jueves, 10 de septiembre de 2026

DÍA 11. LA DIFERENCIA ENTRE LOS HUMILDES Y LOS SOBERBIOS ANTE LOS CARGOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 11

LA DIFERENCIA ENTRE LOS HUMILDES Y LOS SOBERBIOS ANTE LOS CARGOS

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 11

LA DIFERENCIA ENTRE LOS HUMILDES Y LOS SOBERBIOS ANTE LOS CARGOS

Dios honra a quienes ejercitan estos oficios con verdadera caridad. Como san Cristóbal llevó a Cristo sobre sus hombros, los verdaderos prelados son “puentes pasadizos, barcos y aun hombros fuertes sobre quien pasan los flacos”. Su oficio consiste en ayudar y conducir a otros, no en buscar su propia honra. Así, quienes gobiernan deben ser como un barco que lleva a las almas a puerto seguro.

Por eso se equivoca quien juzga desde fuera a los que gobiernan y piensa que los oficios son cosa fácil. Gobernar es como gobernar un navío en tiempo de borrasca: hay peligros, afanes, trabajos, mudanzas y continuas preocupaciones. No hay siempre “cama blanda” ni “sueño reposado”; es necesario subir y bajar velas, torcer caminos, cambiar pláticas y consejos y acudir continuamente a las necesidades de quienes están bajo su cuidado.

Los que ejercen bien estos oficios han de estar dispuestos a cambiar según las circunstancias: si hoy son merecedores de premios, mañana pueden ser merecedores de castigos; si hoy es necesario permitir la entrada de algunos en el navío, mañana será necesario echarlos a la mar. Todo esto demuestra que el gobierno no es descanso ni comodidad, sino trabajo, peligro y responsabilidad.

Pero también existen prelados que solo quieren ejercer sus oficios en tiempo de bonanza. No quieren entrar en la borrasca cuando es necesario hacer las paces, reprender los pecados o remediar las necesidades. Estos permanecen en tierra firme, descansando, y cuando entran en el oficio buscan solamente el provecho que puedan sacar de él. Su vara de justicia o su báculo pastoral pueden convertirse en una “caña de pescar” para buscar buena cena y comida, en vez de servir para castigar, defender y ayudar.

A estos sí se les puede juzgar, pues más se parecen a “navíos que salen a la mar a robar, engañar y cautivar” que a quienes buscan librar a la gente y llevarla a puerto seguro.

El verdadero humilde, en cambio, entra en los oficios con miedo y temor, porque conoce sus peligros. Los acepta no por honra ni grandeza, sino para servir a Dios y al prójimo. Los ejerce con desprendimiento, prudencia y caridad, sin poner en ellos su alma. Y, cuando llega el momento de dejarlos, los abandona sin pena, porque su corazón permanece libre.

Así, el justo puede pasar por las dignidades sin quedar preso de ellas: “sale libre y desnudo como entró en él”. El soberbio, por el contrario, pone en ellas su alma, se deshace en sus pensamientos y acaba vacío. La verdadera grandeza no está en poseer honras y oficios, sino en saber emplearlos para llevar a las almas a puerto seguro, conservando siempre el corazón entero para Dios.

 

JACULATORIA: El rey confía en el Señor, y con la gracia del Altísimo no fracasará. (Salmo 20, 7).

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.