En aquel tiempo: Solían acercarse
a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los
escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús
les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de
ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta
que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento;
y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos
conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también
habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa
y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas,
si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado,
hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas
y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que
se convierta».
El
trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA
FE,
DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA EL
TIEMPO DESPUÉS
DE
PENTECOSTÉS
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
III
domingo después de Pentecostés
El
trato de Cristo hacia los pecadores. (Luc. 15.)
El
Evangelio refiere cómo llegándose los publicanos y pecadores a oír la doctrina
de Cristo, murmuraron los escribas y fariseos; y Cristo los convenció con la
semejanza del Pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el desierto por
buscar una que se le ha perdido; y con la de la mujer que tiene muchas joyas y
busca y halla con gusto una que perdió: así hay, dice, gran gozo en el cielo
por un pecador que se convierte, más que por noventa y nueve justos que no
necesitan de hacer penitencia.
PUNTO
PRIMERO. Medita con san Ambrosio el fervor de los publicanos y pecadores en oír
la palabra de Dios, y cómo dejaron sus ganancias y los negocios seculares que traían
entre manos por venir a Cristo, anteponiendo los celestiales a los terrenos y
los del alma a los del cuerpo; saca de esta meditación hacer tú lo mismo y no dejarte
vencer de las ocupaciones del siglo para no llegarte a Cristo, y vacar a las
ganancias espirituales y del aprovechamiento de tu alma, anteponiendo siempre
lo celestial a lo terreno, y lo eterno a lo caduco y perecedero.
PUNTO
II. Considera la benignidad con que recibió el Salvador a los pecadores; pues
no solo los enseñaba y oía sus dudas y los encaminaba para el cielo, sino que
entraba en sus casas y se sentaba a su mesa y comía con ellos, que es el extremo
de benignidad y agasajo, y las mayores muestras que pudo darles de amor; alaba
y ensalza la bondad y misericordia del Salvador y la humildad con que recibe a
los pecadores; no desprecies a alguno, porque los busca el Redentor y los
estima, como ves, cuando se llegan a él y se convierten; y cobra grande confianza de la divina
misericordia de que te recibirá a ti si te llegares a él con corazón contrito,
como recibió a los de aquel tiempo; exclama y pídele que te reciba en su
escuela y que te perdone tus pecados y que te encamine para el cielo.
PUNTO
III. Considera cómo murmuraron los escribas y fariseos del Señor, que recibía
los pecadores y comía con ellos, y también de ellos, porque se llegaban a él.
Pondera cuán errados son los juicios de los hombres, y qué poco caso hay que
hacer de ellos, pues condenan por mala la misericordia de Dios y el hacer penitencia
de sus pecados. Alza los ojos al cielo y atiende a lo que juzga Dios, que es el
nivel verdadero, que aprecia cada cosa como es; y pídele a Dios gracia para no
despeñarte en tus juicios, y freno para tu lengua para no murmurar de alguno, y
mucho menos de los que se llegan a Dios.
PUNTO
IV. Considera cómo se puso Cristo en defensa de los pecadores contra los que
los murmuraban, defendiéndolos con vivas razones y volviendo por la honra de
Dios; de lo cual has de sacar dos cosas. La primera, una grande confianza en el
Señor para resolverte a las cosas de su servicio, fiado en que te defenderá de
todos los enemigos, como defendió a los publicanos que se llegaban a él. La
segunda, es un grande valor para defender cuando convenga el partido del Señor
y volver por su rebaño, haciendo rostro a los que le quisieren ofender. Cobra
esfuerzo y ánimo en su bondad; pídele su gracia para acertar en su servicio,
que él te la dará y sentirás su divino favor.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES
MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía
de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO
PRÁCTICO
PARA TODOS LOS
DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!,
amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y
tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo;
concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar,
y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos.
Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi
dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad
mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones,
enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi
cuerpo.
Haced que os
tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo
nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria
en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también
para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor
ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados!
Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened
piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía,por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa
Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo
nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis
dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y
esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra
Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta
intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que
por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el
sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre.
Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros.Amén.
DÍA CATORCE.
(Año catorce)
OBEDIENCIA DEL CORAZÓN DE JESÚS
Primer
preludio. Ver a Jesús esperando las órdenes de su Madre.
Segundo. Pedir a Dios
esta virtud en toda su perfección.
Obediencia
entera. Quitad la voluntad propia, dice San Bernardo, y no habrá infierno.
Ningún obediente verdadero se ha condenado, dice San Francisco de Sales.
Perdida estaba yo, dice Santa Teresa, si no hubiera obedecido.
Gran lección
nos ha dado Jesús de obediencia, viviendo sujeto a sus padres. Estudia hoy en
la escuela de su Corazón esta lección, que vale por muchas.
La obediencia
de Jesús fue entera. No en vano tomó la forma de esclavo, pues no tuvo cosa que
no sacrificase a la voluntad de su Padre, diciendo que su alimento era hacerla
y cumplirla en todo. Y no se contentó con obedecer directamente al Padre, sino
que por su amor se hizo súbdito de María y de José. Súbdito del todo, sin más
iniciativa en sus actos que la voluntad de sus padres, haciendo y dejando de
hacer las cosas, según se las mandaban o dejaban de mandar.
Considera bien
y despacio el mérito de esta obediencia y el ejemplo que aquí te da el
Salvador. Entiende bien que el esclavo no es suyo, sino de su amo, y que tus
talentos y fuerzas, tu vida y el tiempo que vivas, todo es de Dios, y no puedes
hacer uso de nada tuyo sino según su voluntad. Esta voluntad te es conocida por
los mandamientos de Dios y de la Iglesia, por los preceptos de tus mayores, y,
si vives en el claustro, por la regla y constituciones de tu instituto.
Tal vez se te
hace pesado ese yugo; mas ten entendido que para el hombre espiritual no hay
mayor descanso que vivir bajo obediencia. Esta virtud rige la voluntad y evita
sus extravíos, de suerte que el súbdito vive seguro de que va por buen camino y
obra sin temor. Bendice al Señor que ha dado a tu flaqueza tan poderoso
auxilio.
PUNTO SEGUNDO.
Obediencia
continua. “Yo hago siempre lo que es agradable al Padre", decía Jesucristo.
Y, en efecto, al venir al mundo, sabemos por San Pablo que dijo al Padre
celestial que venía a hacer lo que le mandase; y lo cumplió tan bien, que,
según se explica el mismo Salvador, no hizo más que ejecutar lo que veía hacer
al Padre, a la manera del que escribe lo que le dicta el maestro, ¿Puede
imaginarse mayor dependencia que ésta? Y estando para morir, una de sus
postreras palabras fue decir que había hecho cuanto le había mandado el mismo
Eterno Padre que hiciese en este mundo.
¡Qué dicha la
tuya si, al morir, puedes decir otro tanto! Examina tus obras diarias, y ve si
es constante tu obediencia a los mayores en todo tiempo y lugar, y si estás
indiferente para hacer o dejar de hacer las cosas, atendiendo sólo a la
voluntad del que le rige en nombre de Dios.
PUNTO TERCERO.
Obediencia
perfecta. Tal fue la de Jesús, porque obedeció por amor, y se sujetó a la
voluntad de las criaturas en vista de que lo quería así el Padre celestial. Si
se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, no se propuso con tan gran
sacrificio sino complacer a Dios y salvar a sus hermanos. No hubo nada de
forzado ni violento en una obediencia cuyo principio y fin era el amor, y aquel
holocausto suyo se consumió en las llamas de la caridad.
Los que viven
bajo la obediencia en este mundo y están sujetos a voluntad ajena, son por lo
general, más bien esclavos que otra cosa. La mayor parte, si ejecutan lo que
les es mandado, es más por necesidad que por gusto, y si exteriormente se
sujetan a las órdenes de los superiores, se reservan el derecho de condenar en
sus adentros los que les mandan hacer. El juicio y la voluntad, en la mayor
parte de los hombres, está en contradicción con lo que Dios siente y quiere,
pues no obedecen a la autoridad de la tierra como quien obedece a Dios, de
quien toda autoridad desciende, sino como a puros hombres que la suerte ha
puesto sobre sus cabezas.
Muy baja y
rastrera es semejante obediencia, que no merece el nombre de tal, pues Ie falta
la esencia y el mérito de la virtud que lleva su nombre, y no tiene derecho al
galardón a ella prometido. No es más que un velo de malicia, como dice San
Bernardo.
Considera esta
verdad, alma cristiana, y haz la aplicación a ti misma. Tal vez te halles
retratada en ese cuadro. Tal vez has obedecido a la autoridad de Dios, o de la
Iglesia o de tu instituto por respeto humano, por temor de penas o esperanza de
premios aquí en la tierra, o por otros motivos naturales. En ese caso, no has
obedecido a Dios, y nada tienes que esperar del Señor, pero tienes que temer el
castigo de tu infidelidad.
No
permitáis, Señor, que pierda el mérito de la exacta observancia de vuestra ley
y de los preceptos de mis mayores, a quienes debo mirar como representantes
vuestros. A vos miraré en ellos, y en mi sumisión a vuestra voluntad hallaré mi
verdadera libertad.
ORACIÓN FINAL.
Acto
de consagración y desagravio
al
Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de
Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el
ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo,
que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín
en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis
potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que
apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del
Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones,
que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que
detestaré mientras haya odio en mipecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi
corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, asícomo tú, ¡oh Corazón divino!, has querido
ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza.
Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te
amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré
y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en
vos confío.
Corazón Sacratísimo de
Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de
Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María,
sed la salvación mía.