domingo, 17 de mayo de 2026

De las persecuciones que Dios envía a los suyos

 


Lunes después del domingo de la Ascensión.

De las persecuciones que Dios envía a los suyos

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Lunes después del domingo de la Ascensión.

De las persecuciones que Dios envía a los suyos.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice san Juan Crisostomo, profetiza Cristo a los suyos las persecuciones que han de padecer, porque las sabia y conocía y las podía prevenir y escusar, pues estaba en su potestad, y no lo hizo porque así con venia para su bien; de donde has de sacar que no te viene trabajo de cualquiera linaje que sea que no lo sepa Dios y le pueda prevenir y escusar, y no lo hace atendiendo a tu bien, porque así conviene para gloria suya y provecho de tu alma: y por tanto todo lo debes recibir como venido de su mano, y dar le muchas gracias por ello y llevarlo con paciencia y alegría por su amor; cava y medita esta verdad, y ofrécete al Señor para sufrir y padecer cuanto fuere su voluntad, y hallarás gran consuelo en tus trabajos y fortaleza para sufrirlos.

 

PUNTO II. Considera con san Agustin lo que dice el Salvador a los suyos, que los han de perseguir y echar de las sinagogas, de las cuales, como dice el santo, ellos mismos habían de huir como de escuelas reprobadas por Cristo y ocasionadas a su perdición, en que conocerás lo que obran las persecuciones en los buenos: conviene a saber, apartarlos del mal y purificarlos de la escoria, como el fuego al oro y a la plata, y por esta causa se las envía Dios. Pondera cuántos han sido corona dos de gloria por las persecuciones, que no lo fueran si no las hubieran tenido, y cuántos se han condenado por haberles faltado y vivido en honras, riquezas y abundancia: el hierro labra a la tierra y la persecución al justo; acuérdate de esto, y ofrécete con ánimo varonil al Señor para padecer por él las persecuciones y trabajos que fuere servido, reconociendo que vienen a purificar tu alma y preservarla de toda corrupción.

 

PUNTO III. Considera que , como dice el mismo san Crisostomo, Cristo les advierte que los han de perseguir por amor de él, movidos de ignorancia porque no le conocerían; la razón es, porque persuadidos los Apóstoles que padecían por Cristo y por la exaltación de su nombre, hallasen gran gusto y consuelo en las tribulaciones acordándose que las padecían por su maestro, el cual los hacia dignos de padecer algo por él, pagando lo que el mismo Señor había padecido por ellos ¡Oh si meditases esto con espíritu y atención, y si ponderases cuánta gloria es padecer por Cristo y por la exaltación de su nombre! Levanta el corazón a Dios y pídele esta gracia y que te haga digno de padecer algo por su amor, acuérdate cuánto se empeña el Señor en asistir y esforzar a los que padecen por él y la corona que les espera, y pedirás con esfuerzo de corazón esta gracia a su Majestad.

 

PUNTO IV. Considera cómo Cristo ofrece a sus discípulos el Espíritu Santo, y juntamente las persecuciones y trabajos; porque este beneficio no se da sin esta pensión, y si quieres recibir los dones de Dios has de entender que te los ha de vender a precio de paciencia y con inexcusable pensión de padecer por su amor, y que el mundo y el demonio te han de hacer guerra en viéndote favorecido de Dios; disponte en la oración para la pelea, que el Señor que te puso en ella te sacará con victoria si sabes confiar en él.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DIA 18. CONSAGRADO A HONRAR EL SÉPTIMO DOLOR DE MARIA

 


DIA 18

CONSAGRADO A HONRAR

EL SÉPTIMO DOLOR DE MARIA

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

DIA 18

CONSAGRADO A HONRAR

EL SÉPTIMO DOLOR DE MARIA

 

Consideración

Temerosos los discípulos de que el sagrado cuerpo del Salvador sufriera nuevos ultrajes, si permanecía por más tiempo en la cruz, solicitaron de Pilatos autorización para bajarlo del suplicio y darle honrosa sepultura. Pilatos consintió sin dificultad en ello; Jesús fue desenclavado de la cruz por manos de sus discípulos.

En este instante redóblanse las penas de María. El mundo iba a devolver a sus brazos maternales los fríos despojos de su adorado Hijo; pero ¡ay! ¡en qué estado le devuelven los hombres a aquel que con tanto gozo concibiera en sus entrañas! afeado, denegrido, ensangrentado. Era el más hermoso entre los hijos de los hombres; mas ahora apenas conserva la figura de hombre. ¡Recibe, ¡oh Madre! el triste presente que te da el mundo en pago de los beneficios que ha recibido de tu mano..!

María alza ansiosamente sus brazos para recibir al Hijo que hacía tanto tiempo que anhelaba estrechar contra su pecho. Toma en sus manos los clavos ensangrentados, los mira, los besa y los deja silenciosamente al pie de la cruz. Coloca sobre sus rodillas el cuerpo despedazado de Jesús; lo estrecha amorosamente en sus brazos; le quita las espinas de su cabeza, como si quisiera de este modo aliviar los pasados dolores de su hijo ya difunto; contempla, llena de espanto, las profundas heridas que las espinas, los clavos y la lanza habían abierto en su frente, manos y costado.

Mézclanse sus rubios cabellos con los ensangrentados de Jesús; empapa con sus lágrimas el exánime cadáver e imprime en él ósculos llenos de amor y de ternura. «Hijo mío, exclama, ¿qué ola ha sido ésta que te ha arrebatado violentamente del seno de tu madre? ¿Qué mal has hecho a los hombres que te han puesto en tan lamentable estado?–Responde, Hijo mío, responde por piedad».–Pero ¡ay! muda está esa lengua que habló tantas maravillas; cárdenos esos labios que pronunciaron tantas palabras de vida, de amor y consuelo; oscurecidos los ojos que con una sola mirada calmaban las tempestades; heridas las manos que dieron vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos. «¿Qué haré yo sin ti? ¿Quién tendrá piedad de una madre desamparada? ¡Oh Belén! ¡Oh Nazaret! apartaos de mi memoria, los goces que en días lejanos disfruté en vuestro seno se han convertido en espinas punzadoras…»

De esta suerte se lamentaría la dolorida Madre teniendo en sus brazos el cuerpo de Jesús. ¡Pobre madre! Aún le quedaba que apurar otro no menos amargo trago. Los discípulos arrancan de los brazos de María el cuerpo de su Hijo para conducirlo al sepulcro; y ella tiene el dolor de seguir hasta la tumba esos restos queridos, y después de acariciarlos por última vez ve colocar sobre ellos una pesada losa. No hay nada más cruel para el corazón de una Madre que ver entregar a la tierra el fruto de sus entrañas. ¡Oh, cuánto hubiera dado María por tener el consuelo de ser sepultada con Jesús en el sepulcro!

En el corazón atribulado de María se levantaba un pensamiento que hacía aún más penoso su martirio. Ella veía, a través de los siglos venideros, que los padecimientos y la muerte de Jesús habían de ser ineficaces para un gran número, y que a pesar de los azotes, las espinas y la cruz, multitud de pecadores se habían de condenar. Veía que la pasión de su Hijo no estaba aún terminada y que en la serie de los siglos sus heridas habían de ser mil y mil veces nuevamente abiertas.

–No contristemos con nuestra ingratitud y con nuestros pecados el lacerado corazón de María, que bastante ha padecido ya por nosotros. Ella nos dice amorosamente desde el cielo: Pecadores, volved al corazón herido de mi Jesús.

–Venid; contemplad las llagas que en él han abierto vuestros pecados; no renovéis esas llagas, mirad que renováis también mis dolores y que así demostráis sentimientos más crueles que los de los verdugos. Ellos no lo conocían; pero Vosotros sabéis que es vuestro Dios, vuestro Redentor. Ellos obedecían a las órdenes de jueces inicuos, vosotros obedecéis a vuestras pasiones y a vuestros desordenados deseos. Ellos, en fin, no habían recibido ningún beneficio de Jesús, pero vosotros habéis sido rescatados con su sangre.

 


Ejemplo
María, Salud de los enfermos

En 1872 había en una comunidad de Nuestra Señora de los Dolores de la ciudad de Cholón una religiosa que padecía, desde siete años, una parálisis que la colocó al borde del sepulcro. Rebelde a todos los recursos de la ciencia, los médicos habían declarado que no les quedaba nada que hacer. La enferma era muy devota de María, y a Ella clamó en el extremo de su aflicción. Una noche se le apareció en sueño la superiora del Convento, que había muerto hacía algunos meses, y le dijo que quedaría curada de su enfermedad si hacía una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de l’Epine, situado a una jornada del Convento.

La enferma pidió con vivas instancias que se la condujera a este santuario animada de la más segura esperanza de que allí obtuviera su curación. Pero el mal, que cada día tomaba mayores creces, hacía poco menos que imposible la traslación a un lugar tan distante, pues tenía todo un lado del cuerpo sin acción ni movimiento. Pero fue preciso acceder a los reiterados ruegos de la paciente y transportarla con indecible trabajo en un vehículo, acompañada y sostenida de varias personas. Durante el trayecto su estado se agravó considerablemente y se redoblaron sus padecimientos hasta el punto de inspirar muy serios temores por su vida. Pero, al fin, venciendo innumerables dificultades, llegó al santuario y fue acomodada como mejor se pudo en la capilla de la Santísima Virgen.

El capellán de la comunidad subió al altar para celebrar el santo sacrificio de la misa, después de haber rezado con los circunstantes una parte del Rosario y cantado el Salve Regina. Poco antes de terminar la misa, sintió la enferma una conmoción violenta en toda la parte enferma de su cuerpo, y poniéndose de rodillas por sí sola, exhaló un grito de júbilo, diciendo. ¡Estoy sana! En seguida se levantó sin ningún auxilio extraño y fue a arrodillarse a la tarima del altar para dar gracias a su soberana bienhechora. Al verla, todos los circunstantes quedaron estupefactos, y derramando lágrimas de ternura y admiración, exclamaban: ¡Milagro, milagro! El cura, testigo presencial de aquel prodigio, entonó el Te Deum y levantó un acta que firmaron todos los que lo habían presenciado.

La que acababa de tener la dicha de ser objeto de un favor tan especial de la Santísima Virgen fue sacada en triunfo de la Iglesia. Nadie se cansaba de mirarla, como si no pudiesen dar crédito a sus propios ojos. No fue menos patética la escena al llegar al monasterio. Todos prorrumpieron en entusiastas aclamaciones, cuando vieron bajar del carruaje con la firmeza y precipitación de la que nunca ha estado enferma, a la que pocas horas antes habían visto partir arrastrándose trabajosamente, como un cuerpo a quien la vida abandona de prisa.Se dirige en seguida a casa del médico, que pocos días antes la había abandonado, desesperando de su curación. Jamás hombre alguno se halló más perplejo; y rindiéndose a la evidencia declaró que aquella curación instantánea y completa no era obra natural.
¿Con cuánta razón la Iglesia saluda a María con el título de

Salud de los enfermos? Ella, que tiene siempre remedios divinos para curar las dolencias del alma, los tiene también para poner término a los males del cuerpo que aquejan a sus devotos cuando la invocan con confianza filial.

 

Jaculatoria

Haz que en mi alma estén de fijo
Para que siempre llore,
Las llagas del Crucifijo.

 

Oración

¡Oh María! Permíteme que yo pueda acompañarte siempre en tu amarga soledad; yo no quiero dejarte sola, quiero unir mis lágrimas a las tuyas para llorar la muerte de mi Redentor. ¡Ah! Madre atribulada, tú no lloras sólo por la muerte de tu Hijo, que lloras también por mí; porque yo he muerto muchas veces por el pecado y muchas veces he contristado tu corazón de madre con mis ofensas; mil veces he renovado los tormentos de la pasión con mis ingratitudes y he pisoteado la sangre vertida por mí en la cruz. Pero tú que eres misericordiosa y compasiva, tú que perdonaste a los verdugos que crucificaron a Jesús, tú que amas a los pecadores con entrañas de madre, alcánzame la gracia de ser en adelante el compañero de tus dolores y de tu soledad, por mi fidelidad y amor a Jesús y por la compasión de sus padecimientos. Haz nacer en mi corazón un horror sincero al pecado que fue la causa de tus dolores y de los de Jesús; que viva siempre arrepentido de todas las culpas con que he manchado mi vida pasada, para que, llorándolas amargamente en la tierra, merezca gozar un día de la eterna bienaventuranza. Amén.

3 avemarías

Prácticas espirituales

1. Hacer una lectura espiritual que nos recuerde los padecimientos de Jesús y los dolores de María.

2. Rezar una tercera parte del rosario para honrar esos mismos padecimientos y dolores.

3. Mortificar el sentido del gusto, privándose de comer cosas de puro apetito.