sábado, 12 de septiembre de 2026

DÍA 13. LAS PALABRAS DEL HUMILDE DESCUBREN A DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 

DÍA 13

LAS PALABRAS DEL HUMILDE DESCUBREN A DIOS

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 13

LAS PALABRAS DEL HUMILDE DESCUBREN A DIOS

El humilde puede parecer un poco de tierra, pero puede ser también ríos caudalosos y mares anchos que no se agotan, porque habla de Dios, y Dios no tiene fin. Por eso el Espíritu Santo descendió en lenguas de fuego, dando a entender que al humilde no le basta una lengua para explicar lo que él no es, lo que Dios es y los bienes que de su mano recibe.

Las lenguas de los humildes son como cauces que se llenan en el abismo y mar grande de la sabiduría de Dios. Son lenguas de fuego porque, cuando el humilde habla de Dios, no hay quien lo detenga. Si le faltan palabras para hablar de sí, tiene mil lenguas para tratar de Dios. Si no tiene lengua para mentir diciendo de sí lo que no es, tiene abundancia de palabras para decir y descubrir lo que es Dios.

Así, una de las mayores muestras de humildad es ver al humilde mudo, sin lengua y palabras para sí, y lengua y palabras para Dios. Desapareciendo él en sí mismo, solo encuentra a Dios en sí. Como decía san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí».

Pero el humilde también habla con su vida y con su espíritu. La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo. Es como el grano de trigo que, arrojado y sepultado en la tierra, nace, vive, crece, reverdece y se multiplica. Las palabras del humilde no se quedan en el sonido: entran en el alma y descubren quién es Dios y quién es el humilde que las siembra.

La eficacia de sus palabras no está en la persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu. No se trata de multiplicar razones humanas, sino de la virtud y espíritu que Dios comunica a las palabras. Son como flechas en manos poderosas: van derechas, hieren y derriban. Los santos apóstoles vencían no tanto con retóricas y razones, sino con espíritu y virtud.

San Pablo habla de una «sabiduría divina, misteriosa, escondida», que se conoce y aprovecha entre los perfectos, entre los humildes que la meditan y buscan en ella los misterios que Dios tiene encerrados. No es la sabiduría de la tierra ni de los príncipes de este mundo, que puede destruir y herir a quienes la poseen.

La sabiduría del mundo es como una ropa que se pone sobre un enfermo: puede cubrir el mal exterior, pero no cura el frío que está metido en los huesos y en las entrañas. Así ocurre con quien tiene buena apariencia exterior, pero lleva dentro codicias, deshonestidades y presunciones. La ciencia del mundo, si no entra en el corazón, no cura las enfermedades secretas del alma.

En cambio, la sabiduría que viene de Dios tiene alma, virtud y espíritu. Penetra en el interior, echa fuera las enfermedades secretas y vuelve al justo fervoroso, encendido, hecho fuego y llama. Es agua viva, fuente que salta hacia la vida eterna. A quien se comunica esta sabiduría se le abren los tesoros de la ciencia y sabiduría de Dios.

Esta ciencia no admite presunciones ni soberbias. Anda junta y pegada con el mismo Dios y satisface al que la posee. Y tiene una doble acción: descubre a Dios y su grandeza, y nos humilla mostrando nuestra bajeza.

Por eso, el verdadero humilde tiene palabras para decir quién es Dios, pero le faltan palabras para descubrirse a sí mismo.

 

JACULATORIA: Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré limpio e inocente del gran pecado. Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío. (Salmo 19, 14-15)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.