miércoles, 4 de noviembre de 2026

DÍA 5. DURACIÓN DE LAS PENAS DEL PURGATORIO. DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA 5

DURACIÓN DE LAS PENAS DEL PURGATORIO

 

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

***

 

DÍA 5

DURACIÓN DE LAS PENAS DEL PURGATORIO

 

«¡Ay de mí, que se prolonga mi destierro!» Salmo 119, 5

 

A veces nos hacemos ilusiones. Imaginamos que Dios no puede hacer sufrir durante mucho tiempo y con tanta crueldad a unas almas que ya son amigas suyas. Nos figuramos que esas llamas devoradoras, precisamente por su intensidad, deben purificar pronto el alma de las manchas leves que todavía la ensucian.

Pero esto es un error del que el demonio se sirve, primero, para que sintamos menos horror al pecado venial y nos abstengamos de hacer penitencia por las faltas pasadas; y, después, para que olvidemos rápidamente a las pobres almas retenidas en las llamas expiatorias.

Podemos considerar la duración de los sufrimientos del purgatorio de dos maneras diferentes: en primer lugar, como un determinado espacio de tiempo y, en segundo lugar, como una duración que parece prolongarse debido a la extraordinaria intensidad de los sufrimientos.

En cuanto al espacio de tiempo, he aquí las palabras del cardenal Belarmino, cuya autoridad tiene un peso considerable en teología: «Es cierto que las penas del purgatorio pueden durar más de diez y más de veinte años; me atrevo incluso a decir que más de cien y más de mil».

Prueba su afirmación mediante varios pasajes de los santos Padres y revelaciones consideradas muy dignas de crédito, según las cuales algunas almas están condenadas a arder en el purgatorio hasta el día del juicio.

Esta opinión sorprende menos cuando pensamos que quienes se han hecho culpables de varios pecados mortales han merecido, por cada uno de ellos, las penas eternas del infierno. Ahora bien, el purgatorio viene a ser como una compensación y una conmutación de las penas del infierno.

También respalda esta opinión, admitida por teólogos doctos, la costumbre inmemorial de toda la Iglesia, que permite fundar misas perpetuas, celebra aniversarios por personas fallecidas hace cien o doscientos años y continúa ofreciendo estas oraciones sin establecer nunca un plazo para ellas.

Por otra parte, aunque los sufrimientos del purgatorio fueran breves en sí mismos, siempre parecerían muy largos a causa de su intensidad. En efecto, ¿quién podrá decirnos cómo experimentan el transcurso del tiempo quienes sufren en la otra vida?

Para nosotros, la duración no consiste simplemente en el tiempo que pasa, sino en el tiempo que sentimos pasar; y la lentitud con que transcurre aumenta para quien sufre en proporción a su dolor.

Esto es lo que hace que, para las almas del purgatorio, los minutos contengan largos días, los días parezcan largos años y los años se conviertan en siglos.

No nos dejemos, pues, engañar por ilusiones tranquilizadoras. No nos imaginemos con demasiada facilidad que ya hemos expiado suficientemente nuestras faltas pasadas. No tratemos nunca más a la ligera el pecado venial y no nos cansemos de orar por el descanso de las almas que nos son queridas.

Escuchemos a cada una de ellas decirnos: «¡Desdichado de mí, que se prolonga mi destierro! Tened piedad de mí, al menos vosotros, mis amigos» (Job 19, 21).

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«Un solo día en este lugar de expiación puede compararse con mil días de tormentos terrestres». San Agustín

 

 

EJEMPLO

LA DURACIÓN DE LOS SUFRIMIENTOS

Un día, un religioso se apareció después de su muerte a uno de sus hermanos y le reveló que tres días pasados en el purgatorio le habían parecido más largos que tres mil años.

Un hombre que despreciaba los tormentos del purgatorio vio aparecer a dos jóvenes que lo precipitaron allí de repente. Después de un cuarto de hora de sufrimiento, gritaba:

—¡Sacadme de aquí, sacadme! ¡Hace años que estoy sufriendo aquí!

Así, estos prisioneros del purgatorio, mucho más que los prisioneros de la tierra, cuentan aquellas largas horas que tardan tanto en pasar y que el sufrimiento parece volver interminables.

 

 

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

Santa Bertila, abadesa – 5 de noviembre

 


Santa Bertila, abadesa – 5 de noviembre

(+ 692)

 

La ejemplarísima abadesa santa Bertila fue francesa de nación e hija de padres muy nobles e ilustres en el territorio de Soissons. Desde su niñez fue muy inclinada a toda piedad y deseosa de toda virtud. Era en extremo retirada, modesta y sincera en su trato, huía todo vano entretenimiento y cualquier estorbo que la pudiese distraer de sus santos intentos de servir a Dios nuestro Señor y de gozar de su dulce trato en la oración. Entrando en más años anhelaba a mayor perfección y, aunque en la casa de sus padres podía gozar de todos los bienes y gustos del mundo, lo hallaba todo tan sin jugo y sustancia que generosamente se dio a buscar un solo y perfecto bien en que hallase una satisfacción y paz cabal. Fue grande el cuidado que nuestro Señor tuvo de su sierva, y su divina y dulcísima disposición la guiaba por las seguras sendas de una vida santísima. Entendiendo, pues, sus padres que estaba tocada de Dios, la llevaron al monasterio de Jouarre, que estaba a cuatro leguas de Meaux, en donde la abadesa santa Telchildes y todas sus monjas la recibieron con singulares muestras de gozo. Allí consagró a Dios todos sus adornos, despojóse de todos los vestidos de seda, de los anillos y joyas preciosas, se cortó las trenzas de sus hermosos cabellos y trocó los atavíos mundanos por el hábito pobre de sierva de Jesucristo. Encendióse con una emulación santa y generosa en imitar a sus religiosas hermanas; ni había acción virtuosa, que no tratase de copiar en sí misma, chupando y convirtiendo en sí, como cuidadosa abeja, lo más precioso y escogido de cada flor. Servía a sus hermanas enfermas con dulcísima caridad en los oficios más humildes, enseñaba toda virtud a las niñas nobles que se educaban en el monasterio y recibiendo a las personas que la visitaban, derramaba un perfume de santidad que parecía del cielo. Tenía el cargo de priora, cuando la esposa de Clodoveo reedificó la abadía de Chelles, y fue nombrada, con aprobación común, primera abadesa de aquel monasterio. Fueron muchas las señoras y doncellas ilustres que,  por su ejemplo y conversación, se movieron a dejar las cosas del mundo y abrazarse con la pobreza y humildad de Jesucristo, y entre otras princesas extranjeras, tomó el hábito de su mano, Hereswita, reina de los ingleses orientales, y más tarde también Batilde, viuda de Clodoveo II. Finalmente habiendo Bertila gobernado santísimamente aquel monasterio por espacio de cuarenta y seis años, y llegado a una ancianidad venerable por los méritos y los días, entre tiernas lágrimas de todas sus hijas y abrazada con una imagen de su Redentor crucificado, entregó su espíritu en las manos de Dios.

 

Reflexión: Toda mortificación y austeridad se hace leve cuando se ama a Dios y se desea contemplar la claridad y hermosura de su divino rostro. Así lo vemos en toda la vida de santa Bertila. Sí, cuando hay amor de Dios, los ayunos no se cumplen ya con repugnancia, los trabajos de cada día ya no tienen nada de penosos, la separación de los amigos y parientes no inspira ya tristeza; y un alma así dispuesta, llena de desprecio por todas las cosas presentes, animada de un solo deseo que la arrebata sobretodo, merece la muerte de amor, la muerte del justo.

 

Oración: Óyenos, oh Dios Salvador nuestro, para que así como nos alegramos en la fiesta de tu bienaventurada virgen Bertila, así aprendamos de ella el afecto de su piadosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.