Continuación
del Santo Evangelio según San Marcos.
Marcos l6, 14-20
En
aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les
echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los
que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no
crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán
demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos
y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los
enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado
al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas
partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los
acompañaban.
De
la Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Solemnidad
de la Ascensión.
De
la Ascensión de Cristo nuestro Señor a los cielos.
PUNTO
PRIMERO. Considera las vivas ansias que tuvo siempre Cristo de subir a su
Padre, como la piedra a su centro, y cómo se detuvo en el mundo por
glorificarle en él, y convertir a los hombres y traerlos a su servicio; y
últimamente creciendo los deseos con la dilación, se llegó el tiempo cuando los
tenía mayores, y subió al cielo a gozar de la gloria que tenía merecida; de
quien has de aprender a dilatar tus comodidades y dejar a tiempo tus consuelos,
aunque sean espirituales, si con viene para el servicio de Dios y bien de los
prójimos, y a esperar en la bondad del Altísimo, que pues te dio los deseos, te
los cumplirá cuando fuere servido y convenga para tu bien, como cumplió los de
Cristo; anímate con su ejemplo a amar a Dios y a desear su gloria; pon toda tu
mente en lo eterno, confiando en su divina piedad que muy presto cumplirá tus
deseos.
PUNTO
II. Considera cómo apareció a los apóstoles y a todos sus discípulos, y los
mandó ir al monte de las Olivas, que como dice san Buenaventura, distaba una
milla de Jerusalén, y allí les volvió a aparecer, y se despidió de ellos con
palabras ternísimas, empezando por su Santísima Madre, dándole tiernos abrazos,
y luego a los demás discípulos, y a las santas mujeres que le habían acompañado
y servido en el discurso de su vida, todos los cuales, como dice el Seráfico
Doctor, se postraron a sus pies, y besaron sus llagas con sumo respeto y devoción,
derramando muchas lágrimas de pura devoción; y estando así postrados, dice el
evangelista san Lucas, que levantó las manos y les echó su bendición, como la
suelen dar los padres a los hijos antes de partirse de este mundo. Hazte
presente a este espectáculo, y entra con la consideración en el corazón del
Salvador, y contempla cómo batallaban en él el amor de su Padre con el de sus
discípulos: este le detenía en la tierra y aquel le movía al cielo; y
últimamente dio un corte, y fue quedarse y partirse: quedarse con ellos
sacramentado y partirse a su Padre, para prevenirles el cielo, conforme a lo
cual dice san Gregorio, que en aquella hora comió con ellos y los comulgó como
en la cena, para declararles que se quedaba en su compañía. Atiende otro sí al
amor que los discípulos mostraron a su Maestro, y a la ternura y sentimiento de
sus corazones, las ansias de acompañarle, y cómo Cristo los consolaba,
prometiéndoles el Espíritu Santo dentro de breves días. Levanta el corazón al
Señor y pídele que no te deje huérfano, sino que te eche su bendición como a
discípulo suyo; gime, clama, ora, pide y suplica a tu Padre que te consuele en
la partida como a hijo.
PUNTO
III. Considera cómo luego se oyeron en aquel monte coros de ángeles, cantando
dulcísimamente, y se sintió una fragancia celestial, y Cristo con toda aquella
santa compañía de los santos padres subió triunfando poco apoco, más
resplandeciente que el sol, clarificando los cielos y la tierra, a vista de la
Beatísima Virgen y de toda la Iglesia, cuyos corazones se bañarían de gozo,
viendo a su Redentor gloriosísimo subir con tal triunfo al cielo, abrasados de ansias
y deseos de acompañarle en aquel camino; sus loores se juntarían con los
canticos de los ángeles, y sus júbilos con los de los santos gloriosos que le
acompañaban, y en medio del gozo se animarían con su vista a trabajar en el
servicio de Dios y aumento de su Iglesia, viendo el premio que tiene preparado a
los que le sirven fielmente: ven, alma mía, a este monte, hállate presente a
este triunfo, y gózate de la gloria de tu Salvador con sus discípulos y dale
mil loores con ellos; junta tus voces con las suyas y tus plegarias con sus
peticiones: contempla el galardón que da Dios a los que dignamente le sirven, y
anímate a servirle para que merezcas acompañarle en este triunfo.
PUNTO
IV. Considera cómo encubrió una nube al Redentor cuando subió al cielo,
quitándole de los ojos de sus discípulos, y cómo vinieron dos ángeles vestidos
de blanco, y les dijeron cómo aquel Señor que subía al cielo volvería con la
misma majestad a juzgar al mundo; en que tienes mucho que aprender. Lo primero,
cómo Dios no gusta que nos demos a su contemplación sin medida, sino con la que
pide la prudencia y el buen orden del espíritu; lo segundo, cómo gusta el Señor
de que no olvidemos sus juicios y el rigor de su justicia en las mayores
fiestas y regocijos, sino que siempre le tengamos presente, para que la
misericordia y el premio nos causen amor, y la justicia y el castigo temor que
nos refrene en los vicios: y no dicen cuando vendrá, porque no hay día seguro,
ni quiere que le tengamos; coteja su vida con su venida, y mira lo que te importa
para tu bien y salvación hacer ahora, para cuando venga después a juzgarte como
juez y recto justiciero.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
Desde su vuelta del destierro, la santa
familia volvió a habitar la solitaria estancia de Nazaret en el más completo
apartamiento del mundo, oculta y desconocida de los hombres. Esta época fue,
sin embargo, la más venturosa de la vida de María, porque no es la más feliz la
vida que «pasa con estruendo como un arroyo de invierno, sino cuando se asemeja
a una corriente de agua que se desliza en plateados hilos por entre la hierba
de las praderas». Pobre y humilde era su condición, continuo su trabajo y escaso
su alimento; pero en cambio poseía el tesoro más preciado de la tierra, vivía
al lado de su Hijo, se embebecía en su contemplación, escuchaba atenta sus
palabras, recogía sus sonrisas, velaba su sueño, y eso la hacía más feliz que
los príncipes y reyes en medio de los esplendores de la grandeza. Enteramente
dedicada a su servicio, todo lo dejaba y todo lo olvidaba por Él, y hasta las
privaciones y contratiempos le parecían placenteros, porque Jesús todo lo
endulzaba con su ternura de hijo. La oración y el trabajo compartían sus días y
sus noches, y sólo eran interrumpidos para recibir las lecciones de santidad y
perfección que recibía de los labios de su Hijo y de su Dios. María fue la
primera y más aprovechada discípula del Maestro divino. En la escuela de
Nazaret se ejercitó en la práctica de las más heroicas virtudes y penetró
hondamente en el conocimiento de los grandes misterios de la bondad y de la
sabiduría divinas. Jamás hubo en el mundo criatura más honrada. Pobre y humilde
en la apariencia, tenía, sin embargo, bajo su dominio al Criador del Cielo y de
la tierra, el cual, como hijo fiel y sumiso, la obedecía con amor y con
respeto. Al considerar este espectáculo, no se sabe qué admirar más, si la
humildad del hijo o la grandeza y dignidad de la madre. Si ser esclavo de Dios
es un honor incomparable, ¿cuánto más debería serlo el de tenerlo por súbdito y
ser obedecido por Él? Así transcurrieron los años silenciosos, pero fecundos en
lecciones y enseñanzas de la vida oculta de María. Treinta años de felicidad y
de sosiego ocupados en el servicio de Dios y en la práctica de las más heroicas
virtudes.
Grandes son las ventajas de la vida oculta
y apartada del mundo. Nada hay que turbe tanto el espíritu como el tumulto
atronador de los pasatiempos y diversiones del mundo. La paz huye lejos del
alma que vive en medio del ir y venir de los negocios humanos y de los
intereses materiales. No hay descanso ni reposo en la Babilonia donde se agitan
los mundanos en busca de una felicidad, que no es más que una sombra fugitiva.
La paz y el reposo sólo moran en la Jerusalén silenciosa, cuyos moradores
hallan la felicidad dentro de sí mismos, en el testimonio de una conciencia
pura y del deber cumplido. Sin esta condición, la felicidad es una palabra
vana. Dios no hace oír su voz sino en el recogimiento y el silencio del alma
que se aparta del bullicio del mundo. Sólo esas almas silenciosas y recogidas
tendrán la dicha de recibir sus inspiraciones y gustar de sus consolaciones.
Los ricos perfumes sólo se conservan en vasos bien cerrados; del mismo modo la
gracia divina sólo fructifica en almas cerradas para las disipaciones
mundanales. Es imposible servir fielmente a Dios y hacer el negocio de la
propia santificación, cuando se ocupa la mayor parte del tiempo en satisfacer
las multiplicadas exigencias del mundo. Es imposible no olvidar a Dios y
cumplir los deberes del propio estado, cualquiera que sea, cuando se está
pendiente de las caprichosas exigencias de la vanidad, que no conoce límites en
sus aspiraciones. El mundo es un tirano cruel cuyos antojos son leyes
imprescriptibles y cuyas veleidades no dejan tiempo para ocupaciones más
serias. Quien quiera servirlo, necesita consagrarle la vida entera, descuidando
por necesidad el cumplimiento de los deberes que tiene para con Dios, el
prójimo y su propia santificación. De todos esos peligros se aleja el que, como
María, vive sin estrépito ni disipaciones en el apartamiento del mundo.
Ejemplo María, Estrella del mar
Por los años de 1541 el Obispo de Panamá
se embarcó, en viaje para España, reclamado por asuntos de su ministerio, en
una flota que llevaba el mismo rumbo. Un cielo sin nubes, brisas bonancibles y
un mar sereno presagiaban un viaje felicísimo en los primeros días. Pero estos
signos de bonanza no duraron mucho tiempo: señales evidentes de tormenta
aparecieron en el cielo y no tardó en desencadenarse una terrible tempestad que
puso en inminente riesgo a los antes alegres navegantes. Espantados pasajeros y
tripulantes por lo recio del temporal, llegaron a perder toda esperanza humana
de salvación. Conociendo el venerable Prelado la gravedad de la situación, se
revistió de sus ornamentos pontificales y se subió sobre cubierta para exhortar
a todos los que allí estaban para que implorasen la protección de la Estrella
de los mares y se arrepintiesen de sus culpas. Todos entonaron de rodillas
las Letanías Lauretanas con el fervor que inspira la inminencia del peligro: y
confundíanse los ecos de la flébil plegaria y los sollozos de los afligidos
navegantes con los bramidos de las agitadas olas que se precipitaban sobre los
navíos como fieras enfurecidas.
Terminada la invocación, divisaron con
espanto una ola gigantesca que crecía a medida que se aproximaba; y al verla
llegar, un solo grito de ¡María! ¡Sálvanos que perecemos!… se arrancó de
todos los labios. Y, ¡oh prodigio!, aquel monte de agua que amenazaba concluir
con el navío, convirtióse repentinamente en mansa ola, que vomitó de entre su
nevada espuma, un bulto como de una caja de madera que iba golpeando el costado
derecho del bastimento. Bien pronto aparecieron en el cielo señales de bonanza,
disipáronse las nubes y el sol brilló en el cielo límpido y sobre un mar sereno
Atraídos por la curiosidad, recogieron los
marineros el bulto que flotaba al lado del navío; ¡y cuál no fue su sorpresa al
ver que aquella caja contenía una preciosa imagen de María con su Hijo
Santísimo en los brazos!… Aquellos felices navegantes no hallaban expresiones
de gratitud que correspondiesen a sus sentimientos, considerando que la
Santísima Virgen, no solamente los había salvado de una muerte segura, sino que
además les daba un nuevo signo de su amor, enviándoles de una manera tan
prodigiosa una imagen suya, haciendo mensajeras de este don a las mismas olas
que momentos antes los amenazaban con el naufragio y la muerte.
Esta imagen fue trasladada con gran
veneración a Valladolid por el afortunado Obispo, donde se le venera bajo el
nombre de Nuestra Señora del Rosario en Medina de Rioseco.
María jamás desoye las súplicas de los
hijos que la invocan en el peligro.
Jaculatoria
Gloriosa Reina del cielo
Sé en la aflicción mi consuelo.
Oración
¡Oh María! Vos que durante treinta años no
os separasteis ni un solo momento de Jesús vuestro Hijo, viviendo íntimamente
unida a Él y enteramente consagrada a su servicio en el albergue apartado de
Nazaret, otorgadme la gracia de comprender las dulzuras divinas de la unión con
Dios. Que Jesús viva conmigo bajo los velos de la fe, como vivió con Vos bajo
las sombras de la vida oculta y retirada del mundo; que viva en mí por la unión
amorosa de mi corazón con el suyo, como vivió en Vos no formando sino un solo
corazón y una sola alma; que yo no sepa en adelante amar, ni desear, ni gustar
nada fuera de Dios; que Él sea siempre mi vida, mi fuerza, el corazón de mi
corazón y el alma de mi alma, de modo que pueda exclamar con el apóstol: «Yo
vivo, pero no soy yo quien vivo; es Cristo el que vive en mí». Haced, Señora
mía, que muera en mí el amor desordenado a las criaturas y que, desocupado de
todo afecto a los honores, riquezas y pasatiempos del mundo, pueda consagrar a
Dios, el dueño legítimo de mi alma, todos los instantes de mi vida en el
apartamiento de la vida oculta, sin que desee ni aspire a otra cosa que a
servirlo, agradarlo, y gozarlo en esta vida para embriagarme después en el
cielo en las inefables delicias de la eterna bienaventuranza. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Recitar el oficio parvo de la
Virgen uniéndose a las alabanzas con que los ángeles la glorifican en el cielo.
2. Saludar a María con el Ángelus por
la mañana, a mediodía y por la tarde.
3. Abstenerse, por amor a María, de toda
palabra de murmuración o de crítica.