De
la gloria de Cristo por la de los bienaventurados
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO
PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por
la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te
adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para
hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre
y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Viernes
de la III semana de Pascua.
De
la gloria de Cristo por la de los bienaventurados.
PUNTO
PRIMERO. Considera el deseo tan intenso que siempre tuvo el Salvador de la
gloria de los hombres, y las diligencias que hizo por ella, y lo que padeció
por salvarlos, y cuántas veces y con qué instancia oró por ellos; y si como
dice san Agustin, al paso que una cosa se desea es el gozo de alcanzarla, por
aquí puedes rastrear el que tendría y tiene Cristo en el cielo, cuando ve tanto
número de predestinados por sus méritos en la gloria, y la que recibiría con
cada uno delos que suben a ella: gózate del gozo del Salvador, y procura ser
uno de ellos para dar aumento a su gloria, y llora la mucha que le quitan los
que se condenan por su malicia, y pídele al Señor envíe predicadores
apostólicos que los encaminen al cielo.
PUNTO
II. La vista de cada uno de los bienaventurados es tan deleitable y gustosa,
que aumenta la gloria de los otros que gozan de su compañía, pues pondera ahora
cómo aumentará la de Cristo, la de tantos bienaventurados como tiene por sus
méritos en el cielo; siendo así que lo uno conoce claramente los grados de
gloria esencial y accidental que goza cada uno; lo otro, a todos y a cada uno
ama tiernísimamente; y fuera de esto resplandecen en cada uno los merecimientos
de su sangre, y coge en ellos los frutos de sus trabajos, como san Pablo los
suyos en los fieles que convertía, por lo cual los llamaba su gozo y su corona;
así Io serán de Cristo en la gloria, y tendrá tantas coronas, cuantos son los
bienaventurados del cielo; enciende en tu corazón un celo fervorosísimo de la salvación
de las almas, para que sea por ellas glorificado el Señor.
PUNTO
III. Considera que si un buen hijo se honra y gloría de la honra de sus padres,
¿qué gloria recibiría Cristo y tendrá eternamente de la gloria de su Santísima
Madre, y cómo dará por bien empleados todos sus trabajos, por verla sublimada
en el trono de su gloria? Y pondera también la que tendrá la Beatísima Virgen
de ver tan glorioso a su Hijo y tan honrado sobre todas las criaturas; mira
cómo se carean en el cielo aquellas dos lumbreras del sol y la luna, y cómo
aumentan sus glorias y resplandores recíprocamente; Cristo con la vista de
María y María con la de Cristo: caréate tú con ambos, contempla sus glorias, y
pídeles de corazón que te hagan participante de ellas.
PUNTO
IV. Considera la gloria que recibe Cristo de la que tienen sus apóstoles, y luego
de la que tienen los mártires, y ve así discurriendo por todos los coros de los
bienaventurados; atiende cómo da gracias a su Eterno Padre por la merced que
les ha hecho, teniéndola por suya, atribuyéndolo todo a su gloria y honra:
gózate del gozo de este Señor, dale muchas alabanzas, y endereza cuanto
hicieres para honra y gloria suya.
Al terminar
Te
doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda:
interceded por mí.
La encarnación
del Verbo fue el medio inefable que escogió la Bondad divina para reparar la
catástrofe del primer pecado. Pero para llevar a efecto esta obra, más grande
que la creación de todos los mundos visibles, necesitaba del concurso de una
mujer en cuyo seno tomase carne el Verbo humanado. Pero ¿dónde encontrar una
mujer bastante digna de dar su carne y su sangre al Hijo del Altísimo? Dios pasea
su mirada por toda la extensión de la tierra; hace desfilar en su presencia a
todas las generaciones; ve pasar delante de sus ojos a poderosas reinas ceñidas
de riquísimas diademas, a heroínas aclamadas por los pueblos, a millares de
vírgenes y mártires agitando palmas inmortales; pero en ninguna de ellas fija
su mirada, porque todas aparecen pequeñas a sus ojos.
Era necesario
predestinar una mujer que, ataviada con todas las perfecciones de la naturaleza
y de la gracia, fuera digno tabernáculo del Redentor del mundo. Y desde el
instante en que, en los altísimos consejos de la sabiduría increada se dispuso
la redención, Dios fijó sus miradas en María y comenzó a preparar su
advenimiento para que fuera anillo de oro que uniera al Verbo eterno con la
naturaleza humana.
Y desde
entonces dejó caer sobre ella, a manera de copiosa lluvia, todos los dones de
la gracia. Porque Dios, que es soberanamente inteligente, proporciona siempre
los medios al fin a que destina a sus criaturas, concediéndoles una dotación de
gracias proporcional a la excelencia y magnitud del fin. María habitaba en la
mente divina desde la eternidad con el carácter de Madre de Dios. Aún no
existían los abismos, dice la Escritura, y María había sido ya concebida; no
habían brotado aún las fuentes de las aguas, ni se habían sentado los montes en
su base de granito, y ella había sido dada a luz en los decretos eternos.
Cuando
nuestros primeros padres buscaban temblorosos las sombras del paraíso para
sustraerse a la vista de Dios irritado, el anuncio del advenimiento de María
fue el primer rayo de esperanza que iluminó su frente. Desde entonces el
espíritu profético siguió anunciando su venida de generación en generación, y
de ella puede decirse lo que se ha dicho de Jesucristo: «que al nacer, encontró
cuarenta siglos arrodillados en su presencia». Desde entonces preparó Dios el
camino que había de tener por término el nacimiento de la corredentora del
linaje humano. El cetro y la corona, la espada y la cítara, la poesía, la
ciencia y, más que todo, la santidad brillan entre sus ascendientes y disponen
los preciosos jugos que debían alimentar esa planta cuyo fruto había de ser el
Hombre-Dios. Dios la eligió desde el principio, y al elegirla por Madre del
Verbo encarnado, la adornó con todos los tesoros de la perfección humana y de
la munificencia divina.
Toda criatura
es predestinada por Dios a un doble fin: a un fin general, que es su gloria, y
a un fin particular que consiste en el cumplimiento de la misión especial que
se sirve encomendarle. Nuestra salvación depende del cumplimiento de ese doble
fin. Dios nos ha creado para Él; Él es nuestro principio y es también nuestro
fin. Por lo tanto, todo lo que de nosotros depende debe referirse a Dios; Él es
dueño de nuestra existencia y debe serlo también de nuestras acciones, palabras
y pensamientos, como el que planta un huerto es dueño de todos sus frutos.
Agradar a Dios debe ser, por consiguiente, el fin primario de todas nuestras
obras y la norma invariable de nuestra conducta. Busquemos en todo a Dios, como
lo buscó María, que le consagró desde su nacimiento sus pensamientos, sus
afectos, sus palabras y las obras todas de sus manos. Cumplamos religiosamente
todos los deberes de nuestro estado, contando para ello con una dotación de
gracia proporcional a la excelencia de nuestra misión. Y en la perfección de
esas obras encontramos nuestra santificación.
Ejemplo Saludables efectos de la devoción a María
El templo de
Nuestra Señora de las Victorias, erigido en París por el rey Luis XIII, en
acción de gracias por las victorias que había alcanzado sobre sus enemigos, era
a principios del siglo XIX poco menos que inútil para la piedad.
Colocado en el centro del comercio y de los negocios, rodeado de teatros y
lugares de disipación mundana, era bien escaso el número de fieles que
concurría a él aún en las más grandes solemnidades de la Iglesia.
En 1832 fue
nombrado cura de esta parroquia de indiferentes el abate Carlos Desgenettes,
santo varón convencido de un celo ardiente por la salvación de las almas.
Durante cuatro años se esforzó inútilmente por vencer la indiferencia glacial
de los feligreses, llamándolos por diversos medios al cumplimiento de sus
deberes religiosos.
En el estado
de aflicción en que se hallaba el buen párroco, al ver la absoluta esterilidad
de sus afanes, se le ocurrió un día, durante el sacrificio de la Misa, el
pensamiento de consagrar su parroquia al Inmaculado Corazón de María, para
obtener por su mediación la conversión de los pecadores y el renacimiento del
fervor religioso. Tal fue la persistencia con que golpeaba a su mente este
pensamiento que lo obligó a redactar sin tardanza los estatutos de la
asociación, que es hoy la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María.
Aprobadas las bases por el Arzobispo de París, designó el párroco el domingo 11
de Diciembre de 1836 para su solemne instalación e invitó a este acto con
encarecimiento a los pocos cristianos que acudían a oír sus predicaciones.
Grande y muy grata fue la sorpresa del venerable cura al ver que, a la hora
indicada, el templo era estrecho para contener la multitud que acudía a su
llamado, siendo lo más extraño que una gran parte de la concurrencia era
compuesta de hombres. La distribución piadosa dio principio por las Vísperas de
la Santísima Virgen y continuó con la plática, que fue oída con atención y
recogimiento; pero donde el fervor llegó a su colmo, fue durante el canto de
las Letanías, y sobre todo, al llegar al Refugium peccatorum, Ora pro nobis,
palabras que por un movimiento espontáneo e imprevisto fueron repetidas tres
veces consecutivas, como el grito de angustia que sale espontáneamente de todos
los labios en presencia de un peligro común.
Al ver este
efecto maravilloso y con el corazón lleno de las más dulces emociones de
alegría, el venerable cura, que se hallaba postrado al pie del altar, exclamó,
incentivado por la más tierna confianza en medio de un torrente de lágrimas:
«Vos salvaréis, Madre mía, a estos pobres pecadores que os aclaman su refugio.
Adoptad esta piadosa devoción, y en testimonio de que la aceptáis, concededme
la gracia de la conversión de M… a quien mañana visitaré en nombre vuestro».
La conversión
que acababa de pedir, en un momento tan solemne, era la del último ministro*
del rey mártir, Luis XVI, que había vivido en el seno de la impiedad y que,
según todas las apariencias, moriría lejos de la religión. El cura visitó, en
efecto, al día siguiente a este hombre y lo halló tan profundamente cambiado
que no pudo ya dudar de que la obra que acababa de fundar era inspirada por la
Madre de Dios. Si no hubiera tenido en este hecho una prueba tan clara de la
protección de María, habría bastado para convencerse de ello los copiosísimos
frutos recogidos de esta admirable obra. Las costumbres se transformaron como
por encanto, y donde reinaba el hielo de la indiferencia, floreció el fervor
religioso, el cual fue creciendo hasta el punto de que tres años después
comulgaban en la Pascua diecinueve mil cuatrocientas personas.
Esto nos
demuestra que la devoción a la Santísima Virgen tiene el poder de transformar a
los individuos y de atraer pueblos enteros a la fe.
Jaculatoria
Madre de Dios,
Madre mía,
Sed mi refugio en la muerte
Y mi esperanza en la vida.
Oración
¡Oh, Virgen
purísima!, vos que fuisteis elegida desde la eternidad entre todos los hijos de
Adán para ser la Madre del Verbo encarnado; vos que recibisteis una dotación de
gracias tan abundantes como jamás la recibiera humana criatura; vos que
supisteis corresponder con tanta fidelidad a los designios de Dios, dignaos
alcanzarnos de vuestro santísimo Hijo la gracia de conseguir el fin para que
hemos sido creados, correspondiendo dignamente a la gracia y llenando
cumplidamente los deberes de nuestra misión en la tierra. Vos sabéis, Señora
nuestra, cuántos son los peligros de que está sembrado el camino de la vida,
cuántas las tentaciones que el mundo, el demonio y las pasiones suscitan para
separarnos de nuestro fin, alejándonos de Dios por medio del pecado. Pero vos,
que sois fuerte y poderosa como un ejército ordenado en batalla, alargadnos
vuestra mano protectora, cobijadnos bajo vuestro manto maternal e inspirad a
nuestras almas valor y energía incontrastable para salir victoriosos de la
formidable lucha empeñada contra tan insidiosos enemigos. Cuando la hora del
combate se acerque, cuando nos sintáis desfallecer y lleguen a vuestros oídos
nuestras voces suplicantes, venid, dulce Madre, en nuestro auxilio, y vuestra
sola presencia bastará para poner en fuga a los enemigos de nuestra salvación.
Dadnos, en fin, santas inspiraciones para cumplir con entera fidelidad los
designios de Dios sobre nosotros, a fin de que, haciendo en todo su voluntad en
la tierra, merezcamos un día poseerlo en el cielo. Amén.
3 avemarías
Prácticas
espirituales
1.—Rezar siete
Avemarías en honra de la pureza virginal de la Santísima Virgen, rogándole que
nos conceda la pureza de alma y cuerpo.
2.—Examinar
atentamente nuestros afectos e inclinaciones y si halláremos alguno que ofrezca
peligros a nuestra inocencia, corregirlo con generosidad.
3.—Rezar una
tercera parte del rosario para alcanzar de María la conversión de los
pecadores.