Viernes de la VI semana después de Pentecostés.
De los beneficios de Dios en común
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
PARA EL TIEMPO DESPUÉS
DE PENTECOSTÉS
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
MEDITACION
Viernes de la VI semana después de Pentecostés.
De los beneficios de Dios en común.
PUNTO PRIMERO. Considera quién es Dios, de cuya mano te vienen los beneficios y mercedes que recibes; conviene a saber, un Señor infinitamente bueno, sabio y poderoso, principio y fin de todas las cosas; que tiene ser por sí mismo sin depender de otro, ni de ti, y de quien tú y todas las cosas dependen en su ser y conservación. Contempla aquella Majestad inaccesible y aquella bondad, sobre todo inmensa e incomprensible, y aquel poder infinito: admírate de su grandeza, soberanía y majestad; venérale con sumo, rendimiento y agradecimiento a las mercedes que te hace.
PUNTO II. Considera quién eres tú a quien hace estas mercedes, pues no hay muladar tan hediondo a que te puedas comparar; menos eres que el estiércol de la calle y que el polvo de la tierra, y que la nada en su comparación; mira qué es un átomo respecto del sol, y un grano de arena respecto de todo el mar y de toda la tierra, un punto respecto de los cielos, y menos eres tú respecto de Dios. Con razón, pues, se admiraba el santo Job, que un ser tan grande se acordase de cosa tan vil, y pusiese los ojos en cosa tan miserable y asquerosa como el hombre, y mucho más te debes tú maravillar de que ponga los ojos en ti, el más vil, flaco y despreciable de todas las criaturas; considera cuán poco vales por el ser natural y por el espiritual; por el primero no tienes de tu cosecha fuerzas para nada, y por el segundo no tienes sino pecados y ofensas de Dios: humíllate en su presencia más que todos los abismos, y pásmate de ver qué se acuerda de ti, y que no solo se acuerde, sino que te ame, estime y haga merced.
PUNTO III. Considera la multitud de mercedes y beneficios que recibes de tan alto Señor; él te crio, él te redimió, él te conserva la vida y el ser que tienes, él te da el alimento, el aire que respiras, y hasta el agua que bebes es beneficio de su mano: levanta el vuelo y considera los beneficios espirituales que te ha hecho y hace, y hallarás que son sin comparación más y mayores que los naturales; porque fuera de haberte redimido, como está dicho, te trajo a su Iglesia, dejando a tantos fuera de ella, y te dio sus Sacramentos, el estado en que estás, la fe y el conocimiento que tienes, sus gracias y auxilios para salvarte, el perdón de los pecados, la mano para salir de ellos, la gracia para no volver a pecar, y defenderte de las tentaciones del demonio, y otros innumerables beneficios comunes y particulares, por todos los cuales le debes sume agradecimiento y perpetuo servicio.
PUNTO IV. Considera el motivo que ha tenido Dios en hacerte estas mercedes, que no ha sido otro más que su infinita bondad, amor y caridad; porque se ha movido a hacerte bien, sin tener necesidad de ti, antes (como está dicho) teniéndola tú en todo y por todo de él. Contempla despacio esta caridad infinita del Señor, y los empeños en que te ha puesto de reverenciarle, amarle y servirle con todas tus fuerzas eternamente, y luego vuelve los ojos a ti mismo y considera cuán mal has correspondido a tantas mercedes y beneficios, pues no solamente no le has servido como tienes obligación, sino antes ofendiéndole con innumerables pecados: pártase tu corazón de dolor por tan execrable ingratitud, con vivos deseos y propósitos de la enmienda: pídele perdón de las ofensas pasadas, y gracia para servirle como debes en adelante.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones