lunes, 12 de octubre de 2026

DE LA ENFERMEDAD DEL ALMA Y SU SALUD. MEDITACIONES DIARIAS DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE

 


Martes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA ENFERMEDAD DEL ALMA Y SU SALUD.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO,

NUESTRO SEÑOR

PARA

EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

ORACIONES PARA COMENZAR

Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS

EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Martes de la XX semana después de Pentecostés

DE LA ENFERMEDAD DEL ALMA Y SU SALUD.

 

PUNTO PRIMERO. Considera en este mozo enfermo y casi muerto, abrasándose con el fuego de las calenturas, sin poder tomar alivio y sin fuerzas en la cama, a tu alma enferma en el lecho de tu cuerpo, abrasándose con la calentura ardiente del pecado, sin fuerzas ni aliento para cosa de virtud y sin poder tomar alivio verdadero en el espíritu, cercana a la muerte eterna del infierno.

Tal está el alma que está en pecado mortal.

Ten misericordia de la tuya, agradando a Dios. Contempla lo que padece y el riesgo en que se halla, y mira que es tuya; duélete de su mal y procura su remedio, como este régulo procuró el de su hijo enfermo.

 

PUNTO II. Mira cómo este régulo vino a buscar a Cristo; atiende cómo le rogó por la salud de su hijo y cómo, habiéndole respondido, con perseverancia instó y suplicó segunda vez, sin cansarse ni desistir de su intento, hasta que alcanzó lo que pedía.

Aprende a buscar con diligencia al médico de tu alma.

Ven al Salvador, en quien está la salud; pide, ruega, insta, clama y persevera, rogando, orando y confiando; y no te canses hasta que se incline a tus ruegos y tenga piedad de ti; porque, si perseveras, la tendrá, y si sabes pedir con humildad y confianza, alcanzarás lo que pidieres.

 

PUNTO III. Considera cómo, estando Cristo ausente, sanó al hijo de este régulo, porque estaba presente con el espíritu.

Así está presente a tu alma, y ve lo que piensas, lo que deseas, lo que trazas en lo íntimo de tu corazón, la fe y confianza que tienes, lo que pasas y padeces, y la necesidad que tienes de salud.

A todo está presente, y espera tu merecimiento para ayudarte y sanarte.

Aviva la fe y representa a Dios tu necesidad, pues presente le tienes para ayudarte y concederte la salud.

Pondera aquellas palabras del Salvador: «Vete, que tu hijo vive.» Él lo dijo, y luego vivió y estuvo bueno con entera salud.

¡Oh virtud soberana! ¡Oh palabras obradoras! ¡Oh eficacia de la potencia de Dios! Hablad una palabra, Señor, para que mi alma sea sana. Decidlo vos ahí, y mi alma sanará aquí; que no soy yo digno de que vos entréis en mi pobre morada.

Con solo el querer de vuestra voluntad me podéis dar salud. Extended vuestra piedad, y llegue a mí como llegó al hijo de este régulo y al siervo del centurión; y luego seré sano y salvo por la grandeza de vuestra virtud.

 

PUNTO IV. Considera que no solo dio Cristo salud en el cuerpo a este mozo, sino también en el alma a él, a su padre y a toda su familia, siguiendo sus pisadas.

Aquí has de ponderar dos cosas.

La primera, la fuerza que tiene el buen ejemplo de la cabeza, pues el de este régulo trajo tras de sí a toda su casa y fue causa de su salvación.

De lo cual has de sacar el propósito de dar buen ejemplo en la tuya, y procurar traer con él a todos los tuyos a Cristo, y no apartarlos de su servicio con el mal ejemplo de tu vida.

La segunda es no contentarte con venir tú a Dios, sino procurar traerle también a todos los demás, comunicándoles la luz que te diere el Señor.

Ofrécele esta voluntad, y pídele que te enseñe y te dé luz para darla tú a todos, y gracia para traerlos a su santa fe y servicio.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.