domingo, 20 de septiembre de 2026

EVANGELIO DEL DOMINGO: ESTOS DOS MANDAMIENTOS SOSTIENEN LA LEY ENTERA Y LOS PROFETAS


XVII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según san Mateo 22, 34-46

En aquel tiempo: Se acercaron los fariseos a Jesús y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó  para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús una cuestión: «¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?». Le respondieron: «De David». Él les dijo: «¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama Señor diciendo:  “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”? Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Y ninguno pudo responderle nada ni se atrevió nadie en adelante a plantearle más cuestiones.


 
COMENTARIOS AL EVANGELIO

sábado, 19 de septiembre de 2026

EL MAYOR PRECEPTO DE LA LEY. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


XVII domingo después de Pentecostés.

DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: EL MAYOR PRECEPTO DE LA LEY

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

XVII domingo después de Pentecostés.

DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: EL MAYOR PRECEPTO DE LA LEY

El Evangelio contiene una pregunta que hicieron los fariseos a Cristo acerca de cuál era el mayor precepto de la ley; y respondió que el de amar a Dios. Y otra que Cristo les hizo a ellos, preguntándoles de quién era hijo el Mesías; y respondieron que de David. A esto les replicó cómo, siendo su hijo, le llamaba su Señor; y no supieron desatar esta dificultad, ni se atrevieron a preguntarle más en adelante.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo es tu Maestro, el archivo y depósito de la verdad, a quien Dios te ha dado para que aprendas de su celestial doctrina. Y por tanto debes frecuentar su escuela y llegarte a Él a menudo para preguntarle tus dudas, consultar tus dificultades, oír y estimar sus respuestas, y no las de los hombres del mundo, cuya doctrina es engañosa y cuyos consejos son errados.

Duélete del tiempo que los has consultado, y da gracias a Dios porque te dio tal Maestro; y pídele su gracia para oírle, aprender su doctrina y ponerla en ejecución.

 

PUNTO II. Considera cómo, preguntando los fariseos a Cristo por el mayor mandamiento de la ley, no solo respondió a su pregunta, sino que les enseñó más de lo que le preguntaron, declarándoles también el amor del prójimo y dándoles luz para conocer al Salvador.

En esto debes ponderar cuánta luz da el Señor a los que se llegan a Él, pues por su gran liberalidad siempre concede más de lo que le piden.

Saca de aquí una gran confianza en el Señor, esperando alcanzar de su mano no solamente lo que le pidieres, sino mucho más, pues así lo da su infinita generosidad.

 

PUNTO III. Considera la mala intención con que llegaron los fariseos a preguntar a Cristo: no con deseo de aprender su doctrina, sino de calumniarle y acusarle, si podían cogerle en alguna palabra; por lo cual salieron confusos y avergonzados de su pregunta.

Pondera cómo Dios conoce los corazones y atiende más a la intención que a las palabras. Purifica, pues, la tuya en todas tus obras, no pretendiendo en ellas otra cosa que la honra y gloria de Dios, el aprovechamiento de tu alma y el bien de tus prójimos; y así alcanzarás la gracia del Señor.

 

PUNTO IV. Considera lo que dice el Salvador acerca de Cristo: que Dios pondrá a todos sus enemigos por estrado de sus pies, como declara san Crisóstomo, para ensalzar a su Hijo y manifestar su señorío.

Pondera cómo honró Dios a su Hijo, y cómo por su invencible paciencia y suma mansedumbre le dio victoria sobre todos sus enemigos, postrándolos a sus pies.

Aprende de aquí a tener paciencia con los tuyos, y confía en la bondad del Señor, que también a ti te hará vencedor, hasta rendir a tus enemigos bajo sus pies.

Pondera asimismo la seguridad que hay en la humildad, y cómo el lugar más bajo en la casa de Dios, permaneciendo rendido a sus pies, es mucho más excelso que los mayores honores del mundo; porque en estos se arriesga la salvación, y en aquel se asegura.

Exclama, pues, con vivo afecto de tu corazón, pidiendo a Dios que te conceda un lugar a sus pies y te permita permanecer debajo de ellos, antes que subir al más alto y soberano trono del mundo; escogiendo ser el menor en su casa con mejor gana que el mayor en el siglo.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 20. LA GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS SOBERBIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DIA 20

LA GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS SOBERBIOS

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DIA 20

LA GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS SOBERBIOS

¡Oh, dichosos humildes!, si en este mundo están pobres, en el otro serán ricos, y tanto es así que por sus manos Dios distribuirá aquellos tesoros eternos a los que él quiera dar. Eso merecen las manos limpias del humilde que no quiso nada, y fueron manos de fiar: que ponga Dios en ellas su cielo para que lo repartan a los ricos que lo merecieron. «Dichosos los pobres de espíritu», porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos humildes, si en este mundo son abatidos, en el otro serán levantados. «Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes».

Dios desparrama y dispersa a los soberbios en sus propios pensamientos, que sin saber dónde están con nada de lo que pretenden aciertan. A los que ya están sentados en las sillas, con su propia mano los derriba y baja y sube y levanta a los humildes que están bajos y abatidos.

Job, tan subido, levantado, prosperado y enriquecido, un solo toque de esta mano lo bajó de esa alteza y lo echó y puso en un muladar. Pero con ese mismo toque de la mano Dios lo volvió a levantar y a sacar del muladar y a duplicarle todas las cosas que antes tenía.

«Más y mayor abatimiento para el soberbio, más y mayor exaltación para el humilde». Todas las caídas y miserias que ha habido en el mundo son «toques del dedo de Dios» en comparación de las que dará a los soberbios. Todas las exaltaciones, honras y grandezas que se han visto en el mundo son de poca consideración en comparación de las que tendrán los humildes.

Esas dos obras las toma Dios tan en cuenta y las hace tan suyas que quiere que pase por su mano y por su brazo, llamando esa obra «obra y poder del brazo de Dios».

«Haznos, Dios mío, humildes para que con ellos nos regocijemos y alegremos», considerando que sus premios y exaltación ha de ser obra grande y tan grande que todo el brazo de Dios es necesario en ella.

¡Oh, Señor, y si entre los humildes fuese yo desechado y entre los desechados abatido y despreciado, qué gran cosa y consuelo sería! Dame tú, Dios mío, gracia para que esto ame y esto quiera simple y llanamente, sin otro interés ni paga.

Sea yo, Señor mío, siervo fiel en estas cosas, que tú eres señor y amo que pagas sobre lo que yo merezco y se me debe.

¡Oh, qué dichosas labradas las que el humilde da en la viña de Dios sin hacer concierto ni ponerse al regateo, pues no hay tanto cuanto Dios le dará!»

«Ni la oreja oyó ni el ojo vio lo que Dios les tiene preparado». Los ojos y las orejas, aunque son medidas tan largas y grandes, no cabe en ellas lo que Dios tiene preparado para los justos humildes.

«Con golpe y sin golpe, con cuenta y sin cuenta, quiero que me cuentes entre los humildes y que me recibas en tu servicio. Las cuentas queden, Señor mío, a tu cuenta, que eres Dios verdadero y «no echarás dado falso.

Buen fiador tengo, sobre buen abono sirvo, porque todo Dios entero es el fiador y dejará de ser Dios antes que dejar de cumplir lo que promete.

«¡Oh, palabra eterna, y qué bien abonada estás!» El cielo y la tierra se deshará y «no faltará una tilde ni un ápice de todo cuanto al justo se le promete».

No hay que espantarse que el humilde «se dé mil puntadas en la boca, enmudezca y calle» antes que ser en la casa de Dios jornalero asalariado. Por mucho que abra la boca y menee su lengua, sus palabras son «muy cortas y muy limitadas» para ver y oír lo que Dios ha de dar al humilde.

«Es bueno Señor, dejar eso en tus manos, que es mano larga y dadivosa y mano de Dios manirroto».

Allá los soberbios, «ciegos e ignorantes», que se contentan con «premios y pagas en este mundo». «¡Oh, ceguera inmensa! ¡Oh, tinieblas oscuras!», que quieran privarse del sumo bien que a los humildes aguarda por pagarse ellos de su propia mano. Todo lo que buscan y se les da «es tierra que se ha de quedar en la tierra y ellos con sus manos vacías».

 

JACULATORIA: Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré. (salmo 62, 2-3)

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

DÍA 7. PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ. NOVENA EN HONOR AL GLORIOSO PADRE PÍO DE PIETRELCINA

 


DÍA 7

PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ

NOVENA

EN HONOR

AL GLORIOSO PADRE PÍO

DE PIETRELCINA

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ORACIÓN INICIAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, espero y amo. Os adoro profundamente, bendigo vuestra misericordia y confundido por mi ingratitud, arrepentido de mis pecados, pido perdón y propongo confiando en vuestra gracia y ayudado por la intercesión del glorioso San Pío de Pietrelcina, corresponder a vuestro amor con el mío imitando tan gran ejemplo que me has dado con su vida, enseñanzas, ejemplos y virtudes.

Ofrezco esta novena a mayor gloria de Dios para la salvación de las almas, la conversión de los pecadores y la mía propia.

Y tú, glorioso Santo Padre Pío, defiéndeme de los enemigos de mi salvación e intercede por mis necesidades, obligaciones e intenciones. Amén.

 

♦ Se lee lo propio de cada día.

DÍA 7

PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ

La vida de san Pío estuvo marcada de manera extraordinaria por su unión con la Pasión de Cristo. Antes de que aparecieran de forma permanente las heridas de los estigmas, ya había experimentado durante años intensos sufrimientos físicos y espirituales.

Los primeros signos habían aparecido en 1910 y después desaparecieron exteriormente, aunque continuaron los dolores. En 1918 su experiencia espiritual se hizo todavía más intensa. El 30 de mayo, fiesta del Corpus Christi, vivió lo que describió como un profundo toque de Dios, unido a una nueva entrega por la Iglesia y por la paz.

Entre el 5 y el 7 de agosto experimentó la llamada transverberación, una vivencia mística que describió como una herida profunda. Poco después, el 20 de septiembre de 1918, tras celebrar la misa, se encontraba en el coro cuando tuvo una experiencia de profunda quietud y contempló una figura misteriosa con las manos, los pies y el costado heridos.

Después descubrió en su propio cuerpo heridas en las manos, los pies y el costado. San Pío llamó repetidamente a aquella experiencia «mi crucifixión». Lejos de producirle orgullo, los estigmas fueron para él motivo de confusión y humillación.

Las heridas fueron examinadas a lo largo de los años por distintos médicos. Durante 50 años permanecieron en su cuerpo: “profundas, sangrantes, sin infección ni signos de curación”. En los últimos meses de su vida, los estigmas fueron cerrándose hasta desaparecer por completo al morir.

Padre Pío ha sido el único sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia. Ante la duda de la integridad de Padre Pío como así también para evitar el fanatismo de los fieles, el Santo Oficio le prohibió celebrar misa en público y administrar sacramentos. Padre Pío aceptó con santa obediencia esas medidas, afirmando: “Es la voluntad de Dios a través de su Iglesia.”   

Padre Pío entendía el sufrimiento como un don que Dios concede a las almas que ama. Así escribía a una hija espiritual: “No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunada por haber sido hecha digna y partícipe de los dolores del Hombre-Dios. No es abandono, por tanto, todo esto, sino amor y amor muy especial que Dios te va demostrando. No es castigo sino amor y amor delicadísimo. Bendice por todo esto al Señor y acepta beber el cáliz de Getsemaní.”

Y así enseñaba en otra ocasión: “No queremos persuadirnos de que nuestra alma necesita el sufrimiento; de que la cruz debe ser nuestro pan de cada día. Igual que el cuerpo necesita alimentarse, así el alma necesita día tras día de la cruz, para purificarse y separarse de las criaturas. No queremos comprender que Dios no quiere, no puede salvarnos ni santificarnos sin la cruz, y que cuanto más atrae a un alma hacia sí, más la purifica por medio de la cruz.”

Pidamos crecer en el amor de Dios, para poder sufrir todo lo que en su voluntad quiera permitir en nuestra vida. Pero hay una verdad que no podemos olvidar: “No estamos solos”. A nosotros también van dirigidas estas palabras de Padre Pío: “Sé que tu alma está siempre envuelta en las tinieblas de la prueba, pero que te baste saber, mi querida hija, que Jesús está contigo y en ti.

Pídase la gracia particular que se quiere alcanzar en esta novena por intercesión del Glorioso Padre Pío.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

 

ORACIÓN FINAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Glorioso san Pío de Pietrelcina, sacerdote humilde y fiel, tú que amaste profundamente a Jesús crucificado y entregaste tu vida por la salvación y el consuelo de tus hermanos, presenta al Señor las intenciones que te confiamos en esta novena.

Alcánzanos un corazón sencillo para orar, valentía para convertirnos, amor al Santísimo Sacramento y a la santa Misa, confianza filial en la Virgen María y compasión verdadera ante el sufrimiento de los demás.

Enséñanos a no huir de nuestras cruces, sino a vivirlas unidos a Cristo; a buscar siempre la misericordia de Dios y a convertir nuestra fe en obras concretas de amor.

Intercede especialmente por los enfermos, por quienes viven solos, por los que han perdido la esperanza, por quienes viven en pecado alejados de Dios y por todos los que se encomiendan a nuestra oración.

Que, siguiendo tu ejemplo, podamos hacer de nuestra vida una ofrenda de amor y llegar un día a la alegría eterna en la presencia de Dios. Amén.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.