jueves, 3 de septiembre de 2026

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA

 



Viernes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, si Dios tiene providencia de que no falte nada al hombre de lo necesario para el cuerpo, mucho mejor la tendrá de que no falte lo necesario para su alma; pues, como dice el mismo Señor, es de mucho más valor y estima, y el fin a que se ordena mucho más alto, que es la vida eterna.

Conforme a esto has de ir discurriendo por las necesidades espirituales y los bienes eternos a que se ordena, y contemplar la providencia y cuidado paternal que tiene Dios de todos en común, previniendo que no les falte nada, y de ti en particular, para reconocer y agradecer las mercedes que te ha hecho y hace continuamente.

Considera en primer lugar cuán atento y prevenido ha estado Dios a darte sus auxilios y gracias para hacer buenas obras meritorias de la vida eterna, sin las cuales no pudieras hacer nada que fuese agradable a sus ojos. Mira cuántos beneficios se encierran en este beneficio, y cuántas gracias en esta gracia, sin la cual no pudieras haber hecho obra buena; y así, a la providencia divina y a su liberalidad debes cuanto has obrado en esta parte. Humíllate en la presencia de Dios, y dale gracias por ello, porque tu ingratitud no te haga indigno de recibir nuevas gracias y mercedes de su mano.

 

PUNTO II. Considera la providencia divina en prevenirte y armarte con su gracia para no ser vencido de las tentaciones y caer en manos de tus enemigos. Considera el cuidado que Dios ha tenido de ti, y cuán a tiempo te ha prevenido con sus auxilios, dándote buenos pensamientos contra los malos que te ocasiona el demonio, y buenos consejos contra los silbos de los malos amigos, quitándote las ocasiones de pecar y dándotelas para obrar bien.

Y pondera, otrosí, la medida con que Dios ha permitido que seas tentado, tomando primero el pulso a tu disposición, y midiendo las armas con tus fuerzas para que no cayeses en culpas, sino que antes salieses vencedor de la batalla, y sacases gran provecho para tu alma, así en esta vida, avivándote en el servicio de Dios y armándote con penitencia, vigilias, comuniones, oraciones y trabajos corporales contra tu enemigo, con grande usura de merecimientos; y en la otra, de gloria y galardón eterno.

Saca de aquí un afecto de agradecimiento a quien así te arma y enseña a pelear, y te da la victoria de tus enemigos; y ten ánimo varonil para despreciarlos, y una grande confianza en la divina bondad de que te ayudará en las batallas que tuvieres con ellos, hasta sacarte victorioso.

 

PUNTO III. Considera asimismo la providencia que Dios tiene de ti en las enfermedades y sucesos adversos de este mundo, los cuales, en su modo, son una guerra del alma, que la acometen para hacerla caer en impaciencias, y en desconfianza y tedio de las cosas espirituales.

Acuérdate que no se mueve una hoja en el árbol sin la voluntad de Dios, y que la Divina Majestad, que tiene bien contados los cabellos de tu cabeza, y no permite que te falte uno sin su voluntad y providencia, ordenándolo así todo para tu bien tan providamente, también sabe y ordena todo cuanto te sucede y te viene, así próspero como adverso; y todo viene registrado y dispuesto por su santa voluntad.

Está pesando la enfermedad que te aflige, y el enemigo que te murmura, y el que te contradice y te persigue, y la tempestad que arruina tus haciendas, y la mortandad que tala tu linaje, y todo cuanto adverso padeces; y puede con suma facilidad impedirlo, y no lo hace porque no te conviene; antes, con suma providencia, te envía estos trabajos para que te humilles y sufras, y pelees con paciencia como soldado de Cristo, y ganes en su compañía la corona.

Considera las guerras que padeció el Salvador; levanta los ojos a su cruz, y mira si tus trabajos tienen comparación con los suyos, y si le quiso menos su Eterno Padre que a ti; y pues, pudiendo tan fácilmente librarle, le dejó padecer, porque así convino a su gloria y a la nuestra, confórmate con su voluntad cuando te dejare padecer; no se caiga tu corazón, ni te vuelvas contra tus perseguidores, mas recibe el cáliz amargo como de la mano del Señor, como lo hacía el santo Job; pues todos son efectos de su divina providencia para su mayor gloria y provecho de tu alma.

 

PUNTO IV. Considera la divina providencia en la distribución de los talentos, así naturales como sobrenaturales, y en los dones del Espíritu Santo, y en las gracias especiales, que, como dice san Pablo (1), reparte por su voluntad, dando a cada uno conforme le conviene para su aprovechamiento: a unos, don de hablar varias lenguas; a otros, de profecía; a otros, de hacer milagros; a otros, de lanzar demonios; y a otros, de sanar enfermos con la virtud del mismo Espíritu; efectos todos de su providencia y de la que tiene de las almas, y de la tuya en particular, mirando siempre a tu mayor bien.

Considera los talentos que Dios te ha dado, y cómo los has empleado, y la cuenta que has de dar de ellos; y saca de aquí, lo primero, dolor y contrición de lo mal que te has aprovechado; y propósitos de trabajar y granjear con ellos en adelante. Lo segundo, afectos de agradecimiento al Señor por los que te ha dado, que no ha concedido a otros, los cuales se aprovecharan más de ellos y le sirvieran mejor que tú. Y lo tercero, una gran conformidad con la voluntad de Dios, así en los que te ha dado, como en los que no te ha concedido, reconociendo en su divina providencia que no te convenían, y que, si te los diera, te envanecieras con ellos, o cayeras en otros vicios con que dieras en tu perdición. Sujétate y humíllate a su santa voluntad, dándole gracias por todo.

(1) 1 Cor. 12.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

4. LA HUMILDAD DA LIBERTAD

 


DÍA 4

LA HUMILDAD DA LIBERTAD

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 4

LA HUMILDAD DA LIBERTAD

Los santos ofrecen numerosos ejemplos de esta humildad escondida. Los santos mártires, a quienes los emperadores ofrecían riquezas, dignidades o grandezas y todo ello los santos mártires lo estimaban como si fuera estiércol, pues para ellos el único bien era Dios, por quien estaban dispuestos a entregar sus vidas.

Algunos religiosos, aunque por obediencia o por necesidad de sus comunidades tengan que tratar con reyes, príncipes y personas importantes, llevan en su interior una profunda mortificación. Exteriormente pueden mostrarse alegres y tratar con cortesía, pero interiormente consideran aquellas grandezas como algo pasajero y sin valor delante de Dios. Para ellos, encontrarse en medio de sedas, riquezas y honores puede ser una verdadera sepultura del propio yo.

Lo mismo ocurre con el hombre que ha muerto al mundo y vive para Dios. Los aplausos, los honores y las apariencias exteriores no pueden darle verdadera grandeza, porque sabe que todo eso pasa rápidamente. Las riquezas y dignidades no pueden aumentar la verdadera humildad, porque esta no crece por lo que el hombre posee, sino por aquello de lo que es capaz de desprenderse.

Muy diferente es la actitud del soberbio. Este nunca está satisfecho con lo que Dios le ha dado y desea elevarse continuamente sobre los demás. Quiere aumentar su importancia, entrar en lo que no le pertenece y conseguir por cualquier medio aquello que ambiciona. Es semejante a la rana que quiso hacerse tan grande como el buey y, de tanto hincharse, terminó reventando. Así ocurre con quienes, siendo pequeños, quieren parecer grandes y buscan constantemente honores, linaje, poder y reconocimiento. Al final, en lugar de alcanzar la grandeza que desean, quedan más despreciados todavía.

El humilde, en cambio, no necesita añadir nada a su grandeza, porque su grandeza verdadera viene de Dios. Nadie puede aumentarla con riquezas, honores o reconocimientos humanos. Cuanto más se le aprieta con las cosas del mundo, más se desprende de ellas, como la anguila que se escurre cuando intentan sujetarla. Las estrecheces y dificultades de la vida no ensanchan su corazón hacia las cosas terrenas, sino que lo hacen volver con mayor fuerza hacia Dios.

Por eso, aunque el justo tenga que vivir entre poderosos y grandes, su corazón permanece libre. Puede estar entre ellos sin pertenecerles, servirles sin buscar su favor y hablarles sin dejarse dominar por sus grandezas. Como José, que dejó su capa en manos de la mujer que quiso tentarlo, el humilde está dispuesto a perder incluso aquello que exteriormente podría darle honra, antes que perder su fidelidad a Dios.

En definitiva, la verdadera humildad no consiste en aparentar pobreza ni en huir necesariamente de los honores, sino en reconocer que todo bien procede de Dios y que nada de lo creado merece ocupar su lugar. El humilde puede poseer o perder, ser honrado o despreciado, vivir entre pobres o entre príncipes, y permanecer siempre en la misma disposición interior: no atribuirse nada, despreciar las vanidades del mundo y guardar únicamente para Dios su corazón.

 

JACULATORIA: De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. (Salmo 113, 3).

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

Santa Rosa de Viterbo. – 4 de septiembre

 


Santa Rosa de Viterbo. – 4 de septiembre

(+ 1252)

 

Uno de los más brillantes ornamentos de la Tercera Orden de san Francisco y de la santa Iglesia, fue la penitente y maravillosísima doncella santa Rosa, natural de Viterbo. A los tres años de su edad resucitó a su abuela difunta, poco después recogiendo los pedazos de un cántaro que se le rompió a una niña, se lo volvió entero; queriendo su padre ver el alimento que llevaba para los pobres, se convirtió el pan en rosas. A los siete años se recogió a un aposento de su casa muy retirado, donde gastaba muchas horas en oración y maceraba su delicado cuerpo con tan ásperas penitencias, que se puso en grave peligro de perder la vida y la perdiera a no haberle traído del cielo la salud la santísima Virgen, que acompañada de coros de vírgenes se le apareció y le ordenó que tomase el hábito de la tercera Orden seráfica, y de ella al momento se lo vistió con singular devoción. Redobló sus admirables austeridades, mayormente después que se le apareció Jesús crucificado, cuya dolorosa imagen le quedó tan impresa en la mente y en el corazón, que la violencia del amor la traía como fuera de sí y la hacía correr por calles y plazas desahogando los ardores de su pecho y cantando las divinas alabanzas. Por aquel tiempo afligían a la Iglesia numerosos enemigos, favorecidos por el emperador Federico Barbarroja; y santa Rosa, siendo de doce años, ilustrada con ciencia infusa, rebatió y confundió a los herejes con los más sólidos e irrefragables argumentos, despreciando los terrores de los sectarios, y la muerte misma que le quisieron dar, de lo cual avergonzados, obtuvieron del gobernador de Viterbo que la arrojase de la ciudad so pretexto de que conmovía al pueblo. Caminando entre nieves y expuesta a perecer, llegó a Salerno, donde profetizó los prósperos sucesos que a poco se verificaron con la muerte del emperador. Vuelta a su patria fue recibida de sus conciudadanos con increíble regocijo. Quiso retirarse a la soledad en el monasterio de santa Clara; y como no fuese admitida, dijo que, pues no la recibían viva, la recibirían muerta. Para que no saliesen defraudados sus deseos de soledad y recogimiento, continuó en el retiro de su casa sus acostumbrados ejercicios de oración y penitencia, atormentando su inocente cuerpo con ayunos, cilicios y disciplinas, y esto con tanto mayor espíritu y fervor cuanto sentía más cercano el fin de su vida, que esperaba como el principio de otra eterna y bienaventurada en el cielo, adonde voló el alma purísima de la santa, el día 6 de marzo de 1252, a la temprana edad de solo diez y ocho años. Sepultaron el sagrado cadáver en el templo de santa María de Podio; pero a los pocos meses Alejandro VI, que se hallaba en Viterbo, amonestado tres veces de la santa, que trasladase su cuerpo al monasterio de santa Clara, lo hizo Su Santidad con triunfal magnificencia, cumpliéndose entonces el vaticinio que había hecho la santa cuando no fue admitida en aquel convento.

 

Reflexión: ¡Cómo se muestra en esta santa niña que Dios nuestro Señor escoge lo necio del mundo para confundir la sabiduría según la carne, lo flaco para confundir a los poderosos, lo vil y despreciado para confundir a los soberbios del siglo: en una palabra, lo que no es para confundir, a lo que es! Confiemos pues en Dios, y no temamos a los que pueden, sí, destruir el cuerpo, mas ningún daño pueden hacer al alma.

 

Oración: Oh Dios, que te dignaste admitir en el coro de tus santas vírgenes a la bienaventurada Rosa, concédenos por sus ruegos y merecimientos la gracia de expiar todas nuestras culpas y de gozar eternamente de la compañía de tu Majestad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 


Jueves de la XIV semana después de Pentecostés.

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 

          MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Jueves de la XIV semana después de Pentecostés.

DE LA PROVIDENCIA QUE DIOS TIENE DE LOS QUE CONFÍAN EN SU BONDAD.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que Cristo dijo: que no seamos solícitos del vestido, ni de la comida, ni de las cosas temporales, por cuanto nuestro Padre celestial sabe nuestras necesidades y cuida de prevenirlas para que nada nos falte.

Adonde has de ponderar que le llama Padre nuestro, porque ninguno hay tan amoroso para con sus hijos, ni tan solícito y cuidadoso de lo que necesitan, ni tan prevenido en proveerlos para que no les falte nada, como lo es Dios para con los suyos; porque los ama más que ellos se pueden amar a sí mismos, y cuida de todas sus cosas con mayor solicitud que ellos la pueden tener de sus cosas; y así solo les pide que cuiden de servirle, y él cuidará de sustentarlos.

¡Oh divino Señor! ¡Padre amoroso! Bendito seáis, que tantas mercedes nos hacéis. Gózome, Señor y Dios mío, de tener tal Padre, con que no tengo más que desear. Dadme gracia para que yo sea vuestro hijo en amaros y serviros como tengo obligación.

 

PUNTO II. Considera cómo Dios sustenta y cuida de todas las criaturas por ti. Mira la hermosura de las aves y la belleza de los campos matizados de flores, y la claridad de las fuentes, y la grandeza de los cielos variados de estrellas, y el resplandor del sol y de la luna, y la hermosura de todas las criaturas; y pasa luego a contemplar las celestiales, de que todo esto es un rasguño y una como sombra no más; y piensa y considera cuáles serán las del cielo, si tales son las de la tierra, y que Dios ha preparado con su infinita providencia todo esto para ti, para que lo goces y le alabes eternamente. Todo pertenece a su providencia y al cuidado que tiene de ti. Dale muchas gracias por ello, y ofrécete de nuevo a su servicio con mucho agradecimiento.

 

PUNTO III. Considera lo que Dios pretende con tan prevenida providencia, que es lo que dice Cristo en su Evangelio; conviene a saber, que descuides de lo temporal y pongas toda tu confianza en él; no porque lo hayas de dejar totalmente, esperando a sustentarte por milagro, sino, como dice san Jerónimo, dejando la solicitud y el demasiado cuidado que siempre anda mezclado con desconfianza, y poniéndola en la providencia de Dios.

Él cuida de ti, porque tú cuides de su servicio; él te provee de lo temporal, porque tú busques lo espiritual; y él te da lo más, que es el alma, y los auxilios y gracias para ir al cielo, para que fíes en su piedad que te dará lo menos, que es lo terreno, sin que te falte nada. Confía en el Señor y todo te sobrará.

Esta resolución, pues, debes sacar de esta meditación: descarga todos tus cuidados en Dios, y confía firmísimamente en su piedad como en amoroso y solícito Padre tuyo, que siempre te amparará; y, como dice santa Teresa de Jesús, los señores del mundo se afrentan de que anden ansiados y desconfiados los que los sirven de lo que han de comer, y mucho más se afrentará Dios de ver desconfiados a sus siervos, temiendo que les ha de faltar lo necesario para servirle.

 

PUNTO IV. Considera últimamente lo que concluye el Salvador, diciendo: Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os añadirá.

Donde has de ponderar que no se contenta Cristo con que deseen el reino de Dios y su justicia, esto es, su gracia, que los hace justos y santos, sino que sea con diligencia, con más solicitud y cuidado que los mundanos buscan y diligencian las riquezas.

Carga la consideración en el cuidado que ponen, y en los pasos que dan los hombres del siglo por alcanzar los bienes caducos de este mundo; y mira que te pide el Señor más cuidado y diligencia en buscar los espirituales del alma; y con esto te enriquecerás de ambos, porque te dará los espirituales y, de más a más, los temporales.

Mira en qué has empleado tus cuidados hasta aquí, y qué fruto has sacado de ellos, y en qué los has de emplear en adelante. Considera que eres peregrino sobre la tierra, adonde no tienes ciudad permanente, ni es aquí el lugar de tu morada. En la celestial Jerusalén te espera de asiento; allí has de vivir para siempre, que aquí has de estar muy poco. Pasa de paso por todo lo de acá, que con poco tienes harto, y no te ha de faltar, si confías en Dios como está dicho, y buscas su reino y su gracia en primer lugar.

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.