Sábado de la XX semana después de Pentecostés
LAS SEGUNDAS PALABRAS DE LA QUINTA PETICIÓN: «ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS
A NUESTROS DEUDORES».
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de
nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo
firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda
reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este
rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi
guarda: interceded por mí.
Sábado de la XX semana después de Pentecostés
DE LAS SEGUNDAS PALABRAS DE LA QUINTA PETICIÓN: «ASÍ COMO NOSOTROS
PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES».
PUNTO PRIMERO. Considera lo primero que pedimos a Dios que nos
perdone, con esta condición: que nosotros perdonemos a los que nos ofenden; y
si no se cumple, no alcanzaremos lo que pedimos. Pondera, pues, cuánto te
importa que Dios te perdone, y qué será de ti si no te quiere perdonar; y luego
considera que no te perdonará las ofensas que le has hecho si tú no perdonas a
tus prójimos las que han cometido contra ti. Y, por tanto, arrodillado a sus
pies, di de todo tu corazón:
«Señor: yo perdono de toda voluntad
a todos mis enemigos y a cuantos han levantado las manos contra mí, y os
suplico que les hagáis merced a la medida que me han ofendido, porque me
perdonéis a mí las ofensas que he cometido contra vos. Yo los perdono porque me
perdonéis. Perdonadme, Señor, mis deudas, como yo perdono a mis deudores.»
PUNTO II. Considera que nos acuerda Dios las deudas que le
debemos, y quiere que se las paguemos en nuestros prójimos, perdonándoles sus
deudas por las que debemos a Dios; y si no lo hiciéremos así, siempre
quedaremos deudores a su Divina Majestad, y reos y condenados a pagar con
eternos tormentos. ¡Oh alma mía! Vuelve los ojos a ti misma y considera cuántas
y cuáles son las deudas que debes a tu Dios, que en número exceden a los átomos
del sol, y su gravedad es tal, que en cuanto miran al ofendido no puede ser mayor.
Coteja luego con ellas las ofensas de tus prójimos, de que tienes tanta queja,
y mira cuán nada son en su comparación, y que Dios te perdona a ti infinito
porque tú perdones una niñería a tus hermanos; y resuélvete a perdonarlos, y da
al Señor millares de gracias porque te hizo tan fácil el perdón.
PUNTO III. Considera que nos manda Cristo pedir perdón de
nuestras deudas a su Eterno Padre, porque si no las perdona, no tenemos caudal
para pagarlas; en que debes reconocer tu pobreza y la imposibilidad en que te
hallas para satisfacer a un Señor tan grande por deudas tan crecidas como tiene
contra ti. Humíllate en su acatamiento, y, reconociendo tu pobreza, pide al
Salvador del mundo una gota de su sangre preciosísima para satisfacer tus
deudas; pídele que, pues tiene los tesoros infinitos del cielo, te saque de este
empeño y pague a su Eterno Padre por ti.
¡Oh Dueño de mi alma! ¡Oh Señor
liberalísimo! Apiadaos de este pobre miserable; sacadme de este cautiverio;
pagad, Señor, lo que no puedo pagar, y tened misericordia de mí.
PUNTO IV. Considera, últimamente, a qué grado de confianza nos
levanta el Salvador en esta petición, que nos dice que pidamos a Dios que nos
imite en el perdón. El apóstol san Pablo nos exhorta que imitemos a Dios,
diciendo: «Imitad a Dios como hijos carísimos» (Efes. 5); y el mismo Cristo
dijo: «Sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial» (Mt. 5). Pero en esta
oración nos manda trocar las manos, y que pidamos a Dios que nos imite a
nosotros, perdonando nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
De donde has de conocer la infinita
bondad de Dios, que cosa tan importante como es el perdón de nuestros pecados,
en que interesamos la vida eterna, la puso en nuestras manos, dándonos facultad
de alcanzarle, perdonando a nuestros hermanos. Dale infinitas gracias por esta
merced; ármate de caridad para con tus prójimos, y pide a Dios con toda
confianza que cumpla su palabra y que te perdone tus deudas, como tú perdonas
las que te deben tus hermanos.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los
buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.