domingo, 3 de mayo de 2026

O CRUX AVE, SPES UNICA. San Juan Damasceno

 


O CRUX AVE, SPES UNICA 

San Juan Damasceno 


«Ciertamente toda obra y milagro de Cristo es importantísimo, divino y maravilloso. Pero entre todas, la más admirable es su preciosa cruz. Por ninguna otra obra sino por la cruz de nuestro Señor Jesucristo la muerte fue aprisionada, el pecado del primer padre fue perdonado, el infierno saqueado, la resurrección fue donada, y nos fue dado el poder de desdeñar las cosas presentes incluso la misma muerte.

Además, por la cruz se dirige convenientemente el regreso a la antigua felicidad, las puertas del paraíso son abiertas, nuestra naturaleza se sienta a la derecha de Dios y nos hacemos hijos y herederos de Dios…

La cruz se nos ha dado como signo sobre la frente, del mismo modo como la circuncisión le fue dada a Israel, pues por esta señal los fieles somos separados y distinguidos de los infieles. Ésta es escudo, arma y trofeo contra el diablo. Es sello para que no nos toque el destructor, como dice la Escritura (Cf. Ex 12, 23; Ez 9, 4; Hb 11, 28). La Cruz es la resurrección de los que yacen muertos, sostén de los que se hallan de pie, bastón de los débiles, cayado de los que son pastoreados, guía de los que se convierten, perfección de los que progresan, salvación del alma y del cuerpo, tutela contra todos los males, protector de todos los bienes, destrucción del pecado, planta de la resurrección y árbol de la vida eterna.

Pues bien, este mismo venerado árbol, que es verdaderamente santo, en el que Cristo se ofreció a sí mismo como víctima, debe ser venerado pues fue santificado por el contacto con el santo Cuerpo y Sangre». (San Juan Damasceno, Exposición de la fe, IV, 11. Ed. Ciudad Nueva, Madrid 2003, p. 251-252)

EVANGELIO DEL DÍA: CUANDO VENGA EL ESPÍRITU DE VERDAD, ÉL OS ENSEÑARÁ TODAS LAS VERDADES

 

IV DOMINGO DE PASCUA
Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según San Juan 

Juan 16,5-14

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.


TEXTOS DE LA MISA
 
COMENTARIOS AL EVANGELIO

sábado, 2 de mayo de 2026

Jesús promete el Espíritu Paráclito

 


IV domingo de Pascua.

Jesús promete el Espíritu Paráclito (Joann. 16.)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

IV domingo de Pascua.

Jesús promete el Espíritu Paráclito (Joann. 16.)

 

Refiere san Juan que estando Cristo de partida a su Eterno Padre, consoló a sus discípulos, diciéndoles que iba por su bien, para enviarles al Espíritu Santo, el cual volvería por su honra y argüiría al mundo de sus maldades, y juntamente les enseñaría lo que él no había hasta entonces podido enseñarles.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo vino por obediencia del Padre, y acabada la obra de la redención, vuelve por la obediencia al mismo Padre suyo que le envió; en que te enseña la que debes tener a tus mayores, y cómo cosas tan grandes y del servicio de Dios y bien de las almas no conviene intentarlas, sino por la obediencia del que está en lugar de Dios, y que todas se deben empezar por él, y acabadas referirlas a él. Toma esta lección para todas tus acciones, y pídele al Señor que te dé gracia para servirle con ellas, y referirlas todas a su gloria y honra.

 

PUNTO II. Considera cómo se entristecieron los discípulos, oyendo a Cristo que se partía y ausentaba de ellos; porque como el árbol que está arraigado en la tierra padece dificultad de arrancarle, así también el amor de Cristo, que había arraigado en los corazones de los discípulos, causó gran sentimiento al partirse en ellos. Entra la mano en tu pecho, y reconoce si sientes las ausencias que hace de ti, y si te entristeces porque te deja seco y sin devoción, y llora lo poco que le amas, y la tibieza de tu corazón en servirle, y mira otro sí cuán arraigado estás en los bienes caducos de la tierra, pues tanto sientes la pérdida de la hacienda, el menoscabo de la honra, de la salud y de la comodidad; pues por un pequeño interés revuelves el mundo, y te aíras y alteras; limpia tu corazón de estos afectos terrenos, y ponle en solo Dios y en las cosas del cielo.

 

PUNTO III. Considera la benignidad con que el Salvador consoló a sus discípulos, diciéndoles cómo iba a su Padre para enviarles al Espíritu Santo, y que todo había de redundar en bien suyo; robe tu corazón tan grande bondad, y gózate de tener tal Maestro, tan santo, tan benigno, tan piadoso, tan amoroso y tan bienhechor de los suyos; pídele que no te deje desconsolado con su ausencia, sino que te consuele y esfuerce, enviándote al Espíritu Santo, consolador, como les ofreció a sus apóstoles.

 

PUNTO IV. Considera aquellas últimas palabras con que se despidió de ellos: muchas cosas tengo que deciros; pero no podéis llevarlas ahora; cuando venga el Espíritu Santo, os las dirá todas. Mira la prudencia y benignidad del Salvador, que no quiso cargarlos de preceptos, sino atendiendo a su capacidad les dio los convenientes para aquel tiempo, reservando los demás para después, cuando hubiesen recibido la abundante gracia del Espíritu Santo, porque es su yugo suave, y leve la carga de su ley y proporcionada con las fuerzas de los hombres; no digas que es pesada, pues tan suavemente la mide con nuestra posibilidad; el mundo carga a sus amadores sin piedad ni medida de cargas intolerables con que los destruye, fatiga y rinde sus fuerzas y salud; pero Dios nos carga siempre menos de lo que podemos llevar, y pone el hombro para aliviarnos y suavizar nuestro trabajo. Dale muchas gracias por ello, y anímate a llevar el suave yugo de su ley, y enséñate a no cargar a tus prójimos de leyes y mandatos pesados desiguales a sus fuerzas.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 3. CONSAGRADO A HONRAR LA NATIVIDAD DE MARÍA

 


DIA 3

CONSAGRADO A HONRAR

LA NATIVIDAD DE MARÍA

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

Por la señal de la santa cruz…

 

 

DIA 3

CONSAGRADO A HONRAR

LA NATIVIDAD DE MARÍA

 

Consideración

En una modesta estancia de la ciudad de Nazaret vivían olvidados del mundo dos ancianos esposos: Joaquín, descendiente de la familia de David y Ana, vástago ilustre de la familia de Aarón. Ambos eran justos en la presencia de Dios y observaban su ley con un corazón puro. Sin embargo, faltaba a su vida una gran bendición: eran ancianos ya, y el cielo les había negado el consuelo de la paternidad. Ningún hijo que endulzase las amarguras de la decrepitud crecía en su solitario hogar. Esto turbaba la paz de sus tranquilos días y les arrancaba copiosas lágrimas, porque la esterilidad era un oprobio en Israel. Para obtener la gracia de la fecundidad, ellos se habían obligado en voto a consagrar a Dios el primer fruto de su unión, si se dignaba bendecirla.
Después de veinte años de fervorosas plegarias, se presenta un ángel a Joaquín y le dice: «Tus oblaciones han sido agradables al Señor y tus oraciones y las de tu esposa han sido oídas. Ana dará a luz una hija, a la cual pondrás el nombre de María ella pertenecerá al Señor desde su infancia, y será perpetuamente virgen».

Eran los primeros días del sexto mes del año 734 de la fundación de Roma. Mil demostraciones de alegría se dejaban notar dentro de la antes desierta y silenciosa casa de Joaquín. Ana acababa de dar a luz una hija más hermosa que la azucena del valle y más pura que las primeras luces del alba.

Sólo algunos parientes y amigos rodeaban su cuna uniéndose al gozo de los felices padres. En torno suyo no se veía ni real magnificencia, ni se escuchaban alegres sinfonías, ni se aderezaban suntuosos festines. El mundo no estaba allí, sólo se ostenta el dulce gozo de la familia, que bendecía la mano bienhechora que hacía nacer la felicidad en un hogar tanto tiempo habitado por el dolor.

Pero si este acontecimiento se realiza ignorado del mundo, en cambio los ángeles lo celebran en el cielo con cánticos de júbilo, y el infierno se estremece, presintiendo su próxima derrota. Acababa de nacer la Reina de los ángeles y la mujer destinada a quebrantar la cabeza de la serpiente. Se levantaba sobre el oscuro horizonte del mundo la bella aurora que anunciaba la venida del Sol de Justicia. Pero, aquella que en el teatro mismo de la muerte y del pecado, se levantó como una promesa de vida y de salvación, apareció en el mundo cercada de pobres y humildes apariencias. El techo de una modesta estancia cobija su cuna. Unos cuantos vecinos y parientes, pobres como ella, forman su corte.

María se regocijaba de este olvido y se gozaba en su oscuridad. Nacida para Dios, nada le importaba la estimación del mundo. Deseosa sólo de dar gloria a Dios despreciaba la efímera gloria y los vanos honores de los hombres.

¡Qué elocuente lección para nosotros, que tan prendados vivimos de los falsos honores y pasajera gloria del mundo! Riquezas, honores, renombre, estimación, he aquí lo que ansiosamente buscamos, sin parar un momento la atención en la nada y vanidad que envuelven. Las arcas repletas de oro, si nos prestan comodidades temporales están muy lejos de darnos la verdadera felicidad, que consiste en la paz del alma y en la tranquilidad de la conciencia; antes bien su posesión no nos satisface, el cuidado de conservarlas nos turba, su adquisición nos impone duros sacrificios y su pérdida nos desespera. Muchas veces el rico que sobrenada en riquezas es más desgraciado que el pobre labriego que vive bajo un techo de paja, que come un pan escaso y reposa de sus fatigas en desabrigado lecho. Si Dios se digna concedernos las riquezas, no encerremos nuestro corazón en las arcas que las guardan, y no busquemos en su posesión el bien supremo de la vida. Si no somos pobres en el efecto, seámoslo en el afecto.

Los honores y la gloria son el barniz de la vida, inestables como el carmín de las flores, vanos como el perfume que el viento desvanece y erizados de espinas como el tallo de las rosas. Sin embargo, tras de esos bienes vanos e inestables corre el mundo desalado. El nacimiento de María nos enseña a no fundar en esas frivolidades un título de orgullo, despreciando a los que están colocados en esfera inferior a la nuestra. ¿Qué son esos bienes comparados con los de la eternidad? Polvo y paja. ¿De qué sirven al rico sus tesoros y al grande sus honores, si su eterna morada es el infierno? ¿Y qué puede importar al pobre su miseria, al humilde sus abatimientos, si al fin encuentra en el cielo riquezas que no se agotan y honores que no desvanecen jamás? Busquemos ante todo el reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura.

 


Ejemplo
María, consoladora de los afligidos

Uno de los más insignes devotos de María, de los que en el seno de la Iglesia se han distinguido más por su fervor en honrarla, ha sido san Francisco de Sales, honra y lumbrera del episcopado católico. Cuando este ilustre santo era todavía estudiante en París, quiso Dios aquilatar su virtud, permitiendo que fuera tentado en orden a su predestinación. El espíritu de las tinieblas le sugirió la idea de que era inútil cuanto hacía por adelantar en los caminos de la santificación, porque estaba irremisiblemente condenado.

Compréndese fácilmente cuán horribles serían las angustias del santo joven, estando en la persuasión de que él, que tanto amaba a Dios, se hallaría en la necesidad de odiarlo, maldecirlo y blasfemarlo, por toda una eternidad en el infierno. Esta consideración, que para cualquier alma que tiene fe, bastaría para convertir la vida en un infierno anticipado, era para Francisco un martirio más cruel que las torturas de los mártires. Aquella idea, clavada día y noche en su mente, alejaba el sueño de sus ojos y le hacía olvidar el alimento y el reposo no permitiéndole hacer otra cosa que llorar. Pálido, triste, agitado, se arrastraba como un espectro por las calles de París sin rumbo fijo y abismado en profunda meditación.

Agobiado bajo el peso de esta enorme montaña y buscando en todas partes un consuelo que no hallaba en ninguna, penetró un día en el templo de san Esteban para ir a postrarse a los pies de la Santísima Virgen, su protectora, su refugio y su madre. Allí, deshecho en un río de lágrimas, levantó hacia ella sus ojos cansados de llorar, y, con todo el amor que ardía en su corazón, le dijo: «Si es tanta mi desdicha que he de condenarme y estar eternamente en la desgracia de Dios después de mi muerte, a lo menos, concédeme el consuelo de poderlo amar durante toda mi vida». Y tomando en su mano una tablilla que estaba colgada al lado del altar y en la cual se hallaba escrita la bella oración de san Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María, la rezó con un fervor que conmovió, sin duda, las entrañas maternales de la que con tanta razón es llamada Consoladora de los afligidos. Y a fin de interesar más y más su protección hizo allí voto de perpetua virginidad y la promesa de rezarle todos los días de su vida una tercera parte del rosario.

Tan tierno, tan puro y tan probado amor merecía ciertamente una recompensa digna de tanta fidelidad, tornando en dulcísima paz los tormentos que martirizaban aquel corazón tan desinteresado en amar como constante en sufrir. Como el navegante que, tras de larga y tormentosa noche, ve amanecer un día sereno en un mar en calma, así sintió Francisco que tras de dos meses de crueles padecimientos, renacía el sosiego del alma y se disipaban al soplo del cielo aquellos negros temores que, a no estar sostenido por la gracia, lo habrían precipitado en el abismo de la desesperación. El que momentos antes creía que su destino habría de ser odiar a Dios eternamente en el infierno, tuvo la dulce certidumbre de que la amaría y bendeciría eternamente en el cielo. Cierto que esta gracia le había sido alcanzada por la intercesión de María, a quien acababa de invocar en el extremo de su aflicción, redobló su amor y su confianza hacia tan bondadosa madre: y fiel a sus promesas, la amó y honró toda su vida con la ternura del hijo más amante.

En medio de las aflicciones y adversidades que siembran el camino de la vida, busquemos en el regazo de María, siempre abierto para los desgraciados, consuelo y amparo.

 

Jaculatoria

¡Oh, amable Reina del cielo!,
Sé en la desgracia mi aliento
Y en la aflicción mi consuelo.

 

Oración

Llenos nuestros corazones del más puro regocijo, venimos, ¡oh, tierna y hermosa Niña!, a presentarte nuestros homenajes de amor al pie de la pobre cuna en que dulcemente te dormías durante las bellas horas de tu infancia. Si el mundo te desconoció y si los hombres no vieron en ti sino a una pobre hija de Adán, porque no eran de púrpura tus pañales ni fue tu cuna recamada de oro, nosotros te saludamos como a la aurora de bendición que anuncia la salida del sol de justicia. Entre las modestas apariencias que te cercan, vemos en ti a la corredentora del linaje humano y a la Madre del Salvador del mundo. Tú viniste a la tierra para ser la consoladora de los afligidos, el amparo de los débiles y el sagrado asilo de los desventurados. Tú naciste para ser un puerto de salvación para los infelices náufragos de la vida, un escudo de protección contra las asechanzas del infierno y una estrella cuya luz apacible guía los pasos de los peregrinos de este valle oscuro y desolado; por eso tu nacimiento es para nosotros un motivo del más ardiente júbilo. Él ha glorificado a la Trinidad, ha regocijado a los ángeles y ha hecho temblar al infierno. Dígnate, ¡oh, María!, nacer nuevamente en nuestros corazones por el amor y hacer brotar en nuestras almas los sentimientos que abrigaba la tuya cuando naciste al mundo. Inspíranos un santo desprecio por los honores y riquezas y vanos placeres de la tierra para que ardiendo sólo en las llamas del amor divino, no busquemos ni amemos otros bienes ni otros tesoros que los del cielo. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1.—Desprenderse de algún objeto que sea ocasión de vanidad, o a lo menos dejar de usarlo en este día.

2.—Rezar devotamente las letanías de la Virgen para honrarla en su gloriosa Natividad.

3.—Dar una limosna a los pobres.