viernes, 20 de marzo de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: Muchos de los judíos vieron lo que Jesús hizo y creyeron en Él.

VIERNES DE LA IV SEMANA DE CUARESMA
Rito Romano 1962
Muchos de los judíos vieron lo que Jesús hizo y creyeron en Él.

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Jn 11, 1-45

En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: 30porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


TEXTOS DE LA MISA -Viernes de la IV semana

COMENTARIOS:

Sta Teresa de Jesús  RESUCITAD A ESTOS MUERTOS

Benedicto XVI LA ORACIÓN DE JESÚS

“LÁZARO, SAL A FUERA.” Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino

MUERTE DE LÁZARO. Santo Tomás de Aquino

DE LÁZARO ENFERMO. VIERNES DE LA VIGESIMOQUINTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS.

VIENE JESÚS A BETANIA A RESUCITAR A LÁZARO. SÁBADO DE LA VIGESIMOQUINTA SEMANA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS.

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO. DOMINGO XXVI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS.

LÁZARO, IMAGEN DEL PECADOR. Dom Gueranger

VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA. Dom Prospero Gueranger

LA MUERTE QUE PRODUCE EL PECADO. Homilía

jueves, 19 de marzo de 2026

La resurrección de Lázaro

 


Viernes de la IV semana de Cuaresma

La resurrección de Lázaro

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Viernes de la IV semana de Cuaresma

La resurrección de Lázaro

Jn 11, 1-45

Estando Lázaro enfermo avisaron a Cristo sus hermanas, detúvose dos días, y cuando llegó ya estaba enterrado: fue a la sepultura, gimió, lloró y oró; hizo mover la losa del sepulcro, llamóle y salió afuera vivo, mandó des amortajarle y que se fuese a su casa, y muchos creyeron en él por este milagro.

PUNTO PRIMERO. Considera cómo en cayendo Lázaro enfermo, avisaron sus hermanas a Cristo diciendo: el que amas está enfermo: en qué has de meditar la presteza de estas santas hermanas en acudir al Salvador en sus trabajos a pedirle remedio, porque es el médico soberano a quien hemos de acudir todos para que nos remedie en los nuestros: considera también que no le piden que venga a curarle, ni que desde allá mande a la enfermedad que le deje como el Centurión, sino que lo sepa, no porque lo ignorase, sino para manifestar su fe y la confianza que tenían en su piedad, y que no querían otro médico sino a él; aprende a hacerlo mismo en tus trabajos, y a poner en ellos toda tu confianza en Dios, y preséntate delante de su Divina Majestad, que él te mirara con ojos de misericordia y la tendrá de ti; repara también en aquellas palabras: el que amas está enfermo; tu amigo y a quienes por tal, está enfermo; que así trata Dios a los que ama: y si te hallares con enfermedades y trabajos y ocasiones de paciencia, cree que son prendas que te da el Señor del amor que te tiene como a Lázaro; recíbelas como a tales, y pídele gracia para llevarlas con paciencia por su amor.

PUNTO II. Considera como recibida la carta de Marta y María, no fue luego Cristo a consolarlas y dar salud a Lázaro su hermano, sino que se detuvo, hasta que murió y fue sepultado, lo uno para hacer prueba de su fe y darles ocasión de mayor merecimiento; lo otro para manifestación de su gloria, resucitándole de los muertos; porque como dice san Ambrosio, si no le dejara morir, no pudiera resucitarle, ni hacerles una tan grande merced como fue reducirle a la vida después de cuatro días muerto; no te despeches, si no te concede luego Dios lo que le pides; que si lo dilata es para hacer ostentación de su gloria, y doblarle las mercedes, cuando parezca imposible a todo juicio humano lo que le suplicas, como la salud de Lázaro muerto y podrido en un sepulcro.

PUNTO III. Considera aquellas palabras que dijo Cristo a sus discípulos cuando recibió la carta de las hermanas de Lázaro: Lázaro nuestro amigo duerme y voy a despertarle del sueño, porque la muerte de los amigos de Dios es un dulce sueño y un suave descanso tomado por breve tiempo para volver a despertar con nuevos alientos y salud permanente, como fue esta muerte de Lázaro, de la cual despertó a los cuatro días con mayor salud que tenía antes; pero la muerte de los malos es un tormento eterno, sin apelación ni remedio para recuperar la vida. Pondera esto en tu corazón, y pues necesariamente has de morir, dispón tu vida desde luego, de manera que tu muerte sea sueño y descanso, y no tormento eterno.

PUNTO IV. Camina con el Redentor a la casa de Marta y de María, mira y contempla todo lo que allí pasa para bien de tu alma, cómo le salen a recibir las hermanas, el agrado con que les habla Cristo, los parientes y amigos que las acompañan llorando ; cómo les preguntó por él, y ellas le llevaron a su sepulcro; cómo mandó quitar la losa, aunque pudiera resucitarle sin quitarla; pero quiso darles parte para su merecimiento, y enseñarnos a aliviar en lo que pudiéremos la carga a los difuntos orando por ellos; mira cómo la levantan y descubren aquella cueva tenebrosa llena de podredumbre; ya está quitada la tapa; mírate en ese espejo, y acuérdate cuán presto te has de ver en compañía de los otros muertos; pon los ojos con atención en Cristo, mírale cómo se turba, gime y llora, y no dejes caer sus lágrimas preciosas en tierra ¡Oh Señor! ¿por qué lloráis si le queréis resucitar? Por eso mismo, dice san Gerónimo, porque se hallaba obligado con los ruegos de sus hermanas a volverle a los riesgos y calamidades de esta vida, en que verás cuánto mejor suerte es, y más de envidiar la de los que han salido de ella que la de los que están en ella; y si no medita lo que dice san Pedro Crisólogo, que lloró Cristo por que habiendo tantos muertos no había de resucitar sino a uno solo, y así le llamó por su nombre: Lázaro, sal fuera, y salió luego; y si el Redentor siente no resucitar a los otros difuntos, de manera que derrama lágrimas por ello, qué sentimiento tendrá por dejar muertos y sepultados en sus vicios a tantos pecadores como hay en el mundo? Llora tú con el Salvador y pídele que les dé voces como a Lázaro, que te las de a ti, y no permita que te quedes muerto en el pecado, sino que te resucite a nueva vida espiritual y santa que sea prenda de la eterna.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DE CÓMO PILATOS REMITIÓ AL SALVADOR AL REY HERODES

 


Viernes de la IV semana de Cuaresma.

DE CÓMO PILATOS REMITIÓ AL SALVADOR AL REY HERODES

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Viernes de la IV semana de Cuaresma.

DE CÓMO PILATOS REMITIÓ AL SALVADOR AL REY HERODES.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo viendo los judíos inclinado al presidente a librar a Cristo, le acusaron con mayor fuerza levantándole nuevos y mayores testimonios, a los cuales estuvo mudo el Salvador como a los primeros; mira aquella muchedumbre del pueblo en la cual habría muchos de los que había sanado y libertado de los demonios, y los que habían sido testigos de sus milagros y de los que había dado de comer en el desierto con los cinco panes y dos peces, y todos enmudecieron por temor de los judíos, y le dejaron padecer y condenar al inocentísimo Cordero; duélete de su desamparo, ofrécete a su servicio y a serle agradecido hasta dar la vida por su amor.

PUNTO II. Considera que oyendo Pilatos que Cristo era galileo, y reconociendo su inocencia y no hallándose con valor para defender su justicia, rindiéndose como cobarde a las voces del pueblo, le remitió al rey Herodes como a preso de su jurisdicción para que le juzgase, en que hizo al Salvador una grande injuria; lo uno, no juzgando su causa pues le tocaba; lo otro, haciéndole ir preso de un tribunal a otro con tanta ignominia. ¡Oh alma mía! qué estación tienes aquí que andar en compañía de tu dulce esposo. Mírale desamparado de todo favor humano, cercado de acusadores, alguaciles, verdugos, que le llevan a empellones por en medio de las calles con grande algazara al palacio del rey Herodes, adonde camina sin despegar su boca, ni defenderse, ni quejarse de los agravios que le hacen. ¡Oh inmensa paciencia la de tu Dios! ¡Oh inmensa malicia la de los hombres perversos que así tratan y maltratan a la misma inocencia! ¡Oh Señor, y quién pudiera libraros y ponerse en vuestras prisiones porque tuviérades algún alivio y no padeciérades semejantes ignominias como padecéis por mi amor!

PUNTO III. Contempla lo que dice el seráfico doctor san Buenaventura (1), que a esta sazón ya estaba a vista del pretorio la Santísima Virgen y san Juan y las santas mujeres que los acompañaban y vieron y oyeron lo que pasaba, y cómo arrebataron con furor a Cristo de la presencia del presidente, diciéndole muchos baldones y dándole golpes y ramalazos para que anduviese y caminase. Contempla el dolor de la piadosísima Virgen en este paso, y lágrimas del santo discípulo, y de las benditas mujeres, los gemidos y llantos de ver maltratar y llevar en prisiones al amado de sus corazones sin poderle remediar: llégate a la Beatísima Virgen y recoge sus lágrimas, y pídela te admita en su compañía, y no dejes ni ceses de servirla y consolarla y compadecerte de sus penas en todo cuanto pudieres: entra en lo interior de su corazón y atiende a los coloquios que tiene con Dios en estas ocasiones, y la conformidad con su santa voluntad, y aprende la que debes tener en los tuyos.

PUNTO IV. Considera lo que dice el Evangelista que llegado Cristo a la presencia de Herodes se holgó mucho de verle, porque movido con la fama de sus milagros, había mucho tiempo que deseaba conocerle y oírle y ver alguna de sus maravillas; advierte qué mal logró este rey los deseos de ver y oír a Cristo, pues pudo tan fácilmente cumplirlos cuando predicaba en las plazas y sinagogas públicamente cada día y por no haberlos cumplido fue despreciado y no le quiso hablar en esta ocasión; teme no cierre Dios su boca para hablarte, porque no te aprovechas de sus inspiraciones y de lo que te habla al corazón, y de los deseos que te da; examina tu conciencia y mira cuántos han sido y los que has dejado pasar sin ejecutarlos ni lograrlos como Herodes, y teme no te castigue como a él. Pide al Señor gracia para enmendarte y que no te olvide en pena de tus pecados.

(1) S. Bonav. med. 76.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.