DÍA
18
MEDIOS
PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA
18
MEDIOS
PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN
El
justo que conoce a Dios hace la voluntad del mismo Dios y Su Majestad hace lo
que el justo quiere. Esta humildad no consiste solamente en exterioridades,
sino en corazones rendidos y desembarazados. Dios, por nuestra flaqueza, se
comunica y se da a conocer por medio de unas tinieblas y oscuridad clara, donde
Su divina Majestad engendra y produce una noticia en el entendimiento del
humilde. En estas tinieblas el humilde halla gran conocimiento de las cosas de
Dios.
Pero
las luces exteriores, las prudencias humanas, la sabiduría de este siglo, las
astucias y cuidados de la tierra pueden quitar estas dichosas tinieblas y esta
rutilante oscuridad. El alma se encandila con las cosas exteriores y se pierde
en las grandezas de la tierra, perdiendo la vista de las cosas del cielo.
El
murciélago tiene tan débil la vista que no puede ver la luz del día ni del sol
sin quedar ciego. Así presenta un retrato vivo del soberbio, que debía emplear
la vista y la luz de los ojos en contemplar y meditar los bienes del cielo,
pero se los echó en alas para volar, pretendiendo oficios y dignidades sobre
sus fuerzas. De este modo se quedó sin ojos para ver y conocer al mismo Dios.
Como dice san Pablo, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata
quedó en la oscuridad. De la ceguedad y tinieblas les vienen a los soberbios
sus presunciones, y de su vanidad les viene su ceguera.
Pero
el justo, desprendido de todas las cosas de la tierra y recogido allá dentro,
tiene una vista larga para contemplar y meditar los misterios ocultos y
encubiertos de Dios. Un poquito de tierra, un polvillo de poca consideración,
puede quitar o enturbiar la vista. Por eso Cristo promete: “felices los que
tienen el corazón puro, porque verán a Dios”.
Esta
es la causa por la que el humilde nada quiere de este mundo: todos los bienes
de esta tierra son para él tierra que ciega y enturbia la vista, y las
grandezas de la tierra son alas que consumen y absorben el cristal de la
humildad. Los ojos del humilde son solo para ver y contemplar las grandezas de
Dios. Más quiere el humilde ser gusano y vivir sin alas en la tierra que con
alas en el fuego, hecho ceniza.
Los
soberbios son como aquellas cosas que se precipitan en crecer hacia arriba
antes que echar buenas raíces. Son como hierbas, flores y calabazas que, sin
estar firmemente enraizadas, quieren extenderse como si todo el campo fuera
suyo. También son como quienes buscan una torre y un campanario bien alto para
que su nombre suene bien. Suben buscando dignidades y oficios, pero les dura
poco su exaltación.
Este
es el proceder de Satanás: subir a uno para hacerlo bajar tropezando, como el
águila que lleva a la tortuga a lo más alto para después arrojarla sobre los
peñascos. Por eso debemos pedir a Dios que nos sostenga con su poderosa mano y
plante nuestras raíces en lo profundo de la tierra, con un profundo
conocimiento de lo que somos.
Más
nos vale sufrir las heladas del invierno, las escarchas y vientos debajo de la
tierra, mientras vamos echando profundas raíces de humildad, porque llegará la
primavera en la que los justos gozarán para siempre de aquel hermoso Sol de
justicia que es Cristo Jesús. El humilde no busca una pequeña alborada en este
mundo, sino que espera la luz que no se acaba.
JACULATORIA: Señor, Dios
nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad
sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza
contra tus enemigos para reprimir al adversario y al rebelde.
(Salmo 8, 2-3)
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.