jueves, 17 de septiembre de 2026

CONVERSIÓN DE SANTA MARÍA MAGDALENA. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Viernes de la XVI semana después de Pentecostés

DEL EVANGELIO DE LAS TÉMPORAS DE ESTE DÍA: CONVERSIÓN DE SANTA MARÍA MAGDALENA

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XVI semana después de Pentecostés

DEL EVANGELIO DE LAS TÉMPORAS DE ESTE DÍA: CONVERSIÓN DE SANTA MARÍA MAGDALENA

El Evangelio es de san Lucas, en el capítulo 7, en que refiere la conversión de santa María Magdalena, cuando, estando Cristo en el convite, se arrojó a sus pies, regándolos con lágrimas y limpiándolos con sus cabellos; de lo cual el fariseo murmuró, y el Salvador la defendió y la envió en paz, perdonándole sus pecados.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que el primer paso que dio santa María Magdalena en su conversión, como dicen san Ambrosio y san Gregorio sobre este Evangelio, fue el reconocimiento de sus culpas y de la fealdad de su alma; y este la movió a buscar el remedio para que la sanase, el cual no buscara si no se mirara y conociera su necesidad.

Este paso has de dar tú en la tuya, acompañando a esta santa pecadora. Abre los ojos del alma y contempla tus pecados y la fealdad que causan en ella.

Mira cuántos has hecho en todo el discurso de tu vida y la necesidad que tienes de remedio; y busca, con María Magdalena, al Médico celestial, que es Cristo nuestro Redentor.

Arrójate a sus pies con ella, pidiéndole que sane las llagas de tu alma.

 

PUNTO II. Contempla a santa María Magdalena a los pies de Cristo, vestida de un saco, ceñida con una soga, llorando amargamente sus pecados, confesándolos con los ojos, con tantas palabras como lágrimas; besando los pies con la boca, ungiéndolos con el ungüento, limpiándolos con los cabellos y abrasándose el corazón en llamas de amor divino en tanto grado, que el mismo Cristo dijo que le amó mucho, y por eso le perdonó sus muchos pecados.

¡Oh, qué espejo de penitencia tienes aquí en que mirarte, si quieres alcanzar perdón de tus culpas!

Imita a esta santa penitente en el dolor y contrición de tus pecados, en las lágrimas, en los sollozos y en la humildad; confesando tus culpas a los pies del Redentor y de los que están en su lugar; en el amor fino de Dios y en emplear en servirle todos los sentidos e instrumentos que empleaste en ofenderle.

Ponte a los pies del santo Crucifijo y pídele con lágrimas que te dé la contrición, el dolor y el amor que dio a santa María Magdalena; y a la santa, que interceda con Él para que la acompañes en la penitencia y merezcas ser su consorte también en el perdón y la gracia del Señor.

 

PUNTO III. Considera cómo, empezando a servir a Dios santa María Magdalena, empezó juntamente a hacerle guerra el demonio por medio del fariseo, murmurando de ella y de Cristo, que la admitió en su gracia, y motejándole de falso profeta, y a ella de pública pecadora.

Considera también cómo la Magdalena calló y prosiguió su penitencia, y Cristo volvió por ella; en lo cual tienes mucho que aprender y venerar.

Persuádete de que el demonio se arma contra los siervos de Dios, y que, en declarándote por Él, has de padecer guerras y contradicciones; pero no por ellas descaezcas ni vuelvas atrás, sino prosigue tu camino, que Dios te defenderá como defendió a santa María Magdalena.

¡Oh Señor!, con tan buen Capitán y con tan poderoso Defensor no temeré a todo el mundo que se arme contra mí. Estad a mi lado, defendedme y esforzadme, que yo os ofrezco perder mil vidas antes que dejaros o volver un paso atrás en vuestro santo servicio.

 

PUNTO IV. Considera las mercedes que hizo Dios a esta santa; pues, fuera de defenderla y volver por su honra, como está dicho, se careó con ella, mirándola con ojos de piedad, consolándola, recibiendo sus lágrimas y penitencia, honrándola públicamente, perdonándole todos sus pecados, engrandeciendo el amor de su corazón y enviándola en paz: en paz con Dios, en paz consigo misma y en paz con los hombres y con todos sus enemigos, haciéndole espaldas y defendiéndola para que ninguno la pudiese turbar.

Mira, por una parte, el premio que da Dios a los penitentes y las honras y mercedes que les hace; y, por otra, el consuelo, gozo y tranquilidad del alma de santa María Magdalena; la alegría con que volvería a su casa, habiendo descargado el peso de sus pecados; las llamas de amor que arderían en su corazón para con Cristo; los deseos fervorosos de servirle; y cuán diferente sazón tendría en su alma que cuando seguía los antiguos gustos de sus apetitos.

¡Oh dichosa penitencia, que tal premio has tenido! ¡Oh pasos bien empleados en buscar y hallar a Cristo! ¡Oh lágrimas preciosísimas, que tanto habéis valido y merecido!

¡Oh Señor!, dadme una centella del fuego sagrado de amor que disteis a santa María Magdalena, para que yo sepa amaros y llorar mis culpas, y empezar a serviros. Miradme como la mirasteis, defendedme como la defendisteis y dadme paz en mi alma, para que la tenga con Vos, con todos y conmigo mismo, y persevere siempre en vuestro servicio.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 

 

DÍA 18. MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 18

MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 18

MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN

El justo que conoce a Dios hace la voluntad del mismo Dios y Su Majestad hace lo que el justo quiere. Esta humildad no consiste solamente en exterioridades, sino en corazones rendidos y desembarazados. Dios, por nuestra flaqueza, se comunica y se da a conocer por medio de unas tinieblas y oscuridad clara, donde Su divina Majestad engendra y produce una noticia en el entendimiento del humilde. En estas tinieblas el humilde halla gran conocimiento de las cosas de Dios.

Pero las luces exteriores, las prudencias humanas, la sabiduría de este siglo, las astucias y cuidados de la tierra pueden quitar estas dichosas tinieblas y esta rutilante oscuridad. El alma se encandila con las cosas exteriores y se pierde en las grandezas de la tierra, perdiendo la vista de las cosas del cielo.

El murciélago tiene tan débil la vista que no puede ver la luz del día ni del sol sin quedar ciego. Así presenta un retrato vivo del soberbio, que debía emplear la vista y la luz de los ojos en contemplar y meditar los bienes del cielo, pero se los echó en alas para volar, pretendiendo oficios y dignidades sobre sus fuerzas. De este modo se quedó sin ojos para ver y conocer al mismo Dios. Como dice san Pablo, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. De la ceguedad y tinieblas les vienen a los soberbios sus presunciones, y de su vanidad les viene su ceguera.

Pero el justo, desprendido de todas las cosas de la tierra y recogido allá dentro, tiene una vista larga para contemplar y meditar los misterios ocultos y encubiertos de Dios. Un poquito de tierra, un polvillo de poca consideración, puede quitar o enturbiar la vista. Por eso Cristo promete: “felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”.

Esta es la causa por la que el humilde nada quiere de este mundo: todos los bienes de esta tierra son para él tierra que ciega y enturbia la vista, y las grandezas de la tierra son alas que consumen y absorben el cristal de la humildad. Los ojos del humilde son solo para ver y contemplar las grandezas de Dios. Más quiere el humilde ser gusano y vivir sin alas en la tierra que con alas en el fuego, hecho ceniza.

Los soberbios son como aquellas cosas que se precipitan en crecer hacia arriba antes que echar buenas raíces. Son como hierbas, flores y calabazas que, sin estar firmemente enraizadas, quieren extenderse como si todo el campo fuera suyo. También son como quienes buscan una torre y un campanario bien alto para que su nombre suene bien. Suben buscando dignidades y oficios, pero les dura poco su exaltación.

Este es el proceder de Satanás: subir a uno para hacerlo bajar tropezando, como el águila que lleva a la tortuga a lo más alto para después arrojarla sobre los peñascos. Por eso debemos pedir a Dios que nos sostenga con su poderosa mano y plante nuestras raíces en lo profundo de la tierra, con un profundo conocimiento de lo que somos.

Más nos vale sufrir las heladas del invierno, las escarchas y vientos debajo de la tierra, mientras vamos echando profundas raíces de humildad, porque llegará la primavera en la que los justos gozarán para siempre de aquel hermoso Sol de justicia que es Cristo Jesús. El humilde no busca una pequeña alborada en este mundo, sino que espera la luz que no se acaba.

 

JACULATORIA: Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos para reprimir al adversario y al rebelde.   (Salmo 8, 2-3)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

DÍA 5. PADRE PÍO, LA MISA Y LA VIRGEN MARÍA. NOVENA EN HONOR AL GLORIOSO PADRE PÍO DE PIETRELCINA

 


DÍA 5

PADRE PÍO, LA MISA Y LA VIRGEN MARÍA

NOVENA

EN HONOR

AL GLORIOSO PADRE PÍO

DE PIETRELCINA

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ORACIÓN INICIAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, espero y amo. Os adoro profundamente, bendigo vuestra misericordia y confundido por mi ingratitud, arrepentido de mis pecados, pido perdón y propongo confiando en vuestra gracia y ayudado por la intercesión del glorioso San Pío de Pietrelcina, corresponder a vuestro amor con el mío imitando tan gran ejemplo que me has dado con su vida, enseñanzas, ejemplos y virtudes.

Ofrezco esta novena a mayor gloria de Dios para la salvación de las almas, la conversión de los pecadores y la mía propia.

Y tú, glorioso Santo Padre Pío, defiéndeme de los enemigos de mi salvación e intercede por mis necesidades, obligaciones e intenciones. Amén.

 

♦ Se lee lo propio de cada día.

 

DÍA 5

PADRE PÍO, LA MISA Y LA VIRGEN MARÍA

La vida de san Pío discurrió entre el coro, la celda y los momentos de vida comunitaria. Sin embargo, en el centro de aquella aparente monotonía había dos lugares donde parecía entrar el mundo entero: el confesionario y el altar.

La santa misa era el momento central de su jornada. La celebraba muy temprano, normalmente alrededor de las cuatro y media de la mañana. Celebraba con atención, piedad y devoción, sin hacer nada fuera de las rúbricas, y sin embargo aquella misa atraía a personas de todo el mundo que se agolpaban desde antes a la puerta de la iglesia para asistir.  

San Pío vivía la santa misa profundamente unido al misterio de la Pasión y Muerte de Cristo donde él participaba uniéndose en cuerpo y alma al sacrificio redentor. Cuando le preguntaron si durante la celebración sufría por amor o por dolor, respondió: «Más por amor». Esa frase permite comprender el corazón de su sacerdocio.

Junto al altar estaba siempre María. El rosario acompañó a san Pío durante toda su vida y murió con él entre las manos. Dicen que rezaba en torno a 35 rosarios al día, era la manera de permanecer unido a la Virgen y, por medio de ella, a Jesús.

Hablaba de la Virgen María con una ternura filial y acudía a ella especialmente en los momentos de lucha. Al contemplarla al pie de la Cruz, acompañando a su Hijo en el sufrimiento, tomaba fuerza para permanecer en su entrega en medio de las duras pruebas.  Poco antes de su muerte le dijo a su amigo, Fray Modestino: «Amen a la Virgen y háganla amar. Recen siempre el Rosario».

Rosario y Misa son la manifestación de la espiritualidad de Padre Pío y de todo católico: por María a Jesús.

No dejemos de rezar el rosario cada día y de asistir a la santa misa a diario. Es la obra más importante podemos hacer en nuestra vida. Así se lo decía Padre Pío a una hija espiritual: “Cada santa misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales, que ni nosotros mismos conocemos. Para conseguir esto, no gastes inútilmente tu dinero, sacrifícalo y sube hasta aquí para escuchar la santa misa. El mundo podría subsistir incluso sin el sol, pero no podría existir sin la santa misa.”

 ♦

Pídase la gracia particular que se quiere alcanzar en esta novena por intercesión del Glorioso Padre Pío.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

 

ORACIÓN FINAL

PARA TODOS LOS DÍAS

Glorioso san Pío de Pietrelcina, sacerdote humilde y fiel, tú que amaste profundamente a Jesús crucificado y entregaste tu vida por la salvación y el consuelo de tus hermanos, presenta al Señor las intenciones que te confiamos en esta novena.

Alcánzanos un corazón sencillo para orar, valentía para convertirnos, amor al Santísimo Sacramento y a la santa Misa, confianza filial en la Virgen María y compasión verdadera ante el sufrimiento de los demás.

Enséñanos a no huir de nuestras cruces, sino a vivirlas unidos a Cristo; a buscar siempre la misericordia de Dios y a convertir nuestra fe en obras concretas de amor.

Intercede especialmente por los enfermos, por quienes viven solos, por los que han perdido la esperanza, por quienes viven en pecado alejados de Dios y por todos los que se encomiendan a nuestra oración.

Que, siguiendo tu ejemplo, podamos hacer de nuestra vida una ofrenda de amor y llegar un día a la alegría eterna en la presencia de Dios. Amén.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.