domingo, 30 de agosto de 2026

DÍA 31. EL CORAZÓN DE MARÍA, REINA Y MADRE DE MISERICORDIA. EL MES DE AGOSTO CONSAGRADO AL SANTÍSIMO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


DÍA 31

EL CORAZÓN DE MARÍA,

REINA Y MADRE DE MISERICORDIA

 

EL MES DE AGOSTO
CONSAGRADO AL
SANTÍSIMO E INMACULADO
CORAZÓN DE MARÍA

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

DÍA 31

EL CORAZÓN DE MARÍA,

REINA Y MADRE DE MISERICORDIA

 

En este último día, alma devota, contempla con confianza y amor filial el Corazón tan compasivo hacia nosotros de la Reina y Madre de Misericordia. El Padre eterno, dice san Buenaventura, asignó a Jesucristo el reino de la justicia y a María el reino de la misericordia.

San Bernardo se pregunta por qué la Iglesia llama a María «Reina de la Misericordia», y responde:

 «Para que creamos que María abre el abismo de la misericordia a quien quiere, cuando quiere y como quiere; de modo que no hay pecador tan grande que no pueda salvarse si la Santa Reina de todos los santos lo toma bajo su poderosa protección.»

Con ocasión de un pecador condenado al suplicio y salvado después por intercesión de María, a quien había honrado durante su vida, Nuestro Señor reveló a santa Catalina de Siena que, por uno de los privilegios concedidos a esta divina Madre, quien le hubiera profesado verdadera devoción durante su vida no perecería.

«¡Ah! —exclama san Antonino—, ¡qué inmenso cuidado tiene la Virgen María de nosotros!»

Santa María Magdalena de Pazzi, durante uno de sus éxtasis, nos dirige esta exhortación:

 «Vosotros que no encontráis misericordia, acudid a María, que es toda bondad y toda poder. Vosotros que vivís constantemente agitados, acudid a María, que es un mar de paz. Vosotros para quienes los placeres del mundo se han vuelto insípidos, acudid a María, que es un mar de amargura. Vosotros que estáis bajo el dominio del demonio, acudid a María, que es la Madre de la humildad, pues nada ahuyenta tanto al demonio como la humildad. Acudid, pues, todos a María.»

Acudamos, por tanto, a María. Pero, dice san Bernardo, para ello debemos dirigir hacia ella todas las facultades de nuestra alma.

 «Ella reconoce y ama a quienes la aman; asiste a quienes la invocan con sinceridad, sobre todo a quienes se esfuerzan por parecerse a ella en la castidad y la humildad, con tal de que posean también la caridad, pongan en ella, después de su Hijo, toda su esperanza y la busquen de todo corazón.»

Pero nosotros, ¿somos acaso de esos verdaderos devotos, de esos hijos predilectos de la Reina de la Misericordia?

¡Oh gloriosa Reina!, recibidme entre el número de vuestros fieles servidores.

«Puesto que sois la Reina de la Misericordia —os diré con san Bernardo—, vuestros verdaderos súbditos son los desdichados. Vos sois la Reina de la Misericordia, y yo soy el más miserable y el más indigno de vuestros súbditos pecadores. Ejerced, pues, sobre mí vuestro dominio; gobernadme y dirigidme, oh Reina de la Misericordia.

No me rechacéis, oh María, porque quiero ser enteramente vuestro. Quiero tener para con vos un corazón de hijo, así como vos tenéis para conmigo un corazón de Madre. Que mi corazón pueda unirse al vuestro, para amar, en esta santa unión y durante la bienaventurada eternidad, a vuestro Hijo, a quien sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

 

ORACIÓN

¡Oh María, Virgen clemente, Madre de misericordia, siempre pronta a socorrernos!, dígnate ser nuestro refugio en las aflicciones, nuestro consuelo en las penas, nuestro escudo en los combates y nuestra fortaleza en las tentaciones. Dígnate, sobre todo, Reina del cielo, ser para nosotros un baluarte inexpugnable contra los ataques de nuestros enemigos en la hora de nuestra muerte, para que podamos llegar a la morada de los bienaventurados y allí alabar eternamente tu misericordiosa clemencia para con nosotros. Amén.

 

FLOR. Recitar con devoción, con los brazos abiertos, la oración del en cruz, la Salve Regina.

 

FRUTO. En toda ocasión, mostrar a María un corazón de hijo y aconsejar dedicar un mes del año a santos ejercicios de devoción al Sagrado Corazón de María.

 

ORACIONES FINALES

 

ORACIÓN

AL SANTÍSIMO CORAZÓN DE MARÍA

 

¡Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, digno de toda la veneración y del amor de los ángeles y de los hombres; Corazón que más se asemeja al de Jesús, del cual sois la imagen más perfecta; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias: os suplicamos que derritáis el hielo de nuestros corazones y hagáis que se conviertan enteramente al Corazón de nuestro divino Salvador. Llenadlos del amor de vuestras virtudes e inflamadlos con ese fuego celestial que arde sin cesar en Vos.

¡Oh divino Corazón!, tomad bajo vuestra protección a la santa Iglesia; o mejor aún, recibidla y encerradla en Vos mismo. Sed siempre para ella dulce refugio y fortaleza inexpugnable contra todas las tentaciones y todos los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Jesús y el canal por el cual recibamos todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro consuelo en las aflicciones, nuestra fortaleza en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestro socorro en todos los peligros.

Pero, sobre todo, asistidnos en el último combate que habremos de librar al final de nuestra vida, cuando se acerque la muerte y todo el infierno se desencadene contra nosotros para arrebatarnos el alma.

En ese momento solemne, en esa hora terrible de la que depende nuestra eternidad, ¡oh Virgen tierna, misericordiosa y siempre pronta a socorrer!, hacednos experimentar la dulzura de vuestro Corazón maternal y manifestadnos cuán grande es el poder que tenéis sobre el Corazón de vuestro divino Hijo.

Abridnos, en la misma fuente de la Misericordia, un refugio seguro desde el cual podamos llegar a bendecirlo con Vos en el Paraíso por los siglos de los siglos. Amén.

 

ALABANZA A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

Que el Santísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean conocidos, alabados y bendecidos, amados, servidos y glorificados, siempre y en todo lugar. Amén.

 

Indulgencias concedidas a quienes reciten la oración y la alabanza anteriores

A petición de varios obispos y sacerdotes devotos del Santo Corazón de María, Su Santidad el papa Pío VII, mediante un rescripto del 18 de agosto de 1807, concedió las siguientes indulgencias:

  1. Una indulgencia de sesenta días a todo aquel que rece devotamente cada día la Oración y la Alabanza precedentes.
  2. Una indulgencia plenaria a quienes las reciten diariamente durante el curso de un año entero, en las fiestas de:
    • la Natividad de la Santísima Virgen María,
    • la Asunción de la Santísima Virgen,
    • y la fiesta del Santísimo Corazón de María,

con tal de que, además de cumplir las condiciones ordinarias (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre), visiten una iglesia dedicada a la Bienaventurada Virgen María y oren allí según las intenciones del Romano Pontífice.

  1. Una indulgencia plenaria en la hora de la muerte para quienes hayan practicado fielmente este piadoso ejercicio todos los días de su vida.
  2. Todas estas indulgencias pueden aplicarse, en sufragio, por las santas almas del Purgatorio.