miércoles, 28 de octubre de 2026

DE LA SEGUNDA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS MANSOS, PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA». MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 


Jueves de la XXII semana después de Pentecostés

DE LA SEGUNDA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS MANSOS, PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA».

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XXII semana después de Pentecostés

DE LA SEGUNDA BIENAVENTURANZA: «BIENAVENTURADOS LOS MANSOS, PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA».

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo Cristo, con divino acuerdo, encadenó estas dos virtudes de la pobreza de espíritu y la mansedumbre de corazón; porque de la primera se sigue la segunda, por cuanto los ricos son altivos y soberbios, iracundos y mal sufridos, con la osadía que les da su potencia.

Así como los ríos son más arrebatados y bravos cuanto más crecen sus aguas, y más mansos cuanto menos agua tienen, de la misma manera los hombres son más soberbios e iracundos cuanto más crecen sus riquezas, y más humildes y mansos cuanto menos tienen.

Necesitan los pobres de mucha paciencia y mansedumbre para llevar los desprecios, las injurias y las incomodidades que les ocasiona su pobreza.

De lo cual has de sacar que, así como el primer escalón para subir al reino del cielo es la pobreza, el segundo es la mansedumbre, que está eslabonada en ella; y que necesitas de esta virtud para conseguir la bienaventuranza, en que consiste toda tu felicidad.

Pídele a Dios que te la dé, y resuélvete a procurarla por todos los medios que pudieres.

 

PUNTO II. Considera en qué consiste esta virtud, que, según san Ambrosio, es en no airarse ni vengarse; en sufrir con suma paciencia, sin responder palabra mala, ni dar mal por mal, ni contender con alguno sobre las cosas de la tierra, sino ceder a todos con blandura, hacer a todos bien y a nadie mal.

Pondera todas estas calidades de esta insigne virtud, y mira si las tienes en ti, y cuán lejos andas de ellas; y pide al Señor que te las dé.

Acuérdate de lo que dice san Pedro de Cristo (1): que cuando le maldecían no maldecía, y cuando padecía no se airaba, mas callaba y sufría como manso cordero; y lo que dice Isaías (2), que no pondría el pie sobre la caña cascada, ni sobre el lecho que humease; esto es, no ofendería al quebrantado con los trabajos ni aflicciones, ni afligiría al afligido agravando sus cuitas, sino antes aliviaría a todos con benignidad y misericordia, calidades conocidas de los mansos y humildes.

Pondera, pues, las que tiene esta virtud, y no dejes piedra por mover hasta alcanzarla.

(1)          1. Petr. 2.

(2)          Isai. 42.

PUNTO III. Considera el valor de esta virtud de la mansedumbre, que es tal, que por ella se asemeja un hombre a Dios, el cual dijo (3): «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Muchas virtudes tuvo Cristo, todas en altísimo grado, de las cuales debíamos aprender; y todas las pasó en silencio, y solamente nos propuso estas dos, que andan hermanadas: la mansedumbre y la humildad.

Por ellas se asemeja el hombre a su Redentor y se hace una imagen suya, y merece ser coheredero con Él del reino del cielo, en el cual todos son mansos, y ninguno se aíra ni contiende con otro, mas están y se conservan en suma paz.

Así los humildes se parecen a los bienaventurados y gozan de suma paz en sus almas; y, por el contrario, los iracundos y soberbios ni la tienen ni la dejan tener a los demás.

(3) Matth. 11.

 

PUNTO IV. Pon los ojos en Cristo nuestro Señor, en la Santísima Virgen y en sus santos, y contempla la paciencia y mansedumbre que tuvieron en todas las ocasiones que se les ofrecieron en su vida, que fueron muchas.

Mira cómo no se airaron ni alteraron, y la blandura y paciencia con que respondieron y trataron con todos; las palabras tan dulces que salieron de su boca; la sazón de sus corazones y el temple de sus ánimos, con que recibían siempre a todos con sumo agrado y benevolencia, haciéndoles siempre bien y nunca mal.

Y enciéndete, con su ejemplo, en vivos deseos de alcanzar esta virtud; y pide a Dios que te la dé, y a los santos que intercedan y te la alcancen de su Divina Majestad.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

29. GLORIOSO TRÁNSITO A LOS CIELOS DE SANTA TERESA. MES DE OCTUBRE CONSAGRADO A NUESTRA SERÁFICA MADRE SANTA TERESA DE JESÚS

  


DÍA VIGÉSIMO NOVENO

GLORIOSO TRÁNSITO A LOS CIELOS

DE SANTA TERESA

MES DE OCTUBRE

CONSAGRADO A NUESTRA SERÁFICA MADRE

SANTA TERESA DE JESÚS

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA VIGÉSIMO NOVENO

GLORIOSO TRÁNSITO A LOS CIELOS

DE SANTA TERESA

Fatigada Santa Teresa por sus achaques, edad y trabajos, en el año 1582 quiso retirarse a su amado monasterio de San José de Ávila desde el de Burgos, donde a la sazón se hallaba; mas, cuando se disponía a marchar, recibió orden del P. Provincial para que fuese a Alba de Tormes, con el fin de complacer a la Duquesa de Alba, que deseaba mucho tener en su villa a la Santa Madre.

Obedeció con gusto Teresa, y llegó allí el día de San Mateo, 21 de septiembre, a las seis de la tarde. Recibiéronla sus hijas y la Duquesa con gran reverencia y devoción, besando su mano y pidiéndole su bendición.

Como la Santa se hallaba tan cansada, pues hacía dos días que tenía calentura, se acostó en seguida diciendo a sus hijas:

«¡Oh, válgame Dios, hijas, y qué cansada me siento! Más ha de veinte años que no me he acostado tan temprano como ahora; bendito sea Dios, que he caído mala entre ellas».

Al siguiente día, con gran trabajo pudo levantarse, y así estuvo, acostándose y levantándose, ocho días, hasta que el día de San Miguel, 29 de septiembre, sintiéndose tan mal, se quedó en cama para no levantarse ya más.

Tres días después se confesó con el Provincial, que había ido a Alba, y el día 3 de octubre recibió el Santo Viático con gran fervor, dirigiendo luego a sus monjas las siguientes palabras:

«Hijas mías y señoras mías, perdónenme el mal ejemplo que les he dado, y no aprendan de mí, que he sido la mayor pecadora del mundo y la que más mal ha guardado la Regla y Constituciones. Pídoles por amor de Dios, mis hijas, que las guarden con mucha perfección y obedezcan a sus superiores».

Después de recibir la Extremaunción, el P. Provincial se acercó a la cama de la Santa Madre y la preguntó si quería que la enterrasen en Alba o que llevasen su cuerpo a Ávila, en el caso de que Dios la llevase de aquella enfermedad.

La Santa, mostrando gran sentimiento y humildad, respondió: «¿Tengo yo de tener cosa propia? ¿Aquí no me darán un poco de tierra?»

El día 4, fiesta de San Francisco de Asís, a las nueve de la noche, expiró abrazada a un Crucifijo. Muchas religiosas vieron en ese momento a Nuestro Señor, a la Santísima Virgen y a San José a la cabecera de su cama que la ayudaban a bien morir.

Su alma, en forma de paloma, fue vista salir de su boca por todas las personas allí presentes. Contaba la Santa sesenta y siete años, seis meses y siete días de edad y cuarenta y siete de profesión en la Orden del Carmelo, de ellos veinte en la Observancia de su Reforma.

 

OBSEQUIO

En memoria del glorioso tránsito de Santa Teresa, rezaremos tres Padrenuestros, Avemarías y Gloria Patris.

 

MÁXIMA

Acuérdese que no tiene más que un alma, ni ha de morir más de una vez, ni tiene más de una vida breve, ni hay más de una gloria, y ésta eterna, y dará de mano a muchas cosas.

 

ORACIÓN

Gloriosa Virgen Santa Teresa de Jesús: por aquella felicísima hora en que vuestra purísima alma, rompiendo las cadenas que la sujetaban a vuestro santo cuerpo, salió triunfante de este mundo, acompañada de Jesús, María y José, para remontarse al Cielo, os suplico me alcancéis del Señor una muerte santa, a fin de que mi alma pueda ir a gozar con Vos de la eterna bienaventuranza. Amén.

 

***

Pídase la gracia particular que se quiere alcanzar en este mes por intercesión de santa Teresa de Jesús.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

 

ORACIÓN PARA TERMINAR

Santa Teresa de Jesús, Santa amadísima nuestra, oíd las fervientes súplicas que os dirigimos en el transcurso de este mes, consagrado a celebrar vuestras glorias y a ensalzar vuestras virtudes. Sed siempre para nosotros poderosísima Abogada; libradnos de las asechanzas del maligno espíritu, guiadnos por el sendero de la divina Ley, preservadnos del pecado, y, sobre todo, en nuestra última hora, cuando el Infierno haga el último esfuerzo para perdernos, salvadnos Vos, gloriosa Virgen, de la diabólica astucia, y conducid nuestras almas hacia aquella vida de arriba que es la vida verdadera. Amen.

 

Santa Teresa de Jesús, ruega por nosotros. (3)

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

DÍA 29. MARÍA, REINA Y SEÑORA. MES DE OCTUBRE EN HONOR DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL ROSARIO

 


DÍA 29

MARÍA, REINA Y SEÑORA

 

MES DE

OCTUBRE

EN HONOR DE LA

SANTÍSIMA VIRGEN

DEL ROSARIO

 

Por la señal de la santa cruz…

 

ORACIÓN INICIAL

Soberana Reina de los cielos, abogada de los pecadores y consuelo de todos los afligidos, que quisiste inspirar al gran Patriarca Santo Domingo de Guzmán, tu fiel siervo, la devoción del Santísimo Rosario. Alcánzanos de tu Divino Hijo, nuestro adorable Redentor, que hagamos este santo ejercicio con la mayor piedad, atención y recogimiento, para que, por este medio, consigamos ser durante toda nuestra vida incansables devotos del Santísimo Rosario. ¡Oh, Virgen María, cuyas gracias y misericordias para con los que te invocan no se agotan jamás! Haz que en estos días participemos de ellas con mayor abundancia, a fin de que podamos cantar tus alabanzas en la gloria por toda una eternidad. Amén.

DÍA 29

MARÍA, REINA Y SEÑORA

María sufrió más que todas las otras criaturas y con mayor resignación y amor a Dios que ninguna de ellas. Por este motivo se asemejó a su Divino Hijo más que todos los otros seres racionales.

Jesucristo, con su sangre, compró al mundo, quedando de él Supremo Dueño y Señor. Pues esta misma potestad debía darle, en cierto modo, a María, y una vez realizada su gloriosa Asunción, la Santísima Trinidad la corona por Reina y Señora de todo lo creado.

¡Qué dicha tan grande, alma mía, ser vasallo de tan gran Reina, que es a la vez nuestra madre! Esta dicha la tienes tú. ¿Qué te podrán hacer ya tus enemigos, militando bajo la bandera de tu gran Señora, si procuras cumplir siempre sus inspiraciones?

 

***

La Virgen prometió a Santa Matilde que asistirá en la vida y en la hora de la muerte a quienes recen diariamente tres Avemarías.

Avemaría (x3)

 

Oración Final

Reina del Santísimo Rosario,

esperanza de los cristianos,

Madre de Misericordia,

dulzura de mi vida.

A ti suspiro desterrado en este valle de lágrimas.

Ayúdame, Señora, en mis trabajos;

defiéndeme en los peligros;

esfuérzame en los desmayos,

y haz que por el rezo y meditación de tu Rosario

merezca la gracia para esta vida

y después, de la eterna dicha en el Cielo. Amén.

***

Nuestra Señora del Rosario, ruega por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

DÍA 6. LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS. NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA SEXTO

LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS

NOVENA

EN SUFRAGIO DE

LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Tomada del devocionario Áncora de Salvación,

compilado y publicado por el Padre José Mach, SJ, en 1860.

 

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita. Pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio, y ¡ay!, tal vez las eternas llamas del Infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh, tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte! Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.

 

DÍA SEXTO

MEDITACIÓN

LA PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS

 

PUNTO PRIMERO. Es verdad que las almas del Purgatorio padecen penas imponderables y sin mérito, pero las padecen con una paciencia y resignación admirables. Conocen a Dios con luz perfectísima, lo aman con purísimo amor y desean ardentísimamente poseerlo; pero, al ver sus faltas, bendicen y adoran la mano justa y amorosa que las castiga.

¡Oh, y con cuánta más resignación que los hermanos de José exclaman: «Merito haec patimur»! «Con mucha razón nos castigáis, Señor, pues, cuando pecamos, no temimos vuestro poder y justicia; frustramos los designios de vuestro amor y sabiduría, despreciamos vuestra majestad y grandeza, y ofendimos vuestras perfecciones infinitas. Justo es que seamos castigadas.

»Hombres sin conocimiento de la verdadera religión fueron agradecidos a sus bienhechores: Faraón hizo a José virrey de Egipto porque le interpretó un sueño misterioso; Asuero elevó a Mardoqueo a los primeros empleos de Persia porque le descubrió una conspiración; hasta los osos, los leones y otras fieras indómitas defendieron agradecidos a sus bienhechores. Y nosotras, creadas a vuestra imagen, redimidas con vuestra Sangre, honradas con bienes de fortuna y exaltadas con tantos dones de la gracia, ingratas, ¡ay!, os abandonamos en vida.

»Sí, purificadnos en este fuego; por acerbas que sean nuestras penas, bendeciremos y ensalzaremos vuestra justicia y misericordia infinita. «Iustus es, Domine, et rectum iudicium tuum».»

Todavía más: es tanta la fealdad del pecado, por leve que sea, que, si Dios abriera a esas Ánimas las puertas del Cielo, no se atreverían a entrar en él, manchadas como están, sino que suplicarían al Señor que las dejara purificarse primero en aquellas llamas.

No de otra suerte que una doncella escogida por esposa de un gran monarca, si el día de las bodas apareciese una llaga asquerosa en su rostro, no se atrevería a presentarse en la corte y suplicaría al rey que difiriese las bodas hasta que estuviera perfectamente curada.

¡Oh pecado! Por leve que parezcas, ¡qué mal tan grave eres, cuando las mismas almas preferirían los horrores del Purgatorio a entrar en el Cielo con la menor sombra de tu mancha!

Medita un poco sobre lo dicho.

 

PUNTO SEGUNDO. Mira, cristiano, si puede darse locura mayor que la tuya. Te reconoces deudor a la Justicia divina de horribles penas por los pecados enormes que cometiste en la vida pasada y por las innumerables faltas en que caes todos los días. Sabes que no basta confesarte; que la absolución borra, sí, la culpa, mas no condona toda la pena, por lo que es preciso satisfacer a la Justicia divina en este o en el otro mundo. Y, no obstante, jamás te cuidas de hacer penitencia.

Ahora podías expiar tus culpas fácilmente y con mucho más mérito tuyo: una confesión bien hecha, una Misa bien oída, un trabajo sufrido con paciencia, una ligera mortificación, una limosna, una indulgencia o un Vía Crucis hecho con devoción podrían excusarte espantosos suplicios; y tú todo lo descuidas, todo lo dejas para la otra vida.

¡Ay! ¿Has olvidado, por ventura, cuán horribles son aquellos tormentos y cuánto tiempo duran? ¿No sabes que, según afirman ciertos autores, fundados en revelaciones muy respetables, varias de aquellas almas han estado siglos enteros en el Purgatorio y otras estarán allí hasta el Juicio final?

¡Insensato! «Las Ánimas —dice San Cirilo de Jerusalén— mejor querrían sufrir hasta el fin del mundo todos los tormentos de esta vida que pasar una sola hora en el Purgatorio». ¿Y tú quieres más arder siglos enteros en el Purgatorio que mortificarte en esta vida un solo momento?

¡Oh espantosa locura!

Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.

 

EJEMPLO

Refiere el venerable jesuita Pablo Señeri que había en Bolonia una viuda noble que tenía un hijo único y muy querido.

Estando este divirtiéndose un día con otros jóvenes, pasó un forastero y les interrumpió el juego. El hijo de la viuda lo reprendió ásperamente y, resentido, el forastero sacó un puñal, se lo clavó en el pecho y, dejándolo palpitando en el suelo, echó a huir calle abajo con el puñal ensangrentado en la mano, hasta que se metió en la primera casa que encontró abierta.

Allí suplicó a la señora que, por amor de Dios, lo ocultase. Ella, que era precisamente la madre del joven asesinado, lo escondió, en efecto.

Entre tanto, llegó la justicia buscando al asesino. Al no hallarlo, uno de los que lo buscaban dijo:

—Sin duda, esta señora no sabe que el muerto es su hijo, pues, si lo supiera, ella misma nos entregaría al reo, que indudablemente debe de estar aquí.

Poco faltó para que la madre muriese de sentimiento al oír estas palabras. Mas luego, cobrando ánimo y conformándose con la voluntad divina, no solo perdonó al que había matado a su único y estimado hijo, sino que le entregó una cantidad de dinero y el caballo del difunto para que huyese con mayor prontitud. Después, lo adoptó por hijo.

¡Cuán agradable fue a Dios esta generosa conducta! Pocos días después, la buena señora estaba haciendo oración por el alma del difunto cuando, de pronto, se le apareció su hijo, todo resplandeciente y glorioso, diciéndole:

—Enjugad, madre mía, vuestras lágrimas y alegraos, que me he salvado. Muchos años tenía que estar en el Purgatorio, pero vos me habéis sacado de él con las virtudes heroicas que practicasteis al perdonar y hacer bien al que me quitó la vida. Más os debo por haberme librado de tan terribles penas que por haberme dado a luz. Os doy las gracias por uno y otro favor. Adiós, madre mía, adiós; me voy al Cielo, donde seré dichoso por toda la eternidad.

 

ORACIÓN A JESÚS CORONADO DE ESPINAS

¡Oh amabilísimo Redentor mío! ¡Los pecadores se coronan de rosas, los reyes de la tierra se ciñen coronas de diamantes y perlas, y Vos, Rey inmortal de los siglos, estáis coronado de espinas!

¡Oh, si esa vuestra corona se clavase en mi cabeza para arrancar de una vez mi soberbia y mis malos pensamientos! ¡Oh, si al menos una de esas espinas atravesara mi conciencia y no me dejara reposar hasta que hubiese mudado de vida!

Señor, no quiero ya coronarme de flores en este mundo, sino de espinas por vuestro amor.

Y Vos, Padre misericordiosísimo, aceptad, en sufragio de las pobres almas del Purgatorio, aquellas befas, humillaciones y dolores acerbísimos que sufrió vuestro amable Hijo cuando lo coronaron de espinas.

Por aquellas asquerosas salivas que recibía; por aquellos escarnios con que lo ultrajaban; por aquella sangre que corría de su cabeza santísima a fuerza de los cruelísimos golpes que le daban sobre las espinas; por aquel dolor que atravesó el corazón de su angustiadísima Madre, aliviad, os suplico, a las afligidas almas del Purgatorio y concededles pronto la corona incorruptible de la Gloria. Amén.

 

OBSEQUIO: En sufragio de las Ánimas del Purgatorio, aplicar las indulgencias parciales que se puedan ganar cada vez que se diga devotamente: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dirige, Señor Dios mío, a tu presencia mis pasos.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

V. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna.

R. Cuando vengas a purificar al mundo en fuego.

 

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, su (sus) alma (almas)

R. De las penas del infierno.

V. Descanse (-n) en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

 

Oremos. Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, especialmente por las almas de nuestros familiares, amigos y bienhechores (pueden nombrarse por su nombre  propio), para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María las almas de los fieles difuntos descansen en paz.

R. Amén.