DÍA 11
LA DIFERENCIA ENTRE LOS HUMILDES Y LOS SOBERBIOS
ANTE LOS CARGOS
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA 11
LA DIFERENCIA ENTRE LOS HUMILDES Y LOS SOBERBIOS
ANTE LOS CARGOS
Dios
honra a quienes ejercitan estos oficios con verdadera caridad. Como san
Cristóbal llevó a Cristo sobre sus hombros, los verdaderos prelados son
“puentes pasadizos, barcos y aun hombros fuertes sobre quien pasan los flacos”.
Su oficio consiste en ayudar y conducir a otros, no en buscar su propia honra.
Así, quienes gobiernan deben ser como un barco que lleva a las almas a puerto
seguro.
Por
eso se equivoca quien juzga desde fuera a los que gobiernan y piensa que los
oficios son cosa fácil. Gobernar es como gobernar un navío en tiempo de
borrasca: hay peligros, afanes, trabajos, mudanzas y continuas preocupaciones.
No hay siempre “cama blanda” ni “sueño reposado”; es necesario subir y bajar
velas, torcer caminos, cambiar pláticas y consejos y acudir continuamente a las
necesidades de quienes están bajo su cuidado.
Los
que ejercen bien estos oficios han de estar dispuestos a cambiar según las
circunstancias: si hoy son merecedores de premios, mañana pueden ser
merecedores de castigos; si hoy es necesario permitir la entrada de algunos en
el navío, mañana será necesario echarlos a la mar. Todo esto demuestra que el
gobierno no es descanso ni comodidad, sino trabajo, peligro y responsabilidad.
Pero
también existen prelados que solo quieren ejercer sus oficios en tiempo de
bonanza. No quieren entrar en la borrasca cuando es necesario hacer las paces,
reprender los pecados o remediar las necesidades. Estos permanecen en tierra
firme, descansando, y cuando entran en el oficio buscan solamente el provecho
que puedan sacar de él. Su vara de justicia o su báculo pastoral pueden
convertirse en una “caña de pescar” para buscar buena cena y comida, en vez de
servir para castigar, defender y ayudar.
A
estos sí se les puede juzgar, pues más se parecen a “navíos que salen a la mar
a robar, engañar y cautivar” que a quienes buscan librar a la gente y llevarla
a puerto seguro.
El
verdadero humilde, en cambio, entra en los oficios con miedo y temor, porque
conoce sus peligros. Los acepta no por honra ni grandeza, sino para servir a
Dios y al prójimo. Los ejerce con desprendimiento, prudencia y caridad, sin
poner en ellos su alma. Y, cuando llega el momento de dejarlos, los abandona
sin pena, porque su corazón permanece libre.
Así,
el justo puede pasar por las dignidades sin quedar preso de ellas: “sale libre
y desnudo como entró en él”. El soberbio, por el contrario, pone en ellas su
alma, se deshace en sus pensamientos y acaba vacío. La verdadera grandeza no
está en poseer honras y oficios, sino en saber emplearlos para llevar a las
almas a puerto seguro, conservando siempre el corazón entero para Dios.
JACULATORIA: El rey confía en
el Señor, y con la gracia del Altísimo no fracasará. (Salmo 20, 7).
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.