Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Lunes
de la IV semana de Pascua.
Del
coloquio de Cristo con sus apóstoles. (Joan. 16.)
PUNTO
PRIMERO. Cristo dice que va a su Padre: considera a quien va ya donde endereza
todos sus pasos, que es a su Eterno Padre, al cual los enderezó desde que puso
los pies en el mundo hasta que se partió de él, acercándose siempre a quien
tanto amaba y deseaba agradar: considera a dónde se enderezan los tuyos, y si
caminas a Dios y te acercas a él, o a la vanidad del mundo, y a lo que debieras
huir y despreciar; y pídele que te lleve en su compañía, y te dé su favor para dejar
los caminos torcidos del mundo y enderezar todos tus pasos a Dios.
PUNTO
II. Considera cómo les dio amorosa queja a sus discípulos, porque habiéndoles
dicho que se iba, ninguno le preguntó a dónde ni a quién iba; en que declara
que gusta ser preguntado de los suyos, de sus misterios y de los pasos de su
santa vida, y que le tomemos por Maestro, preguntándole y aprendiendo como
discípulos: saca de aquí deseos fervorosos de preguntar ley consultarle en
todas tus dudas, y tenerle por Maestro, y meditar los pasos de su vida, y
aprender de su escuela el camino del cielo.
PUNTO
III. Considera el silencio de los discípulos y el respeto que tenían a su
Maestro, pues ninguno se atrevió a preguntarle a dónde iba, y no por eso les
dejó sin la noticia de su partida, atendiendo a su humildad y encogimiento; de
lo cual debes aprender el que has de tener para con tus mayores, y el respeto
que les debes guardar, callando hasta que ellos hablen, y oyendo lo que te
enseñaren, y si preguntares, esperando su respuesta con silencio, el cual si guardares
con humildad, el Señor te enseñará, como enseñó en esta ocasión a sus
discípulos.
PUNTO
IV. Medita aquellas palabras de Cristo: conviene a vosotros que yo me parta: en
que declara que no iba a su Padre tanto por conveniencia suya, cuanto por la
nuestra, mirando en todas sus obras a nuestro bien y provecho ¡Oh Padre
verdadera mente padre! que antepuso el bien de sus hijos al suyo propio;
atiende a lo que debes, y mira si tienes ojo en tus acciones a tu propio
interés o al servicio de Cristo; y si miras a su gloria y a su honra más que a la
tuya, y si pretendes tus comodidades y aumentos, o los de tus prójimos; y
aprende de tu Maestro a posponer todos tus intereses por su servicio: pídele
gracia para cumplir esta tan alta lección y seguir tan esclarecido ejemplo,
para que merezcas entrar en su compañía en el reino de Dios,
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Objeto de grande interés es ordinariamente
para los padres el nombre que han de poner al hijo recién nacido, porque parece
que el nombre guardará íntima relación con el destino del hombre, siendo una
especie de presagio de lo que ha de ser más tarde.
Pero Joaquín y Ana no tuvieron que
inquietarse en buscar un nombre adecuado a la hermosa niña que acababan de dar
a luz en la tarde avanzada de su vida. Ese nombre bajó del cielo y le fue
comunicado por el ministerio de un ángel: era el de María.
Algunos días después de su nacimiento, la
hija de Ana recibió ese nombre que tan dulce había de ser para los oídos de los
que la aman, que es miel para los labios, esperanza para los tímidos, consuelo
para los tristes y júbilo para el corazón cristiano. Muchos siglos ha que los
peregrinos de la tierra lo pronuncian de rodillas y con sentimiento de profunda
veneración, en homenaje de respetuoso acatamiento hacia la persona que lo
lleva. Millones de almas lo repiten con filial amor y lo llevan esculpido en lo
más secreto del corazón. Manan de él raudales de dulzura y lleva en sí mismo el
sello de su origen celestial, comunicando a los que lo pronuncian con amor una
virtud celestial, que hace brotar santos afectos y pensamientos purísimos en el
alma.
Por eso, ese nombre está grabado con
caracteres de oro en cada una de las páginas de la historia del mundo, en los
anales de todos los pueblos cristianos y en todos los monumentos de la piedad
de los fieles.
Todos los que lloran y padecen encuentran
al repetirlo alivio y descanso en sus tribulaciones. Por eso el náufrago lo
pronuncia en medio de la tempestad, el caminante al borde de los precipicios,
el enfermo en medio de sus dolencias, el moribundo en el estertor de su agonía,
el guerrero en lo reñido del combate, el menesteroso en las horas de su
angustiosa miseria, el sacerdote en medio de las difíciles tareas de su
ministerio, el alma atribulada cuando la tentación arrecia, el desgraciado
cuando el infortunio lo hiere, y el pecador arrepentido al implorar la divina
clemencia.
Ese nombre se oye también pronunciar en
los momentos más solemnes de la vida; porque todos saben que el nombre de María
no sólo es consuelo en los grandes dolores de la vida y escudo de protección en
todos los peligros, sino también preciosa garantía que asegura un éxito
favorable en todas las empresas.
No es extraño entonces que los Santos
hayan profesado tan ardiente devoción por el nombre de María. Cuando San Hernán
lo pronunciaba postrábase de rodillas y permanecía allí por largo tiempo. Un
amigo suyo que lo notó, preguntole qué hacía en aquella postura, a lo que él
contestó: Estoy cogiendo dulces frutos del nombre de María, pues me parece que
todas las flores de la tierra y los aromas más delicados se han reunido en él
para deleite mío: yo siento que una virtud desconocida se exhala de ese augusto
nombre cuando lo pronuncio, bañándome en celestiales delicias y consuelos, y
quisiera permanecer siempre de rodillas para seguir gustando tan exquisita
suavidad.
Si tales son los efectos de ese nombre
bendito, necios seremos si no lo repetimos con frecuencia, si no buscamos en él
nuestro descanso, nuestro consuelo, nuestra fuerza. Hay días malos en la vida
en que nuestro corazón no siente atractivo alguno por el bien y en que está
como embargado por el hielo de la indiferencia; entonces alcemos al cielo
nuestros ojos y digamos: ¡María!… Hay horas en que fatigados de nuestra penosa
marcha, nos sentimos desfallecer, sin tener ánimo y valor para el combate;
entonces volvamos nuestras miradas a la que es fuerte como un ejército ordenado
en batalla, y repitamos: ¡María!… Hay momentos en que la desgracia parece
anegarnos en sus aguas amargas y en que la desesperación nos hace perder toda
esperanza; entonces dirigiendo nuestras plegarias a la Consoladora de los
afligidos, digamos: ¡María!… Hay sobre todo un instante supremo: aquel en que
daremos un adiós eterno a cuanto hemos amado en la vida, instante de dolorosa
ansiedad, de tristes desengaños, de eterna separación, instante en que se
decidirá nuestra eterna suerte; entonces volvamos nuestros ojos al cielo y
repitamos: ¡María!… Que el nombre de María sea en todas las circunstancias de
nuestra vida la expresión de nuestros sentimientos: en los momentos de gozo sea
nuestro cántico de reconocimiento: en el combate, nuestro signo de victoria; en
la desolación, nuestro grito de socorro; y en la hora de la muerte, nuestra
corona y nuestra recompensa.
Ejemplo María, socorro de los que la invocan
Era el año de 1755. Un espantoso
terremoto, que parecía querer reducir a escombros la Europa entera, produjo en
el mar tan grandes levantamientos que sus olas turbulentas invadían las playas
y se extendían por los campos vecinos, devastándolo todo a su paso. La hermosa
ciudad de Cádiz, situada en las riberas españolas, se vio casi sepultada en las
aguas. Las olas azotaban con furia sus murallas y penetraban en sus calles como
implacables enemigos.
La situación de la ciudad era verdaderamente desesperada; pocos momentos debían
bastarle al mar enfurecido para esparcir sus ruinas por el fondo del abismo.
Todo era llanto, gemidos y lamentos desesperados, pues ningún auxilio podía
salvarla de la potente ira del ciego elemento. El momento era supremo; la
desolación y espanto universales: perdida ya toda esperanza, los gaditanos sólo
pensaron en prolongar por algunos instantes la triste vida refugiándose en
sitios elevados. Pero los corazones afligidos se levantan instintivamente al
cielo para buscar en él el remedio y el consuelo. Se acordaron de su celestial
Protectora, y acudieron en gran número al templo de Nuestra Señora de la Palma,
y cayendo a sus plantas benditas, imploraron su protección con lágrimas y
súplicas. Era el último recurso que les quedaba, pero era el más poderoso,
porque nunca deja de acudir María en socorro de los que la invocan en la
aflicción y el peligro.
Un venerable sacerdote que se hallaba en aquellos
momentos en el templo, advirtiendo el universal desconsuelo de los que entraban
en tropel a postrarse a los pies de la imagen de María, los exhortó a confiar
en su protección con palabras llenas de santa unción. Y tomando en sus manos el
estandarte de María les dijo con una fe y un ardor sin límites: «Seguidme, y si
tenéis fe, veréis cómo la Madre de Dios os va a librar de la inundación… No,
Virgen Santísima, continuó dirigiéndose a María, vos no podéis permitir que
perezca un pueblo que os ama y confía en vuestra bondad».
Seguido de una inmensa multitud, que
invocaba con lágrimas a su excelsa Patrona, avanzó el sacerdote por las calles
con el estandarte en alto.
Llegaron bien pronto al lugar en que las
aguas invadían con temible furia. La emoción era general: millares de personas
tenían fijos los ojos y clavadas las almas en la sagrada enseña. El sacerdote
lleno de confianza y con voz suplicante, exclamó: «¡Oh María!, vos que todo lo
podéis, haced que no pasen de aquí las aguas». Y diciendo esto, clavó en tierra
el sagrado estandarte, como si quisiera poner un dique insalvable a las olas
irritadas; y, ¡oh prodigio!, las olas para las cuales los altos muros no habían
sido obstáculos que les impidieran inundar la población, detuviéronse de
improviso delante de la imagen de María, y comenzaron a retroceder, como si la
misma omnipotente mano que en un principio les puso por vallado una cinta de
deleznable arena, hubiese en aquel instante renovado su mandato.
En presencia de aquel estupendo prodigio, el pueblo cayó de rodillas
bendiciendo la mano de su celestial Protectora, y exclamando entre sollozos de
gratitud: Milagro, milagro… Y en efecto, sesenta y dos pies había subido el mar
en aquel día memorable sobre el nivel ordinario, y si hubiese continuado el
ascenso, Cádiz habría irremisiblemente desaparecido.
Jaculatoria
Concédeme, ¡dulce Madre!,
Que en la vida y en la muerte
Lleve tu nombre en mis labios.
Oración
¡Oh, Madre de gracia y de misericordia!,
no pueden nuestros labios pronunciar vuestro dulce nombre sin que el corazón se
inflame en purísimas llamas de amor por vos. Hay en vuestro nombre tan
inefables delicias, que es imposible repetirlo sin experimentar consuelos y
dulzuras que no son de esta tierra, sino gotas desprendidas de la felicidad del
cielo. Si es grato el aroma de las flores, si la miel es dulce y sabrosa para
los labios, si las vibraciones del arpa llegan deleitables al oído en la mitad
de la callada noche, muy más grato, dulce y deleitable es vuestro nombre, ¡oh,
María!, para el corazón de los que os aman. Tesoros de amor se encierran para
el hijo en el nombre de su madre; en el vuestro, ¡oh, Madre!, se ocultan
tesoros de bendiciones para nosotros vuestros infortunados hijos. Haced, Señora
nuestra, que cuando la tribulación nos visite, que cuando la tentación nos
asedie, que cuando el desaliento nos rinda, podamos acudir a vos llamándoos por
vuestro nombre. No os mostréis entonces sorda a nuestro llamamiento y a
nuestros clamores; como la madre corre presurosa al oír el grito de angustia de
sus hijos, venid en nuestro socorro, vos que sois la más amorosa de las madres.
Si el mundo nos abandona, si los hombres ensordecen a nuestros lamentos, si nos
dejan solos con nuestro dolor, sed vos la compañera de nuestras desgracias, la
consoladora de nuestras penas, el asilo de nuestra orfandad, la fuerza de
nuestra debilidad, la luz en nuestras tinieblas, el guía de nuestro camino y el
abrigo seguro contra las tempestades del mundo. Permitid, en fin, que sean el
vuestro y el de Jesús los últimos nombres que modulen nuestros labios
embargados por el hielo de la muerte, para obtener la gracia de morir
santamente y volar al cielo a cantar eternamente vuestras alabanzas. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Invocar frecuentemente el nombre de
María pidiéndole su protección.
2. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre
alguna de las virtudes de María con el propósito de imitarla.
3. Contribuir con alguna
limosna al culto público de la Santísima Virgen.