viernes, 4 de septiembre de 2026

DE LA PROVIDENCIA DIVINA EN LA VOCACIÓN A LOS ESTADOS, Y EN ESPECIAL AL RELIGIOSO

 


Sábado de la XIV semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA EN LA VOCACIÓN A LOS ESTADOS, Y EN ESPECIAL AL RELIGIOSO

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Sábado de la XIV semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA EN LA VOCACIÓN A LOS ESTADOS, Y EN ESPECIAL AL RELIGIOSO.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la divina providencia en la vocación a los estados, repartiendo a cada uno el que conoció con su infinita sabiduría que más le había de convenir para su santo servicio; de donde sacarás dos cosas: la primera es conformarte con su divina voluntad en el que te repartió, conociendo que es el que más te conviene para tu salvación, y que si te diera otro, aunque fuera más perfecto, pudiera ser que te condenaras en él, como se han condenado otros. La segunda es, si no le tienes, responder a su divina voz y tomar el que te diere, y no el que fuere más de tu gusto, o de tus padres, o parientes o amigos; porque no es el gusto de estos la regla de acertar, sino el de Dios y su santa voluntad, que te llama a lo que más te conviene; fíate de su palabra, y confía en su providencia, que te dará la gracia conforme a la vocación, y las fuerzas conforme a la carga, y los auxilios conforme al estado a que te llamare, para que le sirvas en él.

 

PUNTO II. Considera las obligaciones del estado en que Dios te ha puesto, y si cumples con ellas y te aprovechas de este beneficio para su santo servicio. Atiende a las mercedes que en él te hace, y cuánto le debes por ellas, y pídele otra gracia sobre esta gracia, para serle agradecido y cumplir con tus obligaciones, y con las que pide tu estado conforme a su santa voluntad.

 

PUNTO III. Considera la merced que te hizo Dios de traerte a tan perfecto estado, especialmente si es el sacerdotal o religioso, para servirle con perfección, y sacarte de infinitas ocasiones de perderte, y traerte a su casa en compañía de tantos buenos, que te ayuden con sus ejemplos y palabras a caminar al cielo. Considera a cuántos ha dejado en el mar proceloso del mundo, expuestos a tantos peligros, que si los hubiera sacado de él y traídolos al seguro de la religión, le hubieran servido más que tú y dádole mayores gracias por este beneficio; y Dios te los ha hecho a ti, y ni le sirves ni agradeces como debes. Arrójate a sus pies y pídele perdón, y mira cómo le has de servir en adelante para cumplir tu obligación.

 

PUNTO IV. Considera la divina providencia en guiarte desde la niñez al estado en que te ha puesto, dándote gracias, auxilios, inspiraciones, buenos consejos y ejemplos, rindiendo tu rebeldía hasta traerte a su casa y hacerte sacerdote, si lo fueres, o darte otro oficio o dignidad en su Iglesia. Considera la alteza en que te ha puesto, y la dignidad que te ha dado, y las obligaciones que penden de ella, y cómo las has cumplido hasta aquí, y cómo las has de cumplir en adelante; y pide al Señor gracia para mantenerte en tu estado y mejorarte en él, esmerándote cada día más en su santo servicio, que es el agradecimiento que pide de ti.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

5. LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

 


DÍA 5

LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 5

LA HUMILDAD, VIRTUD INTERIOR

La humildad es una virtud tan escondida que resulta peligroso querer demostrarla exteriormente. Cuando alguien pretende que los demás vean que es humilde, fácilmente deja de serlo, porque la humildad verdadera no busca ser conocida ni reconocida. En cuanto el hombre se da cuenta de que es humilde y se complace en ello, corre el peligro de convertir esa virtud en soberbia o hipocresía.

Por eso es un engaño pedir al justo que dé muestras de humildad. La verdadera humildad vive en lo más profundo del corazón, donde nadie puede verla con claridad. La Sagrada Escritura la presenta como un corazón contrito y humillado: un corazón deshecho, que no busca afirmarse ni engrandecerse. Precisamente porque la humildad hace al hombre pequeño ante sus propios ojos, no puede medirse por vestidos, gestos, palabras o apariencias exteriores.

No es más humilde el religioso que lleva los pies descalzos, los vestidos remendados o los ojos bajos. También la soberbia puede servirse de esas mismas cosas para ocultarse. Puede haber quien se humille exteriormente y, sin embargo, busque interiormente el reconocimiento y la admiración de los demás. La soberbia sabe adoptar muchas formas y puede esconderse incluso bajo las apariencias más pobres.

Por eso no debemos juzgar el espíritu de una persona únicamente por lo que vemos exteriormente. Los Apóstoles, que eran pobres pescadores, se enfrentaron a un mundo entero para anunciar a Cristo. Podían parecer soberbios o presuntuosos a quienes no entendían su misión, pero su vida demostró todo lo contrario: no buscaban honores ni riquezas, sino la salvación de las almas. Trabajaban con sus propias manos, sufrían cárceles, cadenas, persecuciones y muerte, y todo lo soportaban por amor a Dios y al prójimo.

Lo mismo encontramos en san Francisco. Su pobreza exterior y su humildad no le impidieron tratar con Papas, cardenales y grandes personajes, ni influir profundamente en muchas almas. Lo importante no era el lugar donde se encontraba, sino lo que buscaba con ello. Después de haber alcanzado tanto fruto, no quiso quedarse con ninguna grandeza para sí. Su vida demuestra que el humilde puede encontrarse en medio de los poderosos sin hacerse poderoso de corazón.

Por eso, para conocer la verdadera humildad de una persona, hay que mirar sobre todo a su finalidad y al fruto de sus obras. Si alguien trata con grandes personajes y, después de hacerlo, vuelve a su vida sencilla sin apropiarse de honores, riquezas o reconocimientos, no debemos juzgarlo por las apariencias. Puede haber en ello una verdadera humildad que permanece escondida a los ojos de los hombres.

El corazón humilde recibe las cosas de este mundo como un cauce recibe el agua: no para quedárselas, sino para dejarlas pasar. Puede recibir honores, riquezas o responsabilidades cuando Dios se las confía, pero no permite que se peguen a su corazón. Las utiliza para el servicio de Dios y del prójimo y, cuando ya no son necesarias, las deja sin pesar.

 

JACULATORIA: Señor, que mi corazón no sea ambicioso ni mis ojos altaneros.   (Salmo 130, 1)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

Los santos Rómulo, Eudoxio, Zenón, Macario y 1104 compañeros mártires. — 5 de septiembre

 


Los santos Rómulo, Eudoxio, Zenón, Macario y 1104 compañeros mártires. — 5 de septiembre

(+ siglo I)

 

El fortísimo soldado de Cristo san Rómulo, era mayordomo del emperador Trajano y servíale con tanta fidelidad y diligencia que mereció gozar de toda su confianza. Enviado en cierta ocasión por el emperador a las Galias, para que se enterase por sí mismo del estado de las legiones que allí tenía, y obligase a todos los soldados a sacrificar a los dioses, cumplió su encargo Rómulo con toda lealtad y celo; mas ni con promesas, ni con amenazas logró vencer la resistencia de muchos soldados que eran cristianos; a todo estaban dispuestos antes que a hacer aquel sacrificio                                                                                       abominable. Era capitán de aquellas tropas Eudoxio, ciudadano romano no menos fiel a la ley de Cristo que el emperador, el cual le había ennoblecido con las más altas condecoraciones del imperio; mas no fue todo esto bastante para que obedeciese a sus impías órdenes y desobedeciese a las del verdadero Dios. Así que llegó a los oídos del tirano la obstinación de aquellas tropas, mandó que fuesen trasladadas desde las Galias a Melitina de Armenia, y que en el viaje les hiciesen padecer grandes fatigas y malos tratamientos: los cuales sufrieron aquellos soldados de Cristo, con tan maravillosa fortaleza, que espantado de ella el mismo Rómulo que les afligía, abrió los ojos a la fe y arrepintióse de lo que había hecho; y presentándose al emperador, le confesó que también él era cristiano, y que todo lo menospreciaba y tenía en poco a trueque de vivir y morir como siervo de Cristo. Enojóse sobremanera el emperador al oír la confesión de su mayordomo; y en castigo de su desacato, que por tal lo tenía, mandó que luego le cortasen la cabeza y así se ejecutó. Tampoco quiso el Señor que perdiesen la corona aquellos invictos soldados, que habían comenzado ya a ganarla negándose a sacrificar a los ídolos, como Rómulo, siendo gentil, les había mandado; y así algunos años después, en tiempo del emperador Maximiano, enviáronse nuevas órdenes al prefecto de Melitina para que obligara a todos los soldados de su guarnición a que adorasen los dioses del imperio, condenando a muerte a cuantos se resistiesen a obedecer al mandato imperial. Entonces Eudoxio, que era como se ha dicho capitán de aquella legión, respondió que sus soldados cristianos de ninguna manera se contaminarían con aquella sacrílega idolatría, y luego les hizo una fervorosa exhortación diciéndoles que pues tenían valor, como buenos soldados, para morir en un combate por la esperanza de una victoria incierta y de una recompensa temporal, ¡cuánto más animosos habían de estar para dar la vida por Jesucristo, sabiendo que alcanzaban seguramente mucho más esclarecida victoria, y una recompensa perdurable! Esforzados con estas palabras y precedidos de Eudoxio, Zenón y Macario, ofrecieron todos alegremente su cerviz al cuchillo, y en número de mil ciento cuatro, recibieron en un día mismo la corona de su confesión, y la palma gloriosa del martirio.

 

Reflexión: Mírense en este ilustre ejemplo de fidelidad a Cristo señaladamente los militares cristianos; y ya que como buenos soldados muestran su valor arrostrando cualquier peligro de muerte, no quieran faltar por cosa del mundo a la lealtad que deben a su divino Capitán, Rey y Señor Jesucristo; a quien todos debemos servir fielmente, y en cuya honra y amor hemos de vivir y morir para alcanzar la corona de los cielos.

 

Oración: Oh Dios, que concedes la gracia de celebrar la fiesta de tus bienaventurados mártires Rómulo, Eudoxio, Zenón, Macario y demás compañeros de su martirio; otórganos también la dicha de poder gozar con ellos de la alegría y eterna felicidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


 

jueves, 3 de septiembre de 2026

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA

 



Viernes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XIII semana después de Pentecostés

DE LA PROVIDENCIA DIVINA ACERCA DE LOS BIENES ESPIRITUALES DEL ALMA.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, si Dios tiene providencia de que no falte nada al hombre de lo necesario para el cuerpo, mucho mejor la tendrá de que no falte lo necesario para su alma; pues, como dice el mismo Señor, es de mucho más valor y estima, y el fin a que se ordena mucho más alto, que es la vida eterna.

Conforme a esto has de ir discurriendo por las necesidades espirituales y los bienes eternos a que se ordena, y contemplar la providencia y cuidado paternal que tiene Dios de todos en común, previniendo que no les falte nada, y de ti en particular, para reconocer y agradecer las mercedes que te ha hecho y hace continuamente.

Considera en primer lugar cuán atento y prevenido ha estado Dios a darte sus auxilios y gracias para hacer buenas obras meritorias de la vida eterna, sin las cuales no pudieras hacer nada que fuese agradable a sus ojos. Mira cuántos beneficios se encierran en este beneficio, y cuántas gracias en esta gracia, sin la cual no pudieras haber hecho obra buena; y así, a la providencia divina y a su liberalidad debes cuanto has obrado en esta parte. Humíllate en la presencia de Dios, y dale gracias por ello, porque tu ingratitud no te haga indigno de recibir nuevas gracias y mercedes de su mano.

 

PUNTO II. Considera la providencia divina en prevenirte y armarte con su gracia para no ser vencido de las tentaciones y caer en manos de tus enemigos. Considera el cuidado que Dios ha tenido de ti, y cuán a tiempo te ha prevenido con sus auxilios, dándote buenos pensamientos contra los malos que te ocasiona el demonio, y buenos consejos contra los silbos de los malos amigos, quitándote las ocasiones de pecar y dándotelas para obrar bien.

Y pondera, otrosí, la medida con que Dios ha permitido que seas tentado, tomando primero el pulso a tu disposición, y midiendo las armas con tus fuerzas para que no cayeses en culpas, sino que antes salieses vencedor de la batalla, y sacases gran provecho para tu alma, así en esta vida, avivándote en el servicio de Dios y armándote con penitencia, vigilias, comuniones, oraciones y trabajos corporales contra tu enemigo, con grande usura de merecimientos; y en la otra, de gloria y galardón eterno.

Saca de aquí un afecto de agradecimiento a quien así te arma y enseña a pelear, y te da la victoria de tus enemigos; y ten ánimo varonil para despreciarlos, y una grande confianza en la divina bondad de que te ayudará en las batallas que tuvieres con ellos, hasta sacarte victorioso.

 

PUNTO III. Considera asimismo la providencia que Dios tiene de ti en las enfermedades y sucesos adversos de este mundo, los cuales, en su modo, son una guerra del alma, que la acometen para hacerla caer en impaciencias, y en desconfianza y tedio de las cosas espirituales.

Acuérdate que no se mueve una hoja en el árbol sin la voluntad de Dios, y que la Divina Majestad, que tiene bien contados los cabellos de tu cabeza, y no permite que te falte uno sin su voluntad y providencia, ordenándolo así todo para tu bien tan providamente, también sabe y ordena todo cuanto te sucede y te viene, así próspero como adverso; y todo viene registrado y dispuesto por su santa voluntad.

Está pesando la enfermedad que te aflige, y el enemigo que te murmura, y el que te contradice y te persigue, y la tempestad que arruina tus haciendas, y la mortandad que tala tu linaje, y todo cuanto adverso padeces; y puede con suma facilidad impedirlo, y no lo hace porque no te conviene; antes, con suma providencia, te envía estos trabajos para que te humilles y sufras, y pelees con paciencia como soldado de Cristo, y ganes en su compañía la corona.

Considera las guerras que padeció el Salvador; levanta los ojos a su cruz, y mira si tus trabajos tienen comparación con los suyos, y si le quiso menos su Eterno Padre que a ti; y pues, pudiendo tan fácilmente librarle, le dejó padecer, porque así convino a su gloria y a la nuestra, confórmate con su voluntad cuando te dejare padecer; no se caiga tu corazón, ni te vuelvas contra tus perseguidores, mas recibe el cáliz amargo como de la mano del Señor, como lo hacía el santo Job; pues todos son efectos de su divina providencia para su mayor gloria y provecho de tu alma.

 

PUNTO IV. Considera la divina providencia en la distribución de los talentos, así naturales como sobrenaturales, y en los dones del Espíritu Santo, y en las gracias especiales, que, como dice san Pablo (1), reparte por su voluntad, dando a cada uno conforme le conviene para su aprovechamiento: a unos, don de hablar varias lenguas; a otros, de profecía; a otros, de hacer milagros; a otros, de lanzar demonios; y a otros, de sanar enfermos con la virtud del mismo Espíritu; efectos todos de su providencia y de la que tiene de las almas, y de la tuya en particular, mirando siempre a tu mayor bien.

Considera los talentos que Dios te ha dado, y cómo los has empleado, y la cuenta que has de dar de ellos; y saca de aquí, lo primero, dolor y contrición de lo mal que te has aprovechado; y propósitos de trabajar y granjear con ellos en adelante. Lo segundo, afectos de agradecimiento al Señor por los que te ha dado, que no ha concedido a otros, los cuales se aprovecharan más de ellos y le sirvieran mejor que tú. Y lo tercero, una gran conformidad con la voluntad de Dios, así en los que te ha dado, como en los que no te ha concedido, reconociendo en su divina providencia que no te convenían, y que, si te los diera, te envanecieras con ellos, o cayeras en otros vicios con que dieras en tu perdición. Sujétate y humíllate a su santa voluntad, dándole gracias por todo.

(1) 1 Cor. 12.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.