Jueves de la III semana de Pascua.
De la gloria del cuerpo de Cristo nuestro Señor.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO PASCUA
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Jueves de la III semana de Pascua.
De la gloria del cuerpo de Cristo nuestro Señor.
PUNTO PRIMERO. Contempla por los mismos pasos la gloria del cuerpo del Salvador, más hermoso que la luz y más resplandeciente que el sol, con los dotes de impasibilidad, agilidad, sutileza y claridad en perfectísimo grado, sobre todos los bienaventurados del cielo, en medio del trono de la gloria, clarificando y glorificando los cielos mucho más que el sol a la tierra, como le vio san Juan, y a todos los cortesanos del cielo dándole loores de alabanza y cantándole motetes y cánticos de gloria; y piensa qué tal será la gloria del que la da a los cortesanos del cielo, los cuales alimentan la suya con la vista de su Señor glorificado en tanta felicidad, y saca afectos de gozo y complacencia de ver a tu Redentor en tan grande gloria y majestad.
PUNTO II. Discurre por los cinco sentidos y luego por las potencias interiores del Salvador, y medita el gozo y la gloria que goza en cada uno de ellos: los ojos, viendo su gloria y la de sus amados y escogidos; sus oídos, con las músicas y alabanzas de los coros de los ángeles y santos de la gloria; el olfato, con los olores suavísimos sobre todo cuanto se puede pensar; el gusto dulcísimo con la suavidad de la gloria; el tacto, regalado con las delicias celestiales; la imaginación, gloriosa con la imagen de Dios y de todas las criaturas en perfectísimo grado; la memoria, satisfecha y gustosa con la presencia de todo lo deseable; el entendimiento, glorioso viendo a Dios como en sí es, y la voluntad, amándole íntimamente sin recelo de perderle ¡Oh gloria de glorias y luz incomprensible! Bendito seáis, vos Señor, que tal gloria merecisteis; alábenos y bendíganos todas las criaturas por la gloria que gozáis, que yo quisiera tener las lenguas de todas para alabaros y bendeciros por todos los siglos de los siglos.
PUNTO III. Considera las prerrogativas que, fuera de lo dicho, tiene Cristo en el cielo sobre todos los bienaventurados, de Señor de los ángeles y Redentor y Juez de los hombres, abogado de todos los pecadores, cabeza y primicer del género humano, de eterno Sacerdote y Pontífice Sumo. Contempla la grandeza y valor de sus merecimientos, así por la unión hipostática con el Verbo, como por la infinita gracia que tenía, y por la perfección con que obraba las laureolas de mártir, de virgen, de doctor, de maestro del universo que mereció; por lo cual dijo san Juan que le vio con muchas diademas sobre su cabeza, todas las cuales son ríos que entran en este mar de gloria; y si cualquiera de estos títulos hace a un justo sumamente feliz y bienaventurado, tantos y tan grandes ¿qué mar de infinita gloria colmarían en Cristo nuestro Señor? Admírate con los ángeles de su felicidad y grandeza; gózate con ellos de su dicha, y pídele que te dé la mano para subir a ella.
PUNTO IV. Considera los pasos por donde el Salvador subió a merecer esta gloria, discurre por su vida santísima, ponderando y meditando sus acciones y virtudes, así exteriores como interiores, y esfuérzate con su ejemplo a imitarle en esta vida para gozarle en la otra.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.