Lunes de la X semana después de Pentecostés.
DEL DESPRECIO DE SÍ
Y APRECIO DE LOS OTROS.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Lunes de la X semana después de Pentecostés.
DEL DESPRECIO DE SÍ
Y APRECIO DE LOS OTROS.
PUNTO PRIMERO. Considera que predicó Cristo esta parábola a los que confiaban en sí y despreciaban a los otros; porque, así como la raíz de todos los males es la soberbia, así, por el contrario, la raíz de toda sólida virtud es la humildad, que consiste en el conocimiento propio y desprecio de sí mismo.
Considera cuán poco puedes por ti, pues de tu cosecha no tienes fuerzas para cosa alguna de virtud, sino solamente para pecar; y que, si Dios te deja de su mano, no hay linaje de maldad que no cometas, ni género de pecado en que no caigas.
Ahonda en esta mina y cava en tu propio conocimiento; y no confíes en tus fuerzas, sino reconoce tu miseria y humíllate delante de Dios, pidiéndole su gracia, sin la cual no puedes nada, y pon tu confianza en su bondad.
PUNTO II. Considera cómo los fariseos, mirando a sus buenas obras y a las malas de los otros, se envanecían, estimando a sí mismos y despreciando a los demás; cayendo en soberbia, de donde habían de sacar más humildad, reconociendo que todas sus buenas obras eran de Dios. Y por esta soberbia los reprende Cristo, porque, como ciegos, no reconocían la verdad ni que toda su virtud era de Dios.
Vuelve los ojos a ti mismo, y mira si caes en este linaje de soberbia, cobrando vanidad y aprecio de ti mismo por tus obras y despreciando a los otros, cuando habías de ser más humilde por las mercedes que Dios te hace, las cuales, si hiciera a otros, le sirvieran mucho más.
Mira tus caídas y los pecados que cometes cada día, y reconoce por divina misericordia no caer en infinitos más; y no desprecies a alguno, pues mereces tú ser más despreciado que todos.
PUNTO III. Considera cuán diferente es el juicio de Dios que el de los hombres; pues el fariseo, que era tenido por santo en los ojos de los hombres, fue juzgado por malo y pecador en los de Dios; y el publicano, que era tenido por pecador, fue juzgado en su tribunal por santo; porque el hombre juzga por lo que parece de fuera, pero Dios por lo interior del corazón.
¡Oh, qué diferente juicio hace Dios de ti que los hombres! Mira cómo te mira al corazón y lo que juzga de ti, que es el verdadero Juez que aprecia todas las cosas con su propio valor. No hagas caso del juicio de los hombres, cuyas balanzas son engañosas y cuyos juicios son errados; y hallarás descanso y humildad, y no despreciarás a nadie, pues no sabes en qué aprecio le tiene Dios.
PUNTO IV. Considera que el fariseo se perdió porque puso los ojos en sus buenas obras, jactándose de ellas; y el publicano se salvó porque puso los ojos en sus pecados, de los cuales sacó tal desprecio de sí mismo, que no se tuvo por digno de levantar los ojos al cielo.
Saca de aquí esta lección: no mires a tus buenas obras, porque no cobres soberbia de ellas, como el fariseo, y te pierdas; sino pon los ojos en tus pecados, confundiéndote por ellos, y alcanzarás humildad con que ganes el cielo, aunque hayas sido pecador.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.