viernes, 29 de mayo de 2026

EVANGELIO DEL DÍA: "HOMBRE; TUS PECADOS SON PERDONADOS"

 


VIERNES DE TÉMPORAS EN LA OCTAVA DE PENTECOSTÉS
Rito Romano 1962
 

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas

Lc 5, 17-26

En aquel tiempo: Un día estaba él enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones. En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados». Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: «¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?». Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”». Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios. El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto maravillas».

TEXTOS DE LA MISA Viernes de las Témporas de Pentecostés

COMENTARIOS

jueves, 28 de mayo de 2026

De los fines para que vino el Espíritu Santo.

 


Viernes de la octava de Pentecostés.

De los fines para que vino el Espíritu Santo.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Viernes de la octava de Pentecostés.

De los fines para que vino el Espíritu Santo.

 

PUNTO PRIMERO. El primer fin que tuvo el Espíritu Santo para venir a los hombres, fue para serles padre en lugar de Cristo, y consolarlos y abrigarlos, ampararlos y defenderlos como a hijos, según la promesa de Cristo tantas veces repetida, en que les ofreció, consolándolos por su partida, que les había de enviar el Divino Espíritu, el cual supliese sus veces y les fuese padre, consuelo y amparo, como él lo había sido viviendo en el mundo, de lo cual has de sacar afectos de mucho gozo de tener tal padre, que no se ausente de ti, sino que esté siempre contigo, y tal defensor y consolador como el Espíritu Santo. Contempla despacio este don, y atiende a lo que le debes y a serle reconocido como a padre en todas tus necesidades, y a que te consuele en todas tus tristezas, y a que te defienda en todas tus contradicciones, y no recurras a las criaturas con ellas, dejando al Criador, porque no te deje a ti si tú le dejas a él.

 

PUNTO II. El segundo fin a que vino el Espíritu Santo, fue a enseñar a los hombres y ser maestro suyo, conforme a lo que dijo Cristo antes de su partida: cuando venga el Espíritu Santo, que os enviará el Padre en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y refrescará la memoria de lo que habéis oído de mí. De donde has de sacar la conformidad que hay entre Cristo y el Espíritu Santo en la doctrina, pues no discrepa entre sí en una sola palabra: pídele esta gracia de no contradecir a los otros, sino convenir en todo lo que digan y enseñaren, que es virtud del Espíritu Santo, y reconoce el Maestro tan soberano que tienes, y asienta plaza en su escuela: hazte su discípulo, consúltale tus dudas, no aprendas de otro , pídele que te enseñe, oye su voz y sigue la luz que te diere, y acertarás en todo.

 

PUNTO III. Vino también el Espíritu Santo para desterrar los pecados del mundo, como lo profetizó Cristo a su partida diciendo: cuando venga el Espíritu consolador, argüirá al mundo de pecado y le convencerá, y con su luz desterrará las tinieblas. ¡Oh Espíritu Santísimo! alumbra mi corazón y destierra de mi alma todas las tinieblas de los pecados de mi vida pasada, y no me permitas caer otra vez en ellos: por esta causa apareció en forma de paloma sobre Cristo en el Jordán, porque la paloma no tiene hiel, ni el Espíritu Santo la permite de pecado: pondera la pureza que pide en el alma a donde ha de morar, y purifica la tuya de todo género de culpas, para que more en ella.

 

PUNTO IV. Otro fin del Espíritu Santo fue confirmar en gracia a los apóstoles, para el ministerio que los había escogido; y así dice san Lucas, que se sentó sobre cada uno, porque vino de asiento, y no de paso como sobre otros; esta es una gracia singularísima de Dios, y cuanto es de tu parte debes hacer diligencia para merecerla y alcanzarla; dale gracias al Espíritu Santo por haberla concedido a los apóstoles, y pídele con lágrimas que haga asiento en tu alma, que no pase de paso, sino que la tenga por morada suya; y procura de tu parte agradarle, detenerle y obligarle con pureza de conciencia, con oraciones humildes, con gemidos y santas obras; mira despacio si hay algo en ti que le desagrade, y quítalo con presteza, y adorna tu casa con todo lo que entendieres que puede agradarle.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 29. MARIA MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

 


DIA 29

MARIA MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

DIA 29

MARIA MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

 

Consideración

El corazón de María es como un vaso lleno de las más exquisitas esencias que por su mezcla forman el más delicioso de los perfumes. Esos perfumes son la suave exhalación de las virtudes que brotaron en él, como plantas aromáticas en un vergel cerrado, que crecen resguardadas de los ardores del estío y de los hielos del invierno.

María fue pura como el lirio de los valles: jamás mancha alguna empañó su inocencia. Y sin embargo, ¡cuántas precauciones para conservar un tesoro que no podía perder! Desde sus más tiernos años huye del aliento pestífero del mundo; va a colocar su inocencia al abrigo de la soledad. Su pudor se turba aún a la vista de un ángel, y tanto amaba la virginidad que no sólo la prefiere a los goces y grandezas de la tierra, sino aun al insigne honor de ser la Madre de Dios, si para serlo hubiera sido preciso perderla.

La humildad más profunda se unía con amorosa lazada a la pureza más angelical. Ella contaba entre sus ascendientes una falange de gloriosos monarcas, pero humilde y modesta, se condena a la más triste oscuridad y da su mano de esposa, no al poderoso y al grande, sino a un pobre artesano, para aceptar juntamente con su mano de esposo las humillaciones inseparables de la pobreza. Favorecida con la plenitud de las gracias, jamás se gloría de los favores de que es objeto.

María desprecia desde su infancia el fausto y las riquezas para someterse a los rigores y privaciones de la indigencia. Habita en una pobre aldea y en una morada estrecha y desmantelada, aquella que había de sentarse un día sobre los coros de los ángeles. Groseros y pobres vestidos cubren la desnudez de aquella que había de tener el sol por manto y las estrellas por corona. Ella no tiene para su Dios y su Hijo otra cuna que una roca, ni otro lecho que un puñado de tosca paja. ¡Digna madre del Dios que no tuvo dónde reposar su cabeza, que vivió de su trabajo y que murió desnudo! María comprendió cuántos tesoros se encerraban en aquella máxima divina que lleva el consuelo al corazón del menesteroso: Bienaventurados los pobres.

Y ¿quién no admira su paciencia invencible en medio de los trabajos y sufrimientos, su inalterable dulzura aun en presencia de los más implacables enemigos de su Hijo; su tranquilidad jamás turbada aun en medio de los mayores peligros; su generosidad superior a todos los sacrificios y, en fin, su obediencia ciega y muda que no investiga, ni sufre tardanzas ni pone excusas?

Contemplemos, pues, llenos de admiración ese digno objeto de nuestra religiosa veneración; pero no nos limitemos a honores estériles y a una manifestación puramente exterior de nuestra admiración. Lo que hay de más esencial en el culto que le debemos, es la imitación de esas excelentes y preciosas virtudes que son su más rica corona. Esta es la expresión más positiva y elocuente del verdadero amor: el que ama con sinceridad es arrastrado por un impulso irresistible a copiar en sí mismo la imagen del objeto amado, conformándose a él en todo lo que le permite su condición. El pequeño niño que tiene todo su amor concentrado en su madre, trata de imitarla hasta en sus defectos. Uno de los designios más altos que Dios se propuso en la creación de este tipo maravilloso de perfección, fue el de presentar a los hombres una criatura humana ataviada con todas las virtudes, para que la tuviesen sin cesar a la vista y la imitasen a medida de las fuerzas de cada uno. Dios quiere que imitemos a María, haciendo de cada uno de nosotros otras tantas copias de ese divino original. Ella no aceptaría con gusto nuestros obsequios si no fueran acompañados del deseo de imitarla. Nos abre su corazón a fin de que dibujemos en el nuestro todos los preciosos delineamientos del suyo.

 


Ejemplo

Un rasgo de amor a María

En un pueblo de Francia había una capilla dedicada a Santa Bárbara, en que se veneraba una hermosa estatua de María Inmaculada, que era objeto de tierna devoción para los habitantes de la ciudad y de sus contornos. Sucedió que esta capilla fue destruida para sustituirla por una iglesia de mayores dimensiones; pero los recursos de que se disponía para la obra no alcanzaron sino para lo indispensable, por lo cual la venerada estatua de María se encontraba como relegada a un rincón del nuevo templo en tanto que fuese posible reunir los fondos necesarios para destinarle un santuario especial.

A pesar del aparente abandono en que se la tenía, el pueblo no cesaba de venerarla, pudiéndose ver cada día a muchas personas de rodillas ante el pedestal en que estaba provisionalmente colocada. Entre sus más asiduos adoradores se señalaba una pobre obrera que vivía escasamente de su trabajo. Su corazón amante se sentía lastimado de ver que la sagrada imagen no se hallara dignamente honrada, y no cesaba de discurrir la manera de remediar este involuntario abandono ocasionado por la falta de recursos.

Un día, después de una fervorosa oración, se dirigió resueltamente a la portería del convento de Capuchinos, encargados del servicio de la Iglesia, e hizo llamar al Guardián. Éste, creyendo que la pobre obrera iba en solicitud de alguna limosna, comenzó a informarse con benevolencia acerca de su posición. No fue pequeña su sorpresa al oír que la obrera le preguntó con ademán humilde, pero resuelto, cuál sería la cantidad que se necesitaba para construir un altar a la imagen de María Inmaculada.

—No se necesita menos de mil quinientos francos, le respondió el Padre Guardián.

—¿Esta suma bastaría, replicó la obrera, para hacer un altar elegante y hermoso?

—Eso sería suficiente, agregó el religioso: pero, a pesar de nuestros buenos deseos, no hemos podido reunir esa cantidad, y nos hemos resignado a esperar que la Providencia nos la proporcione.

Seis meses después la misma obrera volvía a tocar a la puerta del convento y a llamar al Padre Guardián. Al verle, le dijo con aire de satisfacción: La Divina Providencia os envía por mi mano la cantidad necesaria para construir el altar de María.

—¿Cómo, hija mía, le dijo el religioso, sois vos la que erogáis esta suma?

—No os asombréis, padre mío, pues aunque soy pobre, durante seis meses trabajando más y gastando menos, he podido reunirla para el objeto indicado.

—Pero, vos tendréis familia, padres o hermanos…

—Yo soy sola en el mundo: mis padres, mi familia y mi todo es la Santísima Virgen María.

—Pero a lo menos, replicó el padre, este dinero es vuestro porvenir, y puede ser vuestro recurso en las enfermedades o en la vejez.

—Tengo buena salud respondió la obrera, y aún puedo con mi trabajo formar algún pequeño peculio para más tarde. En cuanto el dinero que pongo en vuestras manos, lo he reunido para María, y a ella sola pertenece.

El buen religioso recibió, maravillado y enternecido, aquella suma ganada con el sudor de un pobre a costa de penosas privaciones, y se alejó de la obrera bendiciéndola por este acto de generosidad que hallaría su recompensa en el cielo.

En poco tiempo la estatua de María Inmaculada se levantaba en un hermosísimo altar, sin que nadie supiera cuál había sido la mano que lo había costeado. Con esto la devoción a María se acrecentó en el pueblo, y la generosa obrera, llena de contento, iba cada día a recoger a los pies de su Madre bendiciones que la santificaron.

 

Jaculatoria

De virtudes relicario,

Dechado de perfección,

Haced de mi alma un santuario

Que sea digno de Dios.

 

Oración

¡Oh María! cuán grato me es contemplaros ataviada de las más preciosas virtudes para ser el modelo y dechado de toda santidad. La perfección de una madre es siempre un motivo de mayor ternura y de más decidido amor para los hijos, que no sólo ven en ella a la autora de su existencia, sino también un modelo que imitar. Al veros tan santa, tan perfecta y tan favorecida de Dios, no puedo menos que amaros más y más, como el tipo que Dios quiere que me proponga copiar en mí mismo para agradarlo y conseguir la eterna salvación. Daos a conocer ¡oh María! para que yo, penetrando en el conocimiento de vuestras sublimes perfecciones, pueda hacerme semejante a Vos. Abrid vuestro corazón para que mis ojos puedan extasiarse en la contemplación de las heroicas virtudes que lo adornan. Ayudadme ¡oh Madre de gracias! a practicar la virtud y a adquirir los merecimientos que pueden asegurarme la posesión del reino eterno. Que la humildad, la caridad, la angelical pureza, el desasimiento de todos los bienes de la tierra, la obediencia, y la entera sumisión a la divina voluntad, sean ¡oh María! las piedras preciosas de mi corona. Yo quiero que en adelante el más valioso homenaje que deje a vuestros pies sea el propósito de imitaros, porque ese es un obsequio que Vos estimáis en más que las coronas y las flores con que vengo diariamente a embellecer vuestra imagen querida. La mejor prueba del verdadero amor es el deseo de asemejarse al objeto amado; y como yo os amo con todo el amor de un hijo, me propongo copiar en mí, en cuanto me sea permitido, la bella imagen de vuestro corazón, a fin de que imitándoos en la tierra, alcance en el cielo la bienaventuranza que está prometida a todos los que os imiten. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Ejercitarse frecuentemente en la humildad, aceptando en silencio las humillaciones y haciendo actos que nos rebajen en concepto de los demás.

2. Adoptar desde hoy la saludable resolución de honrar a María rezando todos los días el santo Rosario, por ser la devoción que le es más grata.

3. Rogar a María por la persona o personas que nos hubiesen ofendido o que nos inspiren más aversión y desprecio.