domingo, 1 de noviembre de 2026

DÍA 2. ¿POR QUÉ MOTIVOS SE VA AL PURGATORIO? DEVOCIÓN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


DÍA 2

¿POR QUÉ MOTIVOS SE VA AL PURGATORIO?

 

DEVOCIÓN

A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Mes de noviembre santificado

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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DÍA 2

¿POR QUÉ MOTIVOS SE VA AL PURGATORIO?

 

«¿Quién descansará en tu monte santo? Aquel que se presenta en él sin mancha». Salmo 14, 1-2

 

Dos clases de causas conducen al purgatorio.

La primera son los pecados veniales no perdonados. Es fácil comprender la malicia que encierra incluso la falta más leve si consideramos quién la comete y contra quién se comete, y si reflexionamos, sobre todo, acerca de la amabilidad y la bondad infinita de Dios. Entonces ya no nos extraña que la más pequeña ofensa sea castigada severamente; comprendemos el rigor de las llamas expiatorias y nos resulta fácil creer las terribles revelaciones hechas a los santos.

También se va al purgatorio por los pecados, ya sean veniales o mortales, que han sido perdonados, pero por los cuales no se ha hecho suficiente expiación.

En efecto, hay que distinguir dos cosas en todo pecado, tanto mortal como venial: la ofensa y la pena. La ofensa es la injuria que el pecado hace a Dios; la pena es el castigo, más o menos riguroso, que Dios debe imponer al pecador en este mundo o en el otro.

Cuando el pecado es mortal, la ofensa nos hace perder la gracia santificante y la pena debida al pecado es eterna. Si el pecado es solamente venial, la ofensa no destruye la amistad con Dios y la pena debida al pecado es temporal.

La absolución sacramental nos perdona la ofensa del pecado mortal, así como la pena eterna. Estos son efectos admirables que también puede producir en el pecador convertido el acto de contrición o de caridad perfecta, cuando incluye, al menos implícitamente, el deseo o propósito de recibir el sacramento de la Penitencia.

La ofensa del pecado venial queda perdonada no solamente por la absolución del sacerdote, sino también mediante un acto de contrición y otros actos de piedad o de caridad, acompañados de amor y arrepentimiento.

Al recibir la absolución o al hacer un acto de amor a Dios, el pecador puede, por la virtud de la gracia divina, experimentar un arrepentimiento tan intenso por sus faltas o alcanzar un grado de caridad tan perfecto que Dios le perdone por completo toda la pena merecida. Pero, ordinariamente, la justificación del pecador no va acompañada de la remisión de toda la pena exigida por la justicia divina.

Queda una pena temporal que debe satisfacerse en esta vida mediante obras satisfactorias o en la otra mediante los sufrimientos del purgatorio. Y esta pena puede ser muy rigurosa y, en ocasiones, muy prolongada.

Porque, si Dios es infinitamente misericordioso, también es infinitamente justo. Ciertamente, quiere conceder su perdón al pecador; pero, aunque perdone el pecado, es necesario que este sea expiado.

¿Puede concebirse, en efecto, que un pecador que durante largos años haya vivido alejado de Dios obtenga el perdón completo por el mero hecho de que el temor al infierno le haya hecho detestar por un instante sus crímenes? No. En esto, Dios parece obrar como los hombres, quienes ordinariamente, aun después de haber perdonado, exigen una satisfacción.

Que algunos pecadores pesen su vida en la balanza de la santidad divina y verán que quizá, teniendo en cuenta la gravedad y el número de sus faltas, ni siquiera miles de años serían suficientes para una expiación completa.

Para convencerse aún más de ello, recuerden las penitencias canónicas que se imponían a los cristianos en la Iglesia primitiva.

En este mundo no conocemos lo que es la pureza infinita de Dios; pero las almas del purgatorio sí lo comprenden, dice santa Catalina de Génova. Mientras conserven el más pequeño átomo de imperfección, preferirían precipitarse en mil infiernos antes que presentarse en ese estado ante una Majestad tan santa.

No llamemos, pues, al pecado venial una falta ligera, puesto que merece castigos tan rigurosos. Hagamos penitencia en esta vida por los pecados ya perdonados, porque, después de nuestra muerte, no descansaremos en el monte santo —es decir, en el cielo— sino cuando nos presentemos en él sin mancha.

 

RAMILLETE ESPIRITUAL

«El alma en estado de gracia que, después de separarse del cuerpo, no se encuentra en perfecta pureza, descubre en sí misma un obstáculo que le impide unirse a Dios. Y, viendo que este obstáculo solamente puede ser eliminado mediante el purgatorio, se precipita allí inmediatamente, con todo el impulso de su voluntad». Santa Catalina de Génova

 

EJEMPLO

LAS TRES MISAS POR UN RELIGIOSO DIFUNTO

En el convento de los Hermanos Menores de París murió un religioso cuya eminente piedad le había valido el sobrenombre de el Angélico.

Entre sus hermanos había un sabio lector de teología que, aunque conocía la obligación común de celebrar tres misas en favor de cada fraile que moría en el convento, omitió cumplir este deber en aquella ocasión. Le parecía innecesario interceder por un alma cuya vida había sido tan virtuosa.

Pero, al cabo de unos días, vio de repente aparecer ante sus ojos al difunto y lo oyó decir con voz lastimera:

—Querido maestro, ¡os lo suplico, tened compasión de mí!

Asombrado por aquella aparición y aquella súplica, respondió:

—Pero ¿qué necesidad tenéis, alma santa, de mi ayuda?

—Estoy retenido en las llamas del purgatorio, esperando las tres misas que debíais celebrar por mí —respondió el difunto.

—¡Ah! —replicó el religioso—. Lo habría hecho de buen grado; pero, al pensar en la vida tan santa que habíais llevado entre nosotros, imaginé que se os habría concedido inmediatamente la corona al salir de este mundo.

—¡Ay! —dijo el difunto—. Nadie comprende con qué severidad juzga Dios a su criatura y la castiga. Si, con toda vuestra ciencia, hubierais comprendido la majestad divina, no me habríais tratado con tanta crueldad.

Aquel día, el teólogo celebró el santo Sacrificio con gran devoción por aquella alma, y volvió a hacerlo durante los dos días siguientes.

Al tercer día, el difunto se le apareció de nuevo para darle las gracias. Le anunció que su prueba había terminado y que iba a comenzar para él la recompensa eterna.

 

RESPONSO POR NUESTROS DIFUNTOS

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Padre nuestro… (se recita en silencio)

 

V. Libra, Señor, sus almas.

R. De las penas del infierno.

V. Descansen en paz.

R. Amén.

V. Señor, escucha nuestra oración.

R. Y llegue a ti nuestro clamor.

V. El Señor esté con vosotros

R. Y con tu espíritu.

 

Oremos. OH DIOS, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oh María, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio. Amén.

 

V. Dales, Señor, el descanso eterno.

R. Y brille para ellos luz perpetua.

V. Descansen en paz.

R. Amén.