domingo, 6 de septiembre de 2026

7. EL PREMIO QUE DA DIOS A LOS HUMILDES. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 7

EL PREMIO QUE DA DIOS A LOS HUMILDES

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 7

EL PREMIO QUE DA DIOS A LOS HUMILDES

Cuando Dios llega a un alma y viene cargado de estos dones, el alma se avergüenza, se estrecha y encoge, no atreviéndose a levantar los ojos para recibir y tomar en el mismo Dios los bienes que se le han de dar. En sí conoce grandes maravillas de Dios, pero estas no le dan lugar a levantar los ojos a enorgullecerse y sublimarse, porque perdería lo que en su bajeza y humildad goza.

La humildad solo quiere las cosas arrojadas, despedazadas y no enteras, porque, conociendo su bajeza y poca capacidad y que Dios está todo entero y uno, se contenta con las migajas que caen de la mesa de tan gran Señor. Considera unas veces a Dios en las criaturas, en quienes está esta grandeza repartida y como en pedazos y en migajas. Otras veces considera a Dios como dividido y en partes, como es considerarlo justo, misericordioso, sabio y omnipotente.

Con estas migajas se contenta el alma humilde y aun se conoce por no merecedora, hasta que Dios, por quien él es, obligado de este conocimiento profundo y humildad tan levantada, se da entero como él es servido, rindiendo a tanta grandeza el alma sus armas, su entendimiento y voluntad a que Dios haga de ellas y en ellas lo que fuere servido.

Parece confirmar esta doctrina la conversación que Cristo tuvo con la cananea. Pidiendo ella que sanase a su hija, le respondió Cristo que “no era bien echar el pan de los hijos a los perros”. Y ella respondió: “Muy bien dices, Señor, no quiero yo pan que no lo merezco; yo me contento con la ración que se da a los perros, que son las migajas que se caen de la mesa; con eso tengo yo harto y remedio mis necesidades”. Entonces, viendo Cristo la humildad y sabiduría de la cananea, se vuelve a ella y le dice: “¡Oh, mujer, grande es tu fe!”, y hágase como tú lo quieres.

¡Ay, alma humilde, qué grande es tu fe y cómo obliga a grandes cosas tu humildad! ¿Qué quiere y qué puede querer un humilde que no lo haga Dios? Ojalá nos dieras, Señor mío, lo que ignoramos, que es el hacernos humildes, el contentarnos con mendrugos y con las migajas que se caen de tu mesa, considerando que no merecemos el pan entero, ni ver, ni conocer ni gozar a Dios como en sí es.

Bástales unas pobres migajitas, una partecita pequeña, y con esta vivir muy consolados dejándole a Dios hacer, que ese es su oficio: hacer en los deshechos, en los abatidos y despreciados. Y el que hoy se contenta con una migaja, con esa le abre Dios las ganas de comer para que mañana tenga estómago y anchura en su corazón para recibir un Dios entero, en cuya presencia muy bien se conserva la humildad, porque esos son premios y pagas que no enorgullecen ni levantan, sino hacen crecer en mayor humildad

 

JACULATORIA: El Señor todo lo que quiere lo hace: en el cielo y en la tierra.

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.