Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Jueves
después del domingo de la Ascensión.
Sobre
la Ascensión del Señor.
PUNTO
PRIMERO. Considera el gozo que tuvieron los apóstoles, cuando Cristo se les
apareció y vino a despedir de ellos, el cual sería a medida del deseo de verle
y comunicarle. Pídele al Señor que no se parta sin visitarte y consolarte, como
hizo a sus sagrados discípulos, y que no mire a tus pecados, sino que te
consuele y anime, y te dé su santa bendición.
PUNTO
II. Considera que se les apareció estando comiendo ; porque Dios no señala
tiempo para sus consolaciones, y las da fuera de la oración, por las peticiones
que en ella hicieron, para que no se envanezcan los suyos, juzgando que por sus
fuerzas sacaron el agua de la consolación; ora y clama, y pide al Señor, y
espera en él, que siempre es fiel con los suyos, y cuando menos lo esperes
sentirás el fruto de tu oración, visitándote y consolándote fuera de ella, como
lo hizo con los sagrados apóstoles en esta ocasión.
PUNTO
III. Considera lo que advierte san Gregorio, que Cristo se sentó a comer con
sus discípulos, y que consagró el pan y le repartió, ý comió él mismo, y luego
se levantó al cielo, porque supiésemos la virtud de este divino manjar, que
levanta los corazones y las almas con Cristo al cielo, si le recibimos
dignamente ¡Oh Señor! dadme que yo me disponga una vez para recibiros como
debo; disponedme vos para vos, y abrase y eleve este fuego sagrado mi alma,
para amaros, desearos y serviros eternamente como debo.
PUNTO
IV. Contempla cómo Cristo llevó a sus discípulos al monte de los Olivos, que
son símbolo de paz; porque la paz es uno de los medios para subir al cielo; y cómo
se despidió de ellos con tan dulces palabras y tiernos abrazos; cómo les dio su
bendición; lo que sintieron sus corazones; el ansia que tendrían todos de
caminar con él; cómo subió poco a poco, porque le iba deteniendo el amor de los
que dejaba en el mundo; cómo se remontó y se interpuso una nube que le encubrió
de sus discípulos, en cuyos corazones no pudo dejar de hacer sentimiento la
pérdida de su vista, aunque fue sin culpa suya: mira no le pierdas tú de vista
por la tuya; considera la nube de pecados que has puesto entre Dios y tu alma,
y que pierdes su vista y sus favores por ellos; pide al Señor gracia para
enmendarte, y que no sean parte para desterrarte de su reino y perder su vista
eternamente.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Jesús no subió a los cielos
sin dejar a sus apóstoles una promesa consoladora que endulzara las lágrimas
que les ocasionaba su ausencia: la promesa de enviarles el Espíritu Santo. Los
discípulos, como ovejas sin pastor, después de recibir la bendición postrera de
su divino Maestro, se dirigieron al Cenáculo para aguardar allí, en la oración
y el retiro, la venida del Espíritu Consolador. María estaba en medio de ellos,
porque en la ausencia de Jesús, era la compañera inseparable de los
desconsolados huérfanos y la columna de la naciente Iglesia.
Diez días habían pasado en
expectativa de la promesa de Jesús, cuando en la mañana del décimo todos los
congregados en el Cenáculo sintieron un ruido a manera de viento impetuoso que
sacudió la casa desde sus cimientos. Era el Espíritu Santo que descendía sobre
los apóstoles en forma de lenguas ondulantes de fuego, que ardían sobre la
cabeza de cada uno de ellos como una ancha cinta batida por el viento.
Desde ese momento se operó
en los discípulos una completa transformación. Los que antes eran tímidos y
cobardes, que habían huido en presencia de los enemigos de su Maestro,
dejándolo abandonado entre sus manos, preséntanse con frente alta y corazón
animoso delante de los tribunales de la nación, que les intimaban la orden de
callar, para decirles con acento varonil y resuelto: «Antes que a los hombres
obedeceremos a Dios.» —Podéis, si lo tenéis a bien, mandarnos al patíbulo; pero
callar… non possumus, no podemos. Los que eran pobres e ignorantes
pescadores se trasformaron en sapientísimos doctores de las cosas divinas y en
inspirados maestros de las verdades de la Fe, y se esparcen por todo el mundo
conocido para predicar el Evangelio. Tanto fue el entusiasmo de que se
sintieron poseídos, tanto el amor que ardía en sus corazones, que las gentes
que los veían los creyeron tomados del vino. ¡Cuál sería el gozo de María al
contemplar estos estupendos prodigios! —Ella, tan interesada como el mismo
Jesús en la prosperidad de la grande obra fundada al precio de su sangre, debió
sentir inmenso júbilo al ver a esa falange de denodados atletas que iban a
extender por el mundo el fruto de la pasión de su Hijo arrancando a los
infieles de las sombras de la muerte.
La oración de María en el
Cenáculo, fue sin duda, la más poderosa para apresurar el advenimiento del
Espíritu Santo. Por su mediación debemos nosotros alcanzar también los dones y
gracias de ese mismo Espíritu. Aquel que puso en el dedo de María el anillo de
esposa y que cubrió su seno con la sombra de su poder para obrar el prodigio de
la Encarnación del Verbo, no puede olvidar la efusión de sus dones en favor de
aquellos por quienes se interesa. ¡Y cuánta necesidad tenemos de esos dones y
gracias! Cobardes, no nos atrevemos muchas veces a confesar con la frente
erguida y corazón entero la Fe de Jesucristo delante del mundo que la desprecia
y la insulta. Ignorantes de las cosas divinas y de las vías de la
santificación, necesitamos del espíritu de luz que alumbre nuestras
inteligencias, que nos haga conocer nuestros únicos verdaderos intereses, que
son los de la propia salvación, y que nos señale la ruta que a ellos conduce.
Tibios y pusilánimes para las cosas de Dios, habemos menester del espíritu de
amor que inflame nuestro corazón en las llamas de la caridad divina, y que
llenándolo de Dios, destierre de él todo afecto desordenado a las criaturas.
Siempre desidiosos en el servicio de Dios y en lo que concierne a la
santificación de nuestras almas, necesitamos del espíritu de piedad que nos
haga solícitos en el cumplimiento de aquellos ejercicios de piedad y de
devoción, que son para el alma como el rocío y el riego para las plantas, sin
los cuales no podrá producir fruto de santidad. Invoquemos a María siempre que
tengamos necesidad de algunos o de todos esos dones, seguros de que su
intercesión poderosa nos los alcanzará con abundante profusión.
Ejemplo María, Luz de los ciegos
Hay en Turín, consagrado a
María Auxiliadora, un templo venerando y eminentemente popular. Cuando en 1865,
el San Vicente de Italia, Don Bosco, fundador de la Pía Sociedad de San
Francisco de Sales, echó los cimientos de esa iglesia apenas tenía 40 céntimos
en caja. Concluidos los trabajos en 1868 el valor alcanzaba a más de un millón
de liras. Y tamaña empresa se había realizado sin correr una sola suscripción.
¿Quién proporcionó los recursos? María; sí, porque los fieles que
incesantemente llegaban a Don Bosco con una piadosa ofrenda significábanle al
mismo tiempo era sólo el pago de una deuda contraída con la Madre de Dios de
quien habían alcanzado un señalado favor. Cada piedra de ese santuario, cada
uno de los exvotos sin número que relucen en sus muros atestigua una gracia de
María Auxiliadora. Sin que sea posible mencionar tantos hechos extraordinarios,
baste la relación del siguiente:
Vivía en Vinovo, aldea cercana a Turín, una joven llamada María Stardero, la
cual tuvo la desgracia de perder totalmente la vista. Ansiosa de recobrarla
concibió el pensamiento de hacer una peregrinación a la iglesia de María
Auxiliadora, y un sábado del mes que le está consagrado, acompañada de su tía
se presentó en el templo. Después de breve oración ante la imagen de Nuestra
Señora, fue conducida a la presencia de Don Bosco, en la sacristía, y allí tuvo
con él esta conversación:
—¿Cuánto tiempo hace que
estáis enferma?
—Ya mucho tiempo, pero hace
como un año que nada veo.
—¿Habéis consultado a los
médicos? ¿Qué dicen? ¿No os han medicinado?
—Hemos usado toda clase de
remedios sin resultado alguno, respondió la tía. Los médicos no dan la menor
esperanza…—y se echó a llorar.
—¿Distinguís los objetos
grandes de los pequeños?—No, señor; no distingo nada absolutamente.
—¿Veis la luz de esa
ventana?
—No, señor; nada veo.
—¿Queréis ver?
—Señor, soy pobre, necesito
la vista para buscar la subsistencia; ¿no he de quererlo?
—¿Os serviréis de los ojos
para bien de vuestra alma y no para ofender a Dios?
—Lo prometo con todo mi
corazón.
—Confiad en la Santísima
Virgen; ella os sanará.
—Lo espero, mas entretanto
estoy ciega.
—Veréis.
—¡Ver yo!
Entonces Don Bosco con tono
y ademán solemnes exclamó:
—A gloria de Dios y de la
bienaventurada Virgen María, decid ¿que tengo en la mano?
La joven abrió los ojos, los
fijó en el objeto que Don Bosco le presentaba, y gritó:
—Veo… una medalla… y de la
Santísima Virgen.
—Y en este otro lado de la
medalla, pregunta Don Bosco, mostrándoselo, ¿qué hay?
—Un anciano con una vara
florida: es San José.
Renunciamos a describir lo
que entonces pasó; sólo añadiremos que habiendo María extendido la mano para
coger la medalla, cayó ésta al suelo, yendo a parar a un rincón de la
sacristía, y la misma María, por orden de Don Bosco, la buscó y la encontró,
con lo que dejó a todos perfectamente convencidos de la realidad de la
curación, la cual fue tan completa como prodigiosa, porque María Stardero no
volvió a padecer de los ojos.
Jaculatoria
Madre de Dios, madre
mía,
Mi vida, mi cuerpo y mi alma
Te ofrezco desde este día.
Oración
¡Augusta esposa del Espíritu
Santo! fuente inagotable de gracias y de bendiciones, dignaos alcanzarnos de
vuestro divino Esposo los dones que tan profusamente otorgó a los apóstoles
reunidos en el Cenáculo: el don de sabiduría, que disipa los errores de nuestra
inteligencia, haciéndonos comprender la vanidad de los falsos bienes de la
tierra y la excelencia de los bienes del cielo; el don de entendimiento que nos
instruya acerca de nuestros deberes y de todo lo que concierne a los intereses
de nuestra santificación; el don de fortaleza, que nos comunique entereza
bastante para desafiar las burlas y desprecios del mundo, hollando sus máximas
con santa energía; el don de ciencia, que nos esclarezca acerca de las verdades
eternas; el don de piedad, que nos haga amar el servicio de Dios; y, en fin, el
don de temor, que nos inspire un santo respeto mezclado de amor por Dios. Bien
sabéis ¡Virgen bendita! que nuestras pasadas resistencias a las inspiraciones
del Espíritu Santo nos hacen indignos de sus beneficios; pero, ayudados de
vuestras oraciones obtendremos del autor de todo don perfecto las gracias que
nos son necesarias para vivir santamente en la tierra y llegar un día a la
eterna felicidad. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Invocar al Espíritu Santo
en solicitud de sus dones, rezando devotamente el himno Ven a nuestras almas.
2. Rezar cinco Salves en
honor de la pureza inmaculada de María.
3. Hacer una comunión
espiritual pidiendo a Jesús, por intercesión de María, que encienda nuestra
alma en el fuego del divino amor.