Continuación del Santo
Evangelio según San Lucas 7, 11-16
En aquel tiempo: Iba
Jesús camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y
mucho gentío. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban
a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío
considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de
ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo
llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El
muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. Todos,
sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha
surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
XV domingo decimoquinto después de Pentecostés. DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO DE LA VIUDA DE NAÍM.(Luc. 7.)
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS
DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
XV domingo decimoquinto después de Pentecostés. DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO DE LA VIUDA DE NAÍM.(Luc. 7.)
Refiere el Evangelio cómo Cristo resucitó al
hijo de una viuda, que llevaban a enterrar en la ciudad de Naím, con igual
consuelo suyo y admiración de la ciudad, que prorrumpió en alabanzas y loores
del Salvador.
PUNTO PRIMERO.
Contempla la imagen que te pone el Evangelio delante de los ojos en este
difunto: mozo, rico, bien emparentado, único de su madre, amado como tal,
heredero de su casa, y amortajado en unas andas, que le sacan a enterrar y
dejarle con los demás muertos en una triste sepultura. Contempla en todo esto
lo que pasa para el pobre y el rico, el grande y el chico, el noble y el
plebeyo, el viejo y el mozo, sin que le valgan las fuerzas, ni las riquezas, ni
los parientes, ni los pocos años; porque la muerte a nadie respeta, ni hay hora
segura, y tan presto echa mano del mozo en la flor de su edad como del viejo
que está blanco con los años, como la mies madura para la hoz. Esta verdad
publicó Dios desde el principio del mundo, en el cual, de las cuatro primeras
personas que hubo en él, murió primero Abel, que era el menor, para enseñar que
el morir no va por antigüedad, y que ni el mozo por mozo, ni el viejo por viejo
podían tener seguridad. Lo cual supuesto, mírate en este espejo, y vuelve los
ojos a ti mismo, y mira qué será de ti, y que es infalible morir, y no sabes
cuándo ni en qué parte o lugar; y por esto te conviene estar apercibido en todo
tiempo y lugar.
PUNTO II. Medita lo
que dice san Lucas de este mozo que llevaban a enterrar; mírale helado, yerto,
amortajado, sin vida, en unas andas, en hombros de cuatro que le lloran y
llevan a sepultar, dejando acá cuanto tenía, sin sacar de todas sus riquezas
más que una pobre mortaja. Y considera que lo mismo ha de pasar por ti dentro
de muy breve tiempo; que has de morir, y te han de amortajar y llevar en unas
andas, clamoreando las campanas, llorando tus amigos, cantando los clérigos el
oficio de difuntos, y te han de sepultar en un hoyo hediondo, y cubrirte de
tierra como a los demás difuntos, dejando en este mundo todo cuanto poseyeres y
hubieres adquirido. Mírate despacio allí enterrado, y que todos se vuelven a
sus casas a repartir tu hacienda y lucirse con ella; y reconoce la vanidad del
mundo y el engaño de los mortales en la estima de sí mismos y en lo que paran
todos; y desprécialo todo por amor de Cristo y el bien de tu alma.
PUNTO III. Mira
cómo le acompañaba su madre, y mucha gente de la ciudad hasta la sepultura,
porque no les daban licencia para más; y el alma iba sola, acompañada de sus
obras, al tribunal de Dios. Contempla lo que pasa, y cómo las honras de este
mundo y todas sus amistades no pasan de la sepultura, y que cuando tú mueras
los más amigos tratarán con más veras de sepultarte y sacarte de casa
brevemente, y llevarte en compañía de los otros muertos, y dejarte allí a que
te pudras; y tu alma ha de ir sola por aquellas regiones no conocidas,
acompañada de sus obras: las buenas para salvarte, y las malas para condenarte.
Mira, pecador, lo que quisieras haber hecho entonces; y pues Dios te da tiempo,
prevénte para lo porvenir y no esperes a entonces, cuando será imposible, y
solo te valdrá lo que hubieres hecho ahora. Saca esta conclusión, y haz lo que
quisieras haber hecho cuando mueras.
PUNTO IV. Considera
cómo, viendo Cristo las lágrimas de la madre, le dijo que no llorase, porque le
había de resucitar y se había de trocar en breve tiempo su llanto en gozo y
alegría. Toma esta lección y no te desconsueles por las pérdidas temporales,
que tan presto se pueden restaurar. Ven a Cristo y él te consolará. Guarda las
lágrimas para llorar tus pecados y los del pueblo, y pídele a Dios con ellas
que ponga remedio a tantos males, y resucite los difuntos en el alma con la
virtud de su voz y la fuerza de su gracia, y él te consolará.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos
propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
A
la humildad, yo no le hallo premio en la tierra. Antes, por el propio caso que
lo tenga, deja de ser o, por lo menos, peligra. No trato de los premios
secretos y encubiertos que Dios comunica al espíritu verdaderamente humilde,
porque Dios, que conoce la naturaleza de las cosas y cuáles son aquellas con
quien mejor se conservan unas con otras, le provee de premios y compañía no
solo con quien no deje de ser humilde, sino con quien crezca y se aumente.
Uno
de estos premios es el que Cristo nos dice por san Mateo, dando gracias a su
Padre, porque “a los humildes les descubre y revela sus misterios, y los
esconde de los encumbrados y levantados del mundo”. ¡Quién dijera que
ignorancia y soberbia se hallarían juntos! Pues eso hace el demonio: que,
siendo un hombre tan ignorante en las cosas de Dios que a la más pequeña no le
dé alcance, con todo eso se enorgullece e hincha. Y, al contrario, Dios junta
humildad y tanto y tan alto conocimiento como tienen de sus grandezas los
humildes.
Para
que la humildad se conserve y aumente, Dios pone en el alma el conocimiento de
sus misterios. La sabiduría del cielo no es viento como el de la tierra, que
levanta al liviano y lo sube y pone donde a vueltas de cabeza hallaremos que no
está ni es lo que era. La sabiduría de Dios, como no solo trae consigo la
información del entendimiento sino la afición de la voluntad, no consiste en
puros conceptos, sino en el conocimiento de la cosa que se conoce y en la misma
cosa que se da a conocer.
La
sabiduría que Dios da a los verdaderos humildes se diferencia de las que se
aprenden en el mundo. Dios tiene modos con los que producir una noticia tan
cierta y clara que el alma queda satisfecha acerca de las cosas que de su poder
y grandeza Su Majestad le descubre. Por eso Cristo llama a esta ciencia
revelación: “se las has revelado a los pequeños”.
Fuera
del bien de los bienaventurados, hay otro acá en la tierra que gozan los
humildes, con quien Dios trata con particular amistad. Lo que saben, dicen,
hablan e informan, parece que lo palpan, lo huelen, les sabe y lo ven. Y como
esta sabiduría viene acompañada de tantas cosas y de tanto ser y entidad, es
grave y pesa; y, como el alma donde se sujeta es humilde, más la humilla y
menos lugar y fuerzas le quedan para enorgullecerse y levantarse. Por eso el
Espíritu Santo tantas veces en la Escritura la comparó al oro, que entre los
metales es el más pesado.
El
ejemplo ordinario es el de los árboles. El olmo, el álamo y el ciprés, que no
echan fruta, se empinan y encumbran por lo alto. Al contrario, los árboles que
cargan mucho fruto se quedan bajos a orilla de la tierra, para que la misma
tierra les dé ayuda para sustentar la carga. De esa misma suerte, los letrados
sin fruto todo lo echan en crecer y levantarse en alto, desvanecerse y
enorgullecerse. Por el contrario, el alma santa, a quien Dios informa y llena
de sabiduría del cielo, humilde queda y, con ese conocimiento, más se baja y
abate para que la tierra y bajeza de la que fue formado le ayude a sustentar
tanto peso.
¡Quién
viera o mereciera gozar de este sumo bien para saberlo por experiencia!
JACULATORIA: Señor, enséñame
tus caminos, instrúyeme en tus sendas.
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús manso y
humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de
ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de
ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de
ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean
más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros
crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que otros sean
alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean
empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que otros sean
preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás
sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame
la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que,
siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo
perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de
aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a
nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar
eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca
san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles
custodios, rogad por nosotros.
San Juan
Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.