Viernes de la XIII semana después de Pentecostés
DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la XIII semana después de Pentecostés
DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA.
PUNTO PRIMERO. Considera que, si Dios tiene providencia de que no falte nada al hombre de lo necesario para el cuerpo, mucho mejor la tendrá de que no falte lo necesario para su alma; pues, como dice el mismo Señor, es de mucho más valor y estima, y el fin a que se ordena mucho más alto, que es la vida eterna.
Conforme a esto has de ir discurriendo por las necesidades espirituales y los bienes eternos a que se ordena, y contemplar la providencia y cuidado paternal que tiene Dios de todos en común, previniendo que no les falte nada, y de ti en particular, para reconocer y agradecer las mercedes que te ha hecho y hace continuamente.
Considera en primer lugar cuán atento y prevenido ha estado Dios a darte sus auxilios y gracias para hacer buenas obras meritorias de la vida eterna, sin las cuales no pudieras hacer nada que fuese agradable a sus ojos. Mira cuántos beneficios se encierran en este beneficio, y cuántas gracias en esta gracia, sin la cual no pudieras haber hecho obra buena; y así, a la providencia divina y a su liberalidad debes cuanto has obrado en esta parte. Humíllate en la presencia de Dios, y dale gracias por ello, porque tu ingratitud no te haga indigno de recibir nuevas gracias y mercedes de su mano.
PUNTO II. Considera la providencia divina en prevenirte y armarte con su gracia para no ser vencido de las tentaciones y caer en manos de tus enemigos. Considera el cuidado que Dios ha tenido de ti, y cuán a tiempo te ha prevenido con sus auxilios, dándote buenos pensamientos contra los malos que te ocasiona el demonio, y buenos consejos contra los silbos de los malos amigos, quitándote las ocasiones de pecar y dándotelas para obrar bien.
Y pondera, otrosí, la medida con que Dios ha permitido que seas tentado, tomando primero el pulso a tu disposición, y midiendo las armas con tus fuerzas para que no cayeses en culpas, sino que antes salieses vencedor de la batalla, y sacases gran provecho para tu alma, así en esta vida, avivándote en el servicio de Dios y armándote con penitencia, vigilias, comuniones, oraciones y trabajos corporales contra tu enemigo, con grande usura de merecimientos; y en la otra, de gloria y galardón eterno.
Saca de aquí un afecto de agradecimiento a quien así te arma y enseña a pelear, y te da la victoria de tus enemigos; y ten ánimo varonil para despreciarlos, y una grande confianza en la divina bondad de que te ayudará en las batallas que tuvieres con ellos, hasta sacarte victorioso.
PUNTO III. Considera asimismo la providencia que Dios tiene de ti en las enfermedades y sucesos adversos de este mundo, los cuales, en su modo, son una guerra del alma, que la acometen para hacerla caer en impaciencias, y en desconfianza y tedio de las cosas espirituales.
Acuérdate que no se mueve una hoja en el árbol sin la voluntad de Dios, y que la Divina Majestad, que tiene bien contados los cabellos de tu cabeza, y no permite que te falte uno sin su voluntad y providencia, ordenándolo así todo para tu bien tan providamente, también sabe y ordena todo cuanto te sucede y te viene, así próspero como adverso; y todo viene registrado y dispuesto por su santa voluntad.
Está pesando la enfermedad que te aflige, y el enemigo que te murmura, y el que te contradice y te persigue, y la tempestad que arruina tus haciendas, y la mortandad que tala tu linaje, y todo cuanto adverso padeces; y puede con suma facilidad impedirlo, y no lo hace porque no te conviene; antes, con suma providencia, te envía estos trabajos para que te humilles y sufras, y pelees con paciencia como soldado de Cristo, y ganes en su compañía la corona.
Considera las guerras que padeció el Salvador; levanta los ojos a su cruz, y mira si tus trabajos tienen comparación con los suyos, y si le quiso menos su Eterno Padre que a ti; y pues, pudiendo tan fácilmente librarle, le dejó padecer, porque así convino a su gloria y a la nuestra, confórmate con su voluntad cuando te dejare padecer; no se caiga tu corazón, ni te vuelvas contra tus perseguidores, mas recibe el cáliz amargo como de la mano del Señor, como lo hacía el santo Job; pues todos son efectos de su divina providencia para su mayor gloria y provecho de tu alma.
PUNTO IV. Considera la divina providencia en la distribución de los talentos, así naturales como sobrenaturales, y en los dones del Espíritu Santo, y en las gracias especiales, que, como dice san Pablo (1), reparte por su voluntad, dando a cada uno conforme le conviene para su aprovechamiento: a unos, don de hablar varias lenguas; a otros, de profecía; a otros, de hacer milagros; a otros, de lanzar demonios; y a otros, de sanar enfermos con la virtud del mismo Espíritu; efectos todos de su providencia y de la que tiene de las almas, y de la tuya en particular, mirando siempre a tu mayor bien.
Considera los talentos que Dios te ha dado, y cómo los has empleado, y la cuenta que has de dar de ellos; y saca de aquí, lo primero, dolor y contrición de lo mal que te has aprovechado; y propósitos de trabajar y granjear con ellos en adelante. Lo segundo, afectos de agradecimiento al Señor por los que te ha dado, que no ha concedido a otros, los cuales se aprovecharan más de ellos y le sirvieran mejor que tú. Y lo tercero, una gran conformidad con la voluntad de Dios, así en los que te ha dado, como en los que no te ha concedido, reconociendo en su divina providencia que no te convenían, y que, si te los diera, te envanecieras con ellos, o cayeras en otros vicios con que dieras en tu perdición. Sujétate y humíllate a su santa voluntad, dándole gracias por todo.
(1) 1 Cor. 12.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.