Por la señal de la santa
Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Poniéndonos en la presencia de Dios, contemplando el misterio de la cruz,
adoremos a nuestro Señor Jesucristo Crucificado diciendo con santa Margarita
María de Alcoque:
Oración
de
Santa
Margarita María de Alacoque
Humildemente
postrada al pie de tu Santa Cruz, te diré con frecuencia, divino Salvador mío,
para mover las entrañas de tu misericordia a perdonarme.
Jesús,
desconocido y despreciado,
R/. Ten piedad de mí.
Jesús,
calumniado y perseguido.
Jesús,
abandonado de los hombres y tentado.
Jesús,
entregado y vendido a vil precio.
Jesús,
vituperado, acusado y condenado injustamente.
Jesús,
vestido con una túnica de oprobio y de ignominia.
Jesús,
abofeteado y burlado.
Jesús,
arrastrado con la soga al cuello.
Jesús,
azotado hasta la sangre.
Jesús,
pospuesto a Barrabas.
Jesús,
coronado de espinas y saludado por irrisión.
Jesús,
cargado con la Cruz y las maldiciones del pueblo.
Jesús,
triste hasta la muerte.
Jesús,
pendiente de un infame leño en compañía de dos ladrones.
Jesús,
anonadado y confundido delante de los hombres.
Jesús,
abrumado de toda clase de dolores.
¡Oh
Buen Jesús! que has querido sufrir una infinidad de oprobios y de humillaciones
por mi amor, imprime poderosamente su estima en mi corazón, y hazme desear su
práctica.
Séptima Palabra
“PADRE, EN TUS MANOS
ENCOMIENDO MI ESPÍRITU” (Lc 23, 46)
Benedicto XVI,
15 de febrero de 2012
Detengámonos en las últimas palabras de
Jesús moribundo. El evangelista relata: «Era ya casi mediodía, y vinieron las
tinieblas sobre toda la tierra, hasta las tres de la tarde, porque se oscureció
el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz
potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto,
expiró» (vv. 44-46). Algunos aspectos de esta narración son diversos con
respecto al cuadro que ofrecen san Marcos y san Mateo. Las tres horas de
oscuridad no están descritas en san Marcos, mientras que en san Mateo están
vinculadas con una serie de acontecimientos apocalípticos diversos, como el
terremoto, la apertura de los sepulcros y los muertos que resucitan (cf. Mt 27,
51-53). En san Lucas las horas de oscuridad tienen su causa en el eclipse del
sol, pero en aquel momento se produce también el rasgarse del velo del templo.
De este modo el relato de san Lucas presenta dos signos, en cierto modo
paralelos, en el cielo y en el templo. El cielo pierde su luz, la tierra se
hunde, mientras en el templo, lugar de la presencia de Dios, se rasga el velo
que protege el santuario. La muerte de Jesús se caracteriza explícitamente como
acontecimiento cósmico y litúrgico; en particular, marca el comienzo de un
nuevo culto, en un templo no construido por hombres, porque es el Cuerpo mismo
de Jesús muerto y resucitado, que reúne a los pueblos y los une en el
Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
La oración de Jesús, en este momento de
sufrimiento —«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»— es un fuerte grito de
confianza extrema y total en Dios. Esta oración expresa la plena consciencia de
no haber sido abandonado. La invocación inicial —«Padre»— hace referencia a su
primera declaración cuando era un adolescente de doce años. Entonces permaneció
durante tres días en el templo de Jerusalén, cuyo velo ahora se ha rasgado. Y
cuando sus padres le manifestaron su preocupación, respondió: «¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,
49). Desde el comienzo hasta el final, lo que determina completamente el sentir
de Jesús, su palabra, su acción, es la relación única con el Padre. En la cruz
él vive plenamente, en el amor, su relación filial con Dios, que anima su
oración.
Las palabras pronunciadas por Jesús
después de la invocación «Padre» retoman una expresión del Salmo 31: «A tus
manos encomiendo mi espíritu» (Sal 31, 6). Estas palabras, sin embargo, no son
una simple cita, sino que más bien manifiestan una decisión firme: Jesús se
«entrega» al Padre en un acto de total abandono. Estas palabras son una oración
de «abandono», llena de confianza en el amor de Dios. La oración de Jesús ante
la muerte es dramática como lo es para todo hombre, pero, al mismo tiempo, está
impregnada de esa calma profunda que nace de la confianza en el Padre y de la
voluntad de entregarse totalmente a él. En Getsemaní, cuando había entrado en
el combate final y en la oración más intensa y estaba a punto de ser «entregado
en manos de los hombres» (Lc 9, 44), «le entró un sudor que caía hasta el suelo
como si fueran gotas espesas de sangre» (Lc 22, 44). Pero su corazón era
plenamente obediente a la voluntad del Padre, y por ello «un ángel del cielo»
vino a confortarlo (cf. Lc 22, 42-43). Ahora, en los últimos momentos, Jesús se
dirige al Padre diciendo cuáles son realmente las manos a las que él entrega
toda su existencia. Antes de partir en viaje hacia Jerusalén, Jesús había
insistido con sus discípulos: «Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo
del hombre va a ser entregado en manos de los hombres» (Lc 9, 44). Ahora que su
muerte es inminente, él sella en la oración su última decisión: Jesús se dejó
entregar «en manos de los hombres», pero su espíritu lo pone en las manos del
Padre; así —como afirma el evangelista san Juan— todo se cumplió, el supremo
acto de amor se cumplió hasta el final, al límite y más allá del límite.
PETICIÓN: Repetir muchas
veces: Padre, A tus manos, encomiendo mi espíritu.
FRUTO: Rezar y ofrecer
algún sacrificio por el eterno descanso de los difuntos.
CONCLUSIÓN: Terminemos
nuestra meditación recitando esta breve oración para el momento de expirar
utilizada por san Juan de Kety:
ORACIÓN AL
EXPIRAR.
Oración de San
Juan de Kety
Causa
y fin de todo lo que existe,
Dios
eterno y todopoderoso,
que
gobiernas y conservas
por
tu divina providencia todo lo que has creado,
recíbeme
en tu inefable misericordia,
y
consiente que por la pasión
y
los méritos infinitos de tu Hijo,
yo
me reúna contigo por toda la eternidad.
Para concluir cada día:
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles Custodios, rogad por nosotros.
Todos los santos y santas de Dios, rogad por nosotros.
***
¡Querido hermano, si te ha gustado esta meditación, compártelo con tus
familiares y amigos.
Por la señal de la santa
Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Poniéndonos en la presencia de Dios, contemplando el misterio de la cruz,
adoremos a nuestro Señor Jesucristo Crucificado diciendo con santa Margarita
María de Alcoque:
Oración
de
Santa
Margarita María de Alacoque
Humildemente
postrada al pie de tu Santa Cruz, te diré con frecuencia, divino Salvador mío,
para mover las entrañas de tu misericordia a perdonarme.
Jesús,
desconocido y despreciado,
R/. Ten piedad de mí.
Jesús,
calumniado y perseguido.
Jesús,
abandonado de los hombres y tentado.
Jesús,
entregado y vendido a vil precio.
Jesús,
vituperado, acusado y condenado injustamente.
Jesús,
vestido con una túnica de oprobio y de ignominia.
Jesús,
abofeteado y burlado.
Jesús,
arrastrado con la soga al cuello.
Jesús,
azotado hasta la sangre.
Jesús,
pospuesto a Barrabas.
Jesús,
coronado de espinas y saludado por irrisión.
Jesús,
cargado con la Cruz y las maldiciones del pueblo.
Jesús,
triste hasta la muerte.
Jesús,
pendiente de un infame leño en compañía de dos ladrones.
Jesús,
anonadado y confundido delante de los hombres.
Jesús,
abrumado de toda clase de dolores.
¡Oh
Buen Jesús! que has querido sufrir una infinidad de oprobios y de humillaciones
por mi amor, imprime poderosamente su estima en mi corazón, y hazme desear su
práctica.
Sexta Palabra
“TODO ESTÁ CONSUMADO” (Jn 19,30)
Benedicto XVI, 20 de marzo de 2008
«Antes de la fiesta de la Pascua,
sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,
1). Ha llegado la «hora» de Jesús, hacia la que se orientaba desde el inicio
todo su obrar.
San Juan describe con dos palabras el
contenido de esa hora: paso y amor. Esas dos palabras se explican mutuamente:
ambas describen juntamente la Pascua de Jesús: cruz y resurrección, crucifixión
como elevación, como «paso» a la gloria de Dios, como un «pasar» de este mundo
al Padre. No es como si Jesús, después de una breve visita al mundo, ahora
simplemente partiera y volviera al Padre. El paso es una transformación. Lleva
consigo su carne, su ser hombre. En la cruz, al entregarse a sí mismo, queda
como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora está
siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres.
Transforma la cruz, el hecho de darle
muerte a él, en un acto de entrega, de amor hasta el extremo. Con la expresión
«hasta el extremo» san Juan remite anticipadamente a la última palabra de Jesús
en la cruz: todo se ha realizado, «todo está cumplido» (Jn 19, 30). Mediante su
amor, la cruz se convierte en metabasis, transformación del ser hombre en el
ser partícipe de la gloria de Dios.
En esta transformación Cristo nos
implica a todos, arrastrándonos dentro de la fuerza transformadora de su amor
hasta el punto de que, estando con él, nuestra vida se convierte en «paso», en
transformación. Así recibimos la redención, el ser partícipes del amor eterno,
una condición a la que tendemos con toda nuestra existencia.
Las palabras de Jesús, si las acogemos
con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma,
del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a
dejarnos lavar continuamente por esta agua pura, a dejarnos capacitar para
participar en el banquete con Dios y con los hermanos. Pero, después del golpe
de la lanza del soldado, del costado de Jesús no sólo salió agua, sino también
sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6. 8).
Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó
palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre,
es decir, con su entrega «hasta el extremo», hasta la cruz. Su palabra es algo
más que un simple hablar; es carne y sangre «para la vida del mundo» (Jn 6,
51). En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros
pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente
nos penetre y nos purifique cada vez más.
PETICIÓN: Gracias, Jesús
mío, por haberme amado hasta el extremo de morir por mí en la cruz.
FRUTO: Confesar con
frecuencia y recomendar la confesión a familiares y amigos.
CONCLUSIÓN: Terminemos
nuestra meditación con la oración delBeato Juan de Palafox pidiendo hacer siempre la voluntad de Dios.
SEÑOR DE LOS
SEÑORES.
Oración del
Beato Juan de Palafox
Señor de los señores, dulcísimo Jesús y
Dios mío, que padecisteis por mí, si conviene a Vuestra gloria y servicio, y al
bien de mi alma, vuestra esclava, que yo padezca por vos, hágase vuestra
santísima voluntad. Tenedme, Señor de Vuestra mano, y que yo nunca os ofenda y
siempre os sirva, y si vos gustáis de que padezca y que muera, hágase vuestra
santísima voluntad.
Vos sabéis, Señor, cuantos enemigos
tengo, y las calumnias que se me han impuesto, si vos gustáis que yo muera a
sus manos, dame paciencia y amor vuestro y dolor de mis gravísimas culpas;
hágase vuestra santa voluntad.
Yo, Señor, encomiendo mi alma, y este
obispado y a todos mis amigos y a todos mis enemigos; parad a los unos, templad
a los otros, y todos juntos hagamos vuestra santa voluntad. Yo, Dios mío,
quisiera haberos servido mejor; mis deseos han sido buenos, mis obras malas,
perdonadme por quien vos sois, y por todos mis santos abogados, hágase en mí,
Dios mío, vuestra Santa voluntad. Vuestro esclavo soy, Dios; dadme, Señor,
vuestro amparo en todos tiempos, aconsejadme y guiadme y hágase vuestra
Santísima Voluntad; Dulcísimo Jesús, mi alma, mi corazón os doy para que hagáis
en él vuestra santísima voluntad: esclavo de mi dulcísimo Jesús.
Para concluir cada día:
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles Custodios, rogad por nosotros.
Todos los santos y santas de Dios, rogad por nosotros.
***
¡Querido hermano, si te ha gustado esta meditación, compártelo con tus
familiares y amigos.