jueves, 17 de septiembre de 2026

DÍA 18. MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 18

MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 18

MEDIOS PARA ALCANZAR LA HUMILDAD, Y LOS BIENES QUE CON ELLA SE DAN

El justo que conoce a Dios hace la voluntad del mismo Dios y Su Majestad hace lo que el justo quiere. Esta humildad no consiste solamente en exterioridades, sino en corazones rendidos y desembarazados. Dios, por nuestra flaqueza, se comunica y se da a conocer por medio de unas tinieblas y oscuridad clara, donde Su divina Majestad engendra y produce una noticia en el entendimiento del humilde. En estas tinieblas el humilde halla gran conocimiento de las cosas de Dios.

Pero las luces exteriores, las prudencias humanas, la sabiduría de este siglo, las astucias y cuidados de la tierra pueden quitar estas dichosas tinieblas y esta rutilante oscuridad. El alma se encandila con las cosas exteriores y se pierde en las grandezas de la tierra, perdiendo la vista de las cosas del cielo.

El murciélago tiene tan débil la vista que no puede ver la luz del día ni del sol sin quedar ciego. Así presenta un retrato vivo del soberbio, que debía emplear la vista y la luz de los ojos en contemplar y meditar los bienes del cielo, pero se los echó en alas para volar, pretendiendo oficios y dignidades sobre sus fuerzas. De este modo se quedó sin ojos para ver y conocer al mismo Dios. Como dice san Pablo, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. De la ceguedad y tinieblas les vienen a los soberbios sus presunciones, y de su vanidad les viene su ceguera.

Pero el justo, desprendido de todas las cosas de la tierra y recogido allá dentro, tiene una vista larga para contemplar y meditar los misterios ocultos y encubiertos de Dios. Un poquito de tierra, un polvillo de poca consideración, puede quitar o enturbiar la vista. Por eso Cristo promete: “felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”.

Esta es la causa por la que el humilde nada quiere de este mundo: todos los bienes de esta tierra son para él tierra que ciega y enturbia la vista, y las grandezas de la tierra son alas que consumen y absorben el cristal de la humildad. Los ojos del humilde son solo para ver y contemplar las grandezas de Dios. Más quiere el humilde ser gusano y vivir sin alas en la tierra que con alas en el fuego, hecho ceniza.

Los soberbios son como aquellas cosas que se precipitan en crecer hacia arriba antes que echar buenas raíces. Son como hierbas, flores y calabazas que, sin estar firmemente enraizadas, quieren extenderse como si todo el campo fuera suyo. También son como quienes buscan una torre y un campanario bien alto para que su nombre suene bien. Suben buscando dignidades y oficios, pero les dura poco su exaltación.

Este es el proceder de Satanás: subir a uno para hacerlo bajar tropezando, como el águila que lleva a la tortuga a lo más alto para después arrojarla sobre los peñascos. Por eso debemos pedir a Dios que nos sostenga con su poderosa mano y plante nuestras raíces en lo profundo de la tierra, con un profundo conocimiento de lo que somos.

Más nos vale sufrir las heladas del invierno, las escarchas y vientos debajo de la tierra, mientras vamos echando profundas raíces de humildad, porque llegará la primavera en la que los justos gozarán para siempre de aquel hermoso Sol de justicia que es Cristo Jesús. El humilde no busca una pequeña alborada en este mundo, sino que espera la luz que no se acaba.

 

JACULATORIA: Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos para reprimir al adversario y al rebelde.   (Salmo 8, 2-3)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.