Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Miércoles
de la IV semana de Pascua.
De
la paz interior del alma.
PUNTO
PRIMERO. Considera cómo apareciendo Cristo a sus discípulos, los saludó con
aquellas dulces palabras: Pax vobis, la paz sea con vosotros; porque la paz es
uno de los dones del Espíritu Santo y merced singular de Dios, que la da á quien
es servido, y la dio a sus discípulos el día de la resurrección. Pídele a su Majestad,
pues es don suyo, que te le conceda, y te haga esta merced por la alegría y
gozo de su resurrección.
PUNTO
II. Considera la tranquilidad y el consuelo que tiene el alma que goza de esta
paz, que es un retrato del cielo, a donde todos gozan de suma paz, sin sentir
en sus almas contradicción, ni guerra, ni pesar, sino suma quietud, gozo y alegría
en el Espíritu Santo; y por el contrario, la fatiga y tristeza y sin sabores
que padecen los que carecen de la paz interior, estando siempre sobre saltados,
tristes y temerosos, sin consuelo ni alegría y como un retrato del infierno, y
aunque naden en deleites y gustos exteriores, no les entran de los dientes
adentro, porque les carcome el corazón la guerra interior de sus almas, con que
se consumen de tristeza. Pondera la diferencia que va del uno al otro; aquel en
suma pobreza goza de suma paz, y este en suma opulencia padece miserable
guerra. Enciende tu alma en vivos deseos de alcanzar esta paz y escusar esta
guerra; y propón firmemente de no dejar piedra por mover para alcanzarla.
PUNTO
III. Considera en qué consiste esta paz interior; conviene a saber, en tenerla
con Dios con tan segura conciencia, que no te reprenda tu corazón de alguna
culpa o cosa hecha contra su divina voluntad, y la guerra interior nace de la
mala conciencia y de la enemistad que los malos tienen con Dios: por lo cual dice
Isaias, que no tienen paz los malos. Saca de aquí propósitos firmes de no
manchar tu conciencia, ni caer en pecado por todas las cosas del mundo, antes
perderlas todas, que perder la paz de Dios y la de tu alma.
PUNTO
IV. Considera los medios con que se conserva esta paz, que son tener a Dios por
gracia, como está dicho, y desasir el corazón de todo lo terreno y colocarle en
lo celestial, porque todo lo de acá es mudable y no permanece en un ser, y el
que estriba en ello se muda a cada viento y pierde su paz; por esto el corazón
del malo es como el mar, que a cada viento se altera y cada día mengua y crece:
así son los pecadores, que se mudan con cada viento de las mudanzas del mundo,
y nunca permanecen en un estado, pero los buenos son como el sol, que siempre
es el mismo, sin padecer menguantes, ni mudanzas; no pongas tu corazón en los hombres,
ni en los bienes caducos de este siglo, sino en solo Dios que no se muda; y gozarás
de eterna paz.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
María entró en
el templo de Jerusalén como una víctima destinada al sacrificio. Pero esa
víctima no sería consumida por las llamas del altar, sino por las llamas del
amor. Era el amor a Dios el que la impulsaba en todas sus obras: el amor divino
la arrancó de los brazos de su madre y la llevó a la soledad del santuario; el
amor la hizo consagrar a Dios para siempre la flor de su virginidad, flor que
no había encontrado hasta entonces en el mundo ni terreno en que nacer ni
atmósfera en que vivir. Antes que María se abrazase con ella voluntariamente, y
no con lágrimas como la hija de Jefté, la virginidad era una hermosa desterrada
que tocaba en vano a la puerta de los corazones en solicitud de hospitalario
albergue. Fue María la que dio a conocer a los hombres su precio y la que les
enseñó que esa virtud busca para vivir el apartamiento y el retiro de la Casa
del Señor.
Dice san
Jerónimo que María en el templo distribuía sus ejercicios en la siguiente
forma: desde la aurora hasta promediada la mañana, entregábase a la oración;
hasta el mediodía se ocupaba en obras de mano; se instruía después en la ley y
los profetas, y luego se entregaba de nuevo a la oración, que duraba hasta la
entrada de la noche. Esto constituía sus delicias y su pan cotidiano, creciendo
cada día en amor a Dios y en la perfección de las virtudes. Ella era la primera
en las vigilias, la más fiel en cumplir la ley divina, la más asidua en la
oración, la más constante en el trabajo, la más profunda en la humildad, la más
exacta en la obediencia y la más puntual en sus deberes. Ásperas eran sus
penitencias, prolongados sus ayunos, brevísimo su sueño, frugal su alimento,
sencillo su vestido y escasas sus palabras. La oración era su vida y su
alimento, y durante esas horas felices en que el cielo se entreabría a sus
miradas, su alma se derretía en adoraciones y ternísimos y encendidos afectos
ante el amado de su corazón. En esos momentos el mundo desaparecía ante sus
ojos y ningún pensamiento humano ocupaba su mente. Embriagada en celestiales
delicias y enajenada en sublimes arrobamientos, su alma se desprendía en la
cárcel de su cuerpo y se transportaba a las moradas del gozo eterno. «Nadie,
dice san Ambrosio, estuvo nunca dotado de un don más sublime de contemplación;
su espíritu siempre acorde con su corazón, no perdía jamás de vista a Aquel a
quien amaba con más ardor que todos los serafines juntos; toda su vida no fue
otra cosa que un ejercicio continuo del amor más puro a Dios; y cuando el sueño
venía a cerrar sus párpados, su corazón velaba y oraba todavía».
A fuerza de
candor y de modestia, ella procuraba ocultar sus altas perfecciones, pero es
imposible que el diamante se oculte por mucho tiempo, aunque se esconda bajo
una corteza de barro. Los ancianos encanecidos en los trabajos del templo la
veían llenos de admiración y la consideraban como el más estupendo prodigio de
santidad que hubiera aparecido en Israel. Enteramente entregada a sus deberes y
a sus ocupaciones, jamás desperdiciaba el tiempo y siempre estaba pronta para
ejecutar todas las obras que podían dar alguna gloria a Dios. A Dios buscaba en
todo: era el blanco de sus aspiraciones, el término de sus deseos, el objeto de
sus pensamientos y el único móvil de todas sus acciones. Agradar a Dios, he ahí
la sola palabra que resume toda la vida de María en la casa del Señor.
Ésta es
también la lección más provechosa que nos enseña María durante su vida
solitaria: huir del mundo para dedicarnos al servicio de Dios. Es imposible
seguir a un mismo tiempo las máximas de Jesucristo y las máximas del mundo;
unas y otras se rechazan como la luz y las tinieblas, como el vicio y la
virtud. Quien milite bajo las banderas del uno, no puede aspirar a ser
discípulo del otro; es una ilusión pérfida pretender vivir en sociedad con los
mundanos y llamarse discípulo de Jesucristo, que se abrazó con la cruz y que
hizo del sacrificio su ley y su consigna. Para servir fielmente a Dios y
santificarse es indispensable alejarse del bullicio disipador que amortigua la
piedad e impide oír las inspiraciones divinas.
Pero, para
conseguirlo, no es necesario ir a buscar el silencio de los claustros. El
retiro y apartamiento del mundo puede encontrarse también entre las paredes del
propio hogar con sólo cerrar sus puertas al bullicio y pasatiempos mundanos. No
es necesario huir de la sociedad para encontrar a Dios, porque no es posible
vivir sin el concurso de los demás; basta que evitemos la compañía de los malos
y de los que no siguen la doctrina ni practican la ley de Jesucristo. Es
preciso apartarse de la vida disipada, ociosa y holgazana que sólo se emplea en
proporcionarse satisfacciones, en halagar la vanidad y condescender con las
inclinaciones de la carne. Esa vida lleva directamente al pecado, engendra la
indiferencia y aleja de Dios; esa vida enciende las pasiones, aviva la
sensualidad y concluye con todo deseo de la propia santificación. La ley
cristiana es ley de abnegación y sacrificio; ella impone el constante
vencimiento de las pasiones, la mortificación de la carne, la guarda de los
sentidos, la muerte del amor propio y la huida de la ociosidad. Y para alcanzar
tan grandes y preciosos bienes, es preciso vacar diariamente algunos momentos a
la oración, frecuentar los sacramentos y practicar la piedad. Son éstas las
fuentes puras donde el alma encuentra gracias en abundancia: es ahí donde se
retemplan las fuerzas para el combate, y se hallan el consuelo y la esperanza
que hacen soportables las desgracias de la vida. Si queremos santificarnos, no
vayamos a buscar la santidad en otra parte; si deseamos la paz de nuestras
almas, no vayamos a pedirla al mundo, que vive en turbación perpetua; si
anhelamos consuelos, no los pidamos al mundo, que él sólo puede darnos
amarguras y desengaños.
Ejemplo María, Virgen fidelísima
San Vicente
Ferrer, comúnmente llamado el Ángel del Apocalipsis por la unción celestial de
su palabra, profesaba una entrañable devoción a la Santísima Virgen desde los
albores de su infancia. Él fue quien introdujo la piadosa y laudable costumbre
de saludar a María después del exordio de los sermones, costumbre que se ha
conservado hasta el presente. El amor que sentía por esta bondadosa Madre lo
comunicaba a todas las almas que convertía, asegurando por este medio su
perseverancia en el bien. Al pie de una imagen que veneraba en su celda buscaba
las luces necesarias para el ejercicio del ministerio de la predicación, y este
era el resorte secreto del éxito admirable de su palabra.
Irritado el
espíritu del mal por las innumerables almas que arrebataba a su imperio, empleó
todos sus recursos infernales para hacerle perder la vida de la gracia. Empezó
por tentarlo de un modo violento y terrible contra la angelical virtud de la
pureza, que Vicente amaba con sin igual ardor y cuidaba con indecible esmero.
Un día en que se ocupaba en preparar un discurso sobre esta misma virtud, rogó
encarecidamente a la Santísima Virgen que se la conservara por toda la vida.
Mas, no bien hubo formulado este ruego, cuando oyó una voz que le decía:
«Vicente, no puedo concederte lo que me pides porque muy luego perderás la
virtud que tanto estimas».
Trémulo,
confuso y abismado en amarguras quedó el glorioso Apóstol al oír aquella
respuesta, que creía ser de los labios de la dulce Madre a quién había
invocado. Y postrándose con el alma atribulada y los ojos anegados en lágrimas
a los pies de su querida imagen le decía: ¿Cómo es posible, Madre mía, que
consientas que este hijo que tanto te ama manche su cuerpo y su espíritu con un
pecado que me hará indigno de presentarme ante tus ojos virginales? Todo lo
temo de mi miseria, pero también todo lo he esperado siempre de tu protección;
¿y ahora me abandonas a mi miseria, negándome tu amparo?
Compadecida la bondadosa Madre de las angustias de Vicente, le hizo oír estas
palabras: «No te aflijas, querido hijo mío, porque la voz que te ha puesto en
tanta congoja, es la voz de Satanás que quería inducirte a la desesperación:
consuélate, pues has de saber que mientras tú me seas fiel, yo lo seré también
contigo, intercediendo por ti ante mi divino Hijo».
Estas consoladoras
palabras devolvieron la paz al corazón de Vicente y tornaron en suavísima
alegría su pasada tristeza. Teniendo por defensora a la que es fuerte como un
ejército ordenado en batalla, no temió ya los asaltos del infierno. Esta
asistencia maternal de María se hizo sentir especialmente en la última hora de
su siervo fiel, anticipándole con su presencia las delicias del cielo y
arrojando de su lecho de muerte al espíritu maligno que intentaba dar el último
asalto a aquella alma privilegiada.
La Santísima
Virgen es fiel hasta la muerte con los devotos suyos que imploran su asistencia
en el peligro y le sirven con fidelidad en la vida.
Jaculatoria
En tu regazo,
¡oh María!,
Desde hoy dejo el alma mía.
Oración
¡Oh María!,
madre de Dios y madre nuestra, nosotros venimos hoy a vuestros pies en
solicitud de nuevas gracias y de nuevos favores, porque sabemos que jamás se
agota vuestra piedad y amor para con vuestros hijos necesitados. Vos sabéis que
vivimos en un mundo que tiende a todas horas lazos a nuestra inocencia. Pero
nosotros que os hemos escogido por madre y prometido despreciar las pompas y
vanidades del mundo, venimos a protestaros que con el auxilio de la gracia
jamás nos separaremos de la senda que nos habéis trazado con vuestros ejemplos
y virtudes. No, Señora nuestra, el mundo no tendrá encantos bastante poderosos
para inducirnos a olvidar por un momento las dulzuras de vuestro amor, ni
cadenas bastante fuertes que nos retengan lejos de vuestro lado. ¡Ah, qué sería
de nosotros sin vos!, ¡a dónde iríamos a buscar el consuelo en nuestras penas y
el alivio en nuestras dolencias; en qué fuente iríamos a beber esos goces
purísimos con que sabéis recompensar el amor de los que os buscan; a dónde
iríamos a buscar luz en nuestras dudas, dirección en nuestros negocios, consejo
en nuestras vacilaciones! ¿Quién se compadecería de nuestra miseria, quién
tomaría a su cargo los intereses de nuestra salvación, quién intercedería por
nosotros delante de Dios, nuestro juez? ¡Ah!, ¡quién sino vos, dulce Madre, que
no desoís jamás los clamores de vuestros hijos y que tenéis siempre pronta
vuestra diestra para arrancar de los brazos de la misma muerte a los que iban a
perecer! Con vos todo lo tenemos: gracia, consuelo, salvación. Ayudadnos, y
seremos siempre vuestros fieles hijos y vuestros rendidos siervos. Amén.
3 avemarías
Prácticas
espirituales
1. Ofrecer al
Sagrado Corazón de Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María, todos
nuestros pensamientos, palabras, obras, trabajos y sufrimientos en satisfacción
de nuestros pecados.
2. Rezar
devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.
3. Hacer un
acto de mortificación interior o exterior en honra de los dolores de María.