jueves, 6 de agosto de 2026

DEL BENEFICIO DE LA REDENCIÓN.

 


Viernes de la X semana después de Pentecostés.

DEL BENEFICIO DE LA REDENCIÓN.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la X semana después de Pentecostés.

DEL BENEFICIO DE LA REDENCIÓN.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la piedad infinita de Dios, que, reconociendo la alevosía del hombre y cuán ingrato le había sido a un beneficio tan grande como el de la creación, en que le sacó de la nada y le dio el ser que tiene, tan superior en dignidad que es poco menos que los ángeles; y habiéndole retornado ofensas en lugar de servicios, fue tan grande su piedad, que, viéndole caído y sin fuerzas para levantarse, desheredado del cielo y condenado al infierno, se movió a misericordia y determinó redimirle y sacarle de las prisiones de la culpa a la libertad de hijo de Dios.

¡Oh bondad infinita y oh misericordia inagotable! Gózome, Señor, de tu inmensa caridad, y quisiera hacerme todo lenguas para magnificarla y alabarla, pues fue mayor tu misericordia que mi miseria, y me diste más que yo te supiera pedir. Bendito, alabado y glorificado seas por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

PUNTO II. Considera la costa con que Dios quiso redimirnos; porque, bastando la menor acción suya o cualquiera movimiento de su voluntad, siendo todos de infinito valor, quiso redimirnos copiosamente con tanto número de merecimientos, haciéndose hombre, que no hay lengua que los pueda contar; mostrando en esto la grandeza de su liberalidad, nacida de su infinito amor.

Pondera con san Bernardo las obras que hizo en el mundo por espacio de treinta y tres años, desde que nació hasta que murió en una cruz con tantos merecimientos, todos los cuales ofreció por ti al Eterno Padre en satisfacción de tus pecados y para abrirte las puertas del cielo y darte la eterna gloria, en lugar del infierno a que estabas condenado.

Contempla la grandeza de su amor, la de su liberalidad y la piedad que tuvo de ti; y mira cómo le has correspondido hasta aquí y lo que debes hacer en adelante por su gloria y servicio y por el bien de tus hermanos.

 

PUNTO III. Ponte delante la imagen del Crucifijo. Mira fijamente al Salvador, lo que padeció por ti y la sangre que dio de sus venas por el precio de tu alma; considera en cuánto la estimó, sin tener necesidad de ti, y que tú habías de estar clavado en aquel palo con mayores afrentas y dolores, como lo merecían tus pecados; y que te previno Cristo y se puso en él porque tú no padecieses, pasando tanto por ti.

Y exclama, arrebatado de una suma admiración, contemplando la grandeza de su amor, de su bondad, de su piedad y de su infinita liberalidad y paciencia. Pide a los cielos y a la tierra que se hagan lenguas para darle gracias eternamente por tan incomparable beneficio.

Ofrécete por su esclavo a padecer mil muertes por su amor, y mira la estima que has de tener de tu alma, por la cual dio el inestimable precio de su sangre; y llora tu ingratitud y desconocimiento, que tantas veces le has vendido por precio tan vil como es un gustillo sensual, un interés o pundonor mundano.

 

PUNTO IV. Considera cómo siempre permanece el beneficio de su Redención, pues continuamente está Cristo, por sus méritos, enviándote auxilios y armas para defenderte, y gracias para ir al cielo, y perdón de los pecados, y las medicinas de los santos sacramentos para salud de tu alma.

Contempla qué fuera de ti si no te hubiera redimido, y cuánto le debes por este beneficio, el cual abraza tantos beneficios y mercedes como cada día y cada hora recibes de su mano.

Enciéndete en vivos deseos de amarle y servirle, y procurar su gloria y honra por todos los medios posibles, y que todos le amen, sirvan y reconozcan; y ser tú tan liberal en su servicio como lo es Él para contigo en hacerte mercedes.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

 

DÍA 7. LA DOCILIDAD DEL CORAZÓN DE MARÍA EN LA CASA PATERNA. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 




DÍA 7

LA DOCILIDAD DEL CORAZÓN DE MARÍA

EN LA CASA PATERNA

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 7

LA DOCILIDAD DEL CORAZÓN DE MARÍA

 EN LA CASA PATERNA

 

Considera hasta qué punto era dócil el Corazón de aquella Niña que, desde el primer instante de su existencia, ya no se pertenecía a sí misma, sino que era toda de Dios, y que no seguía otra regla que la de cumplir en todo la voluntad divina.

Jamás ha existido criatura alguna más sumisa y obediente a Dios.

Iluminada por el Espíritu Santo, que habitaba en ella desde el principio, penetraba los pensamientos de sus santos padres y se adelantaba a sus deseos.

Durante los tres primeros años de su vida, que transcurrieron en la casa paterna, todos sus movimientos y todas sus acciones estuvieron guiados por la más perfecta obediencia.

Aquella que un día vería al mismo Hijo de Dios obedecerle y estar sujeto a ella, se ejercitaba ya desde entonces en la práctica de esta virtud, de la cual el Hijo de Dios sería el modelo perfecto y ella, después de Él, el ejemplo más acabado.

¿Qué no dirían san Joaquín y santa Ana al contemplar tan grandes y extraordinarios prodigios de obediencia en una niña tan pequeña?

Llenos de admiración y asombro, ¿qué esperanzas y qué santos presentimientos no habrán concebido acerca de su futuro?

Pero, por el contrario, ¡cuántas amarguras habrán experimentado nuestros propios padres y cuántos tristes presentimientos no habrán tenido al vernos, desde la infancia, tan indóciles, tan rebeldes, tan obstinados y tan desobedientes!

¡Ojalá nuestra conducta hubiera desmentido los temores que ellos, con razón, alimentaban!

Pero, ¡ay!, no se equivocaban.

¿No sacudí muy pronto el yugo de la santa obediencia? ¿No corrí así hacia el abismo?

¡Ah!, por compasión, Santa Virgen María, tendedme vuestra mano poderosa para sacarme de él.

 

ORACIÓN

Virgen perfecta, y de modo particular modelo de perfecta obediencia hacia tus padres, enséñame el modo de imitarte y de enriquecerme con la inocencia y la sencillez, para que, como fiel imitador de tus virtudes, pueda alcanzar la parte que me corresponde en la felicidad eterna. Amén.

 

FLOR. Ofrecer el propio corazón a María delante de una de sus imágenes, rogándole que se digne tomarlo bajo su dirección.

 

FRUTO. Practicar una obediencia sincera hacia todos los superiores y, de modo especial, hacia el propio confesor.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.