jueves, 9 de abril de 2026

DÍA 10. San José, modelo de obediencia Ventajas y excelencias de esta virtud

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 10

San José, modelo de obediencia

Ventajas y excelencias de esta virtud

 

La obediencia es más agradable a Dios que el sacrificio.

1 Reyes 15, 22

 

La obediencia, virtud por la cual nosotros hacemos a Dios el sacrificio consciente y libre de nuestra voluntad, es la más excelente de todas las virtudes, porque encierra en sí el mérito de todas, y solo ella puede darles valor. La obediencia -dice San Gregorio- nos obtiene las demás virtudes, y es su fiel guardián: Obedientia omnes virtutes menti inserit, insertasque custodit. En efecto, nada más santo que los principios sobre los cuales se asienta, por cuanto es el acto de confianza más excelente y el acto de caridad más perfecto. Acto el más heroico, porque para obedecer como cristiano, debo creer que la autoridad de Dios reside en mis superiores, independientemente de su debilidad, de las contradicciones de mi espíritu y de las repugnancias de mi corazón; acto de confianza el más excelente, porque espero que Dios, movido por mi obediencia, inspirará a mis superiores lo que más me convenga, y no permitirá que yo me pierda en el ejercicio, lugar o empleo a que ellos me destinen; acto de caridad el más perfecto, porque es el mayor sacrificio que yo pueda hacer a Dios, cual es el de mi libertad y de mi voluntad: Qui habet mandata mea et servat ea, ille est qui diligit me.

Si esta virtud es más grata a Dios que el sacrificio más excelente de todos los actos de la religión, lo es -dice San Gregorio- porque en los demás sacrificios la víctima es otra; en este de la obediencia, es lo mejor de nosotros mismos lo que inmolamos a Dios. La obediencia nos une tan íntimamente a Dios - afirma Santo Tomás-, que en cierto modo nos trasforma en Él, par cuanto no tenemos más voluntad que la suya.

Por último, la oración misma no podrá ser grata a Dios, sin la obediencia: Qui declinat aures suas ne audiat legem, oratio eius erit excecrábilis.

Toda la santidad del esposo de María tuvo por base la obediencia, y su vida no fue, por así decirlo, sino una práctica perpetua de esta virtud. Desde su más tierna edad, obedecía con religiosa exactitud todos los mandamientos de la ley de Dios.  Obedeció sin murmurar el decreto de un emperador idólatra, que le obligaba a trasladarse a Belén en medio del rigor del invierno, con grave molestia para María. Pero es especialmente en la huida a Egipto cuando San José nos ofrece el ejemplo de la obediencia más heroica y perfecta. Apenas había llegado a Nazaret, cuando el ángel se le aparece en sueños, y le dice: «Levántate, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y no te muevas de allí hasta nuevo aviso, pues Herodes busca al Niño para hacerle morir». José se levanta, y en la misma noche toma al Niño y a su Madre, y va a Egipto, donde permanece hasta la muerte de Herodes. Superior a toda debilidad y a toda delicadeza humanas, José dio al mundo, en esta circunstancia, el ejemplo de una virtud verdaderamente celestial. En efecto, los ángeles obedecen a Dios con prontitud y reverencia, y José procedió como los ángeles: recibe la orden, se levanta y parte de noche. ¡Qué gozo para el mensajero celestial que pudo contemplar semejante prodigio!... Para obligar a Lot a salir de Sodoma, los ángeles debieron hacerle violencia, tomarlo de la mano y ponerlo a pesar suyo fuera de la ciudad, que estaba a punto de ser incendiada. Y a José solo le basta una palabra, para salir de su patria; ni siquiera difiere la salida hasta el día siguiente: no consulta, calla y obedece.

«He aquí -dice San Bernardo- cómo aquel que es obediente, a imitación de San José, llena fielmente la voluntad de su superior apenas la conoce, sin esperar a más tarde; tiene siempre el oído atento a las órdenes, sus pies prontos, sus manos dispuestas a hacer cuanto se le dice; y lo hace con tanta prontitud, que se diría que con sus acciones previene los mandatos que se le han de dar: Praevenit praecipientem». La obediencia que se obtiene luego de una primera orden, es sutil y delicada; pero hay motivo para sospechar que sea una obediencia afectada la que sólo se consigue a fuerza de raciocinios persuasivos.

La obediencia de San José es una obediencia ciega. ¡Cuántos pretextos podía haber opuesto nuestro Santo Patriarca, a las órdenes de Dios!... Y así lo habríamos hecho nosotros, pretendiendo penetrar con la luz de nuestra humana razón los caminos inescrutables de Dios. José no le dice al ángel: «Vuestras palabras están llenas de una extraña contradicción: no hace mucho me decíais que este Niño libraría al pueblo de Israel, y he aquí que, con todo su pretendido poder, es tan débil, que se ve obligado a huir con toda presteza a un país extraño, si quiere salvar su vida. Esto no está de acuerdo con vuestras magníficas promesas. Y por otra parte, ¿no tiene Dios en sus manos el corazón de los reyes, a quienes puede confundir y mudar a su placer? ¿No merecería Herodes, que es culpable de tantos delitos, la muerte que quiere dar a este inocente?» Así se expresa la razón, que juzga las obras de Dios con miras al amor propio, y cree formular proyectos más hermosos que los de la divina providencia.

José, iluminado con las más puras luces de la fe, sabe que la obediencia pierde todo su mérito y su carácter divino, cuando sólo se apoya en raciocinios humanos; fidelísimo en sofocar los secretos gemidos del alma, no opone ningún pretexto a la voluntad de Dios, ni expone motivos para resistir o diferir su cumplimiento; no alega ni la delicadeza de la Madre, ni la debilidad del Niño, que aun está en la cuna, y es incapaz de resistir las fatigas de un viaje tan largo y penoso; ni siquiera se informa acerca de la duración del destierro, ni del tiempo que a Dios le placerá poner término a su prueba.

Y cuando, sin faltar a la obediencia, podría haberle hecho notar al ángel que ya que era menester huir, podía haber sido hacia el país de los magos, donde habría estado expuesto a menos peligros y hallado algún socorro; mientras que en Egipto, pueblo bárbaro, enemigo implacable de los israelitas, del que no conocía la lengua ni las costumbres; en Egipto le sería difícil hallar ayuda ni seguridad, y sería irremisiblemente víctima de la miseria y de la crueldad de sus enemigos. Pero nuestro Santo Patriarca, que ve al Hijo de Dios hecho Hombre sometido a la autoridad de tan pobre carpintero, no sintió pena de obedecer a las órdenes de un ángel, y sin titubear un solo instante, sin hacer preparativos para viajar más cómodamente, se pone en marcha, dando al cielo y a la tierra el ejemplo de una obediencia más heroica que la de Abraham y la de Moisés; y eso, a pesar de que el ángel no le prometió, como a aquellos, que estaría con él y que lo protegería.

La fe de José no necesita sostén; penetra los velos que le ocultan a Dios en ese Niño que lleva sobre su pecho, y sintiéndose seguro bajo esta salvaguardia divina, sale esa misma noche, desafiando todos los peligros de tan largo viaje, todo el horror de los desiertos que habrá de cruzar, sin temores, ni por la debilidad del Niño, ni por la de la Madre.

“¡Oh, cuan admirable es esta perfecta obediencia de San José! -exclama San Francisco de Sales-. Observad cómo en toda ocasión estuvo siempre perfectamente sometido al querer de la voluntad divina; cómo el ángel lo manda y lo vuelve a mandar: le dice que vaya a Egipto, y él va; le ordena que vuelva a Judea, y él regresa; Dios quiere que sea siempre pobre, y él se somete de buen grado”. De manera que es José el hombre de la voluntad de Dios: en todas las cosas ve él su mano paternal, la adora, se somete; y esa perfecta obediencia le merece ser cooperador de la obra más grande de Dios: la de nuestra redención.

Aprendamos de la conducta de San José a conocer el valor de la obediencia, que cuando es pronta, es más grata a Dios que la sangre de las víctimas. El verdadero secreto de la paz del corazón es dejarse guiar: cuando se razona, se multiplican las dudas y las inquietudes; al que ama mucho, le basta conocer la voluntad de Dios, sin inquirir los motivos que la sugieren… El hombre obediente no debe dar cuenta de sus acciones; será justificado, aprobado, y recompensado más por su obediencia que por sus obras.

Pero para que la obediencia sea una virtud a los ojos de Dios, no basta hacer los actos exteriores que nos son mandados, sino que es necesario que la voluntad acepte las órdenes y se someta al yugo sin quejarse; y más aún, que someta su juicio sin discutir lo que le es ordenado. No haréis jamás de buen grado lo que condenaríais en vuestro corazón; y aun cuando lo aprobarais, si obráis por esta o por aquella razón, ya no será la directiva de vuestro superior la que seguís, sino la vuestra propia. Aun cuando Nuestro Señor Jesucristo era infalible e impecable, no opuso jamás su propio juicio, ni su propio pensamiento, ni su voluntad, en cuanto le mandaron José y María; obedeció a ambos ciegamente y con entera sumisión. Esta consideración desvanece y confunde todos los pretextos que nuestra imaginación puede formular para eximirse de la obediencia.

Que nuestra obediencia sea de ahora en adelante semejante a la de José. Obediencia de obras, pronta y a la letra; obediencia de espíritu, que no discute los motivos ni la naturaleza del mandato; obediencia de corazón, que se somete con amor a las órdenes de la divina voluntad.

La obediencia a quien nos dirige en el orden espiritual, tiene dos fines principales: o la dirección espiritual, o las acciones externas.

En lo que a estas respecta, si en lo que nos es mandado no hay pecado manifiesto, siempre es más perfecto el obedecer; lo que, por otra parte, es también un deber a que nos hemos obligado por voto.

En cuanto a la dirección de la conciencia, es evidente que, no pudiendo juzgarnos ni dirigirnos por nuestra cuenta, precisa que respecto a nuestro estado interior nos atengamos al juicio del guía que Dios nos ha dado. No le ocultemos nada, expongámosle con fidelidad todas las cosas; en consecuencia, sin titubeos ni dudas de ninguna especie, prestemos fe a cuanto nos diga, y hagamos fielmente cuanto nos prescriba. Haciéndolo así, nos preservaremos de las ilusiones, que serían inevitables procediendo de otro modo. La obediencia nos hará caminar con seguridad, sin temor a extravíos. Dios no permitirá que el director se equivoque, y El mismo se dignará suplir cuanto pudiera faltar a su ministro. En la obediencia hallaremos siempre la fuerza, el sostén y el consuelo: todas las gracias que Dios quiere otorgarnos, están unidas a esta virtud. Armémonos, pues, de valor para superar nuestras repugnancias e imponer silencio a nuestros juicios, y estemos en guardia contra las insidias del tentador, el cual solo cantará victoria cuando logre quebrantar nuestra obediencia.

 

MAXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

La prudencia no es la virtud del que obedece, sino del que manda (San Ignacio).

La perfecta obediencia no consiste en obedecer por amor, sino en obedecer con amor (San Francisco de Sales).

Tiene más valor el levantar del suelo una paja por obediencia, que el martirio sufrido por propia voluntad (Santa Teresa).

 

AFECTOS

Bienaventurado San José, amable protector mío, hacedme entender hoy la necesidad y las ventajas de la obediencia ciega, de la que me habéis dado tan sublimes ejemplos. No permitáis que permanezca por más tiempo esclavo de mi propia voluntad, pues que esto me llevaría a la eterna condenación. Con vuestro auxilio y el de vuestra Santísima Esposa, tomo la firme resolución de tratar de adquirir esta obediencia, con la que venceré a todos los enemigos de mi alma y podré llegar al cielo, donde gozaré de la felicidad de veros y amaros eternamente en compañía de Jesús y de María. Así sea.

 

PRÁCTICA

Al hacer un viaje, encomendarse a San José.

San Ezequiel, profeta. — 10 de abril.

 


San Ezequiel, profeta. — 10 de abril.

(+ 571 antes de Cristo)

El divino y portentoso profeta Ezequiel fue hijo de Buzi, natural de Sarira, y sacerdote de la tribu noble y sacerdotal de Leví. Su nombre vale lo mismo que Fortaleza de Dios, y alude a aquellas palabras que el Señor le habló diciendo: «Como el diamante y como el pedernal es la frente que te di.», (Ezeq. III, 8.) Era todavía mancebo cuando fue llevado cautivo a Babilonia, juntamente con Jeconias, rey de Judá y diez mil judíos. En el quinto año de su destierro, y quinientos noventa y tres años antes de Jesucristo, estando junto al río Cóbar, que corriendo por la Mesopotamia viene a morir en el Éufrates, tuvo la primera y solemnísima visión profética y recibió la misión divina de profetizar, que le duró por espacio de veintidós años. Sus profecías fueron las más terribles y espantosas, a las cuales llama san Jerónimo «Océano de los misterios de Dios». Y en ellas hablaba del cautiverio de Babilonia, de la ruina de otras ciudades y naciones, de la vuelta del cautiverio, del Reino del Mesías y de la vocación de las gentes a la fe divina de nuestro Señor Jesucristo. Fue este santísimo profeta figura de nuestro divino Redentor, porque ejercitó los divinos ministerios de profetizar y enseñar a los hombres, y a semejanza de Jesucristo, se llamaba a sí mismo «Hijo del hombre», y también puso la vida y la sangre en confirmación de la verdad de Dios. Porque como reprendiese a uno de los jefes del pueblo judaico por sus sacrilegios e idolatrías, dicen que no pudiendo sufrir aquel sacrílego apóstata la reprensión del Profeta, mandó que le arrastrasen la cola de sus caballos, hasta que quebrantada la cabeza y derramados los sesos, dio su vida por la causa de la verdad de Dios que había anunciado en sus divinas profecías. El sepulcro de este gran profeta se halla a quince leguas de Bagdad, donde por espacio de muchos siglos fue muy visitado no sólo por los israelitas, mas también por los medos y persas. Más agradable a Dios fuera esta devoción, si no se contentasen con venerar solamente la memoria de san Ezequiel, sino que abriesen también los ojos de su alma para reconocer al Hijo del Hombre y Divino Mesías Jesucristo, tantas veces y tan solemnemente anunciado por el santa Profeta.

Reflexión: Un viajero moderno, lugar teniente de Lynch, de los Estados Unidos, nos dice: «que el día 4 de mayo de 1848 llegó a Kiffell con propósito de visitar el sepulcro del profeta Ezequiel. El jefe de la tribu le acompañó hasta una espaciosa sala rodeada de columnas. En el fondo de aquella estancia hay una grande caja, en la cual se encierra una copia de los cinco libros de Moisés, escrita en un solo rollo de pergamino: y en el otro extremo del salón, hay una pequeña pieza donde se encierra la tumba de san Ezequiel. El sepulcro es de madera, cubierta de una rica tela de Persia: la bóveda de la recámara está dorada, y perpetuamente iluminada por muchas lámparas, y a un lado del sepulcro, donde arde una sola lámpara, se ven las tumba, de los tres discípulos que solían acompañar al santo Profeta. Aprendamos nosotros, hasta por el ejemplo de los mismos judíos e infieles, a venerar a los santos de Dios; aborreciendo la impiedad de los herejes protestantes que ultrajan sus sagradas reliquias y sepulcros: pues ya que nuestro Señor quiso honrarles con tan soberanos dones y maravillas, justo es que también les honremos nosotros como a gloriosos cortesanos de Dios, santísimos miembros del cuerpo místico de Jesucristo, y poderosos abogados nuestros en el cielo.

Oración: Concédenos, oh Dios omnipotente, que los que celebramos el nacimiento para el cielo de tu bienaventurado profeta y mártir Ezequiel, seamos fortalecidos en el amor de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO DEL DÍA: SE VOLVIÓ ELLA AL INSTANTE, Y LE DIJO: RABBONI


JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Rito Romano 1962

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Jn 20, 11-18

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

 
Textos de la Misa JUEVES DE PASCUA
 
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