lunes, 11 de mayo de 2026

De la oración y doctrina del Evangelio

 


Martes de la V semana de Pascua

De la oración y doctrina del Evangelio

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Martes de la V semana de Pascua

De la oración y doctrina del Evangelio. (Joann. 16.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera la virtud y fuerza de la oración para con Dios, pues nos empeña Cristo su palabra de que nos concederá el Eterno Padre cuanto le pidiéramos en ella. La oración aplaca la ira de Dios, franquea los cielos, y rinde su voluntad y alcanza los bienes espirituales y temporales, las lágrimas y la contrición de los pecados, y la gracia y amistad con Dios y la herencia del cielo, y cuanto podemos desear; y así dice el Redentor que oremos y pidamos para que nuestro gozo sea lleno; porque la oración llena las almas de gozo, y por ella alcanzamos el lleno de nuestros deseos ¡Oh virtud celestial! ¡Oh gracia que alcanza la gracia y la herencia de la gloria! ¡Oh llave que abre los cielos y los tesoros de Dios! Dadme, Señor, esta gracia con que las alcance todas, y resolución firmísima de no faltar en la oración por todos los intereses criados, sino perseverar en ella toda mi vida, hasta continuarla en la otra eternamente. Amen.

 

PUNTO II. Pondera aquellas palabras del Salvador que dice: yo os empeño mi palabra que os con cederá el Padre cualquiera cosa que le pidiéredes en mi nombre. Contempla la virtud del nombre de Cristo y lo que vale y puede para con Dios por los grandes merecimientos de su sangre; pídele por ellos y en su nombre todo cuanto necesitares, que sus méritos son infinitos y por más que pidas, merecen siempre más.

 

PUNTO III. Considera cómo Cristo dice que pidamos; porque él rogará juntamente al Padre por nosotros, acompañando su oración a la nuestra, asistiéndonos y patrocinándonos cuando oremos a Dios; con tal patrón e intercesor ten firmísima con fianza de que alcanzarás lo que pidieres, pídele siempre que te acompañe cuando entrares en la oración, y que te cumpla esta palabra orando contigo y por ti al Padre, y que ofrezca tus oraciones y supla con sus merecimientos lo que falta a los tuyos; y ten confianza en su bondad de que si haces esto con fervor, sentirás su favor y tendrá buen logro tu oración.

 

PUNTO IV. Considera lo que dice Cristo, que alcanzó lo que pedía el que vino a la media noche a pedir a su amigo; porque como dice san Pedro Crisólogo, ninguna hora hay mejor para negociar con Dios; lo uno por el silencio y la quietud de aquel tiempo, lo otro por el secreto en la oscuridad de la noche; lo otro por la mortificación de quebrantar el sueño y dejar el reposo del cuerpo, que toman comúnmente los hombres entonces para vacar a la oración y comunicar con Dios; el cual se da por servido de los que le alaban y bendicen, cuando los demás le olvidan con el sueño de la noche. Saca de aquí propósitos de orar en aquel tiempo y de esmerarte en servir a Dios más, cuando los otros le olvidan, y de quebrantar el sueño y dejar el alivio y el descanso del cuerpo por buscar el del alma, que se halla en la oración y la comunicación con Dios.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 12. CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO

 

DIA 12

CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE

MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

Por la señal de la santa cruz…

 

DIA 12

CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE

MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO

 

Consideración

Era la mitad de una apacible noche. José y María rendidos por la fatiga del trabajo, dormían el dulce sueño de la inocencia y del deber cumplido. Repentinamente José despierta sobresaltado y se levanta de prisa: era que un ángel le acababa de dar la orden de emprender un viaje a Egipto para poner a salvo la vida del recién nacido, amenazada por la saña de Herodes. María, sin desplegar sus labios para proferir una queja, corre a la cuna de su Hijo, que dormía tranquilamente el sueño de los ángeles, fija sobre Él una mirada de angustia, lo envuelve cuidadosamente en sus pañales, lo carga amorosamente en sus brazos, lo cubre con un pobre manto y se aleja con paso presuroso de la tierra de sus antepasados para encaminarse al país del destierro.

Un silencio sepulcral dominaba en las calles: todos reposaban en el sosiego de sus abrigados albergues y nadie transitaba a lo largo de los solitarios caminos que conducían a Jerusalén. Entre tanto, una tierna doncella y un triste anciano marchaban en silencio, temerosos hasta del ruido de sus propios pasos, a la luz de los suaves rayos de la luna que brillaba en un cielo sin nubes. «Érase todavía en la estación del invierno, dice San Buenaventura; y al atravesar la Palestina, la santa familia debió de escoger los caminos más ásperos y solitarios. ¿Dónde se habrá alojado durante las noches? ¿qué lugar habrá podido escoger durante el día para reponerse un poco de las fatigas del viaje? ¿dónde habrá tomado la frugal comida que debía sostener sus fuerzas?».

Caminos solitarios, senderos quebrados y peñascosos, colinas empinadas, bosques espesos, arenales abrasados, desfiladeros peligrosos, sinuosidades en que los bandoleros espiaban al viajero, cavernas oscuras que servían de guarida a los malhechores: he ahí lo que debían atravesar los desvalidos peregrinos y tristes desterrados de Israel. Pero no sólo era la naturaleza con sus desiertos sin sombra, sin agua y sin ruido, con sus altas montañas y tupidos bosques y solitarias hondonadas, lo que hacía en extremo penosa la marcha de los viajeros: eran el miedo, el frío, el hambre y la sed. Ellos debían ocultarse a las pesquisas de los espías de Herodes y alejarse de las poblaciones y seguir los senderos menos frecuentados. El frío entumecía sus miembros, porque no tenían ni un techo que los guareciera de las brisas húmedas de la noche, ni más lecho que las yerbas empapadas por el rocío, ni más abrigo que sus sencillos mantos. Sus provisiones eran escasas, y el hambre se dejó sentir más de una vez sin que encontraran, para satisfacerla, ni una fruta silvestre, ni un tallo de hierba. Al través de aquellos páramos abrasados por el sol, ni una fuente de agua les ofrecía sus corrientes cristalinas para humedecer sus fauces, secas por el cansancio, el calor y la fatiga, y ni siquiera un soplo de fresca brisa venía a templar el ardor de aquella temperatura de fuego.

Por fin, después de un viaje largo y penoso, llegaron a Egipto, la tierra de la proscripción, donde no encontraron ni un pariente, ni un amigo, ni una mano generosa que les prestase amparo. Era un país de idólatras y donde se miraba con desdén e indiferencia al extranjero. En su patria los santos Esposos habían llevado una vida humilde y laboriosa; pero jamás faltó el pan en su mesa. Mas ¡ay! en el país del destierro sus privaciones eran continuas y un trabajo asiduo durante el día y una parte de las noches no era bastante a proveerlos de lo necesario. «¡Con frecuencia, dice un escritor, el Niño Jesús acosado por el hambre, pidió pan a su Madre, que no podía darle otra cosa que sus lágrimas!…».

No dejemos perder ninguna de las saludables enseñanzas encerradas en este misterio de suprema angustia y de maravillosa resignación a la voluntad divina. La prudencia humana habría podido alegar mil especiosas excusas y oponer al decreto del ángel numerosos inconvenientes. Era de noche; convendría esperar la claridad de la aurora, los caminos estaban poblados de bandidos; carecían de todo recurso para emprender un largo viaje; iban a un país extraño, dejando patria, hogar, parientes, amigos. ¿No habría otro medio que ofreciera menos dificultades para salvar al niño? ¿Por qué se les exige tan penoso sacrificio?

He aquí lo que hubiera dictado la prudencia humana. Pero los santos Esposos ni siquiera preguntan al ángel si el cielo se encargaría de protegerlos durante tan larga jornada. Bástales saber que tales son los designios de Dios para inclinarse sumisos y adorar su voluntad, abandonándose sin reserva en los brazos de su providencia. Si María nos ofrece en el curso de su vida maravillosos ejemplos de perfecta sumisión a la voluntad de Dios, nunca brilló con luz más viva esa virtud que en la huida a Egipto. ¿Adónde os encamináis ¡oh doncella desvalida! con vuestro pequeño niño en medio de una noche fría y solitaria? Yo voy a Egipto, al país lejano del destierro. Pero, ¿quién os obliga a encaminaros al lugar del destierro y abandonar el suelo que os vio nacer, el techo que os guarece, los amigos, los parientes y cuanto ama vuestro corazón? La voluntad de Dios. —Pero ¿vuestra ausencia se prolongará mucho tiempo? —Tanto como Dios quiera. —¿Cuándo tornaréis a vuestros lares abandonados y volveréis a aspirar los aires de la patria? —Cuando Dios lo ordene; yo no tengo otra patria, ni otro gusto, ni otro deseo que el cumplimiento de la voluntad de Dios.

¡Ah! y cuánto acusa nuestra conducta la resignación de María. Ella se abandonaba en los brazos de la Providencia, porque sabía que Dios se encarga de proveer a nuestras necesidades y de darnos los medios de cumplir sus designios. Nosotros, al contrario, pretendemos conformar la voluntad de Dios a nuestros propios gustos y la contrariamos audazmente toda vez que así nos lo aconsejan las conveniencias terrenales. Dios no anhela otra cosa que nuestro bien, y cuando permite que seamos atribulados, es porque así conviene a los intereses de nuestra santificación. Sírvanos la conducta de María de saludable lección para que sepamos adorar en todo tiempo la Voluntad divina.

 


Ejemplo
La confianza filial recompensada

En el Seminario de Tolosa había un niño de muy felices disposiciones para la virtud, y entre otras prendas que lo adornaban, se distinguía por una confianza ilimitada en la protección de María.

Una noche, al pasar el superior la visita de inspección acostumbrada para asegurarse de que todos los alumnos estaban recogidos, lo encontró arrodillado en su cama.

—¿Por qué no se ha acostado Vd., mi querido amigo? le dijo el superior. —Porque he dado mi escapulario al portero para que me lo remiende con el cargo de que me lo devolviese antes de acostarme; y como no me lo ha traído todavía, no me atrevo a recogerme sin él.

 —¿Y por qué no podría Vd. pasar una noche sin su escapulario? repuso el sacerdote. —Porque temo morirme esta misma noche; y no quisiera que me sobreviniera este trance sin tener en mi poder este escudo de protección: pues la Santísima Virgen ha prometido que el que muera con esa especial divisa de su amor no padecerá el fuego eterno.

—No tenga Vd. temor, le dijo el superior pues nada nos induce a creer que esté tan próximo su fin: mañana, a primera hora, yo haré que se le devuelva su escapulario; y entretanto, acuéstese y duerma tranquilo.

—Padre mío, replicó el joven, yo no puedo acostarme sin mi santo escapulario; no tendría tranquilidad ni vendría el sueño a mis ojos, de temor de morirme sin él.

El buen sacerdote, profundamente compadecido de la aflicción del santo joven y no menos edificado de aquella confianza verdaderamente filial en la protección de María, bajó al aposento del portero, recogió el escapulario y lo entregó al niño, quien después de besarlo devotamente, lo colgó alegremente de su cuello, diciendo: «Ahora sí que dormiré tranquilo»; y se durmió, invocando tiernamente el nombre de María.

Al día siguiente, el mismo superior, al pasar la revista ordinaria para ver si sus alumnos se habían levantado a la hora señalada, entró al cuarto del devoto niño y lo halló todavía en la cama, lo que no le sorprendió, creyendo que estaría reparando la pérdida de sueño de la noche anterior a causa de la falta de su escapulario. Se acercó a él, lo llamó dos o tres veces, y viendo que no respondía, le removió suavemente para despertarlo; y nada… Aplicó su mano en la boca para percibir su aliento, y pudo cerciorarse con indecible sorpresa que el piadoso niño había pasado del sueño de la vida al sueño de la muerte. Había expirado teniendo estrechado fuertemente al corazón el santo escapulario que con tan vivas instancias había reclamado.
María había querido recompensar la filial confianza de su joven devoto no permitiendo que muriese sin el precioso documento por el cual sus devotos quedan libres de las penas eternas. Este hecho nos demuestra la benevolencia con que mira la Madre de Dios a los que se revisten de su santo hábito.

 

Jaculatoria

Danos ¡oh dulce María!
Tu maternal protección,
Y acepta desde este día
Mi vida y mi corazón.

 

Oración

¡Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Corazón amabilísimo, objeto de las eternas complacencias de la Santísima Trinidad y digno de la veneración de los ángeles y de los hombres! disipad el hielo de nuestros corazones, encended en ellos el fuego del amor divino y comunicadnos un santo entusiasmo por la imitación de vuestras virtudes. Sobre todo haced que os imitemos en esa heroica conformidad con los designios de Dios y en esa perfecta sumisión a su adorable voluntad. Bien sabéis ¡oh Corazón humilde y resignado! que nuestros corazones son rebeldes a los decretos divinos resistiendo muchas veces a ellos para seguir nuestras inclinaciones. Haced que jamás hagamos otra cosa que lo que sea del agrado de Dios y bien de nuestras almas, y que en nada nos busquemos a nosotros mismos ni demos satisfacción a nuestros gustos.

¡Oh santos Esposos de Nazaret! Vosotros que protegisteis durante el largo y penoso destierro al divino Fundador de la Iglesia, dignaos velar sobre esa sociedad de salvación y de vida; protegedla y sed para ella torre inexpugnable que resista heroicamente a los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Dios, nuestro socorro en las pruebas, nuestro consuelo en las penas, nuestra fuerza en la tentación, nuestro refugio en la persecución. Asistidnos especialmente en el momento de nuestra muerte haciéndonos experimentar en esa hora, decisiva de nuestra suerte, los efectos de vuestro poder, dándonos un asilo en el seno de la misericordia divina, a fin de que podamos bendecir al Señor eternamente en el cielo en vuestra compañía. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Repetir varias veces en el día la tercera petición del Padre nuestro, Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; prometiendo a María imitarla en su perfecta conformidad con la voluntad de Dios.

2. Rogar a Dios por la persona o personas que nos hacen mal, perdonándolas de todo corazón.

3. Rezar las letanías de la Virgen pidiéndole por las necesidades actuales de la Iglesia católica.