sábado, 15 de agosto de 2026

PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

 


XII domingo duodécimo después de Pentecostés.

PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

XII domingo duodécimo después de Pentecostés.

PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO. (Luc. 10.)

 

Dijo Cristo a sus apóstoles, según refiere san Lucas, que eran bienaventurados los ojos que le veían y le oían, cosa que tantos profetas y reyes desearon y no alcanzaron.

A esta sazón le quiso tentar un doctor de la ley, preguntándole qué haría para ir al cielo; a quien Cristo respondió que cumpliese la ley que ordenaba amar a Dios y al prójimo como a sí mismo; y, para declarar quién era el prójimo, le trajo una parábola de uno que cayó en manos de ladrones, y, dejándole medio muerto, solo un samaritano se apiadó de él y le curó, mostrando ser prójimo suyo.

 

PUNTO PRIMERO. Considera la dicha tan grande del alma en tener a Cristo y gozar de su Iglesia, y de sus palabras y sacramentos, y de tantas maravillas como ha hecho y hace en favor de sus fieles, cosa que tantos profetas, patriarcas, reyes, sabios, doctores e innumerable gente desearon ver y no vieron, como se dijo en la meditación pasada.

Pondera la grandeza de esta merced, y qué dieras por alcanzarla si no la tuvieras. Agradécesela al Señor que te la hizo, y procura servirle y amarle como debes.

 

PUNTO II. Considera que dice Cristo que son bienaventurados los ojos que le ven y los oídos que le oyen; porque no basta verle sin oírle y obedecer a sus palabras.

Pondera cuántos fueron los que le vieron y oyeron cuando vivía, y cuán pocos los que le siguieron; y que, como dijo el mismo Señor, el haberle visto y oído fue para mayor cargo y condenación suya, por no haberle creído; como es mayor culpa caer en la luz que en las tinieblas.

¡Oh alma mía!, que gozas de la luz de su doctrina, y ves sus milagros y los ejemplos de su santísima vida, tiembla la cuenta que has de dar a Dios de todo esto, y mira cómo te aprovechas de tanta y tan clara luz, y pídele a Dios que no seas de los muchos, sino de los pocos que se aprovecharon de ella.

 

PUNTO III. Considera lo que este doctor le preguntó; conviene a saber, qué haría para ir al cielo. La pregunta fue buena, aunque la intención no.

Rúmiala y medítala, y considera cuántas diligencias haces para saber qué harás para alcanzar más honra y mayores puestos, y para tener más salud y acaudalar más hacienda, y cuán pocas para alcanzar el cielo y la bienaventuranza.

Despierta tu corazón, y medita y considera qué has hecho hasta ahora para alcanzar la bienaventuranza, y qué has de hacer en adelante, y cuánto te importa salir con tu pretensión, y cuánto pierdes si no sales con ella; y pídele al Señor con lágrimas que te dé luz, fuerzas y perseverancia hasta alcanzarla.

 

PUNTO IV. Considera la respuesta que dio Cristo a este doctor; conviene a saber: que cumpliese la ley de Dios, si quería ir al cielo, la cual se cifra en dos preceptos, que son: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

Pondera cuán poco te piden por joya de tan subido valor, y entra en cuenta contigo y mira si has guardado la ley, o si la has quebrantado, no una, sino muchas veces.

Vuelve los ojos a la vida pasada, y considera cuántas ofensas has hecho contra Dios y cuántas contra tus prójimos, y con qué título pedirás la bienaventuranza.

Empieza otra vida nueva, recuperando en la que viene todo lo que has perdido en la pasada, y toma por dichas para ti las palabras que dijo a este doctor: Hoc fac, et vives. Haz esto, y vivirás para siempre.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.