martes, 4 de agosto de 2026

DE LA JUSTICIA DEL PUBLICANO.

 


Miércoles de la X semana después de Pentecostés.

DE LA JUSTICIA DEL PUBLICANO.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Miércoles de la X semana después de Pentecostés.

DE LA JUSTICIA DEL PUBLICANO.

 

PUNTO PRIMERO. Ya que has visto los pasos por donde se perdió el fariseo, pon ahora los ojos en los que dio el publicano para llegar a su justificación, para que, excusando los de aquel y siguiendo los de este, alcances la gracia del Señor y con ella tu salvación.

Y lo primero, medita que la humildad hizo de un publicano un santo, y la soberbia de un santo un publicano; porque este es el primer paso que se ha de dar en el camino del cielo, humillándose más que el polvo de la tierra en el acatamiento de Dios, como lo hizo este publicano, el cual entró en el templo a orar, y teniéndose por indigno de estar en él y de parecer en la presencia de Dios, se puso en lo más retirado y lejos del altar; y cuanto más se alejaba con el cuerpo, más se acercaba a Dios con el alma, y Dios a él, a quien era gratísima su petición; porque la oración del que se humilla penetra los cielos, como dice el Eclesiástico  (1). Este, pues, fue el primer paso que dio este pecador en su justificación, y el primero que has de dar tú para alcanzar el perdón de tus pecados y la gracia del Señor. (1) Eccl. 35.

 

PUNTO II. Lo segundo, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, ya por el empacho de sus pecados, ya porque, como dice Teofilato, ojos que habían mirado a la tierra y contaminádose con el lodo de sus aficiones no eran dignos de mirar al cielo; y quiso mortificar los miembros con que había ofendido a Dios y purificarlos con el fuego de la penitencia, para que fuesen dignos de servirle.

Atiende a la enseñanza que te da con esta acción, y saca de aquí propósitos de mortificar tus pasiones, y los ojos y la lengua, todos los sentidos y partes de tu cuerpo que han sido instrumentos de los vicios, para que, purificados con este crisol de la mortificación, sean dignos de carearse con Dios, y te ayuden a servirle y a conseguir tu salvación.

 

PUNTO III. Considera cómo hería su pecho por la grandeza de su contrición. Lo uno, para despertar y fervorizar su corazón con aquel estímulo de penitencia; lo otro, como dice Teofilato, para castigarle en la forma que podía por los malos pensamientos y deseos que habían nacido de él; y quiso mortificarse exterior e interiormente para quedar más limpio y más purificado para Dios.

¡Oh alma mía!, si tomases esta lección y purificases tu espíritu interior y todas tus potencias, memoria, entendimiento y voluntad, y lo más secreto y escondido de tu corazón, como hacía este publicano, para ser grata en los ojos de tu Dios.

Saca firmísimos propósitos de imitarle en esta y en las demás virtudes, y pídele a Dios gracia para cumplirlos y ponerlos todos en ejecución.

 

PUNTO IV. Lo cuarto, se conoció y confesó por pecador en el acatamiento de Dios y de los hombres; porque, como dice san Juan Crisóstomo, oyó los oprobios que decía el fariseo, y no solo los llevó con paciencia, sino que se confesó por malo, diciendo públicamente que era pecador.

Y Dios, como dice san Agustín, perdona al pecador que se conoce: Ignoscit, quando ipse se agnoscit; tal fuerza tiene en su tribunal la humilde confesión de los pecados.

Aprende tú a reconocer y confesar los tuyos con verdadera contrición, para que Dios te perdone y te admita en su gracia. Di una y muchas veces con este publicano: Deus, propitius esto mihi peccatori: «Señor, tened misericordia de este miserable pecador»; y confía en su piedad, que alcanzarás el perdón.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

Día 5. EL CORAZÓN DE MARÍA EN SU NACIMIENTO. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


Día 5

EL CORAZÓN DE MARÍA EN SU NACIMIENTO

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Día 5

EL CORAZÓN DE MARÍA EN SU NACIMIENTO

 

Considera cuáles fueron los primeros movimientos y los primeros sentimientos del Corazón de María cuando vino al mundo. Apenas abrió los ojos a la luz, todo en ella manifestó su amor por su Creador.

Sus ojos, resplandecientes con el fuego de la divina caridad que los abrasaba y humedecidos por las dulces lágrimas del más vivo y tierno agradecimiento, se elevaron inmediatamente hacia el cielo.

Sus pequeñas manos se alzaban en acción de gracias.

La actitud de su delicado cuerpo era modesta, santa y edificante.

Consagraba a Dios todas sus miradas, todos sus movimientos; no respiraba sino para Él y renovaba sin cesar la ofrenda de todo su ser.

Jamás el nacimiento de un santo había ofrecido un espectáculo tan hermoso.

Sus piadosos padres, Joaquín y Ana, se llenaban de admiración; los ángeles rebosaban de alegría; el aire resonaba con gozosas aclamaciones, y los mensajeros celestiales entonaban el himno que anuncia la paz a los hombres de buena voluntad, según supo santa Brígida por revelación.

¡Qué distinta fue, por desgracia, nuestra propia venida al mundo!

Nacimos todos como «hijos de ira», marcados por el pecado original.

¡Cuán dichosos somos, sin embargo, por haber sido regenerados por la Sangre del Hijo de María y haber renacido a la gracia en el santo Bautismo!

Pero ¿hemos conservado esa gracia?

¡Ay, Dios mío!, ¿cuántas veces no la hemos expulsado de nuestro corazón, dirigiendo nuestros afectos hacia el mundo, la carne y otros objetos indignos?

¡Oh Jesús mío!, tened misericordia de mí.

Mi corazón ha cambiado. Ahora es enteramente vuestro. Vos seréis, en adelante, el único objeto de mi amor.

 

ORACIÓN

¡Oh amable Niña! ¡Oh María!, cuyo nacimiento consoló a la tierra, alegró al cielo y llenó de temor al infierno; tú que, al aparecer en el mundo, trajiste alivio a los pecadores, consuelo a los afligidos, salud a los enfermos y alegría a todos los hombres, te suplicamos con el mayor fervor que te dignes nacer hoy de nuevo espiritualmente en nuestras almas por tu santo amor, para que en adelante podamos servirte y amarte mejor, y hacer florecer en nosotros las virtudes que nos hagan más agradables a tus ojos. Amén.

 

FLOR. Rezar de rodillas el Santo Rosario de la Santísima Virgen, imaginando que se está a los pies de la cuna de la santa Niña María.

 

FRUTO. Hacer con frecuencia actos de contrición y de amor a Dios.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.