Viernes de la XIII semana después de Pentecostés
DE LA COMPASIÓN DE CRISTO LLAGADO COMO LEPROSO POR NOSOTROS.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA
DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la XIII semana después de Pentecostés
DE LA COMPASIÓN DE CRISTO LLAGADO COMO LEPROSO POR NOSOTROS.
Este día de Pasión meditarás la que pasó el Redentor del mundo por ti, según las palabras de Isaías que dicen: Nosotros le vimos y juzgamos como leproso y herido de Dios y humillado; pero él fue llagado por nuestras maldades y atrito por nuestros pecados: sobre él cayeron los azotes de nuestra paz, y con el licor de su sangre alcanzarás toda entera salud.
PUNTO PRIMERO. Ponte delante de los ojos a Cristo nuestro Redentor como le pinta Isaías, llagado de pies a cabeza como leproso, despreciado y denostado de todos, humillado con sus afrentas, embestido por todas partes de dolores, así en lo interior como en lo exterior, solo, perseguido, olvidado, desechado como lo eran los leprosos en la antigüedad. Contémplale de esta suerte, y que, callando, te llama a que tengas compasión de él; tantas bocas tiene como llagas, y tantas voces te da cuantos son los dolores que padece, con las cuales te dice: Miseremini mei, saltem vos, amici mei. «Tened misericordia de mí, siquiera vosotros, mis amigos». Mira si lo eres de Cristo y qué le has de responder a esta voz; contempla despacio lo que padece y la soledad que tiene; y, pues él se compadeció de los leprosos, compadécete tú de él y acompáñale en su soledad, cuando todos le desamparan; ofrécete a sus pies para servirle y acompañarle eternamente.
PUNTO II. Considera lo que dice Isaías: que fue herido de Dios por nuestros pecados; y así dice que le vio como leproso, no leproso, porque no le tocó la lepra de la culpa; pero tomó sobre sí la pena, y apareció con las llagas y dolores que nosotros merecíamos y habíamos de llevar. ¡Oh Redentor mío! ¿Con qué palabras agradeceré yo tan señalada merced? Vos tomasteis la enfermedad que yo había de pasar, y la lepra que había de tener, y padecisteis los dolores que yo había de padecer; yo pequé y vos hicisteis la penitencia por mis pecados. Bendito, alabado y glorificado seáis por todos los siglos de los siglos. Amén.
PUNTO III. Medita aquellas palabras: «Sobre él descargó la disciplina de nuestra paz y los azotes que habían de caer sobre nosotros»; porque con su castigo y penitencia se dio el Padre por satisfecho y perdió la saña que tenía contra nosotros, y nos recibió en su paz y en su amistad. Mira y contempla lo que costó reconciliarte con Dios, y con cuánto gusto padeció el dulce Jesús una suma tan grande de dolores por ganarte la paz y la amistad de Dios. Reconoce el valor de esta margarita por la grandeza del precio que dio el Redentor por ella; y, habiéndole agradecido tan subida merced, ponte a pensar qué debes ofrecer tú por no perderla. Considera su valor y por cuán bajo precio la has dado muchas veces, trocándola por un momentáneo y vil deleite, por una palabra de ira, por un pensamiento de venganza y por un interés humano, cosas todas de ningún valor. ¡Oh Señor, y qué ciego he vivido! Pésame de haberos ofendido y haber estimado en tan poco la joya preciosa de la amistad divina que vos me comprasteis con el precio de vuestra sangre. Yo propongo enmendarme, y morir millares de muertes antes que volverla a perder, ni dar ocasión de que padezcáis vos por mí.
PUNTO IV. Medita las últimas palabras de Isaías que propusimos: «Con el licor de su sangre alcanzamos salud». Todos estábamos enfermos y leprosos, y este mansísimo Cordero ofreció el baño de su sangre para sanarnos de la culpa. Pues si amor con amor se paga y medicina con medicina, e Isaías testificó que le vio como herido de lepra, ofrece tú la sangre de tus venas para curar a quien te curó, y las telas de tu corazón para limpiar a quien te limpió, y tu alma y tu vida por la suya; y no cese tu lengua de alabarle, tu corazón de amarle, y tu entendimiento de contemplarle, y todo tu ser de servirle. Ofrécete todo a él, como él se da todo por ti; considera cuán enfermo estuvieras, si Cristo no te hubiera curado, y cuán costosa medicina te dio para tu salud, y agradécela eternamente.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.