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viernes, 3 de abril de 2026

Vía crucis entresecado de las meditaciones del V.P. Luis de la Puente

 


Vía crucis

V.P. Luis de la Puente

 

Por la señal de la Santa Cruz.

 

Acto de contricción: Señor mío Jesucristo.

***

Al principio de cada estación se puede decir:

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Y al final de cada estación:

V/. Señor, pequé.

R/. Tened piedad y misericordia de mí y de todos los pecadores.

V/. Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo

R/. Y los Dolores de su Santísima Madre al pie de la cruz.

 

Se puede añadir Padrenuestro, Avemaría y Gloria en cada estación.

***

Primera estación. Jesús es condenado a muerte.

Considera cuán injusta fue esta sentencia, pues el mismo juez conocía que Jesús era inocente y lo testificaba, y sabiendo que por envidia acusaban a Cristo los judíos, le entregó a su voluntad.

Oh dulce Jesús, no quiero entregaros a tan cruel tirano como es mi voluntad. Antes quiero que yo y todas mis cosas se entreguen a la vuestra, porque mi propia voluntad es tan cruel que no parará hasta crucificaros otra vez en mí por la culpa. Aunque vio el Salvador que aquella sentencia era injustísima de parte del juez, pero mirando cómo venía por orden del eterno Padre, para remedio del mundo, luego la aceptó de muy buena gana, entregándose a la voluntad rabiosa de sus enemigos. Gracias te doy, Señor, por el amor con que aceptaste sentencia tan cruel, por librarme de la condenación que contra mí estaba dada.

¿Con qué te pagaré, Señor? Pronto estoy para aceptar cualquier sentencia de trabajos que por tu ordenación contra mí se diere. Amén.

 

Segunda estación. Jesús carga con la cruz.

Oída la sentencia, desnudaron a Jesús la vestidura de púrpura y le vistieron la suya, mas no le quitaron la corona de espinas, por no darle aquel alivio. Luego le trajeron el madero de la cruz, a cuya vista ponderaré lo que sentiría y diría dentro de su corazón.

Dios te salve, diría, cruz preciosa, que tantos años has sido por mí deseada, y estás ya preparada para el que desea verse junto contigo. Ven y te abrazaré con mis brazos, porque me has de recibir en los tuyos. Ven y te daré ósculo de paz con mi boca, porque tengo de reclinar en ti mi cabeza, y dormir en paz último sueño de la muerte.

¡Oh, con qué ternura abrazaría nuestro Salvador su cruz, santificándola con aquel primer abrazo! ¡Con qué ganas la tomaría en sus manos, y la pondría sobre sus afligidos hombros! ¡Oh Jesús dulce, dame gracia para que mire tu cruz con tales ojos, y la abrace con este amor, y la busque con este deseo, gloriándome de la cruz, y no descansando hasta morir en ella! Amén.

 

Tercera estación. Jesús cae por primera vez.

Sobre este paso tan lastimado, tengo de considerar lo primero, la grande afrenta del Señor saliendo de casa de Pilatos, cargado de su cruz y en medio de ladrones, con voz de pregoneros que publicaban sus delitos, y con grande gritería del pueblo, concurriendo innumerable gente a ver este espectáculo. ¡Oh ángeles que estáis mirando esta salida de vuestro Señor tan espantosa! ¿Cómo no salís de vuestro cielo a pregonar la causa de ella, para volver por su honra? Bien veo en este paso cual se me descubre la profunda humildad del Hijo de Dios, para que aprenda a apreciarme de sus desprecios y abrazarlos con amor a vista de todo el mundo. Más cuán grande aflicción y dolor sentiría el cuerpo flaco del Señor con carga tan pesada, que de veces tropezaría y arrodillaría con el peso, por estar muy debilitado con los tormentos pasados.

Cómo sudaría de congoja, oprimido con la carga de aquel madero. Cómo iría regando las calles con la sangre que corría de las llagas oprimidas, recrudecidas hasta que por fin dio entierra con el peso de la cruz. ¡Oh Señor, que sostienes con el dedo la máquina del mundo, y no pudiste aguantar el peso de la cruz que representaba mis culpas! ¡Oh, quien nunca te hubiera ofendido! Pero ya que la culpa es mía, razón es que lleve parte de la pena, y que cargue sobre mí la cruz que tengo merecida, aunque sucumba en la demanda.

¡Oh Señor, me ofrezco a llevarla como Tú llevaste la Tuya! ¡Amén!

 

Cuarta estación. Jesús se encuentra con Su Santísima Madre.

A este espectáculo doloroso quiso hallarse presente la Sacratísima Virgen, saliendo al encuentro a Su Hijo cargado con la cruz en la calle de la amargura.

¡Oh fortaleza de ánimo! ¡Oh corazón más que de diamante, que tuviste valor para penetrar por entre la turba de Sayones, y llegar a ver con tus ojos a Tu Hijo tan mal parado! ¡Qué corazón puede pensar! ¡Qué lengua puede explicar Tu dolor, Tus llantos y suspiros, y el quebrantamiento de Tu corazón, cuando viste a Tu amado Hijo en aquel estado, y no le pudiste socorrer! Vístele injuriado, y no le pudiste defender. Vístele infamado de malhechor, y no pudiste responder por él. Viste escupido Su rostro, y no le pudiste limpiar.

Viste Sus ojos corriendo lágrimas, y no se las pudiste enjugar. Verdaderamente no hay dolor semejante a Tu dolor, como no hay amor semejante a Tu amor. Y Tú, amado Jesús, ¿qué tormento nos sentiste al ver presente a Tu Madre en aquel trance, y al cruzarse Tus ojos con los Suyos? Por este tan acervo dolor, líbrame de ver Tu rostro airado, cuando salgas al encuentro a mi alma, al separarse del cuerpo para juzgarla.

Muéstresele blanda y festiva Tu faz divina, y llévala a gozar las eternas alegrías. Amén.

 

 Quinta estación. El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz.

Aquí consideraré la grande fatiga con que caminaba el Señor, hasta que los judíos temiendo no se les muriese en el camino, le quitaron la cruz, no por aliviarle, sino porque muriese en ella. Mas no hallándose quien la quisiese llevar, asieron de un hombre llamado Simón Cireneo, y le forzaron a que llevase la cruz detrás de Jesús.

Oh, quien diera fuentes de lágrimas a mis ojos, para llorar los muchos que andan por el mundo enemigos de la cruz. Todos tenemos horror a la cruz, y no hay quien la lleve sino esforzado como el cireneo. Pero mientras unos las lleva impaciente y sin mérito, otros hacen de la necesidad virtud, y a otros fuerza más suavemente el Señor con su inspiración, por la cual vencen la repugnancia de la carne y se glorían de llevarla.

Oh dulce Jesús, pues a ninguno quieres obligar, y por eso dijiste, si alguno quisiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame. Prevéngame tu gracia, para que yo mortifique mi carne que repugna y contradice, y tome de grado tu cruz, siguiéndote a ti, pues tan de grado la llevaste por mí. Amén.

 

Sexta estación. La Verónica enjuga el rostro de Jesús.

Entre tanto que cargaban con la cruz al cireneo, se detuvo un rato el Salvador, y según la tradición se sentó sobre una piedra que muestran a los peregrinos.

Entonces una mujer llamada Verónica, viéndole el rostro tan oscurecido, con la sangre mezclada con el sudor, se llegó con toda reverencia a limpiársele con un lienzo blanco de tres dobleces. Y en todos tres quedó impreso el rostro divino del Salvador, dejándole el Señor este regalo en pago del que de ella recibía. Oh Dulcísimo Salvador, que pagas el menor obsequio que te hacen tus criaturas con el cien doblado de gracias y mercedes.

Danos a todos los que compadecemos tus dolores una prenda de que hemos de ver tu faz adorable en el cielo. Y entre tanto imprime en nuestras almas la memoria de tu pasión y muerte, para que agradecidos a tanto amor te sepamos correspondiente con la observancia de tu santa ley. Imprime, Señor, tus divinos mandatos en nuestro corazón, y haznos después participantes del galardón que prometes en la gloria. Amén.

 

Séptima estación. Jesús cae por segunda vez.

A pesar del alivio que del cireneo pudo recibir el Señor, cayó segunda vez en tierra. Considera cómo caminaba el Salvador, el cuerpo inclinado con el peso de la cruz, los ojos hinchados y como ciegos de las lágrimas y de la sangre, el paso lento por la flaqueza, las rodillas temblando siguiendo a los dos ladrones, compañeros suyos en la pena, aunque muy desemejantes en la vida, con mofa y escarnio de los judíos, con empellones y maltratamientos de los verdugos, con lágrimas y lamentaciones de las piadosas mujeres. Habiendo llevado su cruz para mayor afrenta por las calles públicas de la ciudad, al salir de ella, en la puerta que llaman judiciaria, cayó segunda vez el Señor, faltándole ya la fuerza para poder pasar adelante.

Oh Señor Pacientísimo, que tanto quisiste padecer para enseñarnos la gravedad del pecado. En esta segunda caída veo cuán graves son los pecados de reincidencia que hicieron caer una y dos veces al que sostiene el mundo. Dame Señor la mano y sostén mi debilidad, para que perdonando una vez, no vuelva a caer de nuevo en la culpa. Amén.

 

Octava Estación. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

Sobre este paso he de considerar cómo Cristo, en medio de tanto tropel de gente y de tanta ignominia, conservó su divina autoridad, y volviéndose a las mujeres que le seguían y lloraban, les dijo, No lloréis sobre mí, sino sobre vosotras. En las cuales palabras no prohíbe llorar su pasión, sino el modo, llorándola como miseria humana, y con olvido de la causa porque padece, que son nuestros pecados. Aquí resplandece la infinita caridad de este Señor, que olvidando sus trabajos, quiere que lloremos los nuestros y los de nuestros prójimos, y los castigos de los que no se aprovechan de su pasión.

Y para eso dice, Si en el madero verde se hace esto, ¿qué será en el seco? Si a mí, que soy árbol verde y fructuoso, me trata así la divina justicia por los pecados ajenos, ¿cómo castigará a los pecadores, que son maderos secos y desaprovechados por sus pecados propios? Oh alma mía, ¿cómo no tiemblas del espantoso castigo que te espera, si eres árbol seco? Oh Padre eterno, apláquese vuestra ira con lo que padece vuestro Hijo inocente, y aunque yo, árbol seco, merezca ser cortado para el infierno, os suplico, me comuniquéis la divina gracia, para que lleve frutos dignos de vida eterna. Amén.

 

Novena estación. Jesús cae por tercera vez.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo. Continuaba el Señor su camino, desde el lugar donde habló a las mujeres, que le lloraban hasta la falda del Calvario, cuando al llegar a pocos pasos de aquel sagrado monte, cayó en tierra la tercera y postrera vez. Esta caída hubo de ser dolorosísima, pues estaba tan extenuado y falto de fuerzas el Señor, que no pudo ayudarse de manera alguna para amortiguar el golpe.

Míralo, alma mía, de nuevo lastimado y herido, al dar contra el suelo con todo el peso de su cuerpo, y considera que tus pecados le han puesto así. Tus repetidas maldades motivaron tan frecuentes caídas. Oh Señor, caído ya por tercera vez bajo el peso de mis pecados, da fin a mis culpas y levántame para que no vuelva más a caer.

 

Sosténme con el santo temor de tus ocultos juicios, de la divina justicia y de la eterna condenación, de modo que me libres de ella. Amén.

 

Décima estación. Jesús es despojado de sus vestiduras.

Aquí hemos de considerar cómo hallándose pegada la túnica al cuerpo llegado del Señor, se la quitaron con tanta crueldad que le renovaron las heridas y le hicieron otras de nuevo, y así desnudo y ensangrentado, les pusieron a la vista del pueblo con grande ignominia. Sufrió este tormento con suma paciencia, ofreciéndolo al Eterno Padre por la confusión que nosotros merecíamos y dándonos ejemplo de sufrimiento cuando nos faltara el vestido y lo demás necesario para el cuerpo.

También nos dio ejemplo de mansedumbre cuando apretado de sed por estar muy desangrado y haber hecho tantos caminos, recibió de los judíos vino mezclado con hiel y mirra amarga. Gustó lo el Señor para pagar los deleites sensuales de nuestra gula, y para enseñarnos la paciencia cuando nos dieren comida desabrida en nuestra hambre y sed, pues en la suya le dieron hiel. Oh Redentor mío, perdona las demasías que en el regalo de mi cuerpo he cometido, y pues me das tantas lecciones de sufrimiento, dame la gracia de ponerlas por obra. Amén.

 

Undécima estación. Jesús es clavado en la cruz.

 

Que por tu santa cruz redimiste al mundo. Después que Cristo estuvo desnudo, mandaronle los soldados que se tendiese de espaldas sobre la cruz, y al punto se tendió, extendiendo sus brazos y pies para que fuesen enclavados, dándome ejemplo de obedecer a mis superiores, aunque sean malos y me aborrezcan. Dame gracia, Señor, para cumplir tus mandamientos, tendiéndome, si fuere menester en cama de cruz, para morir en ella por tu amor.

Tendido así el Salvador, tomaron los soldados sus manos y con clavos grandes las enclavaron, y de la misma manera enclavaron sus pies, vertiendo arroyos de sangre por las cuatro heridas. Considera cuán terrible dolor sintió nuestro Señor con estas crueles heridas, por ser en las partes más nerviosas y en cuerpo tan delicado. Oh, cuán bien te cuadras, Señor, el nombre que te puso Isaías, llamándote varón de dolores, pues jamás hubo dolor que igualase al tuyo.

Mis pecados son la causa de tanto dolor, los que yo cometí con las manos de mis malas obras y con los pies de mis malos afectos. Oh, Padre eterno, mirad estas llagas que os ofrece vuestro Hijo para remedio de las mías, y curadme de ellas. Amén.

 

Duodécima estación, Jesús muere en la cruz.

En este paso hemos de considerar cómo después de clavado el Señor, levantaron los soldados la cruz en alto y la dejaron caer de golpe en el hoyo que estaba abierto en la peña, estremeciéndose todo el cuerpo con gravísimo dolor. Levántate, oh alma mía, en alto con tu Señor para enclavar tus afectos en la cruz.

 

Mira el dolor y vergüenza que sintió al verse delante de tanta gente afrentado. Mira cómo la cabeza no tiene dónde reclinarse, porque si se reclina en la cruz se le hincan más las espinas. Las manos se le están rasgando con los clavos por el peso del cuerpo.

Las heridas de los pies se van abriendo y dilatando con la carga del cuerpo que estriba en ellos. Y viendo a tu Señor tan rasgado con tormentos, rasga tu corazón de dolor de tus pecados. Mira luego los cuatro rollos de sangre que salen de las llagas.

Llégate cerca de ellos y lávate con aquella sangre de tus culpas. Oh sangre preciosísima, lávame y embriágame con el exceso de amor con que fuiste derramada. Por fin veré cómo vaciándose las venas de la sangre, comenzó el rostro del Señor a demudarse, y los miembros del cuerpo a entrar a enflaquecerse, y faltando las fuerzas, entregó su espíritu al Padre.

Oh buen Pastor, cuán bien habéis cumplido con vuestro oficio, dando la vida por vuestras ovejas. Acordaos de mí, oveja errante, que perecí, y con vuestra muerte devolvedme la vida. Amén.

 

Décimo tercera estación. Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su Madre.

Sobre este paso tengo de considerar cómo inspiró el Señor a José de Arimatea, que era discípulo de Cristo, pero oculto, un gran valor para entrar a Pilatos y pedirle el cuerpo de su Maestro, en lo cual se ve la virtud de la pasión que destierra del alma toda cobardía. Y luego, en compañía de Nicodemo, bajó de la cruz el cuerpo con grande reverencia.

Recibióle la Santísima Virgen en sus brazos, y abrazóle con ellos traspasada de dolor. Miraba todo el cuerpo de su Hijo en cada uno de sus miembros atormentados. Contemplaba los huesos desencajados, besando los agujeros de las manos y las llagas del costado y de los pies, quedando su espíritu llagado con la vista de tantas llagas, y embriagado con tantas amarguras.

Oh Virgen Santísima, por el acervísimo dolor que en este paso sentiste, dame contemplar con fruto las llagas de tu Hijo, para que viendo en ellas lo que costó mi redención, tengan mayor estima la salvación de mi alma. Amén.

 

Décimo cuarta estación. Jesús es sepultado.

Hemos llegado al último paso, que es la sepultura del Salvador. Aquí vemos como los santos varones, ungido y envuelto en la sábana santa el cuerpo del Señor, le colocaron en el sepulcro.

Oh Virgen Sacratísima, qué dolor sentiría vuestro corazón, viendo cubierto el rostro en quien se miran los ángeles. Oh rostro más puro que el sol, ¿quién te ha cubierto con la nube de esta mortaja? Tu caridad lo ha hecho para librar de la muerte al Adán terreno, y quitar la nube de mis pecados que me impide ver tu divino rostro. Oh Virgen Soberana, querría llorar con vos como el profeta Jeremías y deciros, ¿cómo estáis en soledad, la que solíais ser como ciudad llena de pueblo? ¿Qué hacéis como viuda desamparada, la que sois señora de las gentes? No hay quien os consuele entre vuestros amigos, pues os falta el que sólo podía deciros como a la viuda de Naím, no llores.

Más consólaos, oh madre afligida, cesen vuestros gemidos y suspiros, pare la corriente de vuestras lágrimas, pues el grano que sembrasteis en el sepulcro saldrá vivo con su fruto muy copioso, para premiar vuestra soledad y tristeza. Amén.

 

Para ganar la indulgencia concedida al rezo del Vía Crucis, por su santidad el Papa, su persona e intenciones.

Padrenuestro, Avemaría

VIACRUCIS V.P. Luis de La Puente by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)

y Gloria

viernes, 20 de marzo de 2026

VIA CRUCIS del misal latino-español de Nácar-Colunga

 


VIA CRUCIS

Del misal latino-español de Nácar-Colunga

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Acto de contrición. Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador Padre y Redentor mío, por ser vos quien sois bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, a mí me pesa de todo corazón de haberos ofendido. También me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.

 

Ofrecimiento. Dulcísimo Jesús, postrados a tus pies imploramos tu ayuda para recorrer con fervor y compunción la dolorosa vía que recorrieron tus pies ensangrentados. Ilumina, Señor, nuestras mentes y enciende nuestros corazones, para que penetremos y adoremos los insondables misterios de amor y caridad de tu pasión y muerte. Al hacer este vía crucis, nos proponemos ganar todas las indulgencias con que este ejercicio ha sido enriquecido por los sumos pontífices, y os las ofrecemos en satisfacción por nuestros pecados, en expiación de todas las ofensas que a diario se os hacen, y en sufragio de las benditas almas del purgatorio. Aceptad, Señor, este servicio de nuestra devoción, y dignaos bendecirnos por la intercesión de vuestra dolorosísima Madre, la Santísima Virgen María. Amén.

 

***

Al principio de cada estación se puede decir:

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Y al final de cada estación:

V/. Señor, pequé.

R/. Tened piedad y misericordia de mí y de todos los pecadores.

V/. Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo

R/. Y los Dolores de su Santísima Madre al pie de la cruz.

 

Se puede añadir Padrenuestro, Avemaría y Gloria en cada estación.

***

 

Primera estación. Jesús condenado a muerte.

 

Oh, dulcísimo Jesús, por esta sentencia de muerte, que tantas veces hemos firmado con nuestras culpas, líbranos de la sentencia de nuestra muerte eterna. Amén.

 

Segunda estación. Jesús con la cruz a cuestas.

Oh dulcísimo Jesús, para salvarme cargaste con la pesada cruz de mis pecados, y los del todo el mundo. Haz que conozca todo su enorme peso, y los lave con lágrimas de contrición. Amén.

 

Tercera estación. Jesús cae por primera vez.

Señor, nuestras caídas y el peso de nuestras culpas te hacen caer a ti bajo el peso de la cruz. Concédenos la gracia de que las detestemos, y no volvamos a caer en ellas.

 

Cuarta estación. Jesús se encuentra con su Santísima Madre.

Oh Reina y Señora Nuestra, por el dolor cruel que traspasó tu maternal corazón, al ver a tu Hijo, afeado el rostro por el polvo y la sangre y desgarradas las carnes por los azotes, te suplicamos, Madre de la amargura, que pues fueron nuestros pecados los que te afligieron, hagas que amargamente los lloremos toda nuestra vida. Amén.

 

Quinta estación. El cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz.

Dichoso, Señor, el Cireneo que te ayudó a llevar la cruz hasta el Calvario. Dichosos nosotros también, si te ayudamos a llevarla, sufriendo resignados y contentos, las penas y contrariedades que en esta vida te dignes enviarnos. Amén.

 

Sexta estación. La Verónica enjuga el rostro de Jesús.

Oh benigno Jesús, que te dignaste imprimir tu divina imagen en el lienzo con que te enjugó la Verónica, graba en nuestra alma el recuerdo de tu acerva pasión. Amén.

 

Séptima estación, Jesús cae por segunda vez.

Oh manso Jesús, por segunda vez caes bajo el peso de la cruz. Te suplicamos, Señor, que nos hagas sentir íntimamente la malicia de nuestros pecados, y nos des gracia para que no nos hagan caer en la eterna condenación. Amén.

 

Octava estación. Jesús consuela a las piadosas mujeres de Jerusalén.

Oh Jesús piadoso, que consolaste a las piadosas mujeres que lloraban al contemplar tu aflicción. Derrama sobre nuestras almas el llanto de la contrición, y los consuelos de tu misericordia, en que confiamos. Amén.

 

Novena estación. Jesús cae por tercera vez.

Por la angustia que sufriste al caer por tercera vez, bajo el peso de la cruz, danos, Señor, una gracia singular, para que así no decaigamos de las promesas hechas en el bautismo y alcancemos los premios de la gloria. Amén.

 

Décima estación. Jesús es despojado de sus vestiduras.

Oh castísimo Jesús, que permitiste ser despojado de tus vestidos, quedando desnudo ante la muchedumbre. Por la pena que esta afrenta te causó, mortifica, Señor, nuestra carne pecadora, y mitiga nuestros perversos instintos, para que con tu gracia merezcamos conservar siempre, limpia, la estola bautismal. Amén.

 

Undécima estación. Jesús es clavado en la cruz.

Oh Pacientísimo Jesús, por los acervos dolores que sufriste al clavarte pies y manos en la cruz, haznos la gracia de nunca extender nuestras manos al mal, ni correr por los caminos del pecado, más vivir siempre crucificados y fijos en tu servicio. Amén.

 

Duodécima estación. Jesús muere en la cruz.

Oh divino Redentor, que crucificado entre dos ladrones, y levantado ante el mundo todo, mueres por salvarnos a nosotros de la muerte. Te suplicamos humildemente, que salves nuestras almas, y hagas que, amándote sobre todas las cosas, en ti y por ti, muramos al pecado. Amén.

 

Décima tercera estación. Jesús es bajado de la cruz.

Oh Madre dolorosa, por el cruel dolor que traspasó tu maternal corazón, al recibir en tus brazos el cuerpo muerto y destrozado de tu Hijo, alcánzanos de él la gracia de llorar sinceramente nuestros pecados, y querer morir mil veces antes de volver a cometerlos. Amén.

 

Décimo cuarta y última estación. Jesús es sepultado.

Oh Señor y Redentor nuestro, por tu sepultura acá en la tierra, haz que muerto al pecado nuestro corazón quede en ti perpetuamente sepultado, para que así vivas siempre para Dios en la gracia. Amén.

***

Para ganar la indulgencia concedida al rezo del Vía Crucis, por santidad el Papa a su persona e intenciones. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

***

Querido hermano, si te ha gustado el ejercicio del Vía Crucis, compártelo con tus familiares y amigos.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.

 

INDULGENCIA PLENARIA DEL VIERNES SANTO AL BESAR LA CRUZ Y DIARIA POR EL REZO DEL VIACRUCIS

 

Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que:

1.      el Viernes Santo de la Pasión y Muerte del Señor asista piadosamente a la adoración de la cruz en la solemne Acción litúrgica.

2.      practique el piadoso ejercicio del Vía Crucis o se una piadosamente al que practica el Sumo Pontífice y que es retransmitido por la radio o la televisión.

3.      Con el piadoso ejercicio del Vía Crucis se actualiza el recuerdo de los sufrimientos que soportó el divino Redentor en el camino desde el pretorio de Pilato, donde fue condenado a muerte, hasta el monte de la Calavera o Calvario, donde murió en la cruz por nuestra salvación.

4.      Para ganar indulgencia plenaria se establece lo siguiente:

5.      El piadoso ejercicio debe practicarse ante las estaciones del Vía Crucis legítimamente erigidas.

6.      Para erigir el Vía Crucis se requieren catorce cruces, a las que provechosamente se acostumbra añadir otros tantos cuadros o imágenes que representan las estaciones de Jerusalén.

7.      Según la costumbre más extendida, este piadoso ejercicio consta de catorce lecturas piadosas, a las que se añaden algunas oraciones vocales. No obstante, para realizar este piadoso ejercicio, se requiere únicamente la piadosa meditación de la Pasión y Muerte del Señor, sin que sea necesaria una consideración sobre cada uno de los misterios de las estaciones.

8.      Se requiere el paso de una estación a otra. Si el piadoso ejercicio se practica públicamente y el movimiento de todos los presentes no puede efectuarse sin evitar el desorden, basta con que quien dirige el ejercicio se traslade a cada estación, sin que los demás se muevan de su lugar.

9.      Los que están legítimamente impedidos pueden ganar la misma indulgencia, si al menos por un tiempo, por ejemplo, un cuarto de hora, se dedican a la piadosa lectura y meditación de la Pasión y Muerte del Señor Jesucristo.

10.   Al piadoso ejercicio del Vía Crucis se asimilan, también en lo que se refiere a la consecución de la indulgencia, otros piadosos ejercicios, aprobados por la autoridad competente, en los que se recuerda la Pasión y Muerte del Señor, manteniendo las dichas catorce estaciones.

11.   Entre los Orientales, donde no hay costumbre de practicar este piadoso ejercicio, los patriarcas podrán establecer, para ganar esta indulgencia, otro piadoso ejercicio en recuerdo de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

VIA CRUCIS. Del misal latino-español de Nácar-Colunga by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOLEDO (ESPAÑA)