miércoles, 29 de abril de 2026

DÍA 30. Gloria de San José en el cielo. Recompensa de las almas interiores

 


PREPARACIÓN

PARA LA CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES

DE SAN JOSÉ”

 del R. P. HUGUET

 

DÍA 30

Gloria de San José en el cielo.

Recompensa de las almas interiores

 

Glorificaré al que fue el Custodio de mi Señor.

Proverbios 27, 18.

 

Arrebatado hasta el tercer cielo, el apóstol San Pablo dice que ojo humano no vio, ni oído oyó, ni corazón de hombre probó jamás felicidad que pueda compararse a la que Dios en su magnificencia ha preparado para los que le aman. Esto es cuanto el Apóstol sabe decir para darnos una idea de cuál es la altura, anchura y profundidad de ese misterio. ¡Cómo comprender, después de estas palabras, la grandeza del premio que Dios dio a San José, el cual supera a todos los bienaventurados por la sublimidad del título, y es tan eminente en virtud y tan rico en méritos?...

La corte de Faraón se quedó maravillada cuando vio al antiguo José vestido de purpura, con un anillo regio, coronada la frente con corona de oro, y sentado en el carro triunfal del mismo monarca. Y bien; toda esta gloria insigne y todos estos honores no eran sino una imagen de los que el Altísimo reservaba a este siervo sabio y prudente, que estableció corno jefe de su familia, y que ejerció todas las obras de misericordia en la persona misma del Hijo de Dios.

El joven Tobías decía a su padre, hablando del ángel que lo había cuidado en el viaje, y a quien creía un hombre: «Me guió y me trajo sano y salvo; me libró del monstruo pronto para devorarme, y gracias a él me encuentro colmado de toda suerte de bienes. ¡Qué podremos darle, por lo tanto, que compense los servicios y los beneficios que nos ha prestado? La mitad de nuestros bienes no bastarían para demostrarle nuestro reconocimiento».

¡Ah! me parece oír a Jesucristo, infinitamente superior al joven Tobías en riqueza y generosidad, decir a su Padre celestial, presentándole a José: «He aquí al que consintió en ir al destierro por Mí, después de librarme de la crueldad de Herodes, y me llevó de Egipto a Nazaret, donde me prodigó toda suerte de cuidados, privándose muchas veces de lo necesario para proveer a mis necesidades. Tuve hambre, y me dio de comer; tuve sed, y me dio de beber; estaba desnudo, y trabajó de día y de noche, y con el sudor de su frente me vistió y me sustentó: ¿Qué recompensa le daremos?...»

«Ninguna otra, Señor, más que Vos mismo -responde el siervo fiel-; ninguna otra, fuera del honor de haberos servido, de haber sido vuestro guía y de haber velado sobre vuestra adorable Persona».

Vuestro deseo será colmado, beato José; el Señor sera vuestra posesión y vuestra recompensa: Ego ero merces tua magna nimis; intra in gaudium Domini tui. He aquí que con David, vuestro ilustre antecesor, podéis repetir: «El Señor es la parte de mi herencia» (Salmo 15, 5).

Y ¡qué parte ventajosa, que herencia riquísima! ... «De hoy más me será dado -exclama San Juan Crisóstomo, en los arrebatos de admiración por el gran Apóstol- ver la boca que pronunció tantas veces los oráculos de la verdad, y poder sostener las cadenas de tan ilustre prisionero de Jesucristo». Y pensemos ahora cual sería el ininterrumpido éxtasis de San José, cuando Dios, en recompensa de su fe, se le mostró en todo el esplendor de su divinidad, haciéndole ver la profundidad incomprensible de su divino Ser, la inefable grandeza de la unidad de su esencia. Unida estrechamente a su Creador, el alma de San José ve y contempla a Dios, pero sin velos, cara a cara, y en Dios ve todas las cosas: las leyes maravillosas que gobiernan el mundo, los misterios de la Providencia, las Tres Personas de la Trinidad Santísima, con sus inexplicables relaciones y sus operaciones divinas; ve a Dios, y esa contemplación lo trasforma en cierto modo en Dios mismo, según la palabra de San Juan: «Sabemos que cuando se mostrará, seremos semejantes a Él, pues le veremos tal como Él es».

«La contemplación de Dios es una felicidad tan grande - dicen los santos doctores-, que si nos dejara ver por un solo instante su rostro adorable, la tierra se convertiría, al desaparecer la visión, en un lugar de tinieblas y de llanto». Dios habla a Moisés sobre el Sinaí, y Moisés se olvida de comer; deja ver un rayo de su gloria a los Apóstoles sobre el Tabor, y los Apóstoles no quieren ya descender de la montaña; Pablo es arrebatado una vez al tercer cielo, y desde ese momento no cesa de suspirar por ser librado de la cárcel del cuerpo: Cupio dissolvi et esse cum Christo. San Esteban protomártir, después de haber visto a Jesús a la diestra de su Padre, considera preciosas las piedras con que es lapidado, y siente infinita dulzura en medio del horrible suplicio a que es sometido.

¡Ah! si el patriarca Jacob se sintió feliz cuando vio a su amado hijo ensalzado a los honores y las dignidades reales, y juzgó hondamente compensado el amargo dolor de su ausencia e inundado su corazón por torrentes de gloria, ¡cómo podremos expresar la felicidad de José, cuando pudo contemplar en toda su gloriosa majestad al mismo Dios, que sobre la tierra le obedecía; a aquel Niño de Belén que llevó entre sus brazos en su fuga a Egipto?...         ¡Oh, divino éxtasis de ese padre mil veces más tierno que Jacob, cuando vio sentado a la diestra del Padre celestial, Rey de reyes, Señor de los señores, rodeado por todos los coros de los ángeles, al amable Salvador que el crio y alimentó sobre la tierra!.. Ya no tiene velos para él la majestad de ese Dios que con tanta frecuencia estrechó contra su pecho, que envolvió con sus manos en pobres pañales, y cuyas lágrimas enjugó más de una vez. Si un solo dedo de la mano de Jesucristo, visto por Santa Teresa mientras hacía oración, bastó para arrebatarla en éxtasis, ¡cuál no será la felicidad de San José al contemplar cara a cara la humanidad del Salvador, que llena el cielo y la tierra con el esplendor de su magnificencia?... Et lucerna eius est Agnus.

¡Qué satisfacción para José el contemplar la suave majestad de María, sentada sobre un trono de gloria, por sobre los querubines, a la diestra de su Hijo!... Astitit Regina a dextris eius. ¡Qué felicidad para el glorioso Patriarca, después de haber admirado ese Astro en su aurora, verle asentado pleno de gloria en los esplendores del día perfecto, en el cenit eterno de la caridad!...

Santa María Magdalena de Pazzis, viendo en éxtasis la gloria del Santo Patriarca, exclama: «¡Oh, Dios, que parte tuvo San José en el cáliz de la Pasión de Jesús, por los servicios que presto a su humanidad!... La pureza de nuestro Santo sirve en el cielo de compañía a la pureza de María; y en ese intercambio de esplendor que mutuamente se dan, la pureza de San José parece derramar, por así decirlo, nuevos brillos sobre la de María. José, unido a Jesús y a María, aparece como una estrella radiosa que ejerce una especial protección sobre las almas que combaten bajo la bandera de María».

El amor beatífico de San José a su Dios corresponde maravillosamente a ese don de contemplación beatífica, del que no hemos podido dar sino una idea muy imperfecta.

El amor beatífico con que Dios recompensa a los santos, está en relación con el que estos tuvieron hacia Él durante su vida mortal. Ahora bien; después de la Santísima Virgen, es San José quien amó a Jesús con el amor más ardiente y puro; y tan grande fue ese amor, que no vacilamos en colocarlo sobre el de los serafines. Estos se consumen en un amor respetuoso, pero el amor de San José es el amor paternal en toda su perfección; es, por así decirlo, casi un rayo del amor del Padre Eterno para con su Hijo, según esta hermosa expresión de Ruperto: Viro huic paternum, qui nascebatur infantis, infundit amorem; amor tanto más ardiente y fuerte, por cuanto excede toda la potencia de amar; amor tan de éxtasis, que funde el alma de José en Dios, para ser una sola cosa, según la expresión de Nuestro Señor Jesucristo: Ego claritatem, quam dedisti mihi, dedi eis, ut sint unun, sicut et nos unum sumus (Juan XVII, 22).

Las tres adorables Personas de la augusta Trinidad, con las que San José tuvo relaciones tan inefables, contribuyen a su gloria y felicidad. El Padre Eterno, que lo estableció depositario de su autoridad sobre la tierra, puso sobre su cabeza la corona de la inmortalidad; el Hijo de Dios, que aquí sobre la tierra lo honró como a padre suyo, lo colocó sobre un trono de luz; el Espíritu Santo, que lo colmó con sus dones, lo levantó a la sublime y altísima dignidad de patrono de las almas interiores; todos los coros de los ángeles a porfía le rinden homenaje y celebran sus grandezas.

¡Qué dulzura se siente al contemplaros, oh José, en vuestra gloria! ¡Cuán feliz soy al admirar verificados maravillosamente en vuestra augusta persona estas palabras del Espíritu Santo: «Glorificaré a aquel que será el custodio de su Señor!...»

Después de haber participado de los padecimientos y las adversidades que sufrieron Jesús y María, justo era que participara de su misma bienaventuranza, según la promesa del Salvador:

«Donde Yo estaré, allí estará también mi siervo». Y así es que yo también quiero unir mi débil voz al concierto de los ángeles y de todos los bienaventurados que alaban a Dios al veros ensalzado a gloria tan sublime, y repiten sin cesar en vuestro honor este cántico de alabanza: «¡Gloria al siervo fiel y prudente que Dios estableció como cabeza de su familia! ¡Gloria a José, a quien estuvo reservada la gloria de heredar todas las bendiciones de los patriarcas, y de verlas cumplidas en su santísima esposa, la Madre del Mesías, en quien son benditas todas las naciones de la tierra!...»

Pero no debemos olvidar, en la meditación de este misterio, que la felicidad dispensada a San José en el cielo, es debida a la correspondencia a las gracias recibidas de Dios; es porque aprendió de los ejemplos mismos de Jesucristo a practicar con toda perfección las ocho bienaventuranzas, bajo la mirada de Aquel que debía coronarlo, pues es al mérito al que se da la gloria, y no a la sangre ni a la carne, ni menos a los títulos y las dignidades humanas. Al admirar lo que Dios hizo de grande para San José, admiramos también lo que San José hizo por Dios: la medida de su humildad fue la de su elevación en el cielo.

¡Quién podrá decir cuántos méritos acumula una persona diligente, que, a ejemplo de San José, obedece siempre fielmente a la gracia?... Ya no hay para ella acciones indiferentes; las más comunes, las más naturales son dignas de una recompensa infinita. Adquiere a cada memento un nuevo grado de luz para conocer a Dios más perfectamente, y para amarle más en la eternidad. No tiene pena que no se la disipe el pensamiento del cielo, ni dolor que no mitigue, ni lágrimas que no enjugue. El mismo apóstol San Pablo pensaba con frecuencia en esa recompensa inmortal, para animarse en las tribulaciones que caían sobre él de todas partes. «El tiempo de mi liberación se acerca -escribía a uno de sus discípulos.- He terminado mi carrera, he observado la fe. No me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que Dios, como justo juez, me dará en aquel día» (II Tim. IV, 6-8).

Las palabras del Profeta: «Dios conoce el camino de los justos», deben ser de gran consuelo para las almas piadosas, aun en esta vida. No son conocidas por el mundo, y muchas veces su conducta es juzgada mal por los hombres; pero Dios, que penetra los motivos de todas sus acciones, las aprecia en todo su valor.

¡Y cuánta consideración debe animar a las almas interiores!... Muchas veces ellas mismas no se conocen, olvidan las victorias obtenidas sobre los enemigos de su salvación, y creen no hacer nada meritorio a los ojos de Dios; pero este Juez supremo, que lleva cuenta de las cosas más insignificantes, del vaso de agua dado por su amor, del óbolo colocado en secreto en el tesoro del santuario, de la humilde oración del publicano postrado en el fondo del templo, ve nuestros simples deseos; su oído está tan atento, que «hasta oye la preparación del corazón».

 

MÁXIMAS DE VIDA ESPIRITUAL

Se puede subir al cielo por grados de humildad. Estando Dios infinitamente elevado, la soberbia nos aleja de Él, y la humildad nos acerca a Él (San Agustín).

Los que siembran con lágrimas, recogen con gloria (Salmo 125).

Las aguas de las aflicciones son como las del mar: pierden su amargura al elevarse al cielo.

 

 

AFECTOS

Oh, Jesús, os bendigo con vuestros ángeles y santos por la gloria indecible con que tan abundantemente habéis recompensado a San José; os agradezco de todo corazón por habérmelo dado por patrono y modelo. No me neguéis, gran Santo, vuestra poderosa intercesión ante Jesús, Hijo vuestro, y María, vuestra augusta esposa. Yo me consagro a vuestro servicio, y quiero honraros con verdadera devoción, empeñándome en imitar vuestras virtudes, y poniendo toda mi solicitud en haceros conocer y honrar. Así sea.

 

PRÁCTICA

Al recibir la confirmación o al entrar en religión, adoptar el nombre de José. Imponerlo a los niños que se bautizan.