Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro
con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con
fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Martes
de la V semana de Pascua
De
la oración y doctrina del Evangelio. (Joann. 16.)
PUNTO
PRIMERO. Considera la virtud y fuerza de la oración para con Dios, pues nos
empeña Cristo su palabra de que nos concederá el Eterno Padre cuanto le
pidiéramos en ella. La oración aplaca la ira de Dios, franquea los cielos, y
rinde su voluntad y alcanza los bienes espirituales y temporales, las lágrimas
y la contrición de los pecados, y la gracia y amistad con Dios y la herencia
del cielo, y cuanto podemos desear; y así dice el Redentor que oremos y pidamos
para que nuestro gozo sea lleno; porque la oración llena las almas de gozo, y
por ella alcanzamos el lleno de nuestros deseos ¡Oh virtud celestial! ¡Oh
gracia que alcanza la gracia y la herencia de la gloria! ¡Oh llave que abre los
cielos y los tesoros de Dios! Dadme, Señor, esta gracia con que las alcance
todas, y resolución firmísima de no faltar en la oración por todos los
intereses criados, sino perseverar en ella toda mi vida, hasta continuarla en
la otra eternamente. Amen.
PUNTO
II. Pondera aquellas palabras del Salvador que dice: yo os empeño mi palabra
que os con cederá el Padre cualquiera cosa que le pidiéredes en mi nombre.
Contempla la virtud del nombre de Cristo y lo que vale y puede para con Dios por
los grandes merecimientos de su sangre; pídele por ellos y en su nombre todo
cuanto necesitares, que sus méritos son infinitos y por más que pidas, merecen
siempre más.
PUNTO
III. Considera cómo Cristo dice que pidamos; porque él rogará juntamente al
Padre por nosotros, acompañando su oración a la nuestra, asistiéndonos y
patrocinándonos cuando oremos a Dios; con tal patrón e intercesor ten firmísima
con fianza de que alcanzarás lo que pidieres, pídele siempre que te acompañe
cuando entrares en la oración, y que te cumpla esta palabra orando contigo y
por ti al Padre, y que ofrezca tus oraciones y supla con sus merecimientos lo
que falta a los tuyos; y ten confianza en su bondad de que si haces esto con
fervor, sentirás su favor y tendrá buen logro tu oración.
PUNTO
IV. Considera lo que dice Cristo, que alcanzó lo que pedía el que vino a la media
noche a pedir a su amigo; porque como dice san Pedro Crisólogo, ninguna hora
hay mejor para negociar con Dios; lo uno por el silencio y la quietud de aquel
tiempo, lo otro por el secreto en la oscuridad de la noche; lo otro por la mortificación
de quebrantar el sueño y dejar el reposo del cuerpo, que toman comúnmente los
hombres entonces para vacar a la oración y comunicar con Dios; el cual se da
por servido de los que le alaban y bendicen, cuando los demás le olvidan con el
sueño de la noche. Saca de aquí propósitos de orar en aquel tiempo y de
esmerarte en servir a Dios más, cuando los otros le olvidan, y de quebrantar el
sueño y dejar el alivio y el descanso del cuerpo por buscar el del alma, que se
halla en la oración y la comunicación con Dios.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Era la mitad de una apacible noche. José y
María rendidos por la fatiga del trabajo, dormían el dulce sueño de la
inocencia y del deber cumplido. Repentinamente José despierta sobresaltado y se
levanta de prisa: era que un ángel le acababa de dar la orden de emprender un
viaje a Egipto para poner a salvo la vida del recién nacido, amenazada por la
saña de Herodes. María, sin desplegar sus labios para proferir una queja, corre
a la cuna de su Hijo, que dormía tranquilamente el sueño de los ángeles, fija
sobre Él una mirada de angustia, lo envuelve cuidadosamente en sus pañales, lo
carga amorosamente en sus brazos, lo cubre con un pobre manto y se aleja con
paso presuroso de la tierra de sus antepasados para encaminarse al país del
destierro.
Un silencio sepulcral dominaba en las
calles: todos reposaban en el sosiego de sus abrigados albergues y nadie
transitaba a lo largo de los solitarios caminos que conducían a Jerusalén.
Entre tanto, una tierna doncella y un triste anciano marchaban en silencio,
temerosos hasta del ruido de sus propios pasos, a la luz de los suaves rayos de
la luna que brillaba en un cielo sin nubes. «Érase todavía en la estación del
invierno, dice San Buenaventura; y al atravesar la Palestina, la santa familia
debió de escoger los caminos más ásperos y solitarios. ¿Dónde se habrá alojado
durante las noches? ¿qué lugar habrá podido escoger durante el día para
reponerse un poco de las fatigas del viaje? ¿dónde habrá tomado la frugal
comida que debía sostener sus fuerzas?».
Caminos solitarios, senderos quebrados y
peñascosos, colinas empinadas, bosques espesos, arenales abrasados,
desfiladeros peligrosos, sinuosidades en que los bandoleros espiaban al
viajero, cavernas oscuras que servían de guarida a los malhechores: he ahí lo
que debían atravesar los desvalidos peregrinos y tristes desterrados de Israel.
Pero no sólo era la naturaleza con sus desiertos sin sombra, sin agua y sin
ruido, con sus altas montañas y tupidos bosques y solitarias hondonadas, lo que
hacía en extremo penosa la marcha de los viajeros: eran el miedo, el frío, el
hambre y la sed. Ellos debían ocultarse a las pesquisas de los espías de
Herodes y alejarse de las poblaciones y seguir los senderos menos frecuentados.
El frío entumecía sus miembros, porque no tenían ni un techo que los guareciera
de las brisas húmedas de la noche, ni más lecho que las yerbas empapadas por el
rocío, ni más abrigo que sus sencillos mantos. Sus provisiones eran escasas, y
el hambre se dejó sentir más de una vez sin que encontraran, para satisfacerla,
ni una fruta silvestre, ni un tallo de hierba. Al través de aquellos páramos
abrasados por el sol, ni una fuente de agua les ofrecía sus corrientes
cristalinas para humedecer sus fauces, secas por el cansancio, el calor y la
fatiga, y ni siquiera un soplo de fresca brisa venía a templar el ardor de
aquella temperatura de fuego.
Por fin, después de un viaje largo y
penoso, llegaron a Egipto, la tierra de la proscripción, donde no encontraron
ni un pariente, ni un amigo, ni una mano generosa que les prestase amparo. Era
un país de idólatras y donde se miraba con desdén e indiferencia al extranjero.
En su patria los santos Esposos habían llevado una vida humilde y laboriosa;
pero jamás faltó el pan en su mesa. Mas ¡ay! en el país del destierro sus
privaciones eran continuas y un trabajo asiduo durante el día y una parte de
las noches no era bastante a proveerlos de lo necesario. «¡Con frecuencia, dice
un escritor, el Niño Jesús acosado por el hambre, pidió pan a su Madre, que no
podía darle otra cosa que sus lágrimas!…».
No dejemos perder ninguna de las
saludables enseñanzas encerradas en este misterio de suprema angustia y de
maravillosa resignación a la voluntad divina. La prudencia humana habría podido
alegar mil especiosas excusas y oponer al decreto del ángel numerosos
inconvenientes. Era de noche; convendría esperar la claridad de la aurora, los
caminos estaban poblados de bandidos; carecían de todo recurso para emprender
un largo viaje; iban a un país extraño, dejando patria, hogar, parientes,
amigos. ¿No habría otro medio que ofreciera menos dificultades para salvar al
niño? ¿Por qué se les exige tan penoso sacrificio?
He aquí lo que hubiera dictado la
prudencia humana. Pero los santos Esposos ni siquiera preguntan al ángel si el
cielo se encargaría de protegerlos durante tan larga jornada. Bástales saber
que tales son los designios de Dios para inclinarse sumisos y adorar su
voluntad, abandonándose sin reserva en los brazos de su providencia. Si María
nos ofrece en el curso de su vida maravillosos ejemplos de perfecta sumisión a
la voluntad de Dios, nunca brilló con luz más viva esa virtud que en la huida a
Egipto. ¿Adónde os encamináis ¡oh doncella desvalida! con vuestro pequeño niño
en medio de una noche fría y solitaria? Yo voy a Egipto, al país lejano del
destierro. Pero, ¿quién os obliga a encaminaros al lugar del destierro y
abandonar el suelo que os vio nacer, el techo que os guarece, los amigos, los
parientes y cuanto ama vuestro corazón? La voluntad de Dios. —Pero ¿vuestra
ausencia se prolongará mucho tiempo? —Tanto como Dios quiera. —¿Cuándo
tornaréis a vuestros lares abandonados y volveréis a aspirar los aires de la
patria? —Cuando Dios lo ordene; yo no tengo otra patria, ni otro gusto, ni otro
deseo que el cumplimiento de la voluntad de Dios.
¡Ah! y cuánto acusa nuestra conducta la
resignación de María. Ella se abandonaba en los brazos de la Providencia,
porque sabía que Dios se encarga de proveer a nuestras necesidades y de darnos
los medios de cumplir sus designios. Nosotros, al contrario, pretendemos
conformar la voluntad de Dios a nuestros propios gustos y la contrariamos
audazmente toda vez que así nos lo aconsejan las conveniencias terrenales. Dios
no anhela otra cosa que nuestro bien, y cuando permite que seamos atribulados,
es porque así conviene a los intereses de nuestra santificación. Sírvanos la
conducta de María de saludable lección para que sepamos adorar en todo tiempo
la Voluntad divina.
Ejemplo La confianza filial recompensada
En el Seminario de Tolosa había un niño de
muy felices disposiciones para la virtud, y entre otras prendas que lo adornaban,
se distinguía por una confianza ilimitada en la protección de María.
Una noche, al pasar el superior la visita
de inspección acostumbrada para asegurarse de que todos los alumnos estaban
recogidos, lo encontró arrodillado en su cama.
—¿Por qué no se ha acostado Vd., mi
querido amigo? le dijo el superior. —Porque he dado mi escapulario al portero
para que me lo remiende con el cargo de que me lo devolviese antes de
acostarme; y como no me lo ha traído todavía, no me atrevo a recogerme sin él.
—¿Y
por qué no podría Vd. pasar una noche sin su escapulario? repuso el sacerdote.
—Porque temo morirme esta misma noche; y no quisiera que me sobreviniera este
trance sin tener en mi poder este escudo de protección: pues la Santísima
Virgen ha prometido que el que muera con esa especial divisa de su amor no
padecerá el fuego eterno.
—No tenga Vd. temor, le dijo el superior
pues nada nos induce a creer que esté tan próximo su fin: mañana, a primera
hora, yo haré que se le devuelva su escapulario; y entretanto, acuéstese y
duerma tranquilo.
—Padre mío, replicó el joven, yo no puedo
acostarme sin mi santo escapulario; no tendría tranquilidad ni vendría el sueño
a mis ojos, de temor de morirme sin él.
El buen sacerdote, profundamente
compadecido de la aflicción del santo joven y no menos edificado de aquella
confianza verdaderamente filial en la protección de María, bajó al aposento del
portero, recogió el escapulario y lo entregó al niño, quien después de besarlo
devotamente, lo colgó alegremente de su cuello, diciendo: «Ahora sí que dormiré
tranquilo»; y se durmió, invocando tiernamente el nombre de María.
Al día siguiente, el mismo superior, al
pasar la revista ordinaria para ver si sus alumnos se habían levantado a la
hora señalada, entró al cuarto del devoto niño y lo halló todavía en la cama,
lo que no le sorprendió, creyendo que estaría reparando la pérdida de sueño de
la noche anterior a causa de la falta de su escapulario. Se acercó a él, lo
llamó dos o tres veces, y viendo que no respondía, le removió suavemente para
despertarlo; y nada… Aplicó su mano en la boca para percibir su aliento, y pudo
cerciorarse con indecible sorpresa que el piadoso niño había pasado del sueño
de la vida al sueño de la muerte. Había expirado teniendo estrechado
fuertemente al corazón el santo escapulario que con tan vivas instancias había
reclamado.
María había querido recompensar la filial confianza de su joven devoto no
permitiendo que muriese sin el precioso documento por el cual sus devotos
quedan libres de las penas eternas. Este hecho nos demuestra la benevolencia
con que mira la Madre de Dios a los que se revisten de su santo hábito.
Jaculatoria
Danos ¡oh dulce María!
Tu maternal protección,
Y acepta desde este día
Mi vida y mi corazón.
Oración
¡Corazón de María, Madre de Dios y Madre
nuestra! ¡Corazón amabilísimo, objeto de las eternas complacencias de la
Santísima Trinidad y digno de la veneración de los ángeles y de los hombres!
disipad el hielo de nuestros corazones, encended en ellos el fuego del amor
divino y comunicadnos un santo entusiasmo por la imitación de vuestras
virtudes. Sobre todo haced que os imitemos en esa heroica conformidad con los
designios de Dios y en esa perfecta sumisión a su adorable voluntad. Bien
sabéis ¡oh Corazón humilde y resignado! que nuestros corazones son rebeldes a
los decretos divinos resistiendo muchas veces a ellos para seguir nuestras
inclinaciones. Haced que jamás hagamos otra cosa que lo que sea del agrado de
Dios y bien de nuestras almas, y que en nada nos busquemos a nosotros mismos ni
demos satisfacción a nuestros gustos.
¡Oh santos Esposos de Nazaret! Vosotros
que protegisteis durante el largo y penoso destierro al divino Fundador de la
Iglesia, dignaos velar sobre esa sociedad de salvación y de vida; protegedla y
sed para ella torre inexpugnable que resista heroicamente a los ataques de sus
enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Dios, nuestro socorro en las pruebas, nuestro
consuelo en las penas, nuestra fuerza en la tentación, nuestro refugio en la
persecución. Asistidnos especialmente en el momento de nuestra muerte haciéndonos
experimentar en esa hora, decisiva de nuestra suerte, los efectos de vuestro
poder, dándonos un asilo en el seno de la misericordia divina, a fin de que
podamos bendecir al Señor eternamente en el cielo en vuestra compañía. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Repetir varias veces en el día la
tercera petición del Padre nuestro, Hágase tu voluntad así en la tierra como
en el Cielo; prometiendo a María imitarla en su perfecta conformidad con la
voluntad de Dios.
2. Rogar a Dios por la persona o personas
que nos hacen mal, perdonándolas de todo corazón.
3. Rezar las letanías de la Virgen pidiéndole
por las necesidades actuales de la Iglesia católica.