jueves, 2 de abril de 2026

DE LAS ÚLTIMAS PALABRAS QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ, HASTA QUE ESPIRÓ.

 


Viernes Santo.

DE LAS ÚLTIMAS PALABRAS QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ, HASTA QUE ESPIRÓ. (Math. 27. Joan. 19. Luc. 23.)

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Viernes Santo.

DE LAS ÚLTIMAS PALABRAS QUE HABLÓ CRISTO EN LA CRUZ, HASTA QUE ESPIRÓ. (Math. 27. Joan. 19. Luc. 23.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera que conociendo Cristo que se llegaba ya su hora de partir de este mundo al Padre dijo aquella misteriosa palabra: Consummatum est; ya está todo cumplido y consumada la obra de nuestra redención; en que declaró cómo había llevado hasta el cabo la obra que le encargó su Padre; ya está consumada la ley antigua y sus ritos y ceremonias han dado fin; ya se ha consumado la obediencia del Padre y han dado fin todos los tormentos y el cáliz de pasión que me mandó beber, todo se ha cumplido y solo resta partir a franquear el Paraíso. ¡Oh Rey de gloria! muchas gracias os doy porque habéis llevado hasta el cabo la obra de mi redención, y os suplico que no se pierda en mí; sino que se logre vuestra preciosísima sangre y me vea yo en vuestro reino con vos.

PUNTO II. Aprende de esta palabra a llevar hasta el fin los obras del Señor, y no descaecer en el negocio de tu salvación, sino pelear hasta morir, y perseverar en el bien hasta la muerte a ejemplo de tu Redentor (1); porque escrito está que el que perseverare hasta el fin se salvará, y el que bastardeare no; pídele gracia para perseverar en el bien comenzado hasta el fin, y no faltar un punto en su servicio, por la perseverancia que tuvo en la obra de nuestra redención.

PUNTO III. Considera las últimas palabras que pronunció el Salvador: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dióle en las manos del Padre, de quien le había recibido, adornado de tantas y tan heroicas virtudes, y enriquecido de tan ilustres obras como fueron las que hizo en el discurso de su vida. Contempla con qué resignación se puso en las manos de su Padre, dispuesto a morir otras mil muertes, si fuese necesario, por el bien de los hombres, y con qué agrado aceptaría el Eterno Padre tan rica y grata ofrenda: entra en cuenta contigo, y mira cómo volverás tu alma a Dios cuando se llegue la hora de tornársela; si la darás mejorada o deteriorada con muchos y graves pecados, y si la recibirá Dios con agrado o desagrado; y disponte desde luego para entonces, aprendiendo a morir en la muerte santísima del Salvador del mundo.

PUNTO IV. Considera cómo en diciendo estas palabras se desató aquella alma santísima de su cuerpo, y pasó a su Eterno Padre dando fin a su dichosa vida, quedando el cuerpo martirizado en la cruz. Contempla el dolor que tendría la Beatísima Virgen, viendo espirar a su Benditísimo y Precioso Hijo con tantos y tan graves dolores, y cuánto desearía morir en su compañía y acompañarle en aquella estación, como le había acompañado en todas las de su vida; atiende al sentimiento que hicieron todas las criaturas en su muerte; el sol se oscureció, las piedras se dieron unas con otras, los sepulcros se abrieron y los muertos mostraron sentimiento, el velo del templo se rasgó de alto abajo y los buenos hirieron sus pechos; solos los hombres obstinados en sus pecados no dieron muestra de pesar; no seas tú de ellos ni tu corazón más duro que las piedras; recógete con tu Dios a meditar lo que padeció por ti; mira la vida que le debes y como le has de pagar, y contémplale en la cruz muerto por ti, y llora la tragedia que has causado en el Salvador del mundo; y mira cómo le has de satisfacer y agradecer tanto como padeció por ti.

(1) Math. 22.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.