Los santos Crispín
y Crispiniano, mártires. - 25 de octubre
(+
287)
Los gloriosos hermanos y mártires de Jesucristo san
Crispín y san Crispiniano eran nobles patricios de Roma, los cuales al ver los
estragos que los perseguidores de la Iglesia hacían en el rebaño del Señor
robándoles los bienes y quitándoles después la vida con los más atroces
suplicios, determinaron vender toda su hacienda y trasladarla al cielo por las
manos de los pobres. Hechos así pobres por amor de Cristo, pasaron a las Galias
en compañía de san Quintín y otros celosos cristianos para dar noticia de la fe
a aquellas gentes idólatras. Después de muy largos y penosos viajes en los
cuales sembraron en varias poblaciones las semillas de la verdad evangélica,
pusieron su residencia en la ciudad de Soissons, y a ejemplo de san Pablo, que
juntaba su ministerio apostólico con el trabajo manual, nuestros santos
hermanos enseñaban en todas las ocasiones oportunas que se les ofrecían la
doctrina del Salvador del mundo y se ganaban el sustento haciendo calzado.
Escuchaban los infieles con asombro sus pláticas admirables y consejos de
perfección nunca oídos maravillándose más todavía de su vida santísima y
señaladamente de su caridad, desinterés, piedad y menosprecio de la gloria y
vanidad del mundo, pues jamás les veían en los públicos regocijos y fiestas de
los dioses; porque mientras los idólatras se entregaban a aquellos pasatiempos,
los dos santos hermanos se postraban delante de una cruz y oraban con gran
fervor a Jesucristo para que con su gracia alumbrase a aquellos hombres tan
ciegos. De esta manera con su vida ejemplar y santa conversación redujeron a la
fe gran muchedumbre de gentiles. En esta sazón vino a la Galia Bélgica el
emperador Maximiano Hercúleo y algunos idólatras se quejaron amargamente de los
dos hermanos diciendo que eran enemigos de los dioses y que desasosegaban al
pueblo inficionándole con una nueva superstición. El emperador, por deseo de
complacer a los delatores y por el odio que tenía al nombre cristiano, dio
orden que los dos hermanos fuesen presos y presentados al tribunal de Riccio Varo,
tirano sangriento, a quien había hecho antes gobernador de la Galia y promovido
ya en aquellos días a la dignidad de prefecto del Pretorio. Mandó este bárbaro
juez que atormentasen a los dos santos con desapiadados azotes y después con
los más rigurosos suplicios con que solían probar la constancia de los
mártires, hasta que viéndolos salir triunfantes de todos los tormentos, mandó
degollarlos. Levantaron los fieles de Soissons un templo suntuoso a la memoria
de los santos Crispín y Crispiniano y san Eligió adornó magníficamente las
urnas de sus sagrados cuerpos.
Reflexión: En el glorioso catálogo de los santos
figuran no pocos que conciliaron el trabajo manual y la fatiga del cuerpo con
eminentísima santidad. San Pablo hacía tiendas de campañas, entre los demás
apóstoles había pescadores, labradores y de otros oficios, san José, la Virgen
santísima y nuestro mismo divino Redentor se ganaron el pan con el sudor de su
rostro. Pues, ¿qué perdón merecen aquellos cristianos tan reprensibles que con
achaque de la pobreza que pasan o del trabajo de que han de vivir, pretenden excusar
su pureza en las cosas de Dios y de su eterna salvación? ¿Por ventura no puede
el pobre labrador o artesano tener a raya sus pasiones y vivir conforme a la
ley del santo Evangelio?
Oración: ¡Oh Dios! que nos alegras con la anual
festividad de tus bienaventurados mártires Crispín y Crispiniano, concédenos
propicio, que gocemos de sus méritos, y seamos instruidos con sus ejemplos. Por
Jesucristo nuestro Señor. Amén.