios, y en
comparación de la vuestra, no tienen sombra de hermosura los serafines, ni los
querubines, ni todos los nueve coros de los ángeles. Los considero en vuestra
presencia como a las estrellas del cielo, que pierden toda su luz cuando el sol
aparece». Pero, sin necesidad de acudir a tales conjeturas, para conocer la
belleza física de María no necesitamos sino oír el testimonio de los que
tuvieron la dicha incomparable de verla cuando aún era peregrina de la tierra.
San Dionisio Areopagita, después de haberla visto, decía que si la fe no le
enseñara que no podía existir más que un Dios, habría adorado a la santísima
Virgen como a Dios. La belleza cautiva sin violencia los corazones, y aun esas
bellezas frágiles e imperfectas que el mundo admira han tenido poder para
trastornar a pueblos enteros. Arrebate, pues, nuestro amor la hermosura
incomparable de María y encienda en nuestro pecho un incendio voraz.
Pero si tanto puede la hermosura del cuerpo, ¿cuánto más deberá seducirnos la
belleza del alma, que excede a la primera como el alma excede en excelencia al
cuerpo? Decía santa Catalina de Sena que si pudiésemos ver con los ojos del
cuerpo la belleza de un alma sin pecado y con sólo el primer grado de gracia,
quedaríamos tan sorprendidos al reconocer cuánto sobrepujaba a todas las
bellezas de la naturaleza corpórea, que no habría quien no desease morir, si
fuera preciso, por conservar beldad tan hechicera. Ahora bien, si la última de
las almas en el orden de la gracia encierra en sí tanta belleza, y si remontado
el vuelo contemplásemos a las almas que han subido a otros grados de gracia más
elevados hasta llegar a la más perfecta, ¿cuánta no sería nuestra admiración en
presencia de su hermosura? Pues bien, la más elevada de esas almas no es más
que una sombra comparada con María, porque ella posee más gracias y por
consiguiente, más belleza que todos los santos y bienaventurados juntos. Todas
esas celestiales bellezas son siervos y vasallos de María. Ella sola es la
madre del creador de todos ellos; ella después de Dios, es quien tiene
extasiados de amor y de dicha a los moradores de la celestial Jerusalén.
¡Ah!, ¡si los
que se deleitan en las efímeras bellezas del mundo hubiesen contemplado por un
instante la beldad de María, todo otro afecto moriría al punto en sus
corazones! Mas si no nos es dado contemplar con los ojos del cuerpo la
hermosura de su alma adornada con todas las piedras preciosas de las virtudes,
a lo menos procuremos verla siempre con los ojos del alma para extasiarnos en
su belleza y embriagarnos en las delicias de su amor.
Ejemplo El Papa de la Inmaculada Concepción
Pío IX, cuya
santa memoria está unida con lazo de oro a las glorias de María, debió a la
protección de esta madre bondadosa un señalado favor al comenzar su carrera
sacerdotal. Mientras el joven Juan María Mastai era estudiante, le acometió una
grave enfermedad que lo inhabilitaba para seguir las inclinaciones que lo
arrastraban al estado eclesiástico. Esta enfermedad era la epilepsia, que
comúnmente es incurable. Los médicos confesaron su impotencia para contener el
mal y presagiaban en poco tiempo un término lamentable. Cuando comenzó a cursar
teología los ataques eran menos frecuentes, y pudo recibir las órdenes menores.
En esa época
pasaron por Sinigaglia, pueblo natal de Pío IX, varios misioneros, a quienes
prestó el joven Juan María con celo ferviente los humildes servicios de
catequista. Esto le valió la dispensa de la Santa Sede del impedimento para su
ordenación, con la condición de celebrar el santo sacrificio acompañado de otro
sacerdote. La enfermedad no había desaparecido, y todo inducía a creer que
llegaría con el tiempo a imposibilitarlo para el ejercicio del ministerio
sacerdotal, no obstante la bondad y condescendencia paternales que había usado
para con él el papa Pío VII.
El joven
sacerdote había aprendido a amar a María en las rodillas de su piadosa madre, y
desconfiando de los recursos humanos, puso toda su confianza en la protección
de la santísima Virgen. Con el fin de interesarla más en su favor emprendió una
peregrinación al célebre santuario de Nuestra Señora de Loreto, donde pidió con
fervoroso ahínco la salud para dedicarse todo entero a la salvación de las
almas. La reina del cielo acogió benignamente la súplica de aquel humilde
sacerdote que tanto había de glorificarla, y desde ese momento la epilepsia
desapareció para siempre.
Reconocido a tan insigne favor, se consagró con mayor esmero a servir y
ensalzar a su protectora celestial; y a este amor hacia María, acrecentado por
esta curación milagrosa, debe la Cristiandad la declaración dogmática de la
Inmaculada Concepción, que tanto ha contribuido a encender en las almas el amor
y la confianza en la Madre de Dios.
Elevado más
tarde a la más alta dignidad de la tierra, y después de haber ornado las sienes
de María con la corona de la Inmaculada Concepción, volvió Pío IX al santuario
de Loreto para cumplir un segundo voto. Allí puso a los pies de su soberana
protectora un cáliz de oro de exquisito valor artístico, y rogó por la Iglesia
y el mundo en aquella casa donde comenzó la obra de la redención del mundo. No
estaban lejanos los días tempestuosos en que la ola de la impiedad arrebató al
papado sus dominios temporales y derribó el trono secular en que se sentaba el
papa-rey.
La misma
generosa mano que libertó al sacerdote de una enfermedad incurable, infundió
valor indomable en el pecho del pontífice para resistir a los enemigos de la
Iglesia y sostener la dignidad del Pontificado Romano, que nunca ha sido más
grande que en las horas de su martirio.
María, que ha sido en todos los tiempos la celestial protectora de la Iglesia,
lo ha sido muy en especial del ilustre pontífice que pasará a la historia con
el nombre del Papa de la Inmaculada Concepción.
Jaculatoria
Dulce Madre,
pues me amas,
Haz que siempre el alma mía
Tanto te ame, que algún día
Pueda al fin morir por Ti.
Oración
¡Oh, la más
pura y hermosa de las criaturas!, dulcísima Madre mía, ¿qué otra cosa podré
deciros yo, vuestro hijo y vuestro siervo, al considerar la perfección y
belleza así de vuestro cuerpo, santuario del Verbo encarnado, como de vuestra
alma, precioso relicario de las más excelsas virtudes, sino protestaros que os
amo con toda la ternura del más amante de los hijos? Yo os amo, María, porque
en vos se encierra toda perfección y belleza. Yo os amo, María, porque sois más
pura que la luz del sol, más galana que la flor del campo, más bella que la
aurora cuando sonríe a los prados, más amable que todo lo que arrebata en la
tierra nuestro amor. Yo os amo, María, porque sois tan buena, tan
misericordiosa, tan compasiva con vuestros pobres hijos, porque sois madre
generosa que olvidáis las ingratitudes para no atender sino a nuestra gran
miseria. Yo os amo, María, porque sois la reina de los ángeles, la soberana de
los mártires y de las vírgenes, a quienes sobrepasáis en santidad y en
perfecciones, como el sol sobrepuja en esplendor a los demás astros del
firmamento. Yo os amo, María, porque sois la consoladora de los afligidos, el
refugio de los pecadores, el sostén de los justos, el baluarte de los débiles y
la dispensadora de todas las gracias. Concededme, señora mía, la gracia de
amaros siempre con la misma ternura, de serviros siempre con ardiente solicitud
y de acompañaros un día en el cielo para unirme eternamente a vos. Amén.
3 avemarías
Prácticas
espirituales
1. Adoptar la
práctica de llevar al cuello un escapulario, medalla u otro objeto que tenga la
imagen de María, e invocarla en la hora de la tentación y del peligro.
2. Rogar a María delante de alguna imagen suya por las necesidades de la
Iglesia y en especial por la propia patria.
3. Privarse en
algún día por amor a María, de comer cosas de gula y apetito.