jueves, 20 de agosto de 2026

DÍA 21. EL CORAZÓN DE MARÍA ES DESGARRADO EN LA FLAGELACIÓN. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 21

EL CORAZÓN DE MARÍA ES DESGARRADO

EN LA FLAGELACIÓN

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 21

EL CORAZÓN DE MARÍA ES DESGARRADO

EN LA FLAGELACIÓN

 

Considera cuán profundamente fue desgarrado el tierno Corazón de María al ver a su Hijo completamente despojado de sus vestiduras ante un pueblo enfurecido, atado como un esclavo a una columna y abatido bajo una espantosa lluvia de azotes.

La misma María reveló a santa Brígida que «al primer golpe fuerte de la flagelación, el exceso del dolor que hirió su Corazón fue tan grande que ya no pudo mantenerse en pie y cayó desvanecida».

El profeta Jeremías, contemplando anticipadamente las tinieblas del desmayo que cubrían el rostro de María, sobrecogido de estupor y movido a compasión, exclamaba: «¿Cómo ha cubierto el Señor con las tinieblas de la muerte a la hija de Sión en el día de su ira?»

San Efrén de Siria dice que María, al ver a su amado Hijo completamente desfigurado y cubierto de heridas, no cesaba de lamentarse y de exclamar: «¡Oh, Hijo mío! ¿Dónde está ahora tu hermosura?»

¿Quién inspiró tanta furia y tanta crueldad a aquellos verdugos despiadados? ¿Quién puso en sus manos aquellos instrumentos de tormento?

¡Ah!, nos responde el Cordero inocente: «Han sido los pecadores; ellos descargaron sobre Mí sus golpes, como el herrero golpea el yunque.»

Los pecadores entregados a la impureza y a los placeres desordenados son, de un modo particular, quienes lo han flagelado.

A Vos me dirijo con confianza, oh María, y os digo con vuestro fidelísimo siervo san Buenaventura:

«Oh Virgen dulce y clemente, os suplico por vuestros gemidos y por vuestras lágrimas, y por el inmenso dolor que experimentasteis al contemplar a vuestro Hijo Jesús tan cruelmente azotado, alcanzadme las lágrimas saludables de una perfecta contrición.»

 

ORACIÓN

¡Oh Madre de los Dolores!, cuyo corazón fue tan dolorosamente traspasado al escuchar los terribles golpes que unos infames verdugos, animados por toda la furia del infierno, descargaban sobre el cuerpo de tu divino Hijo; también yo, pecador insigne, mil veces más culpable que aquellos verdugos, he desgarrado horriblemente ese sagrado Cuerpo con mis innumerables ofensas e injurias. ¡Oh María!, alcánzame el perdón de mis pecados por los méritos infinitos de la Sangre derramada por mi divino Salvador en aquella cruel flagelación. Espero esta gracia de mi Dios, apoyándome en la participación que tuviste en los intensos dolores que Él padeció en aquel momento. Amén.

 

FLOR. Practicar una disciplina corporal u otra mortificación de la carne.

 

FRUTO. Amar la modestia y aborrecer el vicio contrario.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.