lunes, 13 de abril de 2026

DÍA 14. Interior de Nazaret

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 14

Interior de Nazaret

 

Donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí me hallo Yo en medio de ellos.

Mateo 18, 20.

 

Había en aquel tiempo célebres conquistadores, que llenaban el mundo con el estrépito de sus gestas. Se hablaba de sus proyectos, de sus empresas y de sus hechos heroicos; pero Dios, a quien le place humillar a los soberbios y exaltar a los humildes, no miraba a estos hábiles políticos, pues sus ojos estaban sobre Nazaret, ciudad tan despreciada, de la que se decía: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?...» Quod hominibus altum est, abominatio est ante Deum.

En lo alto de los cielos decía Dios a sus ángeles: Mirad a mi Hijo predilecto, en quien he puesto todas mis complacencias; mirad cómo obedece, se humilla, se anonada por mi gloria y por mi amor; mirad cómo María y José justifican la confianza que en ellos deposité, confiándole mi único Hijo: Deus humilia respicit, et alta a longe cognoscit.

Unámonos a los ángeles bajados del cielo, para contemplar el sublime espectáculo que ofrece el humilde retiro de Nazaret; entremos con respeto en aquella casa bendita entre todas las casas, y observemos cómo se gobierna la más santa de las familias que pueda existir sobre la tierra. Está compuesta por tres personas: el Hijo de Dios, la Madre de Dios y José, el casto esposo de una, y tenido por padre del otro. «Jesús, María y José nos representan —dice San Francisco de Sales— el misterio de la santa y adorabilísima Trinidad, no porque haya comparación posible, sino en lo que respecta a Nuestro Señor, pues María y José son criaturas; pero podemos decir que son una trinidad sobre la tierra que representan en cierto modo la Santísima Trinidad: Jesús, María y José, Trinidad maravillosamente digna de veneración y de honor. Jesús era como el vínculo que unía a estos dos esposos purísimos, que vivían tan estrecha e íntimamente unidos, que puede decirse de ellos lo que el Apóstol dice de la Trinidad del cielo: Estas tres personas no son más que una sola: Hi tres unum sunt.”

Su pobreza era grande; no tenían sino lo estrictamente necesario, que ganaban con el trabajo de sus manos, y aun cuando a veces llegaba a faltarles, estaban contentos y bendecían a Dios: Sufficiebat enim paupertas nostra.

Vivían en la oscuridad, ignorados por el mundo, y sin mostrar deseo alguno de hacerse conocer. En Nazaret nadie sabía ni quién era Jesús por su naturaleza divina, ni cuál era la dignidad de María, hecha Madre de Dios sin dejar de ser Virgen. Eran tenidos por piadosos israelitas y fieles observantes de la Ley, cuya conducta era de edificación para el prójimo; su piedad no tenía nada de extraordinario que la distinguiera de la común; su exterior no dejaba sospechar ni remotamente lo que eran en realidad; no dejaban trasparentar en nada el secreto de Dios, y más adelante veremos cómo los parientes más próximos ignoraban absolutamente el gran misterio del Verbo hecho carne. José y María esperaban que Dios mismo revelara la verdad, o que Jesús se mostrara al mundo.

La humilde casa de Nazaret era una imagen del cielo, por el orden, la calma y la regularidad que en ella reinaban: Sapientia aedificavit sibi domum. ¡Qué feliz y acertada distribución del tiempo y de los oficios! ¡Qué paz, qué recogimiento, qué armonía en aquella Sagrada Familia, qué sublimes ejemplos de todas las virtudes!… La humildad les hace preferir a las obras brillantes de celo, la oscuridad, el retiro, una vida escondida en el taller de un pobre artesano. El desasimiento les hacía soportar las más penosas privaciones en la habitación, en el vestido, en los alimentos. En sus coloquios, en el trabajo, en los momentos de descanso, su alma estaba siempre elevada y unida a Dios.

¡Qué consuelo y qué dulzura siento, oh augusto jefe de la Sagrada Familia, considerando el edificante espectáculo que me ofrece vuestra pobre casa de Nazaret, más hermosa a mis ojos que el más bello palacio de los reyes: Quam pulchra tabernacula tua, Jacob!... La oración, el silencio, el trabajo reinan allí incesantemente, y forman la demora de la santidad y de la paz. ¡Oh, Santa Familia, yo quiero imitaros en vuestra unión, en vuestro recogimiento y en vuestro trabajo! Quiero vivir pobre como vosotros, y por vuestro amor, olvidado de todos, a fin de llegar, como vosotros, al reposo eterno.

¡Felices las familias cristianas en las cuales todo está bien regulado; donde todo, como en Nazaret, respira la paz, la caridad, la verdadera felicidad! ¡Felices las comunidades religiosas donde se manda con respetó y humildad, como San José, y donde se obedece con alegría y con amor, como Jesús y María! ¡Felices las comunidades cuyos miembros no forman sino un solo corazón y un alma sola!... Esas son las que reciben las bendiciones prometidas por el Profeta a la concordia y unión entre hermanos: Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum. Felices, particularmente, porque merecen vivir, como José, en compañía de María y bajo el mismo techo que Jesús: Intrans in domum meam conquiescam cum illa.

¡Qué correspondencia interior y continua entre Jesús y María, entre María y José!... Jesús era la fuente de las gracias, que El derramaba constantemente en el corazón de su Madre con toda la profusión de que era capaz un Hijo semejante; María hacía partícipe de su abundancia a José, y Dios era perfectamente glorificado por la pureza y la generosidad de sus disposiciones. Los corazones de Jesús, María y José eran como tres anillos de una cadena en la que todas las cosas partían de Dios y a Dios volvían.

¡Qué unión la de José y María! ¿Y qué unión más íntima ha existido jamás que la de María y su Hijo divino? ¡Y qué inefable unión era la de Jesús con su Padre celestial!... Una perfecta correspondencia de sentimientos, una comunión de gracias y una santidad proporcionada al grado de la unión.

Por todo esto, puede decirse que sin pronunciar palabra se hablaban de continuo. Todo allí hablaba de Jesús; todo se dirigía a Jesús, como a centro de las afecciones de María y de José. ¡Qué progreso no hicieron uno y otra en el largo tiempo que les fue dado vivir en la compañía del Santo de los santos!... Nuestro divino Salvador, que no dedicó más que tres años para lograr la santificación del mundo, quiso pasar treinta en la más grande intimidad con María y con José. ¡Y cuántos favores, cuántas gracias particulares y desconocidas para el mundo no habrán recibido ellos de su Hijo divino!...

¿Quién podrá decir sobre qué eran sus coloquios?... Dios y sus beneficios, su misericordia sobre su pueblo y sobre todo el género humano, eran sin duda sus argumentos. Loquebatur illis de regno Dei. Su boca hablaba de la abundancia de sus corazones; y teniéndolo colmado de Dios, todos sus pensamientos se referían a Dios, y toda su conversación estaba en el cielo. ¡Qué dulzura en esos entretenimientos! ¡Qué dilección, qué éxtasis, oh Dios de bondad, el no hablar de otra cosa más que de Vos!... Su alma estaba siempre en contemplación, aun durante el trabajo y las ocupaciones domésticas; su corazón ardía continuamente en el más puro amor divino. Jesús los instruía, pero con mucha sencillez y sin que se dieran cuenta, mostrándose siempre como hijo respetuoso, no dejando entrever, sino con una maravillosa economía, algún rayo de la Sabiduría profunda de que era asiento: Sicut docuit me Pater, haec loquor. María y José escuchaban todas sus palabras y las guardaban en su corazón: Mirabantur in verbis istis, quae procedebant de ore ejus (Lucas 4, 22).

Bien podéis decir vosotros con el Apóstol: «Afortunados padres de Jesús, que habéis visto y oído cosas de las que los hombres no pueden hablar: Audivit arcana verba, quae non licet homini loqui. ¡Oh, qué suerte la nuestra, si como José y María fuéramos fieles en escuchar a Jesús con recogimiento, y en conservar sus divinas palabras en nuestro corazón!...

Y a pesar del homenaje que María y José rendían continuamente en su alma a la divina Persona de Jesús, ejercían exteriormente toda la autoridad que sobre Él había querido darles el Padre Eterno: «Les estuvo sometido». Le mandaban, sí, ¡pero con qué respeto, con qué consideración y con qué humildad!...

José encontraba en la compañía de Jesús y de María el más dulce consuelo. ¡Qué satisfacción para aquel tierno padre, cuando, volviendo por la noche a su humilde habitación, veía correr hacia él a ese divino Niño! ¡Ah, entonces olvidaba todas sus fatigas, todos los dolores de la larga jornada! Ampliamente los hallaba compensados en los dulces momentos que pasaba con Jesús y con María, quienes a porfía le prodigaban los más afectuosos cuidados. ¡Felices nosotros, si como ellos, después de las tristezas y los desengaños, de las distracciones inevitables a nuestra condición, supiéramos llegarnos por la noche a desahogar nuestra alma bajo las miradas tan misericordiosas de María y el Corazón tan compasivo de Jesús!...

Es así como se realizaba en la humilde casa de Nazaret la profética visión de Habacuc, quien había visto a los dos principales astros del firmamento detenerse inmóviles sobre su propia casa: Sol et luna steterunt in habitaculo suo. ¡Qué gloria para José, la de haber tenido bajo su custodia y a sus órdenes el divino Sol de justicia, y esa Luna radiante que comunica a la tierra la luz que Ella recibe!... Sin embargo, a San José debemos juzgarlo más bienaventurado aún, por haber recibido tan de cerca y por tan largo tiempo las celestiales influencias de esos astros divinos, que llenan con su luz el cielo y la tierra.

La Sagrada Escritura, hablando de los espíritus celestiales más puros y sublimes, resume todas sus grandezas, diciendo: Asisten siempre junto al trono de Dios. Nada, en efecto, es más grande que tal honor, y las criaturas son más o menos sublimes, según estén más o menos cerca de Dios. Cualquiera que se acerque más a aquella fuente inextinguible de bien, es al mismo tiempo el más bienaventurado y el más justo. El que no pierde nunca a Dios de vista, está siempre en la luz; el que no se ocupa más que de Él, ya está en el cielo.

Tal es la felicidad de José en Nazaret: es olvidado por las criaturas, pero sobre él está siempre la mirada de Dios; habla poco con los hombres, pero su conversación con el cielo no se interrumpe jamás; no posee nada, pero ha hallado la perla evangélica; viste un traje ordinario, pero está revestido de Cristo; está desasido de sus amigos y parientes, pero el Hijo de Dios lo llama padre, lo llena de su luz, lo inunda con sus gracias, e insensiblemente lo trasforma en su propia imagen y le comunica una belleza invisible a los ojos de los hombres, pero que arrebata a los ángeles de admiración y respeto.

Y por un afortunado intercambio de todos estos favores y gracias, José sólo tiene el corazón para amar a Jesús; no sabe sino hablar de Jesús; no es ya él quien vive, sino Jesús quien vive en él.

 

MÁXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

La gracia se complace en las cosas simples y humildes; no desdeña lo que hay de más ordinario, y no rehúsa vestir pobremente (Imitación de Cristo).

No debemos buscar nuestro descanso en el descanso, sino solo en la voluntad de Dios (San Vicente).

Observad el orden en cada cosa, y el orden os cuidara a vosotros (San Bernardo).

 

AFECTOS

Oh Sagrada Familia, que representáis sobre la tierra la unión de las tres divinas Personas en el cielo, recibid mi humilde homenaje. Permitidme entrar en ese sagrado retiro, en el que vivís en la práctica de todas las virtudes ignoradas por el mundo, pero conocidas por Dios. Jesús, María, José, objetos dignos de mis más tiernos afectos, dignaos recibirme en vuestra compañía. Que lo olvide yo todo para amaros, serviros y unirme por siempre a vosotros. Así sea.

 

PRÁCTICA

Hacer con diligencia el retiro del mes bajo la protecci6n de San José, patrono de la buena muerte.


San Pedro González Telmo, confesor. — 14 de abril

 


San Pedro González Telmo, confesor. — 14 de abril

(+ 1246)

El bienaventurado y apostólico varón san Pedro González, llamado vulgarmente san Telmo, nació de padres nobles en la villa de Fromesta, cinco leguas de la ciudad de Palencia. Dióle el obispo, que era tío suyo, un canonicato, cuando aún no le sobraban los años, ni la gravedad y asiento que para aquel ministerio convenía, y procuró además que el papa le diese el decanato. Cuando Pedro González hubo de tomar la posesión, que fue el día de Pascua de Navidad, quiso el nuevo deán regocijar la fiesta, no como eclesiástico sin como lego y profano. Vistióse para aquel día galana y profanamente, y salió con otros en un caballo brioso muy bien aderezado por toda la ciudad, desempedrando, como dicen, las calles a carreras, con gran desenvoltura y escándalo del pueblo. Pero para que se entiendan las maneras que Dios nuestro Señor toma para convertir las almas y traerlas a sí, partiendo desapoderamente por la calle más principal de Palencia, cayó el caballo en medio de la carrera y dio con el deán en un lodo muy asqueroso, con harta risa de los que le vieron; porque cuando fueron a socorrerle, no había gala, ni vestido, ni rostro que diese muestra de lo que había sido. Fue tan grande la vergüenza que causó a Pedro González aquella caída, que no podía levantar la cabeza, ni le parecía que podría ya vivir entre gente, hombre a quien tal desgracia había acontecido. Alumbróle Dios al mismo tiempo el corazón; y hablando entre sí dijo: Pues el mundo me ha tratado como quien es, yo haré que no burle otra vez de mí. Con esto, vase a un convento de santo Domingo, y con admiración de todos los que le conocían, tomó el hábito, y comenzó a vivir con tan grande perfección, que vino a ser un gran santo. Predicaba después con obras y palabras, y como ángel del Señor; y hablaba con tal fuerza de espíritu, que enternecía las piedras e inflamaba los corazones helados. Despoblábanse los lugares en su seguimiento y muchas leguas iban caminando por oírle viejos y mozos, hombres y mujeres, ricos y pobres: y con este celo y espíritu anduvo por los reinos de España y estuvo en la corte del santo rey don Fernando, y se halló con él en el cerco de Sevilla y en otras guerras contra los moros. Pero donde el santo más tiempo estuvo fue en Galicia, donde entre otras cosas hizo un puente sobre el río Miño, no lejos de Rivadavia, por los muchos peligros y muertes que sucedían en aquel paso. Finalmente, después de haber ganado para Cristo innumerables almas y resplandecido con muchos milagros, en el domingo de Cuasimodo, dio en la ciudad de Tuy su bendita alma al Señor, el cual manifestó la gloria de su siervo con doscientos ocho milagros bien conocidos.

Reflexión: Luego que murió san Telmo comenzó su sepultura a manar una cierta mañera de óleo, que fue celestial medicina para todas las enfermedades; mas ha querido el Señor glorificarle particularmente librando por su intercesión a los navegantes de gravísimas tempestades y evidentes peligros. Por donde en los puertos de España y en los pueblos marítimos de ella se celebra su fiesta, sacando su imagen en procesión con mucha solemnidad y regocijo, especialmente en Lisboa, en Vizcaya y en Guipúzcoa, donde es venerado san Telmo, nombre por el cual le conocen los marineros, y le invocan en las tempestades y peligros del mar.

Oración: Oh Dios, que manifiestas la singular protección del bienaventurado Pedro a los que se hallan en los peligros del mar; concédenos por su intercesión que brille siempre la luz de tu gracia en las tempestades de esta vida, para que podamos arribar al puerto de la eterna salud. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

San Justino, filósofo y mártir. - 14 de abril

 

San Justino, filósofo y mártir. - 14 de abril

(+ 165)

El glorioso filósofo y antiguo apologista y mártir san Justino fue hijo de Prisco, de linaje griego, y nació en Nápoles Flavia, ciudad de Palestina. Desde su mocedad se dio mucho a las letras humanas, y al estudio de la filosofía, y se ejercitó en todas las sectas de los filósofos estoicos, peripatéticos y pitagóricos, con gran deseo de saber la verdad; y hallando en todas ellas poca firmeza, las dejó y se dio a la filosofía de Platón, por parecerle que era más grave y más cierta y segura para lo que él pretendía, que era alcanzar la sabiduría y con ella entender y ver a Dios. Para poder, pues, mejor atender a sus estudios se retiró a un lugar apartado, vecino del mar, donde estando ocupado y absorto en la contemplación de las cosas divinas, se le presentó, como el mismo santo escribe, un varón viejo y muy venerable que trabó plática con él; y entendiendo que era filósofo platónico, y lo que buscaba en sus estudios, le desengañó que no lo hallaría en los libros de los filósofos, sino en solos los de los profetas y de los santos, a quienes Dios había alumbrado y abierto los ojos del alma para ver la luz del cielo y entender sus misterios y verdades. Con esto se fue el anciano y san Justino no le vio más; pero quedó muy encendido en el amor de la verdad, e inclinado a leer los libros de los cristianos en que ella se halla. Por estos medios entró Cristo nuestro Señor en el corazón de Justino, y de filósofo platónico y maestro de otros le hizo filósofo cristiano y discípulo suyo. Escribió un libro maravilloso y divino en defensa de la religión cristiana en el año 150 como él mismo lo dice, y le dio al emperador Antonino Pío, el cual después de haberlo leído, hizo publicar en Asia un edicto en favor de los cristianos mandando que ninguno, por solo ser cristiano, fuese acusado ni condenado. Pero como muerto Antonino, sucediesen en el imperio Marco Aurelio Antonio y Lucio Vero, y se tornase a embravecer la tempestad, san Justino que a la sazón estaba en Roma escribió otro libro o apología a los emperadores y al senado en favor de los cristianos para aplacarla. Entonces fue el santo acusado por un enemigo suyo llamado Crescente, cínico filósofo en el nombre y profesión, y en la vida viciosísimo y abominable; el cual era quien más atizaba a los magistrados contra los fieles de Cristo. Mandó pues el prefecto de Roma prender a san Justino, y después de haberle hecho azotar, dio sentencia que fuese degollado con otros seis compañeros, como se dice en las Actas de su martirio, que escribieron los notarios de la Iglesia romana.

Reflexión: Dice el glorioso san Justino en su primera apología estas palabras admirables: «Cuando somos atormentados, nos regocijamos, porque estamos persuadidos que nos resucitará Dios por Jesucristo; y cuando somos heridos con la espada y puestos en la cruz, y echados a las bestias fieras, y maltratados con prisiones, fuego y otros tormentos y suplicios, no nos apartamos de lo que profesamos; porque cuanto son mayores los tormentos, tanto más son los que abrazan la verdadera religión; como cuando se poda la vid da más fruto; lo mismo hace el pueblo de Dios, que es como una vid o viña bien plantada de su mano.» Pues ¿quién podrá leer estas cosas sin derramar lágrimas, viendo lo que sentían de la fe de Cristo aquellos filósofos tan sabios de los primeros tiempos de la cristiandad, y comparando su heroísmo con la indiferencia criminal de nuestros tiempos?

Oración: Oh Dios, que por la simplicidad de la Cruz enseñaste maravillosamente al bienaventurado Justino la eminente sabiduría de Jesucristo; concédenos por su intercesión que rechazando las engañosas razones de las perversas doctrinas, alcancemos la firmeza de la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.