De
otras razones y argumentos de la resurrección de Cristo
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Sábado
de la II semana de Pascua
De
otras razones y argumentos de la resurrección de Cristo.
PUNTO
PRIMERO. Considera los argumentos de palabra que haría Cristo a sus discípulos,
y las razones que les daría para probar su resurrección, entre las cuales tendrían
el primer lugar las de las sagradas Escrituras, probándoles con muchos
testimonios de los profetas, que había de morir y resucitar, y que se había
cumplido ya en él lo que habían profetizado los antiguos del Mesías, según lo
refiere san Lucas en su Evangelio: oye lo que dice Cristo, considera cómo se
cumplieron en su persona todas las profecías que había de él, y saca de aquí lo
primero grande fe y estima de la palabra de Dios, pronunciada por boca de sus
doctores y predicadores, por cuyas lenguas nos enseña las verdades católicas y
el camino del cielo; lo segundo, que así como se cumplieron en Cristo todas las
cosas que estaban determinadas por Dios y escritas de los profetas, de la misma
manera se cumplirán en ti las que Dios tiene decretadas según su santa y divina
voluntad, a la cual te debes rendir, diciendo una y muchas veces: cúmplase en mí,
Señor, tu voluntad, y lo que tienes ordenado y dispuesto de mí.
PUNTO
II. La segunda razón fue, porque como dijo el mismo Señor, convino que Cristo padeciese
y que entrase así en su gloria, y que resucitase de los muertos para premiar a
su cuerpo, que tanto había padecido por los hombres: de esta razón has de sacar
afectos de grande paciencia y mortificación, persuadiéndote a que conviene
padecer, para merecer la corona del cielo, que si Cristo hubo de entrar en su
gloria, la cual le pertenecía como á Hijo y heredero de Dios, por la cruz y la
paciencia, por la misma es necesario que entres tú en la gloria, que no es
tuya: entra en cuentas contigo, y mira en el acatamiento divino qué paciencia y
mortificación has tenido hasta aquí, y con qué títulos puedes pedir el cielo ,
y anímate en adelante a llevar tu cruz en compañía del Salvador, para ser
coronado con él.
PUNTO
III. Otra razón fue para alentar nuestra esperanza con el premio de la resurrección;
porque como dice san Pablo, si Cristo no resucitara, descaeciera nuestra
esperanza, no teniéndola de nuestra resurrección, creyendo que nuestros cuerpos
se habían de quedar hechos tierra sin recobrar la vida, ni resucitar a recibir
el premio de sus trabajos. Para alentar esta fe y confianza, resucitó Cristo y
se ostentó glorioso a los discípulos, enseñándoles que de la misma manera había
ellos de resucitar, y todos los hombres que le imitasen en la vida; mira con
los ojos del alma a Cristo resucitado, glorioso y resplandeciente más que el
sol. Contempla despacio su gloria, y cómo dieron fin sus penas y no le darán
sus premios, y mira que otro semejante premio te espera, si le imitares con tus
obras, y anímate grandemente a servirle, y a padecer por su amor con la
esperanza de tan crecido galardón.
PUNTO
IV. Otra razón hubo de la resurrección del Salvador, que fue declarar su
omnipotencia y hacer alarde de su caridad, y mostró su omnipotencia resucitando
su cuerpo difunto con su propia virtud, y mostrando con la obra lo que había
dicho de palabra, que tenía potestad de tomar su alma, y dejarla y volverla a
tomar; esto es, dar la vida y volverla a recobrar, como se vio en su muerte y resurrección;
mostró su caridad, resucitando consigo muchos santos, los cuales vinieron a la
ciudad y aparecieron a muchos, como lo dice san Mateo, y fueron testigos
irrefragables de su resurrección: todos los cuales en primer lugar vendrían a
la Santísima Virgen, y le darían el para bien de la resurrección de su precioso
Hijo; rumia este panal de miel, y saca el jugo de la devoción para tu alma;
reconoce la omnipotencia divina, y que no hay cosa imposible a su poder y
voluntad, y aviva tu esperanza en todo cuanto esperares de su mano, confiando
que lo alcanzarás: mira también cómo abrevió los plazos de la resurrección, y
sin esperar al último día, resucitó a los santos que resucitaron con él; y confía en su piedad que alcanzarás lo que
pidieres, aunque sea necesario para esto abreviar los plazos de hacerte merced,
y aprende juntamente a ser caritativo con tus hermanos, y a no limitarte a
tiempos ni lugares para hacerles bien. Pídele al Señor esta gracia, por la que
hizo a estos santos, poniéndolos por intercesores, que él te la concederá
abundantísimamente.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
La meditación de mi
corazón se hace siempre, oh Dios mío, en vuestra presencia.
Salmo 18, 15
Según
definición de San Juan Crisóstomo, la oración mental es una conversación íntima
y familiar del alma con Dios: Est colloquium cum Deo.
En la
oración se habla a Dios como un amigo hablaría al amigo, un hijo a su padre:
vertemos en su corazón nuestras penas, le descubrimos nuestras miserias y
nuestras imperfecciones, para que las cure. «En la oración —dice San Agustín—
el corazón habla a Dios, como en la conversación la boca habla a los hombres; y
si el corazón no tiene amor, todo está mudo, todo está muerto».
Ahora
bien; ningún santo más que San José puede iniciarnos en este comercio con Dios,
pues nadie como él tuvo la suerte de pasar una gran parte de su vida en la
estrecha intimidad de Jesús. «Las personas de oración —dice Santa Teresa— deben
ser muy devotas de San José; y las que no tienen director que las instruya en
esta santa práctica, no tienen más que tomar por guía a este Santo admirable,
seguros de no extraviarse».
San
Juan Evangelista y San Pablo fueron contemplativos en grado sumo; el primero,
porque, llamado, a reposar sobre el Corazón de Jesús, entró en un suave y
profundo éxtasis; el segundo, porque, arrebatado hasta el tercer cielo,
descubrió inefables arcanos. Pero ¿quién podrá contar todos los éxtasis, todos
los secretos, todas las luces con que fue favorecido San José, que por espacio
de tantos años tuvo la suerte de reposar sobre ese Corazón, Santuario vivo de
la Divinidad, y de hacerle reposar sobre el suyo, que ardía en tanto amor?...
¡Ah, qué dulce sueño tomaba Jesús sobre vuestro pecho, oh bienaventurado Padre
mío, y qué dulce descanso gustabais vos sobre su Corazón!… De vos deben
aprender las palomas y las águilas —es decir, las almas más sencillas y las más
elevadas— a dirigir su vuelo hacia el cielo y a contemplar el Sol divino de
justicia. En efecto, ¿podrá imaginarse una oración más excelente que la de San
José, que estaba siempre en la presencia del Arca de la verdadera Alianza y
junto a su Dios soberanamente amable?…
Aprendamos
de este gran Santo cómo debemos hacer este saludable ejercicio, para recoger,
como él, frutos abundantes de piedad.
La
vida de San José era una continua oración: nada podía sacarlo de su habitual
recogimiento. Según la hermosa observación de San Agustín, este gran Santo es
el templo de Dios mismo; doquiera vaya, es el templo de Dios que va o que
viene, que entra o que sale. Él es siempre —añade San Ambrosio— la habitación
secreta en que Jesucristo nos ordena entrar para hacer oración; y esa
habitación es su corazón, en el que están encerradas sus penas, y donde todos
sus sentidos están perfectamente recogidos. Todo lo lleva a Dios, todo le habla
de Dios, todos sus pensamientos son para Dios.
Lo
mismo estaba recogido San José en los viajes, en los trabajos, en las
relaciones con el prójimo, como en el interior de la casa de Nazaret, cuando
estaba solo con Jesús. Ese recogimiento continuo, esa fidelidad en permanecer
siempre unido a Dios, producía en su alma una paz inalterable, una tranquilidad
que mantenía todas sus potencias en una calma profunda. Jamás se abandonaba
enteramente al exterior, sino que a sus acciones unía continuas adoraciones y
plegarias.
Si
queremos tener, como San José, una gran facilidad para orar, debemos procurar
estar recogidos durante el día, custodiar con diligencia las puertas de
nuestros sentidos y, según el consejo del Espíritu Santo, preparar nuestra alma
antes de presentarnos delante de Dios.
San
José no perdió jamás de vista los divinos misterios de Jesucristo: recogía
todas sus palabras y lecciones, y se alimentaba con ellas; admiraba los
prodigios de su humildad, su amor a la vida oculta, la ciega obediencia a las
órdenes de un pobre obrero. Los Profetas proporcionaban a San José la materia
de los misterios que aún no se habían cumplido. David, en el Salmo 21, e
Isaías, llamado con toda verdad el quinto evangelista, le presentaban todas las
circunstancias de la Pasión de Jesús. «Nosotros lo hemos visto; era el más
despreciable y el último de los hombres, varón de dolores y que sabe qué es
sufrir. Su rostro está oscurecido por el desprecio, como señal de que no hemos
hecho caso de Él. Verdaderamente tomó sobre sí todas nuestras angustias y cargó
todos nuestros dolores, hasta ser a nuestros ojos semejante a un leproso, como
un maldito de Dios, como un abandonado…»
Jesús
Crucificado es el Sol que ilumina al alma fiel; sus llagas son focos de luz que
le descubren los secretos impenetrables de su amor y los sacrificios que tiene
derecho a esperar en reconocimiento de sus beneficios. ¡Ah, si supiéramos, como
San José, penetrar por medio de la fe y el amor en el interior de Jesucristo,
qué pronto seríamos hombres de oración y de santa devoción!…
«Si
todavía no sabéis —leemos en la Imitación de Cristo— elevaros a la
celestial contemplación, apoyaos en la Pasión del Salvador y desead permanecer
en sus sagradas llagas».
La
meditación de las perfecciones y de los padecimientos de Jesucristo es como el
fundamento de todo el edificio espiritual; lo llena de sus luces y de sus
máximas, y a fuerza de representarnos su imagen, esta se va esculpiendo en
nuestro corazón tan profundamente, que produce esos frutos admirables de
santificación prometidos a todos los que son fieles en permanecer en Él. Qui
manet in me, hic fert fructum multum. Jesucristo es ese tesoro infinito que
ha sido dado a los hombres, y que hace amigos de Dios a todos los que saben
aprovecharlo. Bienaventurado —exclama el Profeta— aquel a quien cupo la suerte
de tenerle por maestro, porque consigue al mismo tiempo la luz para comprender,
el fervor para obrar y la constancia para perseverar.
«Jesucristo
—dice San Francisco de Sales— es el árbol misterioso del deseo de que habla la
santa esposa de los Cantares; y a sus pies es donde se debe ir a buscar la
brisa suave, cuando el corazón se ha dejado absorber por el espíritu del siglo.
Es el verdadero pozo de Jacob, esa fuente de agua viva y pura; y es menester
acercarse a ella con frecuencia, para purificar el alma de todo pecado. Así
como los niños, a fuerza de oír hablar a sus padres y esforzándose por
balbucear, aprenden a hablar el mismo idioma, así también, uniéndose el alma a
Jesús en la oración y meditando sus palabras y sentimientos, aprenderemos con
el auxilio de la gracia a hablar como Él, a juzgar como Él, a obrar como Él y a
amar todo lo que Él ama. Jesús se llamó a sí mismo el Pan bajado del cielo,
para decirnos que así como se come el pan con toda suerte de alimentos, así
también debemos gustar de tal modo el espíritu de Jesucristo en la meditación,
que, habiéndonos servido de alimento, le hagamos entrar en todas nuestras
acciones».
Considerad
cuál es el misterio de la vida y pasión de Jesucristo que más os conmueve y que
produce en vuestro corazón una impresión saludable; mantened vuestra atención
todo el tiempo a que os invite la gracia, y de este modo empezaréis a gustar de
los misterios de la vida del divino Salvador; porque la causa que impide
apreciarlos debidamente, es porque no se piensa en ellos sino de una manera
superficial, sin particularizar sus detalles y sin dedicarles una perseverante
meditación.
El
misterio que se medita no debe considerarse como pasado, sino imaginarlo como
presente, porque, en efecto, está presente a los ojos de Dios. Si la acción del
misterio es pretérita, no ha pasado empero su virtud, ni mucho menos el amor
con que Jesucristo ha obrado, por cuanto ese amor es infinito, inmutable,
siempre el mismo, tan ardiente como cuando dio su vida por nuestra salvación, y
está dispuesto a renovar el sacrificio, si fuera necesario.
No
olvidemos que cuanto Jesucristo dijo, hizo y sufrió, lo dijo, hizo y sufrió por
cada uno de nosotros. Nadie puede dejar de decir con toda verdad lo que de sí
dijo el Apóstol: «Jesucristo me amó y se sacrificó por mí». No daría el sol
mayores luces, si yo únicamente gozara de sus rayos. Así también, aun cuando yo
hubiera sido el único pecador del mundo, el Sol divino de justicia no hubiera
hecho brotar de su seno, sobre mí, ni menos luz, ni menos calor. Es certísimo
que cada una de sus palabras fue dicha para mí, cada una de las gotas de su
Sangre corre para mí, es para mí cada una de sus acciones, para mí todos sus
padecimientos; todo por mi intención y para mi provecho. Idque mei causa.
En
todas vuestras oraciones pedid a Jesucristo la gracia de comprender bien con
qué intención, con qué fines y en qué condición se hizo Hombre por vosotros, se
hizo pobre y obediente por vosotros, cuál fue su pensamiento muriendo por
vosotros, resucitando por vosotros. Idque mei causa.
Que
vuestra fe os tenga a Jesucristo tan presente, que creáis verle siempre y obrar
a su respecto como lo hacía San José cuando vivía con Él sobre la tierra. Haced
de modo que sea, no sólo el objeto o el testimonio de vuestra oración, sino que
tome parte en ella como si quisiera hacer con vosotros una conversación toda
santa. Manifestadle vuestro amor con palabras tiernas o con la sola efusión de
vuestro corazón, según os lo dicte Él. Espíritu Santo, cuyas inspiraciones
debemos seguir; y pues que lo que buscamos no es otra cosa sino Él, debemos
estar contentos y satisfechos cuando le hemos hallado.
Que
nuestra inteligencia no obre en nuestra oración sino en cuanto es necesario
para mover el corazón. Si Dios en su misericordia quiere, sin la ayuda de la
imaginación, llenaros el alma de una suave paz y de admiración por la verdad
que la fe os descubre, o bien del deseo de pertenecerle por entero, permaneced
tranquilos, sin ocuparos en ningún otro pensamiento, aun cuando os pareciera
muy santo; porque en esta paz interior, el alma encuentra el fruto y el fin de
todos sus anhelos.
Toda
la vida de San José fue una continua oración. ¡Oh, cuántas veces ese
bienaventurado tutor del Niño Jesús iba como casta abeja recogiendo el jugo de
la más pura devoción, en esa hermosa flor que era Jesús! ¡Cuántas veces, como
el pájaro solitario, iba a descansar sobre el techo de ese augusto templo de la
Divinidad!… Y viendo a aquel Niño dormido sobre su pecho, y pensando en el
eterno descanso que habría de tomar sobre el pecho del Padre Celestial:
«Descansad —le decía—, Verbo Encarnado, Vos que dais el descanso a todas las
criaturas, y que derramáis la alegría y la dulzura de la paz como un río
fecundo en el corazón de los hombres»; o bien, volviendo al cielo sus miradas:
«¡Oh estrellas, oh sol, he aquí el que os ha sacado de la nada y os conserva todo
vuestro esplendor!»; o considerando las divinas perfecciones de Jesús: «¡Oh
Hijo de Dios vivo, cuán amable sois! ¡Ah, si los hombres os conocieran! ¡Oh
mortales, abrid los ojos, he aquí vuestro tesoro, vuestra salvación, vuestro
rescate, vuestra vida, vuestro todo!...»
He
aquí cómo el alma piadosa, después de haberse ejercitado en amar a Dios en la
meditación, habla amorosamente con Él en coloquios llenos de ternura.
San
José no hablaba continuamente con Jesús: a veces se contentaba contemplándolo,
y gozando en profundo silencio de la beatitud de su divina presencia. Es en
esta forma como el comercio con Dios llega en la oración a una unión simple y
familiar, que la lengua humana no puede expresar. Con Él se está como con un
verdadero amigo; no se pondera todo cuando se dice, pero se le habla
espontáneamente, sin un orden preconcebido, pero de todo corazón. Se tienen mil
cosas para decir o preguntar a un amigo, que se olvidan luego, sin que por ello
pase el placer de la compañía. Todo está dicho sin hablar palabra; se goza con
sólo estar juntos, saboreando las dulzuras de una santa y dulce amistad; se
calla, pero se entienden en silencio; se sabe que se está de acuerdo en todo, y
que los dos corazones no forman sino uno solo. ¡Bienaventuradas las almas
interiores que, como San José, por su fidelidad a la gracia llegan a esta
familiaridad afectuosa con Dios!
Pleno
de humildad y penetrado de su nada, San José unía sus oraciones a las de Jesús,
para dar gracias a Dios por todos los beneficios que recibía. «Yo soy una nada
—decía—; nada puedo, nada tengo que ofreceros, Dios mío. Pero tengo este Hijo
divino que me habéis dado: os adoro por medio de Él, y os doy gracias por sus
méritos. No me miréis a mí, pues nada tengo que ofrecer a vuestros ojos. Y ¿con
qué títulos podría presentarme delante de Vos? Pero mirad este Hijo: es el
vuestro y es el mío. Respice in faciem Christi tui.
Jesucristo
—dice el gran Apóstol— es el mediador entre Dios y los hombres; subió al cielo
para apoyar nuestras oraciones con su mediación omnipotente: Ut appareat
vultui Dei pro nobis. En esta forma, nuestras oraciones, unidas, como las
de San José, a las oraciones de Jesucristo, no son ya oraciones puramente
humanas: están llenas de la santidad de Jesucristo; no son sino una sola y
misma oración con las del Hijo de Dios; son como Él divinas, y por lo mismo,
son siempre escuchadas con todo el respeto que a Él es debido.
En una
palabra, San José sacaba de la oración los más preciosos frutos, animaba todas
sus acciones exteriores con el espíritu interior que perfeccionaba con este
santo ejercicio, y crecía continuamente en el conocimiento y el amor de
Jesucristo. Animados con su ejemplo, no nos contentemos tan sólo con hacer
oración por la mañana y por la noche, sino que el día entero sea para nosotros
de ininterrumpida oración; y así como durante el día se digiere el alimento
material, así también, mientras estamos ocupados en los quehaceres comunes,
tratemos de alimentarnos del pan de la verdad y de la caridad, que nos
proporciona la oración.
MÁXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
En
todo lugar, en medio de vuestras ocupaciones exteriores, esforzaos por
permanecer libres internamente y tan dueños de vosotros mismos, de manera que
todo esté sometido a vuestra voluntad (Imitación de Cristo).
Sed
fieles en hacer cada día un cuarto de hora de oración, y en nombre de
Jesucristo os prometo el cielo (Santa Teresa de Jesús).
Una
lágrima derramada meditando la Pasión de Jesucristo, vale más que un año pasado
a pan y agua (San Agustín).
AFECTOS
Oh,
bienaventurado José, hombre según el Corazón de Dios, no me canso de admirar
los tesoros de la gracia encerrados en vuestra hermosa alma. Jesús y María
ocupaban solos todo vuestro corazón. Modelo admirable de recogimiento y de
fervor, habéis recibido una gracia especial para atraer a las almas a Dios con
la práctica de la oración. Por vuestra intercesión os pido que sea iluminada,
purificada y santificada la mía: introducidla en aquel santuario de la vida
interior, de la que me inspiráis una tan grande estima y un tan ardiente deseo.
Pero ¡ay de mí, que no soy capaz de mantenerme recogido y unido a Dios ni el
tiempo que dura la más breve oración! Haced que de ahora en más sea fiel a las
inspiraciones de la gracia, a fin de que, siendo Jesús mi tesoro y mi todo,
encuentre, como vos, mis delicias en estar junto a Él. Así sea.
PRÁCTICA
Invocar a San José
al comenzar y al terminar la oración.