Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Lunes
de la II de Pascua.
De
las cualidades del buen pastor.
PUNTO
PRIMERO. Considera que el buen pastor vela sobre su ganado, y con su cuidado y
vigilancia descansan y se apacientan seguras sus ovejas: así has de considerar
el cuidado y vigilancia que Dios tiene de su Iglesia y de ti en particular; y cómo vela en tu provecho cuando tú estás durmiendo,
para que reposes seguro, defendiéndote de tus enemigos. Pondera cuántas veces
te hubieran despeñado en el infierno, sino fuera por la vigilancia y cuidado
con que te defiende este buen Pastor, y saca de aquí por una parte afectos de
agradecimiento al cuidado que tiene de ti, reconociendo que cada día le debes
de nuevo la vida y el ser que tienes, y por otra una grande confianza en su
defensa, para vivir seguro en su ser vicio teniendo tal pastor, que te defiende
hasta poner la vida por ti , y saca últimamente enseñanza de su ejemplo para
velar de día y de noche sobre el rebaño, o negocios que Dios te hubiere
encomendado, sin perdonar diligencia ni trabajo por su amor.
PUNTO
II. El buen pastor ama a sus ovejas, y se viste de su piel para ser amado de
ellas; así Dios ama a los suyos y se vistió de la piel de nuestra carne, para
conversar con nosotros y ser amado de los suyos. Contempla la grandeza de este
beneficio y la intención de este amor, y saca de aquí afectos de amor
intensísimo de Dios, y propósitos firmísimos de vestirte de su librea, pues él
se vistió de la tuya por ti. Atiende al porte de vida, vestido, comida y
tratamiento de este buen Pastor, y cómo le has de imitar y seguir, y ofrécete
muy de corazón a su servicio.
PUNTO
III. Dice Cristo, que a fuer de buen Pastor conoce todas sus ovejas, porque las
tiene contadas, y conoce cuales y cuantas son, una de las cuales eres tú.
Medita despacio el conocimiento que Dios tiene de ti, y cómo te tiene siempre presente
y te mira, sin que se le esconda lo que piensas en tu entendimiento y lo que
tramas en tu corazón, y vive en adelante como quien tiene presente a Dios, y es
testigo de todas tus acciones; mira que te mira Dios, y haz todas tus obras
mirándole a él, sin perderle de vista, y enderezándolas todas a su mayor gloria
y servicio.
PUNTO
IV. Considera lo que dice Cristo, que tiene otras ovejas que no son de este
rebaño, las cuales le importa traer, para que sean todas de un rebaño y un
pastor: en las cuales palabras tienes mucho que meditar y que aprender. Lo
primero en la merced que Dios te ha hecho de traerte al rebaño de su Iglesia, y
no dejarte fuera como a los paganos, infieles y herejes, todos los cuales
perecen miserablemente. Mira qué fuera de ti, si te hubiera Dios dejado
perecer, como a tan grande número de almas que deja perecer fuera de su
Iglesia, y no ceses de hacerle gracias por ello y retornarle servicios por tan
señalada merced. Lo segundo dice que a él le importa traerlas, siendo así que
la importancia e interés es de las ovejas, pero tiene nuestro interés por
propio suyo: reconoce su inmensa bondad y misericordia, y gózate de que sea tal
tu buen Pastor, y ofrécele todas tus fuerzas para servirle en el ministerio de
las almas, y traer todas las del mundo a su conocimiento; duélete de las muchas
que se pierden, y pídele que envíe obreros y pastores, que recojan su rebaño y
conviertan los infieles, apacienten sus ovejas, y sean todas de un rebaño y un
pastor.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
No hay práctica de piedad más dulce y más
ventajosa para las almas piadosas, que el ejercicio de la presencia de Dios.
Ver a Dios en todas las criaturas: el alma puede encontrarle y unirse a Él. Él
estápresente en nuestros corazones como
en un templo sagrado, en el cual reside complacido, y hace gustar a los que le
son fieles, delicias que no alcanzan a comprenderse fácilmente. «Convertíos a
Dios de todo corazón —dice el piadoso autor de la Imitación—, dejad este
mundo falaz, y vuestra alma hallará la paz. Jesucristo vendrá a vosotros y os
hará sentir la dulzura de sus consuelos, y le prepararéis en vuestra alma una
morada digna de Él».
El cristiano fiel en caminar en la
presencia de Dios, halla a Dios doquiera, dentro y fuera de sí; como San José,
vive con Dios, en Dios y de Dios mismo. Vive con Dios, por una conversación
casi continua con El; vive en Dios, porque descansa únicamente en El; vive de
Dios, porque por el comercio interior y familiar que tiene con Dios, Dios se
convierte en la vida y el alimento de su espíritu y de su corazón.
Si el recuerdo de Dios, la fidelidad en
vivir en su santa presencia, son un medio tan eficaz de perfección y una fuente
tan pura y abundante de incontables consuelos, ¿cuál no habrá sido la felicidad
de José, que tuvo la suerte de vivir en la compañía del Unigénito de Dios?…
Santa Teresa de Jesús, alma tan iluminada
en los caminos de Dios, formada por San José en la vida interior, dice que la
humanidad de Jesucristo es la puerta que nos introduce en el santuario de su
divinidad. Si así es, ¿quién más que San José pudo penetrar en ese océano de
luz y majestad, él que no cesaba de adorar, de contemplar y amar a ese Verbo
Encarnado, que veía con sus ojos, tocaba con sus manos y nutría con el fruto de
sus sudores?... Gozaba desde ya en este mundo —dice la Iglesia— de la felicidad
reservada a los santos en el cielo.
«La práctica de la presencia de Dios —
dice San Francisco de Sales—es el ejercicio de los bienaventurados, es decir,
el ejercicio continuo de la beatitud, de acuerdo con las palabras de
Jesucristo: Los ángeles contemplan de continuo el rostro de mi Padre que
está en los cielos. Que si la reina de Saba consideraba bienaventurados los
siervos y los cortesanos de Salomón, porque estaban de continuo en su presencia
y escuchaban las palabras de sabiduría que salían de su boca, ¡cuánto es más
feliz el alma fiel que vive de continuo en la compañía de Aquel a quien los
ángeles desean siempre contemplar, aun cuando le vean incesantemente! … Porque
es el deseo perennemente renovado de ver a Aquel que contemplan, sin que este
anhelo pueda saciarse jamás».
¡Oh, cómo José debía sentirse feliz de
poder conversar larga y familiarmente con Jesús, el Verbo del Padre, la
sabiduría increada! ¡Qué satisfacciones, qué dulzuras en esos coloquios con el
más amable de entre los hijos de los hombres! Non habet amaritudinem
conversatio illius nec taedium convictus illius!…
¡Oh, qué maravillosos efectos producía
sobre el corazón tan puro de San José la presencia visible y continua de Dios!…
Más privilegiado que ningún otro santo, todos los objetos que se ofrecían a su
mirada no servían sino para aumentar su recogimiento e inspirarle nuevo fervor.
Vive junto a Jesús; y más afortunado que la esposa de los Cantares, no debe ir
errando por las plazas de la ciudad para hallar a su Amado.
Si el padre de Orígenes se llegaba en el
silencio de la noche a besar el pecho de su hijo, como tabernáculo de Dios que
tanto ama la inocencia, ¡cuántas veces la piedad de José debió de despertarlo
en la noche para llevarlo hasta la cuna del divino Salvador!… Si viajaba, lo
hacía con Jesús, a quien tenía entre sus brazos, o dirigiendo sus pasos; si
tomaba su frugal alimento, lo hacía en presencia de Jesús, el cual comía en su
misma mesa y sentado junto a él, mientras lo alimentaba interiormente de su divinidad.
Los discípulos de Emaús, por haber partido el pan una sola vez con Jesús,
sintieron enardecer sus corazones en amor divino. ¡Qué diremos de José, que si
ejercía su profesión, era junto a Jesús, dividiendo con Él las fatigas, y
recibiendo en cambio su ayuda; si hablaba, era siempre con Jesús y con María;
si oía, escuchaba siempre la voz dulcísima de Jesús: Favus distillans labia
tua mel et lac sub lingua tua; y si se oía llamar, era con el dulce nombre
de padre, de los labios de un Hijo tan grande y tan excelso!…
Bien pudo decir, con la esposa de los
Cantares: «Mi alma se deshace oyendo a mi Amado, y el sonido de su voz es de
una dulzura admirable».
¡Qué efusiones de amor paternal! ¡Qué
retribución de amor filial!... José es tenido por padre de Jesús; Jesús pasa
por hijo suyo, y ambos cumplen con los deberes que exigen uno y otro título.
El Santo Patriarca alberga a Jesús; le provee de lo necesario, y Jesús
responde plenamente a los paternales cuidados con amor, con caricias, con
obediencia. Lo acompaña doquiera, y después de haberlo honrado toda su vida, lo
asiste en su muerte, recoge su último suspiro y le cierra los ojos.
¡Cuántas veces, pleno de maravilla y
respeto ante tanto favor, no habrá exclamado: ¡Cómo sois grande, Dios mío! Aun
cuando los hombres y los ángeles hicieran todos los esfuerzos posibles para
comprenderos, no alcanzarían nunca la magnificencia de vuestra grandeza; tanto
más, cuanto de lo más alto de los cielos os dignáis abajar vuestra mirada sobre
una miserable criatura, sobre un átomo: Et dignum ducis super hujuscemodi
aperire oculos (Job, XIV, 3). Vos halláis dilección infinita en contemplar
vuestras perfecciones, y dirigís vuestra mirada llena de bondad sobre vuestro
siervo, lo buscáis, lo acercáis a vuestro Corazón, venís a vivir con él, os
sentáis a su mesa, y queréis que os ame, y establecéis con él una amistad
tierna y cordial: Quid est homo quia magnificas eum! Aut quid apponis erga
eum cor tuum? (Job VII, 17).
Los efectos de esta presencia de Dios, y
de esta contemplación que es su consecuencia, no sólo los sentía José en su
interior, sino que se reflejaban en su exterior, edificando a cuantos lo veían.
Es privilegio de las almas interiores
inspirar a quien las ve y oye su palabra, los sentimientos de que están
animadas. La santidad que resplandecía en toda la persona de José, su
angelical modestia, la serenidad de su rostro, la inocencia y la pureza de sus
miradas, la dulzura y afabilidad de sus palabras, el candor de su alma hermosa,
que se trasparentaban en su manera de ser; la serenidad de su corazón,
manifestada en todas sus acciones, eran otros tantos maravillosos frutos de su
unión con Jesús, que elevaban hacia Dios a quienes tenían la fortuna de
acercarse a él.
Muy cierto es, oh almas interiores, que
jamás llegaréis a la contemplación sublime a que fue levantado este gran Santo;
pero debéis procurar imitarlo, por cuanto lo puede vuestra debilidad, en ese
culto interior y perfecto de todas sus disposiciones hacia el divino Salvador.
Debéis, por lo tanto, tener una atención
continua hacia Jesucristo, que habita en vuestro corazón como en un cielo
interior, donde quiere deleitarse y hacerse conocer y amar. Empeñaos en hacer
todas vuestras acciones, aun las más indiferentes, con rectitud de intención,
siguiendo las luces del Espíritu Santo y con una entera dependencia de su
auxilio. Conservad en vuestro corazón una gran pureza y un perfecto desapego
de las criaturas: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios».
«Es imposible —dice San Ambrosio— que
nuestra alma pueda recibir la luz tan pura de la presencia de Dios, si está
manchada por el pecado». Huid con gran diligencia de cuanto pueda turbar la
paz y la tranquilidad de vuestra alma. «Sólo cuando el Espíritu Santo encuentra
nuestra alma tranquila, esparce en ella su gracia y su luz interior», dice San
Efrén. Y así como el agua de un lago no puede reflejar el sol y los astros, si
no está en plena bonanza, así la imagen de Dios no puede imprimirse en nuestra alma
sino cuando está pura y en paz. Acostumbraos, como el Profeta, a valeros de
todas las criaturas para elevaros hacia Dios y contemplar su sabiduría y su
inmensidad. «Si fuese recto vuestro corazón, todas las criaturas os servirían
como espejo de vida y libro lleno de santas instrucciones» (Imitación de
Cristo).
No hay criatura, por pequeña o vil que
sea, que no nos ofrezca alguna imagen de la bondad de Dios. Que el universo
sea, pues, como un vasto templo en el que adoréis a Dios, y un libro admirable
en el que todo os recuerde su presencia y su omnipotencia divinas. «Señor
—decía David—, Vos me habéis llenado de alegría con la contemplación de
vuestras criaturas, y manifestaré este gozo alabando las obras de vuestras
manos» (Salmo 91,5).
Y por último, entre otros medios de que
os podéis valer para manteneros en la santa presencia de Dios, el mejor y el
más eficaz es el de tener, como San José, la vida de Jesucristo, sus misterios
y sus divinas palabras presentes en vuestro espíritu y en vuestro corazón, y
recibiréis de ellos la luz interior que necesitáis.
Cuando os despertáis por la mañana,
representaos al adorable Niño de Nazaret, el cual, al despertar se ofrecía en
sacrificio a su Eterno Padre. A su ejemplo, abriendo los ojos a la luz, abrid
los del alma para mirar a Dios dentro de vosotros, adorarle interiormente, y
consagrarle todas vuestras obras, afectos y pensamientos. Cuando os vestís,
recordad que Jesús fue llevado delante de Herodes con ropaje blanco, como un
insensato, o bien imaginaos a María que en el pesebre le envuelve en pobres
pañales con un amor respetuoso. Cuando hacéis oración, pensad en Jesús rogando
a su Eterno Padre, y a imitación de José, uníos a sus disposiciones. Cuando
trabajáis y llenáis los deberes de vuestro estado, recordad que Jesús trabajó
en calidad de ayudante de San José durante treinta años: In laboribus a
juventute mea; que se preocupó por vuestra salud, y lejos de lamentaros,
unid con amor y resignación vuestras fatigas a sus fatigas, vuestras obras a
sus obras. Si se os ordena alguna cosa penosa a la naturaleza, recordad al Hijo
de Dios sometido y obediente a María y a José, y unid de inmediato vuestra
obediencia a la suya.
Cuando toméis vuestro alimento, invitad a
Jesucristo; admirad con qué modestia, con qué frugalidad restauraba sus
fuerzas, para poder trabajar mejor por la gloria de su Padre y por la salvación
de las almas. Cuando os toméis el recreo necesario, recordad cuán dulce y
afable era Jesús cuando conversaba con José o con los Apóstoles. Si oís malos
discursos o veis cometer algún pecado, pedid perdón a Dios teniendo presente el
dolor que hería el Corazón adorable del divino Salvador, cuando veía a su Padre
ofendido y desconocido por los hombres; y entonces decid con Él: «¡Ah, Padre
mío, el mundo no os conoce!…»
Cuando os confesáis, pensad en Jesús
profundamente afligido en el huerto de los Olivos, donde llora amargamente
nuestros pecados. Si asistís a la santa misa, unid vuestro espíritu a las
divinas intenciones de Jesucristo, que se sacrifica sobre el altar para
glorificar a su Padre y por vuestros pecados. Cuando os dispongáis al sueño, no
olvidéis que el Salvador no descansaba sino para consagrar nuevamente sus
fuerzas a la salvación de las almas, repitiendo las palabras que luego había de
pronunciar en el doloroso lecho de la Cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu».
Con este ejercicio de la presencia de
Dios y de unión con Jesús, se adquiere una facilidad admirable para practicar
actos de virtud: “Camina en mi presencia, dice el Señor a Abraham, y serás
perfecto.”
MÁXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL
Tener a Dios presente dentro de sí mismo
y no tener en el corazón las cosas exteriores, es el estado del hombre interior
(Imitación).
Tened, por cuanto es posible, vuestro
corazón en Dios y a Dios en vuestro corazón, pensando incesantemente en Él (San
Ignacio).
Muchos tienen a Dios frecuentemente en la
boca, y pocos en el corazón (Imitación).
AFECTOS
Oh bienaventurado José, que tuvisteis la
ventaja inestimable de vivir con Jesús: dignaos obtenerme de este adorable
Salvador la gracia de pensar frecuentemente en El y de conservarme en su divina
presencia, a fin de que este en el número de los verdaderos fieles que le
adoran en espíritu y en verdad.
Obtenedme el amor al recogimiento, a fin
de que imite, por cuanto pueda, esa vida interior y escondida que vivisteis
sobre la tierra, y esa unión continua que tuvisteis con Jesucristo. Así sea.
PRÁCTICA
Al comenzar toda acción importante,
renovar el pensamiento de la presencia de Dios.