Martes de la XX semana después de Pentecostés
DE LA ENFERMEDAD DEL ALMA Y SU SALUD.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de
nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo
firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda
reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este
rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi
guarda: interceded por mí.
Martes de la XX semana después de Pentecostés
DE LA ENFERMEDAD DEL ALMA Y SU SALUD.
PUNTO PRIMERO. Considera en este mozo enfermo y casi muerto,
abrasándose con el fuego de las calenturas, sin poder tomar alivio y sin
fuerzas en la cama, a tu alma enferma en el lecho de tu cuerpo, abrasándose con
la calentura ardiente del pecado, sin fuerzas ni aliento para cosa de virtud y
sin poder tomar alivio verdadero en el espíritu, cercana a la muerte eterna del
infierno.
Tal está el alma que está en pecado
mortal.
Ten misericordia de la tuya,
agradando a Dios. Contempla lo que padece y el riesgo en que se halla, y mira
que es tuya; duélete de su mal y procura su remedio, como este régulo procuró
el de su hijo enfermo.
PUNTO II. Mira cómo este régulo vino a buscar a Cristo;
atiende cómo le rogó por la salud de su hijo y cómo, habiéndole respondido, con
perseverancia instó y suplicó segunda vez, sin cansarse ni desistir de su
intento, hasta que alcanzó lo que pedía.
Aprende a buscar con diligencia al
médico de tu alma.
Ven al Salvador, en quien está la
salud; pide, ruega, insta, clama y persevera, rogando, orando y confiando; y no
te canses hasta que se incline a tus ruegos y tenga piedad de ti; porque, si
perseveras, la tendrá, y si sabes pedir con humildad y confianza, alcanzarás lo
que pidieres.
PUNTO III. Considera cómo, estando Cristo ausente, sanó al hijo
de este régulo, porque estaba presente con el espíritu.
Así está presente a tu alma, y ve
lo que piensas, lo que deseas, lo que trazas en lo íntimo de tu corazón, la fe
y confianza que tienes, lo que pasas y padeces, y la necesidad que tienes de
salud.
A todo está presente, y espera tu
merecimiento para ayudarte y sanarte.
Aviva la fe y representa a Dios tu
necesidad, pues presente le tienes para ayudarte y concederte la salud.
Pondera aquellas palabras del
Salvador: «Vete, que tu hijo vive.» Él lo dijo, y luego vivió y estuvo bueno
con entera salud.
¡Oh virtud soberana! ¡Oh palabras
obradoras! ¡Oh eficacia de la potencia de Dios! Hablad una palabra, Señor, para
que mi alma sea sana. Decidlo vos ahí, y mi alma sanará aquí; que no soy yo
digno de que vos entréis en mi pobre morada.
Con solo el querer de vuestra
voluntad me podéis dar salud. Extended vuestra piedad, y llegue a mí como llegó
al hijo de este régulo y al siervo del centurión; y luego seré sano y salvo por
la grandeza de vuestra virtud.
PUNTO IV. Considera que no solo dio Cristo salud en el cuerpo
a este mozo, sino también en el alma a él, a su padre y a toda su familia,
siguiendo sus pisadas.
Aquí has de ponderar dos cosas.
La primera, la fuerza que tiene el
buen ejemplo de la cabeza, pues el de este régulo trajo tras de sí a toda su
casa y fue causa de su salvación.
De lo cual has de sacar el
propósito de dar buen ejemplo en la tuya, y procurar traer con él a todos los
tuyos a Cristo, y no apartarlos de su servicio con el mal ejemplo de tu vida.
La segunda es no contentarte con
venir tú a Dios, sino procurar traerle también a todos los demás,
comunicándoles la luz que te diere el Señor.
Ofrécele esta voluntad, y pídele
que te enseñe y te dé luz para darla tú a todos, y gracia para traerlos a su
santa fe y servicio.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los
buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta
meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San
José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.