DÍA
19
EL HUMILDE NADA QUIERE EN LA TIERRA
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA
19
EL HUMILDE NADA QUIERE EN LA TIERRA
El
humilde nada quiere en la tierra porque la fe le dice que cerca está el reino
de los cielos y que llegará aquel día en que Dios abrirá los cielos, pagará
abundantemente y entregará los premios a los justos para siempre. Ese día, los
soberbios se quedarán con las manos vacías, porque durante su vida todo su afán
fue correr tras la vanidad y la locura, y se quedarán como tales: vanos y
locos.
Es
bueno gozar de todas las cosas a su tiempo. Si en este mundo tenemos que llorar
y trabajar duro, debemos hacerlo sin dudar, para que en la otra vida
disfrutemos de los frutos de nuestro trabajo y esfuerzo. No debemos quedarnos
“soplando las manos”, porque eso merece quien en esta vida se la pasa durmiendo
y sin trabajar: cuando despierte, despertará vano y vacío.
Por
eso no es vanidad que el humilde viva pobre y menesteroso. Aunque haya
renunciado a todo por Cristo crucificado y llegue a parecer tan pobre que ni su
padre le reconozca, el mismo Señor crucificado será quien lo reciba en la otra
vida como hijo y lo haga heredero de todo su reino.
Entonces
los soberbios reconocerán su engaño: aquel a quien tuvieron por objeto de sus
burlas, cuya vida les pareció locura y cuya muerte tuvieron por ignominia,
estará contado entre los hijos de Dios y tendrá su herencia entre los santos.
Ellos mismos comprenderán que fueron los locos e insensatos, porque por gustos,
y gustos bien amargos de un solo día, perdieron la eterna presencia de Dios y
la compañía de los santos.
“¡Oh, dichosos humildes y mil veces dichosos!”
Aunque mientras viven en este mundo estén vacíos para quienes miran únicamente
desde la tierra, son ricos y honrados para quienes miran desde la parte del
cielo.
Mirad
la luna. Cuando mengua la parte que mira a la tierra, se va llenando la parte
de arriba que mira al cielo. Así sucede con el humilde: puede oscurecerse ante
los hombres, pero se va llenando de luz ante Dios.
El
corazón del soberbio, en cambio, anda oscurecido y eclipsado. Aunque Dios lo
mire y lo alumbre, se hace incapaz de esa luz porque entre él y Dios pone sus
pensamientos de vanidad y de tierra, su propio interés y el cumplimiento de sus
deseos y apetitos. La tierra se coloca entre él y la luz que es Dios.
El
humilde, aunque para los hombres aparezca como ignorante y vano, para Dios
camina con la luz, la claridad y la plenitud de los bienes celestiales.
Mientras sea humilde, nada puede eclipsar esa luz, porque entre él y Dios no se
coloca la tierra.
La
grandeza de la verdadera humildad: todo es cielo, todo es claridad, todo es
bondad y todo es Dios. El humilde renuncia a las grandezas pasajeras y, echando
profundas raíces, espera los bienes que Dios reserva para los que viven
desprendidos de las cosas de la tierra y enteramente vueltos hacia Él.
JACULATORIA: Señor, Dios
nuestro, ¿qué es el hombre
para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? (salmo 8,
5)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.