DÍA 4
LA HUMILDAD DA LIBERTAD
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 4
LA HUMILDAD DA LIBERTAD
Los
santos ofrecen numerosos ejemplos de esta humildad escondida. Los santos
mártires, a quienes los emperadores ofrecían riquezas, dignidades o grandezas y
todo ello los santos mártires lo estimaban como si fuera estiércol, pues para
ellos el único bien era Dios, por quien estaban dispuestos a entregar sus
vidas.
Algunos
religiosos, aunque por obediencia o por necesidad de sus comunidades tengan que
tratar con reyes, príncipes y personas importantes, llevan en su interior una
profunda mortificación. Exteriormente pueden mostrarse alegres y tratar con
cortesía, pero interiormente consideran aquellas grandezas como algo pasajero y
sin valor delante de Dios. Para ellos, encontrarse en medio de sedas, riquezas
y honores puede ser una verdadera sepultura del propio yo.
Lo
mismo ocurre con el hombre que ha muerto al mundo y vive para Dios. Los
aplausos, los honores y las apariencias exteriores no pueden darle verdadera
grandeza, porque sabe que todo eso pasa rápidamente. Las riquezas y dignidades
no pueden aumentar la verdadera humildad, porque esta no crece por lo que el
hombre posee, sino por aquello de lo que es capaz de desprenderse.
Muy
diferente es la actitud del soberbio. Este nunca está satisfecho con lo que
Dios le ha dado y desea elevarse continuamente sobre los demás. Quiere aumentar
su importancia, entrar en lo que no le pertenece y conseguir por cualquier
medio aquello que ambiciona. Es semejante a la rana que quiso hacerse tan
grande como el buey y, de tanto hincharse, terminó reventando. Así ocurre con
quienes, siendo pequeños, quieren parecer grandes y buscan constantemente
honores, linaje, poder y reconocimiento. Al final, en lugar de alcanzar la
grandeza que desean, quedan más despreciados todavía.
El
humilde, en cambio, no necesita añadir nada a su grandeza, porque su grandeza
verdadera viene de Dios. Nadie puede aumentarla con riquezas, honores o
reconocimientos humanos. Cuanto más se le aprieta con las cosas del mundo, más
se desprende de ellas, como la anguila que se escurre cuando intentan
sujetarla. Las estrecheces y dificultades de la vida no ensanchan su corazón
hacia las cosas terrenas, sino que lo hacen volver con mayor fuerza hacia Dios.
Por
eso, aunque el justo tenga que vivir entre poderosos y grandes, su corazón
permanece libre. Puede estar entre ellos sin pertenecerles, servirles sin
buscar su favor y hablarles sin dejarse dominar por sus grandezas. Como José,
que dejó su capa en manos de la mujer que quiso tentarlo, el humilde está
dispuesto a perder incluso aquello que exteriormente podría darle honra, antes
que perder su fidelidad a Dios.
En
definitiva, la verdadera humildad no consiste en aparentar pobreza ni en huir
necesariamente de los honores, sino en reconocer que todo bien procede de Dios
y que nada de lo creado merece ocupar su lugar. El humilde puede poseer o
perder, ser honrado o despreciado, vivir entre pobres o entre príncipes, y
permanecer siempre en la misma disposición interior: no atribuirse nada,
despreciar las vanidades del mundo y guardar únicamente para Dios su corazón.
JACULATORIA: De la salida del
sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. (Salmo 113, 3).
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.