Continuación del Santo Evangelio según san Mateo 22, 34-46
En
aquel tiempo: Se acercaron los fariseos a Jesús y uno de ellos, un doctor de la
ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro,
¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «“Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este
mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a
tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley
y los Profetas». Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús una cuestión:
«¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?». Le respondieron: «De
David». Él les dijo: «¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama
Señor diciendo: “Dijo el Señor a mi
Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”? Si
David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Y ninguno pudo responderle
nada ni se atrevió nadie en adelante a plantearle más cuestiones.
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: EL MAYOR
PRECEPTO DE LA LEY
MEDITACIONES
DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA
FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
XVII domingo después de Pentecostés.
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: EL MAYOR
PRECEPTO DE LA LEY
El Evangelio contiene una pregunta que hicieron
los fariseos a Cristo acerca de cuál era el mayor precepto de la ley; y
respondió que el de amar a Dios. Y otra que Cristo les hizo a ellos,
preguntándoles de quién era hijo el Mesías; y respondieron que de David. A esto
les replicó cómo, siendo su hijo, le llamaba su Señor; y no supieron desatar
esta dificultad, ni se atrevieron a preguntarle más en adelante.
PUNTO PRIMERO. Considera
cómo Cristo es tu Maestro, el archivo y depósito de la verdad, a quien Dios te
ha dado para que aprendas de su celestial doctrina. Y por tanto debes
frecuentar su escuela y llegarte a Él a menudo para preguntarle tus dudas,
consultar tus dificultades, oír y estimar sus respuestas, y no las de los
hombres del mundo, cuya doctrina es engañosa y cuyos consejos son errados.
Duélete del tiempo que los has consultado, y da
gracias a Dios porque te dio tal Maestro; y pídele su gracia para oírle,
aprender su doctrina y ponerla en ejecución.
PUNTO II. Considera
cómo, preguntando los fariseos a Cristo por el mayor mandamiento de la ley, no
solo respondió a su pregunta, sino que les enseñó más de lo que le preguntaron,
declarándoles también el amor del prójimo y dándoles luz para conocer al
Salvador.
En esto debes ponderar cuánta luz da el Señor a
los que se llegan a Él, pues por su gran liberalidad siempre concede más de lo
que le piden.
Saca de aquí una gran confianza en el Señor,
esperando alcanzar de su mano no solamente lo que le pidieres, sino mucho más,
pues así lo da su infinita generosidad.
PUNTO III. Considera
la mala intención con que llegaron los fariseos a preguntar a Cristo: no con
deseo de aprender su doctrina, sino de calumniarle y acusarle, si podían
cogerle en alguna palabra; por lo cual salieron confusos y avergonzados de su
pregunta.
Pondera cómo Dios conoce los corazones y atiende
más a la intención que a las palabras. Purifica, pues, la tuya en todas tus
obras, no pretendiendo en ellas otra cosa que la honra y gloria de Dios, el
aprovechamiento de tu alma y el bien de tus prójimos; y así alcanzarás la
gracia del Señor.
PUNTO IV. Considera
lo que dice el Salvador acerca de Cristo: que Dios pondrá a todos sus enemigos
por estrado de sus pies, como declara san Crisóstomo, para ensalzar a su Hijo y
manifestar su señorío.
Pondera cómo honró Dios a su Hijo, y cómo por su
invencible paciencia y suma mansedumbre le dio victoria sobre todos sus
enemigos, postrándolos a sus pies.
Aprende de aquí a tener paciencia con los tuyos,
y confía en la bondad del Señor, que también a ti te hará vencedor, hasta
rendir a tus enemigos bajo sus pies.
Pondera asimismo la seguridad que hay en la
humildad, y cómo el lugar más bajo en la casa de Dios, permaneciendo rendido a
sus pies, es mucho más excelso que los mayores honores del mundo; porque en
estos se arriesga la salvación, y en aquel se asegura.
Exclama, pues, con vivo afecto de tu corazón,
pidiendo a Dios que te conceda un lugar a sus pies y te permita permanecer
debajo de ellos, antes que subir al más alto y soberano trono del mundo;
escogiendo ser el menor en su casa con mejor gana que el mayor en el siglo.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
LA
GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS
SOBERBIOS
TREINTENA DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DIA
20
LA
GRANDE DICHA QUE LOS HUMILDES TIENEN CON DIOS Y DE LA MISERIA Y CAÍDA DE LOS
SOBERBIOS
¡Oh,
dichosos humildes!, si en este mundo están pobres, en el otro serán ricos, y
tanto es así que por sus manos Dios distribuirá aquellos tesoros eternos a los
que él quiera dar. Eso merecen las manos limpias del humilde que no quiso nada,
y fueron manos de fiar: que ponga Dios en ellas su cielo para que lo repartan a
los ricos que lo merecieron. «Dichosos los pobres de espíritu», porque de ellos
es el reino de los cielos.
Dichosos
humildes, si en este mundo son abatidos, en el otro serán levantados. «Desplegó
la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes».
Dios
desparrama y dispersa a los soberbios en sus propios pensamientos, que sin
saber dónde están con nada de lo que pretenden aciertan. A los que ya están
sentados en las sillas, con su propia mano los derriba y baja y sube y levanta
a los humildes que están bajos y abatidos.
Job,
tan subido, levantado, prosperado y enriquecido, un solo toque de esta mano lo
bajó de esa alteza y lo echó y puso en un muladar. Pero con ese mismo toque de la
mano Dios lo volvió a levantar y a sacar del muladar y a duplicarle todas las
cosas que antes tenía.
«Más
y mayor abatimiento para el soberbio, más y mayor exaltación para el humilde».
Todas las caídas y miserias que ha habido en el mundo son «toques del dedo de
Dios» en comparación de las que dará a los soberbios. Todas las exaltaciones,
honras y grandezas que se han visto en el mundo son de poca consideración en
comparación de las que tendrán los humildes.
Esas
dos obras las toma Dios tan en cuenta y las hace tan suyas que quiere que pase
por su mano y por su brazo, llamando esa obra «obra y poder del brazo de Dios».
«Haznos,
Dios mío, humildes para que con ellos nos regocijemos y alegremos»,
considerando que sus premios y exaltación ha de ser obra grande y tan grande
que todo el brazo de Dios es necesario en ella.
¡Oh,
Señor, y si entre los humildes fuese yo desechado y entre los desechados
abatido y despreciado, qué gran cosa y consuelo sería! Dame tú, Dios mío,
gracia para que esto ame y esto quiera simple y llanamente, sin otro interés ni
paga.
Sea
yo, Señor mío, siervo fiel en estas cosas, que tú eres señor y amo que pagas
sobre lo que yo merezco y se me debe.
¡Oh,
qué dichosas labradas las que el humilde da en la viña de Dios sin hacer
concierto ni ponerse al regateo, pues no hay tanto cuanto Dios le dará!»
«Ni
la oreja oyó ni el ojo vio lo que Dios les tiene preparado». Los ojos y las
orejas, aunque son medidas tan largas y grandes, no cabe en ellas lo que Dios
tiene preparado para los justos humildes.
«Con
golpe y sin golpe, con cuenta y sin cuenta, quiero que me cuentes entre los
humildes y que me recibas en tu servicio. Las cuentas queden, Señor mío, a tu
cuenta, que eres Dios verdadero y «no echarás dado falso.
Buen
fiador tengo, sobre buen abono sirvo, porque todo Dios entero es el fiador y
dejará de ser Dios antes que dejar de cumplir lo que promete.
«¡Oh,
palabra eterna, y qué bien abonada estás!» El cielo y la tierra se deshará y
«no faltará una tilde ni un ápice de todo cuanto al justo se le promete».
No
hay que espantarse que el humilde «se dé mil puntadas en la boca, enmudezca y
calle» antes que ser en la casa de Dios jornalero asalariado. Por mucho que
abra la boca y menee su lengua, sus palabras son «muy cortas y muy limitadas»
para ver y oír lo que Dios ha de dar al humilde.
«Es
bueno Señor, dejar eso en tus manos, que es mano larga y dadivosa y mano de
Dios manirroto».
Allá
los soberbios, «ciegos e ignorantes», que se contentan con «premios y pagas en
este mundo». «¡Oh, ceguera inmensa! ¡Oh, tinieblas oscuras!», que quieran
privarse del sumo bien que a los humildes aguarda por pagarse ellos de su
propia mano. Todo lo que buscan y se les da «es tierra que se ha de quedar en
la tierra y ellos con sus manos vacías».
JACULATORIA: Solo en Dios descansa mi alma, porque de él
viene mi salvación; solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no
vacilaré. (salmo 62, 2-3)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
ORACIÓN
INICIAL
PARA
TODOS LOS DÍAS
Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, espero y amo. Os adoro
profundamente, bendigo vuestra misericordia y confundido por mi ingratitud,
arrepentido de mis pecados, pido perdón y propongo confiando en vuestra gracia y
ayudado por la intercesión del glorioso San Pío de Pietrelcina, corresponder a
vuestro amor con el mío imitando tan gran ejemplo que me has dado con su vida,
enseñanzas, ejemplos y virtudes.
Ofrezco
esta novena a mayor gloria de Dios para la salvación de las almas, la
conversión de los pecadores y la mía propia.
Y
tú, glorioso Santo Padre Pío, defiéndeme de los enemigos de mi salvación e
intercede por mis necesidades, obligaciones e intenciones. Amén.
♦ Se lee lo propio de cada día.
DÍA 7
PADRE PÍO, CRUCIFICADO SIN CRUZ
La
vida de san Pío estuvo marcada de manera extraordinaria por su unión con la
Pasión de Cristo. Antes de que aparecieran de forma permanente las heridas de
los estigmas, ya había experimentado durante años intensos sufrimientos físicos
y espirituales.
Los
primeros signos habían aparecido en 1910 y después desaparecieron
exteriormente, aunque continuaron los dolores. En 1918 su experiencia
espiritual se hizo todavía más intensa. El 30 de mayo, fiesta del Corpus
Christi, vivió lo que describió como un profundo toque de Dios, unido a una
nueva entrega por la Iglesia y por la paz.
Entre
el 5 y el 7 de agosto experimentó la llamada transverberación, una vivencia
mística que describió como una herida profunda. Poco después, el 20 de
septiembre de 1918, tras celebrar la misa, se encontraba en el coro cuando tuvo
una experiencia de profunda quietud y contempló una figura misteriosa con las
manos, los pies y el costado heridos.
Después
descubrió en su propio cuerpo heridas en las manos, los pies y el costado. San
Pío llamó repetidamente a aquella experiencia «mi crucifixión». Lejos de
producirle orgullo, los estigmas fueron para él motivo de confusión y
humillación.
Las
heridas fueron examinadas a lo largo de los años por distintos médicos. Durante
50 años permanecieron en su cuerpo: “profundas, sangrantes, sin infección ni
signos de curación”. En los últimos meses de su vida, los estigmas fueron
cerrándose hasta desaparecer por completo al morir.
Padre
Pío ha sido el único sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia. Ante
la duda de la integridad de Padre Pío como así también para evitar el fanatismo
de los fieles, el Santo Oficio le prohibió celebrar misa en público y
administrar sacramentos. Padre Pío aceptó con santa obediencia esas medidas,
afirmando: “Es la voluntad de Dios a través de su Iglesia.”
Padre
Pío entendía el sufrimiento como un don que Dios concede a las almas que ama.
Así escribía a una hija espiritual: “No temas por nada. Al contrario,
considérate muy afortunada por haber sido hecha digna y partícipe de los
dolores del Hombre-Dios. No es abandono, por tanto, todo esto, sino amor y amor
muy especial que Dios te va demostrando. No es castigo sino amor y amor
delicadísimo. Bendice por todo esto al Señor y acepta beber el cáliz de
Getsemaní.”
Y
así enseñaba en otra ocasión: “No queremos persuadirnos de que nuestra alma
necesita el sufrimiento; de que la cruz debe ser nuestro pan de cada día. Igual
que el cuerpo necesita alimentarse, así el alma necesita día tras día de la
cruz, para purificarse y separarse de las criaturas. No queremos comprender que
Dios no quiere, no puede salvarnos ni santificarnos sin la cruz, y que cuanto
más atrae a un alma hacia sí, más la purifica por medio de la cruz.”
Pidamos
crecer en el amor de Dios, para poder sufrir todo lo que en su voluntad quiera
permitir en nuestra vida. Pero hay una verdad que no podemos olvidar: “No
estamos solos”. A nosotros también van dirigidas estas palabras de Padre Pío:
“Sé que tu alma está siempre envuelta en las tinieblas de la prueba, pero que
te baste saber, mi querida hija, que Jesús está contigo y en ti.
♦
Pídase
la gracia particular que se quiere alcanzar en esta novena por intercesión del
Glorioso Padre Pío.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
ORACIÓN
FINAL
PARA
TODOS LOS DÍAS
Glorioso
san Pío de Pietrelcina, sacerdote humilde y fiel, tú que amaste profundamente a
Jesús crucificado y entregaste tu vida por la salvación y el consuelo de tus
hermanos, presenta al Señor las intenciones que te confiamos en esta novena.
Alcánzanos
un corazón sencillo para orar, valentía para convertirnos, amor al Santísimo
Sacramento y a la santa Misa, confianza filial en la Virgen María y compasión
verdadera ante el sufrimiento de los demás.
Enséñanos
a no huir de nuestras cruces, sino a vivirlas unidos a Cristo; a buscar siempre
la misericordia de Dios y a convertir nuestra fe en obras concretas de amor.
Intercede
especialmente por los enfermos, por quienes viven solos, por los que han
perdido la esperanza, por quienes viven en pecado alejados de Dios y por todos
los que se encomiendan a nuestra oración.
Que,
siguiendo tu ejemplo, podamos hacer de nuestra vida una ofrenda de amor y
llegar un día a la alegría eterna en la presencia de Dios. Amén.