DÍA
17
CONOCER
A DIOS: MEDIO PARA ALCANZAR HUMILDAD
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA
17
CONOCER
A DIOS: MEDIO PARA ALCANZAR HUMILDAD
Quien
pretende ser rico de virtudes y que Dios acuda a llenar sus vacíos, debe
disponerse para conocer a este gran Dios, pues de este conocimiento resultará
en el corazón una profundísima humildad y una plenitud de bienes.
Pero
hay gran peligro de estar ciegos y engañados, porque el demonio puede vestir la
soberbia con traje de humildad. Muchos se engañan creyendo que los oficios y
dignidades son hijos de las buenas diligencias, de la solicitud, del cuidado,
de los regalos y sobornos. Estos son hijos de Lía, la que está llena de
legañas, mientras que la hermosura de Raquel representa aquella humildad que,
aunque estéril para las grandezas del mundo, vale más que todas las riquezas
que se puedan imaginar.
El
verdadero humilde es pobre de bienes temporales, de majestad, de grandeza y de
honra, contentándose únicamente con Dios en este mundo. Es como Benjamín,
pequeño y pobre, dispuesto a perder una y mil veces la vida antes que dejar de
alcanzar y tener a Dios. Por eso, solo Dios puede dar luz en estas tinieblas
para conocer por blanco lo que es blanco, por negro lo que es negro, por
humildad lo que es humildad y por presunción lo que es soberbia.
La
humildad verdadera no está en lo que se ve y se oye, sino en lo que no se ve y
se calla. No basta llevar sayales y pies descalzos ni decir que no se quiere un
oficio o que no se vale para un beneficio si el corazón soberbio contradice a
la lengua. La verdadera humildad está en el corazón desnudo, pobre, callado y
en su pensamiento no merecedor de la tierra que pisa. Las apariencias
exteriores son como flores que poco duran, como una pintura que a la primera
lluvia y helada se va río abajo.
La
soberbia, en cambio, es una gran bestia que no cabe en el corazón del hombre;
aunque se quiera esconder, acaba por sacar las orejas o la cabeza por la boca y
descubrirse por palabras o meneos disimulados. Puede llevar grilletes y cadenas
durante un momento, fingiendo humildad, pero no tardará en salir y mostrarse
tal cual es. Por eso, las palabras humildes del soberbio son como anzuelos de
sus pretensiones: llegado el momento, el diablo se lleva esas apariencias de
humildad y queda la soberbia, que es de su propia cosecha. Así, todo cuanto el
soberbio disimula queda sembrado entre espinas, sobre piedras y en el camino, y
se malogra porque no hay en su corazón humildad que lo conserve.
JACULATORIA: El Señor es
bueno y es recto, hace caminar a los humildes con rectitud. (Salmo 25, 8).
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.