XX domingo después de Pentecostés
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: CURACIÓN DEL HIJO DEL RÉGULO
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
XX domingo después de Pentecostés
DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO: CURACIÓN DEL HIJO DEL RÉGULO (Joann. 4.)
Refiere el evangelista un milagro que hizo Cristo, dando salud al hijo de un régulo, que estaba en el extremo de la vida, a instancia de su padre; con lo cual él y toda su casa recibieron la fe del Salvador.
PUNTO PRIMERO. Considera cómo, por medio de la enfermedad del hijo, trajo Dios a su fe y conocimiento al padre, al hijo y a toda su familia.
Pondera aquí las trazas de la divina Providencia y los medios que usa para el bien espiritual de las almas, trayéndolas por gravísimas enfermedades y trabajos a su servicio.
Adora y venera sus juicios, y recibe con todo rendimiento los trabajos y enfermedades que te enviare, persuadiéndote de que por ellos te prepara Dios grandes bienes que ahora no conoces; como levantó a José para gobernador de todo Egipto por medio de la persecución de sus hermanos y de los muchos trabajos que pasó.
Humíllate a su voluntad, y toma los trabajos que te enviare como mercedes de su divina mano, con todo rendimiento y humildad.
PUNTO II. Considera a este hijo del régulo: mozo, rico, próspero, noble, regalado, amado de sus padres, solazado de sus parientes y servido de sus criados; y, con todo, enfermo en una cama de ardentísimas fiebres, en el extremo de la vida, sin que todo lo dicho ni la asistencia de los médicos le pudiesen dar salud.
Contempla la fragilidad humana y qué poco vale todo cuanto el mundo adora, pues nada le pudo valer; y cómo toda la felicidad de este siglo estriba sobre tan flaco fundamento.
Pídele a Dios luz para conocer su voluntad, despreciar todo lo terreno y no apreciar sino lo celestial y eterno, que nunca se ha de acabar.
PUNTO III. Considera cómo, en sabiendo el régulo que Cristo había llegado a la ciudad, fue a pedirle por la salud de su hijo.
Aprende tú a cuidar de los que están a tu cargo y Dios te ha encomendado, procurando su salud espiritual y el bien de sus almas con toda diligencia y cuidado, y pidiendo al Señor por ellos con más fe que este régulo pidió al Salvador por la salud de su hijo.
PUNTO IV. Considera la benignidad del Salvador y su grande virtud, con que luego, desde allí, dio salud al hijo enfermo en su casa.
El régulo le pidió que fuese a ella para verle y sanarle; y Cristo hizo más de lo que le pidió, dándole salud sin dilación desde aquel lugar, con sola su palabra.
Exclama con afecto de admiración, engrandeciendo y ensalzando la virtud inmensa del Señor y la fuerza de su palabra, que así como con ella dio ser a las cosas que no le tenían, así también reparó con ella las que se iban a perder.
Póstrate a sus pies y pídele que diga una palabra sobre ti, repare las quiebras de tu vida, sane tus enfermedades y te dé lumbre de fe, como a este régulo, para que le conozcas y le sirvas en adelante como tienes obligación.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.