miércoles, 8 de abril de 2026

DÍA 9. Espíritu de fe de San José. Ventajas de fa fe

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 9

Espíritu de fe de San José.

Ventajas de fa fe

 

 

El justo vive por la fe.

                                                                Romanos 1, 17.

 

La palabra solemne del apóstol San Pablo: El justo vive por la fe, contiene el fundamento de toda virtud y de toda santidad. La fe que ilumina el principio de nuestra vida espiritual, es una fe viva que se manifiesta al exterior con las obras de la caridad más ardiente.

El espíritu de fe es una convicción tan grande de la verdad de la religión, que quien posee este espíritu sólo piensa en esta, y nada ama fuera de ella. Y así como el alma dirige al cuerpo en todas sus acciones, así también este es el espíritu que la anima en todas sus acciones.

El cuerpo no puede vivir sin el alma a la cual está unido, y el justo no vive sin la fe que obra en él. Los buenos cristianos se llaman fieles, porque deben vivir de fe; es decir, mirar y valorar las cosas a la luz de Dios, y no de acuerdo con el juicio y las máximas de los hombres. Mis pensamientos —dice Dios— no son vuestros pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos: mis caminos distan de los vuestros y mis pensamientos están tan por encima de los vuestros como el cielo de la tierra.

Sin fe no puede haber méritos, ni verdadera virtud, ni esperanza. ¿Podemos esperar los bienes invisibles, si la fe no nos los da a conocer?… La fe es la fuerza de la caridad. ¿Podemos amar a Dios, si la fe no nos da a conocer sus atributos y sus infinitas perfecciones?...

La fe comprende verdades especulativas y verdades prácticas; contentarse con creer las primeras, sin conformar a ellas nuestra conducta, no es poseer la fe que salva. La única fe sincera —dice San Agustín— es la que está inflamada en el amor a Dios y al prójimo. Tal fue la fe de San José.

Repasemos rápidamente todas las circunstancias de la vida de este gran santo, y las hallaremos todas marcadas con nuevos actos de fe heroica. En efecto, fidelísimo en seguir las inspiraciones de la gracia, por la fe se desposó con María.

La fecundidad, unida a la integridad virginal de María, ese doble prodigio inaudito, fue para José, que no conocía el misterio, una nueva ocasión para que resplandeciera su fe viva. Mientras trataba de resolver cómo conducirse en circunstancia tan delicada, he aquí que un ángel se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo, de David, no temas en tener a María por esposa tuya, porque el fruto que en Ella ha nacido es obra del Espíritu Santo. Ella tendrá un Hijo al que llamarás Jesús, pues librará a su pueblo del pecado». ¡Misterio inefable, operación maravillosa que deroga la ley más inviolable de la naturaleza, secreto sólo conocido por Dios!… Y bien; José necesita de toda su fe para creer en un prodigio que supera el entendimiento, y que su profunda humildad debía hacerle parecer algo así como una ilusión. Y más aún; sin comprender, sin hesitar un solo instante, como lo hizo Zacarías; sin discutir, sometió su razón a la fe, persuadido de que a Dios no le faltan los medios para realizar designios inescrutables para las criaturas.

San José creyó sin vacilar un momento que la virtud excelsa de María merecía el testimonio del cielo. Su fe era más fuerte que la de Abraham, aun cuando este sea citado en los Libros Santos como modelo de fe perfecta y padre de los creyentes. Abraham es alabado por haber creído que una mujer estéril podía tener hijos, y José creyó en la maternidad divina de una virgen.

Notemos, con San Juan Crisóstomo, que visitando los ángeles a San José, durante el sueño, demuestran cuán viva y firme es la fe de este justo, el cual, para creer en los misterios que se le anuncian, no necesita embajadores fulgurantes de luces y de gloria.

Más he aquí una nueva prueba. Es un gran misterio de nuestra fe, creer que es Dios un hombre revestido de nuestra misma débil naturaleza; pero para conocer mejor la perfección de la fe de este Santo Patriarca, hay que considerar que la debilidad de que Jesús se revistió al hacerse hombre, puede contemplarse en sus diferentes estados —dice Bossuet— como sostenida por algún poder, o como abandonada a sí misma.

En los últimos años de la vida de Nuestro Divino Salvador, aun cuando la debilidad de su santa humanidad fuera visible en los sufrimientos que padecía, no lo era menos su omnipotencia por los milagros que obraba. Era verdad que se veía que era un Hombre, pero era un Hombre que hacía milagros sin precedentes. Luego, la debilidad era sostenida; por lo que no debe extrañarnos que Jesús conquistara admiradores, puesto que las muestras de su poder probaban claramente que la debilidad era enteramente voluntaria. Pero mucho más se mostró la debilidad del Salvador en el estado en que lo vio José, que durante la misma ignominia de la crucifixión.

En efecto, el Hijo único de Dios nace en un establo, entre animales, pobre y desnudo. — ¿Y es este, Aquel a quien el Eterno Padre engendra desde toda la eternidad en el esplendor de los santos? ¿Y es Aquel que el Espíritu Santo formó en el seno de María?… El ángel de Dios me dijo que sería grande. ¿Y se vio jamás nacer en medio de tanta pobreza y desamparo al hijo del último de los hombres?...

La fe de San José triunfó de todas estas dudas: vio a Jesús en el pesebre de Belén, y le creyó el Creador del mundo; le vio nacer, y le creyó eterno; le vio sobre un poco de paja, y le adoró como al Dios de la gloria, que tiene por trono el cielo y la tierra como peana de sus pies; lleva en sus brazos a ese pequeño Niño, y reconoce en El al Dios de infinita majestad, que se asienta sobre las alas de los querubines y que sostiene el mundo con la fuerza de su palabra; le oyó llorar, sin dejar por eso de creer que es la alegría del paraíso; le ayudó a dar los primeros pasos, le enseñó a balbucear las primeras alabanzas a Dios y a su Padre, y le creyó la Sabiduría infinita; le enseñó un oficio despreciable a los ojos de los hombres, y le adoró como el Creador de los cielos; en una palabra, le gobernó por espacio de treinta años, y le honró como al Dios de los ejércitos, que llama a las estrellas por su nombre, y a quien obedecen miríadas de ángeles.

José es el justo por excelencia, el cual vive de fe: toda su vida fue un ejercicio continuo de esta virtud. Tenía Jesús algunos días de vida revestido de la debilidad de nuestra carne, cuando he aquí que un ángel baja del cielo —dice el gran obispo de Meaux—, y despierta a José para comunicarle que el peligro apremia: «Pronto, huye esta noche con la Madre y el Niño; vé a Egipto». ¿Cómo, huir?... Si el ángel hubiera dicho: Partid, pero no, huid; y en la noche… ¿Cómo puede ser eso? ¿El Dios de Israel debe salvarse a favor de las tinieblas? ¿Y quién lo dice?... Un ángel que se aparece de improviso a San José como aterrado mensajero, en una forma —dice San Pedro Crisólogo— que pareciera que todo el cielo estuviera alarmado, y que el terror se hubiera esparcido allá antes que sobre la tierra. Ut videatur coelum timor ante tenuisse quam terram.

José, sin titubear, huye a Egipto; y algún tiempo después, el mismo ángel se presenta y le dice: «Vuelve a Judea, porque los que buscaban a Jesús para matarle han muerto a su vez». ¿Y cómo es esto? ¿Es decir que si esos tales vivieran, todo un Dios no estaría seguro?...

¡Oh, debilidad abandonada! En esta condición le vio San José, y a pesar de ello, le adora como si hubiera visto realizar milagros estupendos. Reconoce el misterio de ese milagroso abandono; sabe que la virtud de la fe consiste en sostener la esperanza, aun cuando pareciera no existir razón humana para esperar: In spem contra spem; se abandona en las manos de Dios con toda sencillez, y ejecuta sin discutir todo cuanto se le manda. ¡Oh, José, qué grande es vuestra fe! Magna est fides tua. No, Señor, Vos no habéis hallado en todo Israel una fe semejante a esta: Non inveni tantam fidem in Israel.

El apóstol San Pedro confiesa la divinidad de Jesucristo después de haberle visto cambiar el agua en vino, multiplicar los panes, resucitar a los muertos, y el Salvador lo apellida bienaventurado y le confía el cuidado de la Iglesia. José adora al Hijo de María como a su Señor y su Dios, después de haberle salvado la vida con peligro de la propia, y de haberle sostenido durante treinta años con el pan ganado con el sudor de su frente.

Y así como la fe se perfecciona con las obras y con la fidelidad a la gracia, no nos admirará que la fe de San José haya sido superior a la de Abraham y a la de todos los patriarcas.

Plenamente colmado desde su nacimiento de las más preciosas bendiciones del cielo, instruido desde su más tierna infancia en la religión de sus padres, San José nutrió y aumentó su fe con la asidua meditación de la Ley divina. El espíritu de fe era su única regla, al juzgar las cosas, las personas y los acontecimientos. Por eso, sus juicios eran siempre rectos, razonables, siempre exentos de errores y prejuicios. ¿Dónde podrá hallarse hoy una fe comparable a la de San José?… Fe viva, humilde, firme y plena de obras.

«Sí —afirma Santa Teresa—, de esta falta de espíritu de fe provienen todos los pecados que inundan la tierra. Pidamos, pues, a San José que nos obtenga una fe semejante a la suya, que podamos demostrar con buenas obras». No olvidemos —dice San Alfonso María de Ligorio— que la fe es al mismo tiempo un don y una virtud. Es don de Dios, en cuanto que es una luz que El infunde en el alma, y es una virtud, por cuanto el alma debe ejercitarla en actos. De donde se infiere que la fe debe servirnos de regla, no sólo para creer, sino también para obrar.

La fe debe pasar del alma al corazón. No hemos de limitarnos, pues, a someter nuestra razón a las verdades de la fe, sino que debemos regular también nuestra conducta a sus divinas sugestiones, haciendo consistir toda nuestra felicidad en vivir según la fe, y en ponerla en práctica en las obras. Y pues San José es, con la Santísima Virgen, el ecónomo y dispensador de los dones de Dios, dirijámonos a él para obtener por su mediación una fe constante, que no puedan debilitar las tentaciones; una fe que nos haga santos en este mundo, y merecedores de ver y contemplar eternamente en el cielo, sin velos y sin sombras, al Dios escondido que habremos amado y honrado en sus misterios y humillaciones.

 

MÁXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

 

La gracia no busca consuelos sino en Dios, y elevándose por encima de las cosas visibles, pone todas sus delicias en el Bien Supremo (Imitación).

Un espíritu distraído no se da cuenta de cuanto pierde interiormente (San Bernardo).

La naturaleza corrompida aleja nuestro espíritu del mundo espiritual y lo abaja al mundo sensible. La gracia, por el contrario, aleja nuestra alma del mundo sensible y lo levanta hacia el mundo espiritual (P. Huby).

 

AFECTOS

 

Bienaventurado José, heredero de la fe de todos los Patriarcas, dignaos obtenernos a nosotros también esta hermosa virtud; base y fundamento de toda santidad, sin la cual es imposible agradar a Dios; obtenednos esa fe viva y operante, encendida en el fuego del amor divino, que no se apaga por nada y permanece fiel en medio de cualquier prueba; haced que, a vuestro ejemplo, vivamos de fe en este mundo, a fin de que, sometiendo a Dios nuestro espíritu, merezcamos_ tener_ un día,_como_los_ángeles_y los_bienaventurados en el cielo, la gloria de contemplar la majestad de Dios eternamente, y de penetrar entonces los misterios que ahora adoramos. Así sea.

PRÁCTICA

Celebrar o escuchar la santa misa, para agradecer a Dios las gracias concedidas a San José.

Santa María Cleofé. — 9 de abril.

 


Santa María Cleofé. — 9 de abril.

(Siglo I)

La fidelísima y dichosa sierva de Jesucristo santa María Cleofé era parienta de la santísima Virgen pues estaba casada con Alfeo, el cual era hermano del glorioso patriarca san José, e hijo como él de Jacob. Tuvo de su bendito matrimonio cuatro hijos, que fueron san Simón, llamado Simón Cananeo o Zelotes, Santiago el menor, Judas Tadeo, y Joseph o José. Los tres primeros fueron escogidos para el apostolado de nuestro Señor Jesucristo; y el último entró, como se cree, en el número de los setenta y dos discípulos. A estos cuatro bienaventurados hijos de santa María Cleofé llama el Evangelio hermanos del Señor, conforme a la costumbre de los hebreos, que llamaban con el nombre de hermanos a los que sólo eran próximos parientes. Pues, esta dichosa parienta de la Madre de Dios, y santa madre de tres Apóstoles, cobró tan grande y entrañable devoción a la adorable persona de nuestro Señor Jesucristo, que no pudo separarse de Él ni aun en el tiempo de su pasión en que los mismos discípulos huyeron y le desampararon: y así, refieren los santos Evangelios, que se halló presente en el Calvario con María Madre de Jesús, y María Salomé y el discípulo amado san Juan. Ella asistió también al entierro del divino cadáver; ella fue con Salomé y la Magdalena a embalsamarlo con aromas y ungüento preciosos al amaneceré del primer día de la semana, que ahora es el domingo; siendo estas tres santas mujeres las primeras que oyeron de boca de los ángeles la alegre nueva de la resurrección; y a ellas se apareció después el mismo Señor resucitado y glorioso, y les mandó que fueran a dar noticia de esto a los discípulos, a los cuales se mostró la tarde de aquel mismo día, cuando por te mor de los judíos estaban recogidos en el Cenáculo, cerradas las puertas. También se manifestó el Señor resucitado a Cleofás, que era el marido de santa María Cleofé, cuando iba con otro discípulo al castillo de Emaús, y se les descubrió en la fracción del pan. Finalmente después de tantos y tan divinos regalos con que el Señor recompensó la devoción y amor de esta su sierva, le concedió la gracia singularísima de morir asistida por los santos Apóstoles y por la misma Madre de Dios, como piadosamente se cree.

Reflexión: No podemos leer sino movidos de envidia santa la inefable dicha que tuvo la bienaventurada María Cleofé de conversar, obsequiar y adorar la sagrada persona de nuestro Señor Jesucristo; mas traigamos a la memoria lo que el mismo Señor dijo a santo Tomás: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron, (Jo. XX.) porque, como dice Tertuliano, son muy grandes los méritos de la fe, y ordenados a grande recompensa. Con todo si lees los cuatro Evangelios, escritos por los apóstoles y discípulos del Señor, podrás en ellos ver y oír espiritualmente a Jesucristo: porque, como nos dice san Juan Evangelista, los santos Apóstoles nos anunciaron en el Evangelio lo que vieron por sus ojos, lo que oyeron por sus oídos y lo que palparon con sus manos; y como refieren los hechos y palabras del Señor con tan grande sencillez y verdad, no podremos menos de creer con viva fe las cosas que dicen, y enamorarnos de la divina persona de Jesucristo, y derramar suavísimas lágrimas, viendo las finezas de amor que ha hecho Dios por los hombres, a fin de que creyendo que Jesucristo es verdadero Hijo de Dios, y guardando su santa ley, alcancemos la vida eterna.

Oración: Oh Dios, autor de nuestra salud, dígnate oír nuestras súplicas, para que como nos alegramos en la fiesta de la bienaventurada María Cleofé, así aprendamos de ella a servirte con afectuosa y piadosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

martes, 7 de abril de 2026

De la aparición de Cristo a los apóstoles cuando pescaban en el mar de Tiberiades.

 


Miércoles de la octava de Pascua.

De la aparición de Cristo a los apóstoles cuando pescaban en el mar de Tiberiades. (Joann. 21.)

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Miércoles de la octava de Pascua.

De la aparición de Cristo a los apóstoles cuando pescaban en el mar de Tiberiades. (Joann. 21.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice el sagrado evangelista san Juan, que san Pedro convidó a los demás discípulos a pescar, y no habiendo cogido nada en toda la noche, les apareció Cristo en la ribera, y les ordenó que echasen la red a la mano derecha y cogieron grande pesca: a donde has de ponderar que es propio de los discípulos de Cristo convidar como san Pedro a los demás para las obras santas de su servicio; de lo cual has de sacar, el convidar siempre a tus prójimos para las obras de piedad y devoción, y persuadirlos a ellas; considera luego la piedad del Salvador y la que tuvo de sus discípulos, apareciéndoseles cuando estaban trabajando, y desconsolados por no haber pescado nada, y cobra una grande confianza en Dios de que te favorecerá y visitará en tus trabajos y en las obras que emprendieres de su santo servicio;  pídele que no te olvide, y que te visite y esfuerce, como visitó y esforzó a sus discípulos.

 

PUNTO II. Considera las causas porque los apóstoles no pescaron nada hasta que vino Cristo Redentor nuestro; la primera fue porque echaron la red de noche, que significa el pecado, y los que obran en pecado no granjean nada para la vida eterna, por mucho que trabajen; la segunda, porque pescaron por su voluntad y después por la obediencia de Cristo, y esta da la ganancia cierta a los que se rigen y gobiernan por ella; la tercera, porque echaron la red a la mano izquierda, que significa los bienes temporales del mundo, y Cristo Señor nuestro les mandó que la echasen a la derecha, que es símbolo de los bienes eternos. De lo cual has de sacar el trabajar siempre en la luz de la gracia y no en las tinieblas del pecado, y por la voluntad de Dios, mirando siempre a su mayor honra, gloria y servicio en cuantas obras hicieres, y echar siempre la red hacia la mano derecha de los bienes celestiales, si quieres sacar grande ganancia: duélete de lo que has trabajado en el discurso de toda tu vida en allegar riquezas perecederas, y en pescar las dignidades y honras vanas de este siglo, que todo es nada y vale nada, y toma el consejo de Cristo, y echa la red hacia la mano derecha a los bienes celestiales y verdaderos, y tendrá cumplido logro tu trabajo, como le tuvo el de los apóstoles.

 

PUNTO III. Considera lo que dice el sagrado Evangelio, que estando los discípulos pescando por mandado de Cristo, estaba él en la ribera a su vista, sin que le conociesen, preparándoles la comida para cuando viniesen, porque está a la vista de los que trabajan en su servicio, sin que ellos le vean ni conozcan, y les prepara la comida, cuidando de lo que han menester; saca de aquí un grande aliento para emplearte en su servicio con grande confianza en su providencia, por la que tiene con todos sus siervos y contigo, cuidando de lo que necesitan: arroja todo tu cuidado en sus manos confiadísima mente, y está cierto que te mira y asiste en tus obras y trabajos, como hoy a sus discípulos, aunque tú no le ves con los ojos corporales.

PUNTO IV. Contempla cómo cuando cogieron tan copiosa pesca, reconocieron que había sido por virtud de Cristo, y aprende a reconocer el logro de tus acciones por obra de sus manos y darle gracias por ello, atribuyéndole la gloria de ellas, de cuya mano las recibes; mira cómo luego vinieron a tierra, y el gozo con que les recibiría y el que tendrían en verle resucitado, y la benignidad con que se sentaría con ellos, y les partiría el pan y el pez que había sazonado sobre las ascuas, y les daría de comer ¡Oh dulce Jesús! bendito seáis mil veces, que así tratáis a vuestros siervos! ¿Quién no os sirve eternamente, siendo tan dulce y amoroso? Llégate, alma mía, con los discípulos al Señor, deja el mar proceloso de este mundo en que estás engolfado; deja las redes que te tienen preso, y da de mano a todas las ocupaciones terrenas, y pídele que te permita llegar a su mesa, y que te dé alguna de las migajas que sobran de ella, y sienta plaza entre los suyos para quedarte eternamente en su servicio.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.