De
la última aparición de Cristo a los apóstoles el día de su gloriosa Ascensión
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Miércoles
después del domingo de la Ascensión.
De
la última aparición de Cristo a los apóstoles el día de su gloriosa Ascensión.
(Marc. 16.)
PUNTO
PRIMERO. Considera cómo estando descuidados los apóstoles y recostados,
descansando y comiendo, les apareció Cristo y se puso en medio de ellos,
velando como solícito pastor sobre su ganado: de lo cual debes sacar dos cosas;
la primera cuidar de los que Dios te ha encargado, sin perdonar desvelo ni
trabajo por el bien de aquellos que estuvieren a tu cargo, acordándote de la
cuenta que has de dar de ellos a Dios; la segunda no descuidarte jamás, porque
no sabes la hora en que vendrá el Señor, pues como él mismo dice, vendrá en la
hora que no se piensa y cuando me nos le esperan, como lo suele hacer el ladrón,
y por tanto conviene estar siempre apercibido y en vela esperando su venida,
porque no nos halle descuidados y perdamos su gracia.
PUNTO
II. Considera la reprensión tan aceda que les dio, porque no se acababan de
persuadir y creer su resurrección; porque Dios reprende y castiga a los que
ama, labrándolos para el cielo con el martillo y el fuego de la reprensión:
aprende, si eres prelado, a reprender con valor las faltas de tus súbditos, y
no dejarlos en sus yerros por cobardía de no darles luz, y purificarlos para
caminar al cielo; y si eres súbdito, pondera la paciencia con que llevaron los discípulos
la reprensión de su Maestro, y la que debes tener tú en las que te dieren los
tuyos para bien de tu alma. Mira cuánta escoria tienes de faltas, y cuánto
desagradas a Dios por ellas, y cuánto te importa purificar tu alma; pídele a
Dios que te purifique por medio de la reprensión, y cuando te viniere, recíbela
con agradecimiento como don de la mano del Señor.
PUNTO
III. Considera cómo volvió Cristo la hoja, y habiendo reprendido a los suyos,
luego los hizo predicadores del mundo, mandándoles que fuesen por todo él a llevar
la doctrina de su Evangelio; en que nos enseña a tener como buenos pastores del
pan y del palo, de la blandura y el rigor, del premio y el castigo. Toma esta lección,
y pide al Señor prudencia para saber gobernar y usar con los hombres de ambos
medios; refrenando a los osados con el freno del rigor, y alentando a los caídos
con el premio y el favor.
PUNTO.
IV. Toma por dichas a ti aquellas palabras: Id a todo el mundo universo, y
predicad el Evangelio a toda criatura. Considera el ardiente fuego que tenía
Cristo de la salvación del mundo, y no perdones trabajo por el bien de tus
prójimos; camina a solicitar su salvación por todo el mundo, y si no puedes con
el cuerpo, ve con el espíritu, y pide a Dios con lágrimas que envíe obreros de
grande santidad que los conviertan, y que dé su espíritu a los que trabajan en
su viña, para que cumplan su mandato y traigan a su conocimiento todo el mundo.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Jesús había terminado ya su
misión sobre la tierra, había llegado la hora en que los decretos eternos lo
llamaban al cielo a recibir las coronas y palmas del glorioso triunfador.
Cuarenta días habían transcurrido desde su resurrección cuando, en compañía de
su Madre y de sus apóstoles y discípulos se encaminó Jesús al monte Olivete. El
teatro primero de sus padecimientos debía ser también el último testigo de su
gloria y la tierra que recibió las primeras gotas de sangre, conservó la última
huella marcada por sus pies durante su peregrinación terrestre.
Allí, después de haber
fijado sus amorosas miradas en María, como si le dijera: ¡hasta luego! y de
haber bendecido a sus discípulos, se levanta majestuosamente en los aires y
vuela por los espacios llevado en las plumas de los vientos, entre los acordes
ecos de las arpas angélicas y mientras las nubes, abriéndose a su paso, iban
agrupándose a sus pies para formar digna peana al libertador del linaje humano.
Esas mismas diáfanas y blanquísimas nubes agrupadas en torno suyo lo
arrebataron a las miradas absortas de los discípulos, hasta que un ángel,
desprendido de la celeste turba, vino a sacarlos de su arrobamiento para
decirles: «Varones de Galilea, ¿por qué os entretenéis mirando al cielo? el
mismo a quién habéis visto subir volverá un día rodeado de gloria y majestad».
Los discípulos bajaron los
ojos asombrados a la vista de tan estupendo prodigio; pero María vería sin duda
penetrar a su Hijo en la mansión del gozo eterno cuyas puertas acababa de abrir
con su muerte para dar entrada en ella a los desventurados hijos de Adán. Ella
lo vería tomar posesión del trono que le estaba aparejado como vencedor de la
muerte y del pecado, vería la corona inmortal con que fue ceñida su frente por
mano del Eterno Padre. La que había bebido en toda su amargura el cáliz de la
pasión, era conveniente que bebiese también en el cáliz de eterno gozo que
Jesús acercaba en ese momento a sus labios. La que iba a quedar todavía en la
tierra, como una enredadera privada de su arrimo, era justo, que para
consolarse en su orfandad contemplase anticipadamente la gloria que coronaba a
su Hijo.
Penetremos también nosotros
como María en esa morada feliz, término dichoso de nuestra amarga
peregrinación. Fijemos en ella nuestra vista para avivar nuestros deseos de
alcanzarla por el mérito de nuestras buenas obras, y no separemos jamás de allí
nuestro pensamiento. ¡Patria querida! ¡Quién pudiera respirar tus brisas
perfumadas, descansar a la sombra de tus árboles de vida y beber en tus fuentes
de dicha inmortal! ¡Ah! qué necios somos al poner nuestro corazón en la tierra,
al cifrar nuestra felicidad en los vanos gozos del mundo y al fijar nuestros
ojos en este valle de miserias, donde la desgracia es nuestra herencia, el
llanto nuestro pan de cada día y la vaciedad el resultado de nuestros locos
afanes. En el cielo todo es bienaventuranza: allí no hay hambres que
atormenten, ni fríos que entumezcan, ni ardores que abrasen, ni dolencias que
martiricen. Allí no hay más que una sola edad, la juventud; una sola estación, la
primavera; un día sin noche, un cielo sin nubes… Allí el alma siente saciados
todos sus deseos; la inteligencia, contemplando a Dios, conoce toda verdad; el
corazón amando a Dios, se embriaga en océano de amor. Y todos esos goces serán
eternos como el mismo Dios, allí no habrá jamás ni cambios, ni mudanzas, ni
temores; lo que se poseyó desde el principio, será eternamente poseído.
Ejemplo Nuestra Señora de la Saleta
Una de las últimas
apariciones con que la Santísima Virgen ha demostrado su inagotable amor por
los hombres es la que tuvo lugar el 19 de septiembre de 1846 en la montaña de
la Saleta en Francia. Los favorecidos con esta maravillosa aparición fueron dos
pastorcitos de aquellos contornos, llamados Melania Matthieu y Maximino Girant,
hallados dignos por su angelical candor de ser ecos de la voz misericordiosa de
María que llama al mundo a penitencia.
Cuando el sol había disipado las brumas que en la mañana coronan las alturas de
la montaña, los dos pastores treparon por sus laderas guiando las ovejas
confiadas a su cuidado. Cuando llegó la hora de hacer sestear el ganado, los
dos niños bajaron a una hondonada donde brotaba un manantial de purísimas
corrientes. Hallábanse en aquel sitio agreste y silencioso, cuando vieron cerca
de ellos, sentada junto al barranco, a una esbelta y hermosísima Señora cercada
de una luz suave como la de la luna, que tenía los codos apoyados en las
rodillas y el rostro oculto entre las manos en la actitud del que padece un
gran dolor. Sorprendidos los inocentes niños con esta aparición en aquellos
parajes solitarios y absortos, tuvieron miedo y se preparaban a huir cuando la
Señora, poniéndose en pie, les dice con una voz dulcísima que serenó sus
corazones: «No temáis, hijos míos, acercaos, que quiero anunciaros una
importante nueva».
Estas dulces palabras
infundieron valor en el pecho de los tímidos pastores, y acercáronse a la
Señora y se colocaron el uno a su diestra y el otro a su siniestra. En esta
disposición, con el acento de una persona oprimida de dolor les habló más o
menos en estos términos: «Hijos míos, vengo a deciros que mi divino Hijo está
irritado con los que, por su culpa, no observan la ley, y va a castigarlos
pronto. Si no lo ha hecho antes, es porque yo detengo su brazo vengador; pero
pesa ya tanto que no bastan mis fuerzas a contenerlo, si mi pueblo no se
enmienda. Nadie en el mundo es capaz de comprender las penas que sufro por los
hombres, cuyos crímenes provocan la justa indignación de mi Hijo. Sólo a mi
intercesión debéis la dilación del castigo; porque las súplicas de cualquier
otro mediador no son ya bastantes, y por esto las mías son continuas…»
«Mi Hijo, dio a los hombres
seis días para trabajar, y se reservó el séptimo; pero los hombres se lo
niegan, no absteniéndose de trabajar los domingos… Las blasfemias son otro
crimen con que irritan a Dios en gran manera; viendo que se profana indignamente
su santo nombre, mezclándolo con palabras obscenas o injuriosas, por el más
leve motivo… Innumerables cristianos desprecian la observancia del ayuno y de
la abstinencia, y se arrojan, como perros voraces a la comida, sin hacer
distinción de días ni de manjares prohibidos».
Después de estas quejas y
amenazas, la celestial Señora comunicó separadamente a los dos pastores ciertos
secretos que debían reservar por algún tiempo: pero que al fin, fueron
comunicados al Papa Pío IX, de inmortal memoria, el año de 1851. Súpose entonces
que los secretos confiados a Melania consistían en el anuncio de grandes
castigos, si los hombres y los pueblos continuaban en el mal camino, de los
cuales más de uno ha tenido ya cabal cumplimiento; y los secretos de Maximino
anunciaban la misericordia y rehabilitación de todos.
Terminada la entrevista con
los pastorcillos, la Reina del cielo les añadió:—«Os encargo que participéis a
mi pueblo todo lo que os he dicho…» Luego comenzó a alejarse y a elevarse en
los aires llena de majestad, hasta que vuelto el peregrino rostro hacia el
Oriente fue desapareciendo como una visión fantástica ante los ojos atónitos de
los pastores que la seguían con ávidas miradas, quedando iluminado el espacio
con una claridad deslumbradora.
Hoy corona aquellos agrestes
y memorables sitios una suntuosa basílica en honra de la bienaventurada Virgen
María, para eterna memoria de esta dulce aparición, cuya verdad ha sido
confirmada por la voz de los milagros y la aprobación de la Iglesia.
Acudamos a María para que
continúe siendo nuestra abogada e intercesora delante de la Divina Justicia,
justamente irritada por nuestras culpas.
Jaculatoria
Jamás perece ¡oh María!
Quien a tu seno se acoge
Y en tu protección confía.
Oración
¡Oh amorosísima María! ¡Qué
dulce es para los desgraciados levantar hacia Ti sus miradas suplicantes e
invocar tu protección en medio de las aflicciones de la vida! Hay en tu seno de
madre consuelos que en vano se buscan en la tierra y bálsamo tan celestial que
cura por completo las llagas más hondas que el pesar abre en el alma. No en
vano todos los que padecen te invocan como a la soberana consoladora de todos
los males, como el remedio de todas las dolencias, como el refugio en todas las
necesidades públicas y privadas. Felices los que en Ti confían, felices los que
te llaman y más felices aun los que te aman como madre y te veneran como reina.
Por el gozo que experimentaste al ver subir al Cielo a tu Hijo para recibir las
coronas del triunfo, te ruego que no me dejes jamás desamparado en medio de las
tinieblas, de los peligros y de las desgracias que siembran el camino de la
vida. No me desampares, Señora, hasta dejarme en posesión de la patria
celestial; templa con tu mano cariñosa las amarguras de mi vida, y si fuere del
agrado de Dios que yo padezca, dígnate sostenerme en las horas de la prueba
para que no desfallezca antes de tocar el término de mi jornada, a fin de que
sufriendo con Jesús, merezca gozar también de las eternas recompensas. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer un cuarto de hora
de meditación sobre la felicidad del cielo, a fin de avivar en nuestro corazón
el deseo de alcanzarla con nuestras buenas obras.
2. Oír una misa en sufragio
del alma más devota de María.
3. Sufrir con paciencia las
contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos y tratamos.