Continuación
del Santo Evangelio según San Juan 16, 23-30
En
aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: si
pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada
en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he
hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en
comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Aquel día pediréis en
mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre
mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí
del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre». Le
dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora
vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que
has salido de Dios».
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
MEDITACION
V
domingo de Pascua.
Enseñanza
sobre la oración. (Joan. 16.)
En
el Evangelio persuade Cristo a sus discípulos que oren a su Eterno Padre y le
pidan en su nombre, asegurándoles que no le pedirán cosa que no les conceda,
etc.
PUNTO
PRIMERO. Considera la liberalidad y misericordia de Dios para con los hombres,
que está tan deseoso de hacernos mercedes, que nos persuade y exhorta a que se
las pidamos, con voluntad antecedente de concedernos lo que le pidiéremos.
Pondera que los hombres se ofenden de que les pidan, y Dios tiene por linaje de
ofensa que no le pidamos, y espera con los dones en las manos para dárnoslos.
Bendito sea tan buen Dios, tan liberal y misericordioso. Aprende a serlo tú con
tus hermanos, y cobra una grande confianza en la misericordia divina de
alcanzar lo que pidieres.
PUNTO
II. Considera cómo Dios sabe muy bien nuestras necesidades y conoce los deseos
de nuestros corazones, y aunque nos tiene infinito amor, no envía sus dones,
esperando a que oremos y se los pidamos, porque ha determinado de darlos a
precio de oraciones. Pondera cuántas mercedes pierdes de su liberalísima mano
por no orar y pedírselas, y cuántas tiene prevenidas para ti y para su Iglesia
esperando que las pidas; dale muchas gracias por ello y resuélvete a orar continuamente,
y a pedirles mercedes para ti y para su Iglesia, y a no perderlas por falta de oración.
PUNTO
III. Considera lo que dice Cristo a sus discípulos, que hasta entonces no habían
pedido nada en su nombre; lo cual declara san Agustin diciendo que se entiende
de los bienes espirituales; porque pedir los temporales y terrenos, que no se
ordenan al servicio de Dios, es pedirle nada; a donde debes aprender lo que has
de pedir a Dios, si quieres ver logradas tus peticiones, conviene a saber, los
bienes espirituales y los que se ordenan al servicio de Dios; porque pedir los
demás es pedir nada, y como tales son estimados en el acatamiento divino, y tú también
los debes despreciar.
PUNTO
IV. Entra ahora en cuentas contigo y escudriña con la luz de la gracia los
secretos de tu casa, y mira despacio las necesidades que padeces y las faltas
que tienes, discurre por todas tus potencias y mira las muchas que has contraído
por los pecados y las faltas de virtud y sobra de amor propio y libertad en los
apetitos; y pues Dios te franquea los tesoros de sus gracias y te convida a que
le pidas, no seas corto, sino pídele cuanto necesitares y deseares para tu salvación
y gloria suya.
La ley de Moisés obligaba a las madres a
presentar a sus hijos al templo cuarenta días después de su nacimiento y a
purificarse ofreciendo a Dios una ofrenda. Por ningún título estaba obligada
María a sujetarse a esta prescripción; porque ella era la pureza misma y porque
el Hijo que iba a presentar no pertenecía al número de los pecadores, para los
cuales había sido dictada la ley. Pero el Hijo y la madre quisieron ocultar la
grandeza de sus destinos y de su dignidad para dar ejemplo de obediencia a las
prescripciones religiosas que reglan para los hijos y las madres de Israel.
Como todas las mujeres del pueblo, ella se presenta al templo de Jerusalén
acompañada de su esposo y llevando en sus brazos al hijo que había dado a luz
por operación del Espíritu Santo. Y como pertenecía a la clase de los pobres,
fue modesta su ofrenda y pequeña su oblación.
Pero un fin más alto la conducía al
santuario del Señor. Iba a dar gracias a Dios por el incomparable beneficio de
su fecundidad gloriosa. Si toda paternidad viene de Dios, la maternidad de
María era la obra primorosa de su amor y de su misericordia, el principio de la
felicidad del mundo y el testimonio más elocuente de la predilección que tenía
por la que eligió por Madre del Verbo encarnado. Por lo mismo, ella debía a
Dios beneficios más excelsos que todas las madres juntas y acciones más
ardientes de gracias que las que le han enviado en todos los siglos todas las
que han sido favorecidas con el don de la fecundidad.
¡Ah!, ¡cuáles serían en ese momento los
ardores de la gratitud de María, que conocía en toda su magnitud la gracia de
que había sido depositaria! Su corazón, abrasado en las llamas del amor y del
reconocimiento, levantaría hasta el cielo, a manera de purísimo incienso, los
más encendidos afectos que jamás se escaparan del corazón humano. Ella, que amó
a Dios desde el primer momento de su existencia, ¿cuál estaría su corazón
cuando, no sólo amaba a Dios como simple criatura y lo bendecía no solamente
por los dones comunes que le había otorgado, sino que lo amaba como madre y lo
bendecía por las excepcionales prerrogativas de que la acababa de colmar? No es
la inteligencia humana capaz de comprender la intensidad de los afectos de amor
y gratitud que brotarían en ese momento del pecho amante y agradecido de María.
Ellos excederían sin duda, a los de los más ardientes serafines.
He aquí lo que nos enseña María en el
misterio que meditamos. Cumple a todos los hombres el deber ineludible de dar a
Dios acciones incesantes de gracias por todos los beneficios, así generales
como particulares, con que han sido favorecidos. Quien se muestre ingrato y
olvidadizo con el Bienhechor soberano se hace indigno de sus favores. El
primero de los deberes del beneficiado es el de la gratitud para con su
benefactor. La naturaleza misma impone esta obligación y quien rehúse cumplirla
contraría los sentimientos más naturales que abriga el corazón. La gratitud,
como todos los sentimientos del alma, se manifiesta por medio de repetidos
actos; y así como el amor se deja conocer por actos de amor, el agradecimiento
debe mostrarse con acciones de gracias.
¡Ah!, ¿quién será aquel que en cada uno de
los días de su vida no tenga un nuevo beneficio que agradecer a Dios? La
conservación de la vida, el alimento que nos mantiene, el vestido que nos
cubre, el techo que nos guarece, el sol que nos calienta, el aire que
respiramos… todo es obra de su mano generosa. Las inspiraciones secretas, las
mociones de la voluntad, los pensamientos saludables, los propósitos santos en
orden a la reforma y perfeccionamiento de la vida, las advertencias
caritativas, los buenos consejos y hasta lo que llamamos desgracias y
contratiempos, son otros tantos beneficios que recibimos de su infinita
liberalidad. Y si sus favores no cesan, ¿cómo podrán cesar nuestras acciones de
gracias? ¿Cómo podremos, sin ser desagradecidos, pasar un día solo sin que
levantemos a Dios un acento de ardiente gratitud? ¡Ah!, y si consideramos los
beneficios generales que ha dispensado Dios al mundo, en la creación,
conservación, redención, institución de la Iglesia y llamamiento a la fe, el
deber de la gratitud aparece todavía más estricto e imprescindible. Imitemos a
María, cuya vida fue una continuada acción de gracias y cuyo corazón fue un
incensario vivo que estuvo siempre perfumando el trono de Dios con los aromas
del amor más puro y de la gratitud más ardiente.
Ejemplo María, Vaso insigne de devoción
San Bernardino de Siena, uno de los astros
más resplandecientes de la Orden de san Francisco, y de los más bellos
ornamentos de su siglo, se distinguió desde la más tierna infancia por su
acendrado amor a la Madre de Dios. Nacido el 8 de septiembre de 1380, día de la
Natividad de la Santísima Virgen, todos los grandes actos de su vida se
verificaron en este mismo día: su toma de hábito, su profesión religiosa y su
primera misa, augurio cierto de la predilección de esta bondadosa Madre.
Conociendo sus superiores los grandes
talentos de este insigne hijo de María, no quisieron que esta antorcha quedara
oculta entre las sombras del claustro, y lo enviaron a predicar a Milán y demás
estados de Italia en un tiempo en que la corrupción de las costumbres se
extendía como una lepra gangrenosa en el cuerpo social. La Santísima Virgen le
concedió la gracia de que su lengua, que era tarda por defecto natural,
adquiriera una expedición tan admirable que no hubo en su época quién lo
aventajase en elocuencia. Innumerables fueron las conversiones que hacía su
predicación: los pueblos cambiaban de faz, personas inveteradas en el vicio se
volvían a Dios, y multitudes incontables eran arrastradas por la irresistible
unción de su palabra. La devoción a María palpitaba en sus discursos y se
comunicaba a sus oyentes como el calor de una llama. Decía que no predicaba con
gusto cuando no le era posible hablar de María en sus sermones. Admirables son
los que se conservan sobre la santísima Virgen y en especial sobre su
inmaculada concepción, pues no podía tolerar que se pusiese en duda que la
Madre de Dios había sido concebida en gracia y exenta de toda mancha.
María pagó con retribución generosa el
encendido amor de su fidelísimo hijo, pues ella sabe corresponder a los
obsequios de que es objeto con inagotable generosidad.
Un día quiso dar un testimonio público de su amor por Bernardino, haciendo
aparecer una estrella brillantísima sobre su cabeza en el momento en que
predicaba en Aquila sobre las doce estrellas que coronan la frente de la
gloriosa Reina de los Ángeles. Este prodigio, que fue presenciado por un gran
número de personas, aumentó la veneración que a todos inspiraba la santidad de
Bernardino. En la hora de su muerte tuvo la dicha de ver a María junto a su
lecho mortuorio y espirar entre los brazos maternales de aquella por cuya
gloria había trabajado con tanto afán. Ella recibió en su regazo el espíritu de
su siervo y remontose con él al cielo para que recibiera el premio que había
merecido por su amor a Jesús y María.
Así es como la santísima Virgen recompensa
el amor de sus fieles hijos, y el celo de los que se consagran a extender su
gloria y dilatar su culto.
Jaculatoria
¡Astro esplendente del día!,
Pues que eres de gracia llena,
No me olvides, Madre mía.
Oración
Al contemplaros, ¡oh, María!, de rodillas
y con el corazón inflamado de amor al pie de los altares de la casa del Señor,
dando gracias por todos los beneficios que Dios ha otorgado al mundo por la
mediación de Jesús, nosotros no podemos menos de avergonzarnos de ser tan
desagradecidos e ingratos para con Dios. Caen sobre nosotros lluvias de
bendiciones y no se arranca de nuestro corazón ni un suspiro de amor y gratitud
para con el soberano Bienhechor. Transcurren unos tras otros los días de
nuestra vida llenos de favores divinos; pero parece que nosotros lo ignoramos,
porque la frialdad y la indiferencia son la respuesta que damos a la
liberalidad inagotable de la Providencia. Enseñadnos, ¡oh, María!, a ser gratos
a los favores celestiales, vos que no hicisteis en la tierra otra cosa que
enviar al cielo los perfumes de vuestros amorosos y agradecidos afectos. Dad
vos por nosotros rendidas gracias a la Bondad divina y suplid con vuestros
homenajes de gratitud lo que no puede hacer nuestra indolencia. Recibid vos
también la expresión de nuestro agradecimiento en los filiales obsequios que
venimos diariamente a deponer a vuestras plantas. Que esas flores y esas
guirnaldas con que decoramos vuestra imagen querida lleven en sus aromas el
perfume de nuestra gratitud. Recibid con nuestros homenajes el afecto con que
los traemos a vuestros pies y sirvan ellos de emblema de amor y prenda de
nuestra correspondencia a vuestras maternales finezas. Haced que todos los que
nos reunimos aquí para cantar vuestras alabanzas, merezcamos los favores que
Dios concede a las almas amantes y reconocidas, para que, comenzando en la
tierra el himno de nuestra gratitud, podamos en el cielo unir nuestra voz a la
de los coros angélicos que repiten sin cesar: ¡Gloria a Dios en las alturas y
paz a los hombres de buena voluntad! Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Rezar el Trisagio en homenaje de
agradecimiento por los beneficios que hemos recibido de Dios.
2. Ofrecer una Comunión, o si esto no
fuere posible, oír una Misa en sufragio del alma más devota de María.
3. Hacer una visita al Santísimo
Sacramento para desagraviarlo de todas las injurias, desprecios y olvidos de
que es víctima en el adorable Sacramento del altar.