DÍA 23
EL CORAZÓN DE MARÍA CRUCIFICADO
EN LA CRUCIFIXIÓN DE SU HIJO
EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA 23
EL CORAZÓN DE MARÍA CRUCIFICADO
EN LA CRUCIFIXIÓN DE SU HIJO
Considera cuán dolorosos fueron para el Corazón de María los repetidos golpes de los martillos que hundían los clavos en los pies y en las manos de su Hijo.
Considera las profundas heridas que recibió aquel Corazón materno al ver atravesados esos pies que siempre habían corrido en busca de las ovejas perdidas, y esas manos que nunca habían dejado de derramar beneficios.
«¡Oh maravilla! —exclama san Buenaventura—. Todo Jesús está crucificado en el interior del Corazón de María.»
«Todos los dolores del mundo reunidos no igualarían este dolor de María», dice san Bernardino de Siena.
«El amor de esta Madre —dice san Agustín— supera el amor reunido de todos los padres y de todas las madres hacia sus hijos.»
Su dolor, por tanto, sobrepasó todos los demás dolores, porque fue proporcionado a su amor. Pues, como dice san Lorenzo Justiniano: «Fue herida tanto más profundamente cuanto más tiernamente amó.»
¿Por qué nosotros no experimentamos ningún dolor al contemplar los sufrimientos de tal Hijo y de tal Madre? Porque nos falta amor.
De otro modo, ¿sería posible contemplar a un Dios hecho hombre por amor a nosotros, crucificado por amor a nosotros y muriendo en una cruz por amor a nosotros, en presencia de su Madre —que también es nuestra Madre—, completamente desolada y crucificada en su Corazón; verlos sufrir así por nosotros y no sentir compasión, no quedar profundamente conmovidos ni derramar torrentes de lágrimas?
«Si vierais —dice san Buenaventura— a una bestia, a un animal tratado de ese modo, por simple sensibilidad humana sentiríais compasión.»
¡Cuánto mayor debería ser, entonces, nuestra compasión y nuestro dolor ante los sufrimientos del Señor, nuestro Dios!
Señor mío y Dios mío, crucificado por nuestro amor, contemplad, os lo suplico, las llagas de vuestras manos. En ellas habéis escrito y firmado con vuestra propia Sangre el acta de mi redención. Leed esos caracteres y salvadme.
Comprendo muy bien que, para realizar la salvación de un monstruo de ingratitud como yo, no basta menos que la fuerza todopoderosa de vuestras llagas.
Grabad, pues, esas llagas en mi corazón; que vuestro amor quede también impreso en él, y haced que sienta un profundo dolor por mis pecados, causa de vuestros sufrimientos.
A Vos me dirijo, Santa Madre: grabad profundamente en mi corazón las llagas de Jesús crucificado.
ORACIÓN
¡Oh María, oh Madre de los Dolores! Todo cuanto la imaginación más viva pudiera concebir de desgarramientos y angustias, de tormentos morales y de sufrimientos interiores, nada, absolutamente nada, podría compararse con lo que experimentaste en el Calvario cuando viste a tu Hijo amadísimo ser levantado brutalmente de la tierra, clavado en una cruz y privado de todo consuelo y de toda ayuda. Sin duda fue necesario un auxilio especial del cielo para que, en presencia de tan inmensos dolores, tu alma pudiera permanecer unida a tu cuerpo.
¡Oh María! Antes morir que tener la crueldad de renovar el recuerdo de tus dolores con mis infidelidades y mis pecados. Todo mi deseo y todo mi empeño serán consolarte y alegrarte con una vida pura e intachable, procurando meditar sin cesar tus dolores. Amén.
FLOR. Repetir con frecuencia esta jaculatoria: «A Vos me dirijo, Santa Madre: grabad profundamente en mi corazón las llagas de Jesús crucificado.»
FRUTO. Amemos a Jesús y al Corazón de María, crucificados por nuestro amor.
ORACIONES FINALES
ORACIÓN
AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA
¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.
¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.
Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.
Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.
En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.
Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.
ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.
Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores
A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:
- Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
- Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
- la Natividad de la Santísima Virgen María,
- la Asunción de la Santísima Virgen,
- y la fiesta del Santísimo Corazón de María,
con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.
- Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
- Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.