Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Domingo
de Quincuagésima
La
pasión de Cristo nuestro Redentor
Lc
18, 31-43
Trata
el Evangelio, cómo subiendo Cristo a Jerusalén profetizó a sus discípulos su Pasión,
y sanó a un ciego mendigo que le pidió vista en el camino, el cual le fue
siguiendo y glorificando a Dios.
PUNTO
PRIMERO.
Considera punto por punto la memoria que hace Cristo de toda su Pasión,
diciendo que ha de ser vendido, preso y entregado a los príncipes de los
sacerdotes; mofado, escupido, azotado, y últimamente muerto afrentosa mente; y
luego carga el peso de la consideración en la alegría con que sube a padecer, y
como dice san Crisóstomo, declaró con este hecho, que murió porque quiso
espontánea y voluntariamente por los hombres, y en particular por ti, y tú rehúsas
el padecer cosas más leves por él. Córrete de lo poco que le amas y de ver cuán
lejos estás de seguirle y de imitarle; y pondera que cuando subió otra vez a
Jerusalén lloró amargamente, mirando como presente la destrucción que le
amenazaba de allí a muchos años, y ahora mirando tan próxima su Pasión no llora
ni muestra sentimiento porque la padece gozosamente por ti.
PUNTO
II.
Pondera aquella palabra de Cristo: El hijo del hombre será entregado, no dice
quién lo ha de entregar, no porque lo ignorase, sino porque era uno de sus
discípulos y predicador, y calló su pecado mirando por su honra; enseñándonos en
esto a mirar por la de nuestros prójimos, y dar bien por mal a los que nos
ofendieren hasta la muerte ¡Oh Señor, y qué gran virtud es esta! Dadme vuestra
mano para que yo os imite en ella callando siempre los defectos de mis
prójimos, y retornando bien por mal a todos mis enemigos.
PUNTO
III.
Considera cómo Cristo haciendo memoria de su Pasión, la hizo también del premio
que había de recibir por ella, diciendo: Y al tercer día resucitará.
Encadenando lo uno con lo otro paraque supiésemos que el día del padecer es la
víspera del gozar, y que está encadenada la gloria con la paciencia, y la honra
con la deshonra padecida por su amor. Acuérdate en tus trabajos del premio que
puedes merecer por ellos, y la corona que tiene Dios preparada a los que llevan
su cruz, y cuán presto vendrá y te verás glorioso y honrado, anímate con su
esperanza a lleva con alegría por amor de Jesús.
PUNTO IV. Considera que,
tratando Cristo de su Pasión, dio vista al pobre ciego que se la pidió en el
camino, para que supiésemos que la memoria de su Pasión da vista y luz al alma,
y sana de la ceguedad del mundo ¡Oh alma mía! si meditases despacio lo que tu
Redentor hizo, dijo, obró y padeció en su Pasión, y qué luz alcanzarías para
salir de la ceguedad en que vives codiciando las honras del mundo, amando y
procurando lo perecedero, estimando lo que no tiene valor, y dejándote llevar
de los apetitos ciegos de la carne. Toma esta hiel amarga de la Pasión de Jesús
y pon la sobre tus ojos mirándola y meditándola despacio, y te dará vista mejor
que la dió la hiel del pez al santo Tobías. Considera cómo recibe las deshonras
y desprecia las honras, cómo calla y no admite el valimiento del presidente;
cómo pudiendo no se defiende ni permite a las legiones de los ángeles que le
defiendan, cómo abraza los dolores, las bofetadas, las espina , los azotes, los
clavos y la cruz, y lo demás que intervino en su Pasión, para sanar la ceguedad
del mundo y la tuya, que en todo procuras lo contrario; y pide a Cristo con
este ciego que te dé ojos y luz para ver y conocer el valor de lo eterno y el
engaño delo temporal, y amar aquello y despreciar esto.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Los santos
Faustino y Jovita, mártires. — 15 de febrero.
(+
122)
Estos dos fortísimos mártires del
Señor fueron hermanos muy ilustres por sangre y naturales de Brescia, ciudad
principal de Lombardía. A Faustino, que era el mayor, ordenó de sacerdote el
obispo Apolonio, y a Jovita, de diácono. Comenzaron los dos hermanos a
ejercitar sus oficios con grande edificación de los fieles y acrecentamiento de
la fe cristiana: lo cual sabido por el emperador Adriano, dio orden a Itálico,
ministro suyo, que los prendiese, y obligase con halagos o por fuerza a renegar
de Cristo. Hízolo así Itálico: pero hallándoles muy firmes en su propósito, no
quiso pasar adelante hasta que el mismo emperador, que había de ir a Francia,
pasase por Brescia, por ser los santos personas tan ilustres y emparentadas.
Vino, pues, Adriano, y los mandó llevar al templo del Sol para que lo adorasen;
mas los dos santos hicieron oración al Dios del cielo, y luego la estatua del
Sol, que resplandecía con muchísimos rayos de oro fino, se paró tan negra como
el hollín: y como los sacerdotes del ídolo pusiesen en ella las manos para
limpiarla, cayó, se deshizo y se convirtió en ceniza. Embravecióse el emperador
con este suceso, y condenó a los dos santos a las fieras; pero los leones, osos
y leopardos se amansaron como ovejas a sus pies y se los lamían. Después de
esto mandó Adriano echar los santos al fuego, y ellos estaban en medio de las
llamas como en una cama regalada, alabando y cantando himnos al Señor.
Echáronles de nuevo en la cárcel para que allí pereciesen de hambre y sed; pero
vinieron los ángeles del cielo a confortar y alegrar a los esforzados guerreros
del Señor. Atáronles después boca arriba y echáronles plomo derretido con unos
embudos por la boca, les aplicaron a los costados planchas encendidas, les
echaron estopa, resina, aceite, encendieron un gran fuego alrededor de ellos, y
el mismo fuego perdió su fuerza, y no fue parte sino para que muchísimos
gentiles, espantados de tantos prodigios, se convirtiesen y se proclamasen cristianos.
Finalmente, el emperador, no sabiendo ya qué hacer y teniendo por afrenta ser
vencido de los santos mártires, los entregó a Antíoco, gobernador, el cual,
después de haber probado en vano todo linaje de suplicios, los mandó degollar
fuera de la ciudad, y junto a la puerta de ella que va a Cremona.
Reflexión: Preguntará alguno
de los que leen estos asombrosos prodigios frecuentes en los martirios de los
santos: ¿Cómo no se convertían todos los gentiles que estaban presentes y aun
el mismo emperador, teniendo a los ojos tan claros argumentos de la virtud
divina? Sabemos que atribuían esos milagros a las malas artes de los demonios,
pues llamaban a los santos con el nombre de grandes hechiceros, pero la causa
principal de su obstinación era la perversidad de su vida. Decía Tertuliano al
emperador de Roma: «Si los cristianos pudiesen vivir como los cesares, o los
cesares no hubiesen de vivir como cristianos, a estas horas todos hubieran ya abrazado
la fe de Cristo.» (Tertul. Apolog.) Y la misma razón movía a los demás a
perseverar en los errores y vicios de la gentilidad, y ésta ha sido, es y será
siempre la causa principal de la enemistad que tienen todos los impíos, herejes
y malvados con la verdad católica.
Oración: Señor Dios, por
cuyo amor despreciaron los bienaventurados mártires Faustino y Jovita,
hermanos, las honras del siglo que les ofrecían, concédenos que por su ejemplo,
estimemos en poco las mismas honras y lleguemos por su intercesión a la
verdadera honra y gloria del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Dios
y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas; al
pensar en lo mucho que habéis hecho por mí y lo ingrato que he sido a vuestros
favores, mi corazón se confunde y me obliga a exclamar: Piedad, Señor, para
este hijo rebelde, perdonadle sus extravíos, que le pesa de haberos ofendido, y
desea antes morir que volver a pecar. Confieso que soy indigno de esta gracia,
pero os lo pido por los méritos de vuestro Padre nutricio, San José.
Vos,
glorioso San José, Abogado mío, recibidme bajo vuestra protección y dadme el
favor necesario para emplear bien este rato en obsequio vuestro y utilidad de
mi alma. Amén.
A continuación, se lee la meditación propuesta para cada
domingo.
TERCER
DOMINGO
Al prepararnos para recibir a Jesús Sacramentado, saludad a San
José y pedidle su bendición. Al comulgar, esforzaos en entrar en sus santas
disposiciones, cuando vio correr la sangre del Salvador y ofrecer la comunión
por la conversión de los enemigos de la Iglesia. Aplicad la indulgencia por las
almas que tuvieron mucha devoción a la preciosa sangre de Jesucristo.
MEDITACIÓN
TERCER DOMINGO
Sobre
los dolores y gozos de San José
en
la Circuncisión del Niño Jesús
1.El
Mesías que venía a dar cumplimiento a toda ley, quiso por humildad someterse a
la ceremonia tan dolorosa de la circuncisión. San José, según la opinión de
muchos fue su ministro. ¡Cuánto debió costar a él mismo esa ceremonia! Es
cierto que todos los Israelitas veían a sus hijos sometidos a la misma ley, más
por grande que fuese el amor que le profesaban no podía compararse al que José
sentía por Jesús, a quien amaba como a su hijo y como a su Dios.
Por
otra parte, este santo Patriarca sabía perfectamente que bajo las debilidades
de la infancia, el Salvador gozaba de la plenitud de la razón; que se somete
voluntariamente a todo lo que de Él se exigía; que sentía a la vez el deseo y
el temor del sufrimiento y que esta operación sangrienta no es para Él sino el
preludio y como ensayo de los suplicios que le estaban reservados en el
Calvario. Los gritos del Divino Niño y las angustias de su pobre Madre
desgarraban el corazón de José; sin embargo, lleno de un valor sobrenatural y
de una me fe más admirable que la de Abraham, el augusto Esposo de María,
penetrando los designios de su Divino Hijo, ofrece al Padre Eterno la preciosa
Sangre que acaba de ser derramada por nuestra salud y de la cual una sola gota
hubiera bastado para rescatar mil mundos.
2.
José, al terminar su sublime misterio, dio al Hijo de Dios el nombre adorable
de Jesús, según la orden que había recibido del Cielo mismo. ¿Quién podrá
expresar con que confianza y con qué amor pronunció José de primero este nombre
de salud dado a nuestro Divino Libertador? Este nombre de Jesús, que debía ser
nuestro consuelo en la peregrinación de esta vida, y nuestra esperanza al
llegar a la hora de la muerte. Este nombre adorable que José se complacía en
invocar con frecuencia era más dulce a su boca que exquisita miel, más suave a
su oído que arrolladora melodía. El nombre de Jesús debe ser el principio y fin
de todas nuestras acciones; frecuente por la invocación, frecuente y piadoso
este nombre adorable por el fin, porque no debemos poner la mirada en otro
bien, en otro objeto, que su gloria.
Fieles
servidores del mejor de los amos, a ejemplo de San José, complaceos en repetir
este nombre, que es superior a todo nombre, y recibiréis alivio en vuestras
penas, consuelo en vuestras aflicciones. Como José invocad al nombre de Jesús
con fe en su poder, con confianza en su amor; porque el Salvador mismo nos ha
dicho: “Todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre os será concedido” (Juan
14). Decidle como aquel hombre privado de la vista: “Jesús, Hijo de David,
tened piedad de mí”, o como los diez leprosos: “Jesús, nuestro dueño, tened
piedad de nosotros”, y experimentaréis bien pronto su favor y ayuda. Acordaos
que era “en nombre de Jesús” que los Apóstoles obraban milagros. “En nombre de
Jesús levántate y anda” dijo San Pedro al paralítico. En las tentaciones que el
demonio os suscite, invocad el santo nombre de Jesús, nombre poderoso en el
infierno, puesto que espanta a todos los demonios. Este nombre sagrado hace
temblar a los ángeles rebeldes porque les recuerda Aquel cuyo poder destruyó el
imperio que tenían sobre los hombres.
¡Oh
nombre sagrado de Jesús! Verdaderamente eres un aceite derramado para curar
nuestras llagas y comunicar la salud a nuestras almas, porque ¿quién puede
pensar en este nombre divino sin representarse al mismo tiempo el modelo
perfecto y el conjunto de todas las virtudes en el más eminente grado en la
persona de Jesús? Poned, pues vuestro santo nombre en nuestras almas, en
nuestros espíritus, en nuestros corazones y en nuestros labios. Señor Jesús,
concédenos por este nombre la gracia de servirte, la fuerza de imitaros y
aprender de Vos a obedecer, a sufrir y a humillarnos.
EJEMPLO
Una
distinguida señora de Bélgica escribió a una amiga suya, participándole el
favor que acababa de recibir de San José. Una persona ya entrada en años, por
la cual ella se interesaba mucho, vivía en completo olvido de sus deberes
religiosos, de suerte que hacía más de treinta y cinco años que no había
recibido ningún sacramento ni practicado acto alguno de devoción. Ni las
instancias reiteradas de varios amigos influyentes, ni los avisos
providenciales enviados a esta oveja descarriada fueron bastantes para ablandar
su corazón empedernido. Cayó enferma esta infeliz. Entonces fue cuando la
caritativa señora alarmada por el estado crítico de su querido anciano, buscaba
medios para que no se perdiese aquella alma que tanto había costado al Divino
Redentor, acordándose del gran poder del patriarca San José -de quien era muy
devota- para socorro de los moribundos, le suplicó que viniese en su ayuda, y
llena de fervor le prometió hacer la devoción de los Siete Domingos, en memoria
de sus dolores y gozos, esperando le alcanzase la conversión del enfermo que
ella tanto deseaba. ¡Cosa admirable! Ya el primer domingo, San José empezó su
obra: fue un sacerdote a visitar al enfermo, este le recibió muy bien y le
insinuó que quería confesarse; hizo una confesión entera y muy dolorosa; y
pidió le administrasen los demás sacramentos al día siguiente. A pesar de su
extrema debilidad, el buen anciano recibió de rodillas en la cama a su Dios, a
quien había olvidado por tan largo tiempo y desde entonces no cesó de demostrar
la alegría de que estaba llena su alma. Había perdido la fe, pero la recobró y
con ella una eterna gloria. Ojalá este nuevo favor, obtenido por medio de la
devoción de los Siete Domingos, mueva a otras buenas almas a practicarla, para
conseguir la conversión de aquellas personas por las cuales se interesan.
Récense los dolores y gozos.
EJERCICIOS
DE LOS 7 DOLORES Y GOZOS
DE
SAN JOSÉ
Este ejercicio consiste en hacer memoria de los 7 dolores y
gozos de san José, con su Padrenuestro, avemaría y gloria en cada uno de ellos.
Se puede hacer cualquier día del año, pero tradicionalmente se rezan estos
dolores y gozos durante 7 domingos consecutivos como preparación a la fiesta
del Santo del 19 de marzo, comenzando 7 domingos antes de la fiesta.
La Iglesia ha concedido Indulgencias a esta devoción: 1ª.- 300
días de indulgencia cada domingo, rezando durante siete domingos consecutivos
en el curso del año, a elección de los fieles, los siete gozos y siete dolores
de san José, y el séptimo domingo se puede ganar además una indulgencia
plenaria. (Gregorio XVI, 22 de enero de 1836).2ª.- Indulgencia plenaria en cada domingo, aplicable a las almas del
purgatorio. Los que no saben leer o no tienen la deprecación de los siete
dolores y gozos, pueden ganar esta indulgencia rezando en los siete domingos
siete Padrenuestros con Avemaría y Glorias. (Pio IX, 1 de febrero y 22 de marzo
de 1847). Otra fórmula más breve pág.
48.
PRIMER
DOLOR Y GOZO
¡Oh
castísimo Esposo de María!, me compadezco de las terribles angustias que
padeciste cuando creíste deber separarte de tu Esposa Inmaculada, y te doy el
parabién por la alegría inefable que te causó saber de boca de un ángel el
misterio de la Encarnación. Por este dolor y alegría te pido consueles nuestras
almas en vida y muerte, obteniéndonos la gracia de vivir como cristianos y
morir santamente en los brazos de Jesús y de María. Padre
Nuestro y Avemaría y Gloria.
SEGUNDO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
felicísimo Patriarca, que fuiste elevado a la dignidad de padre putativo del
Verbo encarnado!, te compadezco por el dolor que sentiste viendo nacer al Niño
Jesús en tanta pobreza y desamparo; y te felicito por el gozo que tuvisteis al
oír la suave melodía con que los ángeles celebraron el nacimiento, cantando
“Gloria a Dios en las alturas”. Por este dolor y gozo, te pido nos concedas
oír, al salir de este mundo, los cánticos celestiales de los ángeles en la
gloria. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
TERCER
DOLOR Y GOZO
¡Oh
modelo perfecto de conformidad con la voluntad divina!, te compadezco por el
dolor que sentiste al ver que el Niño Dios derramaba su sangre en la
circuncisión; y me gozo del consuelo que experimentaste al oírle llamar Jesús.
Por este dolor y gozo, te pido nos alcances que podamos vencer nuestras
pasiones en esta vida y morir invocando el dulcísimo nombre de Jesús. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria
CUARTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
fidelísimo Santo, a quien fueron confiados los misterios de nuestra redención!,
te compadezco por el dolor que te causó la profecía con que Simeón anunció lo
que habían de padecer Jesús y María; y me gozo del consuelo que te dio el mismo
Simeón profetizando la multitud de almas que se habían de salvar por la Pasión
del Salvador. Te suplico por este dolor y gozo, nos alcances ser del número de
los que se han de salvar por los méritos de Cristo y por la intercesión de su
Madre. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria
QUINTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh Custodio
vigilante del Hijo de Dios humanado!, me compadezco de lo mucho que padeciste
en la huida a Egipto, de las grandes fatigas de aquella larga peregrinación y
de lo que te costó el poder atender a la subsistencia de la Sagrada Familia en
el destierro; pero me gozo de tu alegría al ver caer los ídolos por el suelo
cuando el Salvador entraba en Egipto. Por este dolor y gozo, te pido nos
alcances que huyendo de las ocasiones de pecar, veamos caer los ídolos de los
afectos terrenos y no vivamos sino para Jesús y María, hasta ofrecerle nuestro
último suspiro. Padre Nuestro y Avemaría y
Gloria
SEXTO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
glorioso San José, ángel de la tierra que viste con admiración al Rey del Cielo
sujeto a tus disposiciones!, si tu consuelo, al volverte de Egipto, fue
alterado con el temor al Rey Arquélao, tranquilizado después por el Ángel,
viviste alegre con Jesús y María en Nazaret. Por este dolor y gozo, alcánzanos
a tus devotos que, libre nuestro corazón de temores nocivos, gocemos de
tranquilidad de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos
teniéndolos a nuestro lado. Padre Nuestro y
Avemaría y Gloria
SEPTIMO
DOLOR Y GOZO
¡Oh
modelo de santidad, glorioso San José! Te compadezco por el dolor que sentiste
al perder al Niño Dios sin poderle hallar en tres días, y te doy el parabién
por la alegría con que lo encontraste en el templo. Por este dolor y gozo, te
pido nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado; y si por
desgracia lo llegamos a perder, sírvanos tu intercesión por las lágrimas de la
penitencia, y podamos vivir unidos con Él hasta el último aliento de nuestra
vida. Padre Nuestro y Avemaría y Gloria.
ANTIFONA. Tenía Jesús al
empezar su vida pública cerca de treinta años y aún se le tenía por hijo de
José.
V.
¡Oh San José!, Ruega por nosotros.
R.
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
ORACIÓN
Oh
Dios, que con providencia inefable te dignaste elegir al bienaventurado San
José por esposo de tu Madre, te rogamos, nos concedas que merezcamos tener en
los cielos por intercesor a quien en la tierra veneramos por protector. Tú que
vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.
Por
el santo Padre, por su persona e intenciones para ganar las indulgencias
concedidas a esta devoción.