viernes, 11 de septiembre de 2026

EL AMOR Y PATROCINIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA PARA CON SUS HIJOS.

 


Sábado de la XV semana después de Pentecostés

EL AMOR Y PATROCINIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA PARA CON SUS HIJOS.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Sábado de la XV semana después de Pentecostés

DEL AMOR Y PATROCINIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA PARA CON SUS HIJOS.

 

PUNTO PRIMERO. Considera en esta amorosa madre a la Santísima Virgen María, que es Madre de todos los hijos de la Iglesia, y los ama cordialísimamente como a hijos suyos, reengendrados por Cristo en el bautismo de su sangre.

Mira el cordial amor que tenía esta viuda a su hijo, y reconoce por él el que la Beatísima Virgen tiene a todos los suyos, y el que te tiene a ti, sin comparación mayor. Considera el amor que le debes y la obligación en que te pone de servirla, y ofrécete a sus pies con mil agradecimientos por esclavo suyo.

 

PUNTO II. Considera las lágrimas y el sentimiento de esta viuda por la muerte de su hijo, y entiende que es mayor el sentimiento que causa a la Beatísima Virgen la muerte espiritual de cualquiera de sus hijos, cuanto es mayor su amor, y la pérdida del alma que la del cuerpo.

Y aunque no está en estado de dolor, lo ha mostrado algunas veces, apareciéndose con lágrimas y muestras de grande sentimiento, para mover a dolor y lágrimas de contrición a sus devotos, y atraerlos por este medio a penitencia, de que puedo ser testigo.

Considera si has dado ocasión de lágrimas y dolor a la Santísima Virgen con tus pecados, y sécalas ahora, haciendo debida penitencia de ellos y resucitando a la gracia, para que trueques su llanto en gozo y alegría.

Llora también los muchos hijos de la Iglesia y suyos que están muertos en pecado, y pídele con mucho afecto y perseverancia al Señor que los resucite.

 

PUNTO III. Considera que, si Cristo se movió a misericordia por las lágrimas de esta viuda para resucitar a su hijo, mucho más se moverá a darnos la vida de la gracia por la intercesión y ruegos de la Beatísima Virgen María, a quien ama como a Madre, y no podrá negar nada de lo que le pidiere.

Pídele que ruegue por ti y por todos. Confía en su intercesión y no ceses de suplicarle que te mire como a hijo, aunque tú no lo merezcas, y que te alcance del Señor que te resucite de muerte a vida.

 

PUNTO IV. Considera el gozo de esta buena viuda en la resurrección de su hijo, a quien, habiéndole Cristo recibido muerto, le volvió vivo.

Reconoce asimismo el gozo y alegría de la Beatísima Virgen en la resurrección de cada uno de sus hijos, cuando vuelven de la muerte del pecado a la vida de la gracia y a la amistad de Jesucristo. Pues si los ángeles, por el amor que nos tienen, hacen tanta fiesta en el cielo por un pecador que se convierte, como testifica el Salvador, mucho mayor la hará la Beatísima Virgen, cuanto es mayor su amor que el de los ángeles y el deseo que tiene de nuestro bien como de hijos suyos.

¡Oh Santísima Virgen! ¡Oh amantísima Madre! ¡Oh Señora piadosísima! Si cayéremos en la muerte del pecado, interceded con vuestro benditísimo Hijo para que nos saque de ella y nos restituya a la vida.

No os pido que lloréis como la madre de este hijo, sino que roguéis al vuestro que nos perdone nuestras culpas y nos dé su santa gracia, con la cual recuperaremos la vida.

Y yo propongo, en la que me quedare, no daros ocasión de sentimiento, sino de gozo y alegría; y os suplico que me tengáis de vuestra mano para que lo cumpla como lo ofrezco, sirviéndoos fidelísimamente todos los días de mi vida.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 12. EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 12

EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 12

EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE

La humildad tiene su morada en lo escondido del corazón y hace tan pequeño al justo que en él se halla que aun hablar no sabe ni tiene palabras para poder descubrirse. El humilde desaparece, se deshace y se aniquila hasta no dejar en sí cosa que nuestros ojos vean, nuestras manos palpen y nuestras orejas oigan.

San Juan Bautista dio ejemplo de esta humildad: cuando le ofrecieron ser el Cristo, se fue deshaciendo y opacando, negando ser profeta, Elías o Cristo. Dijo solamente que era voz, y la voz por sí sola no es nada sin palabras. Así, el verdadero humilde no quiere aparecer, sino desaparecer; de entre las manos se nos va y desaparece.

Cristo mismo, cuando quisieron hacerlo rey, se deslizó de entre las manos, huyó y se escondió. Y en su pasión, cuando le preguntaron quién era y le pidieron que hiciera milagros, no habló ni hizo milagro alguno en su beneficio. La humildad no tiene lengua ni palabras para volver por sí, ni manos para defenderse. Hace al hombre pequeño, de modo que hablar y defenderse no son su camino.

Por eso Isaías comparó a Cristo en su pasión con la oveja que llevan al matadero: el humilde no tiene rostro para aparecer y darse a conocer, sino espaldas para sufrir; no tiene palabras para responder ni ojos para mirar. Cristo, coronado de espinas y puesto en la cruz, bajó la cabeza y murió, enseñándonos que Dios premia a los humildes y los levanta, mientras ellos inclinan la cabeza y se consideran poco merecedores de tanto bien.

Para el humilde no hay premio en la tierra, ni él lo quiere, porque siempre se juzga indigno de él. Si Dios le concede algún bien, quiere que lo guarde para la otra vida, donde la virtud permanece virtud y la humildad permanece humildad, sin que la exaltación la cambie ni la dignidad y grandeza la disminuyan.

El humilde, por tanto, no tiene lengua para hablar de sí mismo. No busca descubrir quién es, porque se considera nada y sabe que todo cuanto posee lo ha recibido de Dios. Su lengua, en lugar de ocuparse en decir quién es él, se ocupa en decir quién es Dios.

San Pablo lo expresa diciendo: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado». El humilde no encuentra grandeza en sí mismo, sino en Cristo. Y precisamente porque se estima en nada, puede hablar de las grandezas de Dios.

Así, aunque el humilde carezca de palabras para descubrirse a sí mismo, tiene muchas y misteriosas palabras para descubrir quién es Dios. Sus palabras nacen de la sabiduría que Dios comunica y no de la sabiduría del mundo.

 

JACULATORIA: ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos. (Salmo 8, 2-3)

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

QUINTO DOLOR. LA AGONÍA Y MUERTE DE JESÚS. SEPTENARIO A LA VIRGEN DE LOS DOLORES

 


QUINTO DOLOR

LA AGONÍA Y MUERTE DE JESÚS

 

SEPTENARIO

A LA VIRGEN

DE LOS DOLORES

P.  Francesco María Pecoroni

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

QUINTO DOLOR

LA AGONÍA Y MUERTE DE JESÚS

 

«Y allí le crucificaron.

Estaba de pie junto a la cruz

la madre de Jesús» (Juan 19, 25).

 

Considera cómo, al llegar al Calvario, los verdugos se lanzaron como perros rabiosos contra Jesús. Enfurecidos, se apresuraron a arrancarle las ropas pegadas a la carne hecha jirones y empapadas de sangre, renovando todas las heridas que ya le habían hecho durante la flagelación.

Luego lo sujetaron con ímpetu sobre la Cruz: este por las piernas, aquel por la cabeza; en el peor de los casos, todos tiraban por aquí o por allá para fijarlo en el madero con largos clavos que, para causarle mayor dolor, fueron despuntados. Con la furia de sesenta y ocho fortísimos golpes le atravesaron los pies y las manos.

He aquí la atroz herida de la carne; he aquí el dolor de los nervios extendidos; he aquí el martirio de los huesos, al mismo tiempo dislocados; he aquí el inmenso lago de sangre; he aquí, en fin, enarbolada a vista de todos la Cruz, y sobre ella clavado, desnudo, como perdido y malhecho, al gran Hijo de Dios.

¡Qué inhumano y funesto espectáculo! ¡Oh Dios! ¿Y qué habría sido de mí si hubiera estado allí? ¿No me habría desmayado por la pena y la compasión?

«Yo, por mí mismo, muero por el gran dolor de solo pensarlo», nos dice San Buenaventura: «Desfallezco, muero».

Entonces, ¿qué habrá sido de ti, que estuviste presente, que sentiste todo, que miraste de cerca todo, Madre amantísima, tiernísima Madre María?

¿Quién podrá comprender la amargura de tu excesivo dolor? Si no tengo mente para comprenderlo, por lo menos tengo un corazón en el pecho para compadecerlo y lágrimas en los ojos para sobrellevarlo.

Sí, mi Reina Dolorosa, si por el amor que tuviste a tu Hijo copiaste en ti sus sufrimientos, quiero que, por tu amor, el recuerdo de tu Dolor quede grabado en mi corazón.

Si tú, al pie de la Cruz, viendo fallecer a tu querido Jesús, tanto lloraste que, según nos escribe San Jerónimo, no teniendo más lágrimas empezaron a salir de tus ojos gotas de pura sangre, deseo llorar contigo para aplacar las ofensas que he cometido contra Jesús y para consolar tu corazón atravesado de dolor.

Junto a la Cruz tú estás,

contigo, Madre, quiero estar

para tu luto consolar.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

¡Santísima y afligidísima Virgen! Por aquel excesivo dolor que sufriste cuando viste a tu amantísimo Unigénito morir en la cruz con tanto sufrimiento y deshonra, y sin ninguna comodidad de las que se conceden a algunos delincuentes, te ruego que implores de tu Hijo Crucificado que en su Cruz sean crucificadas todas mis pasiones, y que, confortado por Él y por tu dulce presencia, termine mi vida con una buena y santa muerte.

 

FRUTO A RECOGERSE

EN ESTE QUINTO DOLOR

I. La Madre de Dios permaneció constante hasta el final al pie de la Cruz, porque amaba a Jesús con el amor de una madre, ¡y qué madre! Así tú estarás constante al pie de la Cruz, compadeciéndote de la Santísima Virgen en sus afanes hasta el final de tu vida, si realmente la amas con el amor de un hijo.

II. La Santísima Virgen no estaba feliz de estar sola al pie de la Cruz, pero María Cleofe, María Magdalena y Juan la acompañaron allí. Así, tú serás un verdadero imitador de María si tratas de llevar a otros a la devoción y a la compasión hacia Jesús Crucificado y hacia la Santísima Virgen de los Dolores.

III. Al entregar Jesús a Juan como hijo a su Santísima Madre, también nos entregó a Ella a todos nosotros, miserables pecadores. Por lo tanto, aprende a reconocer y respetar como tu amantísima Madre a la Virgen al pie de la Cruz y, sobre todo, a no multiplicar sus dolores al ofender a su Divino Hijo.

 

***

Nuestra Señora prometió a santa Brígida que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores:

1.    “Yo concederé la paz a sus familias.”

2.    “Serán iluminadas en cuanto a los divinos Misterios.”

3.    “Yo las consolaré en sus penas y las acompañaré en sus trabajos.»

4.    “Les daré cuanto me pidan, con tal de que no se oponga a la adorable voluntad de mi divino Hijo o a la salvación de sus almas.”

5.    “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal y las protegeré cada instante de sus vidas.”

6.    “Les asistiré visiblemente en el momento de su muerte y verán el rostro de su Madre.

7.    “He conseguido de mi Divino Hijo que todos aquellos que propaguen la devoción a mis lágrimas y dolores, sean llevadas directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna ya que todos sus pecados serán perdonados y mi Hijo será su consuelo y gozo eterno.”

***

Ofrezcamos el rezo de siete avemarías en recuerdo de los siete dolores de nuestra Señora.

 7 Avemarías

Bendita y alabada sea la pasión y muerte

de nuestro Señor Jesucristo,

y los Dolores de su Santísima Madre

al pie de la cruz.

 

ORACIÓN

Imprimid, Señora, vuestras llagas en mi corazón, para que en ellas recoja dolor y amor: dolor, para soportar por vos todos los dolores, amor, para despreciar por vos todos los amores. Amén.

 

Finalmente, no olvides recitar la Corona de los Siete Dolores en este día y visitar con devoción y recogimiento el altar de la Santísima Virgen de los Dolores. Por decreto de su S.S. León XIII la corona de los siete dolores de la Virgen satisface el rezo del rosario.

 

TEXTO Y VIDEO DE LA CORONA DE LOS SIETE DOLORES

https://misagregorianatoledo.blogspot.com/2023/09/corona-de-los-siete-dolores-de-la.html

 

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado, Purísimo y Doloroso Corazón de María, sed la salvación mía.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.