TERCER DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Los aristócratas del Reino de Dios
Fray Justo Pérez de Urbel
Jesús no habla en el Templo, ni en la sinagoga, ni en el triclinio. Aparece en la calle, en la plaza, rodeado de amigos y enemigos, de censores y de discípulos; pero habla con la misma seguridad de siempre y, como siempre, sigue realizando su gran renovación, porque Él es el renovador radical, el que va a transformarlo todo en el campo de la idea y en el de la vida.
¿Puede haber mayor renovación, paradoja más ridícula para un sanedrita, que la extraña noticia de que el mendigo de los zocos de Jerusalén y de Cafarnaúm, el pobre desarrapado de los caminos de Samaría y Jericó, y hasta el bandido de las montañas de Judea, podrían sentarse en el banquete del Reino de Dios?
Esto es poco todavía. En aquel mundo que tuvo la dicha de oír la voz de Dios, hay publicanos, parias, ilotas, esclavos, cortesanos, gentes que tienen que vivir del vicio porque no pueden matar el hambre de otra manera; débiles del cuerpo y enfermos del alma; rechazados, fracasados, abandonados; corazones que tiemblan de miedo y cuerpos que tiemblan de frío; mendigos hambrientos que se sientan a la puerta del epulón, oyendo el chisporroteo del vino, las melodías de las arpas, las risas, el jolgorio y la fiesta.
Hay que huir de esos pobres seres que llevan el vestido harapiento, el alma sucia —si es que alma tienen— y la carne desgarrada. Simón el Fariseo pasa junto a ellos desdeñoso; el sanedrita los desprecia hasta cuando habla con Jehová; el cónsul los trata a puntapiés; el filósofo los considera en la misma escala que a los seres inferiores de la creación; el senador los amontona en el ergástulo y los echa a sus murenas; el pueblo pide su sangre en el circo; y el emperador, si llega a tropezar con ellos en el foro, para descongestionar el ambiente llena sus naves de aquellas piltrafas de carne humana y las arroja al mar.
Y, de repente, suena la voz de Jesús, que les dice:
«También vosotros sois hijos de mi Padre celestial y siervos del mismo Señor; podéis sentaros en la misma mesa que vuestros amos, aspirar a la misma gloria y gozar de la misma felicidad. Parias y brahmanes, ilotas y ciudadanos, publicanos y fariseos, siervos y señores, todos formáis parte del gran rebaño cuya custodia me ha encomendado mi Padre celestial. El que mejor sepa golpearse el pecho, el que llore lágrimas de fuego por sus pecados, el que encienda llamas de caridad purificadora dentro de su alma, ese es el aristócrata de mi Reino.»
Era la revelación conmovedora del Corazón misericordioso del Padre. La mirada indulgente de Dios para todos, sin distinción de clases, ni de castas, ni de pueblos, ni de razas. Si alguna preferencia hay, se diría que es para el que más sufre.
Aquí está el sentido universalista del cristianismo, que encontró su apóstol más ardiente en san Pablo y su evangelista más explícito en san Lucas, discípulo de san Pablo.
Leed el capítulo XV del Evangelio de san Lucas, ese capítulo que ha hecho llorar a tantos hombres, que ha conmovido a tantas almas y que ha devuelto a Dios a tantos extraviados.
Tres parábolas lo llenan; tres parábolas que tienen un mismo sentido. Una es la del hijo pródigo; las otras son las que nos presenta el Evangelio de este domingo: la oveja perdida y la dracma extraviada.
Los publicanos y los pecadores iban a Jesús «para escucharle». Dóciles a la voz del Maestro, confesaban sus faltas y se estrechaban en torno suyo buscando una mirada piadosa o una palabra de perdón.
El escándalo era grande entre el grupo de los fariseos. Se decían al oído palabras misteriosas; criticaban públicamente aquella conducta y, a veces, su cólera estallaba en injurias.
En un momento de silencio, Jesús se dirige a ellos y les dice:
«¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deja las noventa y nueve y corre en busca de la extraviada hasta encontrarla?»
Es la famosa parábola de la oveja perdida. Mil veces la representaron los pintores de las catacumbas, los escultores de los sarcófagos y los artistas que decoraron las primeras basílicas.
Los paganos veían a aquel joven pastor que llevaba sobre sus hombros la oveja querida, sin comprender el misterio; pero los cristianos encontraban allí secretas dulzuras.
Ellos, paganos de la víspera, eran la oveja perdida que había errado incierta, manchando el vellón en los fangos del camino, dejando en las espinas jirones de su carne y manchando con su sangre las rocas resbaladizas.
Pero un día, sin saber cómo, oyeron un silbido misterioso. El Buen Pastor los recogió en sus brazos, los calentó sobre su pecho, los llevó a su Iglesia, los lavó, les curó las heridas, los fortaleció, los consoló y los iluminó.
Y san Pablo podía decirles:
«Erais adoradores de los ídolos; esclavos de vicios vergonzosos, avaros, ladrones, calumniadores; pero habéis sido purificados, justificados y santificados en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor.»
Una oveja, entre ciento, es poca cosa. Además, si se ha perdido, ¿no es de ella la culpa?
Pero no razona de este modo el Pastor. Imprudente o presuntuosa, la pobre va a perecer entre las garras de los lobos, mientras las noventa y nueve permanecen seguras en el redil.
Y el Buen Pastor marcha solícito. Recorre las montañas y los valles; examina los precipicios; mira entre los bosques y en el interior de las cavernas; camina bajo la lluvia o bajo el fuego del sol; no le detiene el cansancio, hasta que al fin la descubre allá, en el fondo del barranco.
Es también la historia de la mujer que tiene diez dracmas y ha perdido una.
Su casa es pobre y apenas tiene ventanas; por eso lo primero que hace es encender la lámpara. Después examina cuidadosamente los rincones, desplaza los muebles, barre toda la casa, y he aquí que la moneda aparece.
La mujer la toma, la contempla una y otra vez, le quita el polvo, le devuelve su brillo primitivo y, loca de alegría, llama a sus vecinas para comunicarles el feliz hallazgo.
Esto es lo que sucede entre Dios y el alma.
Esta es la revelación consoladora del Corazón de Cristo.
En la página siguiente, el divino Parabolista descubrirá, en la figura del hijo pródigo, el rasgo esencial de esa solicitud con que Dios persigue al pecador: el amor.
Aquí nos deja ver, sangrante y palpitante, su Corazón compasivo y, podríamos decir, hasta interesado.
El Buen Pastor obra por compasión; la mujer de las dracmas obra por interés.
Ya sabemos que el Buen Pastor es Cristo, porque Él mismo nos lo dijo; «y el que está significado por el pastor —dice san Gregorio— está también figurado por la mujer; porque Cristo es Dios y es la Sabiduría de Dios».
La Sabiduría de Dios —añade san Agustín— había perdido su dracma: el alma del hombre, en la que se veía grabada la imagen del Creador.
¿Y qué hizo la mujer prudente?
Encendió su lámpara.
Quien dice lámpara, dice una luz en un vaso de arcilla.
La luz en la arcilla es la divinidad en la carne.
Todo eso vale un alma, aunque sea el alma de un esclavo.
Aunque los fariseos se escandalicen.
Dios la busca, se entristece cuando se pierde y se alegra cuando se encuentra; y en el cielo los ángeles hacen fiesta por el hallazgo.
Y el hombre, anonadado, se pregunta con el poeta:
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mis puertas, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
