jueves, 20 de agosto de 2026

DE CRISTO NUESTRO SEÑOR, QUE FUE EL PIADOSO SAMARITANO QUE CURÓ NUESTRAS ALMAS.

 


Viernes de la XII semana después de Pentecostés

DE CRISTO NUESTRO SEÑOR, QUE FUE EL PIADOSO SAMARITANO QUE CURÓ NUESTRAS ALMAS.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Viernes de la XII semana después de Pentecostés

DE CRISTO NUESTRO SEÑOR, QUE FUE EL PIADOSO SAMARITANO QUE CURÓ NUESTRAS ALMAS.

 

PUNTO PRIMERO. Considera, como dicen san Agustín y otros santos, que en este piadoso samaritano que se apiadó del herido, y le curó y trajo con tanta misericordia al hospital, fue significado el mismo Cristo; porque samaritano significa el que guarda, y Cristo fue la guarda de nuestras almas.

Aquel bajaba de Jerusalén a Jericó, y Cristo bajó de la celestial Jerusalén a este valle de lágrimas, adonde halló al hombre, que es peregrino y viandante en el mundo, pobre, herido, desnudo y lleno de llagas, de culpas y pecados.

Tal te halló a ti y a todos los hijos de Adán por su pecado y por haber caído en manos del demonio; y, movido a misericordia y compasión de nuestro mal, se llegó a nosotros, tomando nuestra naturaleza, y a costa suya quiso curar nuestras llagas; y, lo que es más, tomarlas sobre sí, para que no las padeciésemos nosotros.

¡Oh buen Jesús! ¡Oh piadosísimo Señor, Padre, salud y vida de las almas! Grande fue vuestra piedad, pues a tanta costa vuestra quisisteis curar a quien os había ofendido, sin tener de nosotros necesidad.

Contémplate a ti herido y llagado en el desierto de este mundo, pobre y sin fuerzas para caminar al cielo, y al Señor de la vida que viene a curarte y a repararte; y mira qué gracias le has de dar por beneficio tan incomparable como vino a darte del cielo, y en qué obligación te pone de servirle; y ofrécete por siervo y esclavo suyo eternamente.

 

PUNTO II. Considera cómo Cristo curó tus llagas con el bálsamo de su sangre, como dice san Bernardo, abriendo sus venas y dando abundantísimamente su sangre para curar las heridas y llagas de tus pecados.

Cristo se compadeció de ti; compadécete tú de él. Cristo derramó su sangre por ti; no dudes de derramarla tú por él.

Caréate con el Redentor herido y llagado por tu amor; entra con la consideración en aquel pecho abrasado de amor por ti; mira con cuánta voluntad ofrece su sangre preciosísima para curar tus heridas, y rompe con admiración y sentimiento en vivos afectos de amor y compasión, diciéndole:

«¡Oh Señor! ¿No fuera mejor que yo muriera, que no veros a Vos herido y derramando vuestra sangre por mí? Grandes han sido mis pecados, pues sus llagas necesitan de tan costosa medicina. Pésame, Señor, de haber dado causa para ello. Engrandezcan los ángeles vuestra piedad, pues yo no la sé engrandecer; todas las criaturas os alaben, que yo os doy las alabanzas y loores que todos os dan y pueden dar eternamente.»

 

PUNTO III. Considera cómo aquel samaritano curó las llagas del herido con aceite y vino, y las ató con la venda; y Cristo curó las nuestras, confeccionando de su sangre y carne la medicina saludable del Santísimo Sacramento en especies de pan y vino, y aplicó esta medicina a nuestras llagas con la venda y ligadura de sus preceptos, como dice san Agustín.

Contempla la eficacia de esta medicina, el amor con que Cristo la trazó y cuántas veces la ha aplicado a tus llagas, y nunca has cobrado entera salud de ellas; y pídele a Dios que te la dé y gracia para recibirle como debes.

 

PUNTO IV. Considera, últimamente, cómo te trajo a su Iglesia, que, como dice san Crisóstomo, es adonde se curan las enfermedades del alma; y fuera de ella ni hay medicinas, ni virtud para curar las llagas de los pecados.

Pondera el cuidado que ha tenido y tiene contigo, y cómo te ha encomendado a tantos y tan solícitos sacerdotes que te curen y cuiden de tu salud espiritual, y las medicinas de los santos sacramentos que te ha dado; y cómo todo ha sido a su costa, pretendiendo sanarte y que tengas fuerzas para caminar al cielo.

Y tú rehúsas la cura y no sanas por tu culpa, y por no aprovecharte de tantos medicamentos como debes.

Clama al Médico de tu alma y pídele que tenga misericordia de ti, y que te cure y dé la mano para empezar de nuevo el camino en su santo servicio, y para perseverar en él hasta llegar en su compañía al cielo.

 

 

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.