viernes, 3 de abril de 2026

DEL ENTIERRO DE CRISTO Y LA SOLEDAD DE SU SANTÍSIMA MADRE

 


Sábado Santo.

DEL ENTIERRO DE CRISTO Y LA SOLEDAD DE SU SANTÍSIMA MADRE

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Sábado Santo.

DEL ENTIERRO DE CRISTO Y LA SOLEDAD DE SU SANTÍSIMA MADRE. (Joann. 19.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo acercándose la noche aquellos nobles varones procuraron con santas y discretas razones mitigar el dolor de la Reina de los ángeles, y le pidieron que diese lugar para enterrar al Salvador, y la misma Virgen mostrando su valor, dice san German Jerosolimitano (1), que ayudó a amortajarle, limpiando la sangre de las heridas y sacando las espinas de la cabeza, y componiéndole la barba y el cabello, y disponiendo la mortaja con su santa compañía, y ungiendo aquel Cuerpo Santísimo con las aromas preciosas que trajeron los dos santos varones; está presente a esta acción, y pídeles licencia para ayudarles en tan piadoso ministerio. Contempla lo que allí obraban, y cuán dichoso fueras si te hallaras digno de participar de aquel oficio, y disponte para ejercitarle con Cristo Sacramentado, recibiéndole como en sepulcro nuevo y limpio en tu corazón, y cuando se ofrezca con los pobres, usando con ellos este piadoso oficio, como si fueran la persona de Cristo.

PUNTO II. Considera cómo se ordenó luego el entierro, llevando en hombros muerto al Autor de la vida, cómo le depositaron en aquel sepulcro de piedra y le cubrieron con la losa; allí quedó sepultado el corazón de su amorosa Madre, allí se le puso el sol de su alegría y quedó en funestas tinieblas de tristeza; allí empezó su soledad y se aumentó su amargura, y como la tórtola que ha perdido su consorte, gemía inconsolablemente por el amado de su corazón con las palabras de Jeremías, diciendo: ¡oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad si hay dolor que se compare con el dolor mío! A ti dice estas palabras, para que no la desampares en su soledad, más baja con devoción y sentimiento a consolarla. ¡Oh Virgen de vírgenes! y quién pudiera dar consuelo a vuestro desconsuelo, compañía a vuestra soledad y alivio a vuestro dolor; aquí me ofrezco cuanto soy, mi alma y mi vida a vuestro servicio, disponed de mí a vuestra voluntad, y sea yo tan dichoso, que pueda dar algún alivio a vuestras penas.

PUNTO III. Contempla con san Buenaventura cómo la Beatísima Virgen volvió del sepulcro que estaba cerca, y con suma reverencia adoró el madero preciosísimo de la cruz de Cristo, siendo la primera que nos dio ejemplo y enseñó su culto y veneración: mírala arrodillada a sus pies, y aprende la lección que te da de reconocer y venerar los instrumentos de nuestra redención.

PUNTO IV. Contempla como se despediría de aquellos santos varones, y las palabras con que les agradecería la piedad que habían usado con su santo Maestro, semejantes a las que dijo David (2) a los que enterraron a Saul: benditos seáis de vuestro Dios y Señor, porque habéis usado esta misericordia con vuestro Señor. La Virgen les rogaría que se fuesen a descansar, y ellos tan corteses como devotos no la dejarían hasta llevarla a su casa. Era ya bien entrada lo noche y no se hablaba de otra cosa en la ciudad, las calles y las plazas estarían llenas de corrillos, y unos dirían bien, y la mayor parte mal del Redentor y de su muerte, y las palabras de todos serían dardos que traspasarían el corazón de la Virgen. ¡Oh qué estación tan dolorosa es esta! la cual anduvo la Virgen sola sin su Hijo, aunque acompañada de su devota compañía. Llegados a su casa se despedirían los piadosos caballeros, y la Reina del cielo se retiraría sola a su retrete, acompañándose toda la noche y el día siguiente con Dios, a quien enderezaría sus coloquios, ofreciéndole su vida y alma con la de su Benditísimo Hijo. Acompáñala tú en su soledad con la meditación, compadeciéndote de sus penas y aprendiendo de su constancia y santidad a llevar las tuyas con igualdad de ánimo, y a ofrecerte en los mayores combates al servicio del Señor.

(1) S. German. de cop. Virg. (2) 2. Regum. 2.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.