viernes, 21 de agosto de 2026

DEL BENEFICIO DE LA JUSTIFICACIÓN.

 


Sábado de la XII semana después de Pentecostés

DEL BENEFICIO DE LA JUSTIFICACIÓN.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Sábado de la XII semana después de Pentecostés

DEL BENEFICIO DE LA JUSTIFICACIÓN.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la grandeza de este beneficio; y para conocer su valor, imagina delante de tus ojos dos almas: una en gracia de Dios, y otra en pecado y en desgracia suya. La primera, más hermosa y agraciada que el sol, la luna y todos los astros del cielo, y más resplandeciente que la misma luz, enriquecida de todos los dones y gracias imaginables: entendimiento, voluntad, memoria, sabiduría, ciencia, prudencia, fortaleza y todo el resto de las virtudes, sin átomo de pecado ni mancha de imperfección, amada de Dios y heredera de su gloria; y, al contrario, la que está en pecado mortal, más fea y espantable que los demonios, negra, tenebrosa, asquerosa, llagada y leprosa de pies a cabeza, poseída de los demonios, desnuda de todas las virtudes y gracias, llena de innumerables vicios, desheredada del cielo y condenada para siempre al infierno.

Pues el beneficio que Dios te hizo cuando te justificó fue sacarte del estado de la culpa y ponerte en el estado de la gracia. Mira la distancia que hay del uno al otro, y qué dieras si te hallaras en el estado del pecado por pasar al de la gracia, pues no hay cosa en este mundo a que se pueda comparar. Reconoce tan soberana merced y piensa, en el acatamiento de Dios, el empeño en que te ha puesto, y cómo has de salir de él.

 

PUNTO II. Considera cómo todos los hombres están en la mano de Dios, como el barro en las de su artífice, para hacer de él un vaso de honor o un vaso de contumelia, conforme a su voluntad; y que, dejando infinitas almas en pecado, determinó sacarte a ti de él y ponerte en el estado de su gracia por su mera voluntad, y hacerte heredero de su gloria. Mira la infinidad de almas que Dios ha dejado en la ceguedad de la idolatría, y las que han caído en los errores de las herejías, que nunca se arrepentirán; y los cristianos a quienes ha dejado de su mano, y corren desenfrenadamente a los vicios, añadiendo pecados a pecados; a los cuales, si diera Dios la gracia que a ti, salieran de ellos. Y esta merced, que no les hizo a ellos, te la ha hecho a ti, llamándote y levantándote del cieno de tus vicios al estado de la gracia. Reconoce tu flaqueza y lo que debes a Dios, y humíllate en su presencia, dándole gracias y pidiéndole que te tenga de su mano para que no caigas del feliz estado de la gracia en el infeliz y miserable de la culpa, y pierdas tantos bienes por un pecado.

 

PUNTO III. Considera cuántas veces ha multiplicado Dios en ti este beneficio; pues no solamente te sacó de la culpa que contrajiste de Adán, reduciéndote al estado de su gracia, sino que, después de haber recibido este beneficio, caíste por tu alevosía en nuevos pecados; y, mereciendo por ellos que te dejase de su mano, alargó la de su misericordia para levantarte de ellos; y te sacó muchas veces del estado de la culpa, y te hizo heredero del cielo.

Pondera cuántos beneficios hay en este beneficio; cuántas inspiraciones y auxilios te ha dado Dios; de cuántas ocasiones te ha librado; cuántas ingratitudes te ha sufrido; cuántos pecados te ha perdonado; en qué abismo de males hubieras caído si Dios te hubiera dejado de su mano. Confúndete en su presencia, y conoce que no puedes servir ni agradecer dignamente lo que debes a tan grande Señor; y pídele que te perdone, y que reciba en recompensa la sangre y méritos de Jesucristo, el cual los dio por precio de tu rescate y para suplir tus menguas. Pide juntamente a la Beatísima Virgen y a todos los santos que den millares de alabanzas a Dios, y suplan tu imposibilidad, y te alcancen gracia del Señor para no perder en adelante el estado felicísimo de su gracia.

 

PUNTO IV. Considera cómo, fuera de todo lo dicho, Dios te ha llamado para más alta perfección, dándote inspiraciones para que le sirvas en cosas más altas y perfectas, y acrecientes tu caudal, así de gracia en esta vida, como de gloria en la otra.

Pondera la benignidad de Dios con que recibe a los pecadores que se convierten; la piedad con que los perdona; la misericordia con que se compadece de ellos, y olvida sus pecados, y les hace mercedes como si nunca le hubieran ofendido. Pon los ojos en las que te ha hecho a ti, cuando, si usara de su justicia, te había de lanzar en el infierno; y alaba y engrandece su infinita bondad y el piélago inmenso de su misericordia, y humíllate en su acatamiento, reconociendo tu indignidad y lo infinito que le debes. Piensa una y muchas veces cómo le has de pagar, y propón firmísimamente no ofenderle por todas las cosas del mundo, y cooperar con su gracia para serle agradecido y emplearte todo en su servicio.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 22. EL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 22

EL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 22

EL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO SE ENCONTRÓ CON SU HIJO CARGADO CON LA CRUZ

 

¡Qué golpe tan terrible recibió el Corazón de María al ver a su Hijo Jesús, recién condenado a muerte, llevando sobre sus hombros la Cruz, el madero en el que había de ser suspendido!

«María encontró a Jesús fuera de la puerta de la ciudad —refiere san Buenaventura— y, al verlo cargado con un leño tan pesado, estuvo a punto de morir de dolor.»

«Pero —continúa el santo Doctor dirigiéndose a María—, ¿por qué, gran Reina, no os detuvisteis ante la vista de aquella multitud de gente y de tantos soldados? No reparasteis en ellos, porque la inmensidad de vuestro dolor os había arrancado, por decirlo así, el corazón.»

María se abre paso entre la multitud y corre tras las huellas de su Hijo, derramando las lágrimas más amargas sobre las manchas de sangre que Él iba dejando impresas en el suelo.

Lo que colmó su martirio fue no poder dirigirle una sola palabra ni poder oír una palabra de su Hijo.

«No pudieron decirse una sola palabra, porque los que llevaban a Jesús al suplicio lo apremiaban y lo empujaban para que avanzara más deprisa.»

Pero María le hablaba en lo íntimo de su corazón, en medio de la más desgarradora angustia: «¿Cómo podéis llevar esa Cruz? ¿Cómo soportáis esos escupitajos, esos insultos? ¡Oh, amado mío! ¡Si al menos me fuera permitido daros un último beso!»

Y, por su parte, el Hijo repetía en el fondo de su Corazón: «Paloma mía, toda hermosa, toda admirable, has herido mi corazón con una sola de tus miradas.»

¡Oh cielo! ¡Qué martirio para estos dos Corazones!

¿Y nuestro corazón qué hace? ¿Es verdaderamente un corazón de hijo? ¿No será capaz de conmoverse de compasión al contemplar en tan grande desolación el Corazón de Jesús, nuestro hermano, y el Corazón de María, nuestra Madre? ¿No podrá dejar de abandonarse a sus inclinaciones viciosas y a sus hábitos culpables?

¡Oh Jesús mío!, quitad de mi corazón todo amor que no sea el vuestro y concededme entrañas de compasión para meditar los sufrimientos de vuestro Corazón y los del Corazón de vuestra Madre.

Madre amadísima, fuente de amor, haced que sienta el aguijón de vuestro dolor, que lo comparta con vos y que mezcle mis lágrimas con las vuestras.

 

ORACIÓN

Compadezco sinceramente, ¡oh María, verdadera Madre de los Dolores!, la profunda consternación que experimentó tu Corazón maternal cuando encontraste a Jesús llevando su pesada cruz, horriblemente desfigurado y agotado. Madre amabilísima, por tu Corazón lleno de amor, tan duramente probado, alcánzame la virtud de la paciencia y el don de fortaleza, para que, sostenido por tu protección, lleve con valentía todas las cruces que la divina Providencia disponga para mí, las una a la cruz de tu divino Hijo y llegue a ser su verdadero discípulo. Amén.

 

FLOR. Repetir con frecuencia durante este día la siguiente jaculatoria: «Haced, oh Madre de amor, que sienta vuestro vivo dolor y que llore con vos.»

 

FRUTO. Que nuestro corazón, vacío de todo afecto terreno, no tenga más que santos deseos y aspire únicamente a los bienes del cielo.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.

San Sinforiano, mártir. — 22 de agosto

 


San Sinforiano, mártir. — 22 de agosto

(+ hacia el año 180)

 

El ilustre mancebo y mártir de Cristo san Sinforiano nació en Autún, ciudad de la provincia de Borgoña en el reino de Francia. Su padre que se llamaba Fausto y era caballero rico y muy cristiano, le crió en nobles costumbres y temor santo del Señor. Siendo ya mancebo, Sinforiano era estimado por los mismos gentiles, por su mucha gracia y buen ingenio, y celebrando un día los paganos en aquella ciudad una fiesta muy solemne a Berecintia o Cibeles, cuyo ídolo llevaban en unas andas con gran pompa y majestad, a pesar de que todo el pueblo se postraba a adorarle, el valeroso joven Sinforiano no quiso inclinar se ante aquella estatua y monstruo infernal: sino que con gran desprecio le volvió las espaldas e hizo burla de él, de manera que fue notado y acusado al juez Heraclio. Presentado ante el tribunal, y preguntado cómo se llamaba y quién era, respondió que se llamaba Sinforiano y que profesaba la ley de Cristo. Deseando el juez librarle de la muerte, por respeto a su nobleza y a su edad, le persuadía con muchas palabras, que obedeciese a los mandatos del emperador y adorase a los dioses. Mas el magnánimo mancebo no hizo caso ni de sus promesas ni de sus amenazas. «Yo adoro, le dijo, a mi Señor Jesucristo, a quién reverencian todos los hombres más virtuosos y santos del imperio; y me duelo de vuestra ceguedad, viendo que adoráis unos dioses tan criminales, que, si vivieran, merecieran por toda justicia la pena de muerte». Enojóse sobremanera el impío juez oyendo semejantes razones, mandó azotar bárbaramente al animoso mancebo, y echarle después a la cárcel, y dio sentencia que sin probarle con otros tormentos, fuese degollado. Cuando le llevaban al suplicio, viéndole su santa madre, comenzó con grande espíritu y esfuerzo a exhortarle que muriese con alegría, y a decirle estas palabras: «Hijo mío Sinforiano, hijo de mis entrañas, acuérdate de Dios vivo, ármate de su fortaleza y constancia; no hay que temer la muerte que nos lleva a la vida. Alza, hijo mío, tu corazón, y mira a Aquél que reina en los cielos. No temas los tormentos, por que durarán poco, y piensa que con ellos no se te quita la vida, sino que se trueca por otra mejor. Por ellos alcanzarás hoy mismo la gloria de los santos, y la corona inmortal con que te convida Jesucristo». Todo esto dijo la santa madre a su amado hijo, el cual animado con sus palabras y con el espíritu del cielo, tendió el cuello al cuchillo, y fue descabezado fuera de los muros de la ciudad. Los cristianos tomaron de noche su cuerpo y lo enterraron cerca de una fuente, en la cual obró nuestro Señor por él muchos milagros.

 

Reflexión: Anímense los jóvenes con el ejemplo de este valeroso mancebo, mártir de Cristo, a hacer loables y heroicas acciones que redunden en honra de Dios, y sean de común edificación. En ellas estará bien empleada su magnanimidad y ardor juvenil. Porque, ¿qué valor es menester para dejarse arrastrar de la corriente del mal, de las pasiones desenfrenadas y de los perversos ejemplos? Para esto no hace falta el valor, el joven más cobarde y vil puede ser el más esclavo de sus liviandades y más falto de toda honradez y virtud. La gloria de los jóvenes está en que, a pesar de las malas inclinaciones de la naturaleza, de los malos ejemplos y de la corriente del mal, obren ellos el bien: y entonces son admirables y de grande ejemplo sus virtudes.

Oración: Rogámoste, oh Dios omnipotente, que cuantos celebramos el nacimiento para el cielo de tu bienaventurado mártir Sinforiano, seamos por su intercesión fortalecidos en el amor de tu san to nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.