Viernes de la X semana después de Pentecostés.
DEL BENEFICIO DE LA REDENCIÓN.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la X semana después de Pentecostés.
DEL BENEFICIO DE LA REDENCIÓN.
PUNTO PRIMERO. Considera la piedad infinita de Dios, que, reconociendo la alevosía del hombre y cuán ingrato le había sido a un beneficio tan grande como el de la creación, en que le sacó de la nada y le dio el ser que tiene, tan superior en dignidad que es poco menos que los ángeles; y habiéndole retornado ofensas en lugar de servicios, fue tan grande su piedad, que, viéndole caído y sin fuerzas para levantarse, desheredado del cielo y condenado al infierno, se movió a misericordia y determinó redimirle y sacarle de las prisiones de la culpa a la libertad de hijo de Dios.
¡Oh bondad infinita y oh misericordia inagotable! Gózome, Señor, de tu inmensa caridad, y quisiera hacerme todo lenguas para magnificarla y alabarla, pues fue mayor tu misericordia que mi miseria, y me diste más que yo te supiera pedir. Bendito, alabado y glorificado seas por todos los siglos de los siglos. Amén.
PUNTO II. Considera la costa con que Dios quiso redimirnos; porque, bastando la menor acción suya o cualquiera movimiento de su voluntad, siendo todos de infinito valor, quiso redimirnos copiosamente con tanto número de merecimientos, haciéndose hombre, que no hay lengua que los pueda contar; mostrando en esto la grandeza de su liberalidad, nacida de su infinito amor.
Pondera con san Bernardo las obras que hizo en el mundo por espacio de treinta y tres años, desde que nació hasta que murió en una cruz con tantos merecimientos, todos los cuales ofreció por ti al Eterno Padre en satisfacción de tus pecados y para abrirte las puertas del cielo y darte la eterna gloria, en lugar del infierno a que estabas condenado.
Contempla la grandeza de su amor, la de su liberalidad y la piedad que tuvo de ti; y mira cómo le has correspondido hasta aquí y lo que debes hacer en adelante por su gloria y servicio y por el bien de tus hermanos.
PUNTO III. Ponte delante la imagen del Crucifijo. Mira fijamente al Salvador, lo que padeció por ti y la sangre que dio de sus venas por el precio de tu alma; considera en cuánto la estimó, sin tener necesidad de ti, y que tú habías de estar clavado en aquel palo con mayores afrentas y dolores, como lo merecían tus pecados; y que te previno Cristo y se puso en él porque tú no padecieses, pasando tanto por ti.
Y exclama, arrebatado de una suma admiración, contemplando la grandeza de su amor, de su bondad, de su piedad y de su infinita liberalidad y paciencia. Pide a los cielos y a la tierra que se hagan lenguas para darle gracias eternamente por tan incomparable beneficio.
Ofrécete por su esclavo a padecer mil muertes por su amor, y mira la estima que has de tener de tu alma, por la cual dio el inestimable precio de su sangre; y llora tu ingratitud y desconocimiento, que tantas veces le has vendido por precio tan vil como es un gustillo sensual, un interés o pundonor mundano.
PUNTO IV. Considera cómo siempre permanece el beneficio de su Redención, pues continuamente está Cristo, por sus méritos, enviándote auxilios y armas para defenderte, y gracias para ir al cielo, y perdón de los pecados, y las medicinas de los santos sacramentos para salud de tu alma.
Contempla qué fuera de ti si no te hubiera redimido, y cuánto le debes por este beneficio, el cual abraza tantos beneficios y mercedes como cada día y cada hora recibes de su mano.
Enciéndete en vivos deseos de amarle y servirle, y procurar su gloria y honra por todos los medios posibles, y que todos le amen, sirvan y reconozcan; y ser tú tan liberal en su servicio como lo es Él para contigo en hacerte mercedes.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.