Lunes Santo
De la segunda palabra que habló Cristo en la cruz a Dimas. De verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Luc. 23).
MEDITACIONES
SOBRE
LA PASIÓN
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:
en tu presencia me postro de rodillas,
y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,
vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,
verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de enmendarme;
mientras con gran afecto y dolor
considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,
teniendo ante mis ojos aquello
que ya el profeta David ponía en tus labios
acerca de ti:
'Me taladran las manos y los pies,
puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".
Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.
MEDITACIÓN
Lunes Santo
De la segunda palabra que habló Cristo en la cruz a Dimas. De verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Luc. 23).
PUNTO PRIMERO. Vete, alma mía, al monte de la contemplación y sube al Calvario, y verás a tu dulce Esposo pendiente de un palo entre dos ladrones, como si fuera uno de ellos, de los cuales el uno le blasfema y el otro lleno de fe le alaba y le defiende; aquel baja de la cruz al infierno, y este sube en compañía suya de la cruz al cielo. ¡Oh dichosa alma! que en tan breve tiempo mereció tan crecido galardón; contempla su dicha, y aprende cuánta será la tuya, si sabes perseverar con paciencia en la cruz al lado de tu Salvador, y pídele su gracia para no perderla.
PUNTO II. Considera las virtudes con que este santo ladrón mereció alcanzar tan grande merced del Salvador, que fueron el conocimiento de sus pecados, confesándolos públicamente, y diciendo a voces que llevaba el merecido de ellos en aquel castigo; lo segundo la caridad que tuvo con su prójimo, a quien reprendió oyéndole blasfemar de Cristo, y le exhortó a penitencia; lo tercero la confesión tan insigne que hizo públicamente de la santidad del Redentor, cuando los apóstoles le negaron, y le desampararon y huyeron; lo cuarto la esperanza firme que tuvo en la misericordia de Dios, pidiéndole a Cristo que se acordase de él cuando se hallase en su reino, confesándole por rey cuando le veía padecer en la cruz como a malhechor. ¡Oh Señor! bien merece este nuevo siervo la silla de vuestro reino, y entrar en vuestra compañía en el paraíso; dadme vuestra gracia para que yo le imite en la confesión y penitencia de mis pecados y en las demás virtudes, para que merezca ir en su compañía y la vuestra a gozar eternamente de vos.
PUNTO III. Considera la respuesta que dio Cristo a su petición, conviene a saber: hoy estarás conmigo en el paraíso. En cada palabra hallarás dulce panal de miel y una misericordia del Señor para con este pecador arrepentido: hoy, sin más plazo ni dilación será cumplido tu deseo y colmado tu gozo; estarás, de asiento y como morador y Señor, no de paso y como extraño o peregrino, sino como ciudadano y vecino; conmigo, en mi compañía y a mí lado, como soldado de mi milicia y consorte en mi reino, y como hijo heredero que tiene parte en el trono de su Padre, que quien estuvo junto a él en la cruz, estará junto conmigo en mi gloria; en el paraíso, en cualquiera parte fuera suma felicidad estar en compañía de Cristo y a su vista, gozando de su amistad; ¿pues qué merced y felicidad será estar con él en su gloria y en el paraíso de deleites? El primer Adán le perdió por su inobediencia, y el segundo le recuperó con su obediencia; aquel le perdió para sí y para toda su posteridad; este le recuperó para sí y para todos los suyos, y el primero que entró en él en su compañía fue Dimas, este dichoso ladrón. ¡Oh suerte feliz! ¡oh dicha la mayor que tuvo hasta entonces hombre humano! ¡Oh Señor! bendito seáis, que tan liberalmente premiáis a los que os sirven; dadme que yo os acompañe aquí en la cruz, para que merezca después ser vuestro compañero en el paraíso.
PUNTO IV. Considera el gozo que tuvo en su alma este santo ladrón oyendo de boca del Salvador tal promesa; la esperanza que engendró en su corazón, la alegría en su alma, las gracias que le daría desde la cruz por tan incomparable favor, y cómo daría por bien empleados todos sus dolores y afrentas por alcanzar una dicha tan crecida como fue entrar aquel día triunfando en compañía del Salvador de la muerte y del infierno; y aprende a sufrir trabajos con paciencia y alegría en compañía del Señor, por el premio que te espera y tiene prometido por ellos; y juntamente considera el gozo del Salvador por haber ganado aquella alma, y sacándola de las uñas del demonio en recompensa del apóstol Judas que a la misma sazón se condenó: dale el parabién y aprende a traerle pecadores y a convertirlos a su servicio, persuadiéndote que haces uno de los mayores gustos que le puedes hacer y con que darás alivio a sus tormentos, como se le dio en la cruz Dimas con su conversión.
Al finalizar
INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN
San Buenaventura
Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!
Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!
Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.
También puede terminarse recitando el viacrucis.
