15 de julio
LA PRECIOSÍSIMA SANGRE EN LA FLAGELACIÓN
MES
A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE
DE JESÚS
ORACIÓN PARA COMENZAR TODOS LOS DÍAS
Por la señal…
ORACIÓN INCIAL
Amabilísimo Jesús, bien infinito de las almas, Dios eterno e Hijo de Dios vivo des de la eternidad, salvador del hombre e hijo de María para redimirnos con el precio super abundante de vuestra vida y vuestra Sangre: mi alma se conmueve en la contemplación de vuestras inefables bondades, a la par que se abisma a la vista de su nada y de su cómo infinita ingratitud. Disteis vuestra vida temporal y vertisteis toda vuestra Sangre para redimir a esa mísera criatura, al paso que conocíais malograría yo ingrato esa misma Sangre, de la cual una sola gota infinitamente vale más que los cielos y mil mundos. Pero una misericordia tal indica lo que me amáis, y que sentís dulce complacencia en perdonar mis pecados. Ya no puedo resistir más a vuestras inspiraciones. Y en esta convicción, y sintiendo romperse de dolor mis entrañas, os digo de verdad que me pesa de haber pecado: pésame, amor mío, de haberos ofendido. Vivid y reinad en mí: purifíqueme más y más vuestra preciosísima Sangre, y el candor que me comunique, se eternice en la gloria. Amen.
15 de julio
LA PRECIOSÍSIMA SANGRE EN LA FLAGELACIÓN
Jesús está en manos de sus verdugos. Despojado de sus vestiduras, atado a una columna, y esos miserables, armados con látigos, se turnan para azotar su divino Cuerpo. En poco tiempo, está completamente cubierto de heridas; ya no parece humano.
Se cumplen las palabras del profeta Isaías: «Fue despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; como uno de quien se aparta el rostro» (Isaías 53, 3).
Y, ¿cómo no sentirnos culpables al escuchar las otras palabras de Isaías: «Por la iniquidad de mi pueblo fue condenado a muerte» (Isaías 53,8)? ¡Así, pues, por mis pecados y también por los tuyos, Jesús murió!
Cualquiera puede decir: Mis pecados han sido la causa de la muerte del Hijo de Dios.
Dice el Catecismo romano: “Son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia" (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales».
En la brutal flagelación Jesús quiso reparar los pecados de la sensualidad desordenada. Decía San Francisco de Asís: “No son los demonios los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.” (Admonitio, 5, 3).
Con un diluvio de agua, Dios purificó al mundo de tantas impurezas; así ahora, con un diluvio de Sangre, la Preciosísima Sangre de su Hijo, además de reparar la enormidad de nuestros pecados, nos muestra también el remedio inmediato y eficaz para sanar nuestras dolencias.
¡Cuánto le costaron a Jesús los placeres pecaminosos con los que nos hemos manchado! Aprendamos a mortificar la carne y a cuidar los sentidos. Y lavemos nuestros pecados con la Sangre de Cristo en la Confesión sacramental.
PROPÓSITO
Unirse a Cristo en su flagelación ofreciendo alguna mortificación corporal.
EJEMPLO
La visión del Crucifijo es un gran estímulo para perdonar las ofensas. San Felipe Neri, incapaz de convencer a un joven de que perdonara una grave ofensa que había recibido, tomó un crucifijo y, dirigiéndose al penitente, le dijo: «Mira y piensa cuánta sangre derramó el Señor por ti y con qué prontitud y generosidad perdonó a quienes lo crucificaron». Conmovido por esa imagen del dolor de su Salvador y por las convincentes palabras de San Felipe, el joven ya no opuso resistencia y, con un alma sinceramente arrepentida, le dijo a su confesor: «Padre, estoy dispuesto a perdonar cualquier ofensa que haya sufrido».
PARA FINALIZAR TODOS LOS DÍAS
Pídase la gracia que sea desea alcanzar por este ejercicio en honor a la Preciosa Sangre de Cristo. (Se expresa la petición).
Oremos también por las intenciones del Romano Pontífice y de la Iglesia, que son principalmente: la exaltación de la Iglesia Católica, el fin de las herejías, la propagación de la fe, la conversión de los pecadores, la verdadera concordia y paz entre las naciones y los demás bienes del pueblo cristiano. Con este fin, recemos: