lunes, 22 de junio de 2026

Santa Ediltrudis, reina y abadesa.- 23 de junio

 


Santa Ediltrudis, reina y abadesa.- 23 de junio

(+ 679)

La gloriosa reina Ediltrudis, fue hija de Anas, rey de los ingleses orientales, varón muy religioso, el cual la casó con Tombrecto, príncipe de los girvios australes. Viviendo con este príncipe guardó siempre la bendita Ediltrudis su virginidad y entereza. Y aunque por muerte de su esposo, fue segunda vez casada con Ecfrido, rey de los nordanimbros, con quien vivió por espacio de doce años, conservó siempre su pureza virginal, con el beneplácito del rey su marido, a quien ella quería y amaba más que a todas las cosas de esta vida. Suplicóle muchas veces le diese licencia para servir en un monasterio al Rey de los cielos, y al cabo de doce años lo consiguió, y se entró en un monasterio donde era abadesa Evacia, tía de su esposo, y allí tomó el velo de manos del santo obispo Wilfrido. Fue nombrada después por abadesa de dos monasterios que fundó en su mismo reino, donde gobernó santamente a muchas devotas monjas, a quienes fue ejemplo de vida celestial. Desde que entró en el monasterio no quiso traer más vestidura de lino, sino de lana. Entraba raras veces en los baños (tan usados por todas personas en aquellos tiempos), y estas en las fiestas principales, como el día de Pentecostés y Epifanía, y como si fuese sierva de todas sus hermanas, se ejercitaba con grande humildad en los más bajos oficios del monasterio. No comía más de una vez al día, sino en los días de gran fiesta. Desde la hora de maitines hasta el alba estaba siempre en la iglesia en oración. Tuvo espíritu de profecía y profetizó una pestilencia que había de venir, y que había de morir en ella, y nombró otros que también habían de morir en dicha peste, como sucedió. Viéndose afligida con una muy penosa llaga en el cuello, daba continuamente gracias al Señor, sufriéndola con grande paciencia y alegría; y diciendo que Dios castigaba con ella la vanidad que había tenido en su juventud, cuando llevaba en la corte preciosos collares de perlas y diamantes. Finalmente después de una larga enfermedad, y de una vida purísima y llena de admirables virtudes, entregó su alma al Creador, y fue sepultada humildemente en un sepulcro de madera, como ella lo había dispuesto. A los diez años de su muerte, su hermana Sexburga, viuda del rey de Cantua, que la sucedió en el gobierno del monasterio, mandó trasladar el santo cuerpo a un sepulcro de piedra, y lo hallaron sin corrupción alguna: y un famoso médico le miró la llaga que tenía y la halló cicatrizada como si estuviera viva, y se la hubiesen curado los cirujanos.

Reflexión: ¡Qué bella parece la flor de la virginidad resplandeciendo en la persona de una reina cristiana! Esta virtud guardó pura e intacta la gloriosa Ediltrudis, la cual, a pesar de ser esposa de dos reyes, no quiso perder el nombre de esposa del Rey de los cielos y Señor de los que dominan. Por esta causa enamorados los coros angélicos de la hermosura de aquella alma purísima la presentaron al trono del Rey de los reyes, el cual la coronó con inmarcesible diadema de gloria. Tengamos pues en grande estima y aprecio esta virtud celestial; y pensemos que si su hermosura es tan agradable a los ojos de Dios, que ha querido ser glorificado por ella en tantos santos, la fealdad de los vicios contrarios a esta virtud le son muy desagradables y dignos de aborrecimiento y severo castigo.

Oración: Señor Dios, que quisiste que la bienaventurada reina Ediltrudis se conservase intacta aun en dos matrimonios: concédenos que sepamos dignamente estimar la virtud de la continencia; y podamos por la intercesión de la santa, observarla cada uno según pide su estado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

domingo, 21 de junio de 2026

De la predicación evangélica.

 


Lunes de la IV semana después de Pentecostés.

De la predicación evangélica.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Lunes de la IV semana después de Pentecostés.

De la predicación evangélica.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo viniendo la gente a oír la palabra de Dios, subió Cristo en la nave de san Pedro y desde allí los enseñó; bien pudiera predicarles en la tierra o subir en otra nave, pero escogió la de san Pedro porque desde ella había de dar al mundo la doctrina católica y verdadera. Da muchas gracias a Dios por esta merced que nos hizo: mírale predicando y enseñando desde aquella nave, y saca de este sermón una estima grande de la nave de san Pedro y de la doctrina que siempre nos enseña desde ella por medio de los sumos Pontífices sucesores suyos y por medio de los doctores, predicadores y confesores, y de los Padres espirituales, que son sombra de san Pedro, y persuádete delante de Dios, que él mismo los asiste y te enseña por su boca, у toma de aquí adelante sus palabras como dichas del Señor, y pídele gracia para estimarlas como tales y ponerlas en ejecución.

 

PUNTO II. Considera lo que dice san Lucas, que rogó Cristo a Pedro que apartase la nave un poco de la tierra para predicar, a donde has de ponderar dos cosas: la primera, que le rogó y no dice que le mandó, aunque pudiera como superior, en señándonos mansedumbre y humildad en las palabras y modo de decir, y cómo debes haberte con los súbditos si fueses superior, y mucho más tus iguales, cuando les pidieres alguna cosa; la segunda que los predicadores desean siempre tener cerca el auditorio, y Cristo pidió que se retirasen de él y de la tierra, para enseñarnos que para hacer fruto en los hombres es necesario retirarse de la familiaridad de los mismos hombres, y no juntarse mucho a ellos, y menos a la tierra, sino apartarse de lo terreno y remontarse a lo alto y sublime de lo celestial, y al trato familiar con Dios ¡Oh alma mía! si tomases esta lección y supieras dar de mano a todo lo terreno y colocar tu mente en lo divino y celestial, cuánto aprovecharías para ti y para tus prójimos: pídele a Dios esta gracia y no desistas de tu petición hasta que la alcances del Señor, y con ella alcanzarás un inestimable tesoro de virtudes.

 

PUNTO III. Considera cómo los discípulos estuvieron toda la noche solos pescando y no sacaron nada, y echando la red en el día y en compañía de Cristo cogieron un lance tan copioso que restauraron con él toda la pérdida pasada, para en señarnos que los lances que se echan a solas en la noche del pecado son trabajos perdidos y no se saca nada, y los que se echan en compañía de Cristo en el día y luz clara de la gracia, se logran y dan gran fruto ¡Oh alma mía! si tomases esta lección para lograr tus trabajos y sacar fruto de ellos; oye lo que te dice san Pablo, ¿qué fruto tienes ahora de las obras pasadas que refieres con empacho? ¿Qué has cogido de tantos afanes como has pasado en las tinieblas del pecado? Vuelve la hoja y deja las tinieblas, no trabajes en la noche del pecado: pide a Dios la luz, acompáñate con el Redentor, no te apartes de su compañía, llévale siempre contigo y sacarás a cada lance inmensos frutos por su gracia: arrójate a sus pies como san Pedro y pídele que te asista y que te enseñe, y que antes te aniquile que te deje y desampare.

 

PUNTO IV. Considera la admiración de san Pedro y de los otros discípulos viendo tan copiosa pesca; y admírate tú también de la que hicieron en los hombres, por la gracia del Señor, en toda la redondez del mundo, sacándolos de la ceguedad en que estaban y del profundo cieno de sus vicios, y dándoles la luz del cielo y reduciéndolos a su gracia; y pídele a Dios que no te dejen a ti en el cieno de tus pecados, sino que te saquen de ellos y seas uno de tantos como encaminaron al cielo ¡Oh Señor! no me dejes olvidado, cogedme en vuestra red, sacadme del mar inmenso de mis vicios en que estoy anegado, y reducidme al seguro de vuestra gracia, y llevadme en vuestra nave al puerto de vuestra gloria.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones

DÍA 22. ENTREGA DEL CORAZÓN DE JESÚS AL PADRE.

 


DÍA VEINTIDÓS

ENTREGA DEL CORAZÓN DE JESÚS

AL PADRE.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

DÍA VEINTIDÓS

(Año veintidós.)

ENTREGA DEL CORAZÓN DE JESÚS

AL PADRE.

 

Primer preludio. Jesús esperando las órdenes de su Padre.

Segundo. Pedir una plena sumisión a la voluntad de Dios.

Punto primero. Motivos. — Segundo. Modo. — Tercero. Efectos.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Motivos. En el dogma de la Providencia tenemos la razón y el fundamento de la confianza con que debe el cristiano entregarse en manos de Dios. Entre las verdades de la religión, pocas hay tan importantes y consoladoras como ésta, pocas que haya recomendado más el Salvador. “Ved a las aves del cielo, nos dice, que ni siembran ni siegan, y vuestro Padre celestial las mantiene. Considerad los lirios del campo cómo crecen. Si tanto cuida Dios una flor que no ha de vivir más que un día, ¿cuánto más cuidado no tendrá de vosotros, hombres de poca fe? Todos vuestros cabellos están contados. No temáis. Más valéis que los pajaritos del cielo, y ninguno de ellos caerá a tierra sin la voluntad de vuestro Padre celestial.”

¿Qué temes, pues, alma cristiana? ¿No es Dios tu Rey, tu pastor y tu padre? Si su providencia se extiende hasta a las avecillas y flores y demás cosas del orden natural, ¿cómo ha de descuidar las del orden sobrenatural? ¡Qué palabra tan consoladora! Mis intereses están en manos del Padre celestial, que sabe lo que me conviene, y puede dármelo, y quiere todo lo que me está bien, porque me ama. Dejémosle obrar y aprovechémonos de cuanto nos envíe para glorificar a nuestro Dios. En las adversidades es cuando más falta nos hace recordar esta lección. Por todo camino viene Dios a nosotros, y se nos da bajo cualquier forma, y nos favorece de todas maneras.

Mira, alma, si estás convencida de esta verdad.

El modo de practicar esta virtud nos lo enseña Jesús con su ejemplo, pues su vida y todo su ser lo puso en manos de la Providencia desde la Encarnación, según nos dice por el Profeta: “En tus brazos me he echado desde el seno de mi Madre.” (Salm. XXI,) “En ti, he buscado mi fuerza y apoyo.” (Salm. LXX.) “En tus manos está mi destino.” (Salm. XXX). Y en esta disposición estuvo toda su vida. “Yo soy, decía, un pobre y un mendigo, pero Dios tiene cuidado de mí.” (Salm. XL). Por último, al morir dijo estas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Luc. XXIII). En su vida oculta, dejó todo el cuidado de su persona a María y a José, no sólo en lo tocante al comer y al vestir, sino aun en lo que concernía a su misma existencia y salvación de su vida, como se vio en la huida a Egipto.

En la Eucaristía se entrega en manos de los sacerdotes, dejándose traer y llevar de una parte a otra, sin poner nunca resistencia, de cualquier manera que lo traten. ¡Qué ejemplo me da el Señor en su Sacramento a todas horas y momentos del día! ¡Cómo se entrega a mí cuando le recibo! ¿Vos, Señor, os entregáis a mí y yo no me entregaré a Vos?

 

PUNTO TERCERO.

 

Efectos de esta virtud. Si quieres agradar a Jesucristo, conságrate a su Corazón, ofrécete a su amor y confíale tus intereses. “Pocos llegan a esta perfecta y total entrega de sí mismos, pero todos deben trabajar por llegar a ella. Supone esta virtud tan alta una total indiferencia para todo, sin querer más que la voluntad divina en salud y enfermedad, penas y goces: teniendo en nada cuanto puede sufrirse en el mundo de tentaciones, sequedades aversiones y repugnancias. Esta es la virtud de las virtudes y la flor de la caridad.” Hasta aquí San Francisco de Sales.

Por lo que dice el santo doctor, conoceremos lo ventajosa que es al alma esta virtud, pues le da una tranquilidad inalterable en todos los acontecimientos de la vida, cuando sin ella andaría el alma cambiando del día a la noche y de la noche al día, siguiendo los cambios de todas las cosas que la rodean.

Si es de mucho valor este feliz estado, por la estabilidad que da al corazón humano, más se debe estimar, porque pone al alma en entera conformidad con los designios de Dios sobre ella. Nada puede el cirujano, si no se deja curar el paciente. Nada puede el artesano, si se le rompen las herramientas. Nada obrará Dios, si no nos dejamos gobernar por su divina mano.

Ofrécete, alma mía, al Señor que te crio, y no desarregles los planes de su Providencia sobre ti. Confía siempre, ruega con fervor y espera con calma, y di como Abraham a Isaac: “Dios proveerá.” Examina de dónde vienen tus inquietudes, y haz por sondear ese tu corazón tan lleno de excesiva solicitud y congoja. “Echad en Él toda vuestra solicitud, porque Él tiene cuidado de vosotros." (I Ped. V.)

 

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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