Miércoles de la X semana después de Pentecostés.
DE LA JUSTICIA DEL PUBLICANO.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Miércoles de la X semana después de Pentecostés.
DE LA JUSTICIA DEL PUBLICANO.
PUNTO PRIMERO. Ya que has visto los pasos por donde se perdió el fariseo, pon ahora los ojos en los que dio el publicano para llegar a su justificación, para que, excusando los de aquel y siguiendo los de este, alcances la gracia del Señor y con ella tu salvación.
Y lo primero, medita que la humildad hizo de un publicano un santo, y la soberbia de un santo un publicano; porque este es el primer paso que se ha de dar en el camino del cielo, humillándose más que el polvo de la tierra en el acatamiento de Dios, como lo hizo este publicano, el cual entró en el templo a orar, y teniéndose por indigno de estar en él y de parecer en la presencia de Dios, se puso en lo más retirado y lejos del altar; y cuanto más se alejaba con el cuerpo, más se acercaba a Dios con el alma, y Dios a él, a quien era gratísima su petición; porque la oración del que se humilla penetra los cielos, como dice el Eclesiástico (1). Este, pues, fue el primer paso que dio este pecador en su justificación, y el primero que has de dar tú para alcanzar el perdón de tus pecados y la gracia del Señor. (1) Eccl. 35.
PUNTO II. Lo segundo, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, ya por el empacho de sus pecados, ya porque, como dice Teofilato, ojos que habían mirado a la tierra y contaminádose con el lodo de sus aficiones no eran dignos de mirar al cielo; y quiso mortificar los miembros con que había ofendido a Dios y purificarlos con el fuego de la penitencia, para que fuesen dignos de servirle.
Atiende a la enseñanza que te da con esta acción, y saca de aquí propósitos de mortificar tus pasiones, y los ojos y la lengua, todos los sentidos y partes de tu cuerpo que han sido instrumentos de los vicios, para que, purificados con este crisol de la mortificación, sean dignos de carearse con Dios, y te ayuden a servirle y a conseguir tu salvación.
PUNTO III. Considera cómo hería su pecho por la grandeza de su contrición. Lo uno, para despertar y fervorizar su corazón con aquel estímulo de penitencia; lo otro, como dice Teofilato, para castigarle en la forma que podía por los malos pensamientos y deseos que habían nacido de él; y quiso mortificarse exterior e interiormente para quedar más limpio y más purificado para Dios.
¡Oh alma mía!, si tomases esta lección y purificases tu espíritu interior y todas tus potencias, memoria, entendimiento y voluntad, y lo más secreto y escondido de tu corazón, como hacía este publicano, para ser grata en los ojos de tu Dios.
Saca firmísimos propósitos de imitarle en esta y en las demás virtudes, y pídele a Dios gracia para cumplirlos y ponerlos todos en ejecución.
PUNTO IV. Lo cuarto, se conoció y confesó por pecador en el acatamiento de Dios y de los hombres; porque, como dice san Juan Crisóstomo, oyó los oprobios que decía el fariseo, y no solo los llevó con paciencia, sino que se confesó por malo, diciendo públicamente que era pecador.
Y Dios, como dice san Agustín, perdona al pecador que se conoce: Ignoscit, quando ipse se agnoscit; tal fuerza tiene en su tribunal la humilde confesión de los pecados.
Aprende tú a reconocer y confesar los tuyos con verdadera contrición, para que Dios te perdone y te admita en su gracia. Di una y muchas veces con este publicano: Deus, propitius esto mihi peccatori: «Señor, tened misericordia de este miserable pecador»; y confía en su piedad, que alcanzarás el perdón.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.