Santa Rosa de Viterbo. – 4 de septiembre
(+ 1252)
Uno de los más brillantes ornamentos de la
Tercera Orden de san Francisco y de la santa Iglesia, fue la penitente y
maravillosísima doncella santa Rosa, natural de Viterbo. A los tres años de su
edad resucitó a su abuela difunta, poco después recogiendo los pedazos de un
cántaro que se le rompió a una niña, se lo volvió entero; queriendo su padre
ver el alimento que llevaba para los pobres, se convirtió el pan en rosas. A
los siete años se recogió a un aposento de su casa muy retirado, donde gastaba
muchas horas en oración y maceraba su delicado cuerpo con tan ásperas
penitencias, que se puso en grave peligro de perder la vida y la perdiera a no
haberle traído del cielo la salud la santísima Virgen, que acompañada de coros
de vírgenes se le apareció y le ordenó que tomase el hábito de la tercera Orden
seráfica, y de ella al momento se lo vistió con singular devoción. Redobló sus
admirables austeridades, mayormente después que se le apareció Jesús
crucificado, cuya dolorosa imagen le quedó tan impresa en la mente y en el
corazón, que la violencia del amor la traía como fuera de sí y la hacía correr
por calles y plazas desahogando los ardores de su pecho y cantando las divinas
alabanzas. Por aquel tiempo afligían a la Iglesia numerosos enemigos,
favorecidos por el emperador Federico Barbarroja; y santa Rosa, siendo de doce
años, ilustrada con ciencia infusa, rebatió y confundió a los herejes con los
más sólidos e irrefragables argumentos, despreciando los terrores de los
sectarios, y la muerte misma que le quisieron dar, de lo cual avergonzados,
obtuvieron del gobernador de Viterbo que la arrojase de la ciudad so pretexto
de que conmovía al pueblo. Caminando entre nieves y expuesta a perecer, llegó a
Salerno, donde profetizó los prósperos sucesos que a poco se verificaron con la
muerte del emperador. Vuelta a su patria fue recibida de sus conciudadanos con
increíble regocijo. Quiso retirarse a la soledad en el monasterio de santa
Clara; y como no fuese admitida, dijo que, pues no la recibían viva, la
recibirían muerta. Para que no saliesen defraudados sus deseos de soledad y
recogimiento, continuó en el retiro de su casa sus acostumbrados ejercicios de
oración y penitencia, atormentando su inocente cuerpo con ayunos, cilicios y
disciplinas, y esto con tanto mayor espíritu y fervor cuanto sentía más cercano
el fin de su vida, que esperaba como el principio de otra eterna y
bienaventurada en el cielo, adonde voló el alma purísima de la santa, el día 6
de marzo de 1252, a la temprana edad de solo diez y ocho años. Sepultaron el
sagrado cadáver en el templo de santa María de Podio; pero a los pocos meses
Alejandro VI, que se hallaba en Viterbo, amonestado tres veces de la santa, que
trasladase su cuerpo al monasterio de santa Clara, lo hizo Su Santidad con
triunfal magnificencia, cumpliéndose entonces el vaticinio que había hecho la
santa cuando no fue admitida en aquel convento.
Reflexión: ¡Cómo se muestra
en esta santa niña que Dios nuestro Señor escoge lo necio del mundo para
confundir la sabiduría según la carne, lo flaco para confundir a los poderosos,
lo vil y despreciado para confundir a los soberbios del siglo: en una palabra,
lo que no es para confundir, a lo que es! Confiemos pues en Dios, y no temamos
a los que pueden, sí, destruir el cuerpo, mas ningún daño pueden hacer al alma.
Oración: Oh Dios, que te
dignaste admitir en el coro de tus santas vírgenes a la bienaventurada Rosa,
concédenos por sus ruegos y merecimientos la gracia de expiar todas nuestras
culpas y de gozar eternamente de la compañía de tu Majestad. Por Jesucristo,
nuestro Señor. Amén.