miércoles, 19 de agosto de 2026

DEL AMOR QUE DIOS NOS PIDE EN EL EVANGELIO.

 


Jueves de la XII semana después de Pentecostés

DEL AMOR QUE DIOS NOS PIDE EN EL EVANGELIC.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XII semana después de Pentecostés

DEL AMOR QUE DIOS NOS PIDE EN EL EVANGELIO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice Cristo en este Evangelio: que para ir al cielo es necesario cumplir la ley que manda amar a Dios de todo corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente.

Cuatro cosas pide, en que tienes cuatro puntos.

Lo primero, pondera, como dice san Juan, que nos pide que le amemos, porque él nos amó primero a nosotros, y amor con amor se paga.

No pide Dios tus riquezas, ni tus deleites, ni nada de cuanto aprecias, sino tu corazón, diciendo (1): Hijo, dame tu corazón a mí.

Oye esta voz que sale de la boca de tu Dios, enderezada a ti, y mira qué le has de responder.

Pondera quién eres tú y quién es Dios, y lo que Dios hace contigo, y cuán poco haces tú con él y por él; y, pues Dios emplea en ti su corazón, no haces tú nada en emplear el tuyo en él y amar a quien te ama.

Dile con entrañable afecto:

«Señor, aquí os ofrezco mi corazón con mil agradecimientos de que os dignéis recibirle. Vedme aquí a vuestros pies; haced de mí según vuestra voluntad, y abrasad mi corazón con el fuego de vuestro amor, para que todo sea vuestro, y no ame yo otra cosa alguna sino a Vos.»

 

PUNTO II. Considera lo segundo que dice el Salvador: que amemos a Dios con toda nuestra alma, la cual es eterna y perpetua; y por este costado pide que nuestro amor para con Dios sea perpetuo y eterno, y que nunca falte, ni le dejemos de amar; así como Dios nunca nos deja de amar a nosotros, y siempre nos está haciendo mercedes, efectos de su amor.

Así tú, ¡oh alma mía!, te has de emplear toda en Dios, sin divertirte a otra criatura, ni cesar jamás en su amor.

Pídele que te conceda esta gracia de que siempre le estés amando y siempre le estés sirviendo, como él te está haciendo mercedes a ti.

 

PUNTO III. Considera lo que dice Cristo: que debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas, empleándolas todas en su servicio y no en las cosas del mundo, ni en las que miran a nuestro amor propio.

¡Oh pecador!, entra dentro de ti mismo y mira si has cumplido esta ley, y si has empleado tus fuerzas en buscar las criaturas o en servir al Criador.

Llora tus yerros pasados, y propon en su presencia, firmísimamente, emplear en adelante todas tus fuerzas, potencias y sentidos en amar y servir a Dios.

Discurre por cada uno en singular, ofreciéndoselos todos con grande fervor.

 

PUNTO IV. Lo cuarto dice Cristo: que hemos de amar a Dios con toda nuestra mente, empleando no solamente el corazón en amarle y las fuerzas en servirle, sino el entendimiento en contemplarle, y la memoria en tenerle presente, sin olvidarle jamás.

Todos nuestros pensamientos se han de emplear en Dios, así como Dios emplea el suyo en nuestro bien, teniéndonos siempre presentes, sin olvidarnos jamás.

Aspira a esta perfección y estudia en imitar a muchos santos, que continuamente pensaban en Dios, contemplando sus perfecciones y ofreciéndole todas sus obras, teniéndole siempre presente y obrando como delante de él, con recta intención y deseo de agradarle y servirle en todas sus obras.

Pídele esta gracia al Señor, y que te encienda en el fuego de su amor, para que le ames como debes eternamente.

 

(1) Proverbios 23.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 20. DOLOR CRUEL DEL CORAZÓN DE MARÍA DURANTE LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN QUE TUVO CON SU HIJO ANTES DE SU PASIÓN. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 20

DOLOR CRUEL DEL CORAZÓN DE MARÍA DURANTE LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN QUE TUVO CON SU HIJO ANTES DE SU PASIÓN

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 20

DOLOR CRUEL DEL CORAZÓN DE MARÍA DURANTE LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN QUE TUVO CON SU HIJO ANTES DE SU PASIÓN

 

Considera el dolor cruel que debió atravesar el Corazón de María cuando tuvo que separarse de su Hijo, al venir Él a despedirse de ella por última vez, según lo relata san Buenaventura.

«Después de la Cena —dice este santo Doctor—, el Señor Jesús fue a encontrarse con su Madre; se sentó a solas junto a ella y la colmó con el consuelo de su divina presencia, de la cual estaba a punto de privarla.

"Hija amadísima —le dijo—, es voluntad de mi Padre que vaya a la muerte, porque ha llegado la hora de la Redención. Todo lo que fue anunciado acerca de Mí va a cumplirse. Harán de Mí objeto de burla y descargarán sobre Mí toda su crueldad."»

¿Qué respondió su Madre?

«¡Oh, Hijo mío! ¿Qué acabo de oír? Mi espíritu se turba, mi corazón se rompe y siento que me faltan las fuerzas. ¡Padre eterno! ¡Divina Providencia! ¡Ay de mí! ¿Qué puedo decir?»

Los sollozos le cortaban la voz y derramaba un torrente de lágrimas.

Y Jesús, al contemplar el estado de profunda aflicción en que había quedado su Madre, experimentó una tristeza mortal.

Santa Brígida supo esto por revelación de la misma Madre de Jesús, quien le dijo: «Cuando mi Hijo vio correr mis lágrimas, quedó entristecido hasta la muerte.»

Solo Él podía comprender plenamente cuánto sufría su Madre; solo Él podía experimentar una aflicción proporcionada a aquel inmenso dolor.

¿Quién separó a quienes estaban unidos con un vínculo tan estrecho: un Hijo como este de una Madre como ella? ¿Quién hirió tan cruelmente estos dos Corazones? ¡Ah!, hemos sido nosotros; sí, nosotros mismos y nuestros pecados.

¿Y permanecemos todavía sumidos en una culpable y funesta indiferencia?

¡Oh María, la más desolada de todas las madres!

¡Oh Jesús mío, el más afligido de todos los hijos!

Confieso que yo he sido la causa de vuestro dolor.

¿Por qué, entonces, mi corazón no se rompe de arrepentimiento?

¡Oh divino Redentor!, atravesad Vos mismo este corazón con los dardos de una amarga contrición.

Os lo suplico por las dulces e inocentes lágrimas de vuestra amadísima Madre: haced que mis ojos derramen lágrimas saludables para lavar mis abominables pecados.

 

ORACIÓN

Te suplicamos, Señor, que la bienaventurada Virgen María, tu santa Madre, cuya alma fue traspasada por una espada de dolor en el último encuentro que tuvo contigo y durante todo el tiempo de tu Pasión, interceda por nosotros ante tu misericordia, ahora y en la hora de nuestra muerte. Tú, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

FLOR. Practicar alguna abstinencia en honor de María.

 

FRUTO. Llorar nuestros pecados.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.