De
la paz y gozo espiritual que tuvo nuestra Señora.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Sábado
de la IV semana de Pascua
De
la paz y gozo espiritual que tuvo nuestra Señora.
PUNTO
PRIMERO. Considera la paz interior que gozó perpetuamente la Beatísima Virgen,
unida su voluntad íntimamente con la de Dios, sin tener movimiento en
contrario, tan superior a todas las cosas de este mundo como si no viviera en
él, teniendo su corazón fijo en las eternas como si fuera moradora del cielo y
no de la tierra. Alaba al Señor con esta celestial Reina por las grandezas que
usó con ella, y pídele que te alcance un grado de la paz y de la gracia
altísima que tuvo.
PUNTO
II. Considera la paz que tuvo con todos mientras vivió, sin romper jamás o
disminuir el vínculo de la fraterna caridad, con perfectísimo amor y
sufrimiento con sus prójimos, dando siempre bien por mal: y como dice san
Gerónimo, poniendo paz entre todos con ardentísima caridad. Contempla la que
tuvo esta celestial Virgen , y aprende de su ejemplo a ser ángel de paz con
todos tus hermanos.
PUNTO
III. Considera el gozo interior de su alma ilustrada con las noticias del cielo
y alumbrada con las divinas ilustraciones de la esencia de Dios y sus infinitas
perfecciones y del culto y reverencia que le daban todas las criaturas, en
especial los ángeles y varones perfectos, y de las mercedes que les hacía,
comunicándoles sus gracias y dones celestiales, y también por las que la misma Virgen
recibía de su mano; como ella misma lo testificó, diciendo: mi alma engrandece
al Señor y mi espíritu se alboroza en Dios mi Salvador, por las grandezas que
ha obrado en mí el que es todo poderoso. Contempla aquel mar de júbilo y alegría
en que se bañaba su alma: gózate de su gozo y pídele que te haga participante
de su devoción para servir y amar al Señor.
PUNTO
IV. Contempla el gozo que tuvo de la felicidad de su Santísimo Hijo y de la que
alcanzaron los santos, en especial el bienaventurado san José, su meritísimo
esposo, y san Juan Bautista y otros santos, a quien tanto trató y amó en este
mundo, y de las mercedes que Dios hizo a los hombres, y en especial a aquellos
por quien la misma Virgen intercedió, y las gracias que daría a Dios por ellas;
y pídele que se acuerde de ti y hable una palabra a Dios y que te alcance
gracia para despreciar lo terreno y apreciar lo celestial para amar a Dios
perfectísimamente, buscando en todo su mayor gloria y honra como la misma Virgen
la buscó.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA EN EL
NACIMIENTO DE JESUS
MES DE MAYO
DE
MARÍA INMACULADA
POR EL PRESBÍTERO
Don Rodolfo Vergara
Antúnez
Por
la señal de la santa cruz…
DÍA 9
CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA EN EL
NACIMIENTO DE JESUS
Consideración
En una mañana de invierno nebulosa y triste,
dos viajeros, un hombre noble y fuerte y una mujer joven y hermosa, dejaban a
Nazaret y tomaban el camino de Belén. Eran José y María que, obedeciendo a las
órdenes imperiales, iban a inscribir sus oscuros nombres en la ciudad de sus
antepasados. El viaje era largo y penoso: María se hallaba en el último mes de
su preñez, pero soportaba con humilde resignación las asperezas del camino.
Multitud de alegres y presurosos viajeros subían a la ciudad de David para
buscar albergue bajo el techo de las posadas. José fue a golpear también a sus
puertas en demanda de un aposento para pasar la noche, que dejaba ya caer sus
sombras sobre el mundo. Pero no hubo ni un rincón para ellos, que no podían
ofrecer a los hospederos una moneda de oro, como precio de la hospitalidad.
Llegaba la noche, y los dos esposos habían reclamado en vano un pobre techo
bajo el cual guarecerse; ninguna puerta se abría para darles hospitalario
asilo. Tristes pero resignados, salieron de Belén sin saber adónde dirigirse.
No lejos de la ciudad descubrieron a la luz de los postreros resplandores del
crepúsculo, una caverna horadada en una enorme roca que daba asilo a algunos
animales. Ambos viajeros bendijeron a la Providencia, que les preparaba aquella
agreste morada en que pasar la noche. Y allí, reclinada en una dura roca, María
dio a luz al Redentor del mundo, en la mitad de una noche fría y tenebrosa.
Así es como nace al mundo el soberano
dueño de todas las riquezas. Busca un pesebre por palacio, una roca por cuna y
unas toscas pajas por lecho. Pero como dice San Bernardo, esos panales son
nuestras riquezas y son más preciosos que la púrpura, ese pesebre es más
glorioso que los tronos de los reyes. Pero María, olvidándose de tan tristes
apariencias, abre su corazón al gozo más puro. Acaba de dar a luz al Verbo
encarnado. Y si todo le falta, si el mundo le niega hasta un oscuro asilo, en
cambio ella se entrega a los transportes del amor maternal y ese amor la
indemniza de todos sus sufrimientos. Ella lo adora como a Dios y lo acaricia
como a hijo, e inclinándose amorosamente sobre él, exclama, dice san Basilio:
«¿Cómo os deberé llamar?… ¿Un mortal? Pero yo os he concebido por operación
divina… ¿Un Dios? Pero vos tenéis cuerpo de hombre… ¿Debo yo acercarme a Vos
con el incienso u ofreceros mi leche? ¿Es preciso que yo prodigue los cuidados
de madre, o que os sirva como vuestra esclava con la frente en el polvo?».
¡Oh sublimes anonadamientos de Jesús y de
María! ¡Bajo qué humilde techo se hallan asilados el Criador del cielo y la
Reina de los ángeles! ¡María da a luz al Salvador del mundo y no tiene otro
lecho que darle que unas húmedas pajas! ¡Digna madre de aquel que no tendrá
dónde reposar su cabeza, que vivirá trabajando durante su vida hasta darla por
el hombre en la Cruz!
Estaban velando en aquellos contornos unos
pastores y haciendo centinela de noche sobre su rebaño, cuando de repente un
ángel del Señor apareció junto a ellos y los inundó con su resplandor una luz
divina; lo cual los llenó de sumo temor. Díjoles entonces el ángel: «No temáis,
pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo, y es que
hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, Señor
nuestro. Sírvaos de señal que hallaréis al niño envuelto en pañales y reclinado
en un pesebre». Al mismo tiempo se dejó ver con el ángel un coro numeroso de la
milicia celestial que alababa a Dios cantando: «Gloria a Dios en los cielos
ypaz en la tierra a los hombres de buena voluntad».
Cuidemos mucho no suceda lo que ocurrió en
Belén, donde Jesucristo no encontró lugar para nacer en las hospederías.
Procuremos lo encuentre en nuestros corazones, donde desea siempre permanecer
con su divina gracia.
Ejemplo Las primeras lágrimas de un pecador
Un sacerdote salía de una de las cárceles
de París.
—Señor Cura (le dijo un carcelero):
tenemos aquí un hombre condenado a muerte: muchos de la clase de Vd. han
ensayado hablarle de religión; pero él se ha negado a escucharles; está
furioso; quiere romper su cabeza contra las paredes, y ha sido menester encerrarle
en un calabozo… ¿Quiere Vd. verle?
—Vamos allá, respondió el sacerdote.
El carcelero le condujo por un corredor
sombrío y subterráneo: se abrió una puerta, y vio a un desgraciado, tendido
sobre una cama de hierro y cubierto con una camisa de fuerza. A la vista de una
sotana, sus ojos se inflamaron y gritó furioso:
—¿A qué venís? ¿No he dicho ya que no
quería confesarme? Salid… salid…
—Pero, amigo mío (repuso el ministro del
Señor), yo no vengo a confesaros: vos estáis solo; os debéis fastidiar mucho, y
vengo a daros algún consuelo.
—Enhorabuena (le contestó). Tiene Vd. cara
de buen hombre. Siéntese aquí.
Y le señaló una gruesa piedra, que había
en un rincón del calabozo.
El sacerdote no se lo hizo repetir, y
aceptó el asiento. El preso le contó su historia. Era un joven de veintinueve
años, de honrada familia, si bien su educación religiosa había sido
completamente descuidada. Hacía algunos años llevaba una vida criminal, hasta
el punto de ser cogido y sentenciado a la última pena. Cuando hubo terminado su
historia, el sacerdote ensayó hacérsela contar de nuevo en forma de confesión.
Lo comprendió el preso, y prorrumpió en horrorosas blasfemias. El sacerdote
sólo pudo obtener de él la promesa de rezar todos los días el Acordaos,
piadosísima Virgen… Muchas veces repitió el sacerdote sus visitas; pero
todas eran estériles. El desgraciado preso estaba convencido de que sus
crímenes eran demasiado enormes y que no había misericordia para él.
Sin embargo, un día en que el infeliz
contaba de nuevo su historia, el sacerdote, convertido en su mejor amigo, le
interrogó como se hace a cualquiera que se confiesa.
Advirtiólo el preso, pero no se opuso a
ello; y cuando hubo concluido, el sacerdote le dijo:
—Amigo mío, acabáis de confesaros y no os
falta más que un verdadero arrepentimiento.
Entonces, cogiéndole las manos con
ternura, le indujo a arrodillarse sobre la cama; invocó sobre su cabeza las
bendiciones de Dios, y, con toda la simpatía y la caridad de un apóstol,
conjuróle a detestar sus culpas, hasta que por fin oyó escapársele del pecho un
profundo suspiro, seguido de estas palabras:
—¡Ah! Sí me arrepiento. ¡Cuán bueno es
usted! ¡Me ha levantado un peso enorme, que oprimía mi corazón!
Luego enjugando dos lágrimas que brotaban
de sus ojos exclamó:
—¡Esto sí que es chusco!… Parece que
lloro; ¡yo… que no había llorado nunca! ¡Yo, que he visto morir a mi pobre
madre, a quien amaba, y de cuya muerte sin duda fui causa!… ¡Y no lloré! ¡Yo,
que sin llorar oí la lectura de la sentencia de mi muerte! Todas las mañanas
cuando veía aparecer el sol por entre las rejas, decía entre mí: ¡Quién sabe si
será por última vez! ¡y no lloraba!… ¡y hoy lloro!… ¡Cuán bueno sois, Dios mío!
¡Cuán bella y consoladora es la Religión! ¡Cuánto me pesa no haberos conocido
antes! No me vería en tan triste estado.
Y dejándose caer de rodillas, y cogiéndose
de la sotana del sacerdote, le dijo:
—Padre mío, acérquese más; no se aparte de
mi lado, y oremos juntos, pues si rezo solo, Dios no me escuchará.
Arrodillóse el sacerdote y mezcló sus
lágrimas con las del criminal arrepentido. Algunos días después, el desgraciado
joven; lleno de resignación cristiana, llevaba su cabeza a la guillotina,
asistido hasta el último momento por su fiel amigo, que había obrado en su
espíritu tan maravillosa transformación.
María no se deja vencer jamás en
generosidad: los más pequeños sacrificios hechos en su obsequio los retribuye
con la munificencia de una reina y con la bondad inagotable de una madre.
El mismo fin podemos alcanzar para muchos
infelices pecadores, si por ellos rogamos con fervor a la Madre de Dios,
refugio de pecadores.
Jaculatoria
Esperanza del que llora,
Refugio de pecadores,
Ven a mi amparo, Señora.
Oración
Cuando nuestra conciencia gime sintiendo
la espina del pecado, cuando nuestro corazón está oprimido por el dolor, cuando
negros temores nos asaltan en orden a nuestra salvación: nuestro único consuelo
y nuestra sola esperanza es poder levantar nuestros ojos llorosos hacia vos,
¡oh, Madre de Dios y Reina omnipotente del cielo! Henos aquí, ¡oh, Virgen
santa!, ¡Oh, estrella del mar y consoladora de los que padecen!, henos aquí
prosternados a vuestros pies para saludaros y bendeciros en nombre de todos los
pecadores penitentes, de todas las almas atribuladas y de todos los peregrinos
de la vida, por la inconmensurable gloria de que disfrutáis en el cielo.
Descended también vosotros, ¡oh, espíritus angélicos!, a celebrar con nosotros
la gloria de nuestra Soberana, fuente de todos los bienes y santuario de todas
las virtudes. ¡Oh, amiga querida!, desde el solio de vuestra grandeza, lanzad
hacia nosotros una mirada compasiva; ved las llagas de nuestras almas, ved la
inconstancia de nuestras resoluciones, ved las malas inclinaciones que se
abrigan en nuestro corazón. Sed nuestra mediadora delante de vuestro Hijo y
reconciliadnos con nuestro Supremo Juez. Recordadle vuestros dolores y alegrías
del pesebre en aquella triste noche de angustia y desamparo, pero también de
indecible gozo para vos. No olvidéis, ¡oh, Madre!, que a nosotros infortunados
pecadores, debéis la diadema inmortal que ciñe vuestra frente. Sin nuestros
pecados no habríais sido Madre de Dios; sin nuestra miseria no habríais sido
llamada Madre de misericordia y de gracia; nuestra pobreza os ha enriquecido y
nuestros vicios enaltecido. Recibidnos, pues, bajo vuestra protección y no
ceséis de ser para nosotros madre compasiva y generosa, a fin de que,
sostenidos por vos en la vida, podamos alabaros eternamente en el cielo. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer tres actos de vencimiento de la
propia voluntad, privándonos de lo que más nos agrade.
2. Sufrir con paciencia las molestias y
contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos o tratamos.
3. Dar una limosna para el culto de la
Santísima Virgen en alguna iglesia pública.