domingo, 10 de mayo de 2026

Continúa la enseñanza sobre la oración

 


Lunes de la V semana de Pascua.

Continúa la enseñanza sobre la oración

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO PASCUA

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Lunes de la V semana de Pascua.

Continúa la enseñanza sobre la oración. (Luc. 11.)

 

Persuade Cristo en el Evangelio a perseverar en la oración con el ejemplo del que pide prestado a su amigo, aunque sea a deshora, al cual concede lo que pide siquiera por la importunidad y perseverancia en el pedir, y con el ejemplo del hijo que pide a su padre el mantenimiento necesario, que por el amor que le tiene no se le sabe negar; y mucho menos (dice Cristo) negará Dios su espíritu bueno al que se le pidiere con afecto filial.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la bondad y misericordia divina, que a todas horas y en todos tiempos y lugares tiene franca la puerta para la oración, y espera y oye a cualquiera que le pretende hablar y pedir, y despacha sus peticiones sin intervención de porteros o ministros, sino por su propia persona. Gózate de tener tal Señor y tan buen Dios, y dale gracias por esta gracia, y porque cosa tan importante y necesaria la ha hecho tan fácil; deja los señores de la tierra y acude al del cielo con tus peticiones y él cumplirá tus deseos.

 

PUNTO. II. Considera lo que dice Cristo en el Evangelio, de aquel amigo que negó la primera vez lo que le pedían, y por la importunidad del que perseveró pidiendo, lo concedió y se lo dio: en que nos enseña que tal vez Dios dilata lo que se le pide y responde con sequedad para probar nuestra fe y perseverancia, y si esta no nos falta, concede lo que pedimos. Saca de aquí propósitos firmes de perseverar en la oración aunque Dios te trate con sequedad y aunque te niegue lo que pides y aunque veas los efectos contrarios; porque la perseverancia alcanza las gracias del Señor, y si te rindes al trabajo y pierdes la confianza, no alcanzarás lo que pides; espera en el Señor y haz bondad y experimentarás su piedad.

 

PUNTO III. Considera las palabras que dice Cristo en su Evangelio; conviene a saber: pedid y os darán , buscad y hallareis; llamad y os abrirán; porque todos los que piden reciben, y los que buscan hallan, y a los que llaman abren. En que nos exhorta a pedir con la boca y buscar con diligencia, y llamar con las manos; porque la oración no hade ser sola con la boca, sino acompañada con diligencia, fervor y santas obras de penitencia y piedad, como lo enseñó nuestra Señora a santa Isabel, según lo afirma san Buenaventura; toma esta lección y considera si tu corazón va acompañado con estos compañeros, o si es sola de boca y no de corazón, y con fervor y santas obras; mira cuánto pierdes por tu tibieza, y pide a Dios su gracia para entrar en fervor y acompañar tus peticiones con ayunos, mortificaciones y santas obras.

 

PUNTO IV. Considera lo que dice Cristo que ningún hijo pidió a su padre pan que le diese en su lugar una piedra, o una serpiente, o un escorpión, sino siempre lo bueno y conveniente para su bien; y que mucho mejor dará el Padre celestial el espíritu bueno a los que le piden: en que has de ponderar dos cosas: la primera , el amor que Dios nos tiene como Padre, y cómo quiere que le pidamos con afecto de hijos; la segunda, que así como el Padre nunca da a su hijo lo que sabe que le estará mal, sino lo bueno y provechoso; de la misma manera Dios no da a sus hijos las cosas que le piden, si no les convienen para su bien, sino las útiles y provechosas, y el espíritu bueno y santo que los encamine al cielo; de lo cual has de sacar una grande confianza en el amor que Dios te tiene, y una indiferencia humilde en todo lo que pidieres dejándolo en sus manos, pidiéndole que corrija tus peticiones y te dé lo que fuere de mayor gloria suya, recibiendo con tanta igualdad de ánimo y agradecimiento el no como el sí, lo adverso como lo próspero, y la enfermedad como la salud, persuadido que es don que te viene de la mano del Señor, y como dice san Bernardo, no dejes tu oración, porque o te dará Dios lo que pides, o sí no te conviene te dará otra cosa mejor en su lugar, como le sucedió a san Pablo, el cual no alcanzó que Dios le quitase la tentación de la carne que padecía, aunque lo pidió con instancia; pero dióle nuestro Señor otra cosa mejor en su lugar, que fue la gracia para vencer la tentación y ser coronado por ella.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DÍA 11. DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON

 


DÍA 11

DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON

 

MES DE MAYO

DE

MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

Don Rodolfo Vergara Antúnez

 

Por la señal de la santa cruz…

 

DÍA 11

DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON

 

Consideración

Cuando José y María penetraban llenos de júbilo en el sagrado recinto llevando las palomas del sacrificio, un santo anciano llamado Simeón se sintió iluminado por una inspiración divina. Bajo los pobres pañales del hijo del pueblo reconoció al Mesías prometido; y tomándolo de los brazos de su Madre, lo levantó en alto, inundadas sus rugosas mejillas por lágrimas de gozo. Dirigióse en seguida a María, y después de un largo y triste silencio, le dijo con voz profética: «Tu alma será traspasada con una espada de dolor», porque este niño será el blanco de las persecuciones de los hombres».

A la luz de esta siniestra profecía, vio la dolorida Madre el cuadro sombrío de la pasión de su Hijo. Ella inclinó suavemente la cabeza, como una caña se dobla al soplo de la tempestad, y sintió que una espada de doble filo se introducía en sus entrañas de madre. Desde ese momento, toda felicidad concluyó para ella, y aceptando sin quejarse la disposición divina, acercó sus labios al cáliz que bebería durante su vida entera. Cuando estrechaba a su Hijo amorosamente entre sus brazos, y lo colmaba de maternales caricias, las palabras de Simeón venían a derramar gotas de hiel en la copa de sus goces de madre. No le fue concedido a María lo que es dado a todas las madres: gozar en paz del amor de sus hijos e indemnizarse de los rigores de la suerte con una sonrisa amorosa de sus labios entreabiertos por la inocencia. Ella veía a todas horas escrita en la frente de Jesús la sentencia de muerte que los hombres habían de fulminar contra Él en recompensa de sus beneficios. Esa idea lúgubre le sorprendía en el sueño, le molestaba en las vigilias, la perseguía durante el trabajo y la perturbaba durante las escasas horas del descanso. ¡Ah!, ¡la túnica de Jesús, tejida por sus propias manos, antes de ser teñida con la sangre del Hijo, fue empapada en las lágrimas de la madre!…

Los tormentos de los mártires, los rigores de los penitentes, las penas interiores de las almas atribuladas nada tienen de comparable con este dolor. Los mártires sufrieron por un momento, pero María sufrió durante su vida entera. Sin embargo, a esos presagios siniestros, a esas imágenes sombrías y desgarradoras, ella opone una fe generosa y una resignación heroica. Adora de antemano los designios de Dios y saluda con efusión la hora de la salvación del linaje humano efectuada por los padecimientos del Hijo de sus entrañas. Hija ilustre de Abrahán, ella se prepara a trepar a la montaña del sacrificio, a aderezar el altar y a poner fuego al holocausto. Todo eso era preciso para la salud del mundo y exigido por la gloria de Dios, y no trepida un momento en sacrificarse con tal de dar cima a tan gloriosas empresas.
En su largo y prolongado martirio soportado con tan heroica resignación, María nos enseña a sufrir y a sobrellevar con alegría la cruz de los pesares de la vida. La verdadera gloria y el verdadero mérito se fundan principalmente en el sufrimiento y en la cruz. El sacrificio es la corona y el perfume del amor, y quien ama a Dios no puede menos que resignarse a los trabajos y penalidades a que somete la virtud de sus siervos y prueba los quilates del amor que le profesan. Quien ama a Dios anhela sufrir por Él para darle la prueba de la firmeza de su amor. Servir a Dios en medio de los consuelos es servirlo por interés y amarlo sin merecimientos. Por eso las almas amadas de Dios son las que arrastran una cruz más penosa, porque Él se complace en habitar cerca de los que padecen. Se engaña quien crea alcanzar el cielo sin sufrir. Después que Jesucristo y después que María alcanzaron el triunfo a fuerza de padecer, ningún elegido podrá conquistar la victoria sino padeciendo. Si queremos ser los discípulos de Jesús, es preciso que tomemos su cruz y marchemos sobre sus huellas ensangrentadas, pues no sería justo que el discípulo fuera de mejor condición que el maestro.

El sacrificio es necesario, porque sin él la santificación es imposible. El hombre que no se somete a esa ley imperiosa, renuncia a su felicidad, que no puede obtenerse sino a costa del sufrimiento. Por más que trabajemos, la desgracia y los pesares nos seguirán a todas partes como nuestra propia sombra. El rey en su trono, el rico en sus palacios, el labriego en su rústica morada, el menesteroso bajo su techo de paja, están asediados de penalidades. Dios lo ha dispuesto así para que no nos hagamos la ilusión de que la tierra es el paraíso y de que esta aquí el término de la jornada. Y bien, si nadie está exento de padecer, ¿cómo es que no hacemos provechoso el sufrimiento, aceptándolo con resignación y con espíritu de penitencia? ¿Cómo es que el dolor nos arranca injustas quejas y nos sumerge en la desesperación? No nos quejemos y desesperemos cuando sobrevengan sobre nosotros las olas de la tribulación; levantemos al cielo nuestros ojos llorosos en busca de consuelo, de resignación y de fuerza; pero al mismo tiempo bendigamos a Dios, que nos concede los medios más seguros para alcanzar la posesión de la felicidad y que nos permite de esa manera asemejamos a Jesús y a María.

 

 


 

Ejemplo
María, Arca de paz y alianza eterna

Uno de los testimonios más espléndidos de predilección en favor de sus devotos, dados por María en la serie de los siglos, es la institución del Santo Escapulario del Carmelo.

Cuando los solitarios que vivían desde la más remota antigüedad en la célebre montaña del Carmelo se vieron obligados a trasladarse a Europa a causa de las hostilidades de los sarracenos, ingresó en su piadoso instituto un varón ilustre llamado Simón Stock, que bien pronto llegó a ser el mayor ornamento de la orden.

Deseoso desde muy niño de la perfección evangélica, fue transportado por el espíritu de Dios a la soledad de un desierto, a la edad de doce años, donde tuvo por celda y santuario la concavidad de un añoso tronco carcomido por el tiempo.

Treinta y tres años hacía que moraba, desconocido de los hombres, en aquella apartada soledad, cuando una revelación de la Santísima Virgen, de quien era enamorado devoto, le hizo saber el arribo de los ermitaños del Carmelo a las playas de Inglaterra y el deseo que ella abrigaba de que ingresase en esta orden tan grata a sus maternales ojos.

Admitido entre los solitarios del Carmelo, creció su entusiasmo por María y su celo por dilatar su culto y hacerlo amar de los hombres. Elevado más tarde al rango de Superior general de la orden, suplicó durante muchos años a María que atestiguase su predilección por sus hijos del Carmelo con alguna gracia que atrajese a su regazo mayor número de devotos. Al fin accedió María a las instancias de su siervo y, un día que oraba fervorosamente al pie de su venerada imagen, vio abrirse el cielo y descender a su celda la Reina de los ángeles, resplandeciente de luz y de belleza.
Traía en sus manos un escapulario, y poniéndolo en las de Simón le dijo con amorosa sonrisa: —«Recibe, amado hijo, este escapulario para ti y para tu orden, en prenda de mi especial benevolencia y protección. Por esta librea se han de conocer mis hijos y mis siervos; en él te entrego una señal de predestinación y una escritura de paz y alianza eternas, con tal que la inocencia de vida corresponda a la santidad del hábito. El que tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor no padecerá el fuego eterno, y por singular misericordia de mi divino Hijo gozará de la bienaventuranza».

Basta considerar estas palabras para comprender que la santísima Virgen distingue a los hijos del Carmelo con una especial predilección entre todos los redimidos con la sangre de su Hijo. Ella ha firmado una escritura de paz y alianza eterna: es decir, una promesa de protección que se extiende hasta las regiones de la eternidad, con tal de que por su parte procuren evitar el pecado, los que visten el escapulario.

Y como si esto no bastase, todavía añadió una nueva promesa en favor de los carmelitas, hecha al papa Juan XXII.

Este insigne devoto de María y decidido protector de la Orden carmelitana fue favorecido con una aparición de la santísima Virgen en la que le dirigió estas palabras: «Yo, que soy la Madre de misericordia, descenderé al Purgatorio el primer sábado después de la muerte de mis cofrades, los carmelitas y libraré de sus llamas a los que estén allí, y los conduciré al monte santo de la vida eterna».

¿Quién será el hijo de María que, sabedor de los insignes privilegios de que está revestido el santo escapulario deje de revestir con él su pecho como con un escudo de protección?

 

Jaculatoria

Fuente de todo consuelo,
Envíame desde el cielo
Tu maternal bendición.

 

Oración

¡Oh, María!, la más atribulada de las madres, permitid que nos unamos en este día a los dolores que experimentó vuestro corazón desde el momento en que os fue anunciada la amarga suerte de vuestro Hijo. Vos sois bella y amable desde vuestra aurora, ya sea que llevéis en vuestros brazos a este divino niño cuyas gracias os embellecen, ya sea que seáis glorificada en el cielo entre los resplandores de la gloria; pero más bella y más amable aparecéis a nuestros ojos, cuando os contemplamos sumergida en un mar de angustias y pesares y cuando vemos que dolorosas lágrimas inundan vuestros ojos. ¡Es tan dulce para el que sufre encontrar en el objeto de su amor y de su culto los mismos dolores y las mismas penas! Virgen afligida, nosotros tenemos en Vos una madre que ha compartido sus lágrimas con nosotros y que ha acercado a sus labios una copa más amarga que la nuestra. Vos habéis sido víctima del dolor, por eso sois tan misericordiosa; y como sabéis por experiencia lo que es el sufrimiento, sabéis compadeceros de los que sufren, ofreciéndoles vuestros consuelos. ¡Oh, María!, alcanzadnos de vuestro Hijo la gracia de la resignación para soportar con santa alegría las aflicciones, los pesares, las miserias y las desgracias de la vida, a fin de unirnos a Vos y mezclar con los vuestros nuestros dolores y merecimientos, y para que, llorando en vuestra compañía, podamos alcanzar también las recompensas que están reservadas a los que padecen con verdadero espíritu de penitencia. Amén.

3 avemarías

 

Prácticas espirituales

1. Rezar siete Salves en honra de los dolores de María, pidiéndole que nos enseñe a sufrir con fruto.

2. Hacer un acto de mortificación de los sentidos uniéndose a los dolores de María.

3. Sufrirlo todo de todos sin incomodarse ni quejarse.