Martes Santo.
DE LA TERCERA PALABRA QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ A SU SANTÍSIMA MADRE. MUJER, VES AHÍ A TU HIJO, Y AL DISCÍPULO: VES AHÍ A TU MADRE
MEDITACIONES
SOBRE
LA PASIÓN
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:
en tu presencia me postro de rodillas,
y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,
vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,
verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de enmendarme;
mientras con gran afecto y dolor
considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,
teniendo ante mis ojos aquello
que ya el profeta David ponía en tus labios
acerca de ti:
'Me taladran las manos y los pies,
puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".
Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.
Martes Santo.
DE LA TERCERA PALABRA QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ A SU SANTÍSIMA MADRE. MUJER, VES AHÍ A TU HIJO, Y AL DISCÍPULO: VES AHÍ A TU MADRE. (Joann. 19.)
PUNTO PRIMERO. Considera el valor de la Reina de los ángeles que nunca desamparó a su benditísimo Hijo y acompañándole en el Calvario, no estaba desmayada ni cortada con la grandeza del sentimiento, sino en pie, firme y constante al lado de su Hijo para ayudarle y servirle; y como dice Zenón, ofreciéndole en sacrificio al Eterno Padre por el mundo con más valor que Abraham ofreció a su hijo Isaac. Gózate de su gran constancia y pídele gracia al Señor para imitarla, y ofrécele en sacrificio tu corazón y cuanto amares en este mundo como ella ofreció a su amantísimo Hijo por el mundo.
PUNTO II. Considera el sentimiento de Cristo viendo en tan acervos dolores a su Santísima Madre, y el de la Madre viendo padecer tales tormentos a su benditísimo Hijo: su alma estaba crucificada con él y pendiente en la cruz con una compasión tiernísima; los clavos atravesaban su corazón, y todos los tormentos que Cristo padece en el cuerpo sentía la beatísima Virgen en el alma: por el amor que le tenía. ¡Oh Virgen purísima! ¿por qué vinisteis al monte Calvario a gustar la mirra amarga de su pasión? ¿quién os trajo entre ladrones y homicidas, sino el amor que tuvisteis a vuestro santísimo y precioso Hijo con ansias y deseos de morir con él? Agar no tuvo ánimo para ver morir a su hijo Ismael, y por eso se apartó de él y le dejó en las gargantas de la muerte; pero vos, Señora, vencéis a todos en valor y con él quisisteis estar al pie de la cruz, a la cabecera de esa dura cama, para verle y morir en los deseos con él; llevadme con vos para que yo aprenda también a morir por su amor.
PUNTO III. Considera las palabras que dijo Cristo a su Beatísima Madre: Mujer, ves ahí a tu hijo. Llámala mujer y no madre por no aumentar su dolor, y para declarar que se había desnudado de afecto de Madre en aquel trance, para sacrificar a Dios su Hijo; y mira por su honra y por su consuelo dejándola un vicario y sustituto suyo que la sirva en su lugar y le tenga en lugar de hijo, y en él le encomendó a todos los hijos de la Iglesia, y a ti también, a quien tuvo en su memoria. ¡Oh Señor! muchas gracias os doy por la merced que me hicisteis dándome tal Madre y acordándoos de mí en la hora de vuestro tránsito, y juntamente me enseñasteis en esa cátedra de vuestra cruz a honrar a mis padres hasta la muerte como vos honrásteis a los vuestros: dadme gracia para que cumpla el precepto que me dísteis, no solo con la palabra sino también con la obra, poniéndolo en ejecución.
PUNTO IV. Considera las últimas palabras que dijo a san Juan: Ves ahí a tu Madre. ¡Oh qué consuelo sentiría en medio de tantos dolores el discípulo amado oyendo tal razón de la boca del Señor! ¡Oh qué joya os ha dado al partirse de este mundo, divino Juan, que vale más que todo cuanto el mundo estima! Siempre os amó; pero en el fin dio muestras de la fineza de su amor. ¡Oh alma! no te apartes del pie de la cruz; oye las palabras que te dice el Salvador en nombre de este discípulo amado: ves ahí a tu Madre. Esta es y ha de ser siempre, recíbela por tal, ámala, sírvela y reverénciala, que si eres verdadero hijo la experimentarás verdaderísima Madre para contigo.
(1) Rodulf. de vit. Christi in princ.
Al finalizar
INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN
San Buenaventura
Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!
Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!
Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.
También puede terminarse recitando el viacrucis.
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