viernes, 7 de agosto de 2026

DEL BENEFICIO DE LA PREDESTINACIÓN.

 


Sábado de la X semana después de Pentecostés.

DEL BENEFICIO DE LA PREDESTINACIÓN.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Sábado de la X semana después de Pentecostés.

DEL BENEFICIO DE LA PREDESTINACIÓN.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Dios, infinitamente sabio, poderoso, justo y santo, que de nadie tiene necesidad, entre innumerables almas escogió y predestinó un cierto número de ellas para su gloria por los méritos de Cristo, a las cuales determinó dar los auxilios y gracias eficaces con las cuales conoció que se habían de salvar y merecer la gloria para que las predestinó; entre los cuales puedes creer que fuiste tú.

Y, no obstante que conoció también sus caídas y las ofensas que le habían de hacer, como conoció las tuyas, fue tal su bondad, que no dejó por ellas de predestinarte para el cielo, dejando un número sin número para arder eternamente en el infierno.

Considera la grandeza de este beneficio y lo que debes a Dios por él, y qué fuera de ti si Dios te dejara olvidado, como dejó a innumerables a quienes no predestinó. Conoce lo que le debes por tan grande merced y cómo se la has de agradecer.

 

PUNTO II. Considera cuántos beneficios hay en este beneficio, y los auxilios y gracias que Dios te da por él, y las caídas de que te libra, y las ocasiones que te previene para que no caigas en ellas; y cuánto te admirarías si vieras ahora la serie de toda tu vida y la providencia tan singular con que Dios te ha guiado a su gloria, como lo verás después en el cielo.

Humíllate en su acatamiento, dándole infinitas gracias por ello, y pidiéndole que te tenga de su mano, te ayude y favorezca con su gracia para que le sirvas como debes, hasta conseguir el fin de tu predestinación.

 

PUNTO III. Considera aquella exhortación de san Pedro a todos los fieles, que dice (1): «Poned toda diligencia en hacer por vuestras buenas obras cierta vuestra vocación y elección»; y aquellas palabras de san Agustín: «Si no eres predestinado, obra de manera que lo seas»; por cuanto Dios nos dejó libre albedrío para obrar con su divina gracia obras dignas de inmensa gloria.

Mira no sea que descuidadamente reciba otro tu corona, como se dice en el Apocalipsis (2); porque, como enseña san Pablo, la de la bienaventuranza no se da sino al que legítimamente pelea.

Y, por tanto, contempla la importancia de este negocio, y que es lance inexcusable que cooperes con la gracia de Dios para merecer el cielo y conseguir el fin deseado de tu predestinación; y saca de esta meditación resolución firme de trabajar con fervor en la viña del Señor, y no descuidarte en las cosas de su servicio y provecho de tu alma.

 

PUNTO IV. Considera cómo Dios, con su divina providencia, dispuso que estuviese oculta esta gracia de la predestinación a los ojos de todos; porque, como dice el Eclesiástico (3): «No sabe el hombre si es digno de odio o amor»; para que no se descuidasen los escogidos, juzgándose en esta vida por seguros y como ciertos de su salvación, ni desmayasen los que no tuviesen esta certeza, juzgándose por reprobados en el acatamiento de Dios; sino que todos le sirviesen con fervor, sabiendo que a ninguno niega su gracia, y que en cualquiera hora que el pecador se convirtiere y llorare sus pecados, Dios le recibirá y franqueará las puertas de su gloria.

Y para que los unos y los otros fuesen humildes y cautos para no caer en pecados, y diligentes en llorar los cometidos y en hacer penitencia de ellos, no teniéndose por seguros ni sabiendo el fin en que han de parar.

Medita la incertidumbre en que vives de salvarte o condenarte para siempre, y que este es el negocio de todos los negocios y el más importante que puedes tener; y qué desgracia fuera si le erraras y perdieras, y te condenaras para siempre.

Humíllate delante de Dios, pidiéndole su gracia para acertar a servirle, para llorar tus pecados y hacer penitencia de ellos, y vivir con temor de sus ocultos juicios, y obrar en esta vida con tal perseverancia y fervor, que consigas en la otra el fin dichoso de tu predestinación.

(1) 2 Petr. 1.
(2) Apoc. 3.
(3) Eccl. 9.

 

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

Día 8. LA CONSAGRACIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE PRESENTADA EN EL TEMPLO. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


Día 8

LA CONSAGRACIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE PRESENTADA EN EL TEMPLO

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Día 8

LA CONSAGRACIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA CUANDO FUE PRESENTADA EN EL TEMPLO

 

Su bienaventurada madre, santa Ana, recordando el voto que había hecho al Señor, «no tardó —dice san Gregorio Nacianceno— en llevarla al Templo y ofrecerla a Dios.»

«La Virgen bendita tenía entonces tres años», según afirman san Germán y san Epifanio.

Contemplemos ahora con ternura a esta Virgen Inmaculada que va a hacer a su Dios la más hermosa de las ofrendas: el sacrificio total de sí misma.

Su Amado ya le había dirigido estas palabras: «Levántate, apresúrate, amada mía, y ven a Mí.»

Quería que desde ese momento olvidara por amor a Él a sus padres, su patria y todas las cosas. Como dice la Escritura: «Escucha, hija, mira y presta oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre.»

Y María responde prontamente a la voz divina que la llama. Sube con rapidez los escalones del Templo y, postrándose en tierra, derrama lágrimas de amor. Allí renueva y confirma, en manos del Sumo Sacerdote, la entrega de sí misma que había hecho irrevocablemente a su Señor desde el primer instante de su Inmaculada Concepción.

¿Quién podría penetrar los sentimientos que llenaban aquel admirable Corazón en el momento de consagrarse enteramente a Dios?

¡Qué profunda humildad!

¡Qué fe tan viva!

¡Qué ardiente amor!

Quizá decía en lo íntimo de su alma: «¡Oh gran Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! Vos sois infinito e inmenso; a Vos se deben honores y dones infinitos. Yo no soy más que una pobre y pequeña criatura, y ni siquiera me pertenezco a mí misma, pues os pertenezco a Vos, que me sacasteis de la nada. ¿Qué puedo ofreceros, oh Creador mío, oh mi Todo? Sin embargo, dignaos aceptar lo que ya os pertenece. Me entrego y me consagro enteramente a Vos. Os consagro mi voluntad: disponed de ella según vuestro querer. Os consagro mi cuerpo: haced que permanezca siempre como un lirio puro que exhale un suave perfume delante de vuestra divina Majestad.»

Jamás se había hecho en aquel Templo una ofrenda semejante. ¡Cuál debió de ser el asombro de los santos ángeles, la admiración de los sacerdotes y de todos los presentes!

¿Y con qué palabras manifestó Dios cuánto le agradaba aquella entrega? Con estas: «¡Qué hermosa es tu presencia, hija del Rey!»

También nosotros fuimos llevados al templo siendo aún muy pequeños, para asistir al gran Sacrificio que el Hijo de María ofrece de su Cuerpo y de su Sangre por nuestra salvación. Pero ¿nos hemos ofrecido realmente nosotros mismos a Dios?

¡Cuántas irreverencias y profanaciones hemos cometido en su santa casa!

Hoy las lloro delante de Vos, Dios mío. Y hoy me entrego enteramente a Vos. Haced, oh Jesús mío, que vuestra Sangre, ofrecida cada día sobre nuestros altares, expíe mis pecados y sea mi salvación.

 

ORACIÓN

Te doy mil acciones de gracias, ¡oh Dios!, porque tu bondad quiso librarme de la esclavitud de Satanás e incorporarme al número de tus hijos por el sacramento del Bautismo. Renuevo las promesas que entonces fueron hechas por mí; las ratifico y las confirmo, prometiendo guardarlas inviolablemente durante toda mi vida. Santa Virgen, Madre de Dios, te ofrezco esta renovación de las promesas de mi Bautismo; alcánzame la gracia de observarlas hasta el último aliento de mi vida. Amén.

 

FLOR. Acudir a la iglesia parroquial y, junto a la pila bautismal, renovar las promesas del Bautismo.

 

FRUTO. Ofrecerme en la Santa Misa como víctima a Dios, unida al sacrificio del mismo Cristo.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.