DÍA 12
EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA 12
EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE
La
humildad tiene su morada en lo escondido del corazón y hace tan pequeño al
justo que en él se halla que aun hablar no sabe ni tiene palabras para poder
descubrirse. El humilde desaparece, se deshace y se aniquila hasta no dejar en
sí cosa que nuestros ojos vean, nuestras manos palpen y nuestras orejas oigan.
San
Juan Bautista dio ejemplo de esta humildad: cuando le ofrecieron ser el Cristo,
se fue deshaciendo y opacando, negando ser profeta, Elías o Cristo. Dijo
solamente que era voz, y la voz por sí sola no es nada sin palabras. Así, el
verdadero humilde no quiere aparecer, sino desaparecer; de entre las manos se
nos va y desaparece.
Cristo
mismo, cuando quisieron hacerlo rey, se deslizó de entre las manos, huyó y se
escondió. Y en su pasión, cuando le preguntaron quién era y le pidieron que
hiciera milagros, no habló ni hizo milagro alguno en su beneficio. La humildad
no tiene lengua ni palabras para volver por sí, ni manos para defenderse. Hace
al hombre pequeño, de modo que hablar y defenderse no son su camino.
Por
eso Isaías comparó a Cristo en su pasión con la oveja que llevan al matadero:
el humilde no tiene rostro para aparecer y darse a conocer, sino espaldas para
sufrir; no tiene palabras para responder ni ojos para mirar. Cristo, coronado
de espinas y puesto en la cruz, bajó la cabeza y murió, enseñándonos que Dios
premia a los humildes y los levanta, mientras ellos inclinan la cabeza y se
consideran poco merecedores de tanto bien.
Para
el humilde no hay premio en la tierra, ni él lo quiere, porque siempre se juzga
indigno de él. Si Dios le concede algún bien, quiere que lo guarde para la otra
vida, donde la virtud permanece virtud y la humildad permanece humildad, sin
que la exaltación la cambie ni la dignidad y grandeza la disminuyan.
El
humilde, por tanto, no tiene lengua para hablar de sí mismo. No busca descubrir
quién es, porque se considera nada y sabe que todo cuanto posee lo ha recibido
de Dios. Su lengua, en lugar de ocuparse en decir quién es él, se ocupa en
decir quién es Dios.
San
Pablo lo expresa diciendo: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa
alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado». El humilde no encuentra
grandeza en sí mismo, sino en Cristo. Y precisamente porque se estima en nada,
puede hablar de las grandezas de Dios.
Así,
aunque el humilde carezca de palabras para descubrirse a sí mismo, tiene muchas
y misteriosas palabras para descubrir quién es Dios. Sus palabras nacen de la
sabiduría que Dios comunica y no de la sabiduría del mundo.
JACULATORIA: ¡Señor, Dios
nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad
sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza
contra tus enemigos. (Salmo 8, 2-3)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.