miércoles, 2 de septiembre de 2026

3. LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

 


  DÍA 3

LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 3

LA HUMILDAD, VIRTUD ESCONDIDA

La humildad es una virtud especialmente difícil de mostrar y de hacer comprender a los hombres, porque, en cuanto uno pretende aparentarla, corre el peligro de convertirla en soberbia. Las demás virtudes pueden manifestarse exteriormente por medio de palabras y obras; la humildad, en cambio, parece perderse cuando quiere mostrarse. Por eso es una virtud escondida, que tiene su verdadero asiento en lo profundo del corazón.

Así lo vemos en el publicano del Evangelio: mientras el fariseo quiso mostrar delante de todos sus buenas obras, el publicano permaneció con los ojos bajos, reconociéndose pecador, y salió justificado. La verdadera humildad no consiste, por tanto, en parecer pequeño ante los hombres, sino en tener un corazón verdaderamente desprendido de sí mismo y entregado a Dios.

La humildad se parece al agua que cae sobre la tierra: cuanto más abundante es, más se esconde en ella. Del mismo modo, cuando la humildad entra en un alma verdaderamente abatida y desprendida, no busca aparecer, sino que se oculta. Los hombres pueden confundirla con pobreza, debilidad o falta de importancia, porque no saben descubrir lo que Dios obra en lo secreto del corazón. Solo Dios conoce las profundidades del alma y sabe distinguir la verdadera humildad de las apariencias.

Esto se puede comprender en el ejemplo de aquel humilde labrador que, por su santidad, fue llevado a tratar con cardenales y grandes personajes. Un hombre docto le insinuó que aquellos honores podían alimentar su vanagloria. Él respondió que el mismo espíritu que antiguamente le hacía apartarse de los hombres era ahora el que le llevaba a tratar con ellos para ayudarles en las cosas de Dios. Lo que para otros parecía ocasión de vanidad, para él era una gran mortificación, pues se veía obligado a vivir entre personas poderosas siendo consciente de su propia pobreza y pequeñez.

Así puede suceder que la verdadera humildad se esconda precisamente donde el mundo ve grandeza. El humilde puede encontrarse entre príncipes, riquezas y honores sin apropiarse de nada de ello, porque reconoce que todo pertenece a Dios. Por eso, aun cuando exteriormente parezca rodeado de grandezas, interiormente puede estar completamente desprendido de ellas.

La humildad no consiste en ocupar siempre un lugar bajo ante los hombres, sino en no atribuirse a sí mismo aquello que pertenece a Dios. El humilde puede ser puesto en lugares elevados y seguir considerándose pequeño, porque su corazón no está puesto en las grandezas del mundo, sino únicamente en Dios.

 

JACULATORIA: No a nosotros, Señor, no a nosotros, si no a tu nombre da la gloria. (Salmo 115, 1).

 

 

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.