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sábado, 15 de noviembre de 2025

CONFÍA, HIJA, TU FE TE HA SANADO. Catena Aurea de santo Tomás de Aquino


 

XXII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Comentario al Evangelio

de la Catena Aurea de santo Tomás de Aquino.

 

Mateo 9, 18-22     
Diciéndoles El estas cosas, se le aproximó un príncipe de la sinagoga, y le adoró diciendo: "Señor, mi hija es ahora un cadáver; mas ven, pon tu mano sobre ella y vivirá". Y levantándose Jesús le seguía en compañía de sus discípulos. Y he aquí una mujer, que padecía hacía doce años flujos de sangre, se le acercó por detrás y tocó la orla de su vestido. Porque decía ella en su interior: "si llegare a tocar tan sólo su vestido, quedaré sana": Y volviéndose Jesús, y viéndola, dijo: "Confía, hija, tu fe te ha sanado", y desde aquella hora quedó completamente sana. (vv. 18-22)
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Después de las palabras, siguió la acción, que debía cerrar por completo la boca a los fariseos, puesto que el mismo Jefe de la sinagoga se había acercado a Jesús para pedirle un milagro. Grande era su tristeza, porque era hija única la difunta, tenía doce años y estaba en los primeros albores de la vida y por eso dice: "Mientras El les hablaba estas cosas: He aquí que se le aproximó uno de los principales".
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

San Marcos y San Lucas refieren el mismo hecho, aunque no en el mismo orden, porque colocan este hecho después de su salida del país de los Gerasenos, cuando atravesó el lago después de haber arrojado a los demonios que se posesionaron del cuerpo de los cerdos. Según San Marcos, debió acontecer este hecho después que Jesús atravesó por segunda vez el lago, aunque no se sabe cuánto tiempo después. Debió indudablemente haber algún intervalo, porque de otra manera no tendría lugar en la narración de San Mateo la permanencia de Jesús en el convite de la casa de Mateo: a continuación de este hecho, sigue inmediatamente el de la hija del jefe de la sinagoga. Porque si el referido jefe se hubiera acercado a Jesús en el momento en que estaba haciendo las comparaciones de la pieza de paño nuevo y del vino nuevo, no hubiera habido interposición alguna entre sus acciones y palabras. Pero en la narración de San Marcos, existe un espacio donde se pudieron interponer otras cosas. San Lucas no contradice a San Mateo cuando dice: "He aquí que un hombre llamado Jairo" ( Lc 8,41) . No debe colocarse este hecho a continuación, sino después de lo que refiere San Mateo, sobre el convite de los publicanos, en los términos siguientes: Mientras El les decía estas cosas, he aquí, que un príncipe (es decir, Jairo, príncipe de la sinagoga) se acercó a El y le adoró diciéndole: "Señor, mi hija acaba de morir". Se debe tener presente (para evitar toda aparente contradicción), que los otros dos evangelistas no dicen que estuviera muerta, sino próxima a morir. Hasta afirman que vinieron después a anunciarle la muerte, a fin de no incomodar al Maestro. Es preciso admitir, que San Mateo, para mayor brevedad, se contentó con referir la petición, dirigida al Señor, de que hiciera lo que realmente ejecutó, es decir, de que resucitara a una difunta. Porque en este pasaje no debemos fijarnos en las palabras del padre sobre su hija, sino (y esto es lo esencial) en la voluntad. Estaba él tan desesperado de que pudiera resucitar, que no se imaginaba encontrar viva a la que dejó difunta. Dos evangelistas, pues, dan testimonio de lo que dijo Jairo mientras que San Mateo de lo que deseó y lo que pensó. Evidentemente, si uno de los primeros hubiera dicho que el mismo padre dijo que no se molestase a Jesús, porque su hija estaba ya muerta, semejantes palabras estarían en contradicción con las de San Mateo. Pero no se expresa en la narración que estuviera conforme con las noticias que le daban sus criados. De aquí la absoluta necesidad en que estamos de no dar a las palabras de cada uno más valor que el que les da su propia voluntad, a quien están subordinadas las palabras y de no inventar mentiras por haber dicho en otros términos lo que realmente quiso decir, aunque con palabras distintas.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

O también: Lo que el príncipe dijo de la muerte de su hija, no es más que una exageración propia del que anuncia una desgracia. Porque es natural en todos los que piden algo presentar sus males como mayores y decir más de lo que realmente es, con el objeto de interesar más a aquellos a quienes suplican. De aquí aquellas palabras: "Pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá". Ve aquí su confianza. Exige dos cosas de Cristo: el que vaya a su casa y el que ponga su mano, precisamente lo que el Sirio Naaman exigió del profeta ( 2Re 5). Porque necesitan ver y apreciar las cosas de una manera sensible los que sólo tienen disposiciones vulgares.
 

Remigio

Admirable e igualmente digna de imitación es la humildad y la mansedumbre del Señor, porque en seguida que fue suplicado, siguió al que le suplicó: por eso se dice: "Y levantándose le seguía". De esta manera enseña lo mismo a los súbditos que a los superiores: a los súbditos les dejó el ejemplo de la obediencia y manifestó a los superiores la solicitud y la prontitud que deben tener en la enseñanza: de suerte que deben acudir en seguida a cualquier parte donde hubiere una persona muerta en su alma.
 

Sigue: Iban con El sus discípulos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

San Marcos y San Lucas dicen, que llevó consigo tres de sus discípulos, esto es, a Pedro, Santiago y Juan. A Mateo no le llevó para estimular más su deseo y a causa de la imperfección de sus disposiciones. Honra con esta distinción a aquellos, a fin de que los otros se hagan iguales a ellos y en cuanto a San Mateo, le era suficiente el haber visto la curación de la mujer que padecía el flujo de sangre, de la cual se dice: He aquí que una mujer, que padecía un flujo de sangre, se acercó por detrás y tocó la orla del vestido del Señor.
 

San Jerónimo

Esta mujer, que padecía un flujo de sangre, no se acerca al Señor ni en su casa, ni en la ciudad (porque según la ley no podía habitar en las ciudades) sino en el camino por donde pasaba el Señor, de suerte que el Señor, cuando iba a curar a una, curó también a otra.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Por eso no se acerca en público al Señor, porque tenía vergüenza a causa de la enfermedad que padecía y por la que ella, apoyada en la ley, se tenía por muy impura; por eso se esconde y se oculta.
 

Remigio

Debemos en esta acción alabar la humildad de la mujer, que no se acerca de frente al Señor, sino por detrás, juzgándose indigna de tocar los pies del Señor. No toca todo el vestido, sino solamente su franja, porque el vestido del Señor tenía una franja conforme con el precepto de la ley. Llevaban los fariseos en sus vestidos unas franjas, que ellos estimaban mucho, en las que colocaban unas espinas; pero las de la franja del vestido del Señor no eran para herir, sino para curar y por eso decía la mujer en su interior: "Si tan sólo tocare su vestido, quedaré curada". Admirable es su fe, porque desesperando de los médicos, en los que había gastado su capital (como dice San Marcos) comprendió que había un médico celestial, puso en El toda su esperanza y mereció ser curada según las palabras: Mas volviéndose Jesús y viéndola, dijo: "Confía, hija, tu fe te ha salvado".
 

Rábano

¿Por qué mandó que tuviera confianza aquella mujer, que si no la hubiera tenido no hubiera buscado en El la salud? Exigió de ella fuerza y perseverancia en la fe, a fin de que llegara a tener una salud segura y verdadera.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

O bien porque la mujer era tímida, le dijo: "Confía" y la llama hija, porque con la fe se hizo hija.
 

San Jerónimo

Y no dijo: porque tu fe te ha de sanar, sino te sanó porque en el acto mismo de creer fue curada.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Aun no tenía ella un conocimiento exacto acerca de Cristo, pues creía que podía permanecer oculta a sus miradas. Pero no le permitió Cristo que se escondiese, no porque El ambicionase gloria alguna, sino por varios motivos: Primeramente, calma su temor para que no le remordiera la conciencia de haber arrebatado un don; en segundo lugar, la reprende de haber querido permanecer oculta; en tercer lugar, pone su fe a la vista de todos, para que a todos sirva de estímulo. Mostrando, en fin, que sabe todas las cosas, nos da una señal de su divinidad, no menor que la que nos dio con el derramamiento de su sangre: "Y esta mujer fue curada en aquel instante".
 

Glosa

Por aquella palabra: "desde aquella hora", debe entenderse no desde aquella en que Jesús se volvió hacia la mujer, sino desde el momento en que ella tocó la franja: como expresamente dicen otros evangelistas ( Mc 5,29; Lc 8,44) y hasta de las mismas palabras del Señor se colige claramente.
 

San Hilario, in Matthaeum, 3

Debemos admirar en este acontecimiento el gran poder del Señor, puesto que, permaneciendo ese poder dentro de un cuerpo, comunica a las cosas inanimadas la virtud de sanar, hasta el extremo de comunicarse la operación divina por la franja de los vestidos. No estaba Dios limitado en el estrecho límite de un cuerpo y su unión con el cuerpo no tenía por objeto encerrar en él todo su poder, sino elevar la fragilidad de nuestra carne hasta la obra de la redención.

Se entiende en sentido místico, por el príncipe de la sinagoga a la ley, que suplica al Señor devuelva la vida al cadáver de este pueblo, a quien la misma ley había estado alimentando con la esperanza de la venida de Cristo.
 

Rábano

También representa a Moisés y se le llama Jairo, esto es, el que ilumina o es iluminado, porque él recibió las palabras de la vida eterna para trasmitírnoslas a nosotros y hacerlas brillar de esta manera en los demás, al mismo tiempo que él mismo es iluminado por el Espíritu Santo. La hija, pues, del príncipe de la sinagoga, esto es, la sinagoga, de edad de doce años, es decir, de la pubertad, está abatida por la gangrena de los errores, en el momento que está obligada a engendrar hijos para Dios. Por eso el Verbo de Dios corre hacia esta hija del príncipe para salvar a los hijos de Israel; la Iglesia santa formada por las naciones, que perdían sus fuerzas por los crímenes interiores que las corroían, consiguió salvarse por la fe que estaba preparada para otros. Es digno de notarse, que la hija del príncipe estaba en la edad de los doce años y la mujer curada del flujo de la sangre estuvo padeciendo esta enfermedad durante doce años. Así que, cuando aquella nació, principió ésta a padecer, casi al mismo tiempo en que la sinagoga nació de entre los patriarcas y las naciones extrañas comenzaron a afearse con el corrompido veneno de la idolatría. El flujo de sangre puede tomarse en dos sentidos: por la corrupción y mancha de la idolatría, o también por todas las maldades practicadas bajo el imperio del placer de la carne y de la sangre. De ahí que, cuando la sinagoga tuvo vigor, luchó la Iglesia y sus pecados fueron la causa de que pasara la salud a otras naciones ( Rom 11). La Iglesia se acerca al Señor, lo toca, cuando se aproxima a El por la fe.
 

Glosa

Creyó, dijo, tocó; porque con estas tres cosas, la fe, la palabra y la obra, se consigue la salud.
 

Rábano

Y se acercó por detrás, según aquellas palabras: "Si alguno me quiere servir, sígame" ( Jn 12,26). O bien, porque no viendo ella en la carne a la persona de Dios, llega a conocerlo después que fueron cumplidos los misterios de su Encarnación. Por eso toca la franja del vestido, figura del pueblo gentil, que no habiendo visto a Cristo en su carne, recibió sus palabras de la Encarnación. Porque el vestido representa el misterio de la Encarnación, en la que se cubrió la divinidad y las palabras que siguen a la Encarnación, representan la franja del vestido. Toca, no el vestido, sino la franja, porque no vio a Dios en la carne, sino que recibió por los Apóstoles la palabra de la Encarnación. ¡Dichoso el que toca con su fe, aun cuando no sea más que las extremidades del Verbo! No recupera la salud en la ciudad, sino en el camino por donde iba el Señor; por esta razón dijeron los Apóstoles: "porque por vuestra conducta os hacéis indignos de la vida eterna; por eso nos volvemos a los gentiles" ( Hch 13,46). Los gentiles comenzaron a gozar la salvación desde la llegada del Señor.


23-26
Y cuando llegó Jesús a la casa del príncipe y vio a los flautistas, y a las turbas que se agolpaban, les dijo: "Retiraos; porque no está muerta la niña, sino dormida". Y ellos se burlaban de El. Y después que hubo sido echada fuera la muchedumbre, entró y cogió la mano de la niña, y dijo: "Niña, levántate". Y resucitó la niña. Y se extendió el rumor de este prodigio por toda aquella tierra. (vv. 23-26)
 

Glosa

A la curación de la mujer que padecía el flujo, sigue la resurrección de la niña difunta, según aquellas palabras: "Y habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe".
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Debemos considerar en este pasaje, lo mucho que se detiene Jesús hablando con la mujer curada, con el objeto de dar tiempo a que muriera la niña y resaltara más la señal de su resurrección. Lo mismo hizo con Lázaro, que permaneció muerto hasta el tercer día. Sigue: Y cuando vio a los flautistas y a la muchedumbre que se agolpaba, prueba evidente de la muerte.
 

San Ambrosio, in Lucam, 6,62

Según costumbre antigua solían asistir a los entierros hombres que iban tocando flautas a fin de mover al llanto.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Pero Cristo arrojó a todos los flautistas, e hizo entrar a los parientes de la niña, a fin de que no pudieran atribuir a causas diferentes la resurrección de la niña. Antes de la resurrección, los anima a que tengan esperanza con estas palabras: "Retiraos; porque no está muerta la niña, sino dormida".
 

Rábano

Como si dijera: Para vosotros está muerta, pero para Dios, que puede resucitarla, tanto en el cuerpo como en el espíritu, está dormida.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Estas palabras, que levantaron una gran agitación en los que se hallaban presentes, demuestran lo fácil que es para Cristo el resucitar a los muertos: como sucedió con Lázaro : "Nuestro amigo Lázaro duerme" ( Jn 11,11). Nos enseñan, además, que no debemos tener miedo a la muerte. El mismo había de morir también y valiéndose de la muerte de otros hombres inspira confianza a sus discípulos y les enseña a sufrir con valor la muerte. Porque desde su venida, la muerte no es ya más que un sueño. Al oír los que se hallaban presentes este lenguaje del Señor se burlaban de El. Pero Jesús despreció esta burla, a fin de que la misma burla de los flautistas y los demás circunstantes fuera una prueba evidente de la realidad de la muerte. Muchas veces no creen los hombres en los milagros y se les convence con sus mismas contestaciones: como aconteció con Lázaro cuando dijo Jesús: "¿Dónde le pusisteis?" ( Jn 11,34), a lo que contestaron ellos: "Ven y ve cómo ya huele (porque ya han pasado cuatro días)" ( Jn 11,39). Ante esta confesión, no podían menos de creer que efectivamente estaba muerto y que resucitó a un muerto.
 

San Jerónimo

No eran dignos de presenciar el hecho misterioso de la resurrección aquellos que cubrían de oprobios y de injurias al que tales cosas hacía. Por eso se dice: "Y como hubiese echado fuera a las turbas, entró, tomó la mano de la niña y ésta resucitó".
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

El no le da una nueva vida, sino que le devuelve la misma que había perdido y la saca como de un sueño, para de este modo prepararla a que creyera (como si lo viera) en su resurrección. Y no sólo resucita a la niña, sino que, como dicen otros evangelistas, mandó que le dieran de comer, con el objeto de que vieran no era una ilusión lo que acababa de hacer. Y sigue: "Y se extendió su fama por todo el país".
 

Glosa

A fin de que no se tuviera por una ficción la grandeza y la novedad de este milagro y que su realidad se extendiera entre el público.
 

San Hilario

En sentido místico, entra el Señor en casa del príncipe (es decir, en la sinagoga), en el momento en que los cantores cantaban el himno del duelo según prevenía la ley.
 

San Jerónimo

Hasta hoy permanece en la casa del príncipe la niña difunta y los que parecen maestros, no son más que músicos de flauta que tocan composiciones fúnebres. La turba de los judíos no es la del pueblo que cree, sino la del pueblo que se agita; pero una vez que hubieren entrado todas las naciones, todo Israel conseguirá su salvación ( Rom 11).
 

San Hilario, in Matthaeum, 9

A fin de que podamos comprender que era limitado el número de los creyentes, fue arrojada toda la muchedumbre que burlándose con sus palabras y sus acciones se hizo indigna de asistir a la resurrección, a pesar de que el Señor deseó salvarla.
 

San Jerónimo

Y tomó la mano de la niña y ésta se levantó; porque no se levantará la sinagoga, que es un cadáver de los judíos, hasta que éstos no purifiquen primero sus manos, que están llenas de sangre ( Is 1).
 

San Hilario, in Matthaeum, 9

La fama que se extendió por todo aquel país, nos hace ver que Cristo fue elegido para dar la salud y publica de un modo claro sus dones y sus obras.
 

Rábano

En sentido moral, la niña difunta en su casa figura al alma muerta en sus pensamientos. Y dice el Salvador, que la niña no hace más que dormir; porque los que pecan en esta vida, aun pueden resucitar mediante la penitencia: los tocadores de flauta no hacen más que adular y ensalzar a la muerta.
 

San Gregorio Magno, Moralia, 18

Con el objeto de resucitar a la difunta, echa fuera a la muchedumbre. Porque no resucitará el alma que interiormente está muerta, si no arroja antes de lo más íntimo de su corazón la multitud de cuidados temporales.
 

Rábano

La niña es resucitada en su casa en presencia de unos cuantos testigos, el hombre joven fuera de la puerta y Lázaro delante de mucha gente; porque el que falta públicamente necesita dar una reparación pública y al que comete una falta ligera, se le puede borrar con una penitencia suave y oculta.


sábado, 30 de noviembre de 2024

EVANGELIO DEL DÍA: OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES:

 


30 de noviembre

SAN ANDRÉS, APÓSTOL

II clase

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.

Mateo 4, 18-24

TEXTOS DE LA MISA

COMENTARIOS AL EVANGELIO

30 de noviembre. San Andrés, apóstol.

VENID CONMIGO, Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES. Catena Aurea de santo Tomás de Aquino.

SAN ANDRÉS, APÓSTOL. Dom Gueranguer

MUCHO DEJA QUIEN NO GUARDA NADA PARA SÍ. San Gregorio

¿QUIÉN PODRÁ REFERIRNOS LAS COSAS QUE ESCUCHARON DE BOCA DEL SEÑOR? San Agustín

APÓSTOL. Introdución. APOSTOLADOS MENUDOS. HORA SANTA CON SAN MANUEL GONZÁLEZ

SAN ANDRÉS SIGUIÓ AL MAESTRO HASTA LA CRUZ. Homilía

SAN ANDRÉS APÓSTOL. Homilia

 

 

SAN ANDRÉS, APÓSTOL. Dom Gueranguer


 

30 DE NOVIEMBRE

SAN ANDRÉS, APÓSTOL

 

Colocamos a San Andrés al principio del Propio de Santos de Adviento, porque, aunque su fiesta cae con frecuencia antes del comienzo del mismo; a veces ocurre que, al celebrar la Iglesia la memoria de este gran Apóstol, ya ha comenzado este santo tiempo. Está, pues, destinada esta fiesta a cerrar anualmente con toda solemnidad el ciclo litúrgico que se extingue, o bien a brillar a la cabeza del nuevo que comienza. En efecto, convenía que el Año cristiano comenzase y terminase por la Cruz; ella nos merece el nuevo año que la misericordia divina tiene a bien otorgarnos; y ella aparecerá el último día sobre las nubes del cielo, como un sello puesto al tiempo.

Decimos esto, porque deben saber todos los fieles que San Andrés es el Apóstol de la Cruz. A Pedro dio Jesucristo la firmeza en la Fe; a Juan, la ternura del Amor; Andrés es el encargado de representar la Cruz del divino Maestro. Pues bien, la Iglesia se hace digna de su Esposo, con ayuda de estas tres cosas, Fe, Amor y Cruz: todo en ella respira este triple carácter. Es la razón de que San Andrés, después de los dos Apóstoles que acabamos de nombrar, sea objeto de una especial veneración en la Liturgia.

Pero, examinemos la vida de este heroico pescador del lago de Genesaret, destinado a ser más tarde sucesor del mismo Cristo, y compañero de Pedro en el madero de la Cruz. La Iglesia la ha tomado de las antiguas Actas del Martirio del santo Apóstol.

Vida.— Andrés, Apóstol, natural de Betsaida, villa de Galilea, era hermano de Pedro, y discípulo de San Juan. Habiendo oído a éste decir de Cristo: ¡He ahí el Cordero de Dios!, siguió a Jesús y le llevó a su hermano. Más tarde, cuando pescaba con su hermano en el mar de Galilea, fueron llamados los dos, antes que los demás Apóstoles, por el Señor, el cual al pasar a su lado les dijo: Seguidme: yo os haré pescadores de hombres. Y ellos, dejando inmediatamente sus redes, le siguieron.

Después de la Pasión y de la Resurrección, Andrés predicó la fe de Cristo en la provincia que le había caído en suerte, la Escitia de Europa: luego recorrió el Epiro y Tracia, y con su predicación y milagros convirtió a una inmensa muchedumbre. En Patras, ciudad de Acaya, hizo abrazar la fe del Evangelio a mucha gente y no temió reprender con valentía al procónsul Egeas, que resistía a la predicación evangélica, echándole en cara que pretendía ser juez de los hombres, mientras los demonios se burlaban de él, hasta el extremo de hacerle despreciar a Cristo Dios, Juez de todos los hombres.

Irritado Egeas le dijo: Cesa de alabar a ese tu Cristo, que no supo librarse de ser crucificado por los judíos. Mas, como Andrés continuase predicando valientemente que, Jesucristo se había ofrecido espontáneamente a la Cruz por la salvación del género humano, Egeas le interrumpe con un impío discurso, advirtiéndole que mire por su vida, sacrificando a los dioses. Andrés le contesta: Existe para mí un Dios omnipotente, al cual sacrifico todos los días, no carne de toros, ni sangre de machos cabríos, sino el Cordero inmaculado, sobre el altar verdadero; y todo el pueblo participa de su carne, y el Cordero sacrificado queda entero y lleno de vida. Entonces Egeas, rojo de ira, le hace arrojar a la prisión. Fácilmente le hubiera sacado de allí el pueblo, si él no hubiera apaciguado a las turbas, suplicándolas ardientemente que no le estorbasen conseguir la corona del martirio.

Habiendo sido conducido poco después ante el tribunal y ensalzando todavía el misterio de la Cruz y reprendiendo al Procónsul su impiedad. Egeas, exacerbado, mandó que se le crucificase, para que Imitara la muerte de Cristo. Fue entonces, cuando al llegar al lugar de su martirio, y al ver la cruz, exclamó desde lelos: ¡Oh buena Cruz!, que has derivado tu gloria de los miembros del Salvador. Cruz durante mucho tiempo deseada, ardientemente amada, buscada sin descanso, y preparada por fin a mis ardientes deseos, apártame de los hombres y devuélveme a mi Señor, para que por ti me reciba el que por ti me redimió. Fue, pues, atado a la cruz, en la que permaneció dos días, sin cesar de predicar la fe de Jesucristo, pasando luego a unirse con Aquel a quien había deseado Imitar en la muerte. Los sacerdotes y diáconos de Acaya, que escribieron su Pasión, dan testimonio de que vieron y oyeron todas estas cosas tal como las cuentan. Sus restos fueron transportados primeramente a Constantinopla en tiempo del emperador Constancio y luego a Amalfi. Su cabeza, llevada a Roma en el pontificado de Pío II, fue colocada en la Basílica de San Pedro.

Dirijámonos ahora en unión con la Iglesia a este santo Apóstol, cuyo nombre y memoria son la gloria de este día; honrémosle, y pidámosle la ayuda que necesitamos.

 

ORACIÓN A SAN ANDRÉS

Eres tú ¡oh bienaventurado Andrés! el primero que encontramos en este místico camino del Adviento por el que vamos buscando a nuestro divino Salvador Jesucristo; damos gracias a Dios por habernos proporcionado este encuentro. Para cuando nuestro Mesías, Jesús, se reveló al mundo, habías tú ya oído con docilidad al santo Precursor que anunciaba su próxima venida, siendo tú uno de los primeros en reconocer en el hijo de María, al Mesías prometido por la Ley y los Profetas. Mas, no supiste quedar confidente único de tan maravilloso secreto, e Inmediatamente participaste la Buena Nueva a tu hermano Pedro, y le llevaste a Jesús.

¡Oh santo Apóstol! también nosotros suspiramos por el Mesías, Salvador de nuestras almas; dígnate conducirnos a él, pues tú le has hallado. Bajo tu amparo nos colocamos, en este santo tiempo de espera y preparación, que nos queda por recorrer, hasta el día en que aparezca ese tan ansiado Salvador en el misterio de su maravilloso Nacimiento. El bautismo de penitencia te preparó a ti para recibir la insigne gracia de llegar a conocer al Verbo de vida; alcanza para nosotros el don de una verdadera penitencia y pureza de corazón, durante este santo tiempo, para que podamos contemplar con nuestros ojos a Aquel que dijo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

¡Oh glorioso Andrés! eres poderoso para llevar las almas a Jesús, pues por ti fue presentado al Mesías, aquel a quien el Señor iba a confiar el cuidado de todo su rebaño. No hay duda que, al llamarte a sí el Señor en este día, quiso asegurar tu intercesión a los cristianos que buscan de nuevo todos los años, a Aquel en el que tú vives ya para siempre; a los fieles que acuden a preguntarte por el camino que a él conduce.

Tú nos enseñas ese camino, que no es otro que el de la fidelidad, el de la fidelidad hasta la Cruz. Por él marchaste tú valerosamente; y como la Cruz conduce a Jesucristo, amaste la Cruz con verdadera pasión. Ruega ¡oh santo Apóstol! para que comprendamos ese amor, y para que después de haberlo comprendido lo pongamos por obra. Tu hermano nos dice en su Epístola: Puesto que Cristo sufrió en su carne armaos, hermanos míos, con ese pensamiento. (I S. Pedro, IV, 1.) En el día de hoy nos ofreces oh bienaventurado Andrés, el comentario vivo de esa máxima. Por haber sido crucificado tu Maestro, tú también quisiste serlo. Ruega, pues, desde lo alto del trono a que has sido elevado por la Cruz, ruega para que ella sea para nosotros expiación de los pecados que nos cubren, extinción de las llamas mundanas que nos sofocan, y finalmente, el medio de unirnos por amor, a Aquel que sólo por amor se clavó en ella.

Pero, por muy importantes y preciosas que sean para nosotros las lecciones de la Cruz, acuérdate oh gran Apóstol que la cruz es la consumación, no el principio. Antes debemos conocer y amar al Dios niño, al Dios del pesebre; es al Cordero de Dios, señalado por San Juan, es a ese Cordero a quien deseamos contemplar. Estamos en el tiempo de Adviento, no en el de la acerba Pasión del Redentor. Fortifica, pues, nuestro corazón para el día de la lucha; pero, ahora despiértalo a la compunción y a la ternura. Bajo tu amparo colocamos la gran obra de nuestra preparación a la venida de Cristo a nuestros corazones.

Acuérdate también, bienaventurado Andrés, de la Santa Iglesia de la que fuiste una de sus columnas, y que regaste con tu sangre; eleva, en su favor, tus poderosos brazos ante Aquel por quien ella pelea sin descanso. Pide para que se le alivie la Cruz que lleva consigo a través de este mundo, ruega también para que la ame, y sepa sacar de ella su fortaleza y su verdadero honor.

Acuérdate, sobre todo de la Santa Iglesia Ro mana, Madre y Señora de todas las demás, obtén para ella la victoria y la paz por medio de la Cruz, en pago del tierno amor que te demuestra. Visita de nuevo como Apóstol a la Iglesia de Constantinopla, que ha perdido con la unidad la luz verdadera, por no haber querido someterse a Pedro, tu hermano, a quien tú reconociste como Jefe por amor de vuestro común Maestro. Finalmente, ruega por el reino de Escocia que desde hace cuatro siglos ha olvidado tu dulce tutela; haz que se abrevien los días del error, y que esa mitad de la Isla de los Santos, vuelva cuanto antes, con la otra, a someterse al cayado del único Pastor.