domingo, 29 de marzo de 2026

De la segunda palabra que habló Cristo en la cruz a Dimas. De verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 


Lunes Santo

De la segunda palabra que habló Cristo en la cruz a Dimas. De verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Luc. 23).

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

MEDITACIÓN

Lunes Santo

De la segunda palabra que habló Cristo en la cruz a Dimas. De verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Luc. 23).

 

PUNTO PRIMERO. Vete, alma mía, al monte de la contemplación y sube al Calvario, y verás a tu dulce Esposo pendiente de un palo entre dos ladrones, como si fuera uno de ellos, de los cuales el uno le blasfema y el otro lleno de fe le alaba y le defiende; aquel baja de la cruz al infierno, y este sube en compañía suya de la cruz al cielo. ¡Oh dichosa alma! que en tan breve tiempo mereció tan crecido galardón; contempla su dicha, y aprende cuánta será la tuya, si sabes perseverar con paciencia en la cruz al lado de tu Salvador, y pídele su gracia para no perderla.

PUNTO II. Considera las virtudes con que este santo ladrón mereció alcanzar tan grande merced del Salvador, que fueron el conocimiento de sus pecados, confesándolos públicamente, y diciendo a voces que llevaba el merecido de ellos en aquel castigo; lo segundo la caridad que tuvo con su prójimo, a quien reprendió oyéndole blasfemar de Cristo, y le exhortó a penitencia; lo tercero la confesión tan insigne que hizo públicamente de la santidad del Redentor, cuando los apóstoles le negaron, y le desampararon y huyeron; lo cuarto la esperanza firme que tuvo en la misericordia de Dios, pidiéndole a Cristo que se acordase de él cuando se hallase en su reino, confesándole por rey cuando le veía padecer en la cruz como a malhechor. ¡Oh Señor! bien merece este nuevo siervo la silla de vuestro reino, y entrar en vuestra compañía en el paraíso; dadme vuestra gracia para que yo le imite en la confesión y penitencia de mis pecados y en las demás virtudes, para que merezca ir en su compañía y la vuestra a gozar eternamente de vos.

PUNTO III. Considera la respuesta que dio Cristo a su petición, conviene a saber: hoy estarás conmigo en el paraíso. En cada palabra hallarás dulce panal de miel y una misericordia del Señor para con este pecador arrepentido: hoy, sin más plazo ni dilación será cumplido tu deseo y colmado tu gozo; estarás, de asiento y como morador y Señor, no de paso y como extraño o peregrino, sino como ciudadano y vecino; conmigo, en mi compañía y a mí lado, como soldado de mi milicia y consorte en mi reino, y como hijo heredero que tiene parte en el trono de su Padre, que quien estuvo junto a él en la cruz, estará junto conmigo en mi gloria; en el paraíso, en cualquiera parte fuera suma felicidad estar en compañía de Cristo y a su vista, gozando de su amistad; ¿pues qué merced y felicidad será estar con él en su gloria y en el paraíso de deleites? El primer Adán le perdió por su inobediencia, y el segundo le recuperó con su obediencia; aquel le perdió para sí y para toda su posteridad; este le recuperó para sí y para todos los suyos, y el primero que entró en él en su compañía fue Dimas, este dichoso ladrón. ¡Oh suerte feliz! ¡oh dicha la mayor que tuvo hasta entonces hombre humano! ¡Oh Señor! bendito seáis, que tan liberalmente premiáis a los que os sirven; dadme que yo os acompañe aquí en la cruz, para que merezca después ser vuestro compañero en el paraíso.

PUNTO IV. Considera el gozo que tuvo en su alma este santo ladrón oyendo de boca del Salvador tal promesa; la esperanza que engendró en su corazón, la alegría en su alma, las gracias que le daría desde la cruz por tan incomparable favor, y cómo daría por bien empleados todos sus dolores y afrentas por alcanzar una dicha tan crecida como fue entrar aquel día triunfando en compañía del Salvador de la muerte y del infierno; y aprende a sufrir trabajos con paciencia y alegría en compañía del Señor, por el premio que te espera y tiene prometido por ellos; y juntamente considera el gozo del Salvador por haber ganado aquella alma, y sacándola de las uñas del demonio en recompensa del apóstol Judas que a la misma sazón se condenó: dale el parabién y aprende a traerle pecadores y a convertirlos a su servicio, persuadiéndote que haces uno de los mayores gustos que le puedes hacer y con que darás alivio a sus tormentos, como se le dio en la cruz Dimas con su conversión.

 

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.

San Juan Clímaco, abad. — 30 de marzo.

 


San Juan Clímaco, abad. — 30 de marzo.

(+ 605.)

El glorioso abad del monte Sinaí san Clímaco fue, a lo que se cree, natural de Palestina, y siendo mozo de dieciseis años bien enseñado en las letras humanas, se ofreció a Cristo nuestro Señor en agradable sacrificio, retirándose del mundo en un monasterio del monte Sinaí, donde por espacio de diez años brilló a los ojos de los monjes como perfecto dechado de todas las virtudes. Pasó después a la vida solitaria y escogió un lugar llamado Tola, que estaba al pie del monte y a dos leguas de la iglesia de la Santísima Virgen que el emperador Justiniano, había hecho edificar para los monjes que moraban en las rocas y asperezas del Sinaí: y en aquella ermita vivió Juan por espacio de cuarenta años, con tan grande santidad, que todos le llamaban Ángel del desierto. Levantóle el Señor al estado angelical de la oración continua; y no pocas veces le vieron levantado de la tierra y suspenso en el aire, resplandeciendo en su rostro la gracia de Dios, y las delicias celestiales que estaba gozando su alma. Sacóle al fin el Señor de su ermita para que fuese el abad y maestro de todos los monjes del Sinaí, y a ruego y súplica de ellos escribió el famoso libro llamado Escala espiritual, en el cual se describen treinta escalones por donde pueden subir los hombres a la cumbre de la perfección. Su lenguaje santo es por sentencias, y admirables ejemplos. Dice que en un monasterio de Egipto donde moraban trescientos y treinta monjes, no había más que un alma y un corazón; y que a pocos pasos de este monasterio había otro que se llamaba la Cárcel, donde voluntariamente se encerraban los que después de la profesión habían caído en alguna grave culpa, y hacían tan asombrosas penitencias, que no se pueden leer sin llenarse los ojos de lágrimas y temblar las carnes de horror. Encomendábase en las oraciones de este varón santísimo el venerable pontífice san Gregorio Magno; y el abad Raytú, en una epístola que también le escribió, le pone este título: «Al admirable varón, igual a los ángeles, Padre de Padres, y doctor excelente, salud en el Señor». Habiendo pasado el santo sesenta y cuatro años en el desierto, a los ochenta de su edad, entregó su alma purísima y preciosísima al Señor.

Reflexión: No parece sino que hace el santo el retrato de sí mismo cuando en su Escala espiritual habla del grado de oración continua. «Esta oración, dice, está en tener el alma por objeto a Dios en todos los pensamientos, en todas las palabras, en todos los movimientos, en todos los pasos; en no hacer cosa que no sea con fervor interior, y como quien tiene a Dios presente.» ¡Oh! ¡qué agradable sería a los divinos ojos, y qué limpia de todo pecado estaría nuestra alma, si considerásemos que nuestro Señor nos está siempre mirando! Ofrezcámosle si quiera por la mañana todos nuestros pensamientos, palabras y obras, y cuando nos viéremos en alguna tentación o peligro de pecar, digamos: ¡Dios me ve, no quiero ofender a mi Dios! Y no imaginemos que tu Dios y Señor esté ausente allá en las más encumbradas alturas de los cielos, donde ni te ve ni te oye: porque está presente en todas partes, y más cerca de ti que el amigo con quien conversas; está alrededor de ti y dentro de ti, penetrando tu cuerpo y tu espíritu; y tú te hallas más sumido en la inmensidad de su ser divino, que el pez metido en las aguas.

Oración: Suplicámoste, Señor, que la intercesión del bienaventurado Juan, nos haga recomendables a tu divina Majestad, para que consigamos por su protección lo que no podemos alcanzar por nuestros merecimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO DEL DOMINGO: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor

 
DOMINGO DE RAMOS

Rito Romano 1962

Evangelio de la Bendición

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo

 Mateo 21, 1-9

En aquel tiempo: Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

TEXTOS DE LA MISA

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor / Dominica II Passionis seu in Palmis

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