miércoles, 20 de mayo de 2026

Sobre la Ascensión del Señor

 


Jueves después del domingo de la Ascensión.

Sobre la Ascensión del Señor

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Jueves después del domingo de la Ascensión.

Sobre la Ascensión del Señor.

 

PUNTO PRIMERO. Considera el gozo que tuvieron los apóstoles, cuando Cristo se les apareció y vino a despedir de ellos, el cual sería a medida del deseo de verle y comunicarle. Pídele al Señor que no se parta sin visitarte y consolarte, como hizo a sus sagrados discípulos, y que no mire a tus pecados, sino que te consuele y anime, y te dé su santa bendición.

 

PUNTO II. Considera que se les apareció estando comiendo ; porque Dios no señala tiempo para sus consolaciones, y las da fuera de la oración, por las peticiones que en ella hicieron, para que no se envanezcan los suyos, juzgando que por sus fuerzas sacaron el agua de la consolación; ora y clama, y pide al Señor, y espera en él, que siempre es fiel con los suyos, y cuando menos lo esperes sentirás el fruto de tu oración, visitándote y consolándote fuera de ella, como lo hizo con los sagrados apóstoles en esta ocasión.

PUNTO III. Considera lo que advierte san Gregorio, que Cristo se sentó a comer con sus discípulos, y que consagró el pan y le repartió, ý comió él mismo, y luego se levantó al cielo, porque supiésemos la virtud de este divino manjar, que levanta los corazones y las almas con Cristo al cielo, si le recibimos dignamente ¡Oh Señor! dadme que yo me disponga una vez para recibiros como debo; disponedme vos para vos, y abrase y eleve este fuego sagrado mi alma, para amaros, desearos y serviros eternamente como debo.

 

PUNTO IV. Contempla cómo Cristo llevó a sus discípulos al monte de los Olivos, que son símbolo de paz; porque la paz es uno de los medios para subir al cielo; y cómo se despidió de ellos con tan dulces palabras y tiernos abrazos; cómo les dio su bendición; lo que sintieron sus corazones; el ansia que tendrían todos de caminar con él; cómo subió poco a poco, porque le iba deteniendo el amor de los que dejaba en el mundo; cómo se remontó y se interpuso una nube que le encubrió de sus discípulos, en cuyos corazones no pudo dejar de hacer sentimiento la pérdida de su vista, aunque fue sin culpa suya: mira no le pierdas tú de vista por la tuya; considera la nube de pecados que has puesto entre Dios y tu alma, y que pierdes su vista y sus favores por ellos; pide al Señor gracia para enmendarte, y que no sean parte para desterrarte de su reino y perder su vista eternamente.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

DÍA 21. MARIA EN EL CENÁCULO

 


DIA 21

MARIA EN EL CENÁCULO

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

 

DIA 21

MARIA EN EL CENÁCULO

 

Consideración

Jesús no subió a los cielos sin dejar a sus apóstoles una promesa consoladora que endulzara las lágrimas que les ocasionaba su ausencia: la promesa de enviarles el Espíritu Santo. Los discípulos, como ovejas sin pastor, después de recibir la bendición postrera de su divino Maestro, se dirigieron al Cenáculo para aguardar allí, en la oración y el retiro, la venida del Espíritu Consolador. María estaba en medio de ellos, porque en la ausencia de Jesús, era la compañera inseparable de los desconsolados huérfanos y la columna de la naciente Iglesia.

Diez días habían pasado en expectativa de la promesa de Jesús, cuando en la mañana del décimo todos los congregados en el Cenáculo sintieron un ruido a manera de viento impetuoso que sacudió la casa desde sus cimientos. Era el Espíritu Santo que descendía sobre los apóstoles en forma de lenguas ondulantes de fuego, que ardían sobre la cabeza de cada uno de ellos como una ancha cinta batida por el viento.

Desde ese momento se operó en los discípulos una completa transformación. Los que antes eran tímidos y cobardes, que habían huido en presencia de los enemigos de su Maestro, dejándolo abandonado entre sus manos, preséntanse con frente alta y corazón animoso delante de los tribunales de la nación, que les intimaban la orden de callar, para decirles con acento varonil y resuelto: «Antes que a los hombres obedeceremos a Dios.» —Podéis, si lo tenéis a bien, mandarnos al patíbulo; pero callar… non possumus, no podemos. Los que eran pobres e ignorantes pescadores se trasformaron en sapientísimos doctores de las cosas divinas y en inspirados maestros de las verdades de la Fe, y se esparcen por todo el mundo conocido para predicar el Evangelio. Tanto fue el entusiasmo de que se sintieron poseídos, tanto el amor que ardía en sus corazones, que las gentes que los veían los creyeron tomados del vino. ¡Cuál sería el gozo de María al contemplar estos estupendos prodigios! —Ella, tan interesada como el mismo Jesús en la prosperidad de la grande obra fundada al precio de su sangre, debió sentir inmenso júbilo al ver a esa falange de denodados atletas que iban a extender por el mundo el fruto de la pasión de su Hijo arrancando a los infieles de las sombras de la muerte.

La oración de María en el Cenáculo, fue sin duda, la más poderosa para apresurar el advenimiento del Espíritu Santo. Por su mediación debemos nosotros alcanzar también los dones y gracias de ese mismo Espíritu. Aquel que puso en el dedo de María el anillo de esposa y que cubrió su seno con la sombra de su poder para obrar el prodigio de la Encarnación del Verbo, no puede olvidar la efusión de sus dones en favor de aquellos por quienes se interesa. ¡Y cuánta necesidad tenemos de esos dones y gracias! Cobardes, no nos atrevemos muchas veces a confesar con la frente erguida y corazón entero la Fe de Jesucristo delante del mundo que la desprecia y la insulta. Ignorantes de las cosas divinas y de las vías de la santificación, necesitamos del espíritu de luz que alumbre nuestras inteligencias, que nos haga conocer nuestros únicos verdaderos intereses, que son los de la propia salvación, y que nos señale la ruta que a ellos conduce. Tibios y pusilánimes para las cosas de Dios, habemos menester del espíritu de amor que inflame nuestro corazón en las llamas de la caridad divina, y que llenándolo de Dios, destierre de él todo afecto desordenado a las criaturas. Siempre desidiosos en el servicio de Dios y en lo que concierne a la santificación de nuestras almas, necesitamos del espíritu de piedad que nos haga solícitos en el cumplimiento de aquellos ejercicios de piedad y de devoción, que son para el alma como el rocío y el riego para las plantas, sin los cuales no podrá producir fruto de santidad. Invoquemos a María siempre que tengamos necesidad de algunos o de todos esos dones, seguros de que su intercesión poderosa nos los alcanzará con abundante profusión.

 


Ejemplo
María, Luz de los ciegos

Hay en Turín, consagrado a María Auxiliadora, un templo venerando y eminentemente popular. Cuando en 1865, el San Vicente de Italia, Don Bosco, fundador de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, echó los cimientos de esa iglesia apenas tenía 40 céntimos en caja. Concluidos los trabajos en 1868 el valor alcanzaba a más de un millón de liras. Y tamaña empresa se había realizado sin correr una sola suscripción. ¿Quién proporcionó los recursos? María; sí, porque los fieles que incesantemente llegaban a Don Bosco con una piadosa ofrenda significábanle al mismo tiempo era sólo el pago de una deuda contraída con la Madre de Dios de quien habían alcanzado un señalado favor. Cada piedra de ese santuario, cada uno de los exvotos sin número que relucen en sus muros atestigua una gracia de María Auxiliadora. Sin que sea posible mencionar tantos hechos extraordinarios, baste la relación del siguiente:
Vivía en Vinovo, aldea cercana a Turín, una joven llamada María Stardero, la cual tuvo la desgracia de perder totalmente la vista. Ansiosa de recobrarla concibió el pensamiento de hacer una peregrinación a la iglesia de María Auxiliadora, y un sábado del mes que le está consagrado, acompañada de su tía se presentó en el templo. Después de breve oración ante la imagen de Nuestra Señora, fue conducida a la presencia de Don Bosco, en la sacristía, y allí tuvo con él esta conversación:

—¿Cuánto tiempo hace que estáis enferma?

—Ya mucho tiempo, pero hace como un año que nada veo.

—¿Habéis consultado a los médicos? ¿Qué dicen? ¿No os han medicinado?

—Hemos usado toda clase de remedios sin resultado alguno, respondió la tía. Los médicos no dan la menor esperanza…—y se echó a llorar.

—¿Distinguís los objetos grandes de los pequeños?—No, señor; no distingo nada absolutamente.

—¿Veis la luz de esa ventana?

—No, señor; nada veo.

—¿Queréis ver?

—Señor, soy pobre, necesito la vista para buscar la subsistencia; ¿no he de quererlo?

—¿Os serviréis de los ojos para bien de vuestra alma y no para ofender a Dios?

—Lo prometo con todo mi corazón.

—Confiad en la Santísima Virgen; ella os sanará.

—Lo espero, mas entretanto estoy ciega.

—Veréis.

—¡Ver yo!

Entonces Don Bosco con tono y ademán solemnes exclamó:

—A gloria de Dios y de la bienaventurada Virgen María, decid ¿que tengo en la mano?

La joven abrió los ojos, los fijó en el objeto que Don Bosco le presentaba, y gritó:

—Veo… una medalla… y de la Santísima Virgen.

—Y en este otro lado de la medalla, pregunta Don Bosco, mostrándoselo, ¿qué hay?

—Un anciano con una vara florida: es San José.

Renunciamos a describir lo que entonces pasó; sólo añadiremos que habiendo María extendido la mano para coger la medalla, cayó ésta al suelo, yendo a parar a un rincón de la sacristía, y la misma María, por orden de Don Bosco, la buscó y la encontró, con lo que dejó a todos perfectamente convencidos de la realidad de la curación, la cual fue tan completa como prodigiosa, porque María Stardero no volvió a padecer de los ojos.

 

Jaculatoria

Madre de Dios, madre mía,
Mi vida, mi cuerpo y mi alma
Te ofrezco desde este día.

 

Oración

¡Augusta esposa del Espíritu Santo! fuente inagotable de gracias y de bendiciones, dignaos alcanzarnos de vuestro divino Esposo los dones que tan profusamente otorgó a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: el don de sabiduría, que disipa los errores de nuestra inteligencia, haciéndonos comprender la vanidad de los falsos bienes de la tierra y la excelencia de los bienes del cielo; el don de entendimiento que nos instruya acerca de nuestros deberes y de todo lo que concierne a los intereses de nuestra santificación; el don de fortaleza, que nos comunique entereza bastante para desafiar las burlas y desprecios del mundo, hollando sus máximas con santa energía; el don de ciencia, que nos esclarezca acerca de las verdades eternas; el don de piedad, que nos haga amar el servicio de Dios; y, en fin, el don de temor, que nos inspire un santo respeto mezclado de amor por Dios. Bien sabéis ¡Virgen bendita! que nuestras pasadas resistencias a las inspiraciones del Espíritu Santo nos hacen indignos de sus beneficios; pero, ayudados de vuestras oraciones obtendremos del autor de todo don perfecto las gracias que nos son necesarias para vivir santamente en la tierra y llegar un día a la eterna felicidad. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Invocar al Espíritu Santo en solicitud de sus dones, rezando devotamente el himno Ven a nuestras almas.

2. Rezar cinco Salves en honor de la pureza inmaculada de María.

3. Hacer una comunión espiritual pidiendo a Jesús, por intercesión de María, que encienda nuestra alma en el fuego del divino amor.