jueves, 27 de agosto de 2026

DÍA 28. LA ALEGRÍA DEL CORAZÓN DE MARÍA AL CONTEMPLAR A SU HIJO RESUCITADO. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 28

LA ALEGRÍA DEL CORAZÓN DE MARÍA AL CONTEMPLAR A SU HIJO RESUCITADO

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 28

LA ALEGRÍA DEL CORAZÓN DE MARÍA AL CONTEMPLAR A SU HIJO RESUCITADO

 

Considera la inmensa alegría y el gozo del Corazón de María al ver a Jesús presentarse ante Ella en el mismo instante de su Resurrección.

Para comprender esta alegría inefable, que penetró de inmediato en aquel Corazón tan profundamente afligido, sería necesario haber comprendido antes la magnitud de sus sufrimientos; pues el gozo de contemplar a su Hijo glorioso y resucitado fue proporcional al exceso de los dolores que había experimentado al verlo padecer los más atroces tormentos y la muerte más cruel.

¡Qué torrente de alegría inundó entonces, de repente, el Corazón de la Virgen!

San Ambrosio afirma que este gozo despertó la admiración más profunda de los ángeles y que ninguna lengua humana sería capaz de expresarlo. Fue, sin duda, la mayor alegría que aquel gran Corazón había experimentado hasta entonces.

Santa María Magdalena de Pazzi, durante la octava de Pascua, después de recibir la Sagrada Comunión, hallándose en éxtasis y contemplando la aparición de Jesús a su Madre, se dirigió al Señor con estas palabras: «Así como, en la dolorosa conversación que tuviste con tu santísima Madre antes de tu Pasión, le diste el conocimiento pleno de todo cuanto tu santa Humanidad había realizado y debía realizar para nuestra salvación, y le revelaste de antemano todos tus sufrimientos y tormentos; así también, en esta conversación tan dulce, cuando Ella se encontraba contigo colmada de alegría, consuelo y júbilo, le diste a conocer lo que tu Divinidad ya había obrado y lo que había de obrar en adelante en nosotros y por nosotros.»

¿Quién podría comprender, pues, la alegría y el contento de María?

Alegrémonos también nosotros con Ella y con su divino Hijo, suplicándole que lleve a cabo en nosotros aquello mismo que anunció a su bienaventurada Madre que realizaría por nosotros.

¡Oh Madre felicísima! ¡Oh glorioso Jesús! Me alegro con Vos de todo corazón y, con toda mi alma, os doy gracias por todo cuanto habéis padecido por mí. Dignaos, por vuestra bondad, aplicarme los méritos de vuestra Pasión y realizar en mí aquello que más convenga a vuestra mayor gloria y a la salvación de mi alma.

 

ORACIÓN

Regina cæli

Reina del cielo, alégrate, aleluya; porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya, ha resucitado, según lo había anunciado, aleluya. Ruega al Señor por nosotros, aleluya. Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya; porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya.

 

OREMOS. Oh Dios, que te dignaste alegrar al mundo con la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, concédenos, por la intercesión de la Virgen María, su Madre, alcanzar los gozos inefables de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

FLOR. Recitar la siguiente jaculatoria: «Alégrate, oh Virgen María; regocíjate y alaba al Señor, porque el Señor ha resucitado verdaderamente. ¡Alaba al Señor!»

 

FRUTO. Cooperar con la gracia de Jesucristo, que obra en nosotros.

 

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.