En aquel tiempo, estaba María fuera, junto
al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles
vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado
el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve
y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué
lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor,
si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice:
«¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús
le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis
hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho
esto».
De
cómo Cristo apareció a santa María Magdalena. (Joann. 20.)
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Jueves
de la octava de Pascua.
De
cómo Cristo apareció a santa María Magdalena. (Joann. 20.)
PUNTO
FRIMERO. Considera cómo vinieron al sepulcro san Pedro, san Juan y santa María
Magdalena a buscar a Cristo, y los discípulos se volvieron porque no hallaron
el cuerpo del Señor; pero santa María Magdalena se quedó a la puerta llorando
su ausencia, y mereció ver vivo y glorioso al que buscaba muerto. Saca de aquí
que no basta buscar a Cristo para gozarle, si no se busca con perseverancia,
como santa María Magdalena, y que aquellos merecen gozar la gloria de su resurrección,
que con viva fe y devoción le buscan y asisten y contemplan su pasión y muerte
como esta santa pecadora sentada junto al sepulcro.
PUNTO
II. Considera el amor tan intenso que tenía a Cristo esta santa pecadora, las
lágrimas que derrama porque no halló vivo o muerto al amado de su corazón, y cómo
vio los ángeles vestidos de blanco, y que ni con su vista ni con sus palabras,
con ser de tanto consuelo, le pudo tener ni cesar de su llanto; porque a quien
ama de veras, ninguna cosa le puede consolar sino hallar a Dios. Entra en
cuenta contigo, y mira las ventajas que te lleva esta santa mujer en el amor
del Señor y cuán poco le amas, pues le buscas con tanta tibieza, y tienes tus
consolaciones en los bienes terrenos, y te hayas consolado sin tu Dios; gime,
llora con esta santa pecadora la ausencia de tu dulce Esposo, y no tomes gusto
ni descanso, hasta hallarle como ella y gozarte con él.
PUNTO
III. Considera a Cristo que atraído al reclamo de sus gemidos y fervorosas
lágrimas le apareció en forma y traje de hortelano, y le habló con palabras de
consuelo diciéndole: mujer ¿por qué lloras? Bien sabía el Señor por quien
lloraba y lo que buscaba; pero pregúntale para oírlo de su boca y refinar más
su amor ¡Oh cuántas veces se disimula Cristo y no se da luego a conocer, aunque
está con nosotros, para refinar nuestro amor y que nos encendamos más en él, y
multipliquemos la oración, los gemidos y rogativas, y le busquemos con más
fervor! Saca de aquí el que has de tener en servirle y buscarle y la
perseverancia en su servicio, y una fe viva de que está contigo, aunque no le
conozcas, como María Magdalena.
PUNTO
IV. Considera cómo santa María Magdalena respondió que buscaba a Cristo muerto
y luego le halló vivo, y se le descubrió el Señor resucitado y glorioso, con
sola una palabra que le dijo, nombrándola María ¡Oh qué fácil es a Dios
consolar en un instante al pobre, y trocar el llanto en risa y la tristeza en alegría:
bendito sea el varón que en él confía. Contempla el gozo de esta santa, viendo
glorioso y más resplandeciente que el sol al amado de su alma, a quien oraba
difunto: con qué ansias se abalanzó a sus pies, a donde había hallado el remedio
de sus culpas; y cómo la detuvo el Señor para que no le tocase, porque como se dijo
arriba, no necesitaba su fe, como la de otros, de tocarle para creer que había
resucitado, y saca de todo esto grande provecho para tu alma, confiando en el
Señor que te consolará en tus tristezas y que te doblará el gozo, dando logro a
tus deseos con mayor colmo que lo podías pensar, como lo hizo con santa María Magdalena.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
La
palabra solemne del apóstol San Pablo: El justo vive por la fe, contiene el
fundamento de toda virtud y de toda santidad. La fe que ilumina el principio de
nuestra vida espiritual, es una fe viva que se manifiesta al exterior con las
obras de la caridad más ardiente.
El
espíritu de fe es una convicción tan grande de la verdad de la religión, que
quien posee este espíritu sólo piensa en esta, y nada ama fuera de ella. Y así
como el alma dirige al cuerpo en todas sus acciones, así también este es el
espíritu que la anima en todas sus acciones.
El
cuerpo no puede vivir sin el alma a la cual está unido, y el justo no vive sin
la fe que obra en él. Los buenos cristianos se llaman fieles, porque deben
vivir de fe; es decir, mirar y valorar las cosas a la luz de Dios, y no de
acuerdo con el juicio y las máximas de los hombres. Mis pensamientos —dice
Dios— no son vuestros pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos: mis
caminos distan de los vuestros y mis pensamientos están tan por encima de los
vuestros como el cielo de la tierra.
Sin fe
no puede haber méritos, ni verdadera virtud, ni esperanza. ¿Podemos esperar los
bienes invisibles, si la fe no nos los da a conocer?… La fe es la fuerza de la
caridad. ¿Podemos amar a Dios, si la fe no nos da a conocer sus atributos y sus
infinitas perfecciones?...
La fe
comprende verdades especulativas y verdades prácticas; contentarse con creer
las primeras, sin conformar a ellas nuestra conducta, no es poseer la fe que
salva. La única fe sincera —dice San Agustín— es la que está inflamada en el
amor a Dios y al prójimo. Tal fue la fe de San José.
Repasemos
rápidamente todas las circunstancias de la vida de este gran santo, y las
hallaremos todas marcadas con nuevos actos de fe heroica. En efecto, fidelísimo
en seguir las inspiraciones de la gracia, por la fe se desposó con María.
La fecundidad,
unida a la integridad virginal de María, ese doble prodigio inaudito, fue para
José, que no conocía el misterio, una nueva ocasión para que resplandeciera su
fe viva. Mientras trataba de resolver cómo conducirse en circunstancia tan
delicada, he aquí que un ángel se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo,
de David, no temas en tener a María por esposa tuya, porque el fruto que en
Ella ha nacido es obra del Espíritu Santo. Ella tendrá un Hijo al que llamarás
Jesús, pues librará a su pueblo del pecado». ¡Misterio inefable, operación
maravillosa que deroga la ley más inviolable de la naturaleza, secreto sólo
conocido por Dios!… Y bien; José necesita de toda su fe para creer en un
prodigio que supera el entendimiento, y que su profunda humildad debía hacerle
parecer algo así como una ilusión. Y más aún; sin comprender, sin hesitar un
solo instante, como lo hizo Zacarías; sin discutir, sometió su razón a la fe,
persuadido de que a Dios no le faltan los medios para realizar designios
inescrutables para las criaturas.
San
José creyó sin vacilar un momento que la virtud excelsa de María merecía el
testimonio del cielo. Su fe era más fuerte que la de Abraham, aun cuando este
sea citado en los Libros Santos como modelo de fe perfecta y padre de los
creyentes. Abraham es alabado por haber creído que una mujer estéril podía
tener hijos, y José creyó en la maternidad divina de una virgen.
Notemos,
con San Juan Crisóstomo, que visitando los ángeles a San José, durante el
sueño, demuestran cuán viva y firme es la fe de este justo, el cual, para creer
en los misterios que se le anuncian, no necesita embajadores fulgurantes de
luces y de gloria.
Más he
aquí una nueva prueba. Es un gran misterio de nuestra fe, creer que es Dios un
hombre revestido de nuestra misma débil naturaleza; pero para conocer mejor la
perfección de la fe de este Santo Patriarca, hay que considerar que la
debilidad de que Jesús se revistió al hacerse hombre, puede contemplarse en sus
diferentes estados —dice Bossuet— como sostenida por algún poder, o como
abandonada a sí misma.
En los
últimos años de la vida de Nuestro Divino Salvador, aun cuando la debilidad de
su santa humanidad fuera visible en los sufrimientos que padecía, no lo era
menos su omnipotencia por los milagros que obraba. Era verdad que se veía que
era un Hombre, pero era un Hombre que hacía milagros sin precedentes. Luego, la
debilidad era sostenida; por lo que no debe extrañarnos que Jesús conquistara
admiradores, puesto que las muestras de su poder probaban claramente que la
debilidad era enteramente voluntaria. Pero mucho más se mostró la debilidad del
Salvador en el estado en que lo vio José, que durante la misma ignominia de la
crucifixión.
En
efecto, el Hijo único de Dios nace en un establo, entre animales, pobre y
desnudo. — ¿Y es este, Aquel a quien el Eterno Padre engendra desde toda la
eternidad en el esplendor de los santos? ¿Y es Aquel que el Espíritu Santo
formó en el seno de María?… El ángel de Dios me dijo que sería grande. ¿Y se
vio jamás nacer en medio de tanta pobreza y desamparo al hijo del último de los
hombres?...
La fe
de San José triunfó de todas estas dudas: vio a Jesús en el pesebre de Belén, y
le creyó el Creador del mundo; le vio nacer, y le creyó eterno; le vio sobre un
poco de paja, y le adoró como al Dios de la gloria, que tiene por trono el
cielo y la tierra como peana de sus pies; lleva en sus brazos a ese pequeño
Niño, y reconoce en El al Dios de infinita majestad, que se asienta sobre las
alas de los querubines y que sostiene el mundo con la fuerza de su palabra; le
oyó llorar, sin dejar por eso de creer que es la alegría del paraíso; le ayudó
a dar los primeros pasos, le enseñó a balbucear las primeras alabanzas a Dios y
a su Padre, y le creyó la Sabiduría infinita; le enseñó un oficio despreciable
a los ojos de los hombres, y le adoró como el Creador de los cielos; en una
palabra, le gobernó por espacio de treinta años, y le honró como al Dios de los
ejércitos, que llama a las estrellas por su nombre, y a quien obedecen miríadas
de ángeles.
José
es el justo por excelencia, el cual vive de fe: toda su vida fue un ejercicio
continuo de esta virtud. Tenía Jesús algunos días de vida revestido de la
debilidad de nuestra carne, cuando he aquí que un ángel baja del cielo —dice el
gran obispo de Meaux—, y despierta a José para comunicarle que el peligro
apremia: «Pronto, huye esta noche con la Madre y el Niño; vé a Egipto». ¿Cómo,
huir?... Si el ángel hubiera dicho: Partid, pero no, huid; y en la noche… ¿Cómo
puede ser eso? ¿El Dios de Israel debe salvarse a favor de las tinieblas? ¿Y
quién lo dice?... Un ángel que se aparece de improviso a San José como aterrado
mensajero, en una forma —dice San Pedro Crisólogo— que pareciera que todo el
cielo estuviera alarmado, y que el terror se hubiera esparcido allá antes que
sobre la tierra. Ut videatur coelum timor ante tenuisse quam terram.
José,
sin titubear, huye a Egipto; y algún tiempo después, el mismo ángel se presenta
y le dice: «Vuelve a Judea, porque los que buscaban a Jesús para matarle han
muerto a su vez». ¿Y cómo es esto? ¿Es decir que si esos tales vivieran, todo
un Dios no estaría seguro?...
¡Oh,
debilidad abandonada! En esta condición le vio San José, y a pesar de ello, le
adora como si hubiera visto realizar milagros estupendos. Reconoce el misterio
de ese milagroso abandono; sabe que la virtud de la fe consiste en sostener la
esperanza, aun cuando pareciera no existir razón humana para esperar: In
spem contra spem; se abandona en las manos de Dios con toda sencillez, y
ejecuta sin discutir todo cuanto se le manda. ¡Oh, José, qué grande es vuestra
fe! Magna est fides tua. No, Señor, Vos no habéis hallado en todo Israel
una fe semejante a esta: Non inveni tantam fidem in Israel.
El
apóstol San Pedro confiesa la divinidad de Jesucristo después de haberle visto
cambiar el agua en vino, multiplicar los panes, resucitar a los muertos, y el
Salvador lo apellida bienaventurado y le confía el cuidado de la Iglesia. José
adora al Hijo de María como a su Señor y su Dios, después de haberle salvado la
vida con peligro de la propia, y de haberle sostenido durante treinta años con
el pan ganado con el sudor de su frente.
Y así
como la fe se perfecciona con las obras y con la fidelidad a la gracia, no nos
admirará que la fe de San José haya sido superior a la de Abraham y a la de
todos los patriarcas.
Plenamente
colmado desde su nacimiento de las más preciosas bendiciones del cielo,
instruido desde su más tierna infancia en la religión de sus padres, San José
nutrió y aumentó su fe con la asidua meditación de la Ley divina. El espíritu
de fe era su única regla, al juzgar las cosas, las personas y los
acontecimientos. Por eso, sus juicios eran siempre rectos, razonables, siempre
exentos de errores y prejuicios. ¿Dónde podrá hallarse hoy una fe comparable a
la de San José?… Fe viva, humilde, firme y plena de obras.
«Sí
—afirma Santa Teresa—, de esta falta de espíritu de fe provienen todos los
pecados que inundan la tierra. Pidamos, pues, a San José que nos obtenga una fe
semejante a la suya, que podamos demostrar con buenas obras». No olvidemos
—dice San Alfonso María de Ligorio— que la fe es al mismo tiempo un don y una
virtud. Es don de Dios, en cuanto que es una luz que El infunde en el alma, y
es una virtud, por cuanto el alma debe ejercitarla en actos. De donde se
infiere que la fe debe servirnos de regla, no sólo para creer, sino también
para obrar.
La fe
debe pasar del alma al corazón. No hemos de limitarnos, pues, a someter nuestra
razón a las verdades de la fe, sino que debemos regular también nuestra
conducta a sus divinas sugestiones, haciendo consistir toda nuestra felicidad
en vivir según la fe, y en ponerla en práctica en las obras. Y pues San José
es, con la Santísima Virgen, el ecónomo y dispensador de los dones de Dios,
dirijámonos a él para obtener por su mediación una fe constante, que no puedan
debilitar las tentaciones; una fe que nos haga santos en este mundo, y
merecedores de ver y contemplar eternamente en el cielo, sin velos y sin
sombras, al Dios escondido que habremos amado y honrado en sus misterios y
humillaciones.
MÁXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
La
gracia no busca consuelos sino en Dios, y elevándose por encima de las cosas
visibles, pone todas sus delicias en el Bien Supremo (Imitación).
Un espíritu
distraído no se da cuenta de cuanto pierde interiormente (San Bernardo).
La
naturaleza corrompida aleja nuestro espíritu del mundo espiritual y lo abaja al
mundo sensible. La gracia, por el contrario, aleja nuestra alma del mundo
sensible y lo levanta hacia el mundo espiritual (P. Huby).
AFECTOS
Bienaventurado
José, heredero de la fe de todos los Patriarcas, dignaos obtenernos a nosotros también
esta hermosa virtud; base y fundamento de toda santidad, sin la cual es
imposible agradar a Dios; obtenednos esa fe viva y operante, encendida en el
fuego del amor divino, que no se apaga por nada y permanece fiel en medio de
cualquier prueba; haced que, a vuestro ejemplo, vivamos de fe en este mundo, a
fin de que, sometiendo a Dios nuestro espíritu, merezcamos_ tener_ un día,_como_los_ángeles_y
los_bienaventurados en el cielo, la gloria de contemplar la majestad de Dios
eternamente, y de penetrar entonces los misterios que ahora adoramos. Así sea.
PRÁCTICA
Celebrar o escuchar
la santa misa, para agradecer a Dios las gracias concedidas a San José.