lunes, 6 de abril de 2026

DÍA 7 San José, elegido por el Señor para vicario suyo junto a su Único Hijo. Humildad en los favores celestiales.

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 7

San José, elegido por el Señor

para vicario suyo junto a su Único Hijo.

Humildad en los favores celestiales.

 

La humildad precede a la gloria.

Provervbios 15, 33

 

Después de haber sido elegido por Dios para ser el casto esposo de María, San José es, en consecuencia, ensalzado a la dignidad de padre de Jesús. Esta segunda prerrogativa, tan grande y maravillosa, no es sino un efecto y continuación de la primera. José es el padre del Salvador de los hombres, porque es el dueño de la divina Madre que lo dio al mundo; del mismo modo que las flores y los frutos que el sol produjera de por sí en una tierra virgen, pertenecerían al propietario de la tierra, así el divino Infante, concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo, pertenece a José, quien es el dueño de ese huerto cerrado, Hortus conclusum, en el que germinaron la flor de los campos y el lirio de los valles: Ego flos campi et lilium convallium.

Jesús -dice San Fulgencio- es el fruto, el ornamento, el precio y la recompensa de la virginidad que le atrajo del cielo a la tierra. Por su pureza María agrado al Padre Eterno, y por su pureza también la hizo fecunda el Espíritu Santo. ¿Y no puede decirse -exclama Bossuet- que José es parte de ese gran milagro? Por cuanto si la pureza angélica es el tesoro de María, esta, a su vez, es el depósito del justo José; le pertenece, por su unión con la Santísima Virgen y por los amorosos cuidados con que la conserva. Oh sublime virginidad, si tú eres el tesoro de María, eres también el tesoro de José. María la consagro, José la conserva, y ambos la presentaron al Padre Eterno coma un bien custodiado por comunes afanes.

Por lo tanto, si él tiene tan grande parte en la virginidad de María, tiene parte también en el fruto de su seno, y he aquí que Jesús es su Hijo; por la alianza virginal que lo une con su Madre. San Agustín lo dice en pocas palabras: Propter quod fidele coniugium parentes Christi vocari ambo meruerunt. ¡Oh, misterio de pureza! ¡Oh, bienaventurada paternidad! ¡Oh, luz incorruptible que fulgura doquiera de aquella unión admirable! ...

Pero, ¿para que recurrir a razones y a la autoridad de los doctores, para establecer una verdad que hallamos claramente expresada en las Sagradas Escrituras?... En efecto, en ellas encontramos que los Evangelistas, al hacer la genealogía de Nuestro Señor Jesucristo, nos ofrecen la de San José, y los mismos ángeles lo reconocen coma a verdadero jefe de la Sagrada Familia, pues a él le trasmiten las ordenes de Dios.

El Espíritu Santo da a San José el título de Padre de Jesús, en el texto de San Lucas: «Su padre y su madre -es  decir, José y María- admiraban cuanto se decía de Él». Y María también, queriendo referirse a José, dice: «Tu padre y yo te andábamos buscando». Observemos coma tiene el cuidado de nombrarlo a él primero, cual si fuera realmente un padre común. Y no hay que creer -dice San Agustín- que Jesús le niegue este nombre, por lo mismo que no rehúsa darle el de Madre a María. Y si en algún momento parece desconocerlos, notemos que es cuando está en el templo, donde no llegan las vinculaciones humanas. En todas las demás circunstancias -dice San Bernardino de Siena-, Jesús, a ejemplo de María, no dejó nunca de dar a José el dulce nombre de padre: O quanta dulcedine audiebat Joseph babultiemtem parvulum se patrem vocare!...

¡Oh bienaventurado José, que gloria para vos la de ser el padre de un Hijo que es Hijo único de Dios mismo!... Vos sois su padre, porque el Padre Eterno os hizo participar de sus derechos; porque representáis al Espíritu Santo, por cuya obra tiene la vida; lo sois en calidad de casto esposo de María, su Madre divina; lo sois, finalmente, porque llenasteis todos los deberes de tal con amor inefable.

Dios -dice San Juan Damasceno- dio a José el amor, la vigilancia y la autoridad de padre sabre Jesús. Le dio afecto de padre, a fin de que le gobernara con amor; la solicitud de padre, para que le asistiera en todas sus necesidades; la autoridad de padre, a fin de que fuese obedecido en todo cuanto le ordenara a Jesús. Y José es reconocido coma jefe de la Sagrada Familia; tiene en sus manos el tesoro sagrado de la salvación y de la redención de los hombres; dirige todos los pasos de ese Niño que adora, y goza del privilegio insigne de sostener una vida tan preciosa con el trabajo de sus manos.

Confesemos, por lo tanto, que así como María, permaneciendo virgen, es Esposa de José y Madre de Jesús; José, por la misma razón, sin menoscabo de su pureza y sin ofender el honor de Jesús y de María, es el casto esposo de María y el padre de Jesús.

Pero si el título de esposo de María nos da tan alta idea de la santidad de José y de los dones excelentes que recibe de Dios, ¿quién podrá expresar las gracias especialísimas con que fue enriquecido, coma padre nutricio del Hijo de Dios? ¿Qué mayor honor podría hacer un rey a su favorito, que poner en sus manos, confiar a su custodia al heredero de todos sus estados, para nutrirlo, criarlo y acompañarlo por todas partes, con la misma autoridad que si fuera el rey? ... Y es así coma Dios obró con San José, al entregar en sus manos a su Hijo único y dilectísimo, el espejo inmaculado de su infinita majestad, el esplendor de su gloria, la imagen de su esencia, el heredero universal del cielo y de la tierra. ¡Ah, sí, toda grandeza humana se eclipsa y desaparece ante el título incomparable de padre de Jesús! Reyes, profetas, apóstoles, aun cuando seáis grandes a nuestros ojos, hallamos tanta diferencia entre vosotros y el padre del Hombre-Dios, cuanta hay entre el sol y esas débiles estrellas cuya pálida luz apenas llega hasta nosotros.

Gracias a la misericordia de Dios, los apóstoles, los vírgenes, los mártires, los confesores se multiplicaron en el seno del cristianismo con una maravillosa fecundidad. Dios los ha difundido por miríadas en el cielo de su Iglesia, coma a los astros en el firmamento; pero el título de padre de Jesús no puede dividirse ni con los ángeles, ni con los santos. El espíritu humano se confunde a la vista de tanta grandeza; José comparte la eminente condición de padre de Jesús con el mismo Dios. Sin dejar de ser virgen, tiene la gloria de ser padre de Aquel que es engendrado por el Padre celestial, desde toda la eternidad, en el esplendor de los santos.

¡Ah, sí, elevemos nuestro pensamiento y consideremos cuánta es la gloria de San José al ser llamado padre del mismo Hijo de Dios!... San Cirilo, patriarca de Jerusalén, prueba admirablemente que el nombre de Padre es más glorioso para la primera Persona de la Santísima Trinidad, que el nombre de Dios; porque -dice este gran doctor de la Iglesia- el nombre de Padre se refiere a su único Hijo, con el cual es consustancial y un mismo Dios con Él, mientras que el título de Dios es con respecto a las criaturas, que son infinitamente inferiores a Él; por lo que se desprende que es infinitamente más glorioso ser el Padre de ese Hijo único, que no ser Dios de todas las criaturas existentes y posibles.

Aun cuando Dios nos diga en la Sagrada Escritura no haber otro Dios más que Él, no es tan celoso de este nombre, pues permite a sus siervos servirse de él, y al adoptarlos por hijos, los llama Él mismo, dioses: Ego dixi, dii estis, et filii excelsi omnes. Pero el nombre de Padre de su único Hijo es el título de honor que se reserva para Él exclusivamente. Los más encumbrados serafines no tienen otro nombre más que el de siervos de Dios. San José es el único que tiene la gloria de compartir con Dios el nombre de Padre de Jesucristo. Nomine paternitatis neque angelus licet brevi temporis spatio nuncupari, hoc unus Joseph insignittur (San Basilio).

Cuando la Sagrada Escritura nos habla del Unigénito de Dios, dice: Unigenitus qui est in sinu Patris, el Hijo unigénito que está en el seno de su Padre. ¿De qué Padre habla? ¿Tal vez del Padre Eterno?... Es indudable, pues que Cristo reposa desde todos los siglos en el seno de ese Padre divino como en el centro de sus eternas complacencias. Pero ¿no pueden aplicarse también esas mismas palabras al padre adoptivo, San José?... El divino Salvador, que se apacienta entre lirios, halló sus delicias en el corazón tan puro del que llama padre suyo.

¡Cuántas veces, al invitar José a su Hijo divino a sentarse a la mesa, lo habrá hecho sirviéndose de las palabras que su antecesor David pone en boca del Eterno Padre en la gloria: Sede a dextris meis: Venid, Hijo mío, sentaos a mi derecha».

¡Oh, privilegio exclusivo de este gran santo!...

El título de padre de Jesucristo es un favor único, un privilegio incomparable, una distinción sin segundo, y que no habrá de repetirse en el curso de los siglos; pero este título importaba para José la mayor de las obligaciones, debía rendir a Dios en proporción de cuanto recibía, y en consecuencia, vivir consagrado a aspirar a la más sublime santidad y consagrado a la voluntad divina, absolutamente muerto a sí mismo, pronto a someterse a las más duras pruebas, y tomar parte en las que había de sufrir ese Hijo divino que el Padre Eterno confiaba a su solicitud.

Tal vez hasta el presente no hayamos visto en este carácter de padre de Jesús, nada más que una dignidad a la que José es elevado por sobre los ángeles y los santos, y bajo este aspecto parece que debiera sentirse bienaventurado por haber sido elegido para tan augusto ministerio; pero nos engañamos grandemente, porque esto es mirar las cosas sobrenaturales con los ojos del cuerpo.

Por sumisión, por obediencia, sin olvidar su nada, San José acepta un título que le dará autoridad sobre un Dios hecho Hombre. Ejerciendo sus derechos de padre, no puede olvidar José que es siervo de ese a quien gobierna. Cuanto más es ensalzado, más humilde se siente. Tal es el efecto de las grandezas que nos vienen de Dios, si las sabemos recibir y valorar come corresponde. Estas grandezas conducen a la práctica de las más altas virtudes, y en especial de la humildad. El desprecio de nosotros mismos debe aumentar en proporción al grade a que Dios quiere elevarnos. Debemos tener en cuenta que lo que más nos acerca a Él, no son, precisamente, las gracias que Él nos hace, sine nuestra constancia en el desprecio de nosotros mismos.

¡Oh pequeñez, oh humildad, quien pudiera llegar a conocer todo tu valor, y aprender a preferirte por sobre todas las cosas, para hacerse siempre más pequeño!... Afortunado quien sabe hacerlo así; ese es verdaderamente grande a las ojos de Dios. Fuera de esta, no existe otra grandeza sobrenatural; y después de Jesús y de María, San José nos da el más sublime ejemplo.

 

MÁXIMAS DE VIDA INTERIOR

 

El no atribuirse nunca nada y pensar bien de los demás, es grande ciencia y perfeccion (Imitación).

Piensa que no posees sino una sombra de humildad cuando te humillas, si no consientes de buen grado en ser humillado por los demás (P. Huby).

Es verdaderamente grande el que es pequeño a sus propios ojos, y para quien los honores del mundo son una verdadera nada (Imitación).

 

AFECTOS

Bienaventurado San José, apenas vislumbramos los primeros rayos de vuestra gloria, y ya nuestros ojos deslumbrados no pueden soportar el esplendor de tanta grandeza. Sois verdaderamente el padre de Jesús, pues Dios mismo os designo tal, y os dio todos los derechos que a tan grande título corresponden. El que forma a su gusto el corazón de los hombres, os ha dado un corazón de padre, y a Jesús un Corazón de hijo. Bienaventurado San José, sed también nuestro padre; tened entrañas de padre para todos aquellos a quienes Jesús amo hasta hacerse su hermano. Tened para nosotros el amor que habéis tenido para ese Hijo adorable. Vuestro corazón, el más santo y el más puro, después del de Jesús y de María, será nuestro asilo y el refugio en nuestras necesidades y en todas nuestras penas. Por vuestra mediación, oh corazón amable, alcanzaremos llegar al Corazón de Aquel que quiso ser llamado Hijo vuestro. Así sea.

 

PRÁCTICA

 

Agregar alguna vez a la salutación Angelica estas palabras: «Rogad por nosotros San José, para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo».

EVANGELIO DEL DÍA: QUÉDATE CON NOSOTROS


LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Rito Romano 1962

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas

Lc 24, 13-35

En aquel tiempo, el mismo día, dos de los discípulos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


Textos de la Misa Lunes de la octava de Pascua

COMENTARIOS

UTILIDADES DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR. Santo Tomás de Aquino

EL SENTIDO DE LA PRUEBA Y EL EFECTO DE LA EUCARISTÍA. Dom Gueranger

LUNES DE PASCUA. Dom Prospero Gueranger

LAS APARICIONES DEL RESUCITADO. Homilía

EN LA MISA, SE NOS ABREN LOS OJOS DE LA FE. Homilí 

LA LECCIÓN DE EMAÚS. Homilía de lunes de la octava de Pascua

ANTE EL SANTÍSIMO, NOS ENCONTRAMOS CON CRISTO. Homilía

San Egesipo, autor eclesiástico. — 7 de abril.

 


San Egesipo, autor eclesiástico. — 7 de abril.

(+ 181)

El glorioso y antiquísimo historiador de la Iglesia san Egesipo fue hebreo de nación; y habiéndose convertido a la fe y recibido al santo Bautismo, se juntó con los demás fieles cristianos de la Iglesia de Jerusalén, de la cual dice el evangelista san Lucas que la muchedumbre de hombres y mujeres que creían en el Señor eran un solo corazón y una sola alma, y que los que tenían haciendas las vendían y repartían el precio a los pobres, conforme a la necesidad de cada uno, y que todos se reunían para alabar a Dios. Estaba san Egesipo lleno del espíritu de Jesucristo, y como había recibido la doctrina celestial del Evangelio de mano de los discípulos de los Apóstoles, viendo que algunos monstruos infernales derramaban el veneno de la herejía, pretendiendo inficionar al pueblo de Dios y alterar las tradiciones de la Iglesia, con celo apostólico levantó el grito contra aquellos apóstatas y herejes, publicando en una Historia eclesiástica, cuál era la doctrina de la verdad de Cristo que de mano en mano había llegado a todas las iglesias. Para esto fue el santo doctor a Roma donde conferenció con santísimos obispos elegidos por los Apóstoles y discípulos del Señor, y habiéndose informado muy particularmente de las creencias y prácticas de todas las principales iglesias del Oriente y del Occidente, escribió en el año 133 los cinco libros de su Historia eclesiástica, de la cual nos conserva todavía algunos lugares el sapientísimo Eusebio. En ella comenzaba san Egesipo por referir la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y después los sucesos más señalados de las primeras cristiandades, sus dogmas, sus costumbres piadosas y sus tradiciones hasta los días en que él vivía; manifestando en esta historia escrita en lenguaje muy sencillo y lleno de verdad, como el estilo de los Apóstoles, que a pesar de haber sembrado los herejes sus pestilenciales errores en el campo del Señor, ninguna de las iglesias había sido inficionada ni había caído en el error, sino que todas conservaban con grande entereza la doctrina celestial que cien años antes había predicado a los hombres el divino Maestro. Finalmente después de haber pertrechado san Egesipo la casa de Dios con tan excelentes libros, y edificándola con sus santas y apostólicas virtudes, en el año 181 de Jesucristo, pasó de esta vida temporal a la eterna y gloriosa.

Reflexión: Quien considere la perfectísima unidad de fe, que ha conservado siempre la Iglesia católica, echará de ver que por ella se distingue de todas las sectas y falsas religiones. Los idólatras no adoran unos mimos ídolos; cada nación y a veces cada pueblo y aun familia, adora el suyo. Entre los turcos se contradicen sus Muftis y entre los herejes sus predicantes. Lutero en el solo artículo de la Comunión mudó de parecer treinta y seis veces: y la confesión Augustana que viene a ser como el credo de los pro testantes Luteranos, ha variado sus dogmas cuantas veces se ha reimpreso. Pero la fe de la Iglesia católica siempre ha sido la misma: y a pesar de haberla enseñado cuatro Evangelistas, trece Apóstoles, setenta y dos discípulos, veintiún concilios ecuménicos y doscientos sesenta Pontífices hasta nuestro actual papa León XIII, jamás ha variado ni ofrecido una sola discordancia en sus dogmas. ¿Cómo se explica esta maravillosísima unidad de fe? Sencillamente porque las doctrinas de los hombres falibles se contradicen y mudan, mas la verdad de Dios permanece para siempre.

Oración: Atiende, Señor, a las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Egesipo, para que los que no confiamos en nuestra virtud, seamos ayudados por las oraciones de aquel que fue de tu agrado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.