DÍA 13
LAS PALABRAS DEL HUMILDE DESCUBREN A DIOS
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA 13
LAS PALABRAS DEL HUMILDE DESCUBREN A DIOS
El
humilde puede parecer un poco de tierra, pero puede ser también ríos caudalosos
y mares anchos que no se agotan, porque habla de Dios, y Dios no tiene fin. Por
eso el Espíritu Santo descendió en lenguas de fuego, dando a entender que al
humilde no le basta una lengua para explicar lo que él no es, lo que Dios es y
los bienes que de su mano recibe.
Las
lenguas de los humildes son como cauces que se llenan en el abismo y mar grande
de la sabiduría de Dios. Son lenguas de fuego porque, cuando el humilde habla
de Dios, no hay quien lo detenga. Si le faltan palabras para hablar de sí,
tiene mil lenguas para tratar de Dios. Si no tiene lengua para mentir diciendo
de sí lo que no es, tiene abundancia de palabras para decir y descubrir lo que
es Dios.
Así,
una de las mayores muestras de humildad es ver al humilde mudo, sin lengua y
palabras para sí, y lengua y palabras para Dios. Desapareciendo él en sí mismo,
solo encuentra a Dios en sí. Como decía san Pablo: «No soy yo el que vive, es
Cristo quien vive en mí».
Pero
el humilde también habla con su vida y con su espíritu. La palabra de Dios es
viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo. Es como el grano de trigo
que, arrojado y sepultado en la tierra, nace, vive, crece, reverdece y se
multiplica. Las palabras del humilde no se quedan en el sonido: entran en el
alma y descubren quién es Dios y quién es el humilde que las siembra.
La
eficacia de sus palabras no está en la persuasiva sabiduría humana, sino en la
manifestación y el poder del Espíritu. No se trata de multiplicar razones
humanas, sino de la virtud y espíritu que Dios comunica a las palabras. Son
como flechas en manos poderosas: van derechas, hieren y derriban. Los santos
apóstoles vencían no tanto con retóricas y razones, sino con espíritu y virtud.
San
Pablo habla de una «sabiduría divina, misteriosa, escondida», que se conoce y
aprovecha entre los perfectos, entre los humildes que la meditan y buscan en
ella los misterios que Dios tiene encerrados. No es la sabiduría de la tierra
ni de los príncipes de este mundo, que puede destruir y herir a quienes la
poseen.
La
sabiduría del mundo es como una ropa que se pone sobre un enfermo: puede cubrir
el mal exterior, pero no cura el frío que está metido en los huesos y en las
entrañas. Así ocurre con quien tiene buena apariencia exterior, pero lleva
dentro codicias, deshonestidades y presunciones. La ciencia del mundo, si no
entra en el corazón, no cura las enfermedades secretas del alma.
En
cambio, la sabiduría que viene de Dios tiene alma, virtud y espíritu. Penetra
en el interior, echa fuera las enfermedades secretas y vuelve al justo
fervoroso, encendido, hecho fuego y llama. Es agua viva, fuente que salta hacia
la vida eterna. A quien se comunica esta sabiduría se le abren los tesoros de
la ciencia y sabiduría de Dios.
Esta
ciencia no admite presunciones ni soberbias. Anda junta y pegada con el mismo
Dios y satisface al que la posee. Y tiene una doble acción: descubre a Dios y
su grandeza, y nos humilla mostrando nuestra bajeza.
Por
eso, el verdadero humilde tiene palabras para decir quién es Dios, pero le
faltan palabras para descubrirse a sí mismo.
JACULATORIA:
Preserva
a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré limpio e
inocente del gran pecado. Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu
presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío. (Salmo 19,
14-15)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.