viernes, 11 de septiembre de 2026

DÍA 12. EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 12

EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 12

EL HUMILDE SE HACE INVISIBLE

La humildad tiene su morada en lo escondido del corazón y hace tan pequeño al justo que en él se halla que aun hablar no sabe ni tiene palabras para poder descubrirse. El humilde desaparece, se deshace y se aniquila hasta no dejar en sí cosa que nuestros ojos vean, nuestras manos palpen y nuestras orejas oigan.

San Juan Bautista dio ejemplo de esta humildad: cuando le ofrecieron ser el Cristo, se fue deshaciendo y opacando, negando ser profeta, Elías o Cristo. Dijo solamente que era voz, y la voz por sí sola no es nada sin palabras. Así, el verdadero humilde no quiere aparecer, sino desaparecer; de entre las manos se nos va y desaparece.

Cristo mismo, cuando quisieron hacerlo rey, se deslizó de entre las manos, huyó y se escondió. Y en su pasión, cuando le preguntaron quién era y le pidieron que hiciera milagros, no habló ni hizo milagro alguno en su beneficio. La humildad no tiene lengua ni palabras para volver por sí, ni manos para defenderse. Hace al hombre pequeño, de modo que hablar y defenderse no son su camino.

Por eso Isaías comparó a Cristo en su pasión con la oveja que llevan al matadero: el humilde no tiene rostro para aparecer y darse a conocer, sino espaldas para sufrir; no tiene palabras para responder ni ojos para mirar. Cristo, coronado de espinas y puesto en la cruz, bajó la cabeza y murió, enseñándonos que Dios premia a los humildes y los levanta, mientras ellos inclinan la cabeza y se consideran poco merecedores de tanto bien.

Para el humilde no hay premio en la tierra, ni él lo quiere, porque siempre se juzga indigno de él. Si Dios le concede algún bien, quiere que lo guarde para la otra vida, donde la virtud permanece virtud y la humildad permanece humildad, sin que la exaltación la cambie ni la dignidad y grandeza la disminuyan.

El humilde, por tanto, no tiene lengua para hablar de sí mismo. No busca descubrir quién es, porque se considera nada y sabe que todo cuanto posee lo ha recibido de Dios. Su lengua, en lugar de ocuparse en decir quién es él, se ocupa en decir quién es Dios.

San Pablo lo expresa diciendo: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado». El humilde no encuentra grandeza en sí mismo, sino en Cristo. Y precisamente porque se estima en nada, puede hablar de las grandezas de Dios.

Así, aunque el humilde carezca de palabras para descubrirse a sí mismo, tiene muchas y misteriosas palabras para descubrir quién es Dios. Sus palabras nacen de la sabiduría que Dios comunica y no de la sabiduría del mundo.

 

JACULATORIA: ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos. (Salmo 8, 2-3)

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.