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viernes, 14 de agosto de 2026

DÉCIMO QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS. Dom Gueranger

 

DÉCIMO QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Dom Gueranger

 

Nuestro Señor nos hizo resucitar de la muerte eterna, tal como revivió al joven de Naím. Al igual que Cristo,  la Iglesia Católica se lamenta por los pecadores, y se compadece de ellos como la pobre viuda de su hijo.

MISA

El episodio conmovedor de la viuda de Naim da hoy nombre al Décimoquinto Domingo después de Pentecostés. El Introito nos ofrece un modelo de las oraciones que debemos dirigir al Señor en todas nuestras necesidades. El Hombre-Dios prometió (Domingo anterior), socorrer sirvamos fielmente buscando antes que nada su reino. Al dirigirle nuestras súplicas, mostrémonos confiados en su palabra como es justo que lo seamos, y así oirá nuestros ruegos.

INTROITO

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; y óyeme: salva, oh Dios mío, a tu siervo, que espera en ti: ten piedad de mí, Señor, pues clamo a ti todo el día. — Salmo: Alegra el alma de tu siervo: ya que a ti, Señor, elevo mi alma. V. Gloria al Padre.

La humildad de la Iglesia en las súplicas que dirige al Señor es un ejemplo para nosotros. Si la Esposa obra así con Dios, ¿qué disposiciones de humillación deben ser las nuestras al comparecer ante la soberana Majestad? Con razón podemos decir a esta tierna Madre, como los discípulos al Salvador: ¡Enséñanos a orar! En la Colecta, unámonos a ella.

COLECTA

Haz, Señor, que tu continua misericordia purifique y proteja a tu Iglesia: y, ya que sin ti no puede mantenerse salva, sea siempre gobernada por tu gracia. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Gálatas (Gal., V, 25-26; VI, 1-10).

Hermanos: Si vivimos del espíritu, caminemos también en el espíritu. No codiciemos la gloria vana, provocándonos mutuamente, envidiándonos unos a otros. Hermanos, si alguno cayere en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, instruid a ese tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, para que no seas tentado tú también. Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque, si alguien cree ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. Examine, pues, cada cual sus obras, y así sólo tendrá gloria en sí mismo y no en otro. Porque cada cual llevará su carga. Y, el que es catequizado de palabra, comunique todos sus bienes al que le catequiza. No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque, lo que sembrare el hombre, eso recogerá. Por tanto, el que sembrare en su carne, cosechará de la carne corrupción: mas, el que sembrare en el espíritu, cosechará del espíritu vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien: porque, si no nos cansáremos, segaremos a su tiempo. Así que, mientras tenemos tiempo, obremos el bien con todos, pero principalmente con los hermanos en la fe.

PERSEVERANCIA EN LA LUCHA

La Santa Madre Iglesia vuelve a tomar la lectura de San Pablo donde la dejó hace ocho días. Sigue siendo objeto de las instrucciones apostólicas la vida espiritual, la vida engendrada por el Espíritu Santo en nuestras almas para suceder a la de la carne. Aunque hayamos domado la carne, no debemos por eso creer que está terminado el edificio de nuestra perfección; y es que la lucha debe continuar después de la victoria si no queremos ver comprometidos los resultados; pero además se precisa vigilancia para que una u otra de las tres concupiscencias no aproveche el momento para retoñar ni causar heridas, tanto más peligrosas cuanto menos se pensaba en preservarse de ellas, mientras el alma dirige su esfuerzo a otra cosa.

La vanagloria, principalmente, exige al hombre que quiere servir a Dios un continuo vivir alerta, porque siempre está presta a infectar con su veneno sutil hasta los actos de la humildad y de la penitencia.

HUIR DE LA VANAGLORIA

¿Qué insensatez sería la de un condenado a quien la flagelación le ha salvado de la pena capital que había merecido, si se gloriase de los azotes con que se castiga a los esclavos y que él lleva impresos en su carne? ¡No tengamos jamás semejante locura! Y, sin embargo, de ello, se diría que podíamos tenerla, ya que el Apóstol, a continuación de sus avisos sobre la mortificación de las pasiones, nos hace la recomendación de evitar la vanagloria. En efecto, nunca estaremos totalmente seguros en esta parte mientras la humillación física que inflijamos al cuerpo no tenga en nosotros como principio la humillación consciente del alma ante su miseria. También los antiguos filósofos tenían sus máximas acerca del dominio de los sentidos; y la práctica de estas célebres máximas era escalón de que se valía su orgullo para alzarse hasta los cielos. Es que, en esto, estaban muy lejos de los sentimientos de nuestros padres en la fe, los cuales, en cilicio y postrados en tierra[1], clamaban en lo íntimo de su corazón: "Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran misericordia; porque fui concebido en la iniquidad y mi pecado está siempre ante mí"[2].

LAS OBRAS DE LA CARNE

Castigar por vanidad el cuerpo, ¿qué otra cosa es sino lo que San Pablo llama hoy "sembrar en la carne" para recoger en lo porvenir, es decir, en el día de la manifestación de los pensamientos de los corazones[3], no la gloria y la vida, mas la confusión y la vergüenza eterna? Entre las obras de la carne enumeradas en la Epístola precedente se encuentra, en efecto, no sólo los actos impuros, sino también las disputas, las disensiones, las envidias[4], pero ordinariamente nacen de esta vanagloria, en la que quiere el Apóstol que reparemos en este momento. La reproducción de estos actos detestables sería una señal bastante segura de que la savia de la gracia había cedido el lugar a la fermentación del pecado en nuestras almas, y en este caso, otra vez esclavos, caeríamos debajo de la ley y sus terribles sanciones. De Dios no se mofa nadie; la confianza que da justamente la fidelidad sobreabundante del amor a todo el que vive del Espíritu, no pasaría de ser, en estas condiciones, una falsificación hipócrita de la santa libertad de los hijos del Altísimo. Sólo son hijos suyos los que son guiados del Espíritu Santo[5] en la caridad[6]; los demás son hijos de la carne y no pueden agradar a Dios[7].

LA CARIDAD FRATERNA

Por el contrario, si queremos una señal cierta de que estamos unidos a Dios, seamos indulgentes con nuestros hermanos considerando nuestra propia miseria, en vez de tomar ocasión de sus defectos y faltas para envanecernos; si caen, tendámosles una mano caritativa y discreta; llevemos mutuamente nuestras cargas en el camino de la vida, y entonces, habiendo cumplido la ley de Cristo, sabremos[8] que estamos en él y él en nosotros.

Estas inefables palabras, que usó Jesús para indicar su futura intimidad con todo el que comiese la carne del Hijo del Hombre y bebiese su sangre en el banquete divino[9], San Juan, que las refiere, las cita palabra por palabra en sus Epístolas para aplicarlas a los que observan en el Espíritu Santo el mandamiento del amor de los hermanos[10].

¡Ojalá resuene siempre en nuestros oídos esta palabra del Apóstol: Mientras tenemos tiempo, hagamos el bien a todos! Porque llegará el día, y no está lejos, en que el ángel del libro misterioso dejará oír su voz en el espacio y, con la mano levantada al cielo, jurará por Aquel que vive en los siglos sin fin que el tiempo ha terminado[11]. Y entonces el hombre recogerá con alegría lo que había sembrado con lágrimas[12]; como no se cansó de obrar el bien en las regiones oscuras del destierro, menos se cansará todavía de cosechar sin fin en la clara luz del día de la eternidad.

Al cantar el Gradual, pensemos que, si la alabanza agrada al Señor, es a condición de que salga de un alma donde reine la armonía de las virtudes. La vida cristiana, ajustada a los diez mandamientos, es el salterio de diez cuerdas[13], de donde el Espíritu Santo, que es el dedo de Dios, hace subir hacia el Esposo acordes que arroban su corazón.

GRADUAL

Es bueno alabar al Señor: y salmodiar a tu nombre, oh Altísimo. V. Para aclamar por la mañana tu misericordia, y tu verdad por la noche.

Aleluya, aleluya. V. Porque el Señor es un Dios grande, es el Rey de toda la tierra. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Lucas (Luc., VII, 11-16).

En aquel tiempo iba Jesús a una ciudad, que se llama Naim: e iban con El sus discípulos y mucho gentío. Y, al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre: y ésta era viuda: y venía con ella mucha gente de la ciudad. Cuando la vio el Señor, movido de piedad hacia ella, la dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro. (Y se detuvieron los que lo llevaban.) Y dijo: Joven, yo te lo mando: levántate. Y se incorporó el que estaba muerto, y comenzó a hablar. Y se lo dio a su madre. Y se apoderó de todos el temor: y alabaron a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo.

LA MUERTE ESPIRITUAL

Comentando este Evangelio, nos dice San Agustín en la homilía que se lee esta misma noche en Maitines: "Si la resurrección de este joven colma de alegría a la viuda, su madre, nuestra Madre la Santa Iglesia se regocija también todos los días al ver resucitar espiritualmente a los hombres. El hijo de la viuda había muerto de muerte corporal; éstos habían muerto en el alma. Visiblemente, empero, se lloraba la muerte visible del primero, mientras que ni siquiera se advertía la muerte invisible de estos últimos.

"Nuestro Señor Jesucristo quería que los milagros que obraba en los cuerpos se interpretasen en un sentido espiritual. No hacía milagros por sólo hacer milagros, sino que deseaba que, al excitar la admiración de los que los veían, a la vez estuviesen llenos de verdad para los que comprendían el sentido. Los que fueron testigos oculares de los milagros de Jesucristo, sin comprender su significado, sin penetrar lo que ellos dicen a las almas ilustradas, estos tales sólo han admirado el hecho material del milagro; pero otros han admirado a la vez los hechos y han comprendido su significado. De éstos debemos ser nosotros en la escuela de Jesucristo...

"Escuchémosle, pues, y el fruto sea éste: en los que viven, conservar solícitamente la vida, y en los que están muertos, recobrarla lo más pronto posible"[14].

EL BUEN CELO

Cristianos preservados de la defección por la misericordia del Señor, a nosotros nos toca tomar parte en las angustias de la Iglesia y ayudar en todo las diligencias de su celo para salvar a nuestros hermanos. No basta no ser de los hijos insensatos que son el dolor de su madre[15] y deshonran el seno que los llevó[16]. Aunque no supiésemos por el Espíritu Santo que honrar a su madre es atesorar[17], el solo recuerdo de lo que la costó nuestro nacimiento[18], nos induciría a no perder ocasión de enjugar sus lágrimas. La Iglesia es la Esposa del Verbo, a cuyas bodas aspiran también nuestras almas; si es cierto que esa unión es la nuestra igualmente, lo debemos probar, como la Iglesia, manifestando en nuestras obras el único pensamiento, el único amor que comunica el Esposo en sus intimidades, porque no tiene otro en su corazón: el pensamiento de restaurar en el mundo la gloria de su Padre, el amor de salvar a los pecadores.

En el Ofertorio cantamos con la Iglesia sus esperanzas cumplidas; no quede nunca muda nuestra boca ante los beneficios del Señor.

OFERTORIO

Esperé con paciencia al Señor, y me miró: y oyó mi súplica: y puso en mi boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

En la Secreta nos ponemos al amparo omnipotente de los divinos misterios.

SECRETA

Guárdennos, Señor, tus misterios; y nos defiendan siempre contra las incursiones diabólicas. Por Nuestro Señor Jesucristo.

En Jesús todo es vida y fuente de vida. Su palabra hizo volver de la muerte al hijo de la viuda de Naim; su carne es la vida del mundo en el pan consagrado, como canta la Antífona de la Comunión.

COMUNIÓN

El pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo.

No será perfecta en nosotros la unión divina mientras el misterio de amor no domine de tal forma nuestras almas y nuestros cuerpos, que sean plena posesión suya y no encuentren ya su dirección más que en El y no en la naturaleza. Esto lo explica y lo pide la Poscomunión.

POSCOMUNIÓN

Suplicámoste, Señor, hagas que la virtud de este don celestial posea nuestras almas y nuestros cuerpos: para que no domine en nosotros nuestro sentido, sino que siempre nos prevenga su efecto. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: GUERANGER, Dom Prospero. El Año Litúrgico. Burgos, España. (1954) Editorial Aldecoa.


[1] Par., XXI, 16, etc.

[2] Sal., L, 3, 5-7.

[3] I Cor., IV, 5.

[4] Gal., V, 19-21.

[5] Rom., VIII, 14.

[6] Gal., IV, 13.

[7] Rom., VIII, 8.

[8] I S. Juan, IV, 13.

[9] S. Juan VI, 57.

[10] I S. Juan III, 23-24; IV, 12-13.

[11] Apoc., X, 1-6.

[12] Salm., CXXV, 5.

[13] Sal., CXLIII, 9.

[14] San Agustín, Sermón XCVIII.

[15] Prov., XVII, 25.

[16] Ibid., XXX, 17.

[17] Ecl., III, 5.

[18] Tob., IV, 4.

 

DÉCIMO TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS. Dom Gueranger

 


DÉCIMO TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Dom Gueranger

La Liturgia nos muestra que con toda fe debemos poner nuestra esperanza en Jesucristo, nuestro refugio; y debemos pedirle la virtud de la caridad, que nos hará amar la Divina Ley, y practicarla. Recemos pidiendo que Dios se digne aumentar nuestra fe, esperanza y caridad. 

La serie de domingos que en otro tiempo arrancaba de la solemnidad de San Pedro o de los Apóstoles, nunca propasaba a este domingo. La fiesta de San Lorenzo daba su nombre a los que siguen, como ocurría desde el Domingo nono después de Pentecostés, en los años en que la Pascua se distanciaba más del equinoccio de primavera. Cuando la fecha de Pascua caía muy próxima a su punto extremo se empezaban a contar desde este Domingo las semanas del séptivio mes (septiembre).

Las Témporas de otoño pueden caer ya en esta semana, pero también puede ocurrir que no lleguen hasta el décimoctavo Domingo. En nuestra explicación seguiremos el orden adoptado en el misal, que las pone a continuación del décimoséptimo Domingo después de Pentecostés.

En Occidente el décimotercer Domingo toma hoy su nombre del Evangelio de los diez leprosos que se lee en la misa; por el contrario, los griegos, para quienes es el Domingo trece de San Mateo, leen en él la parábola de la viña, cuyos obreros llamados a diversas horas del día, reciben todos idéntica recompensa.

 

MISA

EL RECUERDO DE LOS TIEMPOS PASADOS

La Iglesia, en posesión de las promesas que el mundo esperó tanto tiempo, gusta mucho de recordar una y otra vez los sentimientos que llenaron el alma de los justos durante los siglos angustiosos en que el género humano vegetaba en las sombras de la muerte. Tiembla a vista del peligro en que sus hijos se encuentran de olvidar en la prosperidad la situación desastrosa que la Sabiduría eterna les ha evitado, llamándolos a vivir en los tiempos que han sucedido al cumplimiento de los misterios de la Redención. De un olvido así tendría que nacer naturalmente la. ingratitud que el Evangelio del día justamente condena. Por eso la Epístola y, antes que ella el Introito, nos transportan al tiempo en que el hombre vivía sólo de esperanza bien que se le hubiese hecho promesa de una alianza sublime. Esta debía consumarse en los siglos posteriores; mas entretanto el hombre en espera de volver a encontrar el amor se hallaba en una gran miseria, a merced de la perfidia de Satanás y expuesto a las represalias de la justicia divina.

INTROITO

Mira a tu alianza, Señor, no desampares por siempre las almas de tus pobres: levántate, Señor, y defiende tu causa y no olvides las voces de los que te buscan. — Salmo: ¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tus pastos? V. Gloria al Padre.

LAS VIRTUDES TEOLOGALES

Hace ocho días vimos el papel que desempeña la fe y la importancia de la caridad en el cristiano que vive en la ley de la gracia. La esperanza le es necesaria también porque, aunque sustancialmente posea los bienes que le harán feliz por toda la eternidad, la oscuridad de este mundo de destierro se los oculta a la vista; además, la vida presente, como tiempo de prueba en que debe cada uno merecer su corona hace que hasta el final de la misma sientan aun los mejores la incertidumbre y las amarguras de la lucha. Por eso debemos implorar con la Iglesia en la Colecta el aumento en nosotros de las tres virtudes fundamentales de fe, esperanza y cardad; mas, para llegar a gozar en el cielo del pleno cumplimiento de todos los bienes que Dios nos ha prometido, nos es necesaria desde ahora la gracia de amar de todo corazón sus mandamientos, que son el camino que lleva allá y se resumen, según el Evangelio del Domingo pasado, en el amor.

COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, danos aumento de fe, esperanza y caridad: y, para que merezcamos alcanzar lo que prometes, haznos amar lo que mandas. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Gálatas (Gal., III, 16-22).

Hermanos: Las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendiente. No dice: Y a sus descendientes, como si fuesen muchos; sino, como si fuese uno sólo: Y a tu descendiente, que es Cristo. Y yo digo esto: Que el pacto confirmado por Dios no fué abrogado por la Ley, publicada cuatrocientos treinta años después, ni la promesa fué anulada. Porqué, si la herencia viniese por la Ley, ya no vendría por la promesa. Pero Dios hizo la donación a Abraham por promesa. ¿Para qué sirve, pues, la Ley? Fué puesta por causa de las transgresiones, hasta que viniese el descendiente a quien había sido hecha la promesa, y fué promulgada por ángeles y por mano de un mediador. Pero el mediador no es de uno solo; Dios, en cambio, es Uno solo. ¿Luego la Ley va contra las promesas de Dios? De ningún modo. Porque, si se hubiese dado una ley que pudiese vivificar, entonces la justicia vendría verdaderamente de la Ley. Pero la Escritura lo encerró todo bajo del pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por la fe en Jesucristo.

LA LIBERTAD DEL CRISTIANO

A lo largo de este dilatado período del Tiempo que sigue a Pentecostés, dedicado a gloriñcar la acción del Espíritu Santo como santiñcador del mundo, la Iglesia se complace en recordar con frecuencia en la Liturgia los acontecimientos memorables que libertaron al hombre del yugo de la ley del temor para someterle al suave y ligero de la ley del. amor. La Epístola de este Domingo décimo - tercero nos recuerda que la obra divina de nuestra liberación se fué preparando muy lentamente. Como los judíos continuaban teniéndose por un pueblo privilegiado y sostenían por eso que la salvación sólo se podía conseguir por la observancia de la Ley mosaica, ley de esclavitud, San Pablo les recuerda al instante que la salvación se prometió mucho antes de Moisés y que la promesa va vinculada no a la Ley mosaica, sino a la fe en el que algún día había de venir al mundo para redimir a los hombres. Al cumplirse esta promesa, la Ley antigua quedó para siempre anulada.

LA PROMESA MESIÁNICA

Ahora bien, los judíos conocen mejor que nadie esta promesa y sus particulares condiciones. La hizo Dios en la antigüedad a Abraham, la renovó a los Patriarcas y la confirmó con juramento. Esa promesa, en la posteridad de Abraham, siempre tiene en vista al que es la fuente y origen de la bendición. Por eso no dice el texto sagrado que las promesas vayan dirigidas a Abraham y a sus hijos, sino a su hijo, a su vástago, al único de quien históricamente se puede afirmar que es la bendición del mundo.

Cuando un hombre promete, su promesa puede cambiar, y sólo es definitiva después de su muerte; pero, como Dios no puede morir, la firmeza de la promesa divina queda asegurada de otra manera: por su solemnidad, por su reiteración, con un juramento. Siendo así de firmes los designios de Dios, no se puede admitir que la Ley mosaica, que llegó cuatrocientos treinta años más tarde que la promesa, la pudiese anular, como no pudo tampoco romper el pacto hecho por Dios. Por tanto, una de dos: la justificación, filiación divina, herencia del cielo y todo cuanto nos une con el orden sobrenatural, o lo debemos a la ley dada a Moisés o a la promesa que hizo el Señor a Abraham. Mas no cabe duda: todo ha venido a nosotros en atención a la promesa hecha a Abraham y no en atención a la ley que dió Dios a Moisés.

LA LEY Y LA PROMESA

Pero entonces, ¿cuál fué el objeto, la función de la Ley? ¿Es una institución divina sin por qué? De ninguna manera, pero la distancia entre la promesa y la Ley es inmensa. Así como la promesa proviene de la bondad de Dios, la Ley fué ocasionada por el pecado: es una medida higiénica y provisional. El mundo, cada vez más depravado, olvidaba los preceptos de la ley natural. Dios los promulgó nuevamente y, queriendo venir al mundo, se escogió un pueblo que separó de los otros pueblos y constituyó guardián de la promesa hasta el día en que se cumpliese, es decir, hasta que viniese el retoño en quien debían ser bendecidas todas las naciones.

Y este carácter de la ley, en cuanto es distinta de la promesa, se echa de ver hasta en el modo de su promulgación. La Ley es una institución motivada por las circunstancias, en vez de ser, como la promesa, una disposición espontánea y derivada totalmente del Corazón de Dios. Además se sirvió de los ángeles como intermediarios para instituirla, porque Dios reservaba para sí una intervención personal para más tarde. Finalmente, dicha ley se confió a manos de un mediador, Moisés. Al nacer la Ley, hay un mediador porque hay dualidad, porque hay dos partes qué contratan, pues se trata, dé un pacto entre Dios y su pueblo. Por esto, precisamente la Ley es caduca: por ser un pacto, la Ley está subordinada a la fidelidad de las partes. Si la una se retira, la otra queda libre. Al contrario, en el día de la promesa, frente a Abraham sólo vemos a Dios; de parte de Dios es un compromiso totalmente gracioso; no ha habido intermediario ni condición; la promesa es absoluta y eterna.

LA LEY Y LA FE

¿Hay aquí por ventura antagonismo entre la Ley y la promesa, y acaso la Ley, después de muchos siglos, pudo desmentir y anular las promesas de Dios? Nunca jamás. Ciertamente, el Señor es Soberano: podría haber dado a la Ley el poder de conferir la gracia y la justicia. Pero, mientras la Ley sea exterior a nosotros, es impotente y sólo descubre el pecado que nos prohibe. Para ser eficaz y justificante, se precisaría meterla en nuestra vida y grabarla en nuestro corazón, y no cabe duda que Dios podría haber otorgado a la Ley este privilegio de justificar. Pero la Escritura, que nos revela el pensamiento de Dios, nos enseña que hubo una promesa y que, hasta el día de su cumplimiento, Dios quiso que toda la humanidad permaneciese cautiva bajo el yugo del pecado, para que tuviese ocasión y tiempo de reconocer, en medio de su impotencia, que la justicia es manifiestamente el fruto de la promesa y no de la Ley, fruto obtenido por la fe en Jesucristo.

GRADUAL

Mira a tu alianza, Señor, y no olvides para siempre las almas de tus pobres. V. Levántate, Señor, y defiende tu causa: acuérdate del oprobio de tus siervos.

Aleluya, aleluya. V. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Lucas (Le., XVII, 11-19).

En aquel tiempo, yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaría y de Galilea. Y, al entrar en cierta aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se pararon de lejos; y alzaron la voz, diciendo: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. Cuando los vió, dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y ¡sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Y uno de ellos, cuando se vió limpio, se volvió, glorificando a Dios a grandes voces, y se prosternó ante su pies, dando gracias: y éste era un samaritano. Y, respondiendo Jesús, dijo: ¿No han sido diez los curados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quién volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete: que tu fe te ha salvado.

LOS DOS PUEBLOS

El leproso samaritano, curado de su horrible enfermedad, figura del pecado, representa, en compañía de nueve leprosos de nacionalidad judía, la raza desacreditada de los gentiles, admitida al principio por misericordia a participar de las gracias destinadas a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La diferente conducta de estos diez hombres con ocasión del milagro obrado en ellos, corresponde a la actitud de los dos pueblos de que son figura, ante la salvación que el Hijo de Dios trajo al mundo. Esa conducta demuestra una vez más el principio establecido por el Apóstol: "No todos los que han nacido en Israel son israelitas, ni todos los descendientes de Abraham son hijos suyos; sino que por Isaac, dijo Dios a Abraham se contará tu descendencia. Esto es, no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son tenidos por descendencia".

La Santa Iglesia no se cansa de recordar una y muchas veces esta comparación de los dos Testamentos y el contraste que los dos pueblos ofrecen. Por tanto, antes de continuar, debemos responder a la extrañeza que tal insistencia tiene que despertar en ciertas almas no habituadas a la sagrada Liturgia. La clase de espiritualidad que hoy reemplaza en muchos a la antigua vida litúrgica de nuestros padres, no los dispone más que a medias para entrar en este orden de ideas. Están únicamente acostumbrados a vivir frente a sí mismos, y frente a la verdad tal como ellos se la imaginan, ponen la perfección en el olvido de todo lo demás; y de esta manera no es de admirar que a tales cristianos les resulte totalmente incomprensible el continuo recordar un pasado que, según ellos, terminó hace ya siglos. Pero la vida interior verdaderamente digna de este nombre no es lo que esos cristianos se imaginan; nunca hubo escuela de espiritualidad, ni ahora ni antes, que colocase el ideal de la virtud en el olvido de los grandes hechos de la hlstoria, de tanto interés para Ja Iglesia y para Dios mismo. Además, ¿qué es lo que sucede con demasiada frecuencia a los hijos que en esto se apartan de la Madre común? Sencillamente, que en el aislamiento voluntario de sus oraciones privadas, pierden de vista, por justo castigo de Dios, el fin supremo de la oración, que es la unión y el amor. A la meditación la despojan del carácter de conversación íntima con Dios que la reconocen todos los maestros de la vida espiritual; por lo que pronto no será más que un ejercicio estéril de análisis y razonamientos en que predomine la abstracción.

Después de la gran obra de la Encarnación del Verbo, que vino a la tierra para manifestar a través de los siglos en Cristo y sus miembros a Dios, no hay hecho más importante ni en el que Dios haya mostrado ni muestre tanto interés como el de la elección de los dos pueblos llamados por El sucesivamente al beneficio de su alianza. "Son sin arrepentimiento los dones y la vocación de Dios", nos dice el Apóstol; los judíos, enemigos hoy porque rechazan el Evangelio, no dejan de ser amados y-aun muy amados, carissimi, en atención a sus padres. Por eso, llegará un tiempo, esperado por el mundo, en que la negación de Judá se retractará, sus iniquidades se borrarán, y las promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob tendrán cumplimiento literal. Entonces se verá la divina unidad de ambos Testamentos; los dos pueblos sólo harán uno con Cristo su Cabeza. Entonces, plenamente consumada la alianza de Dios con el hombre, tal como Dios mismo la quiso en sus designios eternos, una vez que la tierra habrá dado su fruto y el mundo cumplido su fin, las tumbas devolverán a sus muertos y la historia terminará en la tierra para dejar a la humanidad glorificada explayarse en la plenitud de la vida a los ojos de Dios.

LECCIÓN DEL MILAGRO

Volvamos brevemente a la explicación literal del Evangelio. El Señor, más bien que mostrarnos su poder, lo que pretende es instruirnos simbólicamente. Por eso no les otorga a los enfermos la salud con una sola palabra como lo hizo en otro caso parecido: "Lo quiero, queda curado", había dicho un día a un pobrecito leproso que imploraba su socorro en los comienzos de su vida pública, y la lepra desapareció al instante. Los leprosos del Evangelio de hoy quedan sanos tan sólo al ir a presentarse a los sacerdotes. Jesús los envía a ellos, como lo hizo con el primero, dando de ese modo ejemplo a todos, desde el principio hasta el último día de su vida mortal, del respeto que se debe a la antigua ley mientras no sea abrogada; en efecto, esta ley concedía a los hijos de Aarón el poder, no de curar la lepra, sino de distinguirla y fallar sobre su curación.

Pero ha llegado el tiempo de una ley más augusta que la del Sinaí, de un sacerdocio cuyos juicios no tendrán ya por objeto el averiguar el estado del cuerpo, sino el raer eficazmente, mediante la pronunciación de su sentencia de absolución, la lepra de las almas. La curación que en los diez leprosos se obró antes de llegar a presentarse a los sacerdotes que buscaban, debería bastar para hacerlos ver en el Hombre-Dios el poder del nuevo sacerdocio anunciado por los profetas.

Hagamos nosotros con vivas ansias se acelere el momento, tan glorioso para el cielo, en el que reunidos ambos pueblos en idéntica fe mediante el conocimiento de las mismas esperanzas realizadas, clamarán, como en el Ofertorio, diciendo a Jesús: ¡En ti he esperado, Señor; Tú eres mi Dios!

OFERTORIO

En ti he esperado, Señor; dije: Tú eres mi Dios, en tus manos están mis días.

La oblación, colocada en el altar, nos debe alcanzar de Dios el perdón de la vida pasada y las gracias para la que está por venir. En la Secreta le rogamos que acepte para el Sacrificio los dones que la Iglesia le ofrece en nombre de todos nosotros.

SECRETA

Mira, Señor, propicio a tu pueblo, mira propicio estos dones: para que, aplacado con esta oblación, nos otorgues el perdón, y nos concedas lo pedido. Por Nuestro Señor Jesucristo.

¿Cuándo querrán venir los Judíos a probar por fin la superioridad del pan de la nueva alianza sobre el maná del Antiguo Testamento? Nosotros, los gentiles, cantamos en la Comunión las divinas suavidades del verdadero pan del cielo con tanto júbilo cuanto pide el hecho de que, a pesar de haber venido después que ellos, hayamos sido preferidos a nuestros antepasados en el banquete del amor.

COMUNIÓN

Nos has dado, Señor, pan del cielo, que encierra en sí todo deleite, y todo sabor de suavidad.

La obra de nuestro rescate por Jesucristo, como lo expresa la Poscomunión, se consolida y crece en nosotros tantas veces cuantas recurrimos a. los sagrados misterios. La Iglesia pide para sus hijos la gracia de frecuentar provechosamente estos misterios de salvación.

POSCOMUNIÓN

Recibidos, Señor, estos celestiales misterios, te suplicamos hagas que adelantemos en el camino de la redención eterna. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: GUERANGER, Dom Prospero. El Año Litúrgico. Burgos, España. (1954) Editorial Aldecoa.