domingo, 13 de septiembre de 2026

DÍA 14. EL HUMILDE ES PEQUEÑO PARA SÍ Y GRANDE PARA CONTEMPLAR A DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


 DÍA 14

EL HUMILDE ES PEQUEÑO PARA SÍ Y GRANDE PARA CONTEMPLAR A DIOS

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

DÍA 14

EL HUMILDE ES PEQUEÑO PARA SÍ Y GRANDE PARA CONTEMPLAR A DIOS

Dos cosas dijimos del humilde: que no sabía hablar ni tenía palabras para descubrirse y que no tenía ojos para mirar. El humilde es tan pequeño que desaparece, pero, siendo tan mínimo en la tierra, es tan grande en el reino de los cielos que no halla cómo ni con qué darse a conocer. Por eso se descubre por el modo más alto que los santos nos dan a conocer a Dios: por negaciones.

Así, ¿quién es el humilde? El que no sabe, sabiéndolo todo; el que no entiende, conociendo; el que no habla, hablando; el que no ve, mirando. Es tan pequeño que no lo conocemos y tan grande que no lo comprendemos. Si por pequeño se nos esconde a la vista, por grande se nos escapa por nuestro poco saber.

La segunda negación del humilde es que es corto de vista para conocer algo que sea de provecho personal. Sus ojos son como antojos de larga vista: viendo que está lejos, nada ve de cerca. Levanta los ojos del alma y ve las grandezas de Dios, sus misterios y secretos escondidos; pero, volviendo a mirar lo que está tan cerca de sí mismo, no ve en sí nada que sea de consideración.

Es como quien está en tinieblas y ve a lo lejos una luz, pero no puede ver lo que tiene a su alrededor; o como quien mira al sol y percibe cosas distantes y dispares, pero después mira sus propias manos y no puede verlas. ¡Oh, santos humildes!, que Dios les dé sabiduría y ciencia para conocer y saber mucho de su grandeza, y que les falte para ver algo en su poquedad y miseria.

Un verdadero retrato del humilde lo encontramos en san Francisco, cuando decía: «¡Dios mío y todas las cosas! ¡Dios mío y todas las cosas!». En estas pocas palabras encierra lo que pueden decir todos los teólogos y enseñar las escuelas más famosas.

Cuando dice «Dios mío», descubre la bondad y sabiduría infinita de Dios. Con su bondad ama al hombre y con su sabiduría buscó modos de hacerse suyo. Para amar Dios al hombre de la manera que le amó y hacerse suyo fue necesario que en Dios hubiese infinita bondad, sabiduría, misericordia y justicia.

Y cuando san Francisco dice «Dios es todas las cosas», tampoco dice poco. El profeta Isaías habla de la grandeza e inmensidad de Dios preguntando: «¿Quién ha medido el mar con el cuenco de sus manos y mensurado a palmos el cielo?». Dios contiene con su poder los cielos, la tierra, los montes y todas las cosas.

Dios es tan inmenso que lo comprende y lo abraza todo, pero él es incomprensible en su ser y no puede ser abarcado por nadie. Todo lo pesa y todo lo mide, pero a él nadie lo puede medir ni pesar.

San Francisco resume esta altísima ciencia en una sola frase: «Dios mío y todas las cosas». Dios es el que en sí encierra y en el que están todas las cosas. Si en su mano cabe el mar y en su palmo alcanza el cielo, en esa mano caben todas las cosas.

Por eso no hay comparación ni imagen que pueda igualarse a Dios. Dios es tan grande que todo lo es por eminencia, como causa universal y principio de todo.

 

JACULATORIA: Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias. (Salmo 69, 30-31)

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.