viernes, 6 de noviembre de 2026

ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS San Bartolomé Longo

 


ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

San Bartolomé Longo

¡Oh Corazón manso y humilde del Señor Jesús!

¡Abismo de amor y fuente de todas las gracias!

Te damos gracias por haber elegido Pompeya

como lugar de tu divina misericordia

y puerto seguro para la fe,

tan amenazada por todas partes.

Escucha y acoge nuestra oración:

salva a quienes benefician al Santuario de Pompeya;

ilumina al mundo y a las almas consagradas a Ti,

y haz que vivamos en continua reparación

de nuestros pecados y de los de nuestros hermanos.

¡Oh Corazón generoso y compasivo del Señor,

Santuario de paz y fuente de todo consuelo,

horno de Caridad y puerto del Paraíso,

por intercesión de Santa Margarita María Alacoque,

concédenos lo que te pedimos (...).*

Amén.

Aquí se pide al Sagrado Corazón de Jesús una gracia particular.

jueves, 5 de noviembre de 2026

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS». MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE



Viernes de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XXIII semana después de Pentecostés

DE LA CUARTA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE ELLOS SERÁN HARTOS».

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Jerónimo, no se contenta Dios con que tengamos deseos de servirle, sino también nos pide hambre y sed de la virtud; esto es, un apetito encendido de la santidad, y unas vivas ansias de conseguirla, al modo que la hambre y la sed afligen a los que la tienen hasta alcanzar lo que apetecen.

Pondera aquí lo que dice san Bernardo: que la hambre y la sed no dan treguas ni plazos para en adelante, sino que son unos acreedores que ejecutan sin dilación, por cuanto el estómago y el fuego que padecen no pueden esperar.

Este fuego y esta ansia quiere Dios que padezcamos de la virtud, y a los que la tienen escribe en el catálogo de los bienaventurados.

Examina, pues, tu corazón, y mira si padeces esta hambre y sed de la virtud y santidad, y si te duele la dilación de alcanzarla, y qué diligencias haces para ello.

Acusa tu tibieza y flojedad, y pídele a Dios que te la dé, y que encienda este fuego sagrado en tu alma, para que merezcas entrar en el número de los bienaventurados.

 

PUNTO II. Considera que los deseos son las flores que brotan del corazón, y que de ellos proceden las obras, como los frutos de las flores; por lo cual siempre preceden los deseos a las obras, y el que no los tiene no las tendrá tampoco.

Y a quien Dios quiere hacer mercedes, primero le da los deseos de ellas, para que las pida, espere y diligencie por todos los caminos; como le dio vivos deseos al santo Simeón de ver al Mesías, y antes de morir se los cumplió.

De lo cual has de sacar:

Lo primero, avivar tus deseos por la oración y meditación, para merecer por ellos las misericordias de Dios.

Lo segundo, estimar lo que Dios te diere, y procurar con todas tus fuerzas verlos cumplidos; porque el Señor ha prometido satisfacer la hambre y sed de los que desean la virtud hasta que se vean hartos; esto es, satisfechos con el cumplimiento de sus deseos.

 

PUNTO III. Considera, con san Jerónimo, que llama Cristo bienaventurados a los que tienen hambre y sed de las virtudes; esto es, los que nunca se ven hartos de ellas, sino que siempre aspiran a más y desean más y más.

Esto quiere Dios de ti: que no te contentes con lo adquirido, sino que siempre desees más virtud y aspires a más perfección, caminando adelante y adelantándote siempre sin volver atrás.

Mira, pues, si mereces entrar en el catálogo de los escogidos, y si vas siempre adelante en la mortificación, humildad, desprecio de ti mismo y aprecio del cielo; y en el amor de Dios y caridad del prójimo, en la paciencia, mansedumbre y piedad, y en el resto de las otras virtudes.

Considera cómo estabas al principio de tu conversión, y en qué grado te hallas ahora; y clama al cielo, pide a Dios perdón de tu negligencia, fervor para empezar a subir al monte alto de la santidad, hasta llegar, sin detenerte, a la cumbre de la perfección.

 

PUNTO IV. Considera que no solo son bienaventurados los que tienen hambre y sed de la santidad propia, sino también los que la tienen de la ajena, la cual procede de la verdadera caridad y amor de Dios, como el calor y sed de la lengua nace del fuego interior del hígado.

Por esto, como dijo san Crisóstomo (1), llamó Cristo sol a la santidad, porque da sed.

¡Oh alma mía!, mira si la tienes de la salvación de tus prójimos, y si te duele su pérdida; si duermes y comes con sabor viendo tantos como se condenan por vivir mal; y si el celo de la gloria de Dios y del bien espiritual de las almas está continuamente solicitando tu corazón y royendo tus entrañas, sin dejarte reposar; y si con esta sed y esta hambre clamas a Dios por su bien y te martirizas por sus pecados, pidiéndole que ponga término en ellos y les dé luz para servirle y gracia para salvarse.

Si esto haces, y estas ansias te quitan el sueño y te traen crucificado, entiende que te va bien; y si no cuidas de tus prójimos ni te duele su perdición, no tienes sed de sus almas ni mereces entrar en el número de los bienaventurados, a quien Dios promete hartura y satisfacción de sus deseos.

Levanta el vuelo y considera la hambre y sed que padeció Cristo de la salvación de tu alma y de todas las demás, y cuánto hizo por ellas; y aprende a tener sed de las almas de tus prójimos y hacer cuanto pudieres por ellas.

(1) Chrys., in cap. 1 Matth.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

 


DÍA 6. MOTIVOS DE LA DURACIÓN DE LAS PENAS DEL PURGATORIO. DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA 6

MOTIVOS DE LA DURACIÓN

DE LAS PENAS DEL PURGATORIO

 

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

***

DÍA 6

MOTIVOS DE LA DURACIÓN

DE LAS PENAS DEL PURGATORIO

 

«No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». San Mateo 5, 26.

 

La duración de las penas del purgatorio ya no nos parecerá tan sorprendente si consideramos por un momento cómo vive la mayoría de los cristianos.

Hablemos, en primer lugar, de quienes se encuentran en estado de gracia y que, aunque no sean santos, viven sin cometer pecados mortales, pero están sujetos a muchas imperfecciones.

¿Quién podría contar las faltas que incluso las almas fieles cometen cada día? ¡Cuánto bien se omite! ¡Cuánto bien se hace mal! ¡Cuántas gracias se vuelven inútiles! ¡Cuántas intenciones imperfectas! ¡Cuántas imperfecciones y manchas!

Aquí es donde podemos decir con san Agustín: «Si tenéis poca consideración por vuestros pecados cuando los pesáis, horrorizaos al contarlos».

Ahora bien, entre tantos miles de pecados, ¿de cuáles nos hemos arrepentido sinceramente y cuáles hemos expiado de verdad? ¡Cuántos quedan todavía para alimentar las llamas del purgatorio!

Como hemos perdido de vista todos esos pecados, nos imaginamos que también Dios los ha olvidado. Pero nos equivocamos: cada pecado, por leve que sea, debe recibir su expiación en aquella prisión donde habrá que pagarlo todo, hasta el último céntimo.

Pero ¿por qué suponer un estado imaginario? ¿Acaso no es verdad que la mayoría de los cristianos cometen pecados veniales sin escrúpulo y, por consiguiente, innumerables veces, y que, además, desgraciadamente cometen muchos pecados mortales?

¿No hay demasiados que viven en el desorden y alejados de las prácticas religiosas hasta la vejez, quizá incluso hasta el momento de la muerte?

¿Puede creerse que un instante de penitencia baste para expiar faltas a veces tan numerosas y graves?

Conviene observar aquí una cosa: un solo pecado mortal, antes de ser perdonado, merece una pena eterna y, por consiguiente, una pena incomparablemente mayor que la que merecen multitud de pecados veniales. De ello se sigue que un solo pecado mortal, aunque haya sido perdonado mediante la absolución, debe recibir un castigo más severo que muchos pecados veniales perdonados de la misma manera.

¿Qué idea debemos hacernos, a partir de estos principios, de la duración de las penas del purgatorio para la mayoría de los hombres, que cometen pecados mortales con tanta frecuencia, envejecen en ese estado y, al no hacer ni poder hacer una satisfacción conveniente mientras no están en gracia de Dios, deben pagarlo todo en la otra vida?

Sin duda, para tranquilizarse, alguien podría decir que una contrición perfectísima puede repararlo todo en un instante y que, además, es fácil satisfacer por los pecados mediante el ayuno, la oración, la limosna y, sobre todo, las indulgencias.

Pero ¿dónde están quienes poseen una contrición tan perfecta que basta para borrarlo todo? ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios concede una gracia tan grande?

Y, en cuanto a las obras satisfactorias, ¿quiénes son, ante todo, los que las realizan en estado de gracia? Sin esta condición, tales obras quizá puedan obtener gracias para la conversión, pero permanecerán privadas de su valor satisfactorio.

Incluso entre quienes viven en estado de gracia, ¿cuántos practican la ley del ayuno en toda su extensión y conforme al espíritu de la Iglesia? ¿Cuántos rezan con atención y devoción? ¿Cuántos cumplen generosamente el precepto de la limosna?

Quedan las indulgencias, que con razón pueden contarse entre los beneficios más insignes de Dios. Pero hay tan poca fe en el mundo y tanta negligencia que apenas se encuentran personas que se dispongan a ganar realmente una indulgencia plenaria, y son muy pocas las que cumplen exactamente las condiciones prescritas para ganar indulgencias parciales.

Por eso puede decirse que el desprecio de un don tan precioso como el de las indulgencias no es la menor de las causas de la insoportable duración de las penas del purgatorio.

No nos hagamos, pues, más ilusiones acerca de la duración de los sufrimientos de la otra vida y esforcémonos por abreviarlos para las pobres almas condenadas a padecerlos dolorosamente.

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«Mis faltas pasadas exigen que en adelante produzca dignos frutos de penitencia. El número de mis pecados supera al de los granos de arena del mar. ¿Cómo pagaré, pues, mis deudas, estando obligado a satisfacer hasta el último céntimo?». San Bernardo

 

EJEMPLO

EL ALMA QUE PIDIÓ ORACIONES

EN LA ABADÍA DE SAN VICENTE

En 1846, el padre Bonifacio Wimmer había fundado en América, en el pueblo de Latrobe, el monasterio de San Vicente.

A comienzos de 1859 se difundió el rumor de que un alma se había aparecido a uno de los religiosos del monasterio para reclamar sus oraciones. Inmediatamente, los periódicos anticlericales comenzaron, según su costumbre, a prodigarse en burlas y groseras impiedades.

El padre Wimmer, afligido por aquellos escándalos, consideró que debía publicar, el 26 de febrero de 1860, la siguiente declaración:

«En nuestra abadía de San Vicente, cerca de Latrobe, el 18 de septiembre de 1859, un novicio vio aparecer a un monje benedictino vestido con el hábito coral completo.

»La aparición se repitió diariamente desde el 18 de septiembre hasta el 19 de noviembre, ya fuera entre las once de la mañana y el mediodía, ya entre la medianoche y las dos de la madrugada.

»Solo el 19 de noviembre el novicio interrogó al espíritu, en presencia de otro miembro de la comunidad, acerca de lo que solicitaba.

»El espíritu respondió que llevaba setenta y siete años sufriendo por no haber celebrado siete misas de obligación. Añadió que ya se había aparecido, en diversas ocasiones, a otros siete benedictinos, pero que no había sido escuchado, y que tendría que aparecerse de nuevo dentro de once años si el novicio no acudía en su ayuda.

»El espíritu pedía que se celebrasen siete misas por él. Además, el novicio debía permanecer retirado durante siete días y guardar un profundo silencio. Asimismo, durante treinta y tres días, tenía que recitar tres veces al día el salmo 50 —Miserere mei, Deus—, con los pies descalzos y los brazos levantados hacia el cielo.

»Todas estas condiciones se cumplieron desde el 21 de noviembre hasta el 25 de diciembre. Ese mismo día, después de la celebración de la última misa, el espíritu desapareció.

»Durante este período, el espíritu se había manifestado varias veces más, exhortando al novicio, con las palabras más conmovedoras, a orar por las almas del purgatorio. Le decía que sufrían terriblemente y que estaban profundamente agradecidas a quienes contribuían a su liberación».

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.