viernes, 18 de septiembre de 2026

DÍA 19. EL HUMILDE NADA QUIERE EN LA TIERRA. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 19

EL HUMILDE NADA QUIERE EN LA TIERRA

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 19

EL HUMILDE NADA QUIERE EN LA TIERRA

El humilde nada quiere en la tierra porque la fe le dice que cerca está el reino de los cielos y que llegará aquel día en que Dios abrirá los cielos, pagará abundantemente y entregará los premios a los justos para siempre. Ese día, los soberbios se quedarán con las manos vacías, porque durante su vida todo su afán fue correr tras la vanidad y la locura, y se quedarán como tales: vanos y locos.

Es bueno gozar de todas las cosas a su tiempo. Si en este mundo tenemos que llorar y trabajar duro, debemos hacerlo sin dudar, para que en la otra vida disfrutemos de los frutos de nuestro trabajo y esfuerzo. No debemos quedarnos “soplando las manos”, porque eso merece quien en esta vida se la pasa durmiendo y sin trabajar: cuando despierte, despertará vano y vacío.

Por eso no es vanidad que el humilde viva pobre y menesteroso. Aunque haya renunciado a todo por Cristo crucificado y llegue a parecer tan pobre que ni su padre le reconozca, el mismo Señor crucificado será quien lo reciba en la otra vida como hijo y lo haga heredero de todo su reino.

Entonces los soberbios reconocerán su engaño: aquel a quien tuvieron por objeto de sus burlas, cuya vida les pareció locura y cuya muerte tuvieron por ignominia, estará contado entre los hijos de Dios y tendrá su herencia entre los santos. Ellos mismos comprenderán que fueron los locos e insensatos, porque por gustos, y gustos bien amargos de un solo día, perdieron la eterna presencia de Dios y la compañía de los santos.

 “¡Oh, dichosos humildes y mil veces dichosos!” Aunque mientras viven en este mundo estén vacíos para quienes miran únicamente desde la tierra, son ricos y honrados para quienes miran desde la parte del cielo.

Mirad la luna. Cuando mengua la parte que mira a la tierra, se va llenando la parte de arriba que mira al cielo. Así sucede con el humilde: puede oscurecerse ante los hombres, pero se va llenando de luz ante Dios.

El corazón del soberbio, en cambio, anda oscurecido y eclipsado. Aunque Dios lo mire y lo alumbre, se hace incapaz de esa luz porque entre él y Dios pone sus pensamientos de vanidad y de tierra, su propio interés y el cumplimiento de sus deseos y apetitos. La tierra se coloca entre él y la luz que es Dios.

El humilde, aunque para los hombres aparezca como ignorante y vano, para Dios camina con la luz, la claridad y la plenitud de los bienes celestiales. Mientras sea humilde, nada puede eclipsar esa luz, porque entre él y Dios no se coloca la tierra.

La grandeza de la verdadera humildad: todo es cielo, todo es claridad, todo es bondad y todo es Dios. El humilde renuncia a las grandezas pasajeras y, echando profundas raíces, espera los bienes que Dios reserva para los que viven desprendidos de las cosas de la tierra y enteramente vueltos hacia Él.

JACULATORIA: Señor, Dios nuestro,  ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?  (salmo 8, 5)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.