Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Lunes
de la octava de Pentecostés.
De
la venida del Espíritu Santo.
PUNTO
PRIMERO. Considera lo que dice san Lucas, que cumpliéndose los días de
Pentecostés, que era una pascua de aquel pueblo, estando todos los discípulos juntos,
vino sobre ellos el Espíritu Santo; a donde debes ponderar la fidelidad de
Cristo en cumplir sus promesas, y la certidumbre de sus palabras, y cómo todas
se cumplirán infaliblemente; pues tan breve y abundantemente cumplió la que les
había dado, de enviarles el Espíritu Santo; y pondera que no se olvidó como los
hombres, aunque se vio en el trono de su gloria a la diestra de su Eterno
Padre, de lo que les había ofrecido, antes lo solicitó hasta verlo ejecutado,
enviándoles el Espíritu Santo; de que has de sacar afectos de confianza en el
Señor, estima de su palabra, y documentos para cumplir la tuya no solamente a
los hombres sino mucho más à Dios; mira cuántas le has dado de enmendarte y de
servirle, y cuán mal las cumples, y pídele por ello perdón; y aprende otro sí a
no envanecerte en las prosperidades, ni olvidarte de los humildes, como Cristo
no. se olvidó de los suyos ni se olvida de ti.
PUNTO
II. Considera las gracias que todo aquel santo colegio dio al Padre, al Hijo y
al Espíritu Santo por este don inestimable; al Padre por haberle enviado: al
Hijo por haberle solicitado; al Espíritu Santo por haber venido. No perdones a
tu lengua sino da gracias a Dios por las mercedes que te hace, y al Hijo porque
te las negocia, y al Espíritu Santo porque te las comunica, reconociéndolas
todas por don de su divina mano.
PUNTO
III. Considera los parabienes que se darían los discípulos unos a otros por
esta merced tan singular como habían recibido de Dios, y en especial a la
Beatísima Virgen, a cuyos méritos y oraciones le atribuirían después de Cristo,
y le darían gracias por ella; considera otro sí como enfervorizados con este
fuego sagrado, se animarían y convidarían unos a otros a las alabanzas del
Señor y a todas las cosas de su servicio, afectos propios del Espíritu Santo:
gózate del bien de los apóstoles; dales el pláceme de la merced recibida;
aprende de su fervor, y pídeles a todos, y en especial a la Santísima Virgen,
te alcancen este Santo Espíritu de Dios.
PUNTO
IV. Considera el amor tan perfecto y encendido que aprendió el Espíritu Santo
en los corazones de los fieles, no solo para con Dios nuestro Señor, sino también
para con sus prójimos, sin limitarse a personas o lugares, sino como el fuego
que calienta igualmente a todos; y así salieron luego a comunicar a sus
prójimos el bien que habían recibido, y a darles las noticias que les había
dado. Vuelve los ojos a ti, y mira si tienes alguna centella de este fuego
sagrado, así para amar a Dios como a tus prójimos, y no ser escaso en sus dones
con tus hermanos, llora tu pobreza, y pide al Divino Espíritu que venga sobre ti,
y te encienda en su amor y en el de tus prójimos, como encendió a los sagrados
apóstoles.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Cuando el
hombre levanta al cielo sus ojos llorosos, por grande que sea el abismo de
iniquidad o de desgracia en que haya caído, encuentra allí la imagen amorosa de
un Padre que le inspira valor y confianza. Pero Dios que se complace en que
nuestros labios lo invoquen diciéndole: Padre nuestro que estás en los
cielos, nos señala también a su lado la imagen de una madre que sonríe
llena de amor: esa imagen es la de María.
Así convenía
que sucediese, porque la paternidad va siempre unida a la maternidad. Donde
existe un padre, hay también una madre. La gran familia de los hijos de Dios no
podía carecer de un bien que es común a la familia terrestre: el amor de una
madre. Nada hay en el mundo que pueda reemplazar dignamente el amor maternal; su
ausencia deja en el corazón de los hijos un vacío que ningún otro amor puede
llenar. Es cierto que el amor de Dios satisface cumplidamente las aspiraciones
del corazón; pero el amor de María es un afecto que hace brotar en el alma la
más grata ternura y la más dulce confianza, y, alojando todo temor, abre el
corazón de los hombres a la más halagüeña esperanza.
He ahí por qué
Dios ha querido que tuviésemos, no solamente una madre en el mundo, sino
también una madre en el cielo. Próximo a expirar en la cruz, quiso Jesús darnos
una última y suprema manifestación de su amor. Pero ¿qué podría darnos en el
estado a que la perfidia de los hombres lo había reducido? Desnudo de todo bien
terreno, sin poseer ni siquiera la túnica que había vestido durante su vida,
lo único que le quedaba era su madre que lloraba afligida al pie de la cruz de
su sacrificio. Y después de habernos dado toda su sangre, después de haberse
dado a sí mismo en el Sacramento de nuestros altares, Jesús moribundo, lanzando
sobre el mundo una última mirada de amor y de misericordia, nos lega a María
por madre en la persona de su amado discípulo, diciéndole: He ahí a tu madre,
después de haber dicho a María: He ahí a tu hijo, señalando al
discípulo. ¡Oh!, mujer afligida, le dice, a quien un amor infortunado os hace
experimentar tan rudos sufrimientos, esa misma ternura de que estáis llena por
mí, tened la por todos los redimidos con mi sangre, representados en la persona
de Juan; amadlos como me habéis amado a mí.
Después de estas palabras, Jesús inclina su cabeza sobre el pecho y muere.
Parece que faltaba el último sello de la salvación del mundo, que consistía en
hacer a los hombres el precioso legado del corazón de su madre. ¡Ah!, si los
últimos encargos de un hijo moribundo son tan sagrados para una madre, ¿cómo
dudar de que María nos aceptase por sus hijos después de la tierna recomendación
de Jesús agonizante? Sí, nuestra adopción de hijos es tanto más amada para
ella, cuanto más cara le ha costado. Ella sacrifica, por salvarnos, a su hijo
único, y prefiere verlo expirar en un mar de tormentos a vernos a nosotros
perdidos. Dos hijos tuvo María: el uno inocente y el otro culpable; pero con
tal de salvar al culpable consiente en entregar a la muerte al inocente. ¿Puede
concebirse un amor más tierno y desinteresado? ¿Puede exigírsele una prueba más
elocuente de su amor por los hombres? Como si esta fineza no bastara a
convencernos de su amor, no cesa de añadir nuevos y brillantes testimonios de
su maternal afecto. No hay miseria que no esté pronta a remediar, no hay
necesidad que no satisfaga, no hay lágrimas que no enjugue ni dolor que no
temple. María está sentada en un trono de misericordia, dispuesta siempre a
escuchar el grito de nuestras necesidades; ella depone a los pies de su hijo la
ofrenda de nuestras lágrimas, y para hacer de ellas un holocausto más valioso,
las mezcla con alguna de las que ella derramó al pie de la cruz.
¡Ah!, ¿quién
no amará a tan tierna madre? Su amor es el consuelo más dulce de la vida; ese
amor hace gustar en medio de los trabajos y amarguras del destierro, las
primicias de la felicidad eterna. «¡Qué consuelo, exclama Tomás de Kempis, no
debéis encontrar en medio de las penas de la vida, en las entrañas de aquella
en quien se ha encarnado la misericordia y a quien el Salvador ha colocado a su
diestra para hacer de ella la dispensadora de todas sus gracias!».
Ejemplo La vuelta de un pródigo
En un hermoso
día de primavera acababa de pasearse la imagen de María por entre sendas de
flores y arcos triunfales en un pueblo situado al sur de Francia. Terminada la
fiesta religiosa, el párroco se había retirado a su casa para terminar en el
silencio de la oración un día lleno de dulces y santas emociones; ponía fin al
rezo divino con el Salve Regina, cuando oyó que llamaban a su puerta. En
el umbral de esta puerta que nunca se cierra, apareció un joven sombrío y
taciturno que con acento tembloroso dijo al sacerdote:
— No tengo el
honor de conoceros; pero sé que sois el padre de todos y en especial de los
desgraciados. Este título me da derecho para importunaros, viniendo en
solicitud del auxilio de vuestro sagrado ministerio.
— Decid lo que
queráis, hijo mío, le dice con bondad paternal el sacerdote; que las horas más
felices del párroco son aquellas en que le es dado endulzar las amarguras de la
desgracia. Dios nos hace a menudo testigos de resurrecciones inesperadas.
Ministro de Aquel que llamó a Lázaro de la podredumbre del sepulcro, estamos
siempre dispuestos a sacar las almas del cieno de la culpa y restituirlas a la
vida de la gracia.
Al oír estas
palabras, el joven pareció reanimarse, y un rayo de alegría surcó su frente
pálida.
— Yo, dijo en seguida,
soy uno de esos desgraciados que naufragan desde temprano en la corriente de
las pasiones, olvidando las enseñanzas de una madre cristiana y el respeto que
se debe a un nombre ilustre. Llegado a esa edad en que las pasiones alborotan
el corazón me dejé arrastrar de pérfidos consejos, y pronto hube de reconocer
que un abismo llama a otro abismo. Irritado por las reconvenciones saludables
de mi virtuosa madre, resolví, alejarme y dar libre curso a mis ilusiones
juveniles. Mi padre puso en mis manos una considerable cantidad de dinero, para
que viajase por los Estados Unidos de América de los que tan lisonjeras
alabanzas había oído a mis compañeros de placer y de desórdenes. Mi madre
lamentó profundamente esta resolución; porque Dios ha concedido al amor de las
madres cierta luz e intuición profética sobre el porvenir de sus hijos. Ella me
siguió con sus oraciones derramadas sin cesar a los pies de María y con sus
cartas llenas de conmovedoras exhortaciones.
No necesito
deciros que esta libertad me fue funesta, y amaestrado ahora por dolorosa
experiencia, yo diría a todas las madres que no permitiesen viajar solos a sus
hijos en la edad de las ilusiones. Me establecí por algún tiempo en Washington,
donde mi vida transcurrió entre partidas de placer y de disolución.
Un día
arriesgué en el juego todo el dinero que me quedaba, y de improviso me vi
sumido en la mayor miseria en tierra extraña y sin recursos para volver a mi
patria. En esta situación fui a ver al capitán de un buque francés para que me
recibiera en su nave sin pagar flete, lo que no me fue concedido sino a
condición de que fuese en la tripulación como criado.
Aunque esto
era para mí en extremo humillante, hube de aceptarlo; y vistiendo el traje de
marinero, comencé a trabajar como los demás.
Pero no era
esta ni la única ni la mayor desgracia que me acarrearon mis locos devaneos. En
nuestro viaje de regreso nos asaltó una furiosa tempestad a las alturas de las
islas Azores. Gruesas nubes se amontonaron sobre nuestras cabezas y el mar
levantaba montañas de agua. Un huracán deshecho rompió nuestro palo mayor, y
la nave, falta de gobernalle fue a estrellarse contra enormes rocas. En aquel
angustioso momento, imploré postrado de rodillas sobre cubierta, a aquella que
es llamada Estrella de la mañana, prometiéndole que, si libraba de aquel
peligro; pondría fin a mis desórdenes. Entonces me lancé al mar asido de una
tabla, y por espacio de veinticuatro horas floté a merced de los vientos y las
olas.
Quiso mi buena
protectora que pasase cerca de mí un barco americano que iba en dirección a
Marsella, y me recogiese a bordo.
Vengo, pues, a
cumplir mi promesa, postrándome a vuestros pies para confiaros los secretos de
mi conciencia. Dignaos abrirme las puertas del cielo y derramar sobre mi alma
con la santa absolución una gota de esa dulce paz que hace quince años que no
he gustado…
La bondad
maternal de María devolvía a un nuevo pródigo al doble regazo de la religión y
de la familia.
Jaculatoria
Madre de Dios,
Madre mía,
Un hijo amante te invoca,
Ven en mi auxilio, ¡oh, María!
Oración De San Francisco de Sales a la Santísima Virgen considerada como Madre
Yo os saludo,
dulcísima Virgen María, Madre de Dios, y os escojo por madre querida. Os
suplico me aceptéis por hijo y servidor vuestro, porque yo no quiero tener otra
madre sino a vos. No olvidéis, ¡oh, mi buena, graciosa y dulce Madre!, que soy
vuestro hijo y una criatura vil y miserable. Dirigidme en todas mis acciones,
porque soy un pobre mendigo que tengo extrema necesidad de vuestro socorro y protección.
Santísima Virgen, mi dulce Madre, hacedme participante de vuestros bienes y de
vuestras virtudes, principalmente de vuestra santa humildad, de vuestra
virginal pureza y de vuestra encendida caridad. No me digáis, ¡oh, María!, que
no podéis hacerlo, porque vuestro amado hijo os ha dado todo poder en el cielo
y en la tierra. No me digáis tampoco que no debéis hacerlo, porque vos sois la
madre común de todos los pobres hijos de Adán y especialmente la mía. Y si sois
madre y reina poderosa ¿qué os podría excusar de prestarme vuestra asistencia?
Acceded, pues a mis súplicas, escuchad mis gemidos y concededme todos los
bienes y gracias que sean del agrado de la santísima Trinidad, objeto de mi
amor en el tiempo y en la eternidad. Amén.
3
avemarías
Prácticas
espirituales
1.
Incorporarse en alguna cofradía que tenga por objeto honrar a María bajo alguna
de sus consoladoras advocaciones.
2. Abstenerse
de todo acto de impaciencia o de ira.
3. Rezar el
oficio parvo de la Santísima Virgen, pidiéndole que nos conceda su protección
durante la vida y en especial en la hora de la muerte.