DIA
1
DEBEMOS
DAR BUEN EJEMPLO
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 1
DEBEMOS DAR BUEN EJEMPLO
Una
de las mayores mortificaciones que encuentra el justo en el camino de la
perfección es tener que vivir entre los hombres y satisfacer sus juicios y
pareceres. Aunque en todas nuestras obras hemos de buscar principalmente a Dios
y su mayor honra, también tenemos obligación de ayudar a los hombres y de
procurar su edificación, siempre que esto no contradiga la ley de Dios.
Cristo
nos manda que nuestra luz resplandezca delante de los hombres, para que, viendo
nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre celestial. Sin embargo, los juicios
de los hombres son limitados y sus gustos muy diferentes. Unos alabarán
nuestras obras, otros las criticarán y otros las despreciarán. Así sucedió
también con Cristo: unos lo alababan, otros lo vituperaban y otros lo
perseguían.
Por
eso, el justo no debe inquietarse demasiado por lo que el mundo diga de él.
Cada árbol da su fruto según su especie: el naranjo da naranjas agrias y la
palma dátiles dulces. No puede cada árbol acomodar su fruto al gusto de todos.
Lo importante es que dé el fruto que Dios le ha concedido.
De
la misma manera, el justo debe obrar sencilla y fielmente según la gracia que
ha recibido. No toda el agua que derraman las nubes aprovecha, ni toda la luz
del sol es recibida de la misma manera. Hay hombres que, por sus propios
prejuicios y malas disposiciones, convierten en amargo lo que se les ofrece
para su bien.
Así
lo hizo Cristo muchas veces. Cuando quisieron apedrearlo, pasó por medio de
ellos y siguió su camino. El siervo de Dios ha de aprender también a no
detenerse ante las piedras que le arrojan las lenguas de los hombres. Debe
hacer con prudencia lo que esté de su parte y después confiar en Dios, que sabe
defender al justo y hacer callar a los malvados.
Satanás
procura servirse precisamente de los juicios y opiniones de los hombres para
apartarnos de Dios. Puede hacernos trabajar tanto por conservar nuestro buen
nombre y satisfacer a todos, que terminemos sin fuerzas para atender a Dios y a
nuestra propia alma.
Por
eso hemos de dar al mundo lo que verdaderamente le debemos: nuestro buen
ejemplo, nuestras palabras santas y una vida ordenada y caritativa. Pero
debemos darlo sin perder por ello el recogimiento y la unión con Dios. Si el
prójimo se encuentra en verdadera necesidad espiritual y no hay otro que pueda
ayudarle, entonces debemos dejar incluso nuestros ejercicios ordinarios para
acudir en su auxilio. Esto no es abandonar a Dios, sino dejar a Dios por Dios.
La
verdadera caridad sabe distinguir cuándo debemos recogernos con Dios y cuándo
debemos salir de nosotros mismos para ayudar al prójimo.
JACULATORIA: “Ad maiorem Dei gloriam.” “Todo a mayor
gloria de Dios.”
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.