En aquel tiempo: Al anochecer de aquel
día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el
costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús
repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío
yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo,
no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos
visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los
clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su
costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y
Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y
dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis
manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino
creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me
has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos
otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los
discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el
Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Cómo
apareció Cristo a sus discípulos en el Cenáculo.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro
con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con
fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
I
domingo de Pascua.
Cómo
apareció Cristo a sus discípulos en el Cenáculo. (Joan. 20.)
PUNTO
PRIMERO. Considera cómo para Cristo no hay puerta cerrada, y que a donde no
pudo entrar el mal entró el bien; porque estando los discípulos congregados en
el Cenáculo, muy cerradas las puertas por miedo de los judíos entró Cristo
resucitado y glorioso y se puso en medio de ellos, como el sol en medio del cielo,
alumbrándolos y alegrando sus corazones con la luz de su resurrección y la
dulzura de sus palabras. Considera la benignidad del Salvador y el amor que
tiene a los suyos y el cuidado de consolar los en sus tristezas, y cómo para
esto aumenta milagros, entrando a puertas cerradas, usando del dote de
sutilidad que gozaba como glorioso. Gózate de tener tal Señor y tal maestro, y cobra
gran confianza en su amor y providencia; pídele que te visite en tus
aflicciones y trabajos, y que te consuele y esfuerce, como lo hizo con sus
Apóstoles y discípulos.
PUNTO
II. Pondera en esta visita cómo Cristo se puso en medio de aquella congregación
, porque quiere estar en medio de los suyos, y en medio de ti mismo haciendo
asiento y morada en tu corazón; desocúpale de todo lo terreno y ofréceselo
enteramente para que venga a ti, y te visite, consuele y more contigo. Pondera
el sumo gozo de toda aquella santa compañía, viendo la gloria de su maestro y Redentor;
cómo todos llegarían a adorarle, reverenciarle y servirle, y el amor y caricias
con que los recibiría y aseguraría del miedo en que estaban de los judíos que
los perseguían. Llega tú también a adorarle y reverenciarle, y pídele su bendición
y parte del gozo que reparte de su gloriosa resurrección, y que te aliente y es
fuerce para su santo servicio.
PUNTO
III. Considera cómo les mostró sus sagradas llagas de las manos, pies y costado
, que resplandecerían en su cuerpo glorioso más que las estrellas en el cielo
aumentando su hermosura. Mira cómo se precia de haber padecido por ti, para que
tú te precies de padecer por él, y cómo las afrentas y llagas que se padecen en
este mundo por la gloria de Dios y bien de las almas se convierten en la otra
vida en margaritas y piedras preciosísimas de gloria, honra y hermosura ¡Oh
Señor! y quién padeciera afrentas, azotes, heridas, baldones y muerte por vos,
como vos los padecisteis por mí: pídele al Señor esta gracia y anímate con su
ejemplo a padecer con alegría cualquiera cosa que te viniere por su amor.
PUNTO
IV. Considera lo que dice el Evangelista san Juan, que luego sopló y les dio el
Espíritu Santo para perdonar pecados, no contentándose con darles tan crecido
gozo, haciéndoles participantes de la gloria de su resurrección, sino juntamente
dándoles con ella la plenitud del Espíritu Santo para perdonar los pecados; a
esto vino Cristo al mundo especialmente, y a esto envió sus discípulos; no a
castigar, sino a perdonar pecados, y para esto les comunicó el Espíritu Santo
¡Oh si viniese a nuestras almas y nos diese este don sobre todo don de su Santo
Espíritu! pídele que venga a la tuya y que te haga esta merced, perdonándote
tus pecados con la liberalidad que perdonó a los Apóstoles, dándoles el aliento
de su boca ¡Señor! si me diésedes aliento de vuestro aliento, y gracia para
permanecer en vuestra gracia, y el perdón de mis culpas: esto os pido y suplico
y que me tengáis de vuestra mano para que no os ofenda más.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
En las
almas vulgares, el sentimiento de la confianza aleja de ellas toda duda acerca
de la bondad de Dios; pero esa confianza es inquieta, afanosa, al punto que,
por así decirlo, querría indicar a la Divina Providencia la forma en que desea
ser auxiliada; por el contrario, en las almas verdaderamente interiores la
confianza las estimula al abandono total en las manos de Dios, que las lleva a
gozarse en la privación de todo medio humano y. a gustarlo como un verdadero
regalo, porque estas almas desean, en verdad, entregarse enteramente al Padre
Celestial y conformarse en todo a su santa voluntad. Esta sumisión a la
Providencia nos conserva en una perfecta tranquilidad en medio de las
contradicciones más dolorosas, y en una ecuanimidad admirable en las vicisitudes
más dolorosas de la vida.
Tal
fue la maravillosa confianza en Dios que tuvo San José en su fuga y en su
permanencia en Egipto.
El
ángel le había dicho: «Quédate allá, hasta que yo te lo diga». Y el Santo
Patriarca no le preguntó al mensajero cuánto tiempo había de durar su
destierro. A imitación de San José, en las pruebas abandonémonos en Dios, sin
querer saber cuándo terminarán. Si Dios nos deja en la oscuridad, es solamente
por su gloria y por nuestro bien. Si conociéramos el porvenir, nos oprimiría la
vista de las adversidades, y por otra parte, conociendo también su término, no
tendríamos ningún mérito en dejarnos llevar, y nuestros sacrificios perderían
el mérito principal.
Las cruces
previstas con inquietud, son consideradas fuera de lo ordenado por Dios: esto
es, sin amor para soportarlas, y tal vez también con una cierta infidelidad que
nos aleja de la gracia. De manera que todo nos resulta en ellas amargo,
insoportable, y nos sentimos sin medios para vencer. Esto acontece al que no se
confía enteramente en Dios, y pretende conocer los secretos de Dios. Cerremos,
por lo tanto, los ojos a las cosas que Dios nos oculta y nos tiene reservadas
entre los tesoros de sus profundos decretos.
Las
cruces imprevistas traen siempre consigo la gracia, y en consecuencia, algún
alivio, porque se ve en ellas la mano de Dios. A cada día —dice Nuestro
Señor— le basta su mal. El mal de cada día nos trae algún bien, si
dejamos obrar a Dios. José permaneció ocho años en Egipto sin quejarse, sin
turbarse, sin pedir ni una sola vez a Dios que le abreviara el destierro y lo
volviera a la patria. Y no fue ciertamente porque le faltaran los sufrimientos
en aquel país idólatra, donde todo era dios, excepto el mismo Dios. En
aquella región de tinieblas, los animales no son para uso del hombre, sino que
por una alteración del orden, el hombre, envilecido por su propia voluntad y
rebajado de la nobleza de su origen, no se avergüenza de tributar culto a seres
privados de la razón, y que debían estar sometidos a él. ¡Cuánto dolor y cuánta
amargura habrá sentido José en su corazón, lleno de celo por la gloria de Dios,
oyendo cada día blasfemar este santo nombre por un pueblo idólatra! ¡Cuánto
habrá sufrido en medio de aquel país bárbaro y perverso, en cuyas abominaciones
y supersticiones rehusaba participar!...
Más
animoso que los israelitas a orillas de Babilonia, que en medio de su amargo
dolor rehusaban repetir el hermoso canto, José, a semejanza del Rey Profeta,
embellecía y santificaba su destierro, honrando al Dios de Jacob, y cantando
sus juicios y sus leyes. Cantabiles mihi erant justificationes tuae in loco
peregrinationis meae.
Para
poder aprovechar las saludables lecciones que San José nos da en esta ocasión,
permanezcamos en paz en el lugar en que Dios nos ha colocado; a Él solo toca
mudarnos. Abandonémonos en El, y creamos firmemente que vendrá en nuestra
ayuda, sin que nos inquietemos acerca de la forma de proveer, y seguros de que
nos quedaremos maravillados.
Toda
la malicia de los hombres —dice la Imitación de Cristo— no alcanza a
dañar a los que Dios quiere proteger. Si sabéis callar y sufrir, Dios os
asistirá seguramente. Él sabe cómo y cuándo; abandonaos, pues, a Él. El auxilio
viene de Dios, y Dios nos librará de la confusión.
El
tiempo en que estamos abandonados de todo auxilio humano, es precisamente aquel
en que Dios nos socorre. Le agrada esperar a que se haya despertado en la
criatura una ciega confianza en El, y entonces viene en su auxilio. Pero no le
señaléis los medios; abandonaos por completo en su Providencia, que no os ha de
faltar.
La
mutación de lugar y de estado ha engañado a muchos, dice la Imitaciónde
Cristo. Las almas inconstantes y poco mortificadas sienten vivamente el
peso del lugar y de la carga que tienen, y pensando que puede haber en el
mundo, estado o criatura exenta de cruz, no encuentran dónde estar a gusto.
Ordenad, pues, las cosas según vuestro querer y vuestros deseos; pero lo
queráis o no lo queráis, hallaréis siempre que en todas partes hay que sufrir.
La cruz está siempre preparada, os espera en cualquier tiempo y lugar. Doquiera
vayáis, la hallaréis, porque en todas partes os encontraréis a vosotros mismos.
Si rehusáis una cruz, inexorablemente hallaréis otra, y tal vez más pesada que
aquella que abandonasteis.
«No
sembréis vuestros deseos en otros jardines, cultivad siempre el vuestro
—escribe San Francisco de Sales; —. No deseéis ser lo que no sois, pero desead
siempre lo mejor en donde estáis. Ocupaos en perfeccionaros y en llevar de buen
grado las cruces que halléis, sean grandes o pequeñas. Muchos son los que aman
su propia voluntad, pero muy pocos los que aman el querer de Dios».
Lo que
puede consolaros y haceros perseverar con paciencia en el estado en que Dios os
ha puesto, es la compañía de María y la unión con Jesús, que endulzaron para
San José los rigores del destierro: Accípe puerum et matrem ejus. El
Niño Jesús vivió en esa tierra maldita y enemiga del pueblo de Dios, como un
cordero entre los lobos, y pasó así los primeros años de su vida. Allí, en el
destierro, bajo el gobierno de José y de María, comenzó a caminar y a balbucear
las primeras palabras, que llenaron de consuelo el corazón de esos padres.
Dios
se encuentra doquiera; está en la morada más oscura como en la más espléndida;
en el último empleo de una casa como en el primero; y ¿se puede estar mal,
cuando se está con Dios?… En todas partes hay iglesias, en las que está Nuestro
Señor, donde hay altares dedicados a María, un Crucifijo, y cada día se ofrece
en ellas la santa misa. San Juan Crisóstomo, desterrado entre los bárbaros, se
consolaba así: «Hallaré a Dios en la Escitia así como en Constantinopla».
Cuando Jesús está presente, todo es dulce —dice el piadoso autor dé la Imitación—
y nada es difícil. La compañía de Jesús es un paraíso de delicias; y si Jesús
está con vosotros, ¿qué os podrá hacer mal?
El
ejemplo de José viviendo en una tan perfecta armonía entre los desórdenes y
supersticiones del Egipto idólatra, es muy oportuno para alentar a las almas
piadosas que la Providencia ha querido dejar en el mundo en medio de las
ocasiones, de las tentaciones más peligrosas. Dios Nuestro Señor las cuidará y
las cubrirá con el escudo de la buena voluntad. Las llamas no rozaron siquiera
los vestidos de los tres hebreos arrojados en el horno de Babilonia; antes
bien, el horno se convirtió para ellos en un lugar de delicias, donde bendecían
a Dios. Lo mismo sucede con aquellos a quienes la obediencia manda entrar en el
horno ardiente de la Babilonia del siglo: si se mantienen unidos a Jesús y a
María, como José, también ellos cantarán las alabanzas de Dios; y mientras que
el fuego de la concupiscencia devora a los que temerariamente se exponen a él,
el comercio con el mundo no alcanza sino a procurar a las almas piadosas de una
mayor luz para despreciar sus vanidades, sus falsos placeres, y hacerles
estimar cada vez más los beneficios de la piedad.
Las
almas piadosas pueden, por otra parte, con sus oraciones y su buen ejemplo,
destruir los prejuicios de los mundanos y enseñarles a amar la virtud.
No nos
apartemos, por lo tanto, de las disposiciones de la Divina Providencia, ni aun
en las cosas que parezcan indiferentes. Las varias circunstancias de nuestra
vida tienen con nuestra eterna salvación y con nuestra perfección, relaciones
que no alcanzamos a sospechar, y que sólo conoceremos en la otra vida.
Con
frecuencia juzgamos que importa poco, para nuestra alma, estar en este o en
otro lugar, con esta o aquella persona; pero, a poco que reflexionáramos,
comprobaríamos que todo lo dispone Dios para nuestro bien. Se atribuye a la
demora de la Sagrada Familia en Egipto, la caída de los ídolos, y también la
gracia de que aquellas regiones fueran pobladas por tantos santos anacoretas.
San Juan Crisóstomo y varios otros doctores de la Iglesia atribuyen a la
estadía de Jesucristo en Egipto, los grandes progresos realizados por el
cristianismo, y el establecimiento de tantas comunidades religiosas, las cuales
por largo tiempo han dado maravillosos ejemplos de virtud. Y tal venturosa
trasformación bastaría para confirmar el oráculo de Isaías, quien había
anunciado que: “a la presencia del Señor entrando en Egipto, los ídolos de ese
país serían destruidos”. Hay también una antigua tradición, ratificada por
muchos autores del siglo IV, según la cual, la referida profecía se cumplió
literalmente al arribo de Jesús a Egipto, y que gran número de ídolos
—particularmente en la Tebaida, donde la Sagrada Familia residió algún tiempo—
fueron efectivamente desbaratados, como en otra ocasión ocurrió con el ídolo
Dagón a la presencia del Arca Santa, que era figura de Nuestro Señor
Jesucristo.
Puede
Dios haberos colocado en tal empleo o lugar, para utilidad y salvación de
alguna persona, a quien habréis de convertir con nuestros buenos consejos y
piadosas conversaciones, y cuyo celo podrá ser útil a la gloria de Dios. Si
sufrís, si sentís fastidio, alegraos, porque estáis en el camino que lleva al
cielo. ¿Acaso no sufría San José en Egipto?… Y sabemos muy bien que esos
sufrimientos aumentaron sus méritos. Persuadíos, pues, de que aquella es
vuestra cruz; el ejercicio de la paciencia que os exige, vuestro purgatorio, y
no desperdiciaréis ni un solo momento: tendréis toda la eternidad para gozar y
descansar, y afortunados de vosotros si morís en el estado en que Dios os ha
colocado. De los brazos de su Providencia pasaréis a los de su misericordia.
Habiendo
terminado la persecución con la vida de Herodes, el ángel del Señor se le
apareció por segunda vez en sueños a José, para advertirle que podía volver sin
temor a la tierra de Israel. Aprovechemos, pues, las sabias lecciones que nos da
San José con su conducta.
No
habiéndole dicho el ángel a José dónde debía ir a vivir, eligió entonces
nuestro Patriarca, entre todas las provincias y ciudades de la Galilea, la de
Nazaret, donde pensó que podía custodiar a Jesús más cómodamente, y sin temor
de perderle.
Cuando
la Providencia no nos manifiesta sus designios; cuando nuestros directores nos
dejan la libertad de escoger, o bien nos piden nuestro parecer, podemos exponer
con sencillez nuestra manera de pensar, y si es aceptada, podemos seguirla.
Pero que no sea nunca nuestra inclinación natural la que nos guíe; esta se
funda ordinariamente en nuestra vanidad y en nuestra debilidad, y por lo mismo,
debe ser siempre dirigida por la fe o por la razón.
Examinemos
seriamente delante de Dios en qué cargo o empleo serviremos mejor a Jesucristo,
y dónde estaremos menos expuestos a perderle. Son las normas que, como San
José, debemos seguir siempre. En nuestras determinaciones miremos siempre,
primero la gloria de Dios y nuestra propia perfección, y que ninguna otra mira
nos aparte de lo que debemos a Dios y a nosotros mismos.
Aun
cuando San José sostenga entre sus brazos al Dios fuerte, al Salvador del
mundo, teme no obstante la Judea: Timuit illo ire, donde piensa que la
vida de Jesús puede estar en peligro. Como él, cuando nuestro ángel custodio
nos advierte que no debemos ir a tal lugar o a aquella casa, donde correríamos
peligro de perdernos, debemos seguir fielmente sus santas inspiraciones, y no
creernos seguros porque por la mañana tuvimos la suerte de recibir a Jesús en
la santa comunión. De otro modo, sería un milagro no perder a Jesús. Y por
último, creamos en la promesa de Dios, cuya palabra es infalible: Buscad
ante todo el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura.
MAXIMAS DE VIDA
ESPIRITUAL
Cuando
estamos donde Dios quiere, estamos con Él: dejémonos, pues, guiar por el Señor
(P. Nepveu).
Nunca
ejercitamos más perfectamente nuestra confianza, como cuando nos encontramos
entre los más graves peligros y en medio de las más grandes penas (P. Huby).
El
santo abandono establece en el alma el reino de Dios. Más os abandonáis en sus
manos, tanto mejor os conducirá (P. Huby).
AFECTOS
Oh fidelísimo José,
dignaos dejarme entrar en el modesto asilo en que os refugiasteis en Egipto con
Jesús y María. Veo en él, doquiera, las señales de una gran pobreza; pobres
muebles, alimento pobre, trabajos y ocupaciones de pobre. Pero, Dios mío, ¿cuándo
hubo en el mundo habitación más deliciosa, que aquella cabaña? En aquella
oscura vivienda dio Jesús los primeros pasos y pronunció las primeras palabras.
Oh San José, adoro con vos aquellas palabras de vida, salidas por primera vez
de los labios del Verbo encarnado. Me postro como vos para besar respetuosamente
las primeras huellas de sus pies adorables. Oh José, inspiradme vuestros
sentimientos, y obtenedme la gracia de amar ardiente y generosamente, como vos
lo habéis hecho, a este Dios de amor, a fin de que, después de haberle amado y
seguido en este valle de lágrimas, me sea dado poseerle eternamente en la
Jerusalén celestial. Así sea.
PRÁCTICA
Rezar
por los misioneros, a fin de que puedan propagar la devoción a San José en los
países infieles.