martes, 10 de febrero de 2026

El temor de Dios


 

Miércoles de Sexagésima

El temor de Dios

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACIOΝ

Miércoles de Sexagésima

El temor de Dios

PUNTO PRIMERO. Considera cómo el temor santo de Dios es don del Espíritu Santo, y uno de los mayores frenos que puede tener el alma para no ofenderle, y espuela para fervorizarse en su servicio conforme aquello del Eclesiástico (1): El que teme a Dios, no deja nada por hacer, y en otra parte: El que teme a Dios, nada teme y nada le acobarda, porque él es su esperanza (1), como dice David: El temor de Dios es santo, porque hace santos y (2) permanece por los siglos de los siglos, el principio de la sabiduría, y por donde han de empezar todos los que han de servir a Dios; porque el que teme a Dios obrará bien y le irá bien en el fin y remate de la vida. Porque el temor de Dios es gloria y glorificación, alegría y exaltación. Medita todas estas prerrogativas del santo temor de Dios, y enciende tu corazón en vivos deseos de alcanzarle y poseerle; y pídele a Dios que te la dé y gracia para conservarle y mantenerte siempre en él.

PUNTO II. Considera cómo de las cuatro partes de la semilla se perdieron tres; en que nos enseña Cristo que son tres veces más los que se condenan que los que se salvan; porque son muchos más los dones y gracias divinas que se malograron en los hombres, que las que se logran. Considera cuantas mercedes has recibido de Dios, así de voces que te ha dado para la perfección, como de auxilios y gracias para obrar bien, y cuán pocas has logrado, y que ni la cuarta, ni la octava, ni la veintena parte han dado fruto en tu alma, ¿pues qué será de ti en el día del juicio, y qué cuenta darás de los tesoros divinos que Dios te ha encomendado? Tiembla de sus juicios y llora tus descuidos y los yerros de la vida pasada, y empieza desde ahora a mejorar tu partido, a temer a Dios, y a recuperar lo perdido.

PUNTO III. Considera el rigor de la justicia de Dios, y que siendo tan misericordioso se compadece con su piedad tener tanto número de almas en el infierno, y condenarse la mayor parte de los hombres, y atormentarlos con penas tan rigurosas que no hay entendimiento criado que las pueda comprender, y mira si se compadecerá también con su misericordia tu condenación si no te ajustares a su santa ley. Pondera cuántos hay en el infierno que no han pecado la mitad que tú, y tiembla en la presencia de Dios de tus maldades, y dale gracias por las misericordias que te ha hecho en no lanzarte en los infiernos, y empieza desde luego a servirle con fervor y con temor de ofenderle.

PUNTO IV. Considera el amor que Dios te tiene sobre todo cuanto se puede decir, y las mercedes que te ha hecho y que siempre te hace sin cesar, y la correspondencia que debes a tal Señor, y enciéndase tu corazón en vivos deseos de servirle y amarle intensísimamente, y de este amor brote en  tu alma un temor filial de ofenderle, deseando y proponiendo firmísimamente de morir mil muertes antes que cometer la menor ofensa contra su Divina Majestad, por ser quien es, y por el amor que te tiene y los beneficios que recibes de su mano. Ofrécete a sus pies y pídele que engendre este amor y temor filial en ti, como le tienen sus escogidos, y que no mirando a tus pecados, te escriba en el número de sus hijos.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

11 de febrero SAN SEVERINO ABAD #santoral #santos

San Severino, abad. — 11 de febrero.

(+ 507)

Tuvo el glorioso san Severino padres nobles y de claro linaje de quienes dos veces pudo llamarse hijo, pues le dieron dos veces el ser, uno de naturaleza, y otro de la esmerada educación, así en las letras como en las buenas costumbres. Era ya abad del monasterio Agaunense, del Orden de san Benito, rico con el cuerpo del glorioso san Mauricio, cuando por la fama de sus virtudes se hizo célebre y venerable en todo el mundo. Reinaba a la sazón en Francia Clodoveo, el cual estaba afligido de graves calenturas que los más expertos médicos juzgaron sin remedio; y así no tanto era señor del cetro y corona, como víctima de su dolencia incurable. Llegó a sus oídos el nombre de Severino, y le hizo una humilde embajada, suplicándole que viniese a verle, y el santo abad, despidiéndose con lágrimas de sus monjes y diciéndoles que ya no volverían a verse, les bendijo y dio principio a su viaje. Llegando a la diócesis Niverniense, visitó al obispo Eulalio, que estaba sordo, mudo e impedido, sin poder salir (había más de un año) no sólo de casa, mas ni aún del lecho, y luego que le vio, tomándole por la mano le dijo: Levántate, sacerdote del Señor, en nombre de Jesucristo, que así te ha castigado para salvarte y te ha afligido para coronarte. Y luego al punto se levantó el obispo tan bueno y sano, que aquel mismo día celebró Misa y dio la bendición al pueblo. El día siguiente prosiguió el santo su viaje, y a la puerta de París halló un leproso tan mísero y desdichado, que todos huían de él; pero Severino, movido a compasión, le untó con su saliva y le dejó sano y limpio de la lepra. De allí pasó al palacio del rey, y después de haberle saludado, se puso en oración, la cual fue muy breve, y acabada, se quitó la capa que traía, y poniéndosela al rey huyó al instante la maligna fiebre que le consumía, y levantándose el rey, y dando gracias a Dios se echó a los pies del santo, como a quien debía en un instante solo, vida, salud, reino, y gozo. Finalmente, habiendo el siervo de Dios obrado muchos otros prodigios, curando varias enfermedades de almas y cuerpos, se retiró en el castillo Nantoniense, y rogó a dos sacerdotes que administraban la ermita del castillo que le recibiesen, y en ella le sepultasen, y sin más enfermedad que una amorosa fiebre que le encendía en deseos de ver a Dios, su Creador, pasó de esta vida temporal a la eterna. A la misma hora que murió, bajó del cielo una hermosísima luz que rodeó todo el lugar donde su santo cuerpo quedaba, y para que los circunstantes participasen tanto gozo, fue a todos visible. Los sacerdotes enterraron honoríficamente el sagrado cadáver en el mismo oratorio, y en él glorificó el Señor a su siervo con innumerables prodigios.

Reflexión: Después de la muerte de Clodoveo, su hijo Chilberto, que le sucedió en el reino, edificó un suntuoso templo a san Severino, adornándolo magnífica y regiamente para alcanzar por este medio tener por amigo en el cielo, a quien su padre había tenido por médico soberano en la tierra. Así glorifica nuestro Señor a los Santos, y quiere que sean glorificados aún en este mundo. Honrémosles, pues, como merecen, invoquémosles en nuestro auxilio, porque son muy amigos y allegados de Dios, el cual se complace en obrar por ellos grandes maravillas. Quien honra a los santos, honra a Dios en ellos.

Oración: Rogámoste, Señor, que nos recomiende a ti la intercesión del bienaventurado Severino abad, para que alcancemos por su patrocinio lo que no podemos conseguir por nuestros propios merecimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


 

lunes, 9 de febrero de 2026

El fruto de la semilla.


 

Martes de Sexagésima.

El fruto de la semilla.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACIOΝ

Martes de Sexagésima.

El fruto de la semilla.

PUNTO PRIMERO. Considera aquellas palabras del Salvador en este Evangelio, que dice que el demonio viene y arrebata la semilla de la divina palabra de los corazones, porque no le den crédito ni sean salvos; en que declara la importancia de oír la divina palabra y abrigarla en el corazón que no es menor que la salvación y la diligencia que pone el enemigo en que no la oigamos, te debe hacer más diligente en oírla y conservarla. Pondera cuánto te importa dar gratos oídos a Dios y no dejarla por negligencia ni por humana persuasión, y no dejar alguno de los sermones, pues no sabes en cuál de ellos te tiene Dios librada tu salvación.

PUNTO II. Considera cómo Cristo no declaró esta parábola a los del pueblo, y la declaró a sus discípulos; porque como dice Teophilato, no da el pasto de su doctrina a los que no la logran, y así los deja secos y hambrientos como a indignos de ella, la cual declara a los que la logran y reciben como deben. Mira cuántos sermones has oído, y cuán poco has logrado en tu corazón; teme no te cierre Dios las puertas para que oyendo no entiendas, y pierdas como indigno los frutos de su divina palabra, y pídele al Señor que te dé luz y entendimiento para entenderla, como se la dio a sus santos discípulos.

PUNTO III. Considera el fruto tan copioso que dio la que se logró, pues en ella recuperó el buen labrador todo lo que perdió en las demás. Piensa despacio los frutos de merecimientos que puedes ganar en esta vida para la otra, poniendo en ejecución los consejos que Dios te da por medio de sus predicadores y de los padres espirituales que te rigen, y cuánto gozo tendrás en el tiempo de la cosecha, cuando cojas los frutos de tus trabajos, como le tienen los labradores cuando cogen sus mieses y encierran su trigo; y el dolor por no haberle logrado, si ha sido por descuido o negligencia. Considera el que tendrás tú por no haber logrado las ocasiones que te da Dios de enriquecerte con la semilla de su divina palabra, y que el tiempo y la ocasión que dejas no volverá; que ahora puedes merecer, y después no podrás acabar la carrera de esta peregrinación; y por tanto ahora que puedes merecer y ganar tan colmados frutos, date prisa y pide a Dios gracia para lograrlos como debes.

PUNTO IV. Considera cómo la semilla que se logró un día dio a treinta, otra a sesenta, y otra a ciento por uno; de suerte que hubo tres tierras, que por su malicia la perdieron, hubo otras tres que por su bondad la lograron, y en estas recompensó el labrador lo que perdió en las primeras; las cuales si no la perdieran habían de dar este fruto. Adonde has de ponderar que la que cayó en el camino perdió dar a treinta por uno, y la que entre piedras perdió dar a sesenta, y la que entre espinas a ciento, y no solo perdió el fruto, sino que crio leña con que fuese abrasada y quemada ¡Oh alma mía! si no logras la palabra de Dios aprovechándote de ella como debes, perderás el fruto, y se trocará en espinas que sirvan de leña al fuego de tu tormento; mira que al paso que te deleitas en este mundo y te entregas a las riquezas, honras y dignidades que adoras, a ese mismo es mayor tu pérdida y el tormento que dispones para padecer después; trabaja ahora en labrar y limpiar la tierra de tu corazón para que logres las inspiraciones y las palabras del Señor, y ganes ricos merecimientos a ciento por uno que goces eternamente en el cielo.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.