sábado, 31 de octubre de 2026

LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


XXIII domingo después de Pentecostés

DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

XXIII domingo después de Pentecostés

DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: LA RESURRECCIÓN DE LA HIJA DE JAIRO. (Marc. 9.)

En el Evangelio se refieren dos milagros de Cristo nuestro Señor: el uno, de la hija del archisinagogo, a quien, estando muerta, tomó de la mano y le dio la vida; el otro, de una mujer que padecía flujo de sangre doce años, y, tocando la orla de su vestidura, cobró salud.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Mateo: que, estando Cristo predicando, vino a buscarle un príncipe de la sinagoga a pedirle vida y salud para su hija.

Pondera con san Anselmo la dificultad con que los príncipes y poderosos vienen a Dios, traídos, y como de los cabellos, a fuerza de enfermedades y trabajos, y constreñidos de la necesidad.

Y no esperes tú a que te la envíe Dios para venir a su servicio, sino ofrécete a Él voluntariamente; no vengas forzado, sino libre de tu propia voluntad.

Ofrécete desde luego a la suya para servirle eternamente.

 

PUNTO II. Considera el respeto y adoración con que llegó este príncipe al Salvador; pues dice el Evangelista que le adoró —sería pecho por tierra— con suma humildad delante de toda la gente, pidiéndole la vida de su hija.

Y saca de aquí dos cosas:

La primera, el respeto y reverencia con que has de reverenciar a Cristo y a los sacerdotes y ministros que están en su lugar, a ejemplo de este príncipe.

La segunda, cómo sabe Dios humillar a los poderosos del mundo, y con la facilidad que los rinde a sus pies.

Y humíllate en su presencia, y no temas el poder de los príncipes, pues es tan flaco, que en un punto los humilla Dios y los pone tan rendidos como a este.

Válete de su Majestad y pídele que te ampare, y no temerás a los poderosos del mundo.

 

PUNTO III. Considera en esta hija del príncipe la condición de los hombres y la flaqueza e inconstancia de la naturaleza humana.

Contémplala joven, rica, noble, agraciada, estimada y servida, en la flor de su juventud, y difunta.

Tal es la condición de los hombres y la flaqueza nuestra.

Mira qué poco hay que fiar en años, ni en fuerzas, ni en riquezas, ni en nobleza; y cómo todo es una flor que al amanecer nace y a la tarde se marchita.

Y saca de esta meditación desengaños para tu vida, desprecio de todo lo caduco de la tierra y aprecio de lo eterno y celestial.

 

PUNTO IV. Considera cómo, en oyendo la petición, el Redentor del mundo luego al punto, sin más dilación, se levantó; y, dejando la predicación, se puso en camino, y siguió al príncipe, y fue a resucitar a su hija.

En esto tienes mucho que aprender.

Lo primero, la piedad y misericordia del Señor, que con tanta presteza se inclinó a los ruegos del que le pedía, y le concedió su petición.

De esto debes cobrar mucha confianza en la divina bondad, de que oirá tus ruegos y se inclinará a tus peticiones, y te concederá lo que pidieres.

Gózate de tener un Dios tan piadoso y exorable.

Pide y ruégale con toda confianza que dé vida espiritual a tu alma, y que te haga toda merced a ti y a todos los tuyos.

Aprende también a ser exorable y fácil en conceder lo que te pidieren, y especialmente en las materias de misericordia y piedad.

Y no dilates el hacer bien a tus prójimos, como no dilató Cristo hacerlo a este padre y a su hija, para que Dios no dilate el despacho de tus peticiones, pagándote en la misma moneda.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 1. FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA SOBRE EL PURGATORIO. DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA 1

FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA

SOBRE EL PURGATORIO

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

***

DÍA 1

FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA

SOBRE EL PURGATORIO

 

«Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa a través del fuego».

I Corintios 3, 15.

 

El purgatorio es un lugar de sufrimientos donde las almas que salen de este mundo en estado de gracia expían, ya sea los pecados veniales no perdonados, ya los pecados veniales o mortales perdonados, pero por los cuales no han satisfecho suficientemente.

Que existe este lugar de sufrimientos lo demuestran la Sagrada Escritura, la Tradición y la misma razón.

1.º La Sagrada Escritura. Leemos en el segundo libro de los Macabeos que Judas Macabeo hizo ofrecer sacrificios al Señor en expiación por los pecados de quienes habían muerto en el combate. Después, el escritor sagrado añade que «es un pensamiento santo y saludable orar por los difuntos, para que sean liberados de sus pecados» (II Macabeos 12, 46).

Jesucristo nos habla en el santo Evangelio «de una prisión de la que no saldremos hasta haber pagado hasta el último céntimo» (Mateo 5, 26); es decir, según san Jerónimo, hasta haber satisfecho enteramente por las faltas más pequeñas.

En otro lugar, Jesucristo nos dice que «el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro» (Mateo 12, 32). Esto supone evidentemente que hay pecados que pueden ser perdonados en la otra vida: no en el cielo, donde «nada impuro puede entrar» (Apocalipsis 21, 27), ni en el infierno, donde la sangre del Salvador no encuentra aplicación, sino en un lugar de expiación que llamamos purgatorio.

San Pablo declara que aquel cuyas buenas obras estén mezcladas con imperfecciones «se salvará, pero como quien pasa a través del fuego» (I Corintios 3, 12-15). Estas palabras han sido aplicadas a la existencia del purgatorio por los doctores de la Iglesia y por la misma Iglesia en el Concilio de Florencia.

2.º La Tradición. Numerosos Padres de la Iglesia y concilios establecen claramente la fe en el purgatorio. Las Constituciones apostólicas, las liturgias y las oraciones por los difuntos también la confirman.

Este es uno de los dogmas que mejor se han conservado en las tradiciones y en el culto de todos los pueblos.

«Es una práctica —dice san Agustín— que ha llegado hasta nosotros transmitida por nuestros padres, y que toda la Iglesia observa: orar por aquellos que han muerto en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo».

Estas son las palabras del Concilio de Trento:

«Si alguno dijere que, después de haber recibido la justificación y obtenido la remisión de la pena eterna, no queda ninguna pena temporal que satisfacer en este mundo o en el purgatorio antes de entrar en el reino de los cielos, sea anatema» (sesión VI, canon 30).

3.º La razón. No se puede creer que el Padre de las misericordias condene al fuego eterno por faltas leves o por pecados ya perdonados, pero no suficientemente expiados.

Por otra parte, el Salvador ha dicho: «En el día del juicio, los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado» (Mateo 12, 36); es decir, incluso de las faltas más leves.

Es necesario, por tanto, que esas faltas sean expiadas. Pero, puesto que no puede ser en el infierno, lo serán en las llamas del purgatorio.

Así, la herejía, al negar el purgatorio, se rebela no solamente contra la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, sino también contra las nociones más elementales de la recta razón. Al mismo tiempo, hiere una necesidad invencible del corazón humano al negarse a orar por aquellos que ya no están entre nosotros.

Demos gracias al Señor por habernos hecho nacer hijos de la Iglesia. Creamos firmemente lo que ella nos enseña acerca del purgatorio.

Siendo consecuentes con nuestra fe, esforcémonos por evitar aquel lugar de tormentos y, sobre todo, acudamos en ayuda de las almas que allí padecen.

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«Es necesario que quien haya aplazado hasta la otra vida la producción de frutos de penitencia sea purificado por el fuego antes de ir al cielo». San Agustín

 

UN TESTIMONIO SOBRE LA FE

EN EL PURGATORIO

«Conocí —dice un autor piadoso— a un hereje a quien nuestra creencia en el purgatorio hizo católico.

Había perdido a su querido hermano en medio de una fiesta, y recordaba sin cesar aquel tránsito tan brusco de un banquete al ataúd. Su alma necesitaba ser consolada. Conocía la pureza que se requiere para entrar en el cielo y, en su religión, no encontraba ningún lugar intermedio entre los atrios celestiales y las profundidades del abismo.

Para distraerlo, le aconsejaron viajar, y el joven escocés vino al continente. Yo me encontraba en el mismo barco que él; pronto entablamos conversación y descubrimos muchas cosas que nos acercaban. Cuando desembarcamos, nos alojamos en el mismo hotel.

Al cabo de unos días, me reveló lo que había llenado de tristeza sus primeros años: la muerte de su hermano y la inquietud por el destino eterno de un ser a quien había amado tanto.

—¡Ah! —me dijo un día de los Difuntos—. Por amor a mi hermano, voy a abrazar vuestra fe. Vuestro culto permite que podamos seguir ayudándonos después de la muerte; vuestras oraciones arrancan al sepulcro su terrible silencio. Vosotros seguís conversando con quienes han abandonado esta vida. Entre los límites del cielo y de la tierra, Dios os ha revelado un lugar de expiación. ¡Quizá mi hermano esté allí!

Me hago católico para librarlo de allí, para encontrar consuelo en esta vida y aliviarme de este peso que me oprime. Ya no lo llevaré cuando pueda orar por él.

Y llevó a cabo su propósito».

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

 

 

DÍA 9. EL AGRADECIMIENTO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS PARA CON SUS DEVOTOS. NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA NOVENO

EL AGRADECIMIENTO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS  PARA CON SUS DEVOTOS

NOVENA

EN SUFRAGIO DE

LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Tomada del devocionario Áncora de Salvación,

compilado y publicado por el Padre José Mach, SJ, en 1860.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita. Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.

 

DÍA NOVENO

MEDITACIÓN

EL AGRADECIMIENTO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS  PARA CON SUS DEVOTOS

 

PUNTO PRIMERO. Ved aquí el día feliz: hoy, con las numerosas comuniones y sufragios que los fieles han ofrecido al Señor, no solo en esta, sino en tantas otras iglesias, muchas de aquellas almas, ayer tan afligidas y desgraciadas, han pasado a ser dichosos habitantes y príncipes felicísimos de la corte celestial.

Ya ven cara a cara la hermosura y majestad infinitas; ya poseen a Dios, que contiene en sí cuanto hay de amable, grande, delicioso y perfecto. Su entendimiento ya no puede experimentar ni más alegría, ni más suavidad, ni más dicha.

¡Ay! ¡Si pudieses, amado cristiano, penetrar hoy en aquella dichosa patria y contemplar el arrobamiento de aquellos bienaventurados! ¡Qué enhorabuenas, qué abrazos tan amorosos se dan! ¡Qué cánticos entonan en acción de gracias al Dios de las misericordias y a los generosos cristianos que las han sacado del Purgatorio!

¡Oh! ¡Cómo dan por bien empleadas las penas que en este mundo padecieron! ¡Oh! ¡Con cuánta alegría está diciendo cada una de ellas: «Dichosas confesiones y comuniones; dichosas las Misas que oía, las limosnas, oraciones, penitencias y obras buenas que practicaba; dichosas las burlas y escarnios que sufría por ser devota! ¡Y con qué magnificencia pagáis, Señor, hasta los sacrificios más pequeños e insignificantes que hice por vuestro amor!»!

¿No quisieras, cristiano, tener tú la misma suerte? Pues pelea contra las pasiones, que sin pelear no se alcanza victoria; sin pena, no hay felicidad.

Medita un poco sobre lo dicho.

 

PUNTO SEGUNDO. ¡Y qué dicha la tuya, cristiano, si has logrado librar del Purgatorio a alguna de aquellas almas! El Cielo debe a tus sufragios el nuevo regocijo y la nueva gloria accidental que ahora experimenta. Y aquellas almas dichosas te deben la libertad y, con ella, la posesión de una felicidad infinita.

¿Qué súplicas tan fervorosas no harán a Dios por ti? ¿En qué necesidad podrás encontrarte que no cuiden de socorrerte? ¿Qué empeño pondrán en conseguirte las gracias necesarias para vencer las tentaciones, adquirir las virtudes y triunfar de los vicios?

Y si alguna vez te vieres en peligro de pecar y de caer en el Infierno, ¡con cuánto más celo que el pueblo de Israel en favor de Jonatán dirán al Señor:

«¿Y permitiréis, oh gran Dios, que se pierda eternamente un cristiano que me ha librado a mí de tan horribles penas? ¿No prometisteis que alcanzarían misericordia los que usasen de misericordia con el prójimo? ¿Y consentiríais ahora que cayese en el Infierno aquel que con sus sufragios me abrió las puertas del Cielo?»!

¡Ah, dichoso cristiano! ¡Cuánto envidio tu dicha! Persevera, y tendrás segura la palma de la gloria.

Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las almas de tu mayor obligación y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta novena.

 

EJEMPLO

Cuenta Dionisio Cartujano, en su tratado de los Novísimos, que santa Gertrudis, aquella esposa tan regalada del Señor, había hecho donación de todos sus méritos y obras buenas a las pobres almas del Purgatorio. Y, para que los sufragios tuviesen más eficacia y fuesen más aceptos a Dios, suplicaba a su divino Esposo que le manifestase por qué alma quería que satisficiese.

Se lo otorgaba su Divina Majestad, y la Santa multiplicaba oraciones, ayunos, cilicios, disciplinas y otras penitencias hasta que aquella alma hubiese salido del Purgatorio. Sacada una, pedía al Señor que le señalara otra; y así logró librar a muchas de aquel horrible fuego.

Siendo ya la Santa de edad avanzada, le sobrevino una fuerte tentación del enemigo, que le decía:

—¡Infeliz de ti! ¡Todo lo has aplicado a las almas del Purgatorio y no has satisfecho todavía por tus pecados! Cuando mueras, ¡qué penas y tormentos te aguardan!

No dejaba de acongojarla este pensamiento cuando se le apareció Cristo Nuestro Señor y la consoló, diciendo:

—Gertrudis, hija mía muy amada, no temas: los sufragios que tú ofreciste a las almas del Purgatorio me fueron muy agradables. Tú no perdiste nada, pues, en recompensa, no solo te perdono las penas que allí habías de padecer, sino que aun aumentaré tu gloria en muchísimos grados. ¿No había prometido yo dar el ciento por uno, pagando a mis fieles servidores con medida buena, abundante y apretada? Pues mira: yo haré que todas las almas libertadas con tus oraciones y penitencias te salgan a recibir con muchos ángeles a la hora de la muerte, y que, acompañada de este numeroso y brillante cortejo de bienaventurados, entres en el triunfo de la gloria.

 

ORACIÓN A LAS BENDITAS ALMAS LIBERTADAS DEL PURGATORIO POR LOS SUFRAGIOS OFRECIDOS DURANTE EL NOVENARIO

¡Oh almas dichosas y felices, a quienes nuestro dulcísimo Jesús acaba de admitir hoy en su patria celestial! Os felicitamos y damos, en nombre de toda la Iglesia, mil enhorabuenas por esta dicha tan grande.

Unimos nuestra alegría con la vuestra y con la de los ángeles y serafines; juntamos nuestras acciones de gracias con los cánticos y alabanzas que vosotras entonáis al Creador por tan inestimable beneficio.

Sí, almas santas y dichosas, alegraos: ya se han acabado para vosotras las penas y tristezas, las aflicciones y trabajos, los peligros y tentaciones de esta miserable vida. Solo os queda una eternidad de descanso, alegría, delicias y bienaventuranza infinita.

¡Qué dicha también la nuestra si, con estos sufragios, os hemos acelerado la posesión de tanta gloria!

Sí, triunfad en el Cielo; pero no hagáis como hizo aquel ingrato copero del faraón con José: no olvidéis a vuestros pobres hermanos, que militamos aún en este valle de lágrimas. Echad una mirada compasiva sobre nosotros; ¡mirad de cuántos y cuán fieros enemigos nos vemos rodeados!

Ahora que sois tan poderosas delante de Dios, interceded por nosotros, para que, siendo fieles y constantes en su servicio, podamos en vuestra compañía alabarle y glorificarle un día eternamente. Amén.

 

OBSEQUIO: Formar una firme resolución de ofrecer todas nuestras obras satisfactorias en sufragio de las pobrecitas almas.

 

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

 

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)

R. De las penas del infierno.

V. Descanse (-n) en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

 

Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por su nombre  propio), para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos descansen en paz.

R. Amén.