Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Domingo
de Sexagésima.
La
Parábola del Sembrador.
Lc
8, 4-15
El
Evangelio es de san Lucas, y contiene la parábola del sembrador, de cuya
semilla se malograron las tres partes, y la cuarta se logró y dio tal fruto,
que recuperó en ella lo perdido, lo cual declaró Cristo en su parábola que en
unos se malogra, y en otros se logra y da copioso fruto.
PUNTO
PRIMERO.
Considera que, como dicen san Crisóstomo y Beda, el sembrador de quien se habla
aquí es el Hijo de Dios, que bajó del cielo a la tierra, no a castigarla como
cuando buscó a Adán, sino a sembrarla y enriquecerla con sus dones. Mira a la
tierra seca, árida y sin fruto, y al Hijo de Dios que la trueca en paraíso con
la semilla de su divina palabra; y dale muchas gracias porque se ha dignado de
hacer al mundo esta merced, y pídele que no se olvide de ti, ni deje seco y sin
fruto tu corazón, sino que le riegue con el agua de su gracia, y le siembre y
haga fructífero con la semilla de su divina palabra.
PUNTO
II.
Considera lo que dice el Salvador, que la palabra de Dios es semilla, no solo
por el fruto que da a las almas, sino porque la semilla se siembra en el otoño y
da fruto en el verano; no te congojes si no sintieres luego el fruto de la palabra
de Dios, más guárdala y abrígala en tu corazón, que a su tiempo le dará cuando
Dios fuere servido; ni desesperes tampoco de tus prójimos, si no los vieres tan
aprovechados con los sermones como debieran; más espera con paciencia en la
bondad del Señor, y ruégale que envíe sobre todos el riego de su divina gracia,
con el cual fructifique en ti y en todos la semilla de su palabra.
PUNTO
III. Considera
lo que dice Cristo, que la palabra de Dios es semilla propia suya, porque como
dice san Gregorio, ahora se siembre por mano de los profetas, ahora por mano de
los apóstoles o predicadores, confesores o superiores, siempre es suya, y se ha
de oír y recibir como si saliera de su boca, en que aprenderás la estima que debes
tener de la palabra de Dios y de los que la predican , y cómo la debes oír y
obedecer. Considera y piensa despacio con qué atención y respeto oyeras a
Cristo, y cómo le obedecieras en cuanto te mandara, y piensa que de la misma
manera debes oír a los predicadores y padres espirituales, pues son suyas las
palabras que te dicen, y el mismo Salvador te habla por su boca. Dale gracias
por esta gracia, y pídesela de nuevo para lograr en tu alma su divina palabra
PUNTO
IV.
Pondera lo que advierte el sagrado Evangelista: conviene a saber, que
predicando este sermón Cristo clamaba con vivo sentimiento, porque de cuatro
partes de la semilla se malograban las tres, y solo una daba fruto. Entra
dentro de ti mismo, y mira cuántas partes se han perdido de la semilla que Dios
ha sembrado en tu alma; ya de sermones, ya de inspiraciones, ya de buenos
consejos, ya de ejemplos santos de tus prójimos, y hallarás que de cien partes
apenas se ha logrado una ¿Pues qué sentimiento será el del Señor viendo en ti pérdida
tan grande parte de la semilla de su palabra? Mira qué cuenta darás a Dios de
estas perlas preciosas, con que otros han granjeado en poco tiempo grandes
colmos de merecimientos, y tú en tantos años te hayas más pobre que al
principio. Clama al Señor y pídele que te perdone, y que pues él da la semilla,
el logro y el fruto, que tenga piedad de ti, y te dé su santo espíritu para
lograr su divina palabra, obrando con ella sin que se pierda en ti el fruto que
su Divina Majestad desea.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
San Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad, redención de cautivos. — 8 de febrero. (+ 1213) No dudando ya San Juan y San Félix que Dios los tenía destinados para trabajar en la redención de los cautivos cristianos, que gemían oprimidos con el cautiverio de los moros, tomaron la resolución de ir juntos a Roma, para declarar al Sumo Pontífice sus intentos, y saber del Supremo Oráculo de la Iglesia lo que debían ejecutar. Admirado Inocencio III de su caridad y de su celo, alabó su generosa resolución; pero como se hallase dudoso e indeciso en orden a aprobar el nuevo Instituto que le proponían, acabó de determinarle una visión celestial: porque estando diciendo Misa en San Juan de Letrán el día 28 de enero, se le apareció un ángel vestido de blanco, con los mismos símbolos con que se le había aparecido a San Juan de Mata cuando dijo en París su primera Misa. Aprobó pues con elogio la nueva religión, queriendo que los que la profesasen vistiesen el hábito blanco, con una cruz roja y azul en el pecho; y que por alusión a esta misteriosa variedad de colores, se llamase el nuevo Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos. Toda su ansia era pasar a África, y su mayor consuelo sería, como él mismo solía repetirlo, quedarse cautivo por la redención de algún cristiano. Pero deteniéndole en Roma el Sumo Pontífice, por aprovecharse de sus prudentes consejos en los negocios más importantes de la Santa Iglesia, envió dos de sus religiosos a Marruecos, que hicieron una redención de ciento ochenta y seis cristianos cautivos. Encendióse más su celo con un suceso tan pronto como feliz. Estábase disponiendo para partir a África cuando el Papa le envió por Legado de la Santa Sede al Rey de Dalmacia, con título de capellán suyo.
Dios
y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al
pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros
favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para
este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y
desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia,
pero os lo pido por los méritos de vuestro Padre nutricio, San José.
Vos,
glorioso San José, Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el
favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de
mi alma. Amén.
A continuación, se lee la meditación propuesta para cada
domingo.
SEGUNDO DOMINGO
La Santa Comunión de este día se ofrecerá para dar gracias a San
José por los favores que nos ha alcanzado; la indulgencia plenaria se aplicará
por las almas del Purgatorio que tuvieron devoción especial a la Sagrada
Familia.
MEDITACIÓN SEGUNDO
DOMINGO
Sobre los dolores
y gozos de San José
en el nacimiento
del Hijo de Dios en un establo.
1.
El momento en que la Augusta Virgen María va a dar al mundo el Mesías
prometido, desde tantos siglos, ha llegado. Es en vano que José pida para su
angelical esposa un asilo a los habitantes de Belén; sólo recibe negativas y
desdenes. Así es como se cumple a la letra el pasaje del Evangelio: “El Hijo de
Dios ha venido en medio de los suyos, y éstos se han negado a recibirle.” José
se ve precisado a guarecerse en un establo abandonado; allí es donde quiere
nacer el Hijo del Eterno para morar entre los hombres ¡Qué dolor tan inmenso
para el corazón de José viendo al Divino Niño asimilado a los animales, echado
como ellos sobre un poco de paja húmeda y fría, en la estación más rigurosa del
año! ¡Cómo resonaría hasta en lo más íntimo de sus entrañas de padre, el primer
lamento del Salvador ocasionado por sus sufrimientos! ¡Cuán dulces y amargas
fueron las lágrimas que mezcló a las que el Niño Dios derramaba ya por nuestras
faltas!
2.
José prosternado con la frente en el polvo, adora al recién nacido como a su
Dios; le reconoce a pesar de su anonadamiento y su debilidad por el Creador del
Cielo y de la tierra, por el Salvador y Redentor del mundo, le ofrece su
corazón, sus fuerzas, su vida entera, y le da mil gracias por haberle escogido
entre todos para servirle de padre. Y para colmo de su alegría, María le
presenta a su Divino Niño que Dios confía a su ternura; José le recibe de
rodillas, le estrecha con tanto respeto como amor sobre su corazón, le baña de
lágrimas, le cubre de besos, le ofrece al Padre Eterno como rescate de su
pueblo, esperanza y alegría de Israel, y le deposita de nuevo en los brazos de
su querida Madre como el único altar bastante puro para recibirle. ¡Oh! ¡Cómo
olvida las fatigas y las angustias de la víspera cuando oye a los ángeles
celebrar con cánticos armoniosos el nacimiento de Aquél que él podría llamar su
Hijo! Más rico que todos sus antepasados, en medio de sus privaciones, San José
posee el más precioso tesoro del cielo; ante su gloria se eclipsa toda la de su
regia estirpe. Él podía contemplar con sus ojos, estrechar contra su corazón al
Emmanuel que David saludaba de lejos en sus proféticos aciertos como su Señor y
su Dios; iba a pasar su vida con Aquel que sus antepasados habían deseado con
tanto ardor ver su venida. ¿Qué gloria no queda eclipsada en presencia de esta
gloria? ¿Qué dicha no desaparecerá ante esta felicidad? Así es como Dios forma
en el corazón tan puro de José una inefable mezcla de alegría y de pena, de
gozo y de dolor; pero el dolor no turba su gozo y la alegría nada quita a la
amargura de su pena, porque la una y la otra proceden de un mismo principio y
el amor que le hace gozar, le hace también padecer.
EJEMPLO
La
priora de un convento de religiosas escribe el siguiente caso: Una de nuestras
hermanas religiosas, de edad de 28 años, que había gozado siempre de cabal
salud, fue atacada hace ocho meses de un mal a la garganta que le hizo perder
enteramente la voz, extendiéndose muy largo hasta el estómago: una opresión
continua y pesada, dolores violentos en el pecho y en las espaldas, una suma
debilidad. Todo eso demostró ser una enfermedad de pecho el mal que padecía
nuestra hermana, el cual declararon los médicos no tenía remedio. No
desconfiamos por eso; acudimos a San José, y poniendo en él toda nuestra
confianza le consagramos repetidas novenas, sin que se advirtiera ninguna
mejoría en la pobre enferma. Como estaba tan débil que no podía andar, llevamos
en procesión a la enfermería la venerable imagen de San José, acompañándola con
cirios encendidos; y allí empezamos la devoción de los Siete Domingos, tan
agradables al poderoso San José, para que nos obtuviese la curación que tanto
deseábamos, durante la séptima semana, la enferma padecía mucho, estaba triste,
y nosotras también porque fundadamente temíamos que bien pronto nos dejaría. No
obstante, el domingo siguiente mostró deseos de ir al coro para asistir a la
bendición del Santísimo, lo que efectuó con mucha pena sostenida por nosotras,
y llegando allí sin poder respirar. En el acto de la bendición quiso seguir a
las otras religiosas en el canto de un himno, lo que hizo con voz apagada. Este
era el momento escogido por el Esposo de María para demostrarnos su poderosa
intercesión. Encontré a la enferma que salía del coro y toda conmovida me dijo:
“Puedo hablar con voz clara”, y volviendo al coro con nosotras se puso a rezar
con fuerte acento unas letanías a San José. Todas estábamos a su alrededor,
pasmadas, escuchando aquella voz que ocho meses hacía no habíamos oído, y
dirigíamos mil preguntas a nuestra querida hermana, admirando en ella los
dichosos efectos de la protección de nuestro amado Padre. Libre de toda
opresión, no hallaba palabras para expresarnos lo que sentía y desde entonces,
vuelta a su estado normal, practica todos los actos de comunidad.
Récense los dolores y gozos.
EJERCICIOS
DE LOS 7 DOLORES Y GOZOS
DE
SAN JOSÉ
Este ejercicio consiste en hacer memoria de los 7 dolores y
gozos de san José, con su Padrenuestro, avemaría y gloria en cada uno de ellos.
Se puede hacer cualquier día del año, pero tradicionalmente se rezan estos
dolores y gozos durante 7 domingos consecutivos como preparación a la fiesta
del Santo del 19 de marzo, comenzando 7 domingos antes de la fiesta.
La Iglesia ha concedido Indulgencias a esta devoción: 1ª.- 300
días de indulgencia cada domingo, rezando durante siete domingos consecutivos
en el curso del año, a elección de los fieles, los siete gozos y siete dolores
de san José, y el séptimo domingo se puede ganar además una indulgencia
plenaria. (Gregorio XVI, 22 de enero de 1836).2ª.- Indulgencia plenaria en cada domingo, aplicable a las almas del
purgatorio. Los que no saben leer o no tienen la deprecación de los siete
dolores y gozos, pueden ganar esta indulgencia rezando en los siete domingos
siete Padrenuestros con Avemaría y Glorias. (Pio IX, 1 de febrero y 22 de marzo
de 1847). Otra fórmula más breve pág.
48.
PRIMER
DOLOR Y GOZO
¡Oh
castísimo Esposo de María!, me compadezco de las terribles angustias que
padeciste cuando creíste deber separarte de tu Esposa Inmaculada, y te doy el
parabién por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el
misterio de la Encarnación. Por este dolor y alegría te pido consueles nuestras
almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y
morir santamente en los brazos de Jesús y de María. Padre
Nuestro y Avemaría y Gloria.
SEGUNDO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del
Verbo encarnado!, te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño
Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al
oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando
“Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo, te pido nos concedas
oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la
gloria. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
TERCER
DOLOR Y GOZO
¡Oh
modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina!, te compadezco por el
dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangre en la
circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús.
Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que podamos vencer nuestras
pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria
CUARTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención!,
te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo
que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo
Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión
del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo, nos alcances ser del número de
los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su
Madre. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria
QUINTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh Custodio
vigilante del Hijo de Dios humanado!, me compadezco de lo mucho que padeciste
en la huida a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y
de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en
el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo
cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo, te pido nos
alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los ídolos de los
afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro
último suspiro. Padre Nuestro y Avemaría y
Gloria
SEXTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo
sujeto a tus disposiciones!, si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue
alterado con el temor al Rey Arquélao, tranquilizado después por el Ángel,
viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor y gozo, alcánzanos
a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de
tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos
teniéndolos a nuestro lado. Padre Nuestro y
Avemaría y Gloria
SEPTIMO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste
al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién
por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo, te
pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por
desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la
penitencia, y podamos vivir unidos con Él hasta el último aliento de nuestra
vida. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
ANTIFONA. Tenía Jesús al
empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le tenía por hijo de
José.
V.
¡Oh San José!, Ruega por nosotros.
R.
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
ORACIÓN
Oh
Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San
José por esposo de tu Madre, te rogamos, nos concedas que merezcamos tener en
los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector. Tú que
vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.
Por
el santo Padre, por su persona e intenciones para ganar las indulgencias
concedidas a esta devoción.