EL HUMILDE ES PEQUEÑO PARA SÍ Y GRANDE PARA CONTEMPLAR A DIOS
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA 14
EL HUMILDE ES PEQUEÑO PARA SÍ Y GRANDE
PARA CONTEMPLAR A DIOS
Dos
cosas dijimos del humilde: que no sabía hablar ni tenía palabras para
descubrirse y que no tenía ojos para mirar. El humilde es tan pequeño que
desaparece, pero, siendo tan mínimo en la tierra, es tan grande en el reino de
los cielos que no halla cómo ni con qué darse a conocer. Por eso se descubre
por el modo más alto que los santos nos dan a conocer a Dios: por negaciones.
Así,
¿quién es el humilde? El que no sabe, sabiéndolo todo; el que no entiende,
conociendo; el que no habla, hablando; el que no ve, mirando. Es tan pequeño
que no lo conocemos y tan grande que no lo comprendemos. Si por pequeño se nos
esconde a la vista, por grande se nos escapa por nuestro poco saber.
La
segunda negación del humilde es que es corto de vista para conocer algo que sea
de provecho personal. Sus ojos son como antojos de larga vista: viendo que está
lejos, nada ve de cerca. Levanta los ojos del alma y ve las grandezas de Dios,
sus misterios y secretos escondidos; pero, volviendo a mirar lo que está tan
cerca de sí mismo, no ve en sí nada que sea de consideración.
Es
como quien está en tinieblas y ve a lo lejos una luz, pero no puede ver lo que
tiene a su alrededor; o como quien mira al sol y percibe cosas distantes y
dispares, pero después mira sus propias manos y no puede verlas. ¡Oh, santos
humildes!, que Dios les dé sabiduría y ciencia para conocer y saber mucho de su
grandeza, y que les falte para ver algo en su poquedad y miseria.
Un
verdadero retrato del humilde lo encontramos en san Francisco, cuando decía:
«¡Dios mío y todas las cosas! ¡Dios mío y todas las cosas!». En estas pocas
palabras encierra lo que pueden decir todos los teólogos y enseñar las escuelas
más famosas.
Cuando
dice «Dios mío», descubre la bondad y sabiduría infinita de Dios. Con su bondad
ama al hombre y con su sabiduría buscó modos de hacerse suyo. Para amar Dios al
hombre de la manera que le amó y hacerse suyo fue necesario que en Dios hubiese
infinita bondad, sabiduría, misericordia y justicia.
Y
cuando san Francisco dice «Dios es todas las cosas», tampoco dice poco. El
profeta Isaías habla de la grandeza e inmensidad de Dios preguntando: «¿Quién
ha medido el mar con el cuenco de sus manos y mensurado a palmos el cielo?».
Dios contiene con su poder los cielos, la tierra, los montes y todas las cosas.
Dios
es tan inmenso que lo comprende y lo abraza todo, pero él es incomprensible en
su ser y no puede ser abarcado por nadie. Todo lo pesa y todo lo mide, pero a
él nadie lo puede medir ni pesar.
San
Francisco resume esta altísima ciencia en una sola frase: «Dios mío y todas las
cosas». Dios es el que en sí encierra y en el que están todas las cosas. Si en
su mano cabe el mar y en su palmo alcanza el cielo, en esa mano caben todas las
cosas.
Por
eso no hay comparación ni imagen que pueda igualarse a Dios. Dios es tan grande
que todo lo es por eminencia, como causa universal y principio de todo.
JACULATORIA:
Yo
soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de
Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias. (Salmo 69,
30-31)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.