IX domingo después de Pentecostés.
Llanto de Cristo sobre Jerusalén
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA EL TIEMPO DESPUÉS
DE PENTECOSTÉS
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
IX domingo después de Pentecostés.
Llanto de Cristo sobre Jerusalén. (Luc. 19.)
Refiere san Lucas, cómo subiendo Cristo a Jerusalén y mirando la ciudad lloró su futura destrucción que en sus ojos estaba presente, y entrando en el templo echó de él a los que le profanaban con sus tratos y ventas.
PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice san Lucas, que subiendo con triunfo Cristo a Jerusalén en medio de las aclamaciones del pueblo, lloró amargamente su futura destrucción, en que verás qué poco se le pegaban al corazón las honras del mundo, y cómo toda su mente tenía en lo espiritual y divino, en la gloria de Dios y en el bien de las almas, cuya perdición lloró en medio de sus aplausos, moviéndole más el deseo de nuestro bien, que su propio interés ¡Oh Padre, verdaderamente Padre de sus hijos! Atiende cuánto le debes, pues no puede tomar gusto en todos los del mundo si no es con interés tuyo, el cual tiene más por suyo que sus mayores honras. De lo cual has de sacar no tener tú otro interés más que su gloria y honra, ni otro gusto más que el suyo, ni tomar contento en todo lo que el mundo adora si no se junta con el servicio de Dios ¡Oh alma mía, si acertases a aprender esta filosofía celestial y pusieses todo tu corazón en Dios y en los bienes eternos y le despegases de los caducos de la tierra, qué paz alcanzarías y cuánto te amaría el Señor! Pídele gracia para amarle con todas tus fuerzas, y no tener otro empleo sino su gloria y honra y su divina voluntad.
PUNTO II. Considera el sentimiento tan vivo del corazón del Salvador mirando como presente la calamidad que amenazaba a aquella noble ciudad, pues le sacó arroyos de lágrimas que corrieron de sus ojos; no las dejes caer en tierra; coge aquellas preciosas margaritas y lava con ellas tu corazón. Cristo las derrama para lavar con aquella agua los pecados de Jerusalén; mira que también tenía presentes los tuyos; pídele que te lave y purifique de las manchas que padeces: consuela al Señor que llora, con un pequé verdadero nacido de entrañable contrición de tus pecados, que es el mayor consuelo que le puedes dar: llora tus culpas y las de todo el pueblo: llora con quien llora y compadécete de tu Redentor.
PUNTO III. Medita los motivos que tuvo Cristo en su llanto, de los cuales el primero fue no соnocerle y recibir su doctrina en el día que visitó a Jerusalén viendo su ceguedad y tinieblas en medio de tanta luz. Vuelve los ojos a ti mismo y mira si llora por ti ¡Oh cuántas veces le das ocasión de llanto visitándote con sus inspiraciones y con las voces que da a tu corazón, y por medio de sus predicadores y prelados y de los que te dan luz con sus ejemplos para salir de las tinieblas de las culpas y entrar en la luz de Dios; y tú desprecias su visita y te haces sordo a sus voces, más duro y empedernido que estuvo a su predicación Jerusalén. Mira que llora Dios por ti, enjúgale las lágrimas y no le des más ocasión de sentimiento; sal de la ceguedad en que vives y conviértete a Dios.
PUNTO IV. El segundo motivo es la calamidad que amenazaba a aquella noble ciudad, la cual había de ser arruinada sin quedar piedra de todos sus edificios, y compadeciéndose el Redentor de su ruina, en tanto grado que derramó arroyos de lágrimas de lo íntimo de su corazón. Pondera en este paso cuánto más digna es de lágrimas la perdición de un alma redimida con la sangre de Cristo, que la de una ciudad material; y si el Salvador llora la ruina de Jerusalén, ¿cuánto más llorará la de tu alma, a quien amenaza mucha mayor calamidad por tus vicios y pecados? Cristo lloraba cuando Jerusalén reía; y tú te ríes cuando Cristo te llora. Deten el paso y llora tu perdición, llora tu ceguedad, y mira que es tal, que le cuesta lágrimas al Redentor; arrójate a sus pies y pídele perdón, duélete de tus culpas con verdadera contrición y darás fin a su llanto, principio a su gozo, gloria a los ángeles y remedio a tu perdición.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones