Viernes
de la XX semana después de Pentecostés
DE LA QUINTA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICA: «Y PERDÓNANOS, SEÑOR».
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de
nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo
firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda
reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este
rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi
guarda: interceded por mí.
Viernes de la XX semana después de Pentecostés
DE LA QUINTA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICA: «Y PERDÓNANOS, SEÑOR».
PUNTO PRIMERO. Considera lo que sobre esta petición meditó san Juan
Crisóstomo: lo primero, que habiéndonos instruido el Salvador en que pidiésemos
el pan cotidiano, nos manda luego que diligenciemos la vida eterna y los medios
que conducen para ella, que son el perdón de los pecados y vencer las
tentaciones. Este cuidado de lo eterno es el que ha de ocupar tu corazón, y en
lo que has de poner el último esfuerzo; y como es imposible alcanzar la vida
eterna sino mediante el perdón de los pecados, por eso nos manda Cristo pedirle
a su Eterno Padre. Piensa, pues, ahora cuál cuidado es el que ocupa tu corazón,
y si es el de los deleites y comodidades del cuerpo, y el de los bienes
temporales, o el de los eternos; y procura sacudir aquellos de ti y tomar
estos, de manera que este sea tu principal intento y el blanco de tus acciones,
y en lo que pongas el mayor esfuerzo. Cuida de alcanzar para este fin el perdón
de tus pecados, y no hagas caso de lo vano y perecedero de este siglo.
PUNTO II. Considera la segunda razón por qué Cristo nos mandó
pedir a su Eterno Padre el perdón de los pecados; conviene a saber, como dice
el mismo san Juan Crisóstomo, para que supiésemos que nos ha de venir de su
mano, y que usa de misericordia con los que se la piden, arrepentidos de sus
culpas, y solo espera que se la pidamos para dárnosla. ¡Oh piadosísimo Señor,
tan inclinado a clemencia y a perdonar las ofensas, que Él mismo solicita a los
ofensores para que le pidan perdón y usar con ellos de misericordia! Saca de
aquí un grande gozo de tener un Dios y un Señor tan piadoso, tan liberal, tan
clemente y misericordioso, que ruega con la misericordia y el perdón. Alaba y
engrandece su bondad cuanto tus fuerzas alcanzaren, y cobra juntamente una
grande confianza en su piedad de alcanzar perdón de tus pecados, por muchos y
grandes que sean.
PUNTO III. Considera la tercera razón por qué nos manda pedir
cada día perdón de nuestros pecados: porque nos humillemos y vivamos con
cautela, viendo nuestra flaqueza y malicia, que todos los días caemos y pecamos
muchas veces, y necesitamos del perdón. El justo, dice Salomón, cae siete veces
al día (Prov. 24), esto es, muchas veces; ¿qué hará el pecador? Todos lo somos
y todos caemos; y por esto nos exhorta Cristo a todos que diligenciemos con
oraciones y plegarias todos los días el perdón de la mano de Dios, que solo
puede perdonar los pecados. Mira qué fuera de ti si Dios no te perdonara, y si
se juntaran todos los pecados que has cometido en toda tu vida, ¿qué mar
formarían tan profundo de tantos arroyos como corren cada día? Humíllate en la
presencia de Dios, reconociéndote por pecador e indigno de que te sustente la
tierra ni te cubra el cielo, y de levantar los ojos a Él; antes admírate de
cómo te han sufrido las criaturas y no se han levantado todas contra ti,
habiendo ofendido continuamente con tan gran número de ofensas a tu Criador; y
pídele que se acuerde de tu flaqueza y detenga su ira para que no te aniquile o
eche en los abismos del infierno, como lo merecen tus pecados.
PUNTO IV. Considera la cuarta razón por que nos manda Cristo
pedir cada día perdón de nuestros pecados; conviene a saber, porque los
traigamos cada día a la memoria, y los lloremos con verdadera contrición, y
hagamos penitencia por ellos. Este es un grande fruto de esta petición y una
lección utilísima. Vuelve los ojos a la vida pasada, y mira también la
presente, y acuérdate cuántas veces y cuán gravemente has ofendido a Dios. Mira
quién ha ofendido a quién: la criatura al Criador, y el que recibió merced al
que se la hizo; y tú, a tu bienhechor, a quien por tantos títulos debías
servir; y esto no una vez en la vida, o en el año, o en el mes, sino muchas
veces cada día, y aun cada hora, sin cesar de ofenderle. Mira, otrosí, qué
penas mereces por tantos y tan continuos pecados, y cuánta es la bondad de Dios
que te ha sufrido. Gime y llora, y resuélvete en lágrimas de pura contrición
por haber ofendido a un tan grande Dios y a un Padre tan piadoso y liberal que
merece ser servido. Pídele perdón con todo el afecto de tu alma, y gracia en
adelante para morir millares de muertes antes que cometer la más mínima ofensa
contra su Divina Majestad.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los
buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.