En aquel tiempo: Dejando Jesús el territorio
de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y
le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga
la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y
con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto
es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la
lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto
más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro
decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
XI domingo después de Pentecostés.
CURACIÓN DEL ENDEMONIADO SORDOMUNDO. (Marc. 7.)
En el Evangelio refiere san Marcos cómo Cristo
sanó a un endemoniado, sordo y mudo, a instancia de los que le trajeron, y
algunas circunstancias de este milagro, el cual ordenó Cristo que callasen;
pero ellos le publicaron, engrandeciendo a voces la virtud del Salvador.
PUNTO PRIMERO. Considera a Cristo nuestro Redentor discurriendo como el sol por todas
partes, alumbrando el mundo con la luz de su doctrina y haciendo bien a todos,
sin negar a alguno su piedad y misericordia.
Pídele con humildad que no te deje a oscuras,
sino que destierre de tu alma las tinieblas de los vicios y las oscuridades y
nieblas de Satanás, y tenga misericordia de ti, como la tiene de todos.
Muéstrale tus llagas y pídele que te cure, y juntamente que te dé su gracia
para seguir sus pisadas, haciendo bien a todos.
PUNTO II. Considera
cómo, en llegando Cristo a aquella región, le trajeron al sordo y mudo para que
le sanase, y le sanó.
Pondera la fe y diligencia de los que se
movieron a traerle, venciendo con ella cualquiera dificultad y riesgo por la
salud de aquel cautivo del demonio, y acusa tu negligencia en procurar la salud
de tus hermanos.
Mira cuántos están en poder de Satanás, sordos y
mudos, por no traerlos a Cristo; y que el Señor los espera para sanarlos, y no
los sana porque no vienen a Él.
Saca de aquí deseos de traerle todos los
enfermos en el cuerpo y en el alma, para que los sane, en la forma que tu
estado permitiere, y rogarle y pedirle con fervorosas oraciones que se apiade
de todos y use de misericordia con ellos.
PUNTO III. Contempla
con san Jerónimo, en este hombre sordo y mudo, y, según san Mateo, ciego, el
estrago que hace la culpa mortal en un alma; pues la ciega para no ver a Dios
ni su perdición y el abismo profundo del infierno adonde se despeña; sorda para
oír la palabra divina y todo lo que le importa para su salvación; muda para
confesar sus culpas y alcanzar perdón de ellas y bendecir a Dios, teniendo
ojos, oídos y lengua para todos los vicios que la llevan a su perdición.
Llora con Cristo la perdición de los pecadores;
pídele que envíe predicadores apostólicos que los sanen, y que te dé ojos para
verle, oídos para oírle y lengua para bendecirle y alabarle.
PUNTO IV. Considera
la piedad y benevolencia con que Cristo luego, sin tardanza, se inclinó a los
ruegos de los que le pidieron, y, mojando los dedos en su saliva, abrió los
oídos y desató la lengua de este enfermo, el cual oyó y habló luego rectamente;
y todos prorrumpieron en alabanzas de Dios, engrandeciendo la virtud del
Salvador.
Júntate tú con ellos a bendecirle y alabarle, y
pídele que te sane de todas las dolencias de tu alma, y que te dé gracia para
dolerte de las de tus prójimos, y piedad para curarlos y socorrerlos en todas
sus necesidades.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
EL
CORAZÓN DE MARÍA, TEMPLO DE DIOS, RECOGIDO EN EL TEMPLO
EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA
9
EL
CORAZÓN DE MARÍA, TEMPLO DE DIOS, RECOGIDO EN EL TEMPLO
Considera
nuevamente hoy a María, siendo aún una pequeña niña, introducida en el Templo,
donde fijó su morada.
Su
Corazón era, dentro de aquel Templo, otro templo en el que Dios habitaba. Ese
Corazón era verdaderamente el Tabernáculo del Dios vivo.
Escuchemos
aquí a santa María Magdalena de Pazzis, quien, arrebatada en un sublime
éxtasis, se dirige así a María: «Tú eras aquel hermoso Templo, oh María, en el
que debía ofrecerse el digno Sacrificio del Salvador de los hombres.»
Y
poco después añade: «Vi el trono de Dios elevado sobre los más altos cielos;
María, Madre de Jesús, estaba sentada en él. Aquel trono estaba rodeado de
lirios y sostenido por cuatro ángeles.»
¿Cómo
podremos glorificar dignamente a María por su fe tan viva e inquebrantable y
por haber sido elevada por el Verbo eterno a una dignidad tan sublime?
También
nosotros deberíamos ser templos del Espíritu Santo. Y, de hecho, lo fuimos
desde nuestro Bautismo. Pero ¿lo somos ahora?
Pensemos
seriamente en ello.
¡Ay!,
¿no me habré convertido más bien en templo del espíritu inmundo? ¿No habré
expulsado de mi corazón al Espíritu Santo por medio de mis pecados?
¡Cuántas
lágrimas debería derramar para purificar un corazón tan manchado!
Santa
Virgen, Madre de Dios, Templo del Señor, al recordar tu consagración, haz que
hoy entre en una saludable confusión y en una sincera humildad por causa de mis
infidelidades, de mis ingratitudes y de todos los pecados que he cometido
contra los deberes de mi estado y contra la santidad de mi propia consagración.
Haz también que comience verdaderamente a servir a Dios conforme a la plenitud
de mis obligaciones, para que, el día de mi muerte, pueda ser presentado en el
templo de su gloria y allí adorarlo contigo por toda la eternidad. Amén.
FLOR.
Repetir
con frecuencia durante este día esta jaculatoria:«Espíritu Santo, lavad
nuestras manchas y perdonad nuestros pecados.»
FRUTO.
En
las tentaciones, especialmente en las de impureza, repetir con frecuencia las
palabras de san Pablo:«¡Lejos de mí! ¡Que jamás llegue a convertirme en
miembro del diablo!»
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL
SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh
Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de
las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del
amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús,
del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo
con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros
corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino
Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego
celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh
divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún,
recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y
fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus
enemigos.
Sed
nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las
gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed
nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones,
nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y
nuestro socorro en todos los peligros.
Pero,
sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de
nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene
contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En
ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad,
¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos
experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande
es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos,
en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos
llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA
A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que
el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos,
alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo
lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la
alabanza anteriores
A
petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su
Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807,
concedió las siguientes indulgencias:
Una indulgencia de sesenta
días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza
precedentes.
Una indulgencia plenaria a
quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las
fiestas de:
la Natividad de la Santísima
Virgen María,
la Asunción de la Santísima
Virgen,
y la fiesta del Santísimo
Corazón de María,
con tal
de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental,
comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten
una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las
intenciones del Romano Pontífice.
Una indulgencia plenaria en la
hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso
ejercicio todos los días de su vida.
Todas estas indulgencias
pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.