miércoles, 18 de febrero de 2026

El centurión que vino a Cristo a pedirle salud para su hijo.

 


Jueves después de ceniza

El centurión que vino a Cristo

a pedirle salud para su hijo.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Jueves después de ceniza

El centurión que vino a Cristo

a pedirle salud para su hijo.

Mt 8, 5-13

Dice el Sagrado texto que vino a Cristo un centurión y le dijo: que su hijo estaba enfermo y Cristo se ofreció a ir a sanarle; más él no teniéndose por digno de que entrase en su casa, dijo que con una palabra suya le podría sanar; y Cristo, alabando su fe, le sanó en aquella hora.

PUNTO PRIMERO. Considera el cuidado y diligencia que puso este centurión en la salud de su hijo, pues siendo tan noble, rico y poderoso no dudó devenir en persona a rogarle a Cristo por él y echarse a sus pies pidiéndole que le sanase; y córrete de ver lo uno, la poca piedad que tienes tú para con los tuyos, y lo otro la negligencia y descuido que tienes con tu propia alma, que es la joya más preciosa de tu casa, y la que más te importa, y puede ser que sea de la que más descuidas; enferma está de la dolencia de muchos pecados y malos siniestros y torcidas costumbres, y dándote voces, no las oyes ni te mueves a venir a Cristo y pedirle con este centurión que la sane. Toma su ejemplo y busca el médico de tu alma, arrójate a sus pies y pídele que te sane, y no desistas de tu petición hasta alcanzar esta merced del Señor.

PUNTO II. Considera la piedad de Cristo y la presteza en conceder liberalísimamente lo que pedía; pues en diciendo el centurión que su hijo estaba enfermo, sin más dilación respondió: Yo iré y le curaré; aprende por una parte a no dilatar a los necesitados la misericordia que pudieres hacerles, socorriendo con presteza sus necesidades: y por otra a confiar en la bondad de Dios, y acudir a él con toda confianza en tus necesidades, pues tienes un Señor tan pronto y liberal, que no habrás echado la palabra de la boca, cuando te conceda lo que le pidieres.

PUNTO III. Considera la humildad de este centurión que no se tuvo por digno de que Cristo entrase en su casa, y la fe tan viva, pues creyó que desde allí le podía sanar con sola una palabra, y así lo dijo al Señor, el cual, admirado de su fe, levantó la voz delante de todo el pueblo y le alabó con palabras de mucha estimación. Vuelve los ojos a ti y mira cuál es tu fe, y si la alabará o vituperará Cristo quejándose de la poca que tienes, y cuán muerta está en tu corazón. Advierte cuántas mercedes pierdes de su mano por falta de ella, y pide a Dios que te la dé y que te haga digno de su gracia como este centurión.

PUNTO IV. Considera al hijo de este centurión muriéndose, y que en el punto que Cristo habló una palabra, ausente de él con el cuerpo aunque presente en el alma, se halló sanó. Pondera por una parte cuán fácil es a Dios dar salud a los enfermos, y que a su poder no hay cosa imposible; y cobra grande confianza en su piedad de que alcanzarás lo que le pidieres si te dispusieres para merecerlo; y mira por otra parte el gozo de toda aquella casa y en especial del hijo y el padre por la salud recibida; y levanta el espíritu y considera cuánto mayor será el gozo que tendrán los ángeles por la salud espiritual de un alma que vuelve del pecado a la gracia, y el que debes tú tener de la tuya, y ponte a los pies del Salvador y pídele con instancia que tenga piedad de ti y no te deje enfermo dando salud a los demás.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DE LA PREPARACIÓN QUE HIZO EL SALVADOR PARA LA PRIMERA CENA LEGAL.

 


Jueves después de ceniza.

DE LA PREPARACIÓN QUE HIZO EL SALVADOR PARA LA PRIMERA CENA LEGAL. (Math. 26.)

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Jueves después de ceniza.

DE LA PREPARACIÓN QUE HIZO EL SALVADOR PARA LA PRIMERA CENA LEGAL. (Math. 26.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo vino de Betania, adonde estaban sus parientes y amigos, a Jerusalén a celebrar la Pascua, adonde sabía que le preparaban la cruz y la muerte; porque Betania significa la casa de aflicción, y Jerusalén visión de paz; en que nos dá a entender que entre los deudos y amigos no hay sino aflicción y trabajos para el alma; pero en Jerusalén por la cruz y persecuciones se halla la paz y la vista clara de Dios. Toma este documento y acompaña a Cristo en su Pasión dejando a los parientes y amigos y los deleites terrenos, y alcanzarás la verdadera paz.

PUNTO II. Considera cómo no admitió el Salvador la oferta que le hizo Santa María Magdalena de su casa para celebrar la Pascua, como dice san Buenaventura, por no agraviar su pobreza, y la firme confianza que tenía en Dios de que no le faltaría, como no le faltó; y aprende a confiar en la bondad divina en tus necesidades, y estar cierto que si no faltares a Dios no te faltará a ti, y que te hará merced a medida de tu confianza.

PUNTO III. Envía Cristo a Pedro y a Juan a que le preparen el Cenáculo, para ir con sus discípulos a celebrar la Pascua: Pedro significa buena acción, y Juan devota contemplación; en que nos enseña que estas dos virtudes, acción y contemplación de las cosas celestiales, le han de preparar el alma para venir a ella y celebrar la Pascua de júbilos espirituales; si deseas que entre Cristo en tu casa y que te haga muchas mercedes, conviene que la adornes con estas dos virtudes principalmente, contemplando los misterios divinos y obrando lo que Dios te diere a entender en la oración. Mira si lo has hecho hasta aquí, y si has faltado en estas virtudes, pídelas al Señor, y que te dé su gracia para disponerte como debes para recibirle en tu casa.

PUNTO IV. Considera las señas que les dió Cristo para conocer el Cenáculo a donde había de ir a celebrar la Pascua; conviene a saber, la casa a donde viesen que entraba un hombre con un cántaro de agua, porque esta va delante de Cristo al lugar a donde ha de venir, para lavarle y purificarle de toda mancha, y ha de ir delante de tu alma el agua de las lágrimas y de la confesión, para lavarla de las manchas del pecado, para que sea digna posada suya. ¡Oh Señor, lavadme más y más de las manchas de mis pecados, y limpiadme y purificadme de mis maldades, para que sea digno de recibiros en mi pobre casa! Si vos, Señor, no me laváis y disponéis, ¿cómo sabré ni podré lavarme yo, indignísimo pecador, que no tengo de mi cosecha sino abominaciones y pecados? Todo me quisiera resolver en lágrimas de verdadera contrición para lavarme; vos me las dad, y me acrisolad de manera que nunca más vuelva a ofenderos, y sea mi pobre morada siempre vuestra por siempre jamás. Amen.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.