DÍA
3
LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 3
LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA
La
humildad es una virtud especialmente difícil de mostrar y de hacer comprender a
los hombres, porque, en cuanto uno pretende aparentarla, corre el peligro de
convertirla en soberbia. Las demás virtudes pueden manifestarse exteriormente
por medio de palabras y obras; la humildad, en cambio, parece perderse cuando
quiere mostrarse. Por eso es una virtud escondida, que tiene su verdadero
asiento en lo profundo del corazón.
Así
lo vemos en el publicano del Evangelio: mientras el fariseo quiso mostrar
delante de todos sus buenas obras, el publicano permaneció con los ojos bajos,
reconociéndose pecador, y salió justificado. La verdadera humildad no consiste,
por tanto, en parecer pequeño ante los hombres, sino en tener un corazón
verdaderamente desprendido de sí mismo y entregado a Dios.
La
humildad se parece al agua que cae sobre la tierra: cuanto más abundante es,
más se esconde en ella. Del mismo modo, cuando la humildad entra en un alma
verdaderamente abatida y desprendida, no busca aparecer, sino que se oculta.
Los hombres pueden confundirla con pobreza, debilidad o falta de importancia,
porque no saben descubrir lo que Dios obra en lo secreto del corazón. Solo Dios
conoce las profundidades del alma y sabe distinguir la verdadera humildad de
las apariencias.
Esto
se puede comprender en el ejemplo de aquel humilde labrador que, por su
santidad, fue llevado a tratar con cardenales y grandes personajes. Un hombre
docto le insinuó que aquellos honores podían alimentar su vanagloria. Él
respondió que el mismo espíritu que antiguamente le hacía apartarse de los
hombres era ahora el que le llevaba a tratar con ellos para ayudarles en las
cosas de Dios. Lo que para otros parecía ocasión de vanidad, para él era una
gran mortificación, pues se veía obligado a vivir entre personas poderosas
siendo consciente de su propia pobreza y pequeñez.
Así
puede suceder que la verdadera humildad se esconda precisamente donde el mundo
ve grandeza. El humilde puede encontrarse entre príncipes, riquezas y honores
sin apropiarse de nada de ello, porque reconoce que todo pertenece a Dios. Por
eso, aun cuando exteriormente parezca rodeado de grandezas, interiormente puede
estar completamente desprendido de ellas.
La
humildad no consiste en ocupar siempre un lugar bajo ante los hombres, sino en
no atribuirse a sí mismo aquello que pertenece a Dios. El humilde puede ser
puesto en lugares elevados y seguir considerándose pequeño, porque su corazón
no está puesto en las grandezas del mundo, sino únicamente en Dios.
JACULATORIA: No a nosotros,
Señor, no a nosotros, si no a tu nombre da la gloria. (Salmo 115, 1).
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.